Categoría: Este Lunes

Kirlian y la fotografía del aura

Semyon Davidovich Kirlian

Un periodista describió a Kirlian cuando ya había cumplido los setenta y cinco años como un hombre de cabellera nevada y espejuelos de gruesos aros de carey, con un rostro de asceta que reflejaba una invencible timidez y al mismo tiempo una serena dignidad. Ya en esa época sus fotografías del aura empezaban a tener una valiosa aplicación en varias ramas científicas y habían logrado captar el apasionado interés de prominentes personalidades no sólo de su país sino de casi todo el mundo.

La vida de Semyon Davidovich Kirlian había sido casi tan fascinante como su descubrimiento. Nacido en Ekaterinodar, entonces un pueblito que tras la revolución rusa fue bautizado con el nombre de Krasnodar, hasta los cuarenta años de edad nada auguraba en él un destino brillante: escolarmente  no había concluido siquiera los  estudios secundarios y el único oficio en el que demostró cierta destreza fue el de mecánico eléctrico. Por supuesto que era un buen mecánico, acaso el mejor del pueblo, pero eso no era suficiente para que alguien alcanzara a leer en las palmas de sus manos un futuro promisorio. Tanta habilidad demostró en el oficio que sus servicios siempre eran reclamados cada vez que algún equipo eléctrico, lo mismo una máquina para masajes que un aparato de rayos X, dejaba de funcionar en un hospital. Resultado: muy pronto  fue designado para cuidar del mantenimiento de todas las instalaciones médicas de Krasnodar. Gracias a la seguridad económica que le brindaba el nuevo empleo, decidió hacer lo que llevaba meses acariciando en su mente: casarse con Valentina, una mujer tan excepcional como él, que se desempeñaba como profesora de literatura en una escuela secundaria y que tal vez impulsada no sólo por el amor sino por la pasión que despertaba en ella la fotografía, colaboró  devotamente en  todos los experimentos de Kirlian hasta su muerte prematura en 1971, víctima de una extraña y dolorosa enfermedad que contrajo precisamente por exponerse con demasiada frecuencia a corrientes eléctricas de alto voltaje.

En cierta ocasión, en un hospital se dañó un generador Tesla de alta frecuencia y como decidieron desecharlo, Kirlian se hizo cargo de él, lo trasladó a su pequeña vivienda en la esquina de calle Gorki y Kirov, y finalmente, después de consultarlo con Valentina, lo instaló en la propia recámara que les servía de dormitorio. No le fue difícil ponerlo a funcionar de nuevo, apenas logró fabricar él mismo las piezas de repuesto. Desde ese momento en adelante, según confesó el propio Kirlian, cualquier acontecimiento, bueno o malo, que tocara a su puerta, estaría relacionado con un generador de alta frecuencia. Malo, como ocurrió años más tarde con la muerte de Valentina. Bueno, cuando sucedió algo que nunca hubiera esperado mientras reparaba un generador de alta frecuencia. Kirlian lo refirió después más o menos con estas palabras: “Yo había tenido un  rasguño en la mano, que ya había sanado y no había ninguna señal visible de él. Sin embargo, en el campo de alta intensidad alrededor del generador se veía el rasguño con asombrosa claridad”.

Tratando de desentrañar aquel misterio, Kirlian decidió tomar una fotografía de su mano, utilizando el generador Tesla y una placa fotográfica. La operación era sencilla: colocar su mano en la placa del electrodo y accionar brevemente el generador. Valentina la reveló en seguida  y ante sus ojos apareció algo que parecía una radiografía pero no lo era: la silueta de una mano humana, con los huesos nítidamente delineados. Pero lo insólito de la foto era el impresionante halo que destellaba alrededor de los dedos de la mano. Esa noche ninguno de los dos pudo dormir, pensando con razón que habían logrado registrar en película por primera vez la chispa de la vida, esa energía o vibración  que anima a todos los seres vivientes, y de la cual hasta ese momento sólo habían hablado los místicos o los fundadores de las grandes religiones.

