Poemas

De los poemarios:
Vals de los cuerpos cortados, 2004
Salón de última espera, 2007
Los silencios profundos, 2009

Luis Yuseff

De Vals de los cuerpos cortados (2004)

 

Flores de hierro en el pecho de un hombre

Pero el hombre se agita en todas direcciones
Sueña con libertades, compite con el viento…

Luis Cernuda

Esta noche ha entrado un murciélago a la casa.
Su vuelo es leve, pero torpe.
Advierto: puede ser una maniobra espía.


Pero no oculto entre mis cosas nada que atente
contra la seguridad de un pueblo.
Sólo trato de escribir unas pocas líneas.
Dos o tres palabras. Versos para hacer música a los oídos
de las personas que se invitan a la casa.
Palabras que si algún poder tienen no será el de libertarme.

Poder de libertad.

Así surgen de las sombras estos ojos
como la evocación de un fantasma. Nombres que olvidaré.
Aunque me niegue. Pronto comenzarán a borrarse de mi memoria con el vino ácido de los días. Con urgencia.
Al frotar fuerte la cabeza contra las paredes.
Al escribir versos  a las cambiantes estaciones.
Lejos del trópico. Cosas que han contado los amigos
para quedar fuera. Detrás del enrejado de las almas
donde crecen rosas de papel.
Flores de hierro en el pecho de un hombre.

Detrás del enrejado. Trato de iniciar «una vuelta a mi cárcel».
Casa donde los murciélagos se posan y liban sangre
en las flores de hierro.
Una vuelta a su cárcel. Los deseos prohibidos de Margarita.
El hijo hermoso reventando con su vigor penas sobre la almohada.
Juegos de muerte. Niños como animales disputándose
el fruto de la soledad.
Afuera, lejos de los ojos de Ranel, bajo el peso de plomo
de sus lunas vencidas, doran los Trípticos en alguna capilla de este mundo
donde Dios no se acuerda de él. Ni de Juan, que ha querido ser
en los amantes que se alejan. Detenido en los óleos. Con la muerte azul.
Compartida. Escribiendo para escapar del cuerpo.
Armandito, levantándose de hielo en un país de sol. Aquí no se llora.
Se es de terracota a los rezos de la madre espartana.
Por sus venas se vuelve a la isla. Aquí se ama. Y se espera:
Aquí crecen las «flores de hierro: resonantes como el pecho de un hombre».

 

Canción napolitana

Yo siempre quise tener un perro de aguas ladrándole a la soledad.
Y me fue dada una calle de mar anchísima
por la que parten cada año los amigos. El gris de su lejanía.
Cuerdas para atarme al pasado.

Los ojos verdes de Tania se parecen a Madrid.
Ajena y entrañable. En La Gran Vía. O en el Canal de Panamá, sacando su voz del pecho. Reconociendo la libertad nuevecita. El grito contra el enemigo común, por vez primera, sin altavoces. Sin ser convocada por los oficios del deber obligatorio. En nombre de/ por/ para/ con/ sin. Sólo una emoción real cuando me escribía “Mercedes cantó Dale alegría a mi corazón… Le saqué una foto que conservo aún dentro de mi cámara, pensando en ustedes y en los deseos de que estuvieran allí”.

Isell, en Viena, continúa enojada conmigo. Y la comprendo.
Como fe de vida me dejó un fragmento transcrito de Primavera con una esquina rota.
Y una última visita el día antes de marcharse a Austria.
A hacer muelles. Los resortes ─dice─ de su felicidad.

Lourdes dibuja sobre el papel de rosas en Isla Negra. Imita soledades con las fibras alcalinas.
Junto a mis afectos ha dejado un piano de barro. Una caricatura atroz. Y el hueco en la altanoche por donde se escapaba tomada de la mano por la tristeza de turno.

