Carlos Edmundo de Ory y su amorosa memoria

Jorge de Arco

La memoria amorosa

Carlos Edmundo de Ory
Visor. Madrid, 2011

 

No siempre los libros que se editan de forma póstuma, guardan en su interior el aroma más reconocible o inspirado del autor fallecido. En ocasiones, son los mismos herederos quienes por distintas cuestiones se ven forzados a dar a la luz un material que probablemente tenía sus razones para permanecer inédito.

Pero, por fortuna, hay otras veces, en que lo que se publica, devuelve la esencia más exacta del escritor ya ido y confirma sin ambages la necesidad de su postrer edición.

Y traigo a colación estas leves consideraciones, tras la lectura de `La memoria amorosa´, un espléndido volumen de Carlos Edmundo de Ory (1923-2010), que Jesús Fernández Palacios ha preparado con mimo y rigor. Fue éste último, amigo, discípulo y paisano de  Ory y en su aclaratorio y emocionado prólogo, `Evocaciones de un trágico feliz´, advierte de que semanas antes de su muerte -“apenas era una sombra de lo que fue-“, tuvo ocasión de visitarlo en su casa francesa de Thèzy-Glimont. “Se despidió de mí -escribe- haciéndome tres encargos: que depositáramos sus cenizas en su Cádiz natal; que ayudáramos a su esposa en la difícil tarea de sobrevivirlo; y que me ocupara de buscar un buen editor para su libro, `La memoria amorosa´, no sin antes revisarlo y corregirlo bien”.

Fiel cumplidor de la tarea encargada, disponemos ya de un volumen que canta y cuenta las remembranzas de un escritor “poseso, emocional, visionario y profético”, que supo extremar y metamorfosear el lenguaje, hasta convertirlo en un bello y personalísimo cántico.

Carlos Edmundo de Ory fue una de las voces más singulares de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Sabido es que su vida experimentó un giro radical tras el fallecimiento de su padre -Eduardo Ory, relevante poeta y destacado hombre de letras- y su posterior marcha a Madrid en 1942, a donde llegó con el ímpetu de un veinteañero lleno de ambición.

En 1945, creó dos revistas de muy corta vida, “Postismo” y “La Cerbatana” y junto con Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi fundó el Postismo, el primer intento renovador de la lírica de posguerra: un movimiento que a pesar de sus sugerentes propuestas encajaba mal con la situación político-social de entonces y con el garcilasismo predominante.

En 1953 y becado por el gobierno francés, se trasladó a Francia, donde se quedaría a vivir el resto de sus días. A pesar de su distanciamiento, Carlos Edmundo de Ory se mantuvo unido a sus raíces andaluzas con verdadera devoción. En `Los Diarios´ que comenzase a pergeñar a su llegada a la capital, escribía con fecha 5 de Abril de 1951: “La poesía sale de la niñez. Somos poetas si hemos tenido infancia. El poeta escribe sus poemas  cuando es hombre (…) Yo viví en un puerto de mar. Yo viví una infancia viva pero triste (…) Estaba solo. Amaba. Sólo tenía ojos para mirar el mar”. Y en la entraña de esa remembranza casi albertiana, es en donde se entronca buena parte del hilo conductor de  la producción oryana.

Esta memoria amorosa, sabiamente dividida en cuatro apartados, “Tarsis”, Mayrit”, “Lutecia” y “Picardía” -o lo que es lo mismo, Cádiz, Madrid, París y Amiens-Thèzy-, se inicia precisamente con los recuerdos de aquella ribera de soles que enmarca la bahía gaditana. Sus reminiscencias son un ovillo con que se abriga el corazón y que tiñe de añoranzas el alma: “Me levantaba temprano, al alba. Iba directamente a la baranda (…) Encima de mi cabeza, los cielos. Debajo de mis ojos, el mar. Me ponía a inspeccionar el mar. Lo miro, lo huelo y lo degusto…”.

El decir de Ory -como puede volver a comprobarse al par de esta entrega- fluctuó por un sinfín de materias que rozaron el dolor, el espanto, el silencio, la libertad,  lo lascivo, lo perdido… En la mayor parte de su evolución creativa, se dejó llevar por un singular idioma que se acerca a lo surrealista: “Me ha mordido en sueños un gato. He sentido el dolor físico en mis carnes como nunca antes, despierto no dormido”

De su trascendental paso por Madrid, -“sórdido garaje con ratones”-, también deja constancia en distintas instantáneas en las que memora la inevitable venta de sus amados libros (“es como vender el alma en peso”), sus visitas a la Biblioteca Nacional (“me tomaban por sospechoso. Pedía libros que nadie pedía”) o su clandestina militancia política (“presentíamos espías a nuestro entorno, oliéndonos los pasos”).

Lógicamente, hay referencias en sus dos últimos apartados a su vital y duradera estancia en Francia. De aquel París que lo enamorara, quedan huellas amantes e imborrables: “Ella y yo nos amábamos en el cuarto lleno de luz. Ahora estoy solo y tengo mucha sed”; y la certeza, a su vez,  de cuáles debían ser las condiciones propicias para hallar la inspiración: “Cuando quiero escribir, la mesa ha de estar vacía completamente, sin nada, tabla rasa. La mesa limpia. Es entonces cuando coloco el papel en blanco en mi vieja Olimpia. Empieza la charla de los dedos. Escribo, escribo manos locas”.

Y de aquel Amiens-Thézy que acogió tantos días de dicha y desde donde nos diera su adiós definitivo,  queda la presencia constante de la Naturaleza, del reino animal…,  y la compañía cálida y permanente de su esposa: “Como dice mi mujer, Laura, ser feliz es tener fe”.

Al cabo, estas páginas, esconden además de los aromas cordiales del ayer, una hilera sostenida de inteligencia, dardos en el alba cotidiana, disparos sonoros en el negror de la rutina, hallazgos de ingeniosas esquinas: “Detrás de cada muerte, hay pájaros desconocidos”. Los mismos, Carlos Edmundo, que siguen y seguirán cantando junto al sabio son de tus enseñanzas.