¿A qué razón atribuyes que exista (y sea mencionada varias veces por los panelistas) esa intolerancia hacia «la otra orilla» tanto dentro de los escritores cubanos de la isla como dentro de los escritores cubanos del exilio?
Antonio Álvarez Gil: Yo pienso que plantear el asunto en los términos de «intolerancia mutua» es un modo de desviar el centro de gravedad del debate y sacarlo del sitio en el que debería estar. No puede haber equidistancia entre esas «dos orillas» a las que se refieren con recurrencia en Cuba. Hay una sola orilla, con cientos de escritores que, con dignas excepciones, no se atreven a expresar lo que sienten. No pueden hacerlo, por mucho que traten de demostrarnos lo contrario. Enfrente no hay otra orilla, sino muchas, todo un mundo, el mundo real donde la gente vive y lucha sin padrinos ricos, donde nadie te premia con viajes ni casas ni coches ni puestos de ningún tipo. Si alguien te da una beca o un premio literario, será con toda seguridad porque tu obra o tu trabajo lo merecen. Y es muy poco probable que te exijan filiación política. Podría citar ejemplos de mi experiencia personal; pero no quiero hacerlo. En ese mundo, el mundo de verdad, hay que ganarse las cosas trabajando, fundamentalmente en la soledad de tu cubículo, que es donde se gesta la obra, con la lamparita de mesa encendida y el ronroneo del ordenador recordándote que esa pantalla debe ser llenada de palabras, y que espera por ti. Aquí la única ley que vale es la del esfuerzo constante; en esta «orilla» la vocación se pone a prueba cada día. Y dicho sea de paso, sin mecenas ni editores de izquierda que acudan al rescate de tu obra, como tantas veces han hecho los intelectuales europeos con los creadores de la Isla. En el mundo donde vivimos los escritores del exilio triunfa casi siempre aquel que, de un modo u otro, demuestra fuerzas para luchar, resistencia para llegar y confianza en sí mismo para sobreponerse a los múltiples reveses que lo desgastan en su camino de narrador o de poeta.
Alberto Lauro: A la ignorancia de un bando y de otro, lo cual es un fundamentalismo estúpido entre nosotros los cubanos. Pero esta idiotez parece endémica entre los humanoides… Rusia se perdió la obra de Mijail Bulgakov, Nina Berberova, Irène Némirosvki, Solshenitzen, Anna Ajmátova y Maria Stvetaieva por muchas décadas. Esta lista es inmensa de autores rusos. Nosotros los cubanos la de Dulce María Loynaz durante casi treinta años hasta que España vino a rescatarla con el Premio Cervantes… Y Chacón y Calvo murió en el olvido en Cuba. Y Félix B. Caignet. Y Lezama Lima. Y Virgilio Piñera… En fin, a la imbecilidad humana y al fanatismo que es una lepra humana al parecer incurable.
Arnoldo Tauler: Ampliando el punto anterior debo expresar que si alguna intolerancia existe entre la literatura del exilio y la de Cuba, hay que referirla no al que expresa su pensamiento con valentía y decoro, que es dueño de su palabra y de su pensamiento y no lo vende al oportunismo, al escritor libre dentro de una dictadura; sino al tolerante, al adulón, al comprometido con un régimen que le brinda las migajas de la sumisión y el vasallaje, y claro, la oportunidad de ver sus escritos en blanco y negro para consumo de su miserable ego.
La razón de esta intolerancia es de carácter democrático y humano. No se puede ser tolerante con quien es capaz de arrodillarse ante una banda de forajidos que han asaltado la República para beneficio propio y para masacrar a su pueblo.
Félix Luis Viera: A la incomprensión humana.
