Kirlian y la fotografía del aura

José Lorenzo Fuentes

Semyon Davidovich Kirlian

Un periodista describió a Kirlian cuando ya había cumplido los setenta y cinco años como un hombre de cabellera nevada y espejuelos de gruesos aros de carey, con un rostro de asceta que reflejaba una invencible timidez y al mismo tiempo una serena dignidad. Ya en esa época sus fotografías del aura empezaban a tener una valiosa aplicación en varias ramas científicas y habían logrado captar el apasionado interés de prominentes personalidades no sólo de su país sino de casi todo el mundo.

La vida de Semyon Davidovich Kirlian había sido casi tan fascinante como su descubrimiento. Nacido en Ekaterinodar, entonces un pueblito que tras la revolución rusa fue bautizado con el nombre de Krasnodar, hasta los cuarenta años de edad nada auguraba en él un destino brillante: escolarmente  no había concluido siquiera los  estudios secundarios y el único oficio en el que demostró cierta destreza fue el de mecánico eléctrico. Por supuesto que era un buen mecánico, acaso el mejor del pueblo, pero eso no era suficiente para que alguien alcanzara a leer en las palmas de sus manos un futuro promisorio. Tanta habilidad demostró en el oficio que sus servicios siempre eran reclamados cada vez que algún equipo eléctrico, lo mismo una máquina para masajes que un aparato de rayos X, dejaba de funcionar en un hospital. Resultado: muy pronto  fue designado para cuidar del mantenimiento de todas las instalaciones médicas de Krasnodar. Gracias a la seguridad económica que le brindaba el nuevo empleo, decidió hacer lo que llevaba meses acariciando en su mente: casarse con Valentina, una mujer tan excepcional como él, que se desempeñaba como profesora de literatura en una escuela secundaria y que tal vez impulsada no sólo por el amor sino por la pasión que despertaba en ella la fotografía, colaboró  devotamente en  todos los experimentos de Kirlian hasta su muerte prematura en 1971, víctima de una extraña y dolorosa enfermedad que contrajo precisamente por exponerse con demasiada frecuencia a corrientes eléctricas de alto voltaje.

En cierta ocasión, en un hospital se dañó un generador Tesla de alta frecuencia y como decidieron desecharlo, Kirlian se hizo cargo de él, lo trasladó a su pequeña vivienda en la esquina de calle Gorki y Kirov, y finalmente, después de consultarlo con Valentina, lo instaló en la propia recámara que les servía de dormitorio. No le fue difícil ponerlo a funcionar de nuevo, apenas logró fabricar él mismo las piezas de repuesto. Desde ese momento en adelante, según confesó el propio Kirlian, cualquier acontecimiento, bueno o malo, que tocara a su puerta, estaría relacionado con un generador de alta frecuencia. Malo, como ocurrió años más tarde con la muerte de Valentina. Bueno, cuando sucedió algo que nunca hubiera esperado mientras reparaba un generador de alta frecuencia. Kirlian lo refirió después más o menos con estas palabras: “Yo había tenido un  rasguño en la mano, que ya había sanado y no había ninguna señal visible de él. Sin embargo, en el campo de alta intensidad alrededor del generador se veía el rasguño con asombrosa claridad”.

Tratando de desentrañar aquel misterio, Kirlian decidió tomar una fotografía de su mano, utilizando el generador Tesla y una placa fotográfica. La operación era sencilla: colocar su mano en la placa del electrodo y accionar brevemente el generador. Valentina la reveló en seguida  y ante sus ojos apareció algo que parecía una radiografía pero no lo era: la silueta de una mano humana, con los huesos nítidamente delineados. Pero lo insólito de la foto era el impresionante halo que destellaba alrededor de los dedos de la mano. Esa noche ninguno de los dos pudo dormir, pensando con razón que habían logrado registrar en película por primera vez la chispa de la vida, esa energía o vibración  que anima a todos los seres vivientes, y de la cual hasta ese momento sólo habían hablado los místicos o los fundadores de las grandes religiones.

Ese experimento lo habían realizado los esposos Kirlian en 1939, pero ya al siguiente año estaban entregados a una investigación más sistemática, lo que les permitió acarrear una información valiosísima: por ejemplo, no solo que las hojas de los árboles también tenían auras sino que dos hojas de un mismo árbol podían irradiar auras diferentes si una de ellas estaba sana y la otra infectada de alguna enfermedad, es decir si una estaba viva y la otra muriendo. Aun cuando Kirlian no tenía exactamente un sentido religioso de la vida, sus experimentos lo llevaron a creer en la inmortalidad del alma. Decía que se había percatado de ello al ver el último resplandor del aura de una hoja al morir: había podido constatar que el aura abandonaba la hoja pero no se extinguía sino que comenzaba a viajar por el universo.

