El cine de Europa mira a América:
(I) Queimada

Alfredo Antonio Fernández

Marlon Brando en la película "Queimada"

Gillo Pontecorvo (1919-2006), cineasta italiano, ha sido uno de los directores europeos cuya mirada se ha dirigido a América.La lista es extensa, y sin pretender mencionar a todos, incluye conocidas figuras de relieve internacional: Ridley Scott (Inglaterra-Estados Unidos, 1937), Werner Herzog (Alemania, 1942), Roland Joffe (Inglaterra-Francia, 1945), Constantinos Costa-Gravas (Grecia-Francia, 1933) y Carlos Saura (España, 1933).Dentro del grupo, Pontecorvo y Costa Gravas se caracterizan por una definición política radical de izquierda acorde con el período en el que realizaron sus filmes, la lucha clandestina antifascista, la descolonización en Argelia, la invasión de Hungría por las tropas soviéticas y la guerra de Vietnam.Los mejores ejemplos del cine político de Pontecorvo son: Kapo (1960), vida cotidiana en un campo de concentración alemán; La batalla de Argel (1966), árabes del FNL atrincherados en la Kasbah vs las tropas de ocupación francesa y Operación Ogro(1979), atentado terrorista en Madrid (1973) contra el almirante Carrero Blanco, sucesor en línea del dictador Franco.Un rasgo peculiar de los directores europeos de temas latinoamericanos, es el de enmarcar en una etapa definida de la historia (descubrimiento, conquista, colonización, esclavitud, independencia, luchas sociales del siglo XX), a los personajes de la narrativa cinematográfica.

Y lo han hecho sin que el sentido histórico y/o estético se pierda en la (re) creación pintoresquista de la anécdota o en innecesarios detalles de (re) construcción historicista.

El filme Queimada (1969), de Gillo Pontecorvo es un notable ejemplo de apropiación crítica por parte de un cineasta europeo de un tema común en las historias del mundo colonial de El Caribe y Brasil: la esclavitud.

Queimada, con La Última Cena de Tomás Gutiérrez Alea (Cuba, 1928-1996) y Como Era Gostoso O Meu Francés, de Nelson Pereira dos Santos (Brasil, 1928), constituyen, desde diferentes puntos de vista (tragedia histórica en Queimada, drama histórico- religioso en La Última Cena y comedia antropológica en Como Era Gostoso O Meu Francés) la mejor trilogía fílmica sobre el tema de la esclavitud realizada hasta el presente1.

Queimada contó con un reparto inusual de actores. En la cima la figura de Marlon Brando (Estados Unidos, 1924-2004) que interpretó magistralmente a un agente del Almirantazgo inglés de recorrido por El Caribe en busca de una isla en la cual fomentar la insurrección. «Liberada», la isla seguirá produciendo azúcar con precios que se cotizarán en la Bolsa de valores de Londres y no más en las de Sevilla, Lisboa o París.

Y como contrapartida a la estrella de Hollywood, la de un negro colombiano de nombre Evaristo Márquez que nunca pensó -ni siquiera soñó- en colocarse delante del lente de una cámara – dicho sea de paso lo hizo muy bien- para interpretar al esclavo negro José Dolores, un cortador de caña de una isla propiedad de Portugal que organiza una rebelión de esclavos2.

La fotografía estuvo a cargo del italiano Marcello Gatti que distribuyó proporcionalmente a lo largo del filme los grandes planos de la isla vista desde los mares adyacentes, las escenas de los festejos populares del carnaval, las batallas entre negros armados de machetes y soldados portugueses e ingleses armados de rifles y cañones y los primeros planos de las figuras antípodas del filme: Marlon Brando (el agente colonial William Walker) y Evaristo Márquez (el esclavo rebelde José Dolores)3 .

Los créditos del filme -morosamente insertados con música coral de fondo que repite como en una mezcla de lamento y grito de guerra ¡Abolición, Abolición, Abolición!- anticipan las imágenes que veremos: paisajes edénicos de la isla, negros alzados,

fusilamientos impregnados de un violento color rojo que, durante segundos, se vuelca sobre la pantalla como sangre derramada.

