Categoría: Librario

Los libros y los días

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Federico García Lorca.

El año marcha bien, hasta ahora. Toquemos madera y procuremos no obsesionarnos demasiado con el futuro, esa sombra que acecha y que no conocemos, ni siquiera esos caballeros engominados del Fondo Monetario Internacional, quizá ellos menos que nadie. Los economistas -y los sociólogos- analizan las cosas una vez que ya han pasado, como si fueran los misterios de Fátima. Pero eso es otra historia.

Para mí el año, como digo, ha empezado con buen pie, aunque no haya caído una gota y el campo esté sediento. Mi padre tenía una pequeña huerta con una palmera y un estanque en el que nos bañábamos los niños bajo el sol de agosto, y también unas cuantas olivas a las que les prodigaba las mismas atenciones y desvelos de un pastor a su rebaño. Recuerdo las manos de mi padre, recias y nudosas, como las raíces de un árbol, señalando el cielo y diciéndose en voz alta, abatido: ‹‹No llueve››, aguardando la manifestación de algún indicio que le hiciera pensar lo contrario. Desde que tengo uso de razón, el agua en mi casa siempre fue motivo de enorme inquietud, y su protagonismo acaparaba casi todas las conversaciones. Todavía hoy, y dentro de poco cumpliré los ochenta, cuando pasan varios días sin caer una gota el ánimo se me pone plomizo, y se me aparece la delgada figura de mi padre escrutando el charco del cielo.

La razón de esta alegría con la que he iniciado 2012 -que según los llamados expertos será un año catastrófico; supongo que vivimos los últimos estertores de un sistema que funciona desde el siglo XV- es estrictamente literaria, como no podía ser de otra forma. El 1 de enero, justo después de enviar el anterior artículo, me sumergí en un novelón de 700 páginas cuya lectura me duró un santiamén. Es un libro que por su extensión tenía reservado para la calma del verano, pero pensé que no estaba en condiciones de hacer planes a tan largo plazo, y me puse con él. Que yo sepa, es una de las mejores novelas de los últimos años, emocionante y divertida (aquí en España lleva ya cuatro o cinco ediciones), pero no pienso dar el nombre. Hasta tres veces le escribí a la editorial para pedírsela y en ningún caso obtuve respuesta. No me molesta que no me manden los libros; a veces, por razones varias, los encargados de prensa no pueden hacerlo y me lo dicen, y yo no tengo ningún reparo en bajar a la librería y comprarlo, como llevo haciendo toda la vida. Pero sí me molesta la mala educación, el que no me contesten a los correos (a mí me cuesta mucho esfuerzo escribir en el ordenador: nunca doy con las teclas adecuadas), así que no pienso mencionar el título de esta novela que tan feliz me ha hecho ni el nombre del anfibio que la publica. ¡Que se chinchen!

Lector de OL: O me dices el nombre o dejo de leer ahora mismo.
Temístocles Roncero: Allá usted.

Charles Dickens es uno de mis escritores favoritos, y según va pasando el tiempo su literatura logra conmoverme más. Creo que nadie como Chesterton ha sabido arrojar tanta luz sobre la obra del genio inglés. Sus personajes memorables, sus tramas sencillas y folletinescas, su sentido de la ironía y su profundo humanismo, han hecho de la obra de Dickens una de las más sobresalientes de la literatura universal. Ahora se cumplen doscientos años de su nacimiento y numerosas ediciones de sus libros proliferan en las mesas de novedades. Raúl Muñoz, siempre atento y diligente, me manda algunos de los títulos reeditados por Alianza: Papeles póstumos del Club Pickwich (mi favorita), Historias de dos ciudades y Tiempos difíciles. Y vuelvo a mencionar la excelente edición de La tienda de antigüedades llevada a cabo por la editorial Nocturna, en cuyo joven y exigente catálogo acaba de incorporase La península de Julien Gracq, una verdadera joya con aroma proustiano.

 

La editorial Lumen nos trae de nuevo a Borges que, a fuerza de clásico, sigue siendo modernísimo o, mejor, posmodernísimo. Sus relatos le dan la vuelta a la historia en un giro sorprendente del que participan el álgebra, la filosofía y -claro está- la tradición literaria. Todo ello con un tono lírico y melancólico, pues ‹‹no hay nada en la tierra que sea sencillo››. Lean cuentos como “La lotería en Babilonia”, “La biblioteca de Babel”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, o esa maravilla que es “El otro”, contenido en El libro de arena, su testamento narrativo. Borges para siempre, créanme.

 

Lector de OL: Borges está muy bien, pero queremos saber el título de esa novela que tanto le ha gustado.
Temístocles Roncero: ¡Aire!
Lector de OL: Es usted un rancio.
Temístocles Roncero: ¡Váyase al cuerno!