Kirlian refirió también que después de haber tomado la primera foto del aura, Valentina y él estaban tan entusiasmados con los experimentos que, casi como en un arrebato de locura súbita, se tomaban mutuamente fotografías del aura casi a diario, y así descubrieron que tenían auras de distinto color: a Valentina la rodeaba un resplandor color naranja mientras Kirlian tenía el aura azul  claro. Más tarde comprobaron que cada persona irradiaba un color diferente de aura y que esos colores podían variar de acuerdo con las emociones que estuvieran experimentando. Así gracias a una fotografía del aura se puede saber si una persona se siente deprimida, o si está dominada por el resentimiento, por el odio o el deseo sexual. Incluso puede saberse  si en ese momento está mintiendo o diciendo la verdad. Otro descubrimiento de los esposos Kirlian fue que generalmente las distintas partes del cuerpo humano se distinguen por colores diferentes. Por ejemplo, según las fotos de Kirlian, el área cardíaca es de un azul intenso, la de la axila es verde azuloso y la de la cadera color verde oliva. Lo sorprendente de este descubrimiento es que tales colores coinciden  casi exactamente con los que los clarividentes, desde Buda hasta Leadbeater, habían  observado en las distintas partes del cuerpo.

Después de varias polémicas  en las que se llegó al extremo de calificar a Kirlian de embaucador, su descubrimiento logró abrirse paso en la desaparecida Unión Soviética a instancias del respaldo ofrecido por los más destacados científicos del país, que lo aplicaron muy pronto; en geología para detectar la presencia de minerales, en agricultura para controlar las plagas, y en medicina para diagnosticar las enfermedades. Se llegó a decir que gracias a Kirlian era posible diagnosticar el cáncer en su etapa inicial o mucho antes de que la enfermedad hiciera su aparición. Tal anuncio (de cuyos resultados no hemos tenido más noticias) fue acogido con indescriptible entusiasmo: comenzar el tratamiento de un paciente en la etapa de precáncer permitiría no sólo una inapreciable información sobre el nacimiento y desarrollo de la enfermedad, sino también facilitaría evitar las biopsias de tejidos que a veces requerían intervenciones quirúrgicas difíciles, y lo que resulta aún más sorprendente: pudiera garantizar la curación tanto del cáncer como de otras enfermedades graves antes de que el paciente llegara a una fase avanzada de deterioro físico.

El doctor M. K. Geykin, un cirujano de Leningrado que estudió acupuntura en China, trabajó durante algún tiempo junto a Kirlian en la fabricación  de un instrumento que hiciera posible localizar los 695 puntos de acupuntura en el cuerpo humano, que asombrosamente coincidían con los puntos de intensa luminosidad apreciables en la fotografía Kirlian. Más tarde el físico Víctor Adamenko, también seguidor de Kirlian, pudo construir un instrumento en forma de lápiz que al ser deslizado por la piel de una persona registraba las descargas eléctricas que se producían justamente en esos puntos acupunturales, los cuales según la milenaria sabiduría china estaban relacionados directamente con el estado de la salud. Cuando el lápiz se encontraba sobre cada uno de esos puntos se encendía un bombillo. Si el resplandor era débil indicaba una enfermedad relacionada con ese punto de acupuntura. El sueño de Adamenko era que su instrumento, al que dio el nombre de acupuntero, algún día estuviera al alcance del gran público, de modo que todas las mañanas, antes de salir a la calle, pudiéramos deslizarlo sobre nuestra piel para comprobar si disfrutábamos de un excelente estado de salud o si por el contrario algo no andaba bien en alguna zona de nuestro cuerpo.

El doctor Genady Sergeyev, un renombrado científico ruso, siguiendo las huellas de Kirlian logró construir otro instrumento, al que le dio el nombre de “máquina del tiempo”. Según Sergeyev cada ser humano está irradiando energía constantemente, la cual absorben y conservan los objetos que están a nuestro alcance. Como la energía nunca se destruye esas huellas de energía que hemos irradiado permanecen indefinidamente en los lugares en que hemos vivido o en los objetos que hemos tocado, y en consecuencia la máquina de Sergeyev no haría otra cosa que extraer los recuerdos del pasado almacenados en tales objetos.  Lo que más fascinaba a Sergeyev era que gracias a su máquina sería posible adueñarse de la memoria del mundo, de todo lo que la gente ha pensado y sentido a lo largo de los siglos, y por tanto  llegar a conocer el pensamiento íntimo de las grandes figuras del pasado, que quizás ocultaban a los demás y acaso era el verdadero móvil de su gestión histórica. Una posibilidad que de concretarse, habría que empezar a agradecérsela a Semyon Davidovich Kirlian.

Del Autor

José Lorenzo Fuentes

(Cuba, 1928). Escritor y periodista.

Se graduó como periodista en La Habana. Estudió una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa. Posteriormente recibió un curso de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica certificado por el Lama Gangchen Rimpoche, de Sri Lanka. Como periodista colaboró con varios medios de comunicación entre los que destacan los periódicos El Nuevo Día de Puerto Rico y El Mundo, Bohemia y Carteles de Cuba. Fue, además, subdirector de la revista Cuba. Es autor de varios libros con premios nacionales e internacionales. Además de su pasión por la literatura y el periodismo, José Lorenzo Fuentes ha dedicado una gran parte de su vida a la investigación y al estudio de temas metafísicos como la magia, la medicina alternativa y la parapsicología. Ha publicado: El lindero, cuento (1953); Maguaraya arriba, cuento (1963); El sol, ese enemigo, novela (1963); El vendedor de días, cuento (1967); Después de la gaviota, cuento (1968); Viento de enero, novela (1968); Mesa de tres patas, cuento (1980); La piedra de María Ramos, novela (1986); Brígida quiso soñar, novela (1987); Los ojos del papel, novela (1990); El hombre verde y otros relatos, cuento (2005) y Meditación (2001).