Respuestas desde “la otra orilla”

Escritores cubanos en el exilio

Reynaldo González, ante la pregunta de que ¿por qué no se invitan escritores cubanos del exilio a la isla? dijo, entre otras cosas, que «si tuviéramos empezar a invitarlos, no es así», «la patria es esta…», reduciendo el asunto a que los escritores que viven fuera tienen primero que manifestar el interés de ir y publicar en su «público natural»: Cuba. Padura, entretanto, dice que, más importante que traer a un autor es que sus libros circulen en la isla. Ambos, en diversos momentos, insistieron en que la literatura va más allá de posiciones políticas distintas y aseguraron que, entre todos los exponentes de la cultura del país, existe una voluntad de unir ambas orillas. Subrayo la frase porque deja la pelota en terreno del exilio. ¿Qué dirías sobre este tema?

Antonio Álvarez Gil: La frase «todos los exponentes de la cultura del país» me suena en extremo presuntuosa. No imagino, francamente, quién puede decidir los nombres de los candidatos a cruzar los puentes. Sí sé, en cambio, que habrá guardianes a la entrada de estos, vigilantes celosos pidiendo documentación, exigiendo fidelidades a «la patria», certificando tu pertenencia a la «cepa». Por otra parte, la fábula sobre la «voluntad de unir orillas» es algo que se repite cada cierto tiempo, como los ciclones que surcan los mares tropicales o las olas de frío siberiano que asolan buena parte de Europa. Si de verdad esos funcionarios –o autoridades- quisieran que nuestras obras se leyeran en Cuba, no tienen más que dirigirse a las editoriales que producen los libros y comprar algunos para ponerlos a la venta en el país. Podrían hacerlo, aunque fuera en las tiendas de moneda fuerte; podrían vendérselos a los turistas que buscan algo para leer, o a los europeos o norteamericanos que llegan continuamente a Cuba preguntando por los escritores cubanos (¿somos o no somos?) para promoverlos en sus países respectivos. Y para que nos conozcan mejor –según se infiere de las palabras del panel, no es fácil recordar nuestros nombres- podrían divulgar en la prensa cubana las noticias de nuestros premios, publicaciones y demás triunfos literarios, de todo eso que nos ocurre fuera de la patria y lejos del lector cubano. Y, por supuesto, no olvidarse de incluir en ellas algunas líneas sobre los contenidos de nuestros libros. Sería, por cierto, un buen modo de mantener actualizado a ese «público natural», al que se refieren ellos. El día en que veamos algo de eso podremos hablar de voluntad de recuperar a escritores vivos, de ver como un ente único el corpus de la literatura cubana actual. Mientras eso no ocurra, pienso que es inútil tratar de instrumentar cualquier debate serio sobre el tema.

 

Alberto Lauro: Si esto es cierto -que hay motivos para dudarlo- hay que reenviar los restos de los poetas José Mario, David Lago, Amando Fernández, José Ángel Buesa y tantos que han fallecido fuera, que lo que deseaban era descansar en Cuba. Al poeta exiliado Jesús Barquet le han publicado un libro de poemas en La Habana. Ojalá este gesto no sea excepcional. ¿Por qué no hacen un encuentro de escritores cubanos exiliados en La Habana como ya se hizo en Suecia o en España? Que publiquen en Cuba la antología de poetas cubanos de Cuba y que viven fuera de Cuba editada por Felipe Lázaro y Vladimir Zamora en Editorial Betania de Madrid. Creo en la buena intención de Reynaldo González y de Leonardo Padura. Pero no puedo dejar de recordar a la cantante italiana Mina con su canción «Parole, parole»… Demasiadas son las palabras y lo que cuentan son los hechos… Perdonen mi poco optimismo. Como Santo Tomás, ver para creer…

 

Arnoldo Tauler: Resulta risiblemente irónica la propuesta de que los escritores del exilio deben ir a la Isla para publicar ante su «público natural». Me pregunto: ¿el régimen cubano permitiría que en Cuba se publique lo que los escritores del exilio escriben? No me hagan reír. Ni siquiera dejan entrar los libros ya publicados y que, claro, según ellos constituyen una amenaza para la estabilidad del régimen dictatorial.

