Categoría: Titulares

¡Caray, yo no soy un tubérculo!

Teresa Dovalpage es una de mis autoras cubanas preferidas. Y es que, desde que un día de fines de la década del 90 se me ocurrió dedicarme a leer y hacer antologías de la narrativa cubana escrita por mujeres, en la isla y el exilio, fui creando mi “altar personal de narradoras” y, aunque persigo todo lo que publican las que llamo “mis chicas” (incluso aunque, al modo de los niños enamorados, muchas de ellas no sepan que así las llamo), en ese altar coloco solamente los libros de esas autoras cuyos libros he leído más de una vez: Aida Bahr, Ena Lucía Portela, Anna Lidia Vega Serova y Mariela Varona, en Cuba y Daína Chaviano, Achy Obejas, Karla Suárez y Teresa Dovalpage en esa “otra orilla” de la que tanto se debate en estos días de marzo de 2012 en que cierro esta entrevista.

Y esa razón: la pasión que me despierta la obra de Teresa desde aquel lejano día en que me envió a La Habana el manuscrito digital de su novela inédita entonces Posesas de la Habana, basta para comenzar esta entrevista con palabras de otros dos escritores, para que nadie piense que mi juicio es parcializado.

Los dos autores que cito: Manuel Vázquez Portal y Félix Luis Viera son conocidos por no prodigar elogios si una obra no se lo merece. Los conozco bien y sé que cuando una obra no es buena (incluso aunque se trate de un amigo) Vázquez Portal prefiere asumir un silencio cómplice y respetuoso hacia el esfuerzo que significa haber escrito un libro; y también sé que cuando una obra no es buena, Félix Luis Viera, apasionado como es, prefiere llamar a las cosas por su nombre: “hoy hay mucha mierda etiquetada como literatura”, me dijo en nuestro último encuentro en ese monstruo mexicano que llaman D.F.

En un artículo muy elogioso sobre una de las novelas de Teresa, Félix Luis Viera dijo claramente que ella es “una de las autoras cubanas —entiéndase cubanas en el exilio y en Cuba— más destacadas en los años recientes”. Y en un comentario reciente, Vázquez Portal, asegura que “Ocurre que a Teresa  Dovalpage  le sobra el talento para fabular y como ya no puede jugar a las muñecas, se le derrama por la literatura (…) además de ingenio literario es poseedora de un sentido del humor que sólo a las personas muy inteligentes les asiste”.

Con esos elogios de colegas que no suelen elogiar, empiezo entonces esta entrevista.

 

1,- De tópicos… típicos, pero necesarios

¿Cuándo descubres el deseo de ser escritora?

Me parece que allá en la adolescencia. Claro, es difícil ubicar un punto exacto en el tiempo, pero recuerdo que desde niña fui una lectora impenitente, así que di el brinco de lectora a escritora casi sin darme cuenta. Un día, sencillamente, me senté a escribir. De ahí salieron unos cuentos horribles, según mi madre. Pero ya no había vuelta atrás: la escritura se inocula en la sangre como un virus y no te puedes librar de ella después.

 

¿Existió alguna influencia familiar que te impulsara al mundo de la escritura?

En sentido contrario, sí. Mi abuela, cada vez que me veía plantificada ante la máquina de escribir (una Underwood del año del ruido) me decía: “Mija, levántate de ahí, sal pa la calle, búscate un marido, que te vas a volver  boba con tanta escribidera.” Y como la adolescencia es la etapa de hacer precisamente lo opuesto de lo que nos dicen que hagamos… Por otra parte, en mi familia (con excepción de abuela, por supuesto), todos eran lectores voraces y consuetudinarios. Había una excelente colección de libros en casa, eso tampoco se puede descartar. Mi abuelo tenía las obras completas de Galdós, de Unamuno… todavía recuerdo el olor de aquellos libros con sus cubiertas de piel. Así que hubo de todo.

 

¿Recuerdas algunas de tus primeras lecturas?

¿Primeras, primeras… como de los tiempos primitivos? Pues me acuerdo de Cuentos y estampas —tú sabes que los libros rusos de los años 70, al revés de los dibujos desanimados, tenían su gracia. Y luego Little Women, que fue lo primero que leí en inglés, Colmillo Blanco, Los Tres Mosqueteros

 

¿Qué libros o autores han marcado cambios o el desarrollo de tu carrera como escritor?

Los naturalistas españoles del siglo 19, en primerísimo lugar. Cuando leí La Regenta, de Leopoldo Alas, me quedé deslumbrada, fue un amor a primera página. Tanto, que mi novela La Regenta en La Habana, que saldrá este año con Edebé, es una reescritura (un poco fresca, tengo que admitirlo) de la obra del Maestro Clarín. También leí todo lo que pude de Galdós, de Cervantes, de Lope de Vega (aprendí “Quiero escribir y el llanto no me deja” a los ocho años, ya ves si una era un bicho raro), en fin, los clásicos que me hicieron apreciar la belleza de nuestro idioma, la magia de la palabra escrita. Contemporáneos me gustan muchísimo Enrique Vila Matas, Álvaro Pombo, Almudena Grandes, Rogelio Guedea, Ana Cabrera Vivanco… Cada uno de ellos ha sido una influencia en un momento dado. En inglés una de mis autoras preferidas es Ann Tyler; su novela The Accidental Tourist es deliciosa.

