Ante el fallecimiento de Mons. Pedro Claro Meurice Estiú, arzobispo emérito de la Sede Primada de Cuba y conocido en el mundo político cubano como el León de Oriente1, quiero hoy rendirle homenaje. Comenzaré por el territorio de la arquidiócesis.
Durante el episcopado de Mons. Miguel Ramírez, O.P., segundo obispo de Cuba entre 1528 y 1535 se trasladó a Santiago la sede de la diócesis originalmente ubicada en Baracoa. Comprendía todo el territorio de la Isla. Con la creación de la diócesis de San Cristóbal de La Habana en 1724 los límites de la circunscripción se limitaron pues la nueva entidad se extendía desde el Cabo de San Antonio hasta Ciego de Ávila, Morón, y Jatibonico. Sin embargo, se le siguió llamando obispado de Cuba a pesar de habérsele segregado una muy considerable cantidad de territorios. Como se ve el gigantismo de la capital empezaba temprano. En 1803 con motivo de la revolución haitiana se elevó a Santiago a la categoría de arzobispado y se le siguió llamando arzobispado de Cuba. En 1959 los límites de la arquidiócesis coincidían con los de provincia de Oriente: 36 602 km2, era la mayor y la más poblada de la Isla. Durante la prelatura de Mons. Meurice se desgajaron las nuevas diócesis de Holguín, Bayamo-Manzanillo y Guantánamo-Baracoa, todas sufragáneas de Santiago2.
La historia de la arquidiócesis tiene algunos aspectos peculiares sobre los que voy a pasar brevísimamente. El arzobispo Cirilo Alameda y Berea, O.F.M. abandonó Santiago para incorporarse a la Corte del pretendiente carlista “Carlos V” en Euskadi3. Le sucedió el único obispo que ha tenido Cuba oficialmente canonizado: San Antonio María Claret y Clará quien entro en su sede el 16 de febrero de 1851. Hombre de mente amplia obligó a los españoles y criollos que vivían amancebados con negras y mulatas a contraer matrimonio contra lo dispuesto por las autoridades coloniales; además reformó el Seminario de San Basilio Magno y propugnó reformas a favor del campesinado. Fue objeto de un atentado contra su vida perpetrado por un joven canario que lo consideraba traidor a la causa de España por haber impetrado clemencia para los comprometidos en las labores revolucionarias de Narciso López. Fue después llamado a la corte de Madrid para ser confesor de Isabel II, menuda tarea dados los excesos sexuales de aquella reina a la que el insigne don Benito Pérez Galdós llamara “La de los tristes destinos”. A la muerte de su sucesor Mons. Pedro Negueruela Mendi tuvo lugar un hecho insólito: un cisma4. Es el llamado Cisma de Llorente acaecido cuando el Presb. Pedro Llorente Miquel intentó ocupar la sede santiaguera sin la aprobación del Papa. Este raro fenómeno de 1874 es el único cisma conocido en la historia de la Iglesia Católica en Cuba aunque no dejó secuela alguna. Las guerras emancipadoras determinaron una profunda división entre el episcopado español y reaccionario y los no pocos sacerdotes cubanos que apoyaron la causa de la independencia. Con el fin de la soberanía española en 1899 la arquidiócesis santiaguera recibió a su primer arzobispo cubano, Mons. Francisco de Paula Barnada y Aguilar. A pesar de su categoría arquiespiscopal Santiago era una jurisdicción más pequeña y más pobre que La Habana. Al serle pagada a la Iglesia las indemnizaciones debidas por las desamortizaciones de los gobiernos liberales españoles en el siglo XIX, a La Habana le correspondió $1 387 083. 75 y a Santiago $360 900. Res ipsa loquitur!5
Es de sobra conocido que en el territorio santiaguero ocurrió hace ya varios siglos la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre. El 24 de septiembre de 1915 los veteranos de las guerras de Independencia, presididos por el general Jesús Rabí, se reunieron en El Cobre y solicitaron del Papa que se declarara dicha advocación de la Virgen María como Patrona de Cuba, cosa a la que Roma asintió6.