Me ha gustado mucho Con el agua al cuello (Tusquets) de Petros Màrkaris, autor griego de novela policiaca. Conocía su exitoso prestigio, pero nunca había leído nada de él. El comisario Jaritos (protagonista de otras entregas) se enfrenta a una serie de asesinatos en donde las víctimas son banqueros y gente relacionada con el mundo de las finanzas. Con un estilo muy directo y a base de capítulos cortos, el autor pergeña una historia amena y bien construida, con una Grecia al borde del abismo como telón de fondo. En la misma editorial, aparece la edición en bolsillo de Máscaras de Leonardo Padura (autor al que ya he mencionado varias veces), tercera entrega protagonizada por Mario Conde, una de las sagas policiacas más hermosas que conozco.

 

Por cierto, y por seguir hablando de género, no quisiera despedirme sin recomendarte Un buen detective no se casa jamás (Anagrama) de Marta Sanz, divertida y lúcida novela protagonizada por Zarco, detective cuarentón y homosexual, que no se calla ni debajo del agua, de cuya verborrea ya tuvimos noticia en Black, Black, Black, su anterior aventura.

Regresa Paul Auster con Diario de Invierno, también en Anagrama, claro. Es curioso lo que ha pasado con este escritor. Antes, cuando publicaba en Júcar y lo leíamos cuatro, era muy apreciado por toda la crítica y por muchos de los que ahora, de resultas de su enorme éxito, lo ponen a caer de un burro. Sin embargo, yo sigo disfrutando como el primer día -si no más-  de sus historias irresistibles y llenas de encanto, de sus personajes desvalidos, frágiles, la mayoría de las veces ávidos de literatura, de esa escritura aparentemente sencilla con la que ha ido configurando un universo propio. Diario se entronca con La invención de la soledad y A salto de mata, textos autobiográficos en donde el autor indaga en sus entretelas para hablarnos de sí mismo y, ya de paso, hablar de nosotros también. No te lo pierdas.

Llueve. Ahora me doy cuenta. Estaba tan concentrado en la escritura que no he oído a las pequeñas manos de la lluvia golpear en mi ventana. Me asomo a la calle y la gente camina deprisa, de forma torpe (un madrileño con paraguas es un arma de destrucción masiva), algunos van descubiertos y buscan refugio, una pareja de chavales se besa como si nada, ajena. Es una lluvia muy fina, de esas que parece que no mojan pero que calan igual que todas las lluvias. De repente, bajo el lago de asfalto aparece otra ciudad: intacta y reluciente. Y en una de sus calles, juraría que he visto a mi padre guiñarme un ojo, mojado y feliz.

Llevarás luto por Franco: ventana abierta a imposibilidades

 Llevarás luto por Franco y otros cuentos

Teresa Dovalpage
Editorial Atmósfera Literaria

 

Afortunado lector que tienes ante ti una ventana abierta a un mundo de imposibilidades: Míralo todo en detalle.  Aprovecha este viaje con todos los sentidos en alerta.  Lo que vas a leer son sucesos dentro de una realidad con pocos puntos de referencia para los que no han vivido los misterios de la supervivencia.  Vas a atisbar por una ventana que te muestra lo que pocos sospechan, porque todo sucede dentro de una isla perdida en el vestigio de un pasado esplendoroso, desconectada del mundo exterior. Los que allí habitan se dedican a sobrevivir, a existir sin vistas a un futuro, lo cual los obliga a vivir el momento, un momento que cambiarían por otros muchos momentos más allá de la costa.  Los que visitan este mundo tienen el lujo de absorber lo bello, lo sensual, lo vibrante que la isla ofrece, y consiguen poca conciencia en relación a lo que realmente ocurre detrás de las fachadas en ruinas, donde los sobrevivientes se plantean cómo abordar el nuevo día.

“Llevarás luto por Franco” es el título del primer cuento, y una invitación al lector a una aventura dividida entre Cuba y España, desde el punto de vista de una niña quien, a falta de explicaciones plausibles, acude a recursos infantiles para entender el mundo en que vive.  Con la pureza de este personaje Teresa Dovalpage nos hace recordar nuestros propios razonamientos, y nos pone de manos a boca con quienes fuimos, en completo acuerdo con esta niña curiosa y compleja.  Y este es solamente el comienzo de lo que se va vertiendo en una acuarela vibrante que nos atrapa en su húmedo colorido para cautivarnos hasta el final, dejándonos asomar a ese mundo único y surrealista que es la isla de Cuba.  Los cuentos se hilvanan unos con otros sutilmente, apoyados por un absurdo que viven a diario millones de cubanos en sus vidas paralelas o enredadas.  Ese vivir de privaciones materiales, pero de gran riqueza en su intensidad, un vivir que se desborda de la isla en olas de noticias, cartas y contactos para alcanzar a tantos que hoy viven en el aun llamado exilio, pero que ha sido un perpetuo destierro para tantos.