Jesús Hernández Cuéllar: La intolerancia hacia «la otra orilla», cualquiera de las dos, que hemos vivido durante muchas décadas, está estrechamente relacionada con el grado de radicalismo político que las esferas oficiales cubanas impusieron a la sociedad, inmediatamente después del triunfo revolucionario de 1959. Las palabras de Fidel Castro a los intelectuales cubanos en 1961 en la Biblioteca Nacional explican el fenómeno: «con la revolución todo, sin la revolución nada». Un elemento que fue fundamental para el encarcelamiento, aislamiento y censura del poeta Heberto Padilla en 1970, además de su poesía contestaria, fue su amistad con Guillermo Cabrera Infante, exiliado en Londres. Durante décadas, las nuevas generaciones no supieron que existía un extraordinario poeta cubano en España, llamado Gastón Baquero, o un extraodinario pintor cubano en Puerto Rico, llamado Cundo Bermúdez. O un extraordinario compositor de música dodecafónica en Estados Unidos, llamado Aurelio de la Vega. Todos estos escritores y artistas cubanos fueron borrados de la historia del arte y la literatura de Cuba. Con la censura y el radicalismo, vino también el miedo de muchos escritores cubanos de la isla. Nadie quería vivir las experiencias carcelarias de Padilla y de Reinaldo Arenas, ni siquiera la de los «parametrados» de los 70, como Pepe Triana, Antón Arrufat y otros tantos que pasaron largos años fuera del esquema oficial. La doble moral atrapó también a los escritores. Y todo esto se reflejó en la obra y en la conducta de mucha gente.
Joaquín Badajoz: No creo en intolerancias colectivas que no estén dictadas por el poder. Lo que llamamos intolerancia, que varía en grado según las personas, depende de la ceguera mental y la mediocridad. Ahora, cuando la intolerancia se convierte en política de estado ya estamos hablando de algo más serio que adquiere carácter colectivo. No creo por tanto que se pueda hablar de la intolerancia como una suma de intolerancias personales —de hecho, a mi personalmente me importa un bledo que ideología, credo religioso o filiación estética tenga alguien, siempre y cuando no pretenda imponérsela a los demás—. En mi caso no he sentido nunca intolerancia en un debate serio, atrincheramientos que partan de un principio de honestidad de criterios. Lo que sucede es que en el tema cubano —¿debería decir el problema cubano, sabiendo que efectivamente estamos frente a un problema?—, en algunos casos pesa más la filiación política que el desempeño intelectual. La intolerancia es esa máscara de bravuconería con que se disfrazan los cobardes, los que temen salirse de un guión que alguien ha escrito de antemano para que ellos interpreten. Mientras exista una política que nos desune —y los escritores sigamos el juego—, existirá «intolerancia» entre los que manejan las intrigas políticas y los más miserables, mezquinos y resentidos de ambas orillas. En el exilio existe, como en cualquier país «normal», una descentralización institucional que permite una amplia gama de intereses y filiaciones, así que es prácticamente imposible decretar «la intolerancia», como los «intercambios culturales» y los viajes continuos de artistas cubanos al «bastión del exilio» ponen de manifiesto; pero, en cuanto a Cuba, mientras la política sea un renglón para evaluar a un escritor o intelectual se seguirá generando un clima de intolerancia patentizado en regulaciones institucionales, libros prohibidos, autores censurados, diccionarios incompletos, estudios vetados. Entiendo que a veces existen razones bien concretas para alimentar animosidad o rencor, pero estamos hablando de la intolerancia como concepto, como marca sociológica o sicológica de un gremio total, el de los escritores dentro y fuera de Cuba. Me parece exagerado hablar de intolerancia entre escritores, entre hombres inteligentes que no sean rameras de algún concepto fundamentalista y excluyente. La intolerancia es un fenómeno reproducido por los ejecutores y creadores de políticas culturales. Esos son, a fin de cuentas, los únicos artífices y los máximos responsables del juego de la intolerancia.
Joel Franz Rosell: No creo que exista ni la sombra de una duda respecto a porqué la literatura cubana, a diferencia de la de otros países, donde las fronteras son meras circunscripciones administrativas, está dividida: la intolerancia político-ideológica y la tendencia a reducir la literatura a un vehículo de ideas es la única causa; todo lo demás son ingredientes secundarios o condimentos de una sopa amarga e indigesta. El escritor que se opone a la continuidad y/o proyecto del régimen político en vigor en Cuba, o del que se teme una manifestación en tal sentido, queda excluido de toda existencia literaria en su patria, sean cuales sean el valor literario y/o el signo ideológico de su(s) obra(s). Como en la otra banda nos publican empresas privadas (situadas en diversos países) y por tanto sin control centralizado «de arriba», no puede pretenderse una situación equiparable; sin embargo, no le neguemos ninguna racionalidad a las suspicacias de la Isla: los escritores emigrados que temen ser considerados por «la Comunidad» amigos o «tibios» respecto al estado de cosas en Cuba, descartan cualquier posibilidad de ser asociados al panorama literario en el territorio que le vio nacer.
