Breve recorrido por una geografía literaria

En torno a su narrativa

Por Juan González Soto
Universidad de Tarragona

Es Javier Vásconez el creador de una ciudad imaginada y revisitada una vez y otra vez en su narrativa, y también es, a través del narrador homónimo en que tan laboriosamente y con tan empeño logrado se erige, una suerte de topógrafo, alguien capaz de mostrar la total geografía literaria de una ciudad a veces inventada y a veces real, a veces nacida de una memoriosa operación, a veces emergida tras una complicada elaboración imaginativa. Porque delimitar, deslindar la realidad es también, y sobre todo, acercarse a sus fermentos más secretos, nombrar sus más delicados y ocultos pormenores. La realidad no es tan sólo el riachuelo que se muestra ante los ojos, sino también una compleja suma de manantiales subterráneos, recónditos y misteriosos veneros que no se ven pero que son los que producen el mínimo o cuantioso caudal de agua y provocan el puntual lugar en que el riachuelo nace. No tan sólo a la ciudad que aflora a la superficie, sino también a la que está en el subsuelo y en él enraíza, a ambas acude una vez y otra más este narrador que ha decidido edificar una completa y cabal geografía literaria, más real que inventada, menos imaginada que existente.

En el cuento “La carta inconclusa”, perteneciente al libro Un extraño en el puerto (1998), el personaje que está intentando garabatear esa carta de que habla el título del cuento escribe a la persona a quien se está dirigiendo en la ficción, Anita, pero también se dirige, claro, al lector:

Inventamos entre los dos una ciudad, le dimos un sentido nuevo a sus calles y plazas, fuimos transformando poco a poco su topografía original. Nos bastaba ingresar en ese territorio común, creer en la existencia de un río con barcos y sirenas para que dicho río fuera real y tuviese de inmediato un nombre. Porque fuimos usted y yo los que contribuimos a empujar las aguas de aquel río, torrencial y misteriosamente.

Esa ciudad inventada y trazada por Javier Vásconez, imaginada y descrita por J. Vásconez, y aceptada o supuesta por el lector, comenzaba a construirse o se inauguraba en la colección de cuentos Ciudad lejana (1982). A España llegaba en una reedición impresa veinte años después, en el año 2002.

Los trece cuentos que componen Ciudad lejana son, a todas luces, el punto de arranque de la obra literaria de este fabulador imaginativo y eficaz. El propio Javier Vásconez lo afirmaba en una entrevista con Alejandro Querejeta, entrevista publicada en el volumen colectivo, y, desde luego, de obligada consulta, El exilio interminable. Vásconez ante la crítica (2002). Dice Vásconez —imposible saber si habla Javier el novelista o J. el narrador— que Ciudad lejana es sin duda un libro fundacional, un recorrido por el centro de una ciudad y por un pasado en donde transcurrió su infancia, y es, también, un libro sobre los horrores y terrores de su infancia.

Hay que admitir, pues, que éste es el volumen inaugural de un universo narrativo al cual Javier Vásconez ha ido volviendo con la aguda obstinación del constructor que recala una vez y otra en una ciudad tan inventada como real, tan imaginada como posible, trazada entre calles transitables y siempre habitadas por personajes sin descanso en su porfía existencial.

En los relatos de Ciudad lejana se construye una ciudad, abigarrada e inacabable, extensa e inhóspita. Se trata de una ciudad que nunca es nombrada. Pero, claro, es Quito y no es Quito; como Vetusta de Leopoldo Alas “Clarín” es y no es Oviedo o Macondo de Gabriel García Márquez es Aracataca y no lo es. Al igual que otras fantápolis, otras ciudades literarias, Santa María de Juan Carlos Onetti, o Región, el ámbito inventado por Juan Benet, el Quito de Javier Vásconez ha sido levantado a pulso y a golpes de insomnio y de furiosa fantasía, de desatada imaginación y de minuciosa y metódica memoria. Y ese Quito de Javier Vásconez es un admirable ejemplo de desolación y ruina. Una oscura ciudad de extraños relieves, donde los interiores de las tabernas y las pensiones, los parques y calles exhalan las sombras asfixiantes de las que se nutre el general paisaje, la amplia topografía, las mismas sombras de las grises almas de quienes a ella arriban o en ella encuentran su destino. El lector que se acerca a esa ciudad difícilmente puede salir de ella. Pero la imaginación que anima la ciudad inventada por el narrador también se anima y nutre de la realidad. Esto no quiere decir que las calles o las cotas geográficas hayan de ser reconocibles mediante una sencilla operación de identidad o de semejanza, menos aún que sus personajes hayan de ser réplica más o menos parecida de otros que pasean o transitan por el Quito tenido por real. Quiere decir algo mucho más íntimo y, desde luego, más complejo. Se trata de una cuidadosa operación estética. La ciudad doblemente elaborada, imaginada y recordada, por Javier Vásconez resulta de una operación en que la realidad es fabulada para que, una vez en el ámbito de la ficción, lo posible y lo imposible, lo creíble y lo increíble, se hallen e interactúen en un mismo plano, el novelesco. Como confesó Johann Wolfgang von Goethe a Johann Peter Eckermann en Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida (1836-1848), la verdadera idealidad consiste en servirse de los medios de la realidad de tal modo que la verdad que manifieste produzca el espejismo de ser también real. La clave, en definitiva, está en alcanzar la verosimilitud, pero sin rastro de realismo.