Teresa Dovalpage nos muestra como nadie ese mundo de dicotomías, de la eterna lucha por subsistir, matizado con un humor a veces escandaloso, a veces negro, y otras veces afilado y mordaz, pero siempre disfrutable y delicioso.  La lectura de Llevarás luto por Franco nos muestra la genialidad de una escritora que nos deja ver sin detallarnos, que nos deja entrar en la escena sin obstruirnos los sentidos con mosaicos ambientales, y nos llega, nos cala, nos muestra un mundo donde la lógica ha perdido su rumbo para dejarle el campo abierto a la malicia, la trampa, y una vida de búsqueda sin tregua por una vida mejor dentro de la más completa vigilancia represiva.

Prepárate para un jocoso encuentro con los cubanos, los turistas que visitan la isla en ignorantes oleadas que van y vienen sin dejar ni llevarse nada de verdadero valor.  Pero el valor existe, persiste, se vuelve ingenio y perspicacia.  Y aquellos pocos que lo reconocen nunca podrán olvidar un significativo encuentro con un sobreviviente isleño que se muestra tal cual es, dentro de un bello entorno de ruinas y mar.

Escritores al lavoro

Trabajos forzados.
Los otros oficios de los escritores.

Daria Galateria.
Traducción de Félix Romeo.
Editorial Impedimenta.

 

Conocer la vida de un escritor es un pilar básico para comprender su obra. Igual ocurre con los trabajos que ha ido desarrollando en su vida. Esta sería completa si cualquier buen escritor pudiese vivir de lo que escribiese, pero a lo largo de la historia, muy pocos han podido conseguir tal gesta. Es lo que aborda este libro de la italiana Daria Galateria, aquellos oficios que más de veinticinco autores compaginaron con la escritura de alguna de sus grandes obras.

La investigadora, profesora universitaria, y amplia conocedora de la Literatura, sobre todo la francesa, nos hace un recorrido histórico en el que nos muestra cómo han sobrevivido algunos de los escritores más laureados antes de ser reconocidos o incluso antes de escribir.

Con una narratividad que sorprende por lo ágil y lo conciso, donde ni sobra un adjetivo ni falta un adverbio, mérito también de la buena traducción de Félix Romeo, vemos como Bukowski repartía cartas mientras se bebía toda la cerveza que encontraba y escribía sus poemas de pensión, o cómo Colette abría un centro de belleza en el que trabajaba para muchas personas.

Sorprenden casos de escritores de tanto renombre como el fantástico George Orwell, que antes de escribir sus grandes obras ejerció de policía en Birmania o de lavaplatos en Londres, así como el marinero Jack London, o el caso de Maxim Gorki, ayudante de cocina en un barco. Sorprendente también resulta la cara más humana que se ofrece en el retrato de Louis Ferdinand Céline, soberbio al igual que polémico, o la indagación en la vida académica del Premio Nobel, Thomas S. Eliot, considerado el mejor poeta norteamericano del siglo por muchos críticos.

Así, uno por uno, desfilan ante nosotros escritores en horario de trabajo, junto a pequeños fragmentos de su vida que nos ayudarán a comprender sus obras. Es el caso de Kafka, trabajador en una compañía de seguros, que posteriormente incorporará la burocracia como pilar básico en su obra. O también casos de escritores que no se consideraban tal, como Saint-Exupéry, aviador, o Italo Svevo, rescatado milagrosamente por James Joyce cuando se había retirado de la escritura para dirigir una fábrica.

Daria Galateria ha conseguido una obra cargada de matices y anécdotas. Una delicia de la metaliteratura, esa corriente que consiste en escribir sobre los entresijos de los escritores y las letras, que tanta cabida tiene en los últimos años y que tanto ayuda a crear un imaginario colectivo sobre las letras universales. La editorial Impedimenta nos vuelve a sorprender con su habitual cuidado y elegancia, como es habitual.

Mitología para un inicio de siglo

Los inmortales

Manuel Vilas
Alfaguara, 2012

 

Hay autores empeñados en enredar la idea de tiempo, empeñados en destruir todo aquello que asimilamos como real o válido. Manuel Vilas es ese tipo de autor, obcecado, título tras título, en llevar al lector al límite, en provocar a la escena editorial, pero sobre todo un tipo empeñado en hacer la literatura en la que cree. Los Inmortales (Alfaguara, 2012), su última y más incendiaria novela, es buena prueba de ello. Vilas vertebra su amplio catálogo de obsesiones narrativas en torno a los grandes asuntos que ofrece o refleja la novela: una crítica feroz, insaciable, a la sociedad de consumo y a la actual condición humana, un cuestionamiento perpetuo del escenario editorial y sus peculiares habitantes, designando, de esta forma, uno de los posibles horizontes por el que puede transitar la narrativa española de corte más reciente.

