La ocasión del 50° aniversario del nacimiento de Mafalda como persona, no como personaje de las historietas de Quino, me valió una invitación del Centro Cervantes de Hamburgo para dar una conferencia sobre la niña más querida de Hispanoamérica. Incluso de Iberoamérica, porque Mafalda é muito conhecida no Brasil.
Y como no sé trabajar de otra forma sino investigando a fondo, y si no es con una disciplina total respecto de la materia sobre la que debo hablar, me abismé en el canon, en ese voluminoso Toda Mafalda, de Ediciones de la Flor, que es la Biblia de los mafaldianos en todo el mundo.
Y extraje de allí tanto material que no sólo pude pergeñar el texto de mi conferencia; sobraba material para muchísimo más, tanto que hasta se pudiera armar un libro, pero escribir libros no es lo mío. Así es que empecé a canibalizar el material en forma de artículos monográfícos, y en este caso, para Otro Lunes, se me ocurrió reservar el importante capítulo de las relaciones de Mafalda, y su entorno, con la televisión.
[Advertencia : Habrá lectores –mafaldófilos a ultranza– a quienes desconcertará y es posible que hasta escandalizará “leer”, en vez de “ver”, las historietas, las tiras de nuestra querida Mafalda. Los entiendo, pero les sugiero que sigan leyendo. Sin ánimo de vanagloria creo poder decirles que así aprenderán algunos trucos para contarlas, cuando quieran lucirse con un buen chiste en alguna reunión, y ya eso me recompensaría de sobra por la tarea que emprendí. Así es que… entremos en materia, o lo que es lo mismo y «más mijor», metámonos en harina].
La cosa comienza con el padre de Mafalda, quien feliz entre sus plantas se dice que ese hobby es súper sedante, pero de repente su hija grita desde detrás de una de las plantas: «QUIERO UN TELEVISOOOOOOOOR», y el padre se queda patidifuso mientras ella dice sonriendo: «No hay nada como la espesura para una buena guerrilla».
Después, aunque no sabemos cuántos días, semanas, meses después, les traen un televisor a la casa, y nuestra heroína se desmaya al verlo. Parece casi de novela de Corín Tellado. Y a partir de ahí las historias se suceden a lo largo de las dizque 1.928 tiras que componen el canon.
Mafalda oye en la tele que debemos amar a nuestros padres porque les debemos la vida, y va donde los suyos llevando su alcancía en las manos y les pregunta «¿Cuánto es?»
Mafalda a su padre: «¿Cuándo eras chico qué programa de TV te gustaba más?» Él: «Cuando yo era chico no había tele». «Y entonces, ¿para qué eras chico?, ¡qué tonto!»
De vuelta de las vacaciones, Mafalda dice que mirar por las ventanillas del tren es como ver al país en la tele. Pasan por una villa miseria (=favela, cantegril, barriada, poblado joven, barrio de chabolas): «Lástima que la TV tenga mejores programas que el país».
El locutor en la tele: «Ya lo dijo Ortega y Gasset, que el nuestro es un pueblo triste». Mafalda enfadada apaga el televisor, y le grita: «¡Pues si con eso quiso dárselas de alegre, pudo haber dicho algo más divertido!» (y estoy seguro de que los filósofos españoles Ortega y Gasset le hubieran dado la razón).
Mafalda ve la tele y Felipe lee un diario y le dice que allí se asegura que la tele es un vehículo de la cultura, mientras del televisor llegan los ruidos inconfundibles de una balacera. Mafalda: «¿Vehículo de la cultura? Yo que la cultura me bajaba y seguía de a pie».
Mafalda y Manolito ven la tele, tres viñetas seguidas ruidos de balaceras y gritos de dolor. Manolito exasperado al final: «¿Y cómo diablos no vio mi padre que el negocio no es poner un almacén, sino una pompa fúnebre?»
La mamá descubre que Mafalda está viendo un beso en la tele y le da Pulgarcito, «que para tu edad es mucho mejor». Mafalda lee: «Y en la oscuridad, creyendo dar cuenta de Pulgarcito y sus hermanos, el Ogro mató a sus propias hijas». Mafalda piensa: «Yo creía que para la edad de cualquiera era mejor un besito que un crimen».
Viendo una telenovela en la tele, Susanita a Mafalda en cuatro viñetas seguidas; 1ª: «Vas a ver que esa sombra es la hija del cacique que viene a desatar al muchacho», 2ª: «Vas a ver que ahora llega y corta las sogas con su puñal», 3ª: «Vas a ver que antes de huir él la besa», 4ª: «Vas a ver que ahora el centinela sioux se despierta y…» Pero la cara de Mafalda se ha ido ensombreciendo (literalmente) y en la quinta viñeta vemos a Susanita en el suelo a la puerta del apartamento, llorando y con señales de haber recibido un bife, mientras la puerta se cierra con estrépito a sus espaldas y ella grita en su dirección: «¡Vas a ver!»
En la tele: «Señora, compre un Washex, el nuevo lavarropas automático, tan sencillo que hasta un niño puede manejarlo». Mafalfa increpa al televisor cargada de razón: «¿Y para insinuar que hasta las señoras torpes pueden manejarlo, tienen que usarnos a nosotros?»
Mafalda pide permiso para jugar en la plaza con los chicos a los cowboys. La mamá se lo da y se queda reflexionando: «¡Esta Mafalda! Tan pronto le da por la bondad, el pacifismo, como por jugar a la violencia, los tiros y demás». En la pantalla, del anuncio de la Asociación Lucha Pro Amor al Prójimo y de pedir apoyo a su humanitaria labor, pasan sin ninguna transición a seguir transmitiendo Commando 217, una peli de tiros.
