—¿Tú sabes lo que es un secuestro exprés?
—¿Un secuestro epré?
—Exprés, exprés. ¡Actualízate, viejo! Es un invento mexicano. Nosotros tenemos mucho que aprender de los extranjeros, mi negro. Los cubanos nos creemos los bárbaros y los reyes del mambo, pero somos tremendos comemierdas, si lo vamos a analizar. Mucho alarde, mucho teatro y al cabo… lengua nada más y no salimos de pobres.
—Deja el discurso, Macho, y dime qué es eso del brete epré.
—Pues de lo más sencillo. Cuando alguien (que puede ser una turista francesa bien vestida y calzada, o un americano con plata) se mete en un taxi… en un taxi premiado, vaya, el chofer lo amenaza con una pistola. Lo lleva a un lugar alejado y le quita la billetera, el reloj y todo lo que traiga encima. Después lo suelta por un descampado y adiós.
—Chico, esa jugada se podrá hacer en México, no aquí que hay dos policías por cada cuadra.
—¿Y quiénes son los policías de La Habana? Unos guajiros mentecatos que no saben ni dónde están parados, que les preguntas dónde queda el Morro y te señalan para La Cabaña.
—Jum…
—Ni jum ni jam, negro. Tenemos que planificarlo todo muy bien, estilo mexicano. Mira.
—¿Eh, y ese pelucón rubio? ¿Te vas a meter a vedette? Échate, échate pallá, Macho, que esa enfermedad es contagiosa. Yo seré tu socio pero también soy a hombre a todo y…
—¡Negro, deja de hablar basura que a mí me roncan los timbales!
—¿Entonces a qué viene la peluca, tú?
—Estoy tratando de explicarte, pero no me dejas hablar, bruto que eres. Es parte de la operación secuestro exprés.
—¿Y para ese secuestro epré hay que disfrazarse de rubia? La verdad es que no entiendo ni hostia.
—Atiende, negro. Uno de nosotros se disfraza de mujer, se pinta los labios, se pone maquillaje…
—-No, no, uno de nosotros no. Tú, que yo no entro en la onda de los disfraces.
—Ah, cará. Bueno, yo me disfrazo de mujer, me pongo la peluca, me echo hasta perfume si a mano viene…
—Oye, que te estás embullando mucho.
—Cállate y abre las orejas. Luego, agarro esta 45…
—¡Eh! Macho, ¿esa pistola es de verdad?
.—No, bobo, es para jugar a los policías. Claro que es de verdad, negro, en estas acciones uno no se puede arriesgar. Lo malo es que no tiene balas… el tipo que me la vendió dijo que no le quedaba ninguna. Pero lo más probable es que no haga falta disparar. Es para impresionar a la víctima, ¿te das cuenta?
—¿Vamos a agarrar a alguien en medio de la calle y a meterle miedo con la pistola? ¿Tú estás loco? Por asalto con un arma de fuego te echan diez años a la sombra, aunque no aprietes el gatillo. ¡Qué va! Conmigo no cuentes.
—No lo vamos a hacer en medio de la calle, animal. Abre la puerta del garaje y fíjate en lo que hay allí.
—¡Compraste un carro!
—No, no lo compré. ¿Con qué dinero? Es el Ford de mi tío Aniceto, el que vive en Las Villas. Se lo alquilé, pero lo traje para acá de noche y nadie en el barrio lo ha visto. Bueno, como te iba diciendo, alguien se disfraza…
—-Alguien no, tú.
—Ya, coño, yo, no jorobes más. Me disfrazo y salgo en el carro a rondar los hoteles del Vedado. Cuando vea a una turista (a una vieja, preferiblemente, que se vea presa fácil) le propongo, cambiando la voz, un taxi barato. Si cae en el jamo, la traigo para acá, donde alguien (es decir, tú) me está esperando. Entre los dos le quitamos todo lo que tenga, la registramos bien para que no se nos escape nada, la volvemos a montar en el carro y la soltamos en medio del monte Barreto. Y a los pocos días salimos a vender la mercancía por ahí, con discreción.