En este título, Manuel Vilas sobredimensiona la realidad hasta tal punto que la dinamita, y logra esto a través del ejercicio de sus obsesiones narrativas, es decir, personajes excesivos que se diluyen entre la ficción y lo real, uso del humor como andamiaje perfecto para el cuestionamiento de lo que acontece, fusión de la alta cultura con la cultura pop, reivindicación de la tradición cervantina, un auto exhibicionismo que trasciende de la evidente transfiguración del autor en personaje, uso del delirio como motor narrativo de las acciones que articula a través de los personajes …  Este amplio despliegue de premisas manuelvilistas hace de Los Inmortales un libro necesario especialmente en un tiempo tan laxo como el que acontece, pero a la vez lo convierte en un título difícil que requiere de la complicidad de un lector activo, proclive a dejarse llevar por  esos territorios exclusivos de la literatura donde pensamiento y palabra intercambian identidades.

El otro gran asunto de Los Inmortales se refugia en el entramado de la novela, donde lo formal convive con lo discursivo para ofrecer al espectador el mayor espectáculo literario jamás contado, un espectáculo consistente en reflexionar sobre el futuro de la edición y sus circunstancias, sobre el papel del escritor/intelectual en una sociedad tendente a la impostura. Este artefacto narrativo que Vilas lanza al panorama literario español dinamita todo tipo de corrientes y expectativas situándolo en una suerte de limbo de poética posmoderna y estética pop. Vilas ha escrito una novela que continúa con el eco de sus anteriores trabajos y dispara sus obsesiones edificando una historia que se erige como crítica a la supremacía de la estupidez en un tiempo inexacto, remoto. Sin lugar a dudas, estamos ante una novela irrepetible y ante un autor que sigue caminando por ese lado salvaje de la literatura, camino que él mismo ha fabricado a base de un discurso narrativo original e implacable.

Fermín Herrero, verbo y tierra

Tempero 

Fermín Herrero
Hiperión. Madrid, 2011
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El diccionario de la R.A.E define la palabra tempero, en su única acepción, como la “sazón y buena disposición en que se halla la tierra para sementeras y labores”. Tras la lectura del último poemario de Fermín Herrero -que se ha valido de este término para titularlo-, cabría añadir un nuevo significado: “sazón y buena disposición en que se halla el poeta para  elaborar óptimos versos”.

Con esta entrega, el escritor soriano obtuvo el pasado otoño, el premio `Alfons el Magnanim Valencia de poesía en castellano´. Suma así, un nuevo libro a su ya meritoria trayectoria, que se iniciara en 1995 con `Anagnórisis´ (Premio “Gerardo Diego”) y continuase, plena de rigor, con obras como, `Echarse al monte´ (Premio “Hiperión”), `Un lugar habitable´ (Premio “Ricardo Molina”) y `Endechas del desconsuelo´ (Premio “Fray Luis de León”), entre otras.

Fermín Herrero conoce muy bien la compleja tarea de labradores, ganaderos…, que han entregado sus manos y sus vidas para poder subsistir del campo. Su sabiduría en torno al ámbito de la Naturaleza, ha sido ya tratada en anteriores poemarios; sobre todo, en `Tierras altas´ (2006) un sentido homenaje a sus íntimos y familiares territorios sorianos, que le sirvieron como inspiración y materia líricas. “Siempre mirando al cielo, cuando falta/ el agua y cuando sobra, con tempero/ de siembra y en el tiempo de granazón”, escribía en el pórtico del citado volumen. Por entonces, el paso de los años, era para el poeta señal de desconfianza (“También la vida empieza a ser traicionera”), y la existencia corría el peligro de convertirse en una trampa sin retorno, “y cada cosecha elegía”.

Ahora, su voz y su circunstancia han madurado de forma evidentes y en una reciente entrevista afirmaba con rotundidad: “Cuando vas cumpliendo años y ves la orejas la lobo, pasas de la existencia al ser”. Y de la misma manera, sus versos  han ganado en esencia, y resultan directos, sin ambages, efectivos por certeros, exactos por sinceros: “…Has volcado tu vida para/ temer un poco menos a la muerte, debes/ saber que antes de echar raíces hubiste/ de andar a tientas, hacia donde no estabas”.

Aunque dividido en cuatro apartados, el poemario puede leerse como un cántico unitario, en el que Fermín Herrero propone una parábola vital, una biografía espiritual, de las que rescata de continuo el ayer y se deja ganar por la ensoñación del presente. Sabedor de que el ser humano no debe rehuir la batalla contra su finita condición, mas sí aceptarla con humilde certidumbre, su pretensión no es otra sino la de aspirar profundamente cuanto sostenga su verdad cotidiana. Y amar la belleza de un entorno por el que señorean encinas, acacias, nogales, chopos, vaguadas, manantiales…, y por donde debe pronunciarse el hombre al margen de su condena: “…Después/ de tanta muerte natural, de tanta/ pregunta, este consuelo, lo que no mueve/ el mundo, la quietud, el olor de la tierra”.