 

La Habana y Taos, ¿antípodas o complementos intercomunicados para la escritora que eres?

Complementos, sin duda que complementos. Aunque parezcan lo contrario (el trópico y el desierto, el verde y el castaño) tienen mucho en común. Aquí se habla español —un español un tanto antiguo y con adiciones de Spanglish, pero español al fin. El ritmo de vida es mucho más lento que en otras ciudades americanas; por tratarse de un pueblo chico hay un espíritu de comunidad que permite llegar a conocer a casi todos los vecinos… Vamos, no es La Habana en pequeño ni nada parecido, pero me resulta más familiar que, por ejemplo, San Diego, otra ciudad donde viví varios años y a la que también le tengo un cariño especial, pero por distintos motivos.

 

2.- De tópicos… menos típicos, pero igual de necesarios

Tu primera novela se publicó en inglés. La pregunta sería: ¿la escribiste en inglés?

Escribí A Girl like Che  en inglés porque no tenía idea de cómo llegar al mercado en español desde San Diego, California, donde vivía entonces. En aquellos momentos no sabía de agentes literarios ni de Writer’s Market, nada… Mis tres libros siguientes fueron en español (Posesas…, Muerte de un murciano… y Por culpa de Candela), sobre todo por el espaldarazo que significó publicar en España. Pero he seguido escribiendo en inglés. Mi novela Habanera, a Portrait of a Cuban Family, se publicó en 2010 con Floricanto Press y ahora acaba de salir una colección de cuentos, también en inglés, The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond, con University of New Orleans Press. Además de enseñar en la universidad (español, por supuesto), trabajo como reportera para nuestro periódico local, Taos News. Allí escribo artículos en inglés y tengo una columna semanal en español. De modo que los dos idiomas se reparten mi lengua y mi escritura. Mitad/ half.

 

Aprovecho la circunstancia para retomar una discusión de estos años: ¿se puede ser cubano escribiendo en inglés?, ¿no es el territorio de la lengua un elemento vital para definir eso que algunos llaman “cubanidad”?

Hombre, en cuanto a la primera pregunta, claro que sí. ¿A ver qué voy a ser sino cubana, después de vivir 29 años en Cuba? No importa a dónde haya ido a parar después ni en qué idioma escriba o hable… Y sobre el territorio de la lengua —me gusta la frase, eh— el otro día precisamente leí un artículo muy sesudo (y farragoso) sobre la escritura en otro idioma distinto del materno y el sentido de “traición” que esto implicaba y me quedé flipando pepinos. Bueno, flipando cactus. Es como si uno aprendiese piano, compusiera diez piezas para piano y no pudiera tocar el violín ni componer para violín porque le estaría haciendo traición… a la pianidad. Faltaría más.

Desde luego, también depende del tema que trate. Por ejemplo, mi cuento “Goodbye, santero,” que es parte de la colección The Astral Plane… sucede en Taos, entre taoseños, de manera que resultó mucho más fácil escribirlo en el idioma que hablaban los personajes a fin de conservar sus giros lingüísticos y sus dicharachos, que a veces ni tenían traducción.. Mientras que La Regenta en La Habana, que sigue dos líneas argumentales: una reescritura del final de la obra de Alas y la vida de una profesora cubana que enseña La Regenta en la Universidad de La Habana, pedía a gritos el español.

 

Me gusta poner a mis entrevistados ante la disyuntiva de tener que mirar a sus libros y recordar de qué va cada libro y qué significado tuvieron, en su momento, para sus carreras literarias. Hagámoslo entonces.

A girl like Che Guevara, novela, 2004:
un reto, probarme que podía escribir en inglés, y no sólo emails o cartitas. Recordar las escuelas al campo, el olor de los surcos mojados y de la plasta de vaca. Mi primer libro publicado, un suspiro de alivio. Se lo mandé a mi abuela: “¿Ya ves que para algo sirvió el sentarme ante la Underwood?” Y ella “Qué es esto, chica, yo no entiendo ni papa de lo que dice aquí. Pero al menos tienes marido.”

Posesas de La Habana, novela, 2004:
un desahogo, pintar a mi familia con los colores más feos posibles, quizá para terminar agradecida de que no fueran tan malos como los describía. Mi primer libro en español, mi preferido todavía.

Muerte de un murciano en La Habana, novela, 2006:
un ejercicio literario basado en una historia que oí contar en La Habana, una historia más vieja que andar a pie: el fulano (extranjero en este caso) que va por lana y sale trasquilado. Cuando quedé finalista del Herralde, una sorpresa. ¿De verdad a la gente le gusta lo que escribo?

Por culpa de Candela, relatos, 2009:
de todo como en botica, una colección de cuentitos que ya se habían publicado en distintas revistas y periódicos. Mi favorito es el que le da título al libro, basado un poco en mi vida en San Diego.

Habanera, a Portrait of a Cuban Family, novela, 2010:
mezcolanza mutante, empezó como memorias, pero llegó un momento en que me di cuenta de que había inventado mucho. Sobre todo cuando le mandé el manuscrito a mi madre (ella sí lee inglés) y me dijo: “Cochina, ¡yo jamás en la vida le pegué los tarros a tu padre, borra eso!” No me quedó otro remedio que convertirlo en ficción.