Mis amigos ya no se parecen a mis amigos. Han aprendido otras lenguas y beben agua embotellada. Tanto cambiamos de un lado y otro.
A veces deseo que nunca más regresen.
Creo que no me reconocerían.
También yo me he transformado.
Mi cuerpo se ha vuelto de agua. A diario me surca la estela.
Levanto señales de humo. Hago ondear el pañuelo en el aire como en una canción napolitana…

 

Kodak Paper I

Hay días en que me prohíbo tener amigos.
Sin  embargo tengo amigos. Los he amado con el ardor de la pólvora mojada en la garganta. Y así lo digo. Con el delirio del que está viviendo sus últimos días. Y posee sólo algunos pájaros muertos que alimenta entre las manos.
Cosas sin sentido. Tal vez porque no tienen ya sentido
las cosas. Y duele como si pegara el rostro al fuego de la lámpara donde ardía la mariposa de tus juegos nocturnos.
De tu llegada a deshora. Pidiendo un poco de conversación.
Palabras que sirvieron de consuelo para que el deseo no terminara entristeciéndonos.
Soledad del tercero. Que podías ser tú. O yo.
Todo dependía de la habilidad con que desplazabas las sombras sobre la cama.
Cosas que sólo entendemos los dos. Sabes cuánto oprimen.
Hubiera querido celebrar juntos el año del conejo.
Bebernos de un golpe las tristezas como en los tangos de Contursi.
Tenerte por sabio y hermoso. Recibirte con la noche rezumando en el cristal de la taza donde bebías el primer café de la mañana.
Tenías peces. Cerámicas. Grafitis en las paredes. Me imitabas.
«Uno termina pareciéndose a lo que ama» (recuerdas).
Cómo temblaba tu voz. El plomo de la traición cuajando.
Y unas pocas palabras para justificar.
Palabras que terminaron por confundirnos.
Tratando de escribir el nombre de las ciudades
a las que soñabas (sueñas) partir algún día.
Groningen. Hamburg. Poznan. Países de hielo.
Versos que serán de agua entre tus manos.
Altas cumbres     y tú que pedías un poema para el amor
que hace figuras de barro.
País de hielo. Miro la fotografía donde posas.
Llevas mi camisa negra.
Tratas de hurgar en la lujuria balcánica. La punta del deseo.
El labio que escupa sobre las sábanas tu esperma.
País de hielo       ya nada puedes hacer
para acabar con los días en que me prohíbo tener amigos.

 

Selva I

Donde las fieras abrevan
hasta aquí llegaron
después me dieron las instrucciones
para sobrevivir
y la sobrevida era
marcar mi territorio
o dormir junto a las bestias.

 

La mano de Midas

Sus heraldos no comprenden los cantos de mi lira.
No me dejan dormir.
Ceder blandamente a las corrientes del sueño.
Donde dije aquí levantaré mi casa
no ven sino sus banderas amenazadas por el fuego vivo de mi lengua.
Y aunque no tengo el aplauso aprobatorio
un oscuro temor por momentos me domina.
Miedo a que de pronto todo cambie
Y deje de emocionarme la palidez de mi madre
ardiendo en las cenizas. Su tos madrugadora.
El labio que me besa. La palabra de amor.

Miedo a que el más infiel de sus heraldos
entone como suyo mi canto.
A ser el escogido.
El que agradece entre luces de ficción la soberana gracia.

Miedo a que el viejo Midas toque mi hombro con su mano.

Del Autor

Luis Yuseff
(Holguín, Cuba, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Tiene publicados El traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002); Vals de los cuerpos cortados (Eds. Holguín), Yo me llamaba Antonio Boccardo (Eds. Almargen), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía), y Golpear las ventanas (Ed. Letras Cubanas), todos en el 2004; Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos (Eds. Holguín, 2009), La rosa en su jaula (Ed. Oriente, 2010) y Los frutos de Taormina (Eds. Matanzas, 2010). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003; Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol” (2008), premio de poesía de La Gaceta de Cuba (2009), Premio de poesía José Manuel Poveda de la Editorial Oriente, Premio de poesía José Jacinto Milanés 2010 y Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2012 con el libro Aspersores. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelanda. Ha sido el compilador principal de las antologías Memoria de los otros (cuentos, 2006), El sol eterno. Antología de poetas jóvenes holguineros (2009) y La isla en versos. Cien poetas cubanos (2011), publicadas por el sello Ediciones La Luz..