La contemplación del reino animal (“…un rebaño/ carea contra el viento”), la tenaz astucia que derrama cada estación (“He venido hasta el Duero como cada mañana/ de este invierno. Diciembre con niebla, el campo/ blanco, escarchado”), los imborrables protagonistas familiares (“Es mi madre. Me está mirando con temor -…- Cómo/ comprendo al fin sus ojos”), van llenado de emoción y meditación estas páginas que se adentran en las fronteras que unen el pensamiento y el sentimiento. Además, la música que resuena tras estos textos, aumenta su dichoso cromatismo, su visible perdurabilidad. Pues, no sólo en sus acordes, sino en su intrínseco silencio, se esconden sus virtudes: “…El sol/ no dura, con las tardes de invierno se desploma/ y con mañana y con ayer. Todo está por decir”.

Tras la aparición del penúltimo poemario de Herrero, `De la letra menuda´, afirmaba quien esto escribe, que envuelto en el manto de las pequeñas cosas que conformaban su diaria existencia, Fermín  Herrero cantaba y contaba sobre su derredor, con un verso sólido y colorido que cobijaba y confortaba al lector. Esas mismas aptitudes, se asoman al hilo de estas reflexivas confesiones, llenas de sensitiva autenticidad: “Se me llena de amor la vista, mi poquedad/ en modo alguno debería enfriar la gracia/ que esplande en cada cosa”.

Carlos Pujol en el corazón

El corazón de Dios

Carlos Pujol
Ediciones Cálamo. Palencia, 2011

 

“Muchas veces el tiempo/ extravía las cosas de la vida”. Y las confunde, las desordena. Y las hace irremediablemente sombrías. El pasado mes de enero, se nos fue de repente Carlos Pujol, un hombre de letras, nacido para amar las palabras y hacerlas más humanas y comunes. Pero antes de su triste adiós, nos dejó un libro hondo y de obligada lectura.

En una entrevista concedida tiempo atrás al diario `ABC´, Carlos Pujol (Barcelona, 1936), afirmaba, rotundo: “La voluntad que uno ponga al escribir no basta si no lleva algo dentro. La emoción es fundamental”. Quien conozca la amplia trayectoria y la sugestiva obra del autor catalán, entenderá aún mejor su aserto. Pues este doctor en Letras y durante muchos años profesor de literatura en la Universidad, que alternó su tarea docente con las de crítico literario, traductor -Ronsard, Shakespare, Racine, Dickinson, Baudelaire, Hopkins…-, editor, narrador y ensayista, alcanzó con `El corazón de Dios´, su décimocuarto poemario.

De vocación lírica tardía -su primera incursión, “Gian Lorenzo”, data de 1987-, el decir de Carlos Pujol mantuvo desde sus inicios una sobriedad y una elegancia rigurosas.

Esta nueva entrega, no hace sino reafirmar su certera expresividad verbal, a la vez que añadir a su labor poética un libro de reflexiva y honda madurez. Los cuarenta y ocho poemas que lo componen significan un intenso diálogo -¿monólogo?- con Dios, en el que el vate barcelonés alienta su necesidad de sentirse confortado, de saberse escuchado y de constatar la certidumbre de la existencia divina. Porque tanto silencio y tanta espera, agotan el espíritu y reducen la esperanza: “…Nos gustaría alguien más expresivo,/ interviniendo para aclarar la confusión con signos de racionalidad indiscutible (…) Ya que no puede ser, quédate cerca,/ que yo haré todo el gasto de palabras./ Pero eso sí, si no es mucho pedir,/ mientras el tiempo tenga cuerda escucha”.

El yo lírico dirige su mirada hacia la infancia, y memora un ayer donde también se hacía patente aquel anhelo de hallar una señal, un gesto que no se tornara después descreimiento. Por entonces, entre toboganes, castillos de arena, chapas de refresco y tesoros de piratas, asomaba también su interminable e intermitente presencia: “Tú ya estabas allí/ en aquel escenario pobretón/ e incierto de los años/ que no se sabe cómo recordar (…) Te colabas en turbios soliloquios de niño abandonado al imposible/ o brillando en rincones de aventura/ azul cobalto o verde selva antigua”.

La exactitud rítmica y la desnudez en la dicción versal de las que hace gala Carlos Pujol, aumentan las virtudes de un discurso que aspira a sanar las heridas abiertas por una ausencia prolongada, por un largo lamento sin respuesta, que casi llega a convertirse en reproche: “Si es que puede saberse, ¿dónde estás?”. Y es que tras ese gran misterio, tras esa cansina rutina de deseo insatisfecho, se esconde un alma doliente, un hombre que comienza a mirar atrás con nostalgia y con la certitud de que su tiempo va agotándose sin que el cielo le otorgue sino el milagro desierto de una boca silente: “Tomas las educadas precauciones/ de quien teme invadir la casa ajena,/ hay que estar más bien solos para oír/ en medio del estruendo del orgullo/ la voz que habla callando desde dentro”.