El difunto Fidel, novela, 2010:
un híbrido, nació como obra de teatro que escribí para Aguijón Theater. Transformada en novela corta, la mandé al concurso Rincón de la Victoria en España y ganó el premiecito, de modo que le tengo un afecto muy particular.

Llevarás luto por Franco y otros cuentos, relatos, 2012:
pura diversión, el goce de escribir. Los más entretenidos (para mí, al menos) son los que se basan en experiencias más o menos reales, como “El retrato astral.”

The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond, relatos, 2012:
recholata in English, otra colección de cuentitos. Ahora que me doy cuenta, me ha dado por lo astral últimamente, qué metafísica me he vuelto, ¿no?

 

Ya desde Posesas de La Habana, que fue la primera obra tuya que leí en manuscrito cuando me la enviaste a Cuba para publicarla en la Colección Cultura Cubana de la editorial Plaza Mayor, descubrí en ti una capacidad especial para estructurar personajes muy definidos, casi perfectos, en su psicología y movimiento dramático dentro de tus novelas. ¿Cómo se arman tus personajes en tu cabeza para que luego se escapen así, tan libres, en las páginas de tus novelas y cuentos?

¡Gracias, Amir! Yo también me acuerdo de la correspondencia que mantuvimos entonces, y cuánto te lo agradecí. Mijo, es que una necesita todo el apoyo moral que puedan darle, sobre todo al principio, y más teniendo en cuenta mis antecedentes familiares… La mayoría de mis personajes están basados en gente que conozco o que he tratado, aunque un poco desfigurados, por supuesto. Los de Posesas… fueron facilísimos de captar: ¡se trataba de mi propia familia!

En general procuro que los personajes sean creíbles en sus motivaciones y que tengan su propio estilo. Quiero decir, que hablen como la gente y no en diálogos envarados o ñoños. Para eso ayuda mucho el leerse en alta voz., para “oír” a los personajes y  asegurarse de que tengan el tono adecuado, de que no desafinen, para seguir con las comparaciones musicales. La práctica del teatro ayuda mucho aquí.

 

¿Cómo sabe Teresa Dovalpage que una historia es para un cuento o para una novela? Pregunta pretexto para que me definas, desde tu estilo propio, qué diferencias esenciales hay entre estos géneros, más allá de su extensión, si tenemos en cuenta que Borges dijo que toda historia, sea larga o corta, terminada o en suspense, responde al deseo ancestral del ser humano de volver a vivir la experiencia de sentarse alrededor de una hoguera a escuchar las historias de los cazadores o de los más viejos de la horda.

Esa cita me encanta…El problema es que no estoy segura de cómo contestar a tu pregunta, pero voy a intentarlo. A veces un cuento viene “redondo,” vaya, que te llega con su principio y su final y no hay más que escribirlo, es como si te lo dictaran. Pero otras, en el proceso de escritura, una va descubriendo que no, que ahí hay más material y la cosa se alarga, pica y se entiende…Y cuando vienes a ver te encuentras metida de cabeza en una novelonga, que fue lo que me pasó con Orfeo en el Caribe, que sale a fines de este año. Y bueno, mientras la horda no le empiece a tirar piedras a la pobre cuentera, porque es hora de irse a cazar o a dormir, pues le vamos echando ganas…

 

¿Y por qué el teatro? ¿No sientes ese miedo que la mayoría de los narradores confiesan tener ante un género tan difícil?

Mira, yo escribo mis obritas y si alguien las representa, bien, y si no, también. Sin contar con que las obras de teatro se pueden refreír (o reciclar, para usar una palabra más fina) y convertirse en novelas. Que fue lo que pasó con Hasta que el mortgage nos separe. Rosario Vargas, la directora de Aguijón, nos había perdido a un grupo de autores nuestra versión hispana de La muerte de un viajante; yo le mandé la mía y la representaron en Chicago, fue una experiencia maravillosa. Unos meses más tarde vi un concurso para novela corta, el Rincón de la Victoria, y como no tenía nada nuevo a mano usé la obra como esqueleto, le insuflé palabras y carne fresca y la mandé. Así que quién dijo miedo…

 

3.- De otros tópicos nada agradables… pero latentes

La nostalgia, ese animal silencioso. ¿Lo padeces o, como decimos en buen cubano, lo desmayas?

Lo desmayo, lo desmayo… La nostalgia jamás de los jamases me ha atacado. Hay veces que me gustaría sentirla porque debe ser buena inspiración literaria, pero ni fu ni fa. El animal silencioso no se me acerca, no me enseña ni las orejas. Tal vez la razón sea que no dejé atrás nada que recuerde con añoranza. Lo cierto es que estoy satisfecha con la vida que me he creado aquí, en medio del desierto, con mi marido Gary y con nuestros perros y gatos; con nieve los inviernos y el olor a lavanda en los veranos…

Nunca he soñado con el Malecón, ni con el Coppelia, ni tan siquiera con las palmas. Al contrario, entre mis pesadillas recurrentes está una en que me veo de vuelta en La Habana, allá en Carlos III  y Espada, donde vive mi madre, y de repente… ¡paf! descubro que se me ha perdido el pasaporte y que no puedo salir del país. He oído de otra gente, todos cubanos, que también la padecen, con pequeñas variantes. ¿No será parte de nuestro subconsciente colectivo ese sueño del pasaporte?

