Héctor Abad Faciolince y la mirada cómplice a la realidad

Por Amir Valle

En una conversación en el apartamento que el DAAD rentaba para él durante un año en Berlín, el colombiano Héctor Abad Faciolince me confesó sentirse especialmente atraído por detalles de la realidad que le parecían jugosamente novelables: la opinión que los demás se hacen de alguna persona construyendo un ser quizás diametralmente opuesto al individuo real; la generación personal de salidas del humor cotidiano en momentos de crisis de identidad; las geniosas inventivas de algunas personas humildes y de baja cultura para incentivar la llama del amor, o esos escapes de la memoria hacia zonas más dulces del recuerdo como defensa a ciertos traumas.

— Es como si necesitara lanzarle miradillas cómplices a la realidad, para poder atraparla – me dijo.

En ese entonces sólo había leído su novela Basura, con la cual había obtenido el primer premio del Concurso Internacional Lengua de Trapo de Narrativa Innovadora. Y lo había leído porque también yo mandé a ese concurso y había perdido, pensé entonces, debido a una decisión injusta del jurado. Pero bastó leer la propuesta de Abad Faciolince para darme cuenta de que ése quizás sea uno de los premios mejor concedidos de esos años: en la novela Basura la innovación que se exigía en las bases está pero no se nota tanto. Y eso es un mérito sólo de las grandes obras.

La lectura de El olvido que seremos, que me regaló en ese encuentro, me permitió descubrir a uno de los narradores más originales de su país y a un verdadero maestro de la palabra, especialmente en lo tocante a cómo manejar temas de extrema sensibilidad sin caer en melodramatismos absurdos y ridículos.

Mandé a conseguir otras de sus obras y, las que no pude comprar, las leí gracias a esos fabulosos archivos de la Biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín, de modo que disfruté así con esas exquisitas memorias que el multimillonario Gaspar Medina dicta a un personaje fabuloso: su secretaria muda Cunegunda, sensual y muy hermosa; fastidié mucho a mi esposa pidiéndole que cocinara algunas de las recetas de Tratado de culinaria para mujeres tristes, una obra en la cual el escritor desborda su singular sentido del humor, ése mismo que hizo agradables nuestros encuentros en Berlín; revisité en mi mente mis primeras lecturas de El Decamerón, de Giovanni Bocaccio gracias a esas historias cruzadas por dos amantes que intentan olvidar que afuera existe una ciudad, Medellín, violenta política y socialmente; y me puse en alerta sobre el tedio como veneno y tumba del amor en el último de los libros que de Abad Faciolince he leído: El amanecer de un marido.

En todos esos libros existe esa mirada cómplice a la realidad de la que me habló en aquel encuentro. Y es esa mirada cómplice la que les otorga a cada una de sus obras una perspectiva distinta, un enfoque que en nada se parece a otras obras escritas sobre zonas tan comunes como los que él aborda en su narrativa: la relación de pareja, la comunicación entre dos mundos íntimos aparentemente contrapuestos, el temor ante la muerte, los flirteos amorosos en nuestra especie “superior”…

Héctor Abad Faciolince es un narrador con un poderoso dominio del idioma: fluido allí donde debe serlo, cortado y preciso donde es necesaria esa tonalidad narrativa, poético en momentos en que otro tono es imposible…, logra además estructurar escenas que permanecen en la memoria con esa fijación única de las grandes películas: las escenas son tan reales que te parece estar viéndolas, todo ello mediante el adjetivo certero, la dialogación aportativa a la historia (sin esos diálogos banales que tanto afectan buena parte de la actual narrativa latinoamericana) y una configuración tan humana de los personajes que se nos convierten en modelos inolvidables de tipos humanos que nos parecen muy cercanos, muy conocidos.

— En verdad, me considero un escritor realista – me dijo esa vez –. Y es que la realidad misma es tan novelable que se nos hace muy fácil el trabajo.