Aunque hay otros aspectos interesantes de la arquidiócesis santiaguera me voy a limitar a mencionar al prelado más conocido hasta ahora de los que ciñeron la mitra en esa región, me refiero a Mons. Enrique Pérez Serantes quien pluma en ristre combatió las dictaduras de Batista y los Castro. Por cierto que hoy en día en los libros de texto de historia patria sólo se menciona muy superficialmente la importante actividad de este arzobispo que coadyuvó a evitar que se asesinara a Fidel Castro tras la debacle del asalto al Cuartel Moncada. Era difícil encontrar a un sucesor digno de este prelado, por suerte se encontró en Mons. Meurice. Se dice, aunque no me consta a ciencia cierta, que durante una visita ad limina7 efectuada a los inicios del tercer milenio por los obispos cubanos, el Papa Juan Pablo II al estrecharle la mano a Mons. Meurice, se le quedó mirando a los ojos y le dijo: “Pedro, así deben ser los arzobispos”. Aunque he puesto el aserto entre comillas no me consta que estas fueran exactamente sus palabras. ¿Por qué se lo dijo? Lo veremos más adelante.
Dejo ahora a la arquidiócesis y paso a la hoja de vida del prelado.
Pedro Claro Meurice Estiú nació en el pueblo de San Luis de Oriente8. Su fecha de nacimiento fue el 23 de febrero de 1932. La familia era de medios modestos y oriundos del lugar; los apellidos parecen ser catalanes o franceses. Pedro Claro desde niño tuvo una clara vocación sacerdotal y respondió a la misma ingresando en el seminario de San Basilio Magno en Santiago donde cursó las humanidades y filosofía. Culminó la teología en el Seminario de Santo Tomas de Aquino en la República Dominicana. El 26 de junio de 1956 recibió el presbiterado. Más tarde realizó estudios de espiritualidad en el famoso Seminario Diocesano de Vitoria en Euskadi. También estudió Derecho canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y siguió cursos de especialización pastoral en Bélgica y Francia. Puede decirse que ha sido uno de los obispos cubanos de mayor y más sólida formación universitaria en la Iglesia en Cuba. De regreso a Santiago fue designado canciller del arzobispado por Mons. Pérez Serantes de quien, además, fue secretario particular.
El primero de julio de 1967 fue ordenado obispo titular de Taglata en Numidia y auxiliar del arzobispo primado de Cuba. Se nos ha dicho que con sus 35 años era el obispo más joven del mundo. No tengo prueba de ello9.
Pedro Claro era hombre de pocas palabras, algunas veces me dio la impresión de ser tímido, aunque después probaría todo lo contrario. Quizá la impronta guajira nunca se le borró a pesar de sus estudios europeos. A la muerte de Mons. Pérez Serantes, su mentor, se le designó arzobispo de Santiago. Después fue postulador de la causa para la beatificación del presbítero Félix Varela y designado Velador de la Virgen de la Caridad del Cobre. Desde los inicios de su episcopado se convirtió en un incansable valedor de los derechos humanos, alentando a sus sacerdotes a no ceder en la defensa de los perseguidos a pesar del acoso comunista.
El 20 de febrero de 1980 fue designado Administrador Apostólico de La Habana. Era la segunda vez que un arzobispo santiaguero tenía que ponerse al frente de la arquidiócesis habanera. El primero fue Mons. Barnada a principios del siglo XX. Venía a sustituir a Mons. Oves quien tras larga ausencia había dimitido. Mons. Francisco Oves y Fernández, camagüeyano, había hecho estudios en Europa. Se encontraba entre los 132 sacerdotes expulsados en la motonave Covadonga en 1961. Mons. Zacchi, nuncio apostólico, lo había repescado y hecho consagrar obispo auxiliar de Cienfuegos. Zacchi intentó aplicar en Cuba la Ostpolitik, o sea, la política de acercamiento de Pablo VI hacia los países comunistas de Europa Oriental. Zacchi escogió a Oves para ser el vocero y vehículo de lo que él denominaba “la nueva frontera” de la Iglesia Cubana. Una manifestación de esta actitud política fue la incorporación “voluntaria” de los seminaristas a los cortes de caña. La Ostpolitik fracasó y esto más otros factores personales afectaron los nervios de Mons. Oves y le llevaron a dimitir.