En los primeros minutos, mientras la nave que trae como pasajero al agente colonial inglés William Walker4 se acerca a puerto, un oficial portugués a bordo, le muestra a través de un catalejo -siempre la distancia interpuesta entre los colonizadores y los colonizados- los detalles geográficos, demográficos y económicos que atesora Queimada: superficie 9,370 kms2, 200,000 habitantes, 5,000 blancos y el resto negros y mestizos.

Queimada también es, le dice, la residencia oficial del gobierno de Portugal en el Caribe, la sede del Banco del Espíritu Santo y el más famoso burdel de prostitutas negras y mestizas de Las Antillas.

¿Existió de veras Queimada en el mapa de El Caribe?

Para un escritor o director de cine la pregunta es innecesaria: el artista crea, (re) crea y/o imagina realidades existentes o inexistentes no por capricho o antojo sino guiado por los preceptos de la obra que escribe o filma5.

Si responde un habitante de El Caribe, dirá que es retórica la suposición, cualquiera de las islas de las Antillas Mayores (Cuba, Santo Domingo, Haití o Jamaica) o Menores (Guadalupe, Martinica, Barbados o Granada) aun muestra en el presente las cicatrices del pasado colonial de España, Francia o Inglaterra.

Y posiblemente añada que, en el ámbito de El Caribe, un enclave colonial portugués es cosa de excepción: Portugal en América no se alojó en El Caribe sino en el vasto territorio de Brasil.

¿Entonces, de dónde salió Queimada?

El guión original parece basado en hechos ocurridos en la isla de Guadalupe (Antillas Menores). Y aunque al principio el director pensó en utilizar una isla llamada Quemada que era posesión de España, cambió de opinión y eligió a Portugal como entidad colonial al protestar el gobierno español -aun Franco era el caudillo vitalicio- y declarar el guión como inadmisible.

Cuando desembarca, William Walker trae un plan secreto en mente: (re) emplazar a la vieja administración colonial portuguesa de Queimada por un nuevo estado, formalmente soberano, controlado por latifundistas azucareros blancos de origen portugués amigos de Inglaterra.

Ergo: él, el aventurero William Walker, de triunfar, sería recompensado por la reina de Inglaterra con un título nobiliario y dejaría de ser William Walker para convertirse en Sir William Walker como ya antes, en el siglo XVII, pasó con el pirata Henry Morgan devenido (Sir) Henry Morgan.

La lógica de la argumentación de Walker ante los hacendados y comerciantes de Queimada -representantes de los 5,000 blancos en control de la isla- para que se decidan a salirse del bando de Portugal e incorporarse al de Inglaterra es brutal a la vez que sibilina.

«Entonces, señores, piensen por un momento, ¿qué les conviene más, una esposa a la que hay que vestir, calzar y alimentar o una amante mulata a la que solo se le paga por los servicios sexuales prestados en el lecho?» «O lo qué es igual en términos de economía doméstica: ¿qué tipo de empleado les interesa más como futuro, un esclavo o un trabajador asalariado?»

Los hacendados escuchan a Walker, pero no empeñan su palabra en la organización de un futuro movimiento de liberación. Pareciera que los «hombres libres» de Queimada están tan encadenados al régimen de la «plantación» como los esclavos hasta el punto de que prefieren ser decapitados por los negros como en Haití (1791) antes que atreverse a liberarlos6

Walker, entonces, se voltea hacia el otro lado de la realidad social de Queimada -el de los 195,000 negros y mestizos- en busca de los protagonistas de la futura revuelta y encuentra al negro José Dolores, el mismo que le dijera al descender por la escalerilla del buque («¿Valijas, señor?») y cargara su equipaje.

Lo que sigue es bastante razonablemente predecible aunque el director nos reserve algunas sorpresas (twist) en el desarrollo episódico de la trama.