Para unir las denominadas «dos orillas», idea muy positiva, no hay que secar el estrecho de la Florida, sino acabar de sacar del poder a la dictadura que las separa con un mar de sangre, torturas, fracasos económicos y el total desconocimiento de los derechos humanos.

Aunque, entre nosotros, la literatura digna, la rebelde, la humana de la Isla y la de los cubanos exilados en todo el mundo, extienden sus raíces por debajo de océanos y continentes para unirse en un abrazo de hermandad intelectual que nada ni nadie puede evitar y en el que prevalece un principio de extraordinario valor: la dignidad cubana.

 

Félix Luis Viera: Sí, la patria es aquella, pero no porque así lo queremos estamos lejos de ella. El «público natural» nos lo quitaron. Del régimen depende que logremos recuperarlo. Sé de no pocos escritores que estarían dispuestos a ir a Cuba a presentar sus libros, editados allá, y que renunciarían si fuera preciso a los honorarios por derechos del autor. O que, si bien no pudiesen ir a la Isla, estarían de acuerdo con que sus libros circulasen allá, y renunciarían a las ganancias de las ventas. Ahí les dejo la bola en su terreno.

«La literatura va más allá de posiciones políticas»… Esto debería decirlo el régimen existente en la Isla, y aplicarlo.  Pero no es tan así, toda literatura es política. Si no, pregúntenle a Víctor Hugo, Tolstoi, Bécquer, Walt Withman, Carlos Montenegro, Enrique Serpa, Labrador Ruiz. Hasta la obra de Julio Verne, un gran escritor de libros «mansos», es política, si no, lean la crítica al centralismo en Los quinientos millones de la begún.

Y para finalizar y para adelantarme a las objeciones: he utilizado con todo propósito el término «régimen» en las respuestas, porque mientras a mí me sigan llamando «gusano», «vendepatria»,  «pro imperialista», «apátrida», etc., no me voy a referir al orden establecido en Cuba como «Gobierno» ni a quienes lo dirigen como «Presidente», «General», etc.

 

Jesús Hernández Cuéllar: Es alentador que González y Padura insistan en que la literatura va más allá de las posiciones políticas, y de que haya una voluntad de unir ambas orillas. Así debe ser, así funciona el mundo normal. El punto es que las visas de entrada y las condiciones para visitar Cuba, no las dan, ni las ponen los escritores. La Seguridad del Estado y otros organismos oficiales deciden todavía quién puede entrar en Cuba y cómo debe comportarse el visitante en términos políticos. Esto es lo desalentador. Ningún ciudadano del mundo libre tiene que pedir permiso para entrar en su país. Su país es su casa. Pero Cuba es diferente. Me entristece pensar que los escritores cubanos, sin importar «orillas», simplemente los escritores cubanos, la literatura cubana, hayan estado a merced de los vientos huracanados de la política por tanto tiempo. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez por qué no tenemos un premio Nobel de Literatura, de ninguna «orilla»? Y me deprime pensar que quienes otorgan las visas de entrada y vigilan a los visitantes, son los mismos que organizan los peligrosos actos de hostigamiento político contra las Damas de Blanco, ganadoras del Premio Sajarov del Parlamento Europeo, y contra una figura como Yoani Sánchez, ganadora de múltiples premios internacionales y una de las 100 figuras más influyentes de 2009, según la revista Time.

