Categoría: El divan de narrativa

No es eso lo que pienso

Mire pues su señoría, no es eso lo que pienso, pero ha quedado registrado como si lo fuera, todo por no hablar, el que calla otorga y yo estuve todo el tiempo asintiendo con la cabeza, o eso se supone, solo recuerdo haberla escuchado, aunque eso de escuchar tampoco es muy exacto, la evocación es de haber estado oyendo el ruido de su voz y viendo el movimiento de sus labios, solo hablaba ella.

La verdad oficial terminó configurándose con el probable sí que yo expresaba con mi cabeza, el pequeño bamboleo arriba abajo de asentimiento que en realidad era de cortesía, de amable que soy, para no permitirle percatarse de la nula importancia que estaban teniendo sus palabras, pero de ahí el problema.

Ahora me entero que estábamos hablando de la guerra y de los muertos de la guerra y de los ilegales y de las nuevas putas importadas made in Latín América, y me pregunto, ¿será que eso se traduce como garantía de calidad?, y de por qué no decir negro y si African American, la ambigüedad del absurdo, y del placer que me produce bailar salsa, y del baile y el sexo, vaya tracalada de temas, pero es ahora que vengo a percatarme de lo que dizque estaba yo diciendo, cuando lo que quería era ser atento con ella, sí, porque al llegar cada mañana era la única que se dignaba en contestarme el saludo de los buenos días, good morning por supuesto, no buenos días, pero un saludo adornado con sonrisa, y recuerde que una imagen vale más que mil palabras, y para qué más palabras con esa risita de mujer madura joven, de mujer segura y además, por qué no decirlo, suficientemente bella como para no pasar desapercibida.  El cuento está en que hablábamos en los pocos momentos de descanso, y sí fue cierto que le confesé mi debilidad por las pastas y la sazón italianas, eso sí, no Italian – American, que quede claro, eso es otra cosa hecha para ustedes con agregados de chiles y jalapeños, qué importa, de todos modos no iba a ponerme a invitarla a algún restaurante y enseñarle de qué estaba hablando, e igual le conté lo hermoso que es tener tiempo  alguna vez el sábado para ir a bailar salsa, al menos una semana sí y la otra no, también las dos si se pudiera, eso sí, bailando la salsa a la caleña que es baile de verdad, no esas maricaditas de dar vuelticas pendejas como bailando cualquier cosa y deslizar los pies con una supuesta elegancia que más parecen pasos de cansancio que un baile, y hacen de la salsa un baile estéril, siendo que la salsa es viva y sensual y es para azotar baldosa, como decimos nosotros, y a girar con acento y sin frenos pero rítmico, y a sudar y sentir cómo la sangre se te llena de música y te baja a las piernas y te irriga los brazos para poder llevarle a tu pareja esa corriente que nos sube por todo el espinazo calentándonos hasta el aliento y la mirada, dejándonos  resecos los labios, entonces las piernas ya no son suyas y el roce de las pieles es un clímax de por sí, un clímax notado y envidiado por todos pero que nadie más puede sentir, y siguen así hasta que salen del antro, buscando cama porque ella tampoco aguanta más, y el sueño de después es delicioso, es el sueño del placer total cumplido, eso sí lo digo yo, pero a ella nunca se lo dije, solo le conté de mi gusto pero no mis pensamientos, y si lo fue no lo recuerdo, y luego, ¿hablar de la guerra?, ¿guerra yo?, a mí si me dicen guerra claro que tengo mis respuestas y mis conductas también, porque si son conductas pues a la voz de ir a la guerra, salgo corriendo, hoy en día ya no hay por qué ni por quién morir, el siglo veinte nos dejó la herencia de entender que la paz es un derecho aunque sigan existiendo guerreristas, y porque yo aspiro a la vida y no a la muerte, así de sencillo, aspiro a la vida y no a la estupidez de dar la vida por el rincón del planeta donde me tocó nacer, o acaso ¿alguien le pidió la opinión al óvulo y al espermatozoide que te formaron, y a los de tus padres y abuelos y demás?, ¿lo recuerdas?, pero en fin, yo nunca estaría dispuesto a morir por nada, a cambio sí quiero vivir, vivir por amor y no morir por él me suena, y si fuera por la patria pues estar vivo es también lo que me suena, y vivo puedo hasta hacerla feliz a Usted, si me dejara, digo, bueno, eso no sé si se lo dije, pero por lo que ahora sabemos, probablemente no.  En lo que sí insisto es en la vida, y aunque me torturaran sus expertos de cuartel, y aquí no me refiero a los de ella sino a los suyos señor juez, no van a hacerme cambiar de idea, estoy seguro de hacer más  estando vivo que muriendo por la patria, como podrá ver no tengo vocación de héroe, ni siquiera sería el último en salir corriendo ni el que no alcanzó a correr, no creo que las patrias estén por encima de los hombres, por eso tampoco me haría gracia si alguien me dijera que en aras de esa patria estaría dispuesto a dar su vida por mí, eso de verdad no me suena creíble, no puede ser sincero, ni me gustaría ver muertos por la patria o por mí a sus hijos, en este caso sí, los de ella o los suyos señor, así que si me dicen guerra para saber qué opino de alguna en especial vaya que si tengo cosas que decir, pero con ella no lo hice, nada de lo que estoy diciendo ahora, porque la única guerra que he estado librando por estos vecindarios es la lucha por el día a día, y de tratar de no matarme en la autopista cada mañana camino del trabajo, y eso sí recuerdo haberle dicho alguna vez, que sus paisanos conducen como si no quisieran llegar tarde a la boda de sus madres, eso como que no le gustó de a mucho pero a mí no me importa.