La revolución, fatalmente, ocurre. Los portugueses son expulsados de su antiguo Paraíso de El Caribe y Walker, cumplida la misión, vuelve a Inglaterra mientras que negros-esclavos- liberados y hombres-blancos-independientes se disputan la isla en ruinas.

Diez años pasan y los barones ingleses de la industria del azúcar buscan en las tabernas de Londres al hombre que puede resolver a su favor la explosiva situación de Queimada.

Ese hombre, es, por supuesto: William Walker, que regresa a Queimada -siempre vestido como la primera vez, traje de dril blanco y pañuelo azul anudado al cuello- no como agente del Almirantazgo inglés sino como empleado de la Royal Sugar Company.

Inicialmente, cree posible un diálogo entre las fuerzas en pugna, pero José Dolores -el negro que cargara sus valijas- y que él azuzara para que se convirtiera en líder de la rebelión, le regresa la botella de ron que le ofrece y asesina a los tres emisarios de paz que le envía.

No hay nada qué hacer, José Dolores asimiló demasiado bien la lección: en una guerra se triunfa o se muere. Y William Walker, experto en guerras, iniciará contra su antiguo aliado una guerra de «tierra arrasada» -clara referencia contemporánea a Vietnam- que irá diezmando a los negros y al final el rebelde José Dolores caerá prisionero.

El gobernador de la isla discute con Walker cuál muerte merece el líder rebelde: ¿ahorcamiento o fusilamiento? Walker ofrece otra solución a la dicotomía: convertirlo en traidor y no en un mártir.

Afligido, con pesar en el cumplimiento del deber de soldado, visita por última vez a su antiguo aliado y corta las amarras para que escape.

José Dolores rechaza de plano la posibilidad de escapar a última hora. Sus palabras sobre el destino de la civilización contra la que se ha declarado en rebeldía acompañarán en el futuro la frustración de Walker.

«Hasta cuando, inglés, la llamaremos civilización occidental»

Finalizada la segunda misión que lo trajo a Queimada, Walker, como diez años antes, pensativo, se embarca en el puerto y la interrogante sobre el lugar de destino -Inglaterra como jubilado de S.M, otras islas de El Caribe como empleado de la Royal Sugar Company o Indochina como en algún momento le comentara a José Dolores- se rompe cuando alguien, a sus espaldas, repite con igual tono las palabras de José Dolores cuando lo viera descender por primera vez del buque: «¿Valijas, señor?».

Walker se voltea, parsimonioso, al escuchar la voz del hombre que, a estas horas, ya daba por muerto.

Pero, aunque negro, no es precisamente el negro José Dolores el que tiene enfrente. Walker vacila unos segundos, ¿es o no es?, mientras el negro, cuchillo en mano, decidido, se lo encaja en medio del vientre y estropea la áurea compostura colonial de Walker quien, para no variar, en el minuto final de vida, sigue llevando puesto el traje de dril blanco y el pañuelo azul anudado al cuello.

Uno de los mayores méritos de Queimada no es solo la dirección de Pontecorvo, la calidad de las actuaciones de Marlon Brando y Evaristo Márquez o la fotografía en colores, también es, last but not least, el empleo de la música en la banda sonora del filme.

Este logro artístico merecería un párrafo aparte para su autor, el compositor Ennio Morricone, quien tuvo la osadía de combinar en la partitura musical los contagiosos ritmos africanos con la severidad clásica de los cantos gregorianos.

Paradojas del arte, el filme Queimada (1969) que se estrenó tres años después de La Batalla de Argel (1966), si bien en sus inicios fue un éxito de público, no siguió teniendo en años posteriores el aprecio del gran público -tal vez por su densidad expositiva- y devino en lo que creo fue el propósito original de Pontecorvo: una realización cinematográfica dedicada a postular, casi didácticamente a través de las imágenes en pantalla, un punto de vista marxista, políticamente radical sobre la esclavitud y «el amanecer del capitalismo en Las Antillas».

