Categoría: A cargo de Recaredo Veredas

Llevarás luto por Franco: ventana abierta a imposibilidades

 Llevarás luto por Franco y otros cuentos

Teresa Dovalpage
Editorial Atmósfera Literaria

 

Afortunado lector que tienes ante ti una ventana abierta a un mundo de imposibilidades: Míralo todo en detalle.  Aprovecha este viaje con todos los sentidos en alerta.  Lo que vas a leer son sucesos dentro de una realidad con pocos puntos de referencia para los que no han vivido los misterios de la supervivencia.  Vas a atisbar por una ventana que te muestra lo que pocos sospechan, porque todo sucede dentro de una isla perdida en el vestigio de un pasado esplendoroso, desconectada del mundo exterior. Los que allí habitan se dedican a sobrevivir, a existir sin vistas a un futuro, lo cual los obliga a vivir el momento, un momento que cambiarían por otros muchos momentos más allá de la costa.  Los que visitan este mundo tienen el lujo de absorber lo bello, lo sensual, lo vibrante que la isla ofrece, y consiguen poca conciencia en relación a lo que realmente ocurre detrás de las fachadas en ruinas, donde los sobrevivientes se plantean cómo abordar el nuevo día.

“Llevarás luto por Franco” es el título del primer cuento, y una invitación al lector a una aventura dividida entre Cuba y España, desde el punto de vista de una niña quien, a falta de explicaciones plausibles, acude a recursos infantiles para entender el mundo en que vive.  Con la pureza de este personaje Teresa Dovalpage nos hace recordar nuestros propios razonamientos, y nos pone de manos a boca con quienes fuimos, en completo acuerdo con esta niña curiosa y compleja.  Y este es solamente el comienzo de lo que se va vertiendo en una acuarela vibrante que nos atrapa en su húmedo colorido para cautivarnos hasta el final, dejándonos asomar a ese mundo único y surrealista que es la isla de Cuba.  Los cuentos se hilvanan unos con otros sutilmente, apoyados por un absurdo que viven a diario millones de cubanos en sus vidas paralelas o enredadas.  Ese vivir de privaciones materiales, pero de gran riqueza en su intensidad, un vivir que se desborda de la isla en olas de noticias, cartas y contactos para alcanzar a tantos que hoy viven en el aun llamado exilio, pero que ha sido un perpetuo destierro para tantos.

Teresa Dovalpage nos muestra como nadie ese mundo de dicotomías, de la eterna lucha por subsistir, matizado con un humor a veces escandaloso, a veces negro, y otras veces afilado y mordaz, pero siempre disfrutable y delicioso.  La lectura de Llevarás luto por Franco nos muestra la genialidad de una escritora que nos deja ver sin detallarnos, que nos deja entrar en la escena sin obstruirnos los sentidos con mosaicos ambientales, y nos llega, nos cala, nos muestra un mundo donde la lógica ha perdido su rumbo para dejarle el campo abierto a la malicia, la trampa, y una vida de búsqueda sin tregua por una vida mejor dentro de la más completa vigilancia represiva.

Prepárate para un jocoso encuentro con los cubanos, los turistas que visitan la isla en ignorantes oleadas que van y vienen sin dejar ni llevarse nada de verdadero valor.  Pero el valor existe, persiste, se vuelve ingenio y perspicacia.  Y aquellos pocos que lo reconocen nunca podrán olvidar un significativo encuentro con un sobreviviente isleño que se muestra tal cual es, dentro de un bello entorno de ruinas y mar.

Escritores al lavoro

Trabajos forzados.
Los otros oficios de los escritores.

Daria Galateria.
Traducción de Félix Romeo.
Editorial Impedimenta.

 

Conocer la vida de un escritor es un pilar básico para comprender su obra. Igual ocurre con los trabajos que ha ido desarrollando en su vida. Esta sería completa si cualquier buen escritor pudiese vivir de lo que escribiese, pero a lo largo de la historia, muy pocos han podido conseguir tal gesta. Es lo que aborda este libro de la italiana Daria Galateria, aquellos oficios que más de veinticinco autores compaginaron con la escritura de alguna de sus grandes obras.