Ese experimento lo habían realizado los esposos Kirlian en 1939, pero ya al siguiente año estaban entregados a una investigación más sistemática, lo que les permitió acarrear una información valiosísima: por ejemplo, no solo que las hojas de los árboles también tenían auras sino que dos hojas de un mismo árbol podían irradiar auras diferentes si una de ellas estaba sana y la otra infectada de alguna enfermedad, es decir si una estaba viva y la otra muriendo. Aun cuando Kirlian no tenía exactamente un sentido religioso de la vida, sus experimentos lo llevaron a creer en la inmortalidad del alma. Decía que se había percatado de ello al ver el último resplandor del aura de una hoja al morir: había podido constatar que el aura abandonaba la hoja pero no se extinguía sino que comenzaba a viajar por el universo.

Kirlian refirió también que después de haber tomado la primera foto del aura, Valentina y él estaban tan entusiasmados con los experimentos que, casi como en un arrebato de locura súbita, se tomaban mutuamente fotografías del aura casi a diario, y así descubrieron que tenían auras de distinto color: a Valentina la rodeaba un resplandor color naranja mientras Kirlian tenía el aura azul  claro. Más tarde comprobaron que cada persona irradiaba un color diferente de aura y que esos colores podían variar de acuerdo con las emociones que estuvieran experimentando. Así gracias a una fotografía del aura se puede saber si una persona se siente deprimida, o si está dominada por el resentimiento, por el odio o el deseo sexual. Incluso puede saberse  si en ese momento está mintiendo o diciendo la verdad. Otro descubrimiento de los esposos Kirlian fue que generalmente las distintas partes del cuerpo humano se distinguen por colores diferentes. Por ejemplo, según las fotos de Kirlian, el área cardíaca es de un azul intenso, la de la axila es verde azuloso y la de la cadera color verde oliva. Lo sorprendente de este descubrimiento es que tales colores coinciden  casi exactamente con los que los clarividentes, desde Buda hasta Leadbeater, habían  observado en las distintas partes del cuerpo.

Después de varias polémicas  en las que se llegó al extremo de calificar a Kirlian de embaucador, su descubrimiento logró abrirse paso en la desaparecida Unión Soviética a instancias del respaldo ofrecido por los más destacados científicos del país, que lo aplicaron muy pronto; en geología para detectar la presencia de minerales, en agricultura para controlar las plagas, y en medicina para diagnosticar las enfermedades. Se llegó a decir que gracias a Kirlian era posible diagnosticar el cáncer en su etapa inicial o mucho antes de que la enfermedad hiciera su aparición. Tal anuncio (de cuyos resultados no hemos tenido más noticias) fue acogido con indescriptible entusiasmo: comenzar el tratamiento de un paciente en la etapa de precáncer permitiría no sólo una inapreciable información sobre el nacimiento y desarrollo de la enfermedad, sino también facilitaría evitar las biopsias de tejidos que a veces requerían intervenciones quirúrgicas difíciles, y lo que resulta aún más sorprendente: pudiera garantizar la curación tanto del cáncer como de otras enfermedades graves antes de que el paciente llegara a una fase avanzada de deterioro físico.

El doctor M. K. Geykin, un cirujano de Leningrado que estudió acupuntura en China, trabajó durante algún tiempo junto a Kirlian en la fabricación  de un instrumento que hiciera posible localizar los 695 puntos de acupuntura en el cuerpo humano, que asombrosamente coincidían con los puntos de intensa luminosidad apreciables en la fotografía Kirlian. Más tarde el físico Víctor Adamenko, también seguidor de Kirlian, pudo construir un instrumento en forma de lápiz que al ser deslizado por la piel de una persona registraba las descargas eléctricas que se producían justamente en esos puntos acupunturales, los cuales según la milenaria sabiduría china estaban relacionados directamente con el estado de la salud. Cuando el lápiz se encontraba sobre cada uno de esos puntos se encendía un bombillo. Si el resplandor era débil indicaba una enfermedad relacionada con ese punto de acupuntura. El sueño de Adamenko era que su instrumento, al que dio el nombre de acupuntero, algún día estuviera al alcance del gran público, de modo que todas las mañanas, antes de salir a la calle, pudiéramos deslizarlo sobre nuestra piel para comprobar si disfrutábamos de un excelente estado de salud o si por el contrario algo no andaba bien en alguna zona de nuestro cuerpo.

