Tempero
Fermín Herrero
Hiperión. Madrid, 2011
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El diccionario de la R.A.E define la palabra tempero, en su única acepción, como la “sazón y buena disposición en que se halla la tierra para sementeras y labores”. Tras la lectura del último poemario de Fermín Herrero -que se ha valido de este término para titularlo-, cabría añadir un nuevo significado: “sazón y buena disposición en que se halla el poeta para elaborar óptimos versos”.
Con esta entrega, el escritor soriano obtuvo el pasado otoño, el premio `Alfons el Magnanim Valencia de poesía en castellano´. Suma así, un nuevo libro a su ya meritoria trayectoria, que se iniciara en 1995 con `Anagnórisis´ (Premio “Gerardo Diego”) y continuase, plena de rigor, con obras como, `Echarse al monte´ (Premio “Hiperión”), `Un lugar habitable´ (Premio “Ricardo Molina”) y `Endechas del desconsuelo´ (Premio “Fray Luis de León”), entre otras.
Fermín Herrero conoce muy bien la compleja tarea de labradores, ganaderos…, que han entregado sus manos y sus vidas para poder subsistir del campo. Su sabiduría en torno al ámbito de la Naturaleza, ha sido ya tratada en anteriores poemarios; sobre todo, en `Tierras altas´ (2006) un sentido homenaje a sus íntimos y familiares territorios sorianos, que le sirvieron como inspiración y materia líricas. “Siempre mirando al cielo, cuando falta/ el agua y cuando sobra, con tempero/ de siembra y en el tiempo de granazón”, escribía en el pórtico del citado volumen. Por entonces, el paso de los años, era para el poeta señal de desconfianza (“También la vida empieza a ser traicionera”), y la existencia corría el peligro de convertirse en una trampa sin retorno, “y cada cosecha elegía”.
Ahora, su voz y su circunstancia han madurado de forma evidentes y en una reciente entrevista afirmaba con rotundidad: “Cuando vas cumpliendo años y ves la orejas la lobo, pasas de la existencia al ser”. Y de la misma manera, sus versos han ganado en esencia, y resultan directos, sin ambages, efectivos por certeros, exactos por sinceros: “…Has volcado tu vida para/ temer un poco menos a la muerte, debes/ saber que antes de echar raíces hubiste/ de andar a tientas, hacia donde no estabas”.
Aunque dividido en cuatro apartados, el poemario puede leerse como un cántico unitario, en el que Fermín Herrero propone una parábola vital, una biografía espiritual, de las que rescata de continuo el ayer y se deja ganar por la ensoñación del presente. Sabedor de que el ser humano no debe rehuir la batalla contra su finita condición, mas sí aceptarla con humilde certidumbre, su pretensión no es otra sino la de aspirar profundamente cuanto sostenga su verdad cotidiana. Y amar la belleza de un entorno por el que señorean encinas, acacias, nogales, chopos, vaguadas, manantiales…, y por donde debe pronunciarse el hombre al margen de su condena: “…Después/ de tanta muerte natural, de tanta/ pregunta, este consuelo, lo que no mueve/ el mundo, la quietud, el olor de la tierra”.
La contemplación del reino animal (“…un rebaño/ carea contra el viento”), la tenaz astucia que derrama cada estación (“He venido hasta el Duero como cada mañana/ de este invierno. Diciembre con niebla, el campo/ blanco, escarchado”), los imborrables protagonistas familiares (“Es mi madre. Me está mirando con temor -…- Cómo/ comprendo al fin sus ojos”), van llenado de emoción y meditación estas páginas que se adentran en las fronteras que unen el pensamiento y el sentimiento. Además, la música que resuena tras estos textos, aumenta su dichoso cromatismo, su visible perdurabilidad. Pues, no sólo en sus acordes, sino en su intrínseco silencio, se esconden sus virtudes: “…El sol/ no dura, con las tardes de invierno se desploma/ y con mañana y con ayer. Todo está por decir”.
Tras la aparición del penúltimo poemario de Herrero, `De la letra menuda´, afirmaba quien esto escribe, que envuelto en el manto de las pequeñas cosas que conformaban su diaria existencia, Fermín Herrero cantaba y contaba sobre su derredor, con un verso sólido y colorido que cobijaba y confortaba al lector. Esas mismas aptitudes, se asoman al hilo de estas reflexivas confesiones, llenas de sensitiva autenticidad: “Se me llena de amor la vista, mi poquedad/ en modo alguno debería enfriar la gracia/ que esplande en cada cosa”.