No me parece racional que en pleno siglo XXI se pueda considerar –en Cuba o en la Florida- que por el hecho de publicar en el otro lado, un autor se convierte automáticamente en seguidor, instrumento o vocero del susodicho. El escritor que así lo desee, puede militar contra el régimen castrista o a favor de la Revolución (como dirá cada bando) desde su obra literaria o desde fuera de ella, manifestarse públicamente o en privado, radicalmente o con circunspección y hasta con contradicciones. Nada de ello debería pesar en la decisión de publicar a dicho autor en un lado o en el otro (suponiendo que no hay más que dos lados, como si viviésemos en un mundo bidimensional como el de los viejos cartoons).
En cierta época, Cabrera Infante podía acusar de boicot a los medios culturales franceses de izquierda; la última vez que vino a Francia, pudo comprobar que ya no era tan así. Espero que más temprano que tarde en La Habana y en Miami (en Ciudad México y en Madrid, etc) se alcancen la madurez y la serenidad necesarias para superar extrapolaciones, y se acepte que un escritor, independientemente de su obra, pueda expresar, con franqueza aunque con respeto para su anfitrión (editorial, revista o evento), su desacuerdo con determinada conducción política… sin que la cosa acabe en riña, en trifulca (¿en qué? pregunta el sordo… y concluye: ¡Ah, entonces no era tan niña!).
Mientras las comunidades emigradas más coherentes, fuertes y radicales no admitan «en el seno de la cultura cubana libre» al escritor que «se vende» al Castrismo (pudiendo ensalzar al autor de un libro que pierde trascendencia estética en su obsesión por ajustar cuentas… con injusticias que pueden ser flagrantes) y mientras la literatura sea tratada como una cuestión de Estado y como un instrumento político (negándole honradez y calidad literaria a quien no suscriba la llamada -con mayúscula proselitista y no ortográfica- Revolución), la tolerancia respecto a opiniones discordantes será imposible (decía Máximo Gómez: «el cubano, cuando no llega; se pasa») y nuestra literatura, como nuestra Nación, seguirá escindida.
Pero que el árbol no nos impida ver el bosque y las pícaras ardillitas que viven en sus ramas. En los años de más intensa emigración no faltó en Cuba quien supiera aprovechar el lugar dejado vacante para instalarse, y este protagonista precario no ve con buenos ojos al que no «se janeó» los peores años del Período Especial y ahora vendría a disputarle su lugarcito al sol. Que los emigrados tengamos nuestro propio saco de miserias no impide que, cuando viajamos a Cuba, los que se quedaron se sientan inclinados a culparnos de no haber sufrido lo que ellos, como si en lugar de víctimas diferentes fuésemos un órgano vital del victimario común.
Para decirlo claramente: no es solo la Institución sino algunos de sus componentes aislados los que pueden revelarse peores enemigos de la reconciliación literaria cubana.
Michael Hernández Miranda: El tópico de esa «intolerancia» entre escritores es relativo. El exilio no es homogéneo, como sabemos. Hay autores que no permiten la edición de sus libros mientras estén estos militares en el poder. Otros piensan que puede obviarse ese impedimento y que los lectores cubanos al fin y al cabo pueden tener acceso a otra voz, lo cual redundaría en beneficio mutuo. Tampoco entre los autores que residen en la Isla hay homogeneidad. Muchos piensan que al final un libro se publica y nadie lo ve, como se sabe que ha sucedido y sigue sucediendo. Si alguna intolerancia existe es resultado del estado de cosas que impera en Cuba, donde un puñado de generales y muy pocos doctores han acaparado las decisiones incluso sobre qué se publica, qué circula y qué no, han hecho su particular «índex» y si bien luego del caos pos-Muro y la llegada de Abel Prieto al Ministerio se intentó airear un poco el discurso (permisos de residencia en el exterior, premios nacionales a los parametrados, edición de libros de Lydia Cabrera –El Monte-, Severo Sarduy –De dónde son los cantantes-, Gastón Baquero –La patria sonora de los frutos-, libros sobre el propio Gastón como el Premio Uneac de Walfrido Dorta y el Premio Carpentier de Duanel Díaz sobre Jorge Mañach y otros que olvido), la realidad es que se sigue censurando, excluyendo y encarcelando por motivos de opinión. Y ese es un hecho que conocen desde Leonardo Padura y Reynaldo González hasta la muchacha que hizo preguntas en el video del debate en la Uneac. De sobra es conocido que para vivir en Cuba bajo una dictadura la mayoría ha interiorizado que hay que pagar peaje, es decir, callar, jugar con la cadena sin mencionar el nombre del mono, rebajarte a la condición de testigo mudo. Desgraciadamente otros van mucho más allá y escriben/difunden vergonzosas manifestaciones de humillación y pusilanimidad que condena a sus autores al más incorruptible olvido.
