Respuestas desde “la otra orilla”

Escritores cubanos en el exilio

Se ha avanzado mucho en la eliminación de las barreras que dividen a la literatura cubana que se hace en la isla de la que se escribe en el exilio, es una de las tesis manifestadas en este panel. ¿Hasta dónde crees que sea cierta esa afirmación?

Antonio Álvarez Gil: He leído o escuchado casi todo lo que se ha escrito o dicho en torno a la última mesa redonda celebrada en La Habana sobre los escritores cubanos residentes en el exterior, y la verdad es que me ha llamado la atención el argumento de las barreras y los  puentes que debemos cruzar (¡nosotros!) para sentirnos de nuevo parte de la literatura patria, o de algo que en ese evento recibió el nombre de cepa de la nación. Y aunque es evidente que el discurso de nuestros colegas de la Isla se ha vuelto más audaz que antaño, aún me parece muy poco enjundioso. Por eso no creo que haya motivos para albergar esperanzas de cambios sustanciales en el seno de la intelectualidad local.

Es evidente que hay un conflicto; pero este no es entre colegas, compañeros de oficio -y hasta hace poco amigos- de dentro o fuera del país. El conflicto existe entre el régimen totalitario que gobierna en Cuba  y los creadores que en cierto momento de su vida se resistieron a plegarse a la censura y decidieron abandonar su tierra. Los que no lo hicieron tampoco se libran del problema; ellos también sufren con la falta de libertades y tratan de ganar espacios en el terreno de la expresión individual, en el uso de las nuevas tecnologías y en la puesta al día de su información sobre el mundo más allá de las fronteras nacionales.

Sobre las barreras: es cierto que las hay; pero no somos nosotros quien las ha construido en toda la periferia de la Isla. Aun así, más que de barreras yo hablaría de una valla de contención mental que impide que los escritores cubanos del país evolucionen al ritmo de sus colegas en el mundo exterior, ya sean estos cubanos o no. Quienes implantan restricciones de todo tipo para evitar la libre circulación de personas, libros e ideas en general son las autoridades cubanas, no los escritores que viven allí; y mucho menos los que vivimos y trabajamos dispersos por el mundo. Comprendo, sin embargo, que sería demasiado pedir a los participantes en la mesa redonda que en su próxima actividad se refirieran a ello y llamasen a las cosas por su nombre.

 

Alberto Lauro: Hay autores que se han publicado ya en la isla aunque fallecidos. Así Lydia Cabrera con «El Monte», que es un libro fundamental de la cultura cubana y la poesía de Gastón Baquero, para citar dos nombres imprescindibles… Mal que bien a la larga esto es beneficioso, a pesar de todo. Ojalá se extendiera a otros autores, pero hay intereses de un lado y de otro. Demasiado. ¿No será una fiesta la edición cubana de «Tres tristes tigres» de Cabrera Infante cuando esto suceda??? Claro que sí. Pero la literatura cubana siempre ha estado dividida… José María Heredia en México, la Avellaneda escribió toda su obra relevante en Madrid, y José Martí en Madrid y Estados Unidos. La lista sería interminable.

 

Arnoldo Tauler: Esta manifestación oculta un elemento fundamental: ¿cuáles son esas barreras? Al obviarse la causa se diluye el efecto en una expresión ambigua, que tiene, sin embargo, la malvada intención del reconocimiento a priori, o sea, la admisión como cierta de que entre la literatura libre del exilio y la esclavizada de la Isla existe una división cuyos obstáculos se han ido eliminando de manera positiva.

La literatura que se hace en Cuba tiene dos vertientes. Una, la plebeya, la sumisa, la dedicada al ditirambo de una dictadura anacrónica, al
reconocimiento de sus errores como virtudes. Es una literatura lacaya. La otra, la que comulga con la realidad, la que refleja la verdad de un
pueblo y sus habitantes, esa, la que no se publica, es otra. Es la literatura que para ver su pensamiento plasmado en letra tiene que acudir al
extranjero. Ya allí, se da la mano con la del exilio, puesto que entre ambas no existen barreras.