—Ven acá, Macho, ¿y para dar el palo tienes que usar peluca y tantos embelecos? ¿No lo puedes hacer con… con tu tú natural?
—Chico, a ti hay que meterte las ideas en la cabeza a martillazos. La peluca cumple dos funciones: una, la más importante, evitar que me reconozcan. Y la otra, infundir confianza. Una mujer sola va a montarse con más seguridad en el carro de otra tipa que en uno manejado por un hombre. Eso es psicología de secundaria.
—Ah, ya… Pero ¿qué pasa si nos agarran antes de que salgamos de la mercancía? ¡Porque la turista no se va a quedar callada! Te apuesto a que sale corriendo para la estación de policía y…
—Calma, calma. Primero, que como es extranjera no va a reconocer la dirección de la casa. Además, antes de traerla para acá, y lo mismo antes de deshacerme de ella, le voy a dar unas cuantas vueltas por la ciudad, para marearla. Y cuando vaya a dar parte a la policía, ya nosotros estamos rodando rumbo a Las Villas. Le devolvemos el cacharro a mi tío y regresamos en tren.
—¿Y si nos detienen por el camino?
—¿Cómo nos van a reconocer? Yo voy a tener puesta la peluca y tú… tú te encasquetas un pasamontañas como el del subcomandante Marcos, vaya, para que te quedes tranquilo.
—No sé, no sé, esto no me acaba de gustar. Lo mío es robar vacas, revender carne, hasta colarme en una casa vacía y cargar con todo lo que haya, si a mano viene. Pero asaltar a una mujer y con un arma…
—Compadre, esto es diez veces más fácil que meterte en una casa, a pique de que haya alguien vigilando y te sorprenda in fraganti. Y acuérdate de que nosotros tenemos la protección de Changó. Ése no falla. Ahí está, en la esquina, velando por nosotros. Mira todas las ofrendas que le puesto para que nos alumbre: una botella entera de Havana Club, dos tabacos, una manzana que conseguí de milagro y…
—Sí, pero el santo no nos va a ir a llevar comida a la cárcel si nos agarran.
—No seas pendejo, negro. Piensa en la cantidad de dólares que vamos a conseguir… Cualquier reloj extranjero, aunque no sea de marca, se tira en cincuenta o sesenta; una cadena de oro, en cien; una cartera de piel, en cuarenta…Y si le encontramos una tarjeta de crédito, yo tengo un socio que trabaja en el Banco Nacional y le puede sacar miles de dólares. ¿Tú sabes lo que son esos cuadraditos de cartón? Una mina de oro, tú, una mina.
—Una mina que va a explotar como no andes con cuidado.
—¡Oye, la verdad es que se te cayó el cartel de guapo, negro! Te vengo a proponer un negocio sencillo, sin peligro ninguno, y me sales con más repulgos que una monja vieja. Si lo sé, ni te digo nada.
—Es que ya yo estuve en el tanque una vez y no…
—¿Por qué estuviste, a ver?
—Por matar una vaca en Pinar del Río.
—¡Una vaca! Cuando debías saber que aquí son más sagradas que en la India. ¿Y qué le sacaste al final?
—Eh… si no llegan a cogerme con las manos en la masa me hubiera buscado tres o cuatro mil pesos.
—¿Lo ves? Te arriesgaste por cuatro mil pesos cubanos, tremenda porquería, y terminaste en el tanque. Aquí estamos hablando de dólares, euros, libras… moneda dura, viejo. Moneda de verdad, de la que compra. En fin, ¿qué me dices? Avisa para buscarme otro socio si te vas a rajar.
—Bueno, voy en ésa.
—Vaya, menos mal.
* * *
En una habitación del hotel Habana Libre, desnudo ante el espejo del lavabo, un hombre se rasura con cuidado hasta dejarse las mejillas suaves y lisas. “Como las nalgas de una bebé,” piensa, y se le alzan malévolas las comisuras de los labios. Luego se examina las cejas. Están bastante bien delineadas y forman una medialuna de corista, pero no lo convencen. Enciende la luz del tocador y con una pinza se arranca tres pelillos rebeldes que le ensucian el entrecejo.
