Por aquella época Pablo y yo no éramos los amigos íntimos que habíamos sido en la escuela, y también en los primeros años del bachillerato, o más bien empezábamos a dejar de serlo a causa de un distanciamiento que, si bien se evidenció en seguida en el aspecto geográfico, había empezado a abrirse paso ya en los últimos cursos del instituto, cuando él escogió la opción de Ciencias y yo preferí las Letras y dejamos de compartir el pupitre que habíamos ocupado a medias desde que ambos comenzáramos en la escuela para relacionarnos con otra gente que a la postre acabaría teniendo más importancia en los años que estaban por venir. Sin embargo, en todo este tiempo siempre hubo algo que nos mantuvo unidos pese a esa lejanía que habíamos establecido de manera involuntaria y que tampoco nos esforzamos en reducir –seguramente porque los dos pensamos al mismo tiempo que el empeño iba a merecer un esfuerzo al que no teníamos por qué abocarnos y porque, en el fondo, sabíamos que ya éramos muy distintos de lo que habíamos sido, si no éramos directamente otras personas con escasas o nulas afinidades con aquéllas que fuimos en los años en los que yo estaba constantemente en su vida y él en la mía y manteníamos contacto diario (no sólo durante la semana, en clase, también sábados y domingos: al principio, porque o él venía a mi casa o yo iba a la suya para ocupar la tarde en algún juego o en partidillos de fútbol en los que enrolábamos a otros niños del vecindario; después, porque nos corrimos juntos casi todas las juergas que organizamos o disfrutamos de bachilleres) y estábamos al tanto de nuestras vicisitudes respectivas–, y cada vez que uno de los dos se enteraba de algo relacionado con nuestra niñez o adolescencia se apresuraba a llamar al otro para contárselo y conocer su reacción. Recuerdo que cuando se murió Txentxo, un chaval al que conocimos en el instituto y con el que mantuvimos una relación más o menos buena (aunque no llegamos a coincidir nunca en la misma clase, sí en un viaje a La Coruña que hicimos en COU) y yo me enteré a través de la prensa (después de terminar el bachillerato había montado un grupo de rock y no le habían ido del todo mal las cosas, tenía cierta fama, se había hecho un nombre y creo que en más de una ocasión había llegado a compartir escenario con Loquillo o Burning), marqué el número de Pablo antes que el de ningún otro (ni siquiera el de Víctor, que sí había conocido más a Txentxo, que había mantenido con él un trato mucho más estrecho y constante), y que aprovechamos esa información fugaz e inaudita («¿Se ha muerto Txentxo? ¿El del instituto?», preguntó en cuanto se lo dije) para hablar unos minutos y contarnos qué estaba siendo de nuestra vida. Por aquellas fechas (creo que era 2006 ó 2007) hacía uno o dos años que no nos veíamos. Ni siquiera me había invitado a su boda –tanto nos habíamos desgajado, tan diferentes eran nuestras amistades por entonces– y creo que antes de aquello sólo le había visto dos veces más desde que, allá por tercero de carrera, le perdí la pista de manera no definitiva, pero sí inapelable.
Puede que ésa sea la causa de que nunca –ni siquiera cuando aún era una cosa banal o intrascendente, un componente más de ese cúmulo de objetos que uno va almacenando como si necesitase tener testigos de su propia biografía, como si la memoria necesitara algo corpóreo a lo que asirse para no desengañarse de sí misma– haya olvidado la única carta que me envió Pablo en toda su vida y que yo recibí cuando estaba en plenos exámenes del primer cuatrimestre del segundo año de carrera, unos pocos meses después de conocer aquella historia del teorema (nunca llegué a preguntar a Pablo por él, quizás porque intuía que a iba a darle vergüenza contarme aquello, o más bien porque no quería que supiera que otros iban dando cuenta de sus andanzas noctívagas cuando él no podía enterarse, o simplemente porque no le di tanta importancia entonces como se la doy ahora, por razones que en aquella época no podía ni sospechar), como se recibe una confidencia con la que no se cuenta o algún regalo que proviene de una persona cuyo afecto o interés hacia nosotros desconocíamos. Era una carta breve, cara y media de un folio, en la que –acaso por esa necesidad de la que hablo de mantenernos en contacto aunque fuese de una manera muy liviana para fingir que no se había abierto entre nosotros el vacío que se iba creando poco a poco– me explicaba que había dejado a su novia (una chica con la que había empezado a salir en 3º de BUP o en COU, ya no recuerdo, y de la que –igual que había hecho con todas sus novias, o al menos todas las que yo le conocí (sólo veraneamos juntos en una ocasión, nada sé de sus ligues estacionales)– siempre afirmó estar tremendamente enamorado) para empezar a salir con otra a la que yo conocía bien por haber coincidido en su misma clase los cuatro años que duró mi paso por el instituto. Era una carta concisa, escrita con un lenguaje bastante tosco y con una única concesión a la retórica que mi amigo había reservado para el pasaje en el que glosaba su felicidad al lado de su nuevo amor y refería que con ella estaba «como en una nube». Apenas contaba nada más, sólo formalismos propios del lenguaje epistolar y preguntas retóricas que no aguardaban respuesta o que al menos yo no me dispuse a contestar, porque creo que jamás le escribí a él nada y ni siquiera sé si llegué a darle acuse de recibo de aquel mensaje extemporáneo que llegó a mis manos una mañana de febrero. En realidad, puede que entonces pensase que no hacía falta porque en todo el tiempo que había transcurrido desde que nos conocimos los dos habíamos alcanzado ya ese estado en el que uno sabe que el otro está ahí pase lo que pase, sin necesidad de que constantemente lo ratifique o esté pendiente de cada movimiento para acompasar a él sus pasos. Seguramente le comenté algo de pasada la siguiente vez que nos vimos –puede que fuese unos cuantos meses después, yo no le llamaba cuando iba a Mieres de visita y él empezó a salir con los amigos de su nueva novia, como si inconscientemente quisiera marcar el punto y aparte que otros habíamos marcado huyendo de aquel lugar en el que habíamos crecido y que él no pudo o no quiso abandonar– y aproveché para resumirle mis peripecias salmantinas o preguntarle qué tal le iba la vida y cuáles eran sus planes de futuro, por más que él no se hubiera planteado nunca su vida como un camino destinado a un fin concreto, sino como una mera sucesión de pasos cuyo rumbo no obedecía a otra determinación que la consignada por el azar. Hacía tiempo que nuestros encuentros habían comenzado a ser así: una cosa fortuita, imprevista para ambos, y si bien al principio los dos sentíamos una cierta incomodidad motivada por ese desapego que empezábamos a sentir el uno por el otro («he venido y no he llamado para avisarle y ahora me ve y quizá piense que no quería verle», por mi parte, o «está aquí y yo no me preocupé de preguntarle cuándo pensaba venir y quizá crea que ya no me importa lo que ocurra con él», por la suya), el vínculo que el trato y el contacto habían creado no tardaba en reaparecer encarnado en una cordialidad nada impostada que casi siempre se resolvía con una palmada en la espalda y un «estamos en contacto» que ninguno de los dos cumplía nunca.