El doctor Genady Sergeyev, un renombrado científico ruso, siguiendo las huellas de Kirlian logró construir otro instrumento, al que le dio el nombre de “máquina del tiempo”. Según Sergeyev cada ser humano está irradiando energía constantemente, la cual absorben y conservan los objetos que están a nuestro alcance. Como la energía nunca se destruye esas huellas de energía que hemos irradiado permanecen indefinidamente en los lugares en que hemos vivido o en los objetos que hemos tocado, y en consecuencia la máquina de Sergeyev no haría otra cosa que extraer los recuerdos del pasado almacenados en tales objetos.  Lo que más fascinaba a Sergeyev era que gracias a su máquina sería posible adueñarse de la memoria del mundo, de todo lo que la gente ha pensado y sentido a lo largo de los siglos, y por tanto  llegar a conocer el pensamiento íntimo de las grandes figuras del pasado, que quizás ocultaban a los demás y acaso era el verdadero móvil de su gestión histórica. Una posibilidad que de concretarse, habría que empezar a agradecérsela a Semyon Davidovich Kirlian.

El cine de Europa mira a América: (I) Queimada

Marlon Brando en la película "Queimada"

Gillo Pontecorvo (1919-2006), cineasta italiano, ha sido uno de los directores europeos cuya mirada se ha dirigido a América.La lista es extensa, y sin pretender mencionar a todos, incluye conocidas figuras de relieve internacional: Ridley Scott (Inglaterra-Estados Unidos, 1937), Werner Herzog (Alemania, 1942), Roland Joffe (Inglaterra-Francia, 1945), Constantinos Costa-Gravas (Grecia-Francia, 1933) y Carlos Saura (España, 1933).Dentro del grupo, Pontecorvo y Costa Gravas se caracterizan por una definición política radical de izquierda acorde con el período en el que realizaron sus filmes, la lucha clandestina antifascista, la descolonización en Argelia, la invasión de Hungría por las tropas soviéticas y la guerra de Vietnam.Los mejores ejemplos del cine político de Pontecorvo son: Kapo (1960), vida cotidiana en un campo de concentración alemán; La batalla de Argel (1966), árabes del FNL atrincherados en la Kasbah vs las tropas de ocupación francesa y Operación Ogro(1979), atentado terrorista en Madrid (1973) contra el almirante Carrero Blanco, sucesor en línea del dictador Franco.Un rasgo peculiar de los directores europeos de temas latinoamericanos, es el de enmarcar en una etapa definida de la historia (descubrimiento, conquista, colonización, esclavitud, independencia, luchas sociales del siglo XX), a los personajes de la narrativa cinematográfica.

Y lo han hecho sin que el sentido histórico y/o estético se pierda en la (re) creación pintoresquista de la anécdota o en innecesarios detalles de (re) construcción historicista.

El filme Queimada (1969), de Gillo Pontecorvo es un notable ejemplo de apropiación crítica por parte de un cineasta europeo de un tema común en las historias del mundo colonial de El Caribe y Brasil: la esclavitud.

Queimada, con La Última Cena de Tomás Gutiérrez Alea (Cuba, 1928-1996) y Como Era Gostoso O Meu Francés, de Nelson Pereira dos Santos (Brasil, 1928), constituyen, desde diferentes puntos de vista (tragedia histórica en Queimada, drama histórico- religioso en La Última Cena y comedia antropológica en Como Era Gostoso O Meu Francés) la mejor trilogía fílmica sobre el tema de la esclavitud realizada hasta el presente1.

Queimada contó con un reparto inusual de actores. En la cima la figura de Marlon Brando (Estados Unidos, 1924-2004) que interpretó magistralmente a un agente del Almirantazgo inglés de recorrido por El Caribe en busca de una isla en la cual fomentar la insurrección. «Liberada», la isla seguirá produciendo azúcar con precios que se cotizarán en la Bolsa de valores de Londres y no más en las de Sevilla, Lisboa o París.