La investigadora, profesora universitaria, y amplia conocedora de la Literatura, sobre todo la francesa, nos hace un recorrido histórico en el que nos muestra cómo han sobrevivido algunos de los escritores más laureados antes de ser reconocidos o incluso antes de escribir.

Con una narratividad que sorprende por lo ágil y lo conciso, donde ni sobra un adjetivo ni falta un adverbio, mérito también de la buena traducción de Félix Romeo, vemos como Bukowski repartía cartas mientras se bebía toda la cerveza que encontraba y escribía sus poemas de pensión, o cómo Colette abría un centro de belleza en el que trabajaba para muchas personas.

Sorprenden casos de escritores de tanto renombre como el fantástico George Orwell, que antes de escribir sus grandes obras ejerció de policía en Birmania o de lavaplatos en Londres, así como el marinero Jack London, o el caso de Maxim Gorki, ayudante de cocina en un barco. Sorprendente también resulta la cara más humana que se ofrece en el retrato de Louis Ferdinand Céline, soberbio al igual que polémico, o la indagación en la vida académica del Premio Nobel, Thomas S. Eliot, considerado el mejor poeta norteamericano del siglo por muchos críticos.

Así, uno por uno, desfilan ante nosotros escritores en horario de trabajo, junto a pequeños fragmentos de su vida que nos ayudarán a comprender sus obras. Es el caso de Kafka, trabajador en una compañía de seguros, que posteriormente incorporará la burocracia como pilar básico en su obra. O también casos de escritores que no se consideraban tal, como Saint-Exupéry, aviador, o Italo Svevo, rescatado milagrosamente por James Joyce cuando se había retirado de la escritura para dirigir una fábrica.

Daria Galateria ha conseguido una obra cargada de matices y anécdotas. Una delicia de la metaliteratura, esa corriente que consiste en escribir sobre los entresijos de los escritores y las letras, que tanta cabida tiene en los últimos años y que tanto ayuda a crear un imaginario colectivo sobre las letras universales. La editorial Impedimenta nos vuelve a sorprender con su habitual cuidado y elegancia, como es habitual.

Mitología para un inicio de siglo

Los inmortales

Manuel Vilas
Alfaguara, 2012

 

Hay autores empeñados en enredar la idea de tiempo, empeñados en destruir todo aquello que asimilamos como real o válido. Manuel Vilas es ese tipo de autor, obcecado, título tras título, en llevar al lector al límite, en provocar a la escena editorial, pero sobre todo un tipo empeñado en hacer la literatura en la que cree. Los Inmortales (Alfaguara, 2012), su última y más incendiaria novela, es buena prueba de ello. Vilas vertebra su amplio catálogo de obsesiones narrativas en torno a los grandes asuntos que ofrece o refleja la novela: una crítica feroz, insaciable, a la sociedad de consumo y a la actual condición humana, un cuestionamiento perpetuo del escenario editorial y sus peculiares habitantes, designando, de esta forma, uno de los posibles horizontes por el que puede transitar la narrativa española de corte más reciente.

En este título, Manuel Vilas sobredimensiona la realidad hasta tal punto que la dinamita, y logra esto a través del ejercicio de sus obsesiones narrativas, es decir, personajes excesivos que se diluyen entre la ficción y lo real, uso del humor como andamiaje perfecto para el cuestionamiento de lo que acontece, fusión de la alta cultura con la cultura pop, reivindicación de la tradición cervantina, un auto exhibicionismo que trasciende de la evidente transfiguración del autor en personaje, uso del delirio como motor narrativo de las acciones que articula a través de los personajes …  Este amplio despliegue de premisas manuelvilistas hace de Los Inmortales un libro necesario especialmente en un tiempo tan laxo como el que acontece, pero a la vez lo convierte en un título difícil que requiere de la complicidad de un lector activo, proclive a dejarse llevar por  esos territorios exclusivos de la literatura donde pensamiento y palabra intercambian identidades.