Ahora bien, nunca estuve consciente de los cambios que debieron ocurrir, o no les di la importancia debida, aunque fueron cada vez menos frecuentes los good morning mañaneros y las charlas de corrillo y su interés de hablar conmigo, además nunca le dije que me interesara ella misma, como mujer quiero decir, porque además no lo sentí nunca y menos que pudiera existir una intención de conquista hacia alguna de las mujeres de la empresa, no sé de dónde habrá sacado que en las habladas sobre baile y  comida y demás cosas me le habría estado insinuando y que la insinuación ofende, recuerdo si, que cuando ella misma completaba mis frases y coloquios, yo asentía con la cabeza, porque es difícil conversar con ella, a cada momento te interrumpe, y porque las suyas eran cosas que nunca se acercaban a las mías, las ideas quiero decir, pero yo de amable le asentía con mi pequeño bamboleo de la cabeza, para no perder el hilo de mis propios pensamientos, tratando de no oírla, mirando el movimiento de sus labios, esperando el momento de silencio para rematar mi idea, que ahora veo, nada tienen que ver con lo que ella ha contado, con lo que son realmente, pero que según dan a entender, ella sí conoce, o es eso lo que dice la carta donde están despidiéndome de mi trabajo, y enviándome ante Usted señor juez, alegando que alguien que piense como yo es un peligro social, y debemos proteger la sociedad, pero especialmente a ella que pudo descubrir mi pensamiento.