Y como contrapartida a la estrella de Hollywood, la de un negro colombiano de nombre Evaristo Márquez que nunca pensó -ni siquiera soñó- en colocarse delante del lente de una cámara – dicho sea de paso lo hizo muy bien- para interpretar al esclavo negro José Dolores, un cortador de caña de una isla propiedad de Portugal que organiza una rebelión de esclavos2.

La fotografía estuvo a cargo del italiano Marcello Gatti que distribuyó proporcionalmente a lo largo del filme los grandes planos de la isla vista desde los mares adyacentes, las escenas de los festejos populares del carnaval, las batallas entre negros armados de machetes y soldados portugueses e ingleses armados de rifles y cañones y los primeros planos de las figuras antípodas del filme: Marlon Brando (el agente colonial William Walker) y Evaristo Márquez (el esclavo rebelde José Dolores)3 .

Los créditos del filme -morosamente insertados con música coral de fondo que repite como en una mezcla de lamento y grito de guerra ¡Abolición, Abolición, Abolición!- anticipan las imágenes que veremos: paisajes edénicos de la isla, negros alzados,

fusilamientos impregnados de un violento color rojo que, durante segundos, se vuelca sobre la pantalla como sangre derramada.

En los primeros minutos, mientras la nave que trae como pasajero al agente colonial inglés William Walker4 se acerca a puerto, un oficial portugués a bordo, le muestra a través de un catalejo -siempre la distancia interpuesta entre los colonizadores y los colonizados- los detalles geográficos, demográficos y económicos que atesora Queimada: superficie 9,370 kms2, 200,000 habitantes, 5,000 blancos y el resto negros y mestizos.

Queimada también es, le dice, la residencia oficial del gobierno de Portugal en el Caribe, la sede del Banco del Espíritu Santo y el más famoso burdel de prostitutas negras y mestizas de Las Antillas.

¿Existió de veras Queimada en el mapa de El Caribe?

Para un escritor o director de cine la pregunta es innecesaria: el artista crea, (re) crea y/o imagina realidades existentes o inexistentes no por capricho o antojo sino guiado por los preceptos de la obra que escribe o filma5.

Si responde un habitante de El Caribe, dirá que es retórica la suposición, cualquiera de las islas de las Antillas Mayores (Cuba, Santo Domingo, Haití o Jamaica) o Menores (Guadalupe, Martinica, Barbados o Granada) aun muestra en el presente las cicatrices del pasado colonial de España, Francia o Inglaterra.

Y posiblemente añada que, en el ámbito de El Caribe, un enclave colonial portugués es cosa de excepción: Portugal en América no se alojó en El Caribe sino en el vasto territorio de Brasil.

¿Entonces, de dónde salió Queimada?

El guión original parece basado en hechos ocurridos en la isla de Guadalupe (Antillas Menores). Y aunque al principio el director pensó en utilizar una isla llamada Quemada que era posesión de España, cambió de opinión y eligió a Portugal como entidad colonial al protestar el gobierno español -aun Franco era el caudillo vitalicio- y declarar el guión como inadmisible.

Cuando desembarca, William Walker trae un plan secreto en mente: (re) emplazar a la vieja administración colonial portuguesa de Queimada por un nuevo estado, formalmente soberano, controlado por latifundistas azucareros blancos de origen portugués amigos de Inglaterra.

Ergo: él, el aventurero William Walker, de triunfar, sería recompensado por la reina de Inglaterra con un título nobiliario y dejaría de ser William Walker para convertirse en Sir William Walker como ya antes, en el siglo XVII, pasó con el pirata Henry Morgan devenido (Sir) Henry Morgan.

La lógica de la argumentación de Walker ante los hacendados y comerciantes de Queimada -representantes de los 5,000 blancos en control de la isla- para que se decidan a salirse del bando de Portugal e incorporarse al de Inglaterra es brutal a la vez que sibilina.

