Carlos Pérez Merinero o la inconformidad

Por Amir Valle

“Hay que estar inconforme si quieres hacer algo que valga una peseta”, me dijo Carlos Pérez Merinero una tarde lluviosa en el Madrid de 2002, sentados en torno a una mesita redonda, en un pequeño y humoso bar de la Calle de la Cruz.

Llegué allí acompañado de un editor español de cuyo nombre prefiero no acordarme por la estafa a que me sometió con una novela que jamás pagó  y publicó a mis espaldas, aprovechándose de que esas noticias todavía llegaban a Cuba como cuando los conquistadores españoles nos “actualizaban” a través del correo de la flota.

De aquel hombre, con el que estuve conversando cerca de una hora, sólo había leído una novela: El ángel triste, que me había regalado justamente Manuel Vázquez Montalbán en una de las dos visitas que le hice: “te va a gustar. Es tuya”, me dijo simplemente Manolo esa mañana, cuando entró a la habitación y me vio hojeando aquel ejemplar que tomé de un bulto de libros que tenía sobre una mesilla.

Encontré en aquella novela, y en las que leí después, una marca muy personal de ver la vida que hacía también muy diferentes sus novelas. Sus personajes parecían irracionales, violentos, sádicos, pero cuando entrabas en ese mundo te dabas cuenta que no podían ser de otro modo, especialmente porque detrás de esa supuesta conformidad social que obliga a la genta a vivir como ovejas correctas se escondía un alma de oveja negra que, siempre, en algún momento de la vida, se rebelaba.

Pero más curioso aún me resultaba que muchos de esos personajes retratados por Carlos Pérez Merinero dejaban de ser españoles para adquirir la cara de personas que yo conocía en los barrios marginales donde siempre habité mientras vivía en Cuba. Y muchas de aquellas situaciones extremas, violentas, cargadas de sexualidad por él noveladas yo las había escuchado ya en la chismografía de esos mismos barrios, como si de pronto se tratara de un mismo escenario.

Y es que esa es una de las virtudes de la obra narrativa, básicamente en el género negro, de Carlos Pérez Merinero: sus historias transcurren en un escenario humano, así de simple, y ya es sabido que la especie humana es corrupta, violenta, competitiva, agresiva, sádica, sexual por naturaleza, aún cuando las convenciones sociales intenten aplacar esa cruda animalidad.

Hablábamos de la marginalidad en los barrios de Centro Habana, tema que pareció interesarle mucho por la cantidad de preguntas que me hizo, cuando se refirió a la inconformidad como principio del desarrollo de la especie. “Una de las cosas que más persigo en un personaje es construirle una marcada inconformidad”, me dijo, y que ello le permitía trabajar ese contrapunto entre los personajes que llevan esa marca y aquellos que están en el polo opuesto. “De ese contrapunto es que nace el conflicto”, agregó. Y quizás esa temprana confesión, en momentos en que sólo había leído una de sus obras, me ha permitido hasta hoy entender en su totalidad la aportación de este novelista a la narrativa negra española; me ha permitido contarlo entre uno de los más genuinos escritores españoles de su generación y me ha facilitado comprender las claves de toda esa supuesta demencia de sus personajes, algo por lo cual recibió numerosos ataques y etiquetas que, cuando menos, resultan injustas e infundadas.

También, porque lo viví en mis barrios marginales habaneros, pude descubrir detrás de la aparente falta de ética y de responsabilidad personal y social de sus historias una crítica muy clara a la pérdida de esos elementos de “humanización” en las sociedades impuestas por eso que llamamos “modernidad”, un entorno donde el individualismo, el egoísmo y la competencia desleal dejan de ser defectos para ser “estrategias” de vida.

Es Pérez Merinero, además, uno de los pocos autores españoles con una obra donde existe una “poética” que lo haga absolutamente diferenciable: Desde que a fines de los 80 impactara con títulos como Llamando a las puertas del infierno o El ángel triste, y básicamente en  la trilogía “Fronteras de la inocencia” (Razones para ser feliz, Sangre nuestra y La niña que hacía llorar a la gente), este narrador se convirtió en uno de los más originales y polémicos escritores españoles, autor de una de las más insólitas y sólidas obras de la narrativa en lengua española.