Sin embargo, La batalla de Argel, que llegó primero a los cines, no en formato de filme histórico sino con una gran influencia del neorrealismo y el cine documental, tiene en estos momentos de las guerras entre los Estados Unidos y los países árabes, una notable «segunda vida» hasta el punto de que son frecuentes los comentarios en Washington de altos oficiales del Pentágono y «think tanks» del Departamento de Estado:

«Si usted de veras quiere entender lo que pasa en Irak o en el mundo posterior a Septiembre 11 del 2001, no deje de ver el filme de Pontecorvo La batalla de Argel.

Mientras, desde la otra orilla, no del Potomac sino del Nilo, un editorial de la agencia de prensa árabe Al Jazeera, proclamó recientemente a La batalla de Argel, a casi cincuenta años de su estreno, un filme «relevante, intenso, honesto y aun hoy tan impactante como lo fue en su primera exhibición».

Notas del artículo

  1. Ver al respecto en el magazine cultural de edición digital Otro Lunes - Revista Hispanoamericana de Cultura Año 5, # 20 el artículo: “La Última Cena: amos intertextuales y esclavos carnavaleros" de Alfredo Antonio Fernández.
  2. Allan A. Stone, Professor of Law and Psychiatry at Harvard Law School, en un artículo publicado en Boston Review of Books, April/May 2004, se pregunta si la elección para los roles protagónicos en Queimada de la superestrella de Hollywood Marlon Brando y el desconocido negro colombiano Evaristo Márquez, responde de parte del director Pontecorvo a una "mise en scene" en profundidad de la relación dialéctica amo-esclavo descrita por Hegel en la Fenomenología del espíritu.
  3. Otro registro bibliográfico presente en Queimada podría estar relacionado con una (re) lectura por parte de Pontecorvo de la obra Piel negra máscaras blancas de Franz Fannon que, conjuntamente con Los condenados de la tierra, del mismo autor, fueron "libros de cabecera" del movimiento de liberación de las antiguas colonias europeas en África, Asia y América Latina en los años 1960's.
  4. El empleo del nombre de William Walker en Queimada es otra licencia poética del director Gillo Pontecorvo. William Walker fue en realidad un filibustero norteamericano vinculado con los intereses políticos de los estados del Sur y económicos del magnate ferrocarrilero Vanderbilt que dirigió varias invasiones contra Nicaragua y Centroamérica hasta que fue apresado y ahorcado.
  5. En palabras del crítico inglés Terry Eagleton: "Literature is imaginative writing in the sense of fiction -writing wich is not literally true". Y lo mismo podría decirse del cine con la diferencia de que el cine, al emplear imágenes, se acerca más a los espectadores que la literatura a los lectores que solo emplea palabras. El cine siempre tendrá sobre la literatura las ventajas de: (1) ahorrarle a los espectadores la conversión de las palabras en imágenes en sus mentes después de leídas en el texto (2) un mayor grado de verosimilitud al combinar en la pantalla actores que dialogan y son vistos como realidades visuales.
  6. Las cifras son elocuentes. Entre el siglo XVI y la abolición de la esclavitud en Cuba (1886) y Brasil (1888) unos diez millones de esclavos africanos llegaron a América. Casi todos destinados a trabajar en complejos agro (fincas) -industriales (ingenios azucareros) vinculados a los mercados europeos. La economía de plantación, ¡ay!, nacía con un grave defecto: hacia el interior del país se basaba en la agricultura y en la esclavitud, y hacia fuera en la especulación capitalista de los mercados mundiales. Una contradicción sin solución, igual daba que fuera el siglo XVIII o el XIX. A menos que: (1) se aboliera a la esclavitud legalmente como en Cuba y Brasil después de muchas revueltas de negros (2) se insurreccionaran los negros en Haití y asesinaran a los residentes (colonos) blancos.

Del Autor

Alfredo Antonio Fernández
(La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, 1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001). Reside en los Estados Unidos.