Rolando Jorge: Esa intolerancia existe porque hay muchas heridas en los que huyeron y una gran posición acomodaticia dentro de la mediocridad en los de adentro. Actitudes irreconciliables.
Santiago Méndez Alpízar (Chago): Por supuesto hay una muy variada diversidad de gusanos, ya somos muchos los que vivimos fuera de la isla: los hay históricos, historiadores, deportistas, comandantes, ingenieros, matemáticos, revolucionarios, comunistas, policías, liberales, doctores, diletantes, super star,… ceñir la intolerancia de unos cuantos histéricos a una totalidad de la diáspora no es serio, aunque sí ha sido y sigue siendo rentable. Lo otro sería continuar en eternas acusaciones que terminan en las mismas comparaciones; allá son más que aquí y viceversa…La vida ha demostrado que el exilio ha sido no solamente el tonto útil de ambos bandos. Y me refiero a la mayoría de familias, cubanos que constantemente y pese a dificultades, siempre, y digo siempre, han estado ayudando a los que dejaron en el país. Alrededor de mil millones de dólares llegan desde la intolerancia, han estado llegando anualmente para contribuir al desarrollo de la dictadura, a conciencia pues nadie obliga al envío de remesas, más bien siempre las obstaculizan. No estoy seguro, pero sin el soporte que es el exilio, en muchos sentidos, no solamente en el económico, el gobierno de los Castro Brother no hubiera podido tener una vida tan larga…
Estoy convencido que el día que los cubanos podamos entrar y salir libremente del país, todas estas supuestas intolerancia s, tantas veces -siniestramente- útiles para muchos, serán apenas perceptibles.
Waldo Pérez Cino: Las razones son diversas, en abanico que incluye desde las más circunstanciales, triviales a veces, hasta otras muchas más de fondo. Pero lo que las recorre todas, pienso, es la creencia, por lo general compartida por los de adentro y los de fuera, de que el otro lado no puede –no es capaz, simplemente–, de entender o leer o pensar o narrar la realidad cubana, y que no puede precisamente por aquello que lo constituye como lado, es decir, justo por estar «dentro» o «fuera». Por supuesto, esas posiciones simétricas de dentro y de fuera, ambas ancladas a una concepción de la literatura como discurso, vendrían a hacer de la literatura cubana una imposibilidad técnica; no la podrían escribir –ni leer– los de adentro, justo por estar dentro, condicionados por la falta de libertades, rehenes del complejo entramado de una circunstancia social o política que les impediría toda objetividad; no podrían escribirla –o leerla– tampoco los de afuera, justo por estar fuera, condicionados por su condición escindida de exilados, por la lejanía y el desconocimiento sobre el terreno de una realidad a diario cambiante.
Bajo ambas posiciones se esconde un absurdo raigal: que ser cubano –condición ineludible para estar dentro o fuera en esta peculiar acepción– impide escribir o leer la literatura cubana. En lo que tiene de paradójico el fenómeno –es absurdo, no conduce a ninguna parte, pero no deja de haber cierta verdad en ambas posiciones, a la que ambas «orillas» se aferran y dan prioridad cuando leen a la otra– se cifra buena parte, si no toda, de la imposibilidad cubana. Y en ésas estamos.