Cuarenta y cinco días después de la toma de posesión del prelado oriental estalló la crisis de la embajada del Perú y el éxodo del Mariel con su secuela de actos de repudio, palizas, y desmanes de todo tipo contra aquellos que deseaban abandonar el país y dejar atrás la maravillosa creación social de los hermanos Castro. Se me ha dicho, aunque no me consta de ciencia cierta pero la información proviene de buena fuente, que Mons. Meurice se entrevistó con el Dr. José Felipe Carneado, viejo dirigente del comunismo cubano y designado para supervisar las actividades de las comunidades de creyentes en Cuba. Al viejo estalinista el prelado le manifestó su indignación y la de los demás obispos ante la situación por la que atravesaba el país. Carneado cínicamente lo negó todo. Meurice, indignado, se puso de pie y dio un puñetazo en la mesa de trabajo del funcionario exclamando: “¡Coño…! tú sabes que es verdad todo lo que te estoy diciendo”. Aunque he puesto entre comillas el aserto, no sé si estas fueron exactamente las palabras del arzobispo. Para muchos este incidente determinó que Mons. Meurice no fuera designado arzobispo de La Habana y posiblemente cardenal. A sus buenos amigos aquí en Miami les alegó que no había querido quedarse en La Habana porque al no haber vivido nunca permanentemente en esa ciudad no se sentía bien en el sofisticado entorno habanero, el cual, creo yo, era más apropiado para prelados amantes de la pompa y circunstancia. Quizá ambas historias se complementen.
Claro que el acontecimiento más conocido y significativo de la vida del arzobispo tuvo lugar en 1998 con motivo de la visita del papa Juan Pablo II a la ciudad de Santiago de Cuba. En el parque Antonio Maceo se encontraba la plana mayor del gobierno presidido por Raúl Castro, entonces el número dos del país, rodeado de sus corifeos y circundado de una inmensa multitud. Allí Mons. Meurice dirigiéndose al Papa dijo: “Deseo presentar en esta Eucaristía a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido a sus vidas, que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo”.
Y agregó “Le presento, además, a un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que al rechazar todo de una vez, sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran esta como una de las causas más profundas del exilio interno y externo”.
“Santo Padre, durante años este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto de nación”.
No es necesario subrayar que esta ha sido la mayor y más sonada protesta contra el régimen hecha en público y en presencia de un jefe de Estado y pontífice máximo de millones y millones de fieles.
Desde esa fecha hasta su muerte Mons. Maurice mantuvo en el complejo entresijo del mundo clerical una línea dura ante el gobierno castrista frente a la más posibilista y dialogante liderada por el arzobispo de La Habana Cardenal Ortega y Alamino. El prelado soportó estoicamente los abusos y tropelías del gobierno: cortes de luz, teléfono, recogida de basura etc, etc., perpetrados por los secuaces del régimen. Protegió a sus sacerdotes disidentes, especialmente al P. José Conrado Rodríguez Alegre, verdadero ariete contra los entuertos gubernamentales. También brindó su apoyo en el marco de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba al obispo de Pinar del Río, Mons. José Ciro González Bacallao, quien por su parte impulsaba el desarrollo de la revista Vitral, dirigida por el laico Dagoberto Valdés Hernández. Publicación elogiada y premiada en el extranjero y condenada y vilipendiada internamente por el castrismo.
Si como se ha afirmado era hombre de pocas palabras en el plano personal, Meurice era sin embargo un formidable orador sagrado. Sus homilías eran escuchadas todos los domingos en la catedral santiaguera cuajada de fieles en un silencio sepulcral. Fue caritativo hasta la exageración. Su organización de la Caritas diocesana daba de comer diariamente a cientos y cientos de necesitados. También acogía fraternalmente a los sacerdotes ancianos o enfermos.
Al cumplir la edad prescrita en el Código de Derecho canónico presentó su dimisión la cual le fue aceptada. Sus últimos años los pasó en El Cobre junto a su Virgen de la Caridad pidiendo por Cuba. En la Isla era conocido como el León de Oriente, como ya se dijo.
Hay hombres que entran en la historia ya sea por su trayectoria, por la semilla relevante que dejan tras sí, por un arranque de valentía y coraje, o por unas palabras acertadas dichas en un momento adecuado. Mons. Meurice pasará a la historia por todas estas causas.
Desde Pinar del Río, en el otro extremo de la Isla, Dagoberto Valdés Hernández dijo: “Hemos perdido a un gran pastor que vivió de manera valiente, intensa y transparente estos últimos cincuenta años. Fue una voz profética dentro de la Iglesia”. Por su parte y desde el centro de Cuba, Guillermo Fariñas, Premio Sajarov 2010, declaró: “Cuba perdió a un gran patriota y creo que Santiago de Cuba y la Isla completa deben sentirse orgullosas de haber contado con un hombre como él”.
Pedro Claro, arzobispo más que emérito, León de Oriente, ¡descansa en paz!