 

Eres, según ridículas estrategias divisorias, una “cubana de afuera”. ¿Qué opinión te merece ese intento de desacreditar al escritor, algo que, como sabes, está presente por desgracia en las dos orillas más claras del “asunto cubano? Lo digo porque, al menos yo estoy harto de escuchar a escritores y políticos de la isla decir que nuestra literatura es menor porque “perdimos las raíces”, “la nostalgia y la frustración los ahoga” y cosas similares; pero también estoy cansado de oír a escritores y políticos del exilio decir que la literatura dentro de la isla es “castrista”, “apolítica por miedo”, “falta de libertad”, etc.

Tienes razón, son ridículas como estrategias, y si no fueran molestas, como piedrecillas en los zapatos, hasta risa darían. Tengo amigos escritores que viven en Cuba a quienes les fastidian también, y con toda razón, semejantes letreros. En lo personal, ahora que estoy “afuera” escribo más sobre Cuba (y sobre cualquier otro tema) que cuando estaba “adentro” así que mira tú… En cuanto a la pérdida de las raíces, mi primera reacción a la frase es: “¡Caray, yo no soy un tubérculo!” Y ya te dije lo que opinaba de la nostalgia. Por lo demás, todas esas etiquetas son tonterías. Cito de memoria una frase de mi admirado amigo Félix Luis Viera; “lo que importa es escribir, y lo demás es mierda.”

 

En la casi olvidada polémica de Sartre y Camus sobre el papel del escritor en la sociedad, ¿de qué lado te colocas ahora mismo?

Más bien camusiana. Como escritora de ficción, mi papel es entretener al lector, divertirlo, hacerlo pasar un buen rato. Pero no concientizarlo políticamente (qué horror), al menos no de una manera tan cruda que el libro parezca un panfleto. Espero que los lectores conozcan cómo es la vida en Cuba al leer mis novelas y cuentos, pero yo no les voy a poner el biberón en la boca ni a agitarles el dedito en la cara: “fíjense qué malo es lo que pasa allí porque…” Para eso se escribe un artículo de opinión o un ensayo.

Ahora, cuidadín, que no estoy diciendo que el escritor no deba meterse en política o que tenga que aislarse en una torre de marfil o tras una muralla de píxeles. ¿Qué puede hacer un escritor comprometido? Firmar una carta de denuncia, protestar ante una embajada, participar en una manifestación, hasta unirse a una expedición armada si es lo que le provoca. Lo que quiero decir es que el tema político, metido a pulso en una obra de ficción, rechina, aburre, cansa. Ni la política ni la literatura ganan nada con ello.

 

Finalmente, otro tópico: ¿en qué nuevo proyecto anda tu taoseña cabecita?

Mi taoseña cabecita está dándole los últimos toques a un proyecto muy divertido que hice hace poco con las escuelas de Taos. Es un libro bilingüe, Leyendas nuevo mexicanas en escena, que tiene mucho sabor local. Incluye una obra de teatro, escrita por los propios estudiantes, sobre mitos y leyendas de la región —La Llorona, las verónicas que salen en Semana Santa, una curandera… Por otro lado (el lado más creativo) estoy terminando un obrita de teatro temporalmente titulada Escuela de escritores, un homenaje a Feliz B. Caignet.

Tan cerca y tan lejos

A principios del mes pasado, dentro de las actividades de la Feria Internacional del Libro de la Habana, los escritores Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz participaron en un panel titulado “Tan cerca y tan lejos. Literatura cubana de autores residentes fuera del país” en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Los escritores coincidieron en que era necesario entender la literatura nacional como la que escriben los cubanos, más allá de posiciones políticas discrepantes, e incluso, Padura dijo que la literatura de una nación, «con independencia de lo que pueda decir una Constitución, está por encima de las coyunturas políticas determinadas que existan en momentos específicos».

Llama la atención la respuesta inmediata al panel a través de artículos que aparecieron en los días siguientes, en diversos medios en el exterior, pues la realidad apunta a que sin esos artículos el tema hubiese pasado por completo desapercibido y, como en otras ocasiones, hubiera muerto al paso de los días.

Y esto responde a un motivo fundamental: el ya largo y escabroso debate de la autonomía del escritor y del intelectual en las condiciones de la Cuba actual.

Más allá de la esfera de la literatura, o más acá si se prefiere, lo que en estos momentos ha tocado a los articulistas del exilio es precisamente la posición del escritor dentro de Cuba.

Obviamente la capacidad de ninguno de los tres para decidir qué sé publica y qué no se publica en la isla no es muy grande, pero sí lo es la de asumir una postura de autonomía, que es en última instancia inseparable de la libertad.  Desde aquí el papel del escritor, del intelectual, y especialmente de aquel intelectual o escritor que es una figura pública, toma una dimensión distinta al mero productor de obras de mayor o menor calidad, entra en la dimensión del ciudadano, y quiéralo o no se topa contra una elección ineludible: la elección de una postura ética, la elección de la libertad.  Teniendo en mente esa referencia es que el debate debe continuarse, ampliarse, y siguiendo lo que los propios panelistas piden, incluirles dentro del espectro de opiniones y posturas que hacen el panorama del discurso sobre Cuba, es decir, llamarles a la consecuencia con sus propias palabras, y traerlos a la esfera pública donde su palabra encuentre el eco de la libertad.