El lector de las obras de Javier Vásconez da carta de autenticidad a todos y cada uno de los personajes, a todas y cada una de las acciones, a la fabulación entera, porque toda ella actúa a la manera de un cosmos, tan ficticio como verosímil, tan cabalmente inventado como perfectamente posible. Así ocurre con quien se acerca a las páginas de William Faulkner y recorre Yoknapatawpha y reconoce sin perplejidad ni exclusión el condado de Lafayette, en Mississippi; porque ambos lugares son uno solo, propicios en un mismo ámbito de ilusión y de veracidad. O el asombro del cuarteto de Alejandría en que Lawrence Durrell urde un intrincado paseo entre el amor y las intrigas políticas en una ciudad que es y no es Alejandría antes y durante la II Guerra Mundial. O transita por el Londres de Charles Dickens o se mueve por el Madrid de Benito Pérez Galdós, ciudades del siglo xix a la vez tan posibles como inventadas, tan vivas por verosímiles como animadas en su realismo.

Javier Vásconez dispone ante el lector una ciudad andina que él inventa en el mismo lugar donde se levanta Quito. Y el conjunto de cuentos que se contienen en Ciudad lejana es, probablemente, la perfecta puerta de entrada a esa ciudad no menos inventada que real. Queda un detalle en ningún caso baladí. El lector que se acerca a esos trece cuentos iniciales debe preguntarse el porqué del título de ese volumen fundacional. No se corresponde con ninguno de los cuentos y las palabras inscritas en la cubierta del libro nombraban algo sin nombrarlo, ‘ciudad lejana’. He ahí el nombre propuesto para esa ciudad inventada: Ningún nombre.

En 1998 aparecía en España la colección de cuentos Un extraño en el puerto, que había sido precedida o anticipada mediante dos espléndidas ediciones exentas, Café Concert (1994) y El secreto (1996), ambos libros publicados por la quiteña Acuario.

Un extraño en el puerto contiene una reunión de cuentos que debe tenerse por verdaderamente esencial. Wilfredo H. Corral ha elogiado intensamente la ciudad que aparece en esos cuentos. Dice de ella que es una gran máquina moderna que se nutre de una rara energía humana y que funciona con la mecánica invisible de los viejos barrios. Mercedes Mafla, en el prólogo, ineludible, con que se abre el volumen, “Vásconez, un universo unitario y cíclico” (1998), afirma que el Mal no es asumido por el novelista como un recorrido banal por los suburbios oscuros y terribles de la conciencia, sino que se transforma en una sustancia profundamente humana.

El cuento que da título al conjunto, “Un extraño en el puerto”, se abre y se cierra con la obstinada presencia de un imposible puerto marítimo en aquella ya para siempre ciudad lejana, un puerto en las altas cumbres andinas. He aquí una primera voluntad de ese narrador cuyo nombre es J. Vásconez, nombre que más que aludir al autor del relato lo designa. Y no es casual la elección de tan inhabitual membrete, de semejante homonimia, tampoco una ligereza o un gesto de vanidad. J. Vásconez no aparece en el relato como creador de una historia (más exactamente, de dos historias que al final confluyen), como omnipresente y omnipotente inspirador y fabulador de situaciones y personajes. Tampoco aparece en el relato como aguzado observador de cuanto le rodea, en el recodo calmo, bienintencionado y sospechoso del costumbrismo. J. Vásconez se detiene más de una vez en hacer explícita la razón que le mueve a la escritura: Sólo sentía la necesidad de completar esta historia —o, más adelante: De vez en cuando yo interrumpía mi tarea, apresado en el laberinto de escribir un cuento.

En definitiva, el narrador interviene en el relato para dar cuenta de la operación que está realizando. Este rasgo, junto con la particular biografía de los actores y el desconocimiento que el narrador muestra de las futuras acciones de ellos, resulta especialmente arriesgado en un tiempo en que la narrativa pretende el mero divertimento o busca convertirse en una suavísima frivolidad.