 

Félix Luis Viera: Primero, el régimen no le facilita a nadie una sala, micrófonos y público para una reunión. De modo que esto es «orientado». Ya veremos por qué… «Las barreras que dividen la literatura cubana» en realidad no se han movido. Según las informaciones que llegan, los libros que se han exhibido, a propósito de la Feria, de escritores cubanos en el exilio, son libros «mansos». Buenos libros de buenos escritores, pero «mansos». Así, tanto la literatura que se hace dentro como fuera de Cuba, se publicará en la Isla siempre que sean libros «mansos», y sobre todo, que subviertan la cadena, pero no al portador de esta. Ojalá me equivoque.

 

Jesús Hernández Cuéllar: Con el paso de los años, las nuevas generaciones de escritores cubanos han entendido mejor que no deben ser herramientas manipulables, al paso de los huracanes políticos. Eso ha permitido un acercamiento entre ciertos escritores de «las dos orillas» cuando se encuentran.  Pero una cosa es ese encuentro espontáneo entre escritores y otra muy diferente, el trato que podrían dar a los escritores cubanos residentes en el extranjero, los organismos oficiales cubanos, encargados de administrar, financiar y supervisar la literatura. Y, por supuesto, de censurar la literatura.

 

Joaquín Badajoz: Se ha avanzado hasta el límite de nuestra propia ignorancia y mediocridad. Las barreras que dividen los cuerpos de una misma literatura son artificiales, resultado del comadreo entre esas madrastras tutelares que son la política y la ideología. Vivimos coartados y plagiados por ellas. Y nótese que he escrito plagiado y no secuestrados: hay mucho de voluntad y de prebenda en el (auto)secuestro. He dicho en otras oportunidades que la política y la ideología cubanas son muy elásticas, se acomodan a conveniencia. ¿Pero no es acaso esta resiliencia una condición natural de la política y la ideología en todas partes? Por eso es difícil determinar cuando el hombre político hace un gesto o asume una actitud.

El avance es notable, por supuesto, considerando que muchos de los actores de las viejas políticas aún están vivos y los más jóvenes también hemos sufrido esos desplantes, o sido cómplices. La complicidad es un mal nacional universal, ya lo decía Jürgen Habermas. Y aunque no sabemos si esos aduaneros ideológicos dan su visto bueno, al parecer, al menos observan pacientes. Pudiera ser una señal, pero no lo sabremos a ciencia cierta hasta que pase un tiempo y se aprecien iniciativas concretas. Creo que lo fundamental es que se ha ganado en conciencia social de vacío, certeza de que nuestra literatura está condenada a no ser sin el aporte de esos imaginarios dispersos. Y eso, sin dudas, es un gran paso. Me aterra ver como Cuba construye (o cava) en el abismo, reescribiendo una historia de la literatura y la cultura plagada de pecaminosas y graves omisiones. Sobre los abismos solo pueden construirse puentes, no es aconsejable un salto de garrocha. Sin embargo, hasta donde alcanzo a ver, todavía se aprecia esta supuesta apertura como una suma de voluntades puntuales e individuales. Y eso para ser franco, siempre ha existido. Somos esencialmente un país de hombres buenos, así que han abundado escritores de buena voluntad hacia aquellos que no comparten su credo. Ahora, la bondad y el compromiso ético intelectual no siempre son sinónimos, aunque deberían.