La existencia de Dios

Por aquella época Pablo y yo no éramos los amigos íntimos que habíamos sido en la escuela, y también en los primeros años del bachillerato, o más bien empezábamos a dejar de serlo a causa de un distanciamiento que, si bien se evidenció en seguida en el aspecto geográfico, había empezado a abrirse paso ya en los últimos cursos del instituto, cuando él escogió la opción de Ciencias y yo preferí las Letras y dejamos de compartir el pupitre que habíamos ocupado a medias desde que ambos comenzáramos en la escuela para relacionarnos con otra gente que a la postre acabaría teniendo más importancia en los años que estaban por venir. Sin embargo, en todo este tiempo siempre hubo algo que nos mantuvo unidos pese a esa lejanía que habíamos establecido de manera involuntaria y que tampoco nos esforzamos en reducir –seguramente porque los dos pensamos al mismo tiempo que el empeño iba a merecer un esfuerzo al que no teníamos por qué abocarnos y porque, en el fondo, sabíamos que ya éramos muy distintos de lo que habíamos sido, si no éramos directamente otras personas con escasas o nulas afinidades con aquéllas que fuimos en los años en los que yo estaba constantemente en su vida y él en la mía y manteníamos contacto diario (no sólo durante la semana, en clase, también sábados y domingos: al principio, porque o él venía a mi casa o yo iba a la suya para ocupar la tarde en algún juego o en partidillos de fútbol en los que enrolábamos a otros niños del vecindario; después, porque nos corrimos juntos casi todas las juergas que organizamos o disfrutamos de bachilleres) y estábamos al tanto de nuestras vicisitudes respectivas–, y cada vez que uno de los dos se enteraba de algo relacionado con nuestra niñez o adolescencia se apresuraba a llamar al otro para contárselo y conocer su reacción. Recuerdo que cuando se murió Txentxo, un chaval al que conocimos en el instituto y con el que mantuvimos una relación más o menos buena (aunque no llegamos a coincidir nunca en la misma clase, sí en un viaje a La Coruña que hicimos en COU) y yo me enteré a través de la prensa (después de terminar el bachillerato había montado un grupo de rock y no le habían ido del todo mal las cosas, tenía cierta fama, se había hecho un nombre y creo que en más de una ocasión había llegado a compartir escenario con Loquillo o Burning), marqué el número de Pablo antes que el de ningún otro (ni siquiera el de Víctor, que sí había conocido más a Txentxo, que había mantenido con él un trato mucho más estrecho y constante), y que aprovechamos esa información fugaz e inaudita («¿Se ha muerto Txentxo? ¿El del instituto?», preguntó en cuanto se lo dije) para hablar unos minutos y contarnos qué estaba siendo de nuestra vida. Por aquellas fechas (creo que era 2006 ó 2007) hacía uno o dos años que no nos veíamos. Ni siquiera me había invitado a su boda –tanto nos habíamos desgajado, tan diferentes eran nuestras amistades por entonces– y creo que antes de aquello sólo le había visto dos veces más desde que, allá por tercero de carrera, le perdí la pista de manera no definitiva, pero sí inapelable.