Esto es una tarea que se hace imperiosa en la actualidad.  Los debates que ocasionalmente se producen en relación a los asuntos de Cuba, suelen quedarse limitados a series de artículos, o intercambios de mensajes sin que se traduzcan en una real asunción de las posibilidades de acción, usando palabras marxistas, en una praxis.

Padura reconoce que «todos los cubanos que escriban, dondequiera que escriban, con la tendencia política que escriban, son escritores cubanos».  Pero también reconoce que «el hecho de su difusión, de su recepción, es lo que ha complicado esta historia y la ha hecho mucho más polémica, mucho más problemática, mucho más dramática».

Queremos tomarle la palabra y abrir y sostener el espacio de debate y difusión sobre el papel del intelectual en Cuba.  Ese espacio de debate debe implementarse, como una exigencia ética, como una consecuencia con el propio hecho de ser intelectual.  Y eso es justo lo que OtroLunes propone en estos momentos: que todo lo publicado, escrito o dicho hasta ahora sobre el tema, no se quede en los archivos de aquellas publicaciones que nos hemos hecho eco del asunto y que, desde “la calidad y el respeto”, como dice González, lancemos la plataforma para abrir el debate, sostenerlo, y convertirlo en criterio de acción.

Arturo G.  Dorado
Director Editorial

Los buenos principios

Me han dicho los que dicen que saben de esto, cualquier cosa que sea esto, me han dicho, sí, que la mejor forma de empezar un relato es hacerlo con una frase contundente. Contundente y efectiva. Efectiva, pero no efectista. Porque si es efectista, aseguran los que están seguros de todo, se te ve el plumero desde el principio. Y ya (casi) nadie, agregan, escribe con pluma, aunque haya mucho bujarrón suelto.

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Javier Vásconez

Javier Vásconez en OtroLunes

«Javier Vásconez  es el creador de una ciudad imaginada y revisitada una vez y otra vez en su narrativa, y también es, a través del narrador homónimo en que tan laboriosamente y con tan empeño logrado se erige, una suerte de topógrafo, alguien capaz de mostrar la total geografía literaria de una ciudad a veces inventada y a veces real, a veces nacida de una memoriosa operación, a veces emergida tras una complicada elaboración imaginativa», dice en un ensayo el escritor español Juan González Soto.

Y esa, la construcción de una ciudad íntima, propia; es decir, de un universo íntimo y personal a través de una obra amplia, sólida, que cada vez gana más reconocimiento por su calidad, es una de las características que distinguen a Vásconez en medio de un entorno «literario» viciado en muchos aspectos por eso que llaman las «nuevas tecnologías», en el que cada día se le pierde más respeto a eso que muchos han llamado «el terror ante la página en blanco»; terror del que han nacido esas obras que han permanecido ahí, pasados tantos siglos.

Constructor de personajes inolvidables, cronista de traumas individualísimos que, sin embargo, parecen haber sido vividos por alguien que conocemos (o tal vez por nosotros mismos), ofrece con sus novelas y cuentos una prueba clara de que la literatura verdadera es aquella donde la inteligencia de la especie humana se expande, se cuestiona, se critica, se moldea a puro martillazo, se humaniza, en fin.

OtroLunes agradece el minucioso trabajo que para este dossier realizó Sandra Araya y agradece también a Javier Vásconez porque nos haya permitido ofrecer un muestrario abierto de buena parte de su obra; muestrario que sólo pretende ser una puerta al lector que quiera conocer más de quien consideramos uno de los narradores más originales y genuinos de la literatura latinoamericana de las últimas décadas.

La sangre del Tequila (VI)

Crónicas, relatos, pareceres

 Maldiciendo, tomé el microbús que sale del metro Chapultepec. Las adyacencias al Metro estaban, aún más que otras veces, brumosas de basura, gritos, vendedores dándose alientos contra alientos, personas que tropezaban entre sí. Cuando el microbús, que iba medio renco, agarró la avenida Mariano Escobedo, me sentí un poco más aliviado (esta vez me había propuesto, con más ahínco, sustraerme del pesar que causa saber que, de cualquier manera, se viaja en algo que irá lentamente, tachonado a un lado, a otro, adelante, atrás, por carros que también se mueven lentamente).

Una señora —vestida de andrajos color café, que colgaban como si hubieran sido desgarrados a mordidas, botas de tela incluidas— se volvió hacia el chofer y lo maldijo en náhuatl. El chofer no la escuchó, o quizás no entendió, o no le hizo caso.