«Entonces, señores, piensen por un momento, ¿qué les conviene más, una esposa a la que hay que vestir, calzar y alimentar o una amante mulata a la que solo se le paga por los servicios sexuales prestados en el lecho?» «O lo qué es igual en términos de economía doméstica: ¿qué tipo de empleado les interesa más como futuro, un esclavo o un trabajador asalariado?»

Los hacendados escuchan a Walker, pero no empeñan su palabra en la organización de un futuro movimiento de liberación. Pareciera que los «hombres libres» de Queimada están tan encadenados al régimen de la «plantación» como los esclavos hasta el punto de que prefieren ser decapitados por los negros como en Haití (1791) antes que atreverse a liberarlos6

Walker, entonces, se voltea hacia el otro lado de la realidad social de Queimada -el de los 195,000 negros y mestizos- en busca de los protagonistas de la futura revuelta y encuentra al negro José Dolores, el mismo que le dijera al descender por la escalerilla del buque («¿Valijas, señor?») y cargara su equipaje.

Lo que sigue es bastante razonablemente predecible aunque el director nos reserve algunas sorpresas (twist) en el desarrollo episódico de la trama.

La revolución, fatalmente, ocurre. Los portugueses son expulsados de su antiguo Paraíso de El Caribe y Walker, cumplida la misión, vuelve a Inglaterra mientras que negros-esclavos- liberados y hombres-blancos-independientes se disputan la isla en ruinas.

Diez años pasan y los barones ingleses de la industria del azúcar buscan en las tabernas de Londres al hombre que puede resolver a su favor la explosiva situación de Queimada.

Ese hombre, es, por supuesto: William Walker, que regresa a Queimada -siempre vestido como la primera vez, traje de dril blanco y pañuelo azul anudado al cuello- no como agente del Almirantazgo inglés sino como empleado de la Royal Sugar Company.

Inicialmente, cree posible un diálogo entre las fuerzas en pugna, pero José Dolores -el negro que cargara sus valijas- y que él azuzara para que se convirtiera en líder de la rebelión, le regresa la botella de ron que le ofrece y asesina a los tres emisarios de paz que le envía.

No hay nada qué hacer, José Dolores asimiló demasiado bien la lección: en una guerra se triunfa o se muere. Y William Walker, experto en guerras, iniciará contra su antiguo aliado una guerra de «tierra arrasada» -clara referencia contemporánea a Vietnam- que irá diezmando a los negros y al final el rebelde José Dolores caerá prisionero.

El gobernador de la isla discute con Walker cuál muerte merece el líder rebelde: ¿ahorcamiento o fusilamiento? Walker ofrece otra solución a la dicotomía: convertirlo en traidor y no en un mártir.

Afligido, con pesar en el cumplimiento del deber de soldado, visita por última vez a su antiguo aliado y corta las amarras para que escape.

José Dolores rechaza de plano la posibilidad de escapar a última hora. Sus palabras sobre el destino de la civilización contra la que se ha declarado en rebeldía acompañarán en el futuro la frustración de Walker.

«Hasta cuando, inglés, la llamaremos civilización occidental»

Finalizada la segunda misión que lo trajo a Queimada, Walker, como diez años antes, pensativo, se embarca en el puerto y la interrogante sobre el lugar de destino -Inglaterra como jubilado de S.M, otras islas de El Caribe como empleado de la Royal Sugar Company o Indochina como en algún momento le comentara a José Dolores- se rompe cuando alguien, a sus espaldas, repite con igual tono las palabras de José Dolores cuando lo viera descender por primera vez del buque: «¿Valijas, señor?».

Walker se voltea, parsimonioso, al escuchar la voz del hombre que, a estas horas, ya daba por muerto.

Pero, aunque negro, no es precisamente el negro José Dolores el que tiene enfrente. Walker vacila unos segundos, ¿es o no es?, mientras el negro, cuchillo en mano, decidido, se lo encaja en medio del vientre y estropea la áurea compostura colonial de Walker quien, para no variar, en el minuto final de vida, sigue llevando puesto el traje de dril blanco y el pañuelo azul anudado al cuello.