El otro gran asunto de Los Inmortales se refugia en el entramado de la novela, donde lo formal convive con lo discursivo para ofrecer al espectador el mayor espectáculo literario jamás contado, un espectáculo consistente en reflexionar sobre el futuro de la edición y sus circunstancias, sobre el papel del escritor/intelectual en una sociedad tendente a la impostura. Este artefacto narrativo que Vilas lanza al panorama literario español dinamita todo tipo de corrientes y expectativas situándolo en una suerte de limbo de poética posmoderna y estética pop. Vilas ha escrito una novela que continúa con el eco de sus anteriores trabajos y dispara sus obsesiones edificando una historia que se erige como crítica a la supremacía de la estupidez en un tiempo inexacto, remoto. Sin lugar a dudas, estamos ante una novela irrepetible y ante un autor que sigue caminando por ese lado salvaje de la literatura, camino que él mismo ha fabricado a base de un discurso narrativo original e implacable.

«Historia de todas las cosas», de Marco Tulio Aguilera Garramuño, la novela grande

Terminar la lectura de una novela y sentir deseos de tomarla de nuevo, extrañar sus personajes, comprobar la necesidad de llamar al autor para agradecerle, quizás sean tres de los “síntomas” que nos avisan que hemos leído algo fuera de serie. Y si pasan los días y sentimos igual, entonces uno se atreve a firmar, definitivamente, que ha leído algo fuera de serie.

Sé que asumo una alta responsabilidad al exponer lo que expongo en el párrafo anterior. Pero lo sostengo. Y trataré de demostrarlo. Y quien me conozca sabe que me puedo equivocar, pero no miento.

San Isidro de El General es un pueblo o ciudad pequeña que existe en Costa Rica, pero ya no existe como tal, como pueblo o ciudad; ahora es una gran y totalizadora parábola que se inaugura en la literatura hispanoamericana. Marco Tulio Aguilera Garramuño (MATG) se apoya en las enjundias de San Isidro de El General (SIEG) y desde ahí levanta, fabulación mediante, el vuelo no para inmortalizar esta locación, sino para darle una nueva vida, una dimensión que es historia, idiosincrasia, levante y caída de toda una cultura, un modo de hacer, un juicio en pro y en contra de una civilización, la latinoamericana del pasado siglo. Atiendan: dije latinoamericana, y lo sostengo.

Panóptico o caleidoscopio, según se mire, la historia de SIEG es trabajada desde adentro, desde la entraña, por un narrador que puede ser el evocado en la obra, Mateo Albán, o el Loco, o don Garrapata, o un sinfín de otros contadores que corren por sus 515 páginas. Resulta una hazaña concretar tal infinidad de personajes y darles formas, respiros, antecedentes, consecuencias y desenlaces en medio de una tómbola narrativa que plantea, más bien, una novela sin trama. Sé que me contradigo con esto último, pero al menos yo, en una obra cuya argumentación es soberana y contundente, no hallo la trama —no el hilo de la trama, que eso es otra cosa—por ningún lado. Los que sepan de estos asuntos, que investiguen, ahí se lo dejo de tarea.

Arrastrar con uno los personajes de un novela —creo que hasta siempre— es una de las razones por las que nos sentimos agradecidos de una lectura que nos ha entretenido, informado, formado, instruido, divertido, conmovido hacia la tristeza, el humor, la reflexión. Gloria entonces para el negro Vladimiro, su Niña Blanca, su interminable camada de negritos; para el noble Zaratrusta, nacido para la inmolación; para el paticorvo Palomo, padre de la dispersión e hijo del victimario y víctima sargento Robustiano; para Californio el simple, ——siempre acompañado por su fiel Anastasia—, hijo de ese paradigma  de la frustración que es el músico incomprendido Rey David y que al final de la novela nos dará una lección de condición humana, de esperanzas, y a la vez, un ejemplo —o será el autor quien lo hace—de lo que es un cierre literario a la altura de circunstancias clímax; para las cuatro bellas Fernández; la Costurera Flaca; la siempre flamante, al parecer, Sietecolores; el obcecado dentista Camilo Pérez; el inclemente negociante Denario Treviño; Epaminondas, cáustico, críptico; Bonderhouse, amor contra natura; la Negra Celina, brillo único; Sebastián Pereira, estoico pero encabronado ante la adversidad; la beatitud de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa; Benjuil Mnemjián, dueño “de las cosas que existen (…) (y) de las que sin existir existen”; el inolvidable Samuel, creador de esa manera prodigiosa de expresión denominada el “samueleo”; Jaime Po, el más bello; la Malandra, tal vez una de las no contabilizadas hijas del sargento Robustiano; el inefable Betóben (así, con el acento en la o) Charriaga; el optimista, intimidante  padre Soto; el padre Clímaco, efusivo; el negro Termidor, que siempre aparece digamos arrinconado, como si nos indicara el autor que este personaje reflexiona, reflexiona; los Estudiantes y los Intelectuales, personajes colectivos, simbólicos.