La señora, gracias al acelerón inicial según el código de conducción de los microbuseros, se había ido hacia un lado y se había golpeado contra el respaldo de un asiento. “Pinche vieja”, exclamó el que ocupaba el asiento, a dos de distancia del mío. Unas paradas más allá subieron varios por la puerta trasera, incluido uno vestido de harapos grises y que olía a pasado —un olor que se atravesó como una vara de extremo a extremo del microbús— y otro que, maltrecho por el resto (se había esforzado en amparar la guitarra que cargaba), perdió el paso  y me dio un guitarrazo, leve, en el hombro. “Perdóneme, por favor”, me dijo encimándoseme; olía a colonia de quincalla. El de harapos grises me pidió que iniciara el pase de sus monedas para que llegaran allá, adonde el chofer; cuando puso sus dedos con las monedas sobre mi mano abierta, pareció que me lijaba la palma de la mano.

Llegamos a una parada de enlace y el microbús, renco, se vació a medias. Estaba lloviznando. Los que se bajaron, tomando en breves grupos hacia una y otra dirección bajo la llovizna, parecían lo que eran: personas venidas a menos.

El tipo de la guitarra se recostó en la columnilla de metal junto a mi asiento—el último en la fila. El olor de agua de colonia se hacía más franco. Rasgueó y comenzó a cantar. Dulce. Melodioso. Remontaba las notas mediante una vibración análoga, brillante. Cuando era menester, hacía un “bajo” que se desgranaba hasta enrollarse, sin inhalar él, con un agudo cimbreante —abierto, más que afilado.

Interpretó dos rancheras.

Extendió la mano, comenzando por mí.

Saqué una moneda y la deposité en la palma de su mano abierta, mientras le decía:

—¿Sabe cuál es la diferencia entre usted y Luis Miguel?

De momento se sorprendió.

—¿Cuál? —Dijo al fin, aún con una interrogante en los ojos.

—La suerte.

 


Verónica

De acuerdo con la tanta bibliografía que he consultado, Verónica no padece de furor uterino, pues este se define como “deseo irrefrenable, constante y violento de la mujer de entregarse a la cópula”. Y Verónica, si bien en ocasiones procura la batalla, es por lo general un ser paciente que toma la iniciativa solo después de que ha sido cuqueado. Víctor Hugo Escalante, uno de los sexo-biólogos mexicanos que más ha aportado a lo que él mismo llama El Comportamiento Sexual de las Mexicanas, autor, entre otras obras, de La felación taladrante de las zapotecas, creo que demuestra en su libro El sexo como purificación la diferencia entre el furor uterino, o ninfomanía, y el relativismo ígneo casuístico de estas mujeres. En la obra citada, luego de un trabajo de campo en el que muestra mujeres que son capaces de llevar a cabo más de veinte acoplamientos diarios con el derivado de aproximadamente ochenta orgasmos en dieciséis horas, Escalante sostiene que las cifras anteriores, que pueden rebasar aun a las de las ninfómanas, son consecuencia de la cercanía del varón. Es decir, estas mujeres multicoitales y multiorgásmicas están aptas para permanecer en veda si no tienen el estímulo del sexo opuesto, si bien con solo sentir de cerca el olor de este se les abren todas las franjas, se desploman. Por lo general, según Escalante, las mujeres dichas tienen modos de lenguaje corporal muy marcados: el excesivo revuelo de sus ojos cuando hablan, el caminar rápido y a largas pisadas y una manera muy sui géneris de sonreír —casi nunca enseñan los dientes—, así como un movimiento de manos, también al expresarse, que tal parece que están indicando hacia algún túnel presentido. Estas mujeres, si en la tierra no fuese necesario el roce entre varones y hembras, serían realmente inmarcesibles. Pero como no es así, ellas están condenadas a llevar un trote sexual excesivo; son víctimas: no buscan la pelea, la pelea las encuentra. Escalante ha sido objeto de agrias críticas por el segmento más conservador del PAN (Partido Acción Nacional), el cual ha basado sus ataques en las exposiciones “demasiado descarnadas” del sexo-biólogo; y también del PRD (Partido de la Revolución Democrática) cuando Escalante, en El sexo como purificación demostrara mediante el trabajo de campo ya citado que no solo las morenas, como se creía antes, sino también un porcentaje de aproximadamente un 16 por ciento del total de mujeres blancas de hoy, en edad sexual en flor y que se enmarcan en su estudio, son portadoras del Sexo Mártir (como el autor lo define). La otra organización política principal, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), es el que ha reservado los ataques más severos para Víctor Hugo Escalante en diarios, televisión y aun en pancartas callejeras para desvirtuar la propuesta del sexo-biólogo de que los potentados del PRI son los que mejor se libran del Sexo Mártir de sus esposas y amantes al fortificarlas en palacetes y viviendas de sumo aislamiento, rodeadas por criadas hembras (hembras, lesbianas excluidas) y en fin, alejadas mediante muros y bardas de todo ser macho, los perros y otros animales inteligentes inclusive.

Cuando procesé lo dictado por Escalante en su libro, concluí que mi amiga habanera y farmacéutica Mercedes Giménez, no obstante su proceder empírico, se acercaba suficientemente a lo dictaminado por el científico mexicano.