Puede que ésa sea la causa de que nunca –ni siquiera cuando aún era una cosa banal o intrascendente, un componente más de ese cúmulo de objetos que uno va almacenando como si necesitase tener testigos de su propia biografía, como si la memoria necesitara algo corpóreo a lo que asirse para no desengañarse de sí misma– haya olvidado la única carta que me envió Pablo en toda su vida y que yo recibí cuando estaba en plenos exámenes del primer cuatrimestre del segundo año de carrera, unos pocos meses después de conocer aquella historia del teorema (nunca llegué a preguntar a Pablo por él, quizás porque intuía que a iba a darle vergüenza contarme aquello, o más bien porque no quería que supiera que otros iban dando cuenta de sus andanzas noctívagas cuando él no podía enterarse, o simplemente porque no le di tanta importancia entonces como se la doy ahora, por razones que en aquella época no podía ni sospechar), como se recibe una confidencia con la que no se cuenta o algún regalo que proviene de una persona cuyo afecto o interés hacia nosotros desconocíamos. Era una carta breve, cara y media de un folio, en la que –acaso por esa necesidad de la que hablo de mantenernos en contacto aunque fuese de una manera muy liviana para fingir que no se había abierto entre nosotros el vacío que se iba creando poco a poco– me explicaba que había dejado a su novia (una chica con la que había empezado a salir en 3º de BUP o en COU, ya no recuerdo, y de la que –igual que había hecho con todas sus novias, o al menos todas las que yo le conocí (sólo veraneamos juntos en una ocasión, nada sé de sus ligues estacionales)– siempre afirmó estar tremendamente enamorado) para empezar a salir con otra a la que yo conocía bien por haber coincidido en su misma clase los cuatro años que duró mi paso por el instituto. Era una carta concisa, escrita con un lenguaje bastante tosco y con una única concesión a la retórica que mi amigo había reservado para el pasaje en el que glosaba su felicidad al lado de su nuevo amor y refería que con ella estaba «como en una nube». Apenas contaba nada más, sólo formalismos propios del lenguaje epistolar y preguntas retóricas que no aguardaban respuesta o que al menos yo no me dispuse a contestar, porque creo que jamás le escribí a él nada y ni siquiera sé si llegué a darle acuse de recibo de aquel mensaje extemporáneo que llegó a mis manos una mañana de febrero. En realidad, puede que entonces pensase que no hacía falta porque en todo el tiempo que había transcurrido desde que nos conocimos los dos habíamos alcanzado ya ese estado en el que uno sabe que el otro está ahí pase lo que pase, sin necesidad de que constantemente lo ratifique o esté pendiente de cada movimiento para acompasar a él sus pasos. Seguramente le comenté algo de pasada la siguiente vez que nos vimos –puede que fuese unos cuantos meses después, yo no le llamaba cuando iba a Mieres de visita y él empezó a salir con los amigos de su nueva novia, como si inconscientemente quisiera marcar el punto y aparte que otros habíamos marcado huyendo de aquel lugar en el que habíamos crecido y que él no pudo o no quiso abandonar– y aproveché para resumirle mis peripecias salmantinas o preguntarle qué tal le iba la vida y cuáles eran sus planes de futuro, por más que él no se hubiera planteado nunca su vida como un camino destinado a un fin concreto, sino como una mera sucesión de pasos cuyo rumbo no obedecía a otra determinación que la consignada por el azar. Hacía tiempo que nuestros encuentros habían comenzado a ser así: una cosa fortuita, imprevista para ambos, y si bien al principio los dos sentíamos una cierta incomodidad motivada por ese desapego que empezábamos a sentir el uno por el otro («he venido y no he llamado para avisarle y ahora me ve y quizá piense que no quería verle», por mi parte, o «está aquí y yo no me preocupé de preguntarle cuándo pensaba venir y quizá crea que ya no me importa lo que ocurra con él», por la suya), el vínculo que el trato y el contacto habían creado no tardaba en reaparecer encarnado en una cordialidad nada impostada que casi siempre se resolvía con una palmada en la espalda y un «estamos en contacto» que ninguno de los dos cumplía nunca.

Los buenos principios

Me han dicho los que dicen que saben de esto, cualquier cosa que sea esto, me han dicho, sí, que la mejor forma de empezar un relato es hacerlo con una frase contundente. Contundente y efectiva. Efectiva, pero no efectista. Porque si es efectista, aseguran los que están seguros de todo, se te ve el plumero desde el principio. Y ya (casi) nadie, agregan, escribe con pluma, aunque haya mucho bujarrón suelto.

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Secuestro exprés a la cubana

—¿Tú sabes lo que es un secuestro exprés?

—¿Un secuestro epré?

—Exprés, exprés. ¡Actualízate, viejo! Es un invento mexicano. Nosotros tenemos mucho que aprender de los extranjeros, mi negro. Los cubanos nos creemos los bárbaros y los reyes del mambo, pero somos tremendos comemierdas, si lo vamos a analizar. Mucho alarde, mucho teatro y al cabo… lengua nada más y no salimos de pobres.

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La sangre del Tequila (VI)

Crónicas, relatos, pareceres

 Maldiciendo, tomé el microbús que sale del metro Chapultepec. Las adyacencias al Metro estaban, aún más que otras veces, brumosas de basura, gritos, vendedores dándose alientos contra alientos, personas que tropezaban entre sí. Cuando el microbús, que iba medio renco, agarró la avenida Mariano Escobedo, me sentí un poco más aliviado (esta vez me había propuesto, con más ahínco, sustraerme del pesar que causa saber que, de cualquier manera, se viaja en algo que irá lentamente, tachonado a un lado, a otro, adelante, atrás, por carros que también se mueven lentamente).

Una señora —vestida de andrajos color café, que colgaban como si hubieran sido desgarrados a mordidas, botas de tela incluidas— se volvió hacia el chofer y lo maldijo en náhuatl. El chofer no la escuchó, o quizás no entendió, o no le hizo caso.

