Alberto Acosta-Pérez y los caminos de aire de la poesía

Por Luis Rafael

Alberto Acosta-Pérez (La Habana, 1957 - La Habana, 2012). Poeta, narrador, traductor y promotor cultural.

Bajo el discreto maestrazgo que ejerce entre los jóvenes el origenista Eliseo Diego, los poetas de la llamada Generación del 1980 ensayaron una interiorización del coloquialismo que superaba la grandilocuencia del discurso lírico oficial de la década anterior. Entonces la poesía se ensimismó nuevamente, dejando al margen los sucesos épicos de la historia patria, desdeñosa de cumplir una “función social” y deseosa de mostrar el mundo íntimo del artista. Voz entre los ecos, surge en este contexto la obra de Alberto Acosta-Pérez (La Habana, 1957), para presentar en versos, con un tono confesional que denota sinceridad, sus vivencias y preocupaciones existenciales, cual cronista secreto de una época turbia y de recambios, en que las imágenes líricas deben ser interpretadas en su valor reminiscente y simbólico. Su literatura participa del rescate de autores desdeñados por el oficialismo como José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Emilio Ballagas o Julián del Casal, sombras tutelares para la nueva creación, que se empeña en describir una senda espiritual al cabo de la alharaca.

Cuando el también narrador y promotor cultural, Acosta-Pérez, obtuvo el Premio Internacional de Poesía «Gerardo Diego» de 1989, con su libro El ángel y la memoria, se presentó como una de las voces más sobresalientes de las nuevas hornadas de autores cubanos, que indagan en la relación poeta-sociedad y denuncian nuevos conflictos y angustias. Asumiendo desde la palabra la exploración de su ser, el poeta se erige en su condición múltiple y contradictoria, que determina la sensorialidad del discurso y su búsqueda de respuestas vitales, junto a la apropiación transtextual de autores que como Cavafis, quienes iluminan en la sombra su lírica mixturadora de plástica y danza, en imágenes y ritmos.

Su indagación existencial mediante la observación, hedonista o consternada, del cuerpo humano, a veces metamorfoseado en cuerpo social, en ciudad y en patria, se hace evidente también en el peculiar devenir lírico de sus libros: Como el cristal quemado (1988); El Ángel y la Memoria (1990); Todos los Días de este Mundo (1990); La Noche de Paolo (1991); Éramos tan Puros… (1992); Alabanza del Sueño (1994); Monedas al Aire (1996); Música Vaga (2002). La Isla entrañable y odiada de Casal, la ciudad simbólica de Diego o Lezama, no resultan ajenas a su obra, donde poeta y cuerpo urbano, artista y patria, se hacen mismidad: “Yo salgo a la calle y apuntalo a la ciudad que se deshace en heridas, / la ciudad arrojada al matadero con los ojos vendados y la boca muda. / Esta ciudad tan parecida a mí, / a nosotros, / tan parecida que podría ser nuestro doble, / nuestro propio cuerpo adornado con pequeños caracoles de muerte.” Equilibrista en el circo que solo las señales sustancian, Alberto Acosta-Pérez trasluce en sus versos la melancolía ante los momentos idos, irrecuperables; rememora su infancia y rescata de la nada anónima las experiencias que determinan su sensibilidad ecléctica, forjada por los sinsabores y sobrecogida por la condición mortal del hombre. Desde la Isla, patria y ser, el poeta sabe que el único camino posible para la nueva poesía es aquel que, invariablemente, nos “conduce al aire”.