Son cuatro los hijos de Verónica. La primera, la hembra,  Ximena, tiene 16 años; le siguen Emiliano, 13, Mauricio, 10, y Jesús, 7.  Cada uno es hijo de padre distinto. El de Ximena era miembro del Heroico Cuerpo de Bomberos; el de Emiliano, taxista; el de Mauricio, fayuquero (persona dedicada a traspasar hacia acá, por debajo de la Aduana, mercancías desde Estados Unidos). Digo eran porque al menos Verónica no sabe si siguen siendo, si están vivos; ellos la abandonaron, se perdieron; lo más probable es que ella nunca más se encuentre con esos padres de sus hijos, algo común en esta ciudad donde, aunque no existan estadísticas sobre el tema —si bien las haya de las idioteces más sublimes que se pueda imaginar—, los hijos abandonados, puestos de pie, cubrirían los cerros.

El padre de Jesús se dedicaba a uno de los deportes (se asegura que es un deporte) más falaces de que se tenga noticia: la lucha libre. Con esto entretienen a una miríada de personas que solo un filósofo muy magnánimo calificaría como tales; las arenas de la lucha libre se repletan; los índices de audiencia de la televisión para transmitir los carteles alcanzan rangos inusitados. Los luchadores saben que el público sabe que ellos lo están engañando, que todo no es más que una pantomima riesgosa. Ambas partes lo saben.

El Enmascarado Café es el nombre deportivo del padre de Jesús; así el nombre porque tanto la máscara como su chort y camiseta son de color carmelita. Cuenta Verónica que el Enmascarado Café era un hombre totalmente distinto fuera del ring, sitio donde debía alardear de sanguinario, de implacable. Ella me ha enseñado dos o tres fotos de él y estoy de acuerdo: su mirada es la mansedumbre, el remanso; la expresión de su rostro en las fotos más bien indica la indefensión, la inocuidad. “Pero este puto mundo —argumenta Verónica—lo orilló a darse de malo, de chingón, para ganarse la chuleta”.

Una noche fatal el Enmascarado Café se fue de banda cuando llevaba a cabo un visaje de cuerda a cuerda para, según el libreto, ir a dar por los aires y de cabeza contra el pecho de su adversario, quien, como es de rigor, ya estaba preparado para “llevarse” el golpe con un movimiento de “succión”. Se fue de banda el Enmascarado, voló por encima de las cuerdas, cayó sobre un entremuros que se hallaba en las lunetas principales. Se astilló, todo lo que es posible en un ser humano, la clavícula derecha.

Hasta esa noche el padre de Jesús gozaba del favor de muchas mujeres y de la admiración de tantas (“la chusma diligente”, diría aquella poeta camagüeyana); pero solo días después ya no era así: únicamente una —cuenta Verónica—se mantuvo firme, amando al ex luchalibre. Y fue con esta con quien, asegura Verónica, se fue el Enmascarado una mañana para no volver, cuando Jesús tenía año y medio de nacido. ¿Acaso —me pregunto—el Enmascarado, con tanta furia dentro de sí, daba por seguro que Jesús era la consecuencia de las trápalas de Verónica Illescas y algún día, de cualquier forma y por esta causa, abandonaría a la madre y al hijo? ¿A la mañana siguiente de esa noche de ronda, cuando el Enmascarado, ya un mutilado del hombro derecho, y un hombre abstemio casi, había bebido por encima de su récord, al despertarse y recordar que la noche antes, derruido por el alcohol, había accedido a la propuesta de Verónica de dejar correr hasta el Nacimiento el embrión que, de él, ella encofraba en su útero, y que le pidió ella, y él accedió igual, se llamaría Jesús? ¿Ya a la mañana siguiente de aquella noche el Enmascarado Café había decidido para sí, como lo hubieran hecho tantos hombres de su más cercana estirpe, que, cuando se le diese el empalme, él abandonaría  a madre e hijo?

En sus tres casamientos anteriores, Verónica Illescas había intentado retener a la otra parte con el ensañamiento sexual que la caracteriza para una situación de urgencia. Pero no lo logró. (En esta ciudad casi ninguna mujer lo logra; los varones nacen quizás con ese virus del abandono. Y lo aplican cuando llegue el momento que fuere, aun si tienen una docena de hijos con la que van a abandonar).

Sí, ella se aprovechó de la borrachera del Enmascarado Café para que este hombre, que era de palabra, la diera y se comprometiera. Por esas fechas los ingresos de Verónica a cambio de los litigios callejeros que llevaba a cabo en su condición de Luchadora Social, iban en declive; necesitaba asegurarse la paz material con las ganancias restantes del Enmascarado, que no habían sido pocas y asimismo era él suelto de billetera con ella y con sus tres hijos. Un hijo, el Jesús, sería el narigón de gracia para amarrar por siempre al luchalibre. Pero no hay plan, ya lo sabemos, que se cumpla como lo hacemos. Luego de que su bolsa bajara casi hasta el fondo y mermaran los honorarios por anunciar en pósteres —atendiendo a su fama aún caliente—ciertos productos, en cuanto las brasas comenzaron a quemar, el Enmascarado Café se fue con “esa puta cabrona que le va a dar la sopa caliente”, cuando Jesús tenía, ya lo dije, un año y medio.