 

Joaquín Badajoz: Es bien simple. No se puede hablar a estas alturas de un exilio monolítico, sino de una suma de cosmovisiones. Así que la pelota está en una cancha amplia y a veces ajena. No dudo de la voluntad personal de ciertos autores de «unir ambas orillas», pero como diría un viejo comentarista deportivo, la bola está ensalivada. En primer lugar, la patria es una entelequia que siempre responde a la ideología en el poder. Demostrar una voluntad anticipada de volver es aceptar de antemano que estás dispuesto a hacer ciertas concesiones con esos poderes. Una invitación es otra cosa. Se traduce, en mi estrecho cerebro protocolar de conservador de centro derecha, en el respeto al invitado. Como se dice en Estados Unidos, cuando uno invita acepta «the whole package», con todos sus encantos y sus lastres. Una invitación, cuando es honesta, nunca viene acompañada de condiciones. Hay un riesgo calculado, por supuesto, pero al mismo tiempo una distancia intelectual y una voluntad emocional. Cuando uno se (auto)invita, aunque tenga el derecho natural de regresar a su país, cambian las perspectivas. Sobre todo porque ese derecho natural de regresar a tu país no está aún resuelto y por otro lado porque tú patria puede ser una suma de geografías dispersas. Hay muchas circunstancias de la política migratoria cubana que niegan en principio este asunto de que «la patria es esta» o «es de todos». Antes de aceptar esa perogrullada tendría que existir una reforma migratoria total. La patria será aquella, pero hasta hoy unos son más cubanos que otros, incluso dentro de los ridículos estatus migratorios que tienen los emigrantes. Por otro lado, ¿cómo pueden preparar foros de intelectuales de izquierda para que aplaudan a la revolución y no facilitar un intercambio entre autores cubanos de diferentes ideologías? Porque aún les interesa más la política que la nación, cortejar acólitos que resolver los problemas de una nación fracturada por el exilio. Aún los que viven fuera de Cuba siguen siendo «extraños» o son «recuperados» simbólicamente al margen de la cultura nacional. A mí me salta dentro de ese comentario la vieja perspectiva de que invitar a un autor exiliado sigue siendo como convidar al enemigo a cenar en casa. Esa sí es una barrera que hay que eliminar. Y en ese aspecto los exiliados políticos a veces hemos sido más generosos. Que un autor aséptico decida viajar a La Habana, luego de negociar las condiciones de su presencia en la isla, no es señal de nada. Ni siquiera es un acercamiento con la gran literatura del exilio. Pero lo curioso es que no sé a qué le temen: los escritores no tumban revoluciones, ¿o sí?

 

Joel Franz Rosell: Pese a una posición un poco más franca, Padura yerra al pretender que lo que importa es publicar nuestros libros y no invitarnos a la FILH (y a otros eventos literarios en el territorio nacional) puesto que ambas cosas son una en la vida literaria cubana actual. ¡Como si alguien ignorase que hoy todos los libros insulares se publican para la Feria y que libro que no se presente en ella es libro muerto, y su autor un espectro! Por supuesto que hay que publicarnos, pero también han de dejarnos subir a la palestra (ocasiones he tenido de ver cómo escamoteaban la silla desde la cual tenía yo derecho a ventilar mi libro, y que me había sido prometida… ¿en un momento de debilidad?). Pero ¿qué responsable literario de la Isla corre el riesgo de quitarle el cascabel al gato? Nuestro eventual anfitrión se vería obligado a pagar por las declaraciones incómodas que pudiésemos hacer (y que nos serían también descontadas del permiso a volver a visitar el país aunque solo fuese como simple cubano-residente-en-el-exterior).

Por otra parte, ¿por qué los escritores emigrados deberíamos aceptar en la patria un tratamiento diferente al que reciben los escritores residentes en Cuba que sí son invitados a toda clase de eventos en otros países? Si de vez en cuando los organizadores de esos eventos evitan, por iniciativa propia o por presiones de La Habana, convertir una mesa en bello ejemplo de unidad y lucha de contrarios, también he tenido la ocasión de compartir evento con compatriotas de cuyas ideas disiento y hasta de ver al propio Padura junto a paisanos-colegas de otra opinión política sin que nadie se ofendiera ni se autocensurase… en demasía.