La señora, gracias al acelerón inicial según el código de conducción de los microbuseros, se había ido hacia un lado y se había golpeado contra el respaldo de un asiento. “Pinche vieja”, exclamó el que ocupaba el asiento, a dos de distancia del mío. Unas paradas más allá subieron varios por la puerta trasera, incluido uno vestido de harapos grises y que olía a pasado —un olor que se atravesó como una vara de extremo a extremo del microbús— y otro que, maltrecho por el resto (se había esforzado en amparar la guitarra que cargaba), perdió el paso  y me dio un guitarrazo, leve, en el hombro. “Perdóneme, por favor”, me dijo encimándoseme; olía a colonia de quincalla. El de harapos grises me pidió que iniciara el pase de sus monedas para que llegaran allá, adonde el chofer; cuando puso sus dedos con las monedas sobre mi mano abierta, pareció que me lijaba la palma de la mano.

Llegamos a una parada de enlace y el microbús, renco, se vació a medias. Estaba lloviznando. Los que se bajaron, tomando en breves grupos hacia una y otra dirección bajo la llovizna, parecían lo que eran: personas venidas a menos.

El tipo de la guitarra se recostó en la columnilla de metal junto a mi asiento—el último en la fila. El olor de agua de colonia se hacía más franco. Rasgueó y comenzó a cantar. Dulce. Melodioso. Remontaba las notas mediante una vibración análoga, brillante. Cuando era menester, hacía un “bajo” que se desgranaba hasta enrollarse, sin inhalar él, con un agudo cimbreante —abierto, más que afilado.

Interpretó dos rancheras.

Extendió la mano, comenzando por mí.

Saqué una moneda y la deposité en la palma de su mano abierta, mientras le decía:

—¿Sabe cuál es la diferencia entre usted y Luis Miguel?

De momento se sorprendió.

—¿Cuál? —Dijo al fin, aún con una interrogante en los ojos.

—La suerte.

 


Verónica

De acuerdo con la tanta bibliografía que he consultado, Verónica no padece de furor uterino, pues este se define como “deseo irrefrenable, constante y violento de la mujer de entregarse a la cópula”. Y Verónica, si bien en ocasiones procura la batalla, es por lo general un ser paciente que toma la iniciativa solo después de que ha sido cuqueado. Víctor Hugo Escalante, uno de los sexo-biólogos mexicanos que más ha aportado a lo que él mismo llama El Comportamiento Sexual de las Mexicanas, autor, entre otras obras, de La felación taladrante de las zapotecas, creo que demuestra en su libro El sexo como purificación la diferencia entre el furor uterino, o ninfomanía, y el relativismo ígneo casuístico de estas mujeres. En la obra citada, luego de un trabajo de campo en el que muestra mujeres que son capaces de llevar a cabo más de veinte acoplamientos diarios con el derivado de aproximadamente ochenta orgasmos en dieciséis horas, Escalante sostiene que las cifras anteriores, que pueden rebasar aun a las de las ninfómanas, son consecuencia de la cercanía del varón. Es decir, estas mujeres multicoitales y multiorgásmicas están aptas para permanecer en veda si no tienen el estímulo del sexo opuesto, si bien con solo sentir de cerca el olor de este se les abren todas las franjas, se desploman. Por lo general, según Escalante, las mujeres dichas tienen modos de lenguaje corporal muy marcados: el excesivo revuelo de sus ojos cuando hablan, el caminar rápido y a largas pisadas y una manera muy sui géneris de sonreír —casi nunca enseñan los dientes—, así como un movimiento de manos, también al expresarse, que tal parece que están indicando hacia algún túnel presentido. Estas mujeres, si en la tierra no fuese necesario el roce entre varones y hembras, serían realmente inmarcesibles. Pero como no es así, ellas están condenadas a llevar un trote sexual excesivo; son víctimas: no buscan la pelea, la pelea las encuentra. Escalante ha sido objeto de agrias críticas por el segmento más conservador del PAN (Partido Acción Nacional), el cual ha basado sus ataques en las exposiciones “demasiado descarnadas” del sexo-biólogo; y también del PRD (Partido de la Revolución Democrática) cuando Escalante, en El sexo como purificación demostrara mediante el trabajo de campo ya citado que no solo las morenas, como se creía antes, sino también un porcentaje de aproximadamente un 16 por ciento del total de mujeres blancas de hoy, en edad sexual en flor y que se enmarcan en su estudio, son portadoras del Sexo Mártir (como el autor lo define). La otra organización política principal, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), es el que ha reservado los ataques más severos para Víctor Hugo Escalante en diarios, televisión y aun en pancartas callejeras para desvirtuar la propuesta del sexo-biólogo de que los potentados del PRI son los que mejor se libran del Sexo Mártir de sus esposas y amantes al fortificarlas en palacetes y viviendas de sumo aislamiento, rodeadas por criadas hembras (hembras, lesbianas excluidas) y en fin, alejadas mediante muros y bardas de todo ser macho, los perros y otros animales inteligentes inclusive.