Leyendo estos versos de Carlos Pujol, no es casual que regresen a la memoria los del poeta Kabir, aquel reformador del siglo XV, considerado como el más destacado representante de la India medieval y del misticismo hindú. En uno de sus miles de textos escritos, afirmaba: “Si Dios es juego y alegría/ ¿qué nos debe angustiar?/ Es necesario, sin embargo/ sufrir por la ansias de hallarle”. Y en esa tesitura se enmarca el poemario pujoliano, pues al margen de que su fe se mantenga por momentos intacta (“Tú haces más fácil lo inexplicable”), también sucede otro tanto con la candente búsqueda de un oasis que sacie tanta sed pretérita, presente y futura: “Di ¿por dónde me llevas?/ ¡Me gustaría tanto/ saber un poco más de tus proyectos!.

En suma, un poemario trascendente y solidario para con quien necesita reforzar su esperanza a través de inequívocas evidencias y que no se conforma con el candor de las Escrituras; un poemario que habla de luces que se vuelven sombras, de eternos interrogantes que no hallan eficaces respuestas: ¿”Es posible encerrarte en las palabras,/ decir algo remoto y ya tenerte/ en la mano, lo mismo que una música/ que se oye y no se ve, verdad del aire/ que sólo se aprisiona en el oído?”.

Carlos Edmundo de Ory y su amorosa memoria

La memoria amorosa

Carlos Edmundo de Ory
Visor. Madrid, 2011

 

No siempre los libros que se editan de forma póstuma, guardan en su interior el aroma más reconocible o inspirado del autor fallecido. En ocasiones, son los mismos herederos quienes por distintas cuestiones se ven forzados a dar a la luz un material que probablemente tenía sus razones para permanecer inédito.

Pero, por fortuna, hay otras veces, en que lo que se publica, devuelve la esencia más exacta del escritor ya ido y confirma sin ambages la necesidad de su postrer edición.

Y traigo a colación estas leves consideraciones, tras la lectura de `La memoria amorosa´, un espléndido volumen de Carlos Edmundo de Ory (1923-2010), que Jesús Fernández Palacios ha preparado con mimo y rigor. Fue éste último, amigo, discípulo y paisano de  Ory y en su aclaratorio y emocionado prólogo, `Evocaciones de un trágico feliz´, advierte de que semanas antes de su muerte -“apenas era una sombra de lo que fue-“, tuvo ocasión de visitarlo en su casa francesa de Thèzy-Glimont. “Se despidió de mí -escribe- haciéndome tres encargos: que depositáramos sus cenizas en su Cádiz natal; que ayudáramos a su esposa en la difícil tarea de sobrevivirlo; y que me ocupara de buscar un buen editor para su libro, `La memoria amorosa´, no sin antes revisarlo y corregirlo bien”.

Fiel cumplidor de la tarea encargada, disponemos ya de un volumen que canta y cuenta las remembranzas de un escritor “poseso, emocional, visionario y profético”, que supo extremar y metamorfosear el lenguaje, hasta convertirlo en un bello y personalísimo cántico.

Carlos Edmundo de Ory fue una de las voces más singulares de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Sabido es que su vida experimentó un giro radical tras el fallecimiento de su padre -Eduardo Ory, relevante poeta y destacado hombre de letras- y su posterior marcha a Madrid en 1942, a donde llegó con el ímpetu de un veinteañero lleno de ambición.

En 1945, creó dos revistas de muy corta vida, “Postismo” y “La Cerbatana” y junto con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi fundó el Postismo, el primer intento renovador de la lírica de posguerra: un movimiento que a pesar de sus sugerentes propuestas encajaba mal con la situación político-social de entonces y con el garcilasismo predominante.

En 1953 y becado por el gobierno francés, se trasladó a Francia, donde se quedaría a vivir el resto de sus días. A pesar de su distanciamiento, Carlos Edmundo de Ory se mantuvo unido a sus raíces andaluzas con verdadera devoción. En `Los Diarios´ que comenzase a pergeñar a su llegada a la capital, escribía con fecha 5 de Abril de 1951: “La poesía sale de la niñez. Somos poetas si hemos tenido infancia. El poeta escribe sus poemas  cuando es hombre (…) Yo viví en un puerto de mar. Yo viví una infancia viva pero triste (…) Estaba solo. Amaba. Sólo tenía ojos para mirar el mar”. Y en la entraña de esa remembranza casi albertiana, es en donde se entronca buena parte del hilo conductor de  la producción oryana.

Esta memoria amorosa, sabiamente dividida en cuatro apartados, “Tarsis”, Mayrit”, “Lutecia” y “Picardía” -o lo que es lo mismo, Cádiz, Madrid, París y Amiens-Thèzy-, se inicia precisamente con los recuerdos de aquella ribera de soles que enmarca la bahía gaditana. Sus reminiscencias son un ovillo con que se abriga el corazón y que tiñe de añoranzas el alma: “Me levantaba temprano, al alba. Iba directamente a la baranda (…) Encima de mi cabeza, los cielos. Debajo de mis ojos, el mar. Me ponía a inspeccionar el mar. Lo miro, lo huelo y lo degusto…”.