Luego se aplica en las mejillas una base de crema, seguida por el polvo compacto. Ahora le toca el turno al colorete. Una vez conseguido un rubor de mocita pudorosa, se embadurna de azul el párpado derecho. Repite la operación con el izquierdo y sonríe, fascinado. La máscara de Maybelline le alarga las pestañas y se combina con la sombra para infundirle una profundidad sensual a la mirada.
—¡Ay, qué cara de ángel!
Ha elegido la ropa desde hace varios días. Se pone primero el ajustador, un Maidenform con relleno que le finge pechos, si no descomunales, apreciables —la talla treinta y cuatro bien medida. Da media vuelta, se observa de reojo y se palpa, orondo, la tetamenta apócrifa.
—Vaya pechonalidad.
Se mete dentro de un calzón negro que le aplasta la verga, comprimiéndosela. Y se pone un vestido de seda rojo escándalo, disfrutando del roce suave, casi sicalíptico, de la tela contra su piel. Se ha afeitado también, a conciencia, brazos, pecho y sobacos. Echa una mirada de orgullo sobre aquella carne blanca y fuerte expuesta a la vista y se pasa una mota de talco por encima. Se rocía con Chanel no. 5 y, para terminar, se desliza en el cuello una gargantilla de falsos rubíes que simulan un collar de sangre sobre la piel.
Al negro le tiemblan las piernas. Deja de dar vueltas por la sala y se detiene ante la imagen de Changó. Changó, el orisha peleador y mujeriego, es también Santa Bárbara, virgen y mártir, por una de esas ambigüedades raras que se ven en la Santería… Macho lo adora en una estatua de Santa Bárbara de dos metros de alto, con pelo natural y ojos de vidrio que fulguran en la penumbra.
¿Y si la tipa se revira? ¿Y si no nos quiere dar el dinero y hay que entrarle a golpes para quitárselo? ¿Y si se nos va la mano y la destripateamos y la policía nos agarra y nos mandan al tanque o nos dan paredón? Yo no sé por qué me dejé meter en esto. Debí haberle dicho que no a Macho. Qué secuestro epré ni qué corrido mexicano.
Una mujer pasa apresurada por delante de la casa, moviendo mucho las caderas. El negro la observa goloso por detrás de las persianas. (Macho le ha prohibido que se asome a la calle.) El cielo se está nublando y amenaza con caer un aguacero torrencial.
El hombre se contempla en el espejo y esboza una sonrisa Revlon de perversa satisfacción. Se ha encaramado en un par de tacones de seis centímetros y le ha añadido a su atuendo unos aretes (de cuentas rojas también, por supuesto) que hacen juego con la gargantilla. Ahora corona la obra transformista con una peluca dorada. Los bucles le caen como al descuido sobre los hombros musculosos. Acerca los labios hasta que tocan el espejo y susurra:
—Madonna, Madonna en vivo y a todo color…
Parece una valkiria envuelta en una llamarada. Se acaricia las nalgas, enarca las caderas.
—Si me veo por la calle, me piropeo yo mismo. ¡Bestial!
El negro se aproxima al altar y repara en la manzana, comida favorita de Santa Bárbara. Saliva a mares. Tiene ganas de darle un mordisco, pero sabe que sería un sacrilegio y que Changó tiene un escaso, prácticamente inexistente, sentido del humor. Y va a alejarse de la tentación cuando repara en que la fruta está agujereada. Se la lleva a la nariz y la fetidez lo golpea con la fuerza de un puñetazo.
—¡Esto huele a difunto de tres días! Changó, ¿tú me estás queriendo decir algo? ¿Es un aviso tuyo, mi padre?
El hombre se mira una vez más en el espejo y saca la lengua con gesto pícaro. Se echa otra rociadita de Chanel no. 5 entre las piernas. Recoge de la cama un bolso de piel, lo abre y comprueba que tiene adentro una pistola, un puñal pequeño, bien afilado, y un par de guantes plásticos, desechables.
