El corazón de Dios
Carlos Pujol
Ediciones Cálamo. Palencia, 2011
“Muchas veces el tiempo/ extravía las cosas de la vida”. Y las confunde, las desordena. Y las hace irremediablemente sombrías. El pasado mes de enero, se nos fue de repente Carlos Pujol, un hombre de letras, nacido para amar las palabras y hacerlas más humanas y comunes. Pero antes de su triste adiós, nos dejó un libro hondo y de obligada lectura.
En una entrevista concedida tiempo atrás al diario `ABC´, Carlos Pujol (Barcelona, 1936), afirmaba, rotundo: “La voluntad que uno ponga al escribir no basta si no lleva algo dentro. La emoción es fundamental”. Quien conozca la amplia trayectoria y la sugestiva obra del autor catalán, entenderá aún mejor su aserto. Pues este doctor en Letras y durante muchos años profesor de literatura en la Universidad, que alternó su tarea docente con las de crítico literario, traductor -Ronsard, Shakespare, Racine, Dickinson, Baudelaire, Hopkins…-, editor, narrador y ensayista, alcanzó con `El corazón de Dios´, su décimocuarto poemario.
De vocación lírica tardía -su primera incursión, “Gian Lorenzo”, data de 1987-, el decir de Carlos Pujol mantuvo desde sus inicios una sobriedad y una elegancia rigurosas.
Esta nueva entrega, no hace sino reafirmar su certera expresividad verbal, a la vez que añadir a su labor poética un libro de reflexiva y honda madurez. Los cuarenta y ocho poemas que lo componen significan un intenso diálogo -¿monólogo?- con Dios, en el que el vate barcelonés alienta su necesidad de sentirse confortado, de saberse escuchado y de constatar la certidumbre de la existencia divina. Porque tanto silencio y tanta espera, agotan el espíritu y reducen la esperanza: “…Nos gustaría alguien más expresivo,/ interviniendo para aclarar la confusión con signos de racionalidad indiscutible (…) Ya que no puede ser, quédate cerca,/ que yo haré todo el gasto de palabras./ Pero eso sí, si no es mucho pedir,/ mientras el tiempo tenga cuerda escucha”.
El yo lírico dirige su mirada hacia la infancia, y memora un ayer donde también se hacía patente aquel anhelo de hallar una señal, un gesto que no se tornara después descreimiento. Por entonces, entre toboganes, castillos de arena, chapas de refresco y tesoros de piratas, asomaba también su interminable e intermitente presencia: “Tú ya estabas allí/ en aquel escenario pobretón/ e incierto de los años/ que no se sabe cómo recordar (…) Te colabas en turbios soliloquios de niño abandonado al imposible/ o brillando en rincones de aventura/ azul cobalto o verde selva antigua”.
La exactitud rítmica y la desnudez en la dicción versal de las que hace gala Carlos Pujol, aumentan las virtudes de un discurso que aspira a sanar las heridas abiertas por una ausencia prolongada, por un largo lamento sin respuesta, que casi llega a convertirse en reproche: “Si es que puede saberse, ¿dónde estás?”. Y es que tras ese gran misterio, tras esa cansina rutina de deseo insatisfecho, se esconde un alma doliente, un hombre que comienza a mirar atrás con nostalgia y con la certitud de que su tiempo va agotándose sin que el cielo le otorgue sino el milagro desierto de una boca silente: “Tomas las educadas precauciones/ de quien teme invadir la casa ajena,/ hay que estar más bien solos para oír/ en medio del estruendo del orgullo/ la voz que habla callando desde dentro”.
Leyendo estos versos de Carlos Pujol, no es casual que regresen a la memoria los del poeta Kabir, aquel reformador del siglo XV, considerado como el más destacado representante de la India medieval y del misticismo hindú. En uno de sus miles de textos escritos, afirmaba: “Si Dios es juego y alegría/ ¿qué nos debe angustiar?/ Es necesario, sin embargo/ sufrir por la ansias de hallarle”. Y en esa tesitura se enmarca el poemario pujoliano, pues al margen de que su fe se mantenga por momentos intacta (“Tú haces más fácil lo inexplicable”), también sucede otro tanto con la candente búsqueda de un oasis que sacie tanta sed pretérita, presente y futura: “Di ¿por dónde me llevas?/ ¡Me gustaría tanto/ saber un poco más de tus proyectos!.
En suma, un poemario trascendente y solidario para con quien necesita reforzar su esperanza a través de inequívocas evidencias y que no se conforma con el candor de las Escrituras; un poemario que habla de luces que se vuelven sombras, de eternos interrogantes que no hallan eficaces respuestas: ¿”Es posible encerrarte en las palabras,/ decir algo remoto y ya tenerte/ en la mano, lo mismo que una música/ que se oye y no se ve, verdad del aire/ que sólo se aprisiona en el oído?”.