El decir de Ory -como puede volver a comprobarse al par de esta entrega- fluctuó por un sinfín de materias que rozaron el dolor, el espanto, el silencio, la libertad,  lo lascivo, lo perdido… En la mayor parte de su evolución creativa, se dejó llevar por un singular idioma que se acerca a lo surrealista: “Me ha mordido en sueños un gato. He sentido el dolor físico en mis carnes como nunca antes, despierto no dormido”

De su trascendental paso por Madrid, -“sórdido garaje con ratones”-, también deja constancia en distintas instantáneas en las que memora la inevitable venta de sus amados libros (“es como vender el alma en peso”), sus visitas a la Biblioteca Nacional (“me tomaban por sospechoso. Pedía libros que nadie pedía”) o su clandestina militancia política (“presentíamos espías a nuestro entorno, oliéndonos los pasos”).

Lógicamente, hay referencias en sus dos últimos apartados a su vital y duradera estancia en Francia. De aquel París que lo enamorara, quedan huellas amantes e imborrables: “Ella y yo nos amábamos en el cuarto lleno de luz. Ahora estoy solo y tengo mucha sed”; y la certeza, a su vez,  de cuáles debían ser las condiciones propicias para hallar la inspiración: “Cuando quiero escribir, la mesa ha de estar vacía completamente, sin nada, tabla rasa. La mesa limpia. Es entonces cuando coloco el papel en blanco en mi vieja Olimpia. Empieza la charla de los dedos. Escribo, escribo manos locas”.

Y de aquel Amiens-Thézy que acogió tantos días de dicha y desde donde nos diera su adiós definitivo,  queda la presencia constante de la Naturaleza, del reino animal…,  y la compañía cálida y permanente de su esposa: “Como dice mi mujer, Laura, ser feliz es tener fe”.

Al cabo, estas páginas, esconden además de los aromas cordiales del ayer, una hilera sostenida de inteligencia, dardos en el alba cotidiana, disparos sonoros en el negror de la rutina, hallazgos de ingeniosas esquinas: “Detrás de cada muerte, hay pájaros desconocidos”. Los mismos, Carlos Edmundo, que siguen y seguirán cantando junto al sabio son de tus enseñanzas.

«Historia de todas las cosas», de Marco Tulio Aguilera Garramuño, la novela grande

Terminar la lectura de una novela y sentir deseos de tomarla de nuevo, extrañar sus personajes, comprobar la necesidad de llamar al autor para agradecerle, quizás sean tres de los “síntomas” que nos avisan que hemos leído algo fuera de serie. Y si pasan los días y sentimos igual, entonces uno se atreve a firmar, definitivamente, que ha leído algo fuera de serie.

Sé que asumo una alta responsabilidad al exponer lo que expongo en el párrafo anterior. Pero lo sostengo. Y trataré de demostrarlo. Y quien me conozca sabe que me puedo equivocar, pero no miento.

San Isidro de El General es un pueblo o ciudad pequeña que existe en Costa Rica, pero ya no existe como tal, como pueblo o ciudad; ahora es una gran y totalizadora parábola que se inaugura en la literatura hispanoamericana. Marco Tulio Aguilera Garramuño (MATG) se apoya en las enjundias de San Isidro de El General (SIEG) y desde ahí levanta, fabulación mediante, el vuelo no para inmortalizar esta locación, sino para darle una nueva vida, una dimensión que es historia, idiosincrasia, levante y caída de toda una cultura, un modo de hacer, un juicio en pro y en contra de una civilización, la latinoamericana del pasado siglo. Atiendan: dije latinoamericana, y lo sostengo.

Panóptico o caleidoscopio, según se mire, la historia de SIEG es trabajada desde adentro, desde la entraña, por un narrador que puede ser el evocado en la obra, Mateo Albán, o el Loco, o don Garrapata, o un sinfín de otros contadores que corren por sus 515 páginas. Resulta una hazaña concretar tal infinidad de personajes y darles formas, respiros, antecedentes, consecuencias y desenlaces en medio de una tómbola narrativa que plantea, más bien, una novela sin trama. Sé que me contradigo con esto último, pero al menos yo, en una obra cuya argumentación es soberana y contundente, no hallo la trama —no el hilo de la trama, que eso es otra cosa—por ningún lado. Los que sepan de estos asuntos, que investiguen, ahí se lo dejo de tarea.