Cuando procesé lo dictado por Escalante en su libro, concluí que mi amiga habanera y farmacéutica Mercedes Giménez, no obstante su proceder empírico, se acercaba suficientemente a lo dictaminado por el científico mexicano.

Son cuatro los hijos de Verónica. La primera, la hembra,  Ximena, tiene 16 años; le siguen Emiliano, 13, Mauricio, 10, y Jesús, 7.  Cada uno es hijo de padre distinto. El de Ximena era miembro del Heroico Cuerpo de Bomberos; el de Emiliano, taxista; el de Mauricio, fayuquero (persona dedicada a traspasar hacia acá, por debajo de la Aduana, mercancías desde Estados Unidos). Digo eran porque al menos Verónica no sabe si siguen siendo, si están vivos; ellos la abandonaron, se perdieron; lo más probable es que ella nunca más se encuentre con esos padres de sus hijos, algo común en esta ciudad donde, aunque no existan estadísticas sobre el tema —si bien las haya de las idioteces más sublimes que se pueda imaginar—, los hijos abandonados, puestos de pie, cubrirían los cerros.

El padre de Jesús se dedicaba a uno de los deportes (se asegura que es un deporte) más falaces de que se tenga noticia: la lucha libre. Con esto entretienen a una miríada de personas que solo un filósofo muy magnánimo calificaría como tales; las arenas de la lucha libre se repletan; los índices de audiencia de la televisión para transmitir los carteles alcanzan rangos inusitados. Los luchadores saben que el público sabe que ellos lo están engañando, que todo no es más que una pantomima riesgosa. Ambas partes lo saben.

El Enmascarado Café es el nombre deportivo del padre de Jesús; así el nombre porque tanto la máscara como su chort y camiseta son de color carmelita. Cuenta Verónica que el Enmascarado Café era un hombre totalmente distinto fuera del ring, sitio donde debía alardear de sanguinario, de implacable. Ella me ha enseñado dos o tres fotos de él y estoy de acuerdo: su mirada es la mansedumbre, el remanso; la expresión de su rostro en las fotos más bien indica la indefensión, la inocuidad. “Pero este puto mundo —argumenta Verónica—lo orilló a darse de malo, de chingón, para ganarse la chuleta”.

Una noche fatal el Enmascarado Café se fue de banda cuando llevaba a cabo un visaje de cuerda a cuerda para, según el libreto, ir a dar por los aires y de cabeza contra el pecho de su adversario, quien, como es de rigor, ya estaba preparado para “llevarse” el golpe con un movimiento de “succión”. Se fue de banda el Enmascarado, voló por encima de las cuerdas, cayó sobre un entremuros que se hallaba en las lunetas principales. Se astilló, todo lo que es posible en un ser humano, la clavícula derecha.