Guille delante del televisor y comentando: «DÁ-BDÁ! ABBBHÚÚU! DAB!»
Mafalda, detrás de él: «Tan chiquito y frente al televisor ya razona como la gente grande».
En la tele una señora despotrica contra el hecho de que en las tiendas de juguetes sólo se ven los bélicos que incitan a la violencia, la agresión y la guerra. Frente al televisor, Mafalda tendida en el sofá en cuya esquina se sienta su padre, fumando, sostiene de lo más filosófica: «Ya decía yo que la culpa no la tienen ni el petróleo, ni los intereses internacionales, ni ninguna de esas pavadas».
En viñetas sucesivas la mamá y el papá miran a Guille dormido y lo imaginan soñando con ella y él, respectivamente. En la última viñeta Guille sueña con una peli de cowboys en la tele.
Mafalda ve las noticias mundiales en la tele, cambia de canal a un concierto de violín y le dice al violonista:«Si vieras lo que ocurre en el canal de al lado se te marchita el violín».
Mafalda y el papá viendo tele. El locutor: «Los precios del mercado internacional y las trabas aduaneras impuestas por otras naciones ahogan nuestras exportaciones y deterioran nuestra economía». Mafalda: «También qué mala pata, justo a nosotros viene a tocarnos un mundo lleno de países extranjeros».
El papá ve a Mafalda sentada delante del televisor desenchufado: «¿Qué hacés ahí?» «Pensar. Alguna vez quería darme el gusto de poder pensar mientras estoy sentada mirándolo».
El padre increpa al televisor porque dice que sí sabe vivir pero el sueldo no se lo permite. Mafalda lo disculpa ante el televisor diciendo que el pobre tiene la manía de creer que la vida se parece más a la vida que a los anuncios.
Felipe lee en el periódico la frase del día, de Jean Leclichy, «Cual madre que amamanta a su niño, el hombre crea Arte para alimentar su espíritu». Mafalda, que lo oye, sentada a su lado, mira al televisor: «¡Y que su mente se las arregle con este chupete!»
Mafalda le pregunta a Miguelito si quiere ver TV con ella, pero él se opone diciendo que no quiere ser un número más en las estadísticas. En pura lógica Mafalda le replica que no viendo TV también figura en las estadísticas, las de quienes no ven TV. Miguelito se queda pensativo y en la última viñeta están los dos sentados delante del aparato y Mafalda, toooooda solícita, le dice: «Vamos, Miguelito, está el pájaro loco, ¿no te gusta el pájaro loco?» «Sif», responde Miguelito sin mirar y con una cara de gran desconsuelo desconcertado.
Mafalda prende el televisor preguntándose si habrá algo bueno en algún canal, y zapea infructuosamente (¡ojo, sin control remoto, que no aparece en ninguna tira, no era un adminículo de uso común en los 60!) para terminar apagándolo: «¡Nada! En todos hay TV!»
Mafalda quiere salir a jugar a la plaza pero la madre le dice que mejor se quede mirando la tele en casa. Mafalda obedece y mira durante cuatro miniviñetas verticales en que está dividida la viñeta segunda. Después acude a su madre y le dice que a los pisos del apartamento les falta el brillo deslumbrante de Ceralux, y que sus cabellos (los de su mamá) qué opacos y resecos están sin ese natural encanto que sólo Shampu Flowers puede darles, hasta le pregunta si sus manos lucen la fresca y juvenil tersura de Nácar Crême… con lo cual la madre queda sobresaturada y el resultado es Mafalda saltando a la comba, en la plaza, en la última viñeta.
Mafalda le pregunta a Miguelito si hay algo bueno en la tele y él le dice que recién la entiende, parece ser que «si primero te ponés desodorante, después comés salchichas, y luego te comprás un lavarropas, tenés que ser muy tarado para no ser feliz».
Susanita llora a moco tendido durante tres viñetas, y hasta a Mafalda le sale una lagrimita en la tercera, pero en la cuarta consuela a Susanita diciéndole que menos mal que los libretistas de las telenovelas tienen la delicadeza de no mostrarnos a los protagonistas cuando enmedio de su drama de pasiones, les caen además la factura de la luz, el teléfono, impuestos municipales, gas, obras sanitarias…
El papá le pregunta a Mafalda qué esta viendo, ella le dice que la pelea, y él «¡Pero si es un teleteatro!», y ella «Es apasionante ver cómo ha luchado el libretista para no caer en las garras de la inteligencia».
Cuando la mamá le asegura que no van a matar al muchacho rodeado de bandidos en la peli de la tele, Guille se va súper enfadado: «Ganas de hacerle perder tiempo a la gente, caramba».
El papá viendo la tele y el locutor dice: «Hoy que vivimos en una sociedad moderna…» Mafalda pregunta: «¿Suciedad?», y el padre le grita: «¡Sociedad!» Mafalda se va pero vuelve, y vuelve a preguntar: «¿Zoociedad moderna?»
En una entrevista de la tele el político dice que políticamente hablando estamos maduros. Mafalda: «¿Para que nos coma quién, políticamente hablando?»
Mafalda pasa delante del televisor sin mirarlo y dice «¡Qué asco de programa!», pero se da cuenta de que está apagado y vuelve sobre sus pasos: «Disculpame, es la costumbre».
Mafalda ve la palabra FIN en el televisor, apaga, se sienta pensativa y se para para gritar:
«Pero ¿cómo es posible que no le hayan dado todavía el Oscar al pájaro loco?»
Mafalda apaga el televisor preguntándose qué pasará cuando la sociedad de consumo llegue a la saciedad de consumo.
