Mitología para un inicio de siglo

Cristina Consuegra

Los inmortales

Manuel Vilas
Alfaguara, 2012

 

Hay autores empeñados en enredar la idea de tiempo, empeñados en destruir todo aquello que asimilamos como real o válido. Manuel Vilas es ese tipo de autor, obcecado, título tras título, en llevar al lector al límite, en provocar a la escena editorial, pero sobre todo un tipo empeñado en hacer la literatura en la que cree. Los Inmortales (Alfaguara, 2012), su última y más incendiaria novela, es buena prueba de ello. Vilas vertebra su amplio catálogo de obsesiones narrativas en torno a los grandes asuntos que ofrece o refleja la novela: una crítica feroz, insaciable, a la sociedad de consumo y a la actual condición humana, un cuestionamiento perpetuo del escenario editorial y sus peculiares habitantes, designando, de esta forma, uno de los posibles horizontes por el que puede transitar la narrativa española de corte más reciente.

En este título, Manuel Vilas sobredimensiona la realidad hasta tal punto que la dinamita, y logra esto a través del ejercicio de sus obsesiones narrativas, es decir, personajes excesivos que se diluyen entre la ficción y lo real, uso del humor como andamiaje perfecto para el cuestionamiento de lo que acontece, fusión de la alta cultura con la cultura pop, reivindicación de la tradición cervantina, un auto exhibicionismo que trasciende de la evidente transfiguración del autor en personaje, uso del delirio como motor narrativo de las acciones que articula a través de los personajes …  Este amplio despliegue de premisas manuelvilistas hace de Los Inmortales un libro necesario especialmente en un tiempo tan laxo como el que acontece, pero a la vez lo convierte en un título difícil que requiere de la complicidad de un lector activo, proclive a dejarse llevar por  esos territorios exclusivos de la literatura donde pensamiento y palabra intercambian identidades.

El otro gran asunto de Los Inmortales se refugia en el entramado de la novela, donde lo formal convive con lo discursivo para ofrecer al espectador el mayor espectáculo literario jamás contado, un espectáculo consistente en reflexionar sobre el futuro de la edición y sus circunstancias, sobre el papel del escritor/intelectual en una sociedad tendente a la impostura. Este artefacto narrativo que Vilas lanza al panorama literario español dinamita todo tipo de corrientes y expectativas situándolo en una suerte de limbo de poética posmoderna y estética pop. Vilas ha escrito una novela que continúa con el eco de sus anteriores trabajos y dispara sus obsesiones edificando una historia que se erige como crítica a la supremacía de la estupidez en un tiempo inexacto, remoto. Sin lugar a dudas, estamos ante una novela irrepetible y ante un autor que sigue caminando por ese lado salvaje de la literatura, camino que él mismo ha fabricado a base de un discurso narrativo original e implacable.