Es obvio que Cuba, más que cualquier otro país, tiene la obligación de invitar, publicar y estudiar a sus escritores emigrados. Si nadie puede negar que la Emigración es un componente esencial de la realidad cubana contemporánea desde el punto de vista demográfico o económico, ¿cómo pretender que la literatura en emigración no sea un componente esencial de la cultura cubana posterior a 1959? Incluso aquellos que disponen, como en Estados Unidos, México o España, de un grupo numeroso de colegas cubanos y hasta de cierto «público», no pueden prescindir de la escena insular; como dicha escena no puede autorizarse el despilfarro de prescindir de parte tan notable y complementaria de su cuerpo intelectual… aunque no sea más que porque muchos libros que se estrenan en el exterior fueron concebidos en Cuba poco antes (¿Cuál es la diferencia entre un cubano de Cuba y un cubano de Afuera? Que el cubano de afuera ya se fue).

Algunos escritores, funcionarios y escritores-funcionarios podrían coger la opinión de Padura por las hojas y aceptar que nos publiquen (a algunos), pero no nos inviten a palestras prestigiosas como la Feria del Libro o programas de televisión. Saben que esto implicaría, a la larga, la cuestión de porqué los escritores emigrados no somos tenidos en cuenta por la crítica y las autoridades culturales, y ningún residente en el exterior ha recibido el Premio de la Crítica y mucho menos el Premio Nacional de Literatura. Si acaso nos dan «premios de consolación»; como cierta escritora cuya novela -publicada en la Isla-  fue finalista del Premio de la Crítica o, como este servidor, que ha visto seis de sus libros (solo uno de ellos publicado en Cuba) recompensados con el imperceptible Premio La Rosa Blanca de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC.

Por supuesto, tanto la escritora que no nombro como el abajo firmante viajamos a menudo a Cuba y no decimos cosas demasiado incómodas en momentos o lugares inoportunos.

La falta de recursos materiales es una buena excusa. Es comprensible que Cuba no nos abone derechos de autor en moneda convertible; que no nos paguen pasajes de avión, hotel y restaurante en caso de una eventual invitación oficial a eventos prestigiosos; pero eso no nos hace percibir aún más la presencia de intelectuales extranjeros, en su mayoría latinoamericanos (los que integran cada año el premio Casa de las Américas, por poner un ejemplo). Tengo entendido que en los últimos años (de crisis) esos «invitados» corren con la casi totalidad de sus gastos. Pero tanto hoy como en tiempos de bonanza la mayoría de esos escritores han compensado su estancia en la Isla con la moneda de la solidaridad y/o de la reciprocidad que ha permitido a tanto residente en Cuba –escritor con obra o mero «culturoso»- ser calurosamente acogido y/o publicado allende nuestras fronteras.

… En fin, que junto a tanta gloriosa bandera ondea, en las dos bordas de nuestro común barco, no poco trapo sucio. Bien haríamos en arriar algunos estandartes y conversar como civilizados. Dije arriar estandartes, no arriar conciencias y corazones. Todo el que ha sido herido profundamente, todo el que considera que su lucha no puede ser librada sino en la cruda trinchera, tiene el derecho y hasta el deber de mantener su posición. Pero alguien debe ir a la mesa de negociaciones. Como la economía, terreno en el que el presidente Castro (Raúl) se muestra dispuesto a empezar la apertura, la literatura puede servir de «tierra de nadie», es decir, de tierra de todos en la cual sembrar la Cuba reunificada del futuro.