Arrastrar con uno los personajes de un novela —creo que hasta siempre— es una de las razones por las que nos sentimos agradecidos de una lectura que nos ha entretenido, informado, formado, instruido, divertido, conmovido hacia la tristeza, el humor, la reflexión. Gloria entonces para el negro Vladimiro, su Niña Blanca, su interminable camada de negritos; para el noble Zaratrusta, nacido para la inmolación; para el paticorvo Palomo, padre de la dispersión e hijo del victimario y víctima sargento Robustiano; para Californio el simple, ——siempre acompañado por su fiel Anastasia—, hijo de ese paradigma  de la frustración que es el músico incomprendido Rey David y que al final de la novela nos dará una lección de condición humana, de esperanzas, y a la vez, un ejemplo —o será el autor quien lo hace—de lo que es un cierre literario a la altura de circunstancias clímax; para las cuatro bellas Fernández; la Costurera Flaca; la siempre flamante, al parecer, Sietecolores; el obcecado dentista Camilo Pérez; el inclemente negociante Denario Treviño; Epaminondas, cáustico, críptico; Bonderhouse, amor contra natura; la Negra Celina, brillo único; Sebastián Pereira, estoico pero encabronado ante la adversidad; la beatitud de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa; Benjuil Mnemjián, dueño “de las cosas que existen (…) (y) de las que sin existir existen”; el inolvidable Samuel, creador de esa manera prodigiosa de expresión denominada el “samueleo”; Jaime Po, el más bello; la Malandra, tal vez una de las no contabilizadas hijas del sargento Robustiano; el inefable Betóben (así, con el acento en la o) Charriaga; el optimista, intimidante  padre Soto; el padre Clímaco, efusivo; el negro Termidor, que siempre aparece digamos arrinconado, como si nos indicara el autor que este personaje reflexiona, reflexiona; los Estudiantes y los Intelectuales, personajes colectivos, simbólicos.

Gloria digo para los personajes citados en el párrafo anterior —y los tantos que faltan— en el sentido literario, por sus valores literarios, puesto que en la historia contada, unos son buenos-malos, otros malos-buenos, ninguno maniqueo.

MTAG apunta a la tesis de su novela desde las primeras páginas, pero es la 381 cuando la redondea: “… no se trata de entender el mundo sino de disfrutarlo”. Aunque, claro, yo agregaría que disfrutarlo se relaciona con aprender de él, como nos ocurre con Historia de todas las cosas, un libro que puede resultar asimismo una especie de breviario: por donde quiera que usted lo agarre puede empezar a leer sin problema, y queda enganchado. Una novela de la cual el lenguaje —a veces rayano en la oralidad, siempre de una creatividad suprema y en ocasiones arrollador— merece un análisis independiente; lo merece, no lo olviden los que saben de esto (fíjense por ejemplo en el símil, la hipérbole, la inestimable ganancia de las metáforas con de, la revalorización relativa del estilo picaresco, el trastoque  de la semántica, el tempo, el ritmo, la candencia). Una novela donde prima la sabiduría, y en la que la sapiencia, vasta, solo aparece cuando es menester y en dosis asimilables; una novela, un breviario, decía, un “manual de vida” que de ningún modo se apoya en lo fantástico, y menos en lo mágico, sino en la fábula  o la fabulación de lo posible, en la exageración o la minimización para darnos las claves de la esencia; una novela portadora de un humor que nos levanta del asiento en ocasiones y en otras nos hace mirar hacia nosotros mismos, y pensarnos; un turbión que en una y otra página parece indicarnos que estamos leyendo un largo poema narrativo; el ingenio puesto en lengua de narradores que replican creo que a todo lo existente, ya sean religiones, costumbres (esos novios tomados por sus dedos meñiques), gobiernos, idiosincrasias, etnias, doctrinas, historiografías, tradiciones literarias y artísticas, etc.

Para su mal, unos y otros han querido pegar Historia de todas la cosas con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Tonterías, no porque ambos autores sean colombianos o en fin por causa alguna deben hacerse comparaciones, o más bien competencias en este caso. Es ridículo. Estas comparaciones siempre son insensatas. Pero, en mi opinión, la novela del Premio Nobel es básicamente impresionista, e Historia de todas las cosas muy lo contrario.

De los capítulos más sobresalientes de Historia de todas las cosas, advierto al menos cinco que a mi juicio pertenecen a un escritor grande (así se suele decir, grande): Páginas: 263-275 (donde además se recaracterizan a varios de los personajes principales); 309-319 (donde además se alcanza un poder descriptivo excepcional); 373-392 (donde además varios de los personajes son “reciclados); 393-408 (donde la poesía se manifiesta intensamente y el gran negro Vladimiro marcha hacia el  ocaso); y el capítulo final, una oración en favor del arte, del humanismo, un cierre en alto y a la vez coda que me trae a la memoria, únicamente por su poderío narrativo, aquel final que alcanzó Emilio Zola en Germinal.

Suerte para Historia de todas las cosas que ha podido contar con una edición bellísima (Trama Editorial, España, y Educación y Cultura, México) que incluye una portada muy precisa y de sumo impacto, así como con un interior donde hallamos alto gusto en la letra y la página toda.

Bueno, sé, me han dicho, que Historia de todas las cosas tiene su origen en una primera versión, escrita y publicada hace como cuarenta años, titulada Breve historia de todas las cosas. No me interesa aquella versión, para nada. Jamás la buscaré y mucho menos leeré una de sus páginas. En este caso no me interesa el origen de la luz, sino la luz en sí misma.