Hace algunos años le escuché decir a Oswaldo Payá Sardiñas una frase que siempre se me ha quedado gravitando: «La lucha entre el exilio y la nación es como apuntar a la otra mitad de nuestro corazón». Ese pensamiento debería ser el punto de partida de cualquier reflexión. Cuba es un país estatalizado y centralizado. Aún cuando queramos ver a esas voces como representantes de un cambio de conciencia, los escritores esperan por una voluntad institucional y no por el carisma de apertura que pueda ofrecer determinado funcionario o intelectual. Sabemos que la cultura en Cuba es un asunto de estado. ¿Cómo creer que se están derrumbando muros sin que se deje entrever una posición oficial?  Y no es cuestión de majaderías, ni de terquedad mental, sino de sentido común.

 

Joel Franz Rosell: Indudablemente hay una mejoría respecto a los años 60, 70 u 80, épocas de radical amputación; pero resulta poco en comparación con lo que falta para una completa abolición de la incongruente barrera levantada entre la literatura producida en la Isla y la generada por la Emigración. En su oleaginosa respuesta a la posibilidad de invitar autores emigrados a la Feria Internacional del Libro de La Habana, el propio Reynaldo González confirma la ruptura: afirma que no nos conoce, pero se permite considerar que en el exterior hay demasiados «escritores» sin obra que los avale (yo diría que en proporción similar a los que en Cuba mal justifican su condición de autores). El problema es, entonces, no solo de ignorancia sino de prejuicios. De hecho, es difícil que un Liborio del montón (no es el caso de González) conozca aunque sea remotamente la realidad de la literatura cubana fuera de sus fronteras. Pero ¿qué sabe el emigrado lector de la literatura en la isla? A juzgar por las manifestaciones de escritores emigrados muy mediáticos, en Cuba no habría literatura.

Otro carácter tiene la reflexión de Padura acerca de la literatura escrita en inglés por cubanos residentes en Estados Unidos. La idea de que la substancia identitaria de una literatura es la lengua no es concluyente. Argentinos y uruguayos hablan y escriben el mismo castellano, y sin embargo, sus respectivas literaturas no se substituyen la una a la otra. Tampoco el ejemplo de un escritor catalán que no por ello deja de ser español es buena, puesto que España siempre fue un territorio multilingüe. Por otra parte, un escritor de Cataluña puede escribir en catalán y en castellano y en ambos casos su obra será incuestionablemente española, pero… ¿serán ambas literatura catalana? El caso de un autor emigrado es diferente: yo escribo actualmente en castellano y en  francés. En algunos casos he traducido simplemente y en otros he rescrito en francés un texto concebido en español, pero también me ha ocurrido que el texto venga primero en francés y solo después (de la publicación en Francia, incluso) haya hecho la versión en mi lengua natal. No existiendo diferencias esenciales entre las obras escritas en castellano y las escritas en francés, tampoco hay razón para separar estas últimas de mi producción, que sigue siendo, por supuesto, cubana.

Es algo mucho más sutil y profundo que la lengua o el lugar de residencia lo que determina la identidad de una obra literaria: valores, sensibilidad, compromiso con los destinos de la Nación, cierto tipo de imaginario y hasta una determinada manera de tratar la lengua literaria (que no debe reducirse al idioma, que en nuestro caso es internacional y practicado por 30 millones de personas en Estados Unidos). Recordemos que Martí, cuando vivía en Nueva York, escribió en inglés e incluso en francés sin que a nadie se le ocurra separar esos textos de su obra cubanísima… de emigrado casi permanente.

En resumen, que tampoco la «extranjeridad» de la lengua utilizada por algunos autores (forzosamente emigrados) venga a servir de machete para, una vez más, podar groseramente la literatura cubana (no hay árbol de tronco poderoso sin copa frondosa). Aunque me inclino a creer que la reflexión de Padura no pretende seccionar sino provocar un debate que, en términos de ciencia literaria, no puede sino enriquecernos.