Gloria digo para los personajes citados en el párrafo anterior —y los tantos que faltan— en el sentido literario, por sus valores literarios, puesto que en la historia contada, unos son buenos-malos, otros malos-buenos, ninguno maniqueo.

MTAG apunta a la tesis de su novela desde las primeras páginas, pero es la 381 cuando la redondea: “… no se trata de entender el mundo sino de disfrutarlo”. Aunque, claro, yo agregaría que disfrutarlo se relaciona con aprender de él, como nos ocurre con Historia de todas las cosas, un libro que puede resultar asimismo una especie de breviario: por donde quiera que usted lo agarre puede empezar a leer sin problema, y queda enganchado. Una novela de la cual el lenguaje —a veces rayano en la oralidad, siempre de una creatividad suprema y en ocasiones arrollador— merece un análisis independiente; lo merece, no lo olviden los que saben de esto (fíjense por ejemplo en el símil, la hipérbole, la inestimable ganancia de las metáforas con de, la revalorización relativa del estilo picaresco, el trastoque  de la semántica, el tempo, el ritmo, la candencia). Una novela donde prima la sabiduría, y en la que la sapiencia, vasta, solo aparece cuando es menester y en dosis asimilables; una novela, un breviario, decía, un “manual de vida” que de ningún modo se apoya en lo fantástico, y menos en lo mágico, sino en la fábula  o la fabulación de lo posible, en la exageración o la minimización para darnos las claves de la esencia; una novela portadora de un humor que nos levanta del asiento en ocasiones y en otras nos hace mirar hacia nosotros mismos, y pensarnos; un turbión que en una y otra página parece indicarnos que estamos leyendo un largo poema narrativo; el ingenio puesto en lengua de narradores que replican creo que a todo lo existente, ya sean religiones, costumbres (esos novios tomados por sus dedos meñiques), gobiernos, idiosincrasias, etnias, doctrinas, historiografías, tradiciones literarias y artísticas, etc.

Para su mal, unos y otros han querido pegar Historia de todas la cosas con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Tonterías, no porque ambos autores sean colombianos o en fin por causa alguna deben hacerse comparaciones, o más bien competencias en este caso. Es ridículo. Estas comparaciones siempre son insensatas. Pero, en mi opinión, la novela del Premio Nobel es básicamente impresionista, e Historia de todas las cosas muy lo contrario.

De los capítulos más sobresalientes de Historia de todas las cosas, advierto al menos cinco que a mi juicio pertenecen a un escritor grande (así se suele decir, grande): Páginas: 263-275 (donde además se recaracterizan a varios de los personajes principales); 309-319 (donde además se alcanza un poder descriptivo excepcional); 373-392 (donde además varios de los personajes son “reciclados); 393-408 (donde la poesía se manifiesta intensamente y el gran negro Vladimiro marcha hacia el  ocaso); y el capítulo final, una oración en favor del arte, del humanismo, un cierre en alto y a la vez coda que me trae a la memoria, únicamente por su poderío narrativo, aquel final que alcanzó Emilio Zola en Germinal.

Suerte para Historia de todas las cosas que ha podido contar con una edición bellísima (Trama Editorial, España, y Educación y Cultura, México) que incluye una portada muy precisa y de sumo impacto, así como con un interior donde hallamos alto gusto en la letra y la página toda.

Bueno, sé, me han dicho, que Historia de todas las cosas tiene su origen en una primera versión, escrita y publicada hace como cuarenta años, titulada Breve historia de todas las cosas. No me interesa aquella versión, para nada. Jamás la buscaré y mucho menos leeré una de sus páginas. En este caso no me interesa el origen de la luz, sino la luz en sí misma.