En ese momento relampaguea y comienza a tronar. La valkiria fingida rebusca en una maleta que ha dejado abierta sobre la cama hasta dar con una sombrilla plegable. La guarda también en el bolso y sale de la habitación. Atraviesa el lobby, taconeando, y toma el ascensor, donde se cruza con un español cuarentón y barrigoncito, con cara de cornudo irremediable. El español, que se llama Esteban Sarria, observa de reojo a la escultura rubia que tiene al lado pero no se atreve ni a decir mu.
Los truenos se le meten al negro dentro de la cabeza y allí retumban como una conga enloquecida. Los ojos de Changó despiden flashes al alimón con los relámpagos. El negro deja caer la manzana, se santigua precipitadamente, corre hacia la puerta y abandona la casa corriendo a todo lo que le dan los pies.
El Ford del cincuenta y nueve pintado de amarillo se ha detenido frente al Habana Libre, en L y 23. La cabeza del Macho se asoma por la ventanilla y el aire de agua le despeina los bucles color trigo.
Esa vieja va bien vestida, pero tiene porte y aspecto de cubana. No hay más que verle el remeneo de popa. A ver aquella chica, tan delgadita y con cara de boba. Y el poncho ese que trae… a lo mejor es argentina. Deja acercármele.
—Taxi, taxi barato, señorita.
—¡Ay, viejo, qué taxi ni qué cohete espacial! Anda por ahí, circula y no me estropees el negocio.
—Perdón, chica, perdón.
En este puto mundo ya no se sabe quién es quién. Y yo creyendo que tenía cara de boba… el bobo soy yo. Bueno, ahora no hay fallo posible, ésta sí que es extranjera. Europea, seguro. Con esas piernas blancas como un par de litros de leche… y alabao, ¿todas las cadenas que lleva serán de oro? Una mujer tan elegante no va a arriesgarse a que le caiga un aguacero encima y le estropee la ropa.
—Señora, taxi. Taxi barato.
Parece que no me entendió.
—Taxi baratou, misis…
Ni me mira. ¿Será francesa? ¿Cómo se dirá taxi en francés?
—¡Madame!
Ah, no, la está esperando un tipo que puede ser su nieto. ¡Y qué acaramelados caminan Rampa abajo! Nada, que hoy no tengo el día bueno. Mejor regreso a la casa y me voy con el negro a tomarme unas cervezas al bar Cincuentenario, que cuando las cosas no salen bien a la primera….
—¿A Tropicana, please?
¡Avemaría, qué tronco de rubia! Qué bien le queda ese vestido rojo… y lo rico que huele. Yo contaba con atraer a una vieja pelleja pero no voy a despreciar este tocinillo del cielo que se me ha colado en el jamo.
—Adonde usted quiera. Móntese, por favor.
Macho sale del coche y abre la puerta trasera. La mujer sube, cubriéndose las piernas con remilgos de dama inglesa. El Ford se pone en marcha bajo las primeras gotas del aguacero que ya se estrellan como cuentas de cristal de roca contra las calles del Vedado.
* * *
—Oye, cantinero, tráenos un par de dobles. Negro, cuéntame, ¿cómo es posible que destriparan a Macho, un tipo que se las sabía todas? ¿Qué fue lo que pasó?
—-Bueno…eh… lo que pasó en sí no lo sé. La policía está investigando, pero hasta ahora no han agarrado a nadie.
—Todo ha quedado envuelto en una onda rara. Porque lo de las pelucas y el maquillaje está sospechoso, ¿tú no crees?
—No, yo…
—Dicen que lo encontraron tinto en sangre, con una peluca rubia puesta, repintado como una quinceañera, con las manos amarradas a la espalda, una pistola sin balas a un lado y el culo roto… Y que había otra peluca rubia tirada al lado suyo. ¿No se habría vuelto del otro lado y lo mató un marido suyo por celos?
—¡Ni en broma lo digas, compadre! De cualquiera menos de Macho, que en paz descanse, creería eso. Mira, para que no le vayas a enfangar el nombre después de muerto, yo te voy a contar lo que pasó… Bueno, lo que me imagino que puede haber pasado. Pero no lo vayas a comentar con nadie, ¿eh?
—Claro que no, negro. ¿Cuándo me has conocido tú por chivato? Desembucha, anda.
—¿Tú sabes lo que es un secuestro exprés?