Para llegar al meollo de la pregunta de OtroLunes, debo precisar que no dispongo de información precisa sobre los autores emigrados presentes en la edición cubana; pero como viajo al país con cierta regularidad y me asomo con frecuencia a su panorama literario, creo poder afirmar que raros son los emigrados que publican en Cuba (libros enteros, o cuentos, poemas, piezas dramatúrgicas y ensayos en revistas y antologías). La experiencia me permite opinar que la decisión de publicar a un emigrado se estudia caso a caso, valorando la posición política del autor y el contenido del libro en cuestión, y no su calidad literaria global. Estoy seguro, además, que el paso inicial suele darlo el autor expatriado y no el home club.

De la veintena de libros que he publicado en España, América Latina, Francia y otros países, solo tres han sido editados en Cuba desde que me fui en 1989. Esos tres títulos salieron en 1996, 1999 y 2011 por Ediciones Capiro, de mi casi natal ciudad de Santa Clara. En cambio, ninguno de los libros -avalados por ediciones extranjeras y buenas críticas- que he propuesto a las editoriales capitalinas Gente Nueva y Unión, y a las editoriales provinciales Oriente y Cauce han sido, hasta ahora, aceptados, y en muchos casos ni siquiera he recibido respuesta alguna. Todos mis intentos por publicar en las revistas nacionales artículos sobre literatura infantil -campo en el tengo cierto crédito internacional- se saldaron en completo fracaso. ¿Hemos de concluir que solo me otorgan su confianza mis antiguos amigos-paisanos de Villa Clara? No, puesto que algunos de mis cuentos han sido incluidos en antologías de Unión, Gente Nueva y Abril, y en el portal electrónico Papalotero, de la Biblioteca Nacional, mientras la comunicación que presenté en un Encuentro de literatura infantil de Sancti Spiritus fue uno de los trabajos incluidos en la selección  El sueño y la luz (Ediciones Luminaria, 2006). Es poco en comparación con mis bibliografías española, francesa  argentina.

No me detendré en las diversas iniciativas que he emprendido para evitar mi completa desaparición del panorama literario de mi país. Solo diré que he sido de una paciencia y perseverancia en las que pocos me reconocerían. Cada quien actúa según principios, condiciones y objetivos que a nadie es dado juzgar, y probablemente no son muchos los colegas expatriados que comparten mi postura; sin embargo, hay que ser ingenuo o hipócrita para afirmar que si pocos autores de Afuera han publicado en Cuba es simplemente por su falta de interés. El interés debería ser de ambas partes, pues si como acierta Reynaldo González, un escritor no debe renunciar a su público natural: sus compatriotas, tampoco un país debe renunciar a sus escritores naturales: los que han nacido bajo su cielo. Pero digo más: si el orgullo personal de un autor le impidiese andar insistiendo, el interés nacional dispensa de similar escrúpulo al representante de una editorial o publicación periódica cubana consciente no solo de la valía de un escritor emigrado, sino de la necesidad de reflejar la auténtica variedad de nuestras Letras. En este terreno hay que reconocerle a Enrique Pérez Díaz un par de antologías de cuentos infantiles donde se codean «tirios» y «troyanos».

Alguien dirá (ya me lo han dicho) que a mí realmente no me hace falta publicar en Cuba. Tengo el privilegio de haber publicado de manera continua y estable en varios países y lenguas, de vivir (modestamente) de mi obra, de haber recibido elogios y premios en lugares diversos, empezando por mi Francia adoptiva. En situación parecida o mejor se encuentran otros muchos escritores cubanos de la diáspora; pero la cuestión no está en la falta que pueda hacernos a nosotros el público original, sino la falta que le hacemos nosotros a los niños y adultos cubanos. Lo que me hace pasar por encima de otras consideraciones (y, con Elena Burke y Portillo de la Luz, «persistiré…») es pensar que nosotros, los autores que tenemos la oportunidad de ser leídos bajo otros cielos, no debemos dejar solos a quienes solo pueden leer los libros que se publican bajo nuestro primer cielo.