Hasta esa noche el padre de Jesús gozaba del favor de muchas mujeres y de la admiración de tantas (“la chusma diligente”, diría aquella poeta camagüeyana); pero solo días después ya no era así: únicamente una —cuenta Verónica—se mantuvo firme, amando al ex luchalibre. Y fue con esta con quien, asegura Verónica, se fue el Enmascarado una mañana para no volver, cuando Jesús tenía año y medio de nacido. ¿Acaso —me pregunto—el Enmascarado, con tanta furia dentro de sí, daba por seguro que Jesús era la consecuencia de las trápalas de Verónica Illescas y algún día, de cualquier forma y por esta causa, abandonaría a la madre y al hijo? ¿A la mañana siguiente de esa noche de ronda, cuando el Enmascarado, ya un mutilado del hombro derecho, y un hombre abstemio casi, había bebido por encima de su récord, al despertarse y recordar que la noche antes, derruido por el alcohol, había accedido a la propuesta de Verónica de dejar correr hasta el Nacimiento el embrión que, de él, ella encofraba en su útero, y que le pidió ella, y él accedió igual, se llamaría Jesús? ¿Ya a la mañana siguiente de aquella noche el Enmascarado Café había decidido para sí, como lo hubieran hecho tantos hombres de su más cercana estirpe, que, cuando se le diese el empalme, él abandonaría  a madre e hijo?

En sus tres casamientos anteriores, Verónica Illescas había intentado retener a la otra parte con el ensañamiento sexual que la caracteriza para una situación de urgencia. Pero no lo logró. (En esta ciudad casi ninguna mujer lo logra; los varones nacen quizás con ese virus del abandono. Y lo aplican cuando llegue el momento que fuere, aun si tienen una docena de hijos con la que van a abandonar).

Sí, ella se aprovechó de la borrachera del Enmascarado Café para que este hombre, que era de palabra, la diera y se comprometiera. Por esas fechas los ingresos de Verónica a cambio de los litigios callejeros que llevaba a cabo en su condición de Luchadora Social, iban en declive; necesitaba asegurarse la paz material con las ganancias restantes del Enmascarado, que no habían sido pocas y asimismo era él suelto de billetera con ella y con sus tres hijos. Un hijo, el Jesús, sería el narigón de gracia para amarrar por siempre al luchalibre. Pero no hay plan, ya lo sabemos, que se cumpla como lo hacemos. Luego de que su bolsa bajara casi hasta el fondo y mermaran los honorarios por anunciar en pósteres —atendiendo a su fama aún caliente—ciertos productos, en cuanto las brasas comenzaron a quemar, el Enmascarado Café se fue con “esa puta cabrona que le va a dar la sopa caliente”, cuando Jesús tenía, ya lo dije, un año y medio.

Así, quedó Verónica Illescas con los cuatro hijos dichos, corriendo de un Ministerio Público a otro para protestar lo mismo por la falta de ambulancias en Xochimilco que por una tapa de alcantarillado faltante en Merced Gómez que por el maltrato a un paciente en un Centro de Salud de La Lagunilla que averiguando por la reventa de un automóvil sin documentos; extorsionando, chantajeando, y aun si era preciso vendiendo información al litigante adversario; rijosa —en todas las acepciones de este término—, rasgando las piedras para buscar la ración de los hijos, y los útiles escolares de estos —consideremos que, año tras año, lo olvidan el Gobierno de este país, los editores, las librerías, los vendedores callejeros, en su afán de beneficio propio, que no son niños canadienses quienes necesitan estos útiles.

(Y claro, a la par, Verónica, como la Culipronta Real que es, como la sierva del Sexo Mártir que es, singaba).