Javier Vásconez ofrece en las páginas del cuento “Un extraño en el puerto” algo más que una experiencia narrativa insólita o nada común. Muestra una perspectiva inusual en que el narrador se convierte, verdaderamente, en un personaje más entre sus personajes, a la vez que los personajes creados deambulan en una suerte de pesadilla que les hace vivir no sólo la realidad que están pisando, sino también aquella otra que imaginan, inventan o desean.

En la última página del cuento hay unas palabras en las que el narrador reafirma no sólo la dimensión del escritor, no sólo la perspectiva del lector que es, también, la de su relato, sino, y sobre todo, el empeño que el narrador ha puesto por ser un hombre libre por encima de un hombre imaginativo. Escribe ya al final del relato: Asombrado y feliz por el giro que tomaban las cosas, con la seguridad de que al fin había actuado libremente fuera de mi imaginación.

Dos años antes de la publicación de Un extraño en el puerto, había aparecido El viajero de Praga (1996). Sobre el protagonista, Josef Kronz, un médico checo, se dibujaban tres círculos, tres etapas de un largo viaje. Su itinerario se inicia en Praga, continúa en Barcelona y se cierra en una ciudad innombrada, la ciudad que Vásconez dibuja una y otra vez en su obra, la imaginada ciudad de Quito. El fin del viaje de Kronz es una especie de desaparición en esa ciudad fantasmal, inhóspita.

Después de esa novela cenital el lector se preguntaba cómo iba a continuarse esa obra apretada y diversa, cómo iba a crecer esa saga fabulosa en que los personajes se cruzan unos con otros en las calles de una ciudad sólo imaginable a partir de la fabulación de Javier Vásconez. Y en 1999 aparecía La sombra del apostador. Y también formaba parte de ese universo unitario y cíclico que era la ya por entonces numerosa obra de este narrador tan obsesionado como tenaz, tan exigente como brillante. Universo unitario porque el cosmos novelesco y los personajes que lo habitaban seguían formando una exacta identidad con el complejo novelesco anterior a esta obra; cíclico porque la ficción que le daba vida avanzaba ensimismándose, portando una esencia de fatalidad y de repetición inacabables. Así, el lector abría las páginas de aquella nueva novela del mismo modo como abriría las puertas de una casa ya conocida y, en cierta medida, previsible, con la esencial diferencia de que en aquellas páginas no había una casa, sino toda una ciudad, abigarrada e inacabable, extensa e inhóspita, y en ella nada era predecible. La sombra del apostador se erigía como una novela capaz y entera gracias a su cuerpo inequívocamente solidario con la obra narrativa que la precedía y de la cual nació. Así, el narrador es J. Vásconez, el mismo narrador de “Un extraño en el puerto”, y uno de los personajes centrales es Roldán, rey indiscutible de la noche, las putas, los abismos de la luna y la ciudad —así nombrado en el cuento “Roldán, el misterioso”, de Ciudad lejana. En la novela se narra una conspiración. Pero junto a esa trama de intriga también se mueven dos historias de amor, y, sobre todo, se muestran los detalles del maléfico juego de naipes en que están involucradas tanto las vidas de las víctimas como las de los victimarios.

En diciembre de 2003 salía de las prensas quiteñas de Paradiso Editores Thecla teresina. Esa bellísima edición, exquisitamente ilustrada por Manuela Ribadeneira y magistralmente tipografiada, era un delicado anticipo de un libro de cuentos futuro. Fina Godoy anunciaba, en el breve pero imprescindible prólogo “De escritores y de mariposas”, que el conjunto de cuentos futuro llevaría por título Invitados de honor. Y este libro se publicó, en forma de sencillísima publicación en la quiteña Ediciones El Búho un año después, en 2004.

Forman el libro cinco cuentos —relatos prefiere llamarlos Javier Vásconez en la “Nota del autor” que cierra el volumen. Cada uno de ellos está relacionado con un escritor diferente. El conjunto muestra a los admirados maestros del narrador ecuatoriano. ¿Se trata de un mero acto de humildad? Sí, pero también de sabiduría. Y entrega, generosamente, una afirmación mayor de cualquier obra literaria que lo sea de veras: Todo libro lleva la huella, el aroma fatal de sus ilustres antecesores y está inevitablemente contaminado por la escritura de otros libros (“Nota del autor”. Invitados de honor. 2004). Los escritores elegidos —tal mejor debiera leerse ‘invitados’— son Sidonie Gabrielle Claudine Colette, a quien se dedica el relato “Madame”; Franz Kafka, a quien acompaña el cuento “El baúl de Lowell”; el admirado Vladimir Nabokov, a cuyo hilo escribe “Thecla teresina”; Joseph Conrad, a quien brinda “El encuentro” y William Faulkner, para quien fue escrito “Billy”. (Y tal vez hubo un sexto relato que se quedó fuera del volumen, se perdió o esperó momento más propicio. Su título tal vez habría sido “La guerra fría” o acaso “El retorno”. Habría estaba dedicado a John Le Carré. Pero ese relato se convirtió en novela corta. En octubre de 2005 salía de las prensas de Alfaguara en Guayaquil con un nuevo título: El retorno de las moscas.)

