La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.Federico García Lorca.
El año marcha bien, hasta ahora. Toquemos madera y procuremos no obsesionarnos demasiado con el futuro, esa sombra que acecha y que no conocemos, ni siquiera esos caballeros engominados del Fondo Monetario Internacional, quizá ellos menos que nadie. Los economistas -y los sociólogos- analizan las cosas una vez que ya han pasado, como si fueran los misterios de Fátima. Pero eso es otra historia.
Para mí el año, como digo, ha empezado con buen pie, aunque no haya caído una gota y el campo esté sediento. Mi padre tenía una pequeña huerta con una palmera y un estanque en el que nos bañábamos los niños bajo el sol de agosto, y también unas cuantas olivas a las que les prodigaba las mismas atenciones y desvelos de un pastor a su rebaño. Recuerdo las manos de mi padre, recias y nudosas, como las raíces de un árbol, señalando el cielo y diciéndose en voz alta, abatido: ‹‹No llueve››, aguardando la manifestación de algún indicio que le hiciera pensar lo contrario. Desde que tengo uso de razón, el agua en mi casa siempre fue motivo de enorme inquietud, y su protagonismo acaparaba casi todas las conversaciones. Todavía hoy, y dentro de poco cumpliré los ochenta, cuando pasan varios días sin caer una gota el ánimo se me pone plomizo, y se me aparece la delgada figura de mi padre escrutando el charco del cielo.
La razón de esta alegría con la que he iniciado 2012 -que según los llamados expertos será un año catastrófico; supongo que vivimos los últimos estertores de un sistema que funciona desde el siglo XV- es estrictamente literaria, como no podía ser de otra forma. El 1 de enero, justo después de enviar el anterior artículo, me sumergí en un novelón de 700 páginas cuya lectura me duró un santiamén. Es un libro que por su extensión tenía reservado para la calma del verano, pero pensé que no estaba en condiciones de hacer planes a tan largo plazo, y me puse con él. Que yo sepa, es una de las mejores novelas de los últimos años, emocionante y divertida (aquí en España lleva ya cuatro o cinco ediciones), pero no pienso dar el nombre. Hasta tres veces le escribí a la editorial para pedírsela y en ningún caso obtuve respuesta. No me molesta que no me manden los libros; a veces, por razones varias, los encargados de prensa no pueden hacerlo y me lo dicen, y yo no tengo ningún reparo en bajar a la librería y comprarlo, como llevo haciendo toda la vida. Pero sí me molesta la mala educación, el que no me contesten a los correos (a mí me cuesta mucho esfuerzo escribir en el ordenador: nunca doy con las teclas adecuadas), así que no pienso mencionar el título de esta novela que tan feliz me ha hecho ni el nombre del anfibio que la publica. ¡Que se chinchen!
Lector de OL: O me dices el nombre o dejo de leer ahora mismo.
Temístocles Roncero: Allá usted.
Charles Dickens es uno de mis escritores favoritos, y según va pasando el tiempo su literatura logra conmoverme más. Creo que nadie como Chesterton ha sabido arrojar tanta luz sobre la obra del genio inglés. Sus personajes memorables, sus tramas sencillas y folletinescas, su sentido de la ironía y su profundo humanismo, han hecho de la obra de Dickens una de las más sobresalientes de la literatura universal. Ahora se cumplen doscientos años de su nacimiento y numerosas ediciones de sus libros proliferan en las mesas de novedades. Raúl Muñoz, siempre atento y diligente, me manda algunos de los títulos reeditados por Alianza: Papeles póstumos del Club Pickwich (mi favorita), Historias de dos ciudades y Tiempos difíciles. Y vuelvo a mencionar la excelente edición de La tienda de antigüedades llevada a cabo por la editorial Nocturna, en cuyo joven y exigente catálogo acaba de incorporase La península de Julien Gracq, una verdadera joya con aroma proustiano.
La editorial Lumen nos trae de nuevo a Borges que, a fuerza de clásico, sigue siendo modernísimo o, mejor, posmodernísimo. Sus relatos le dan la vuelta a la historia en un giro sorprendente del que participan el álgebra, la filosofía y -claro está- la tradición literaria. Todo ello con un tono lírico y melancólico, pues ‹‹no hay nada en la tierra que sea sencillo››. Lean cuentos como “La lotería en Babilonia”, “La biblioteca de Babel”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, o esa maravilla que es “El otro”, contenido en El libro de arena, su testamento narrativo. Borges para siempre, créanme.
Lector de OL: Borges está muy bien, pero queremos saber el título de esa novela que tanto le ha gustado.
Temístocles Roncero: ¡Aire!
Lector de OL: Es usted un rancio.
Temístocles Roncero: ¡Váyase al cuerno!
Me ha gustado mucho Con el agua al cuello (Tusquets) de Petros Màrkaris, autor griego de novela policiaca. Conocía su exitoso prestigio, pero nunca había leído nada de él. El comisario Jaritos (protagonista de otras entregas) se enfrenta a una serie de asesinatos en donde las víctimas son banqueros y gente relacionada con el mundo de las finanzas. Con un estilo muy directo y a base de capítulos cortos, el autor pergeña una historia amena y bien construida, con una Grecia al borde del abismo como telón de fondo. En la misma editorial, aparece la edición en bolsillo de Máscaras de Leonardo Padura (autor al que ya he mencionado varias veces), tercera entrega protagonizada por Mario Conde, una de las sagas policiacas más hermosas que conozco.
Por cierto, y por seguir hablando de género, no quisiera despedirme sin recomendarte Un buen detective no se casa jamás (Anagrama) de Marta Sanz, divertida y lúcida novela protagonizada por Zarco, detective cuarentón y homosexual, que no se calla ni debajo del agua, de cuya verborrea ya tuvimos noticia en Black, Black, Black, su anterior aventura.
Regresa Paul Auster con Diario de Invierno, también en Anagrama, claro. Es curioso lo que ha pasado con este escritor. Antes, cuando publicaba en Júcar y lo leíamos cuatro, era muy apreciado por toda la crítica y por muchos de los que ahora, de resultas de su enorme éxito, lo ponen a caer de un burro. Sin embargo, yo sigo disfrutando como el primer día -si no más- de sus historias irresistibles y llenas de encanto, de sus personajes desvalidos, frágiles, la mayoría de las veces ávidos de literatura, de esa escritura aparentemente sencilla con la que ha ido configurando un universo propio. Diario se entronca con La invención de la soledad y A salto de mata, textos autobiográficos en donde el autor indaga en sus entretelas para hablarnos de sí mismo y, ya de paso, hablar de nosotros también. No te lo pierdas.
Llueve. Ahora me doy cuenta. Estaba tan concentrado en la escritura que no he oído a las pequeñas manos de la lluvia golpear en mi ventana. Me asomo a la calle y la gente camina deprisa, de forma torpe (un madrileño con paraguas es un arma de destrucción masiva), algunos van descubiertos y buscan refugio, una pareja de chavales se besa como si nada, ajena. Es una lluvia muy fina, de esas que parece que no mojan pero que calan igual que todas las lluvias. De repente, bajo el lago de asfalto aparece otra ciudad: intacta y reluciente. Y en una de sus calles, juraría que he visto a mi padre guiñarme un ojo, mojado y feliz.



