A festejar la muerte de Julián del Casal
nos hemos congregado, pero él no está en su cripta. Ha preferido dejarnos el vacío y que un poco de horror nos teja la mañana, en que traducen el oráculo de Lezama cantando el verde errante de sus ojos verdes. En cámara lenta, el follaje se dobla y acoge este delirio nuestro de hablarle al muro gris como a un amigo. Tarde arribamos, pues, a la elegía y ningún astro signará que hemos sido más nobles por urdir un ritual milenario en matrimonio con la culpa. No es la primera vez que una tragicidad semejante cruza sobre mi pecho como feudo de águilas, y aún así me estremezco al leer en la muerte esa amarga costumbre, que navega imitando el oleaje del trigo. Silencioso me aparto. Mi sangre se junta con la nieve en una vastedad que me suena a destierro, galeones y aves, y ya soy parte de ese frío que sorprendió a Casal errando entre los juncos de luna japonesa.
A la muchacha griega tras los muros
Si creyeras en la virginidad de toda alianza,
te asombraría la luz
en el peligro
y su esplendor que ciñe tu tristeza.
Una hora más
y alcanzarías la cuerda
conque Ariadna
atraviesa el oro de los siglos,
hasta ver a la muchacha griega tras los muros,
los guerreros que son esa playa que pisas.
¿Qué extraño testamento has confesado
para saldar tus deudas con la antigüedad,
que se inclina y señala ante tus pies el fuego?
Desde hace miles de años,
a las altas murallas retornan los difuntos,
es el humo de Troya
que iba a testimoniar su discordia en la Tierra;
siempre habrá un fiel guerrero y una joven hermosa,
siempre la misma luz
legada por el amor de Zeus a tu memoria.
La historia es un país que se repite
A Eliseo Diego.
Es así que de pronto ignoramos qué hacer, cuando los perros mudos no cesan de ladrar: la Historia es un país que se repite. Qué nostalgia tan honda nos conmueve, como el primer día en la alucinación del terco genovés sobre estas piedras. Del Paso de los Vientos al Cabo San Antonio, desde Fernando e Isabel hasta la eternidad, lo profetizado jamás holló el umbral que a los hombres les fue negado por el cielo.
El general Maceo hace flamear su luz, ha guerreado cien noches con su propio fantasma. De nada vale que a su paso se alcen las palomas, tras el Quijote va y pesa su silencio. Qué soledades esos pueblos tan nuestros, qué penumbra sin dioses en medio del relámpago. Es así que todo es insalvable, hasta el murmullo distante del origen, y oficiar limpiamente es ya la única pureza, para no arrepentirnos ante la oscura madre que deja por herencia su fe entre los abismos.
Mi callada lealtad
En la orilla más ciega me estremece
esa goleta, delfín inalcanzable,
sin transmutar en senda navegable
este barro que soy cuando anochece.
Si el agua de mi voz se hiciese amiga,
ebrio me perdería al desligar
mi callada lealtad y así vagar
por el oro de líquidas espigas.
No quiero fragmentarme en otra bruma,
si barro soy, jamás seré la espuma
que alcance esa goleta entre la mar.
Pues, ¿qué haría al segarse la esperanza,
si al final su madera no es mi alianza
y no tengo otro espejo que soñar?
Milonga para Isa
Del asombro hay en ti
como una marejada que retorna
y en su tatuaje funda esta canción,
donde entro hipnotizado y también canto
con vestigios de un lince
que descubre entre dunas a su estrella.
Desde un libro ahuecado por crepúsculos,
esas desgarraduras
nos unen a los dos en una alfombra,
aunque emigren de distintas batallas
hacia este aprendizaje lento como un rebaño,
hondo como el rugido de un buque que no esperan.
Tu fresa, tu rubí, toda tu piel danzante
anuncian que morirse
no es posible en un feudo
donde nunca ha cesado de llover
y en su inscripción me acoge
y nos lame desnudos con su deseosa llama.
El pez que va conmigo penetra por tus curvas,
lo que nace de ti lo traduzco a mi arcilla,
hollando con su baile
tal vez algún misterio,
esta milonga, un son,
narcisos y azucenas donde ondula tu espalda.
Aunque nos traicionen las runas,
aunque viajes a la nieve sin fin,
aunque amanezcan trascielos de hojas ocres
que aúllen sin piedad por los tejados,
siempre arderé contigo
sin que las hormigas suban a nuestra cama.*
*Verso de Isadora Medina Elizalde.