Si el primer libro de cuentos, Ciudad lejana (1982), ya aparecía una clara adscripción a lo que pudiera llamarse una poética del mal, que tal vez llegó con la novela breve El secreto (1996) a su más alta cota, Javier Vásconez vuelve a aquellas andadas en la escritura de “Thecla teresina”, que designa el nombre científico de una mariposa cuyo nombre coloquial o de uso es ‘azulina’. Y esa mariposa, que aletea a lo largo de todo el cuento, está clavada en un estuche del misterioso Nikolai, que no es otro que Nabokov, que no es otro que el mismo Javier (Según sostiene Fina Godoy en el prólogo a la primera edición de Thecla teresina, “De escritores y de mariposas”). Y esa mariposa es calculada ofrenda del viejo rijoso a una niña, Zulema. Esa sórdida historia, que se hace luminosa en la escritura de Javier Vásconez, tal vez está indicando las más severas asperezas del vivir y, sobre todo, la dolora y fatídica forma que no pocas veces puede adoptar el amor.

Si la bellísima edición de Thecla teresina en 2003 precedió al conjunto de relatos Invitados de honor, impreso en 2004, la novela breve El retorno de las moscas, publicada el año siguiente, en 2005, cierra el conjunto.

Y en El retorno de las moscas (2005) de nuevo la ciudad andina se desborda mientras Javier Vásconez vuelve los ojos hacia la novela de espionaje a la vez que rinde homenaje a la obra literaria de John Le Carré. Más aún, porque el novelista no sólo presenta o hace suyo al célebre personaje George Smiley, sino que también incluye a su creador, John Le Carré, en el universo de esta novela breve y lo convierte en un personaje más. Y George Smiley viaja a la ciudad de los Andes para enfrentarse a una nueva misión. El cuerpo de Gregorivius, un doble espía, es hallado muerto en un parque de la ciudad mientras acaba la tarde de un domingo. George Smiley deja su casa de Bywater Street y a la vez que investiga el pasado de Gregorivius rememora el suyo propio movido por su empeño en resolver un caso que, al final, resulta ser un delito bien alejado de cuanta alambicada suposición anidaba en el lector de esta historia que comenzaba siendo de espionaje pero que enseguida se vio invadida por la vida, aquella que se sucede a diario en una ciudad siempre la misma. Porque Javier Vásconez parece decir que lo esencial es la vida vivida por los personajes y no la detectivesca trama inventada con que parece llamar la atención del lector. Y ahí está una vez más la innombrada ciudad andina, y esta vez también las moscas, nacidas ahora de un sueño de este George Smiley que visita una ciudad que el lector ya sabe que es Quito, un Quito que lo es y no lo es, y que se obstina en ser para siempre una topografía nacida tanto de la imaginación de Javier Vásconez como del estupor que la ciudad le provoca.

Porque esta ciudad se ha convertido en algo mucho más alto y vívidamente intenso que una mera obsesión. Esta ciudad llega a convertirse en una suerte de geografía de las vidas y de los sentimientos, memoriosa topografía de los recuerdos, un laberinto dentro del cual habitan y se hacen reconocibles los personajes en su extraño deambular. Pero tan decidida elaboración va más allá de la cuidadosa confección de un territorio geográfico a la vez existente e imaginario, de la construcción de una topografía a la vez exagerada y precisa. La ciudad imaginada y cuantos territorios la definen, la urbe inventada y cuantos aledaños la forman, está directa e indirectamente inspirada en una visión a la vez realista y a la vez fantástica de una decrépita ciudad cuyo nombre aparece en verdad en los atlas, una ciudad achacosa o enferma con un nombre no por más fantasmal menos irrevocable. No se trata, es evidente, de que Javier Vásconez persiga la simple denuncia del atraso o la decadencia de una ciudad o de un país concretos. Ha elaborado una ciudad literaria distinta y a la vez idéntica a aquella otra sobre la que obstinadamente se pregunta a sí mismo, una ciudad sólo posible en la imaginación pero enteramente capaz de evidenciar esa otra que perturbada descansa o epidémica crece en la desmedida altura de la cordillera andina.