 

Michael Hernández Miranda: La pelota nunca ha estado en terreno del exilio. Lo creo hoy que vivo en Texas y lo creía firmemente cuando vivía en la calle Carralero en Holguín, muy cerca de mis grandes amigos los narradores y poetas Rafael Vilches y Juan Isidro Siam, escritores cubanos que han sido víctimas en algún momento de la censura más despiadada. O mi hermano del alma Luis Felipe Rojas, poeta y periodista independiente, varias veces encarcelado y golpeado por la policía en presencia incluso de sus dos hijos pequeños. Es decisión de un gobierno desideologizar/descentralizar la toma de decisiones en materia editorial y no poner trabas a la libre circulación de las novelas de Cabrera Infante y Arenas, a los libros de Lorenzo García Vega, a los volúmenes historiográficos y memorias que van desde las de Hubert Matos (Cómo llegó la noche) hasta las de Fausto Canel (Ni tiempo para pedir auxilio) y de tantos otros que han muerto en el exilio y que morirán sin que sus libros lleguen a sus destinatarios esenciales. Estoy absolutamente seguro que cuando el discurso de fondo cambie, ese que continúa intacto por parte de los gobernantes cubanos que execra a los exiliados aunque sepan que son nuestros dineros los que sostienen aquello, y sea verificable una transformación radical de la tradicional actitud revanchista y chantajista que hasta ahora mantienen por orientación expresa de quienes ocupan las pulcras oficinas del Palacio de la Revolución, los escritores del exilio sabrán que el momento del regreso de sus libros al país natal ha definitivamente llegado.

 

Rolando Jorge: Estoy de acuerdo con Padura, la obra es lo importante, que circulen los libros. Cuando no se podía leer a Kafka en su país, nosotros lo leíamos en Cuba. No creo que exista por parte de las autoridades y los intelectuales de la UNEAC voluntad alguna de unir ambas orillas. Sencillamente manipulan, espigan y tergiversan porque temen.

 

Santiago Méndez Alpízar (Chago): ¿No tienen que ser invitados los cubanos que en Cuba viven para viajar al extranjero? ¿Qué tiene de extraño que el Ministerio de Cultura de un país invite a determinados creadores suyos a participar en una Feria, o lo que fuere? ¿No realizan estas funciones los gobiernos? Sería, además, un gesto de buena voluntad, una manera real de establecer un puente sobre la sangrante diferencia que ya nos cunde por más de medio siglo. Hay que aprender a domar la soberbia, calmar los egos. Esto lo saben muy bien los tres panelistas de la UNEAC, y nosotros también.

Con relación al otro aspecto de la pregunta, por supuesto que es muy bueno que se publique, no solamente la obra de los cubanos, toda la literatura prohibida que importa y a la que no tiene acceso el lector isleño.

Igual de importante es que pueda llegar el autor con su obra, o la obra con el autor, como prefieras.

Digo que si se sigue negando la entrada al país a determinados creadores y a la vez publican su obra, entonces estaríamos alimentando una doble moral, una manera insana de curar el asunto. Tiene que existir naturalmente el derecho a regresar al país de uno, aunque luego se haga uso de otro derecho; no ir.

 

Waldo Pérez Cino: Que no hay pelota, ni política o estrategia cultural, del tipo que sea, que pueda arreglar lo que tendría que arreglarse solo. Y de hecho es lo que irá pasando, o está pasando ya. Quiero decir: que cualquier evolución en la manera en que se lee y circula la literatura cubana de ambas partes siempre deberá más a esa literatura, a lo que sea esa literatura en tanto obra, que a los buenos o malos propósitos de cualquiera. De más está decir que sería la mar de saludable eliminar trabas, abrir lo más posible lo que se pueda, instalar un espacio de cordialidad donde no lo ha habido, etcétera. Y eso, socialmente, políticamente, vendría muy bien. Pero sería precisamente eso, no más pero tampoco menos: un espacio de tolerancia cívica. Y de lo que se trata es del sentido que los textos, que la propia literatura, consigan imponer como necesario, como entidad que por sí misma precisa ser leída, comentada, realizada, más allá de tal o más cual orilla. Pensar que eso pueda ocurrir por voluntad política, o sustituir el problema de lo que sean en sí mismos los textos por esa voluntad política es mera ortopedia, me parece a mí. Saludable, sí, cómo no, pero ortopedia al fin y al cabo.