 

Michael Hernández Miranda: Nada se ha avanzado en la superación de esas barreras. La publicación de los exiliados en Cuba sigue siendo una práctica excluyente y selectiva, que, como sabemos, es rigurosamente filtrada por oficinas y agentes alejados de lo cultural y cercanos a la omnipresente policía política. Que recuerde, y por poner un ejemplo, en la Isla hay sólo un par de concursos abiertos a los extranjeros, uno es el Casa de las Américas, un certamen gestionado para potenciar el turismo de revoluciones y la legitimidad que ello implica para el aparato cultural de La Habana; y el otro es el Julio Cortázar de cuento. Fuera de ellos, todos son cerrados al espectro insular.

 

Rolando Jorge: Es cierto. Se han venido publicando obras de escritores que están en el exilio que anteriormente ya publicaban en Cuba. Siguen siendo los mismos.

 

Santiago Méndez Alpízar (Chago): Cierto. Ya hay algunos creadores en Cuba a los que permiten hablar de escritores censurados en público.

Pero me gustaría agregar algo: mira, esto de que la literatura, cultura cubana es una solamente, eso nace en el exilio. Es una idea de defensa y preservación, según lo entiendo,  ante la constante ausencia y negación del gobierno de los hermanos Castro a todo el que dejó la isla, se le opuso, opone, disiente.

Toda la literatura cubana puede ser una misma, una solamente. Pero sin embargo tiene la Literatura Cubana, una otra Literatura del Exilio, con sus singularidades y grandes exponentes, por supuesto. Un detalle de esta literatura del exilio, uno de ellos que en lo personal me hace mucha curiosidad, es que a la vez que se ha ido adaptando al nuevo medio, sobreviviendo  en ejercicios, casi, siempre de memoria, conservando sabores y olores, casi, con tendencias museísticas, por lo obligatoriamente extenso del viaje, ha generado una -otra- literatura  autóctona, casi siempre distante de la tradición o canon cubano. Pienso en autores nietos, bisnietos de cubanos que han nacido en otros países , y que no conocen más que los cuentos de casa y a los que ni remotamente les interesa nuestros asuntos. Esa literatura es un resultado de la literatura del exilio que es parte de la cultura cubana. Una especie de subproducto cubiche a la vez que autóctono mestizaje!  Bueno, ahí lo dejo,  esto para los estudiosos, yo solamente observo que la cultura cubana en el exilio también ha sido capaz de generar eso.

Entonces el tiempo puso en su sitio la evidencia, y cuando desde el discurso oficial isleño se asumió, siempre con mucha hipocresía, claro, y ahora se insiste en reconocer la redondez del globo, supongo que el exilio, o algunos del exilio, corrieron a distinguir aspectos singulares, particularidades o diferenciaciones y características únicas  entre una literatura, cultura, creada fuera de su espacio natural, y otra en la diáspora, el exilio.

En fin, ya esto no es importante, francamente no. Me refiero al debate, tendría que ser otro, y sobre todo, otros muchos, todos… No los que ya sabemos pueden hablar.

 

Waldo Pérez Cino: La verdad de esa afirmación empieza y termina en cada título concreto, en la práctica literaria de cada autor concreto, si la afirmación atañe a lo literario. Y si no atañe a lo literario, pues bueno, es tan cierto y tan irrelevante como que ni las gallinas ni los peces comen brócoli. Remitida a lo literario, a los textos, es cierta sólo en la medida en que cada vez más autores y obras pueden leerse sólo desentendiendo esa lectura del anclaje a lo meramente referencial o geográfico, sin que eso quiera decir que se lo soslaye u omita. Que no precisan de ese anclaje para ser leídos. Si se mira en términos estadísticos o panorámicos, sí, algo de eso hay. Lo cual, todo sea dicho, ni quita ni pone con relación a la literatura cubana. Hay algo de ocioso, de estéril en la afirmación misma, si no se la remite a lo que constituye esa literatura; si se queda como la constatación de que «algo» se está moviendo en las políticas de exclusión que han administrado durante décadas la circulación de los textos escritos por autores cubanos.