Bueno… Hoy ha regresado el Enmascarado Café. Necesita el dictamen médico donde consta que aquella noche su clavícula estalló como un vaso de cristal encentrado por un cañonazo. La Asociación de la Lucha Libre le otorgará una pensión vitalicia; necesita aquel documento, que había quedado en casa de Verónica. Ella lo trae en su bolsa hoy, miércoles, por el mediodía, día y hora de oficio para encontrarnos en mi apartamento. Es raro ver a Verónica Illescas tan pensativa. Así ha estado desde que me enseñara el dictamen, me contara el tramo de la historia que yo desconocía, me dijera que después de tanto tiempo sin saber de él, el Enmascarado la llamó por teléfono ayer, le pidió el favor. Desde las tres a la cuatro de la tarde aproximadamente, de tiempo en tiempo, me ha pedido que la acompañe a encontrarse con el Enmascarado. Ella le propuso la cita lo más hacia el Sur posible, lo más cercano adonde vivo posible: en el Parque Álvaro Obregón, en Insurgentes y avenida de La Paz. Ella está con una bata de casa de tela vaporosa, con estampados de flores rojizas sobre un fondo amarillo pálido. Entre las tres y las cuatro de la tarde ha ido de una a otra esquina del apartamento. Se ha parado en la ventana  para mirar hacia el Sur. De perfil, mediante la transparencia de la tela contra la claridad, se siluetean sus senos; dos lunas oscuras al cuarto creciente. Si se apoya con sus manos en el alféizar para empinar en algo el cuerpo y así mirar a los lejos, sus nalgas se enhiestan contra las flores rojizas; dan la impresión de que exhalan calor.

Se fue a las 4 y 30 y me la imaginé viajando en el segundo microbús —de una de las peores líneas… como decir lo peor de lo más macabro—, vía “San Ángel”, por la avenida Revolución. De pie o sentada, va ella en el microbús dando lumbre; ese anillar, como fucilazos, de su piel refulgente en las tardes claras. Ese vapor que rezuma. La boca, sus labios estriados  expandiéndose en las sonrisas de rigor. Estoy seguro de que en el microbús viaja un tipo, al menos uno, que le estará acariciando el culo puntiparado con la mirada.  Se baja en la avenida de La Paz, en esa esquina donde hay una gasolinera. Los pisteros dejan a un lado el trabajo para mirarla. Ella va con un jeans azul, una blusa ombliguera de algodón color ladrillo, zapatos beis de plataforma, de pala y talón tejidos. Su caballera rizada, negra, copiosa, yéndose a un flanco y otro de su espalda. Atraviesa Revolución, entra en La Paz, calle de adoquines, dos cuadras. Va abriendo brecha hasta Insurgentes, la atraviesa y algún taxista que espera la luz verde la mira directamente al culo; mícricamente al culo. Al llegar a la acera opuesta le sudan las nalgas y el entrepecho; sus pezones, a esta hora más bien de color vino, titubean contra el sostén.

Llega a la otra acera de Insurgentes, se desvía en oblicuo a la derecha. Entra en el Parque. El Enmascarado está en esa franja del Parque. Se acerca a él. Se saludan. Deben sentarse en las bancas más cercanas, pues en donde están las interiores ya empieza a escasear la luz. Ella saca de la bolsa el documento donde consta que el Enmascarado, donde debería tener la clavícula derecha, lo que tiene es polvo armado de la mejor manera.

A las seis de la tarde se empezó a sentir frío. Sobre las ocho ya sería  posible escribir sobre el rezume del cristal de las ventanas. En algún momento escribí en mi Bitácora de los Vencidos: “Me arrepiento de no haberla acompañado (…) me preocupa que salió sin chamarra, y hace frío”.

No mucho después de que llegaran los diez campanazos desde las iglesias cercanas, ella metió la llave en la cerradura. Pasó hacia el cuarto sin mirarme. Llevaba el cuerpo sumido; hacía ya mucho frío. Sus zapatos dejaron huellas de humedad en las baldosas blancas de la sala.

Demoré más de una hora en irme al cuarto. Todo ese tiempo estuve mirando por la ventana hacia lo lejos; se veía allá, empañada, la Torre Panamericana y algunas luces del Centro. Y finalmente escribiendo en la Bitácora.

Levanté la colcha. Estaba con pants y sudadera rojos. Vuelta hacia el otro lado. Apagué la lamparita de noche. Me metí bajo la colcha y ella se volvió hacia mí. Se metió en el nicho de mi cuello. Su cabello olía a yerba.

Sollozó:

—Te pedí que me acompañaras…