Así, quedó Verónica Illescas con los cuatro hijos dichos, corriendo de un Ministerio Público a otro para protestar lo mismo por la falta de ambulancias en Xochimilco que por una tapa de alcantarillado faltante en Merced Gómez que por el maltrato a un paciente en un Centro de Salud de La Lagunilla que averiguando por la reventa de un automóvil sin documentos; extorsionando, chantajeando, y aun si era preciso vendiendo información al litigante adversario; rijosa —en todas las acepciones de este término—, rasgando las piedras para buscar la ración de los hijos, y los útiles escolares de estos —consideremos que, año tras año, lo olvidan el Gobierno de este país, los editores, las librerías, los vendedores callejeros, en su afán de beneficio propio, que no son niños canadienses quienes necesitan estos útiles.

(Y claro, a la par, Verónica, como la Culipronta Real que es, como la sierva del Sexo Mártir que es, singaba).

Bueno… Hoy ha regresado el Enmascarado Café. Necesita el dictamen médico donde consta que aquella noche su clavícula estalló como un vaso de cristal encentrado por un cañonazo. La Asociación de la Lucha Libre le otorgará una pensión vitalicia; necesita aquel documento, que había quedado en casa de Verónica. Ella lo trae en su bolsa hoy, miércoles, por el mediodía, día y hora de oficio para encontrarnos en mi apartamento. Es raro ver a Verónica Illescas tan pensativa. Así ha estado desde que me enseñara el dictamen, me contara el tramo de la historia que yo desconocía, me dijera que después de tanto tiempo sin saber de él, el Enmascarado la llamó por teléfono ayer, le pidió el favor. Desde las tres a la cuatro de la tarde aproximadamente, de tiempo en tiempo, me ha pedido que la acompañe a encontrarse con el Enmascarado. Ella le propuso la cita lo más hacia el Sur posible, lo más cercano adonde vivo posible: en el Parque Álvaro Obregón, en Insurgentes y avenida de La Paz. Ella está con una bata de casa de tela vaporosa, con estampados de flores rojizas sobre un fondo amarillo pálido. Entre las tres y las cuatro de la tarde ha ido de una a otra esquina del apartamento. Se ha parado en la ventana  para mirar hacia el Sur. De perfil, mediante la transparencia de la tela contra la claridad, se siluetean sus senos; dos lunas oscuras al cuarto creciente. Si se apoya con sus manos en el alféizar para empinar en algo el cuerpo y así mirar a los lejos, sus nalgas se enhiestan contra las flores rojizas; dan la impresión de que exhalan calor.

Se fue a las 4 y 30 y me la imaginé viajando en el segundo microbús —de una de las peores líneas… como decir lo peor de lo más macabro—, vía “San Ángel”, por la avenida Revolución. De pie o sentada, va ella en el microbús dando lumbre; ese anillar, como fucilazos, de su piel refulgente en las tardes claras. Ese vapor que rezuma. La boca, sus labios estriados  expandiéndose en las sonrisas de rigor. Estoy seguro de que en el microbús viaja un tipo, al menos uno, que le estará acariciando el culo puntiparado con la mirada.  Se baja en la avenida de La Paz, en esa esquina donde hay una gasolinera. Los pisteros dejan a un lado el trabajo para mirarla. Ella va con un jeans azul, una blusa ombliguera de algodón color ladrillo, zapatos beis de plataforma, de pala y talón tejidos. Su caballera rizada, negra, copiosa, yéndose a un flanco y otro de su espalda. Atraviesa Revolución, entra en La Paz, calle de adoquines, dos cuadras. Va abriendo brecha hasta Insurgentes, la atraviesa y algún taxista que espera la luz verde la mira directamente al culo; mícricamente al culo. Al llegar a la acera opuesta le sudan las nalgas y el entrepecho; sus pezones, a esta hora más bien de color vino, titubean contra el sostén.

Llega a la otra acera de Insurgentes, se desvía en oblicuo a la derecha. Entra en el Parque. El Enmascarado está en esa franja del Parque. Se acerca a él. Se saludan. Deben sentarse en las bancas más cercanas, pues en donde están las interiores ya empieza a escasear la luz. Ella saca de la bolsa el documento donde consta que el Enmascarado, donde debería tener la clavícula derecha, lo que tiene es polvo armado de la mejor manera.

A las seis de la tarde se empezó a sentir frío. Sobre las ocho ya sería  posible escribir sobre el rezume del cristal de las ventanas. En algún momento escribí en mi Bitácora de los Vencidos: “Me arrepiento de no haberla acompañado (…) me preocupa que salió sin chamarra, y hace frío”.

No mucho después de que llegaran los diez campanazos desde las iglesias cercanas, ella metió la llave en la cerradura. Pasó hacia el cuarto sin mirarme. Llevaba el cuerpo sumido; hacía ya mucho frío. Sus zapatos dejaron huellas de humedad en las baldosas blancas de la sala.

Demoré más de una hora en irme al cuarto. Todo ese tiempo estuve mirando por la ventana hacia lo lejos; se veía allá, empañada, la Torre Panamericana y algunas luces del Centro. Y finalmente escribiendo en la Bitácora.

Levanté la colcha. Estaba con pants y sudadera rojos. Vuelta hacia el otro lado. Apagué la lamparita de noche. Me metí bajo la colcha y ella se volvió hacia mí. Se metió en el nicho de mi cuello. Su cabello olía a yerba.

Sollozó:

—Te pedí que me acompañaras…