Uno de los mayores méritos de Queimada no es solo la dirección de Pontecorvo, la calidad de las actuaciones de Marlon Brando y Evaristo Márquez o la fotografía en colores, también es, last but not least, el empleo de la música en la banda sonora del filme.

Este logro artístico merecería un párrafo aparte para su autor, el compositor Ennio Morricone, quien tuvo la osadía de combinar en la partitura musical los contagiosos ritmos africanos con la severidad clásica de los cantos gregorianos.

Paradojas del arte, el filme Queimada (1969) que se estrenó tres años después de La Batalla de Argel (1966), si bien en sus inicios fue un éxito de público, no siguió teniendo en años posteriores el aprecio del gran público -tal vez por su densidad expositiva- y devino en lo que creo fue el propósito original de Pontecorvo: una realización cinematográfica dedicada a postular, casi didácticamente a través de las imágenes en pantalla, un punto de vista marxista, políticamente radical sobre la esclavitud y «el amanecer del capitalismo en Las Antillas».

Sin embargo, La batalla de Argel, que llegó primero a los cines, no en formato de filme histórico sino con una gran influencia del neorrealismo y el cine documental, tiene en estos momentos de las guerras entre los Estados Unidos y los países árabes, una notable «segunda vida» hasta el punto de que son frecuentes los comentarios en Washington de altos oficiales del Pentágono y «think tanks» del Departamento de Estado:

«Si usted de veras quiere entender lo que pasa en Irak o en el mundo posterior a Septiembre 11 del 2001, no deje de ver el filme de Pontecorvo La batalla de Argel.

Mientras, desde la otra orilla, no del Potomac sino del Nilo, un editorial de la agencia de prensa árabe Al Jazeera, proclamó recientemente a La batalla de Argel, a casi cincuenta años de su estreno, un filme «relevante, intenso, honesto y aun hoy tan impactante como lo fue en su primera exhibición».

Homenaje a Monseñor Pedro Meurice

Monseñor Pedro Meurice

Ante el fallecimiento de Mons. Pedro Claro Meurice Estiú, arzobispo emérito de la Sede Primada de Cuba y conocido en el mundo político cubano como el León de Oriente1, quiero hoy rendirle homenaje. Comenzaré por el territorio de la arquidiócesis.

Durante el episcopado de Mons. Miguel Ramírez, O.P., segundo obispo de Cuba entre 1528 y 1535 se trasladó a Santiago la sede de la diócesis originalmente ubicada en Baracoa. Comprendía todo el territorio de la Isla. Con la creación de la diócesis de San Cristóbal de La Habana en 1724 los límites de la circunscripción se limitaron pues la nueva entidad se extendía desde el Cabo de San Antonio hasta Ciego de Ávila, Morón, y Jatibonico. Sin embargo, se le siguió llamando obispado de Cuba a pesar de habérsele segregado una muy considerable cantidad de territorios. Como se ve el gigantismo de la capital empezaba temprano. En 1803 con motivo de la revolución haitiana se elevó a Santiago a la categoría de arzobispado y se le siguió llamando arzobispado de Cuba. En 1959 los límites de la arquidiócesis coincidían con los de provincia de Oriente: 36 602 km2, era la mayor y la más poblada de la Isla. Durante la prelatura de Mons. Meurice se desgajaron las nuevas diócesis de Holguín, Bayamo-Manzanillo y Guantánamo-Baracoa, todas sufragáneas de Santiago2.

La historia de la arquidiócesis tiene algunos aspectos peculiares sobre los que voy a pasar brevísimamente. El arzobispo Cirilo Alameda y Berea, O.F.M. abandonó Santiago para incorporarse a la Corte del pretendiente carlista “Carlos V” en Euskadi3. Le sucedió el único obispo que ha tenido Cuba oficialmente canonizado: San Antonio María Claret y Clará quien entro en su sede el 16 de febrero de 1851. Hombre de mente amplia obligó a los españoles y criollos que vivían amancebados con negras y mulatas a contraer matrimonio contra lo dispuesto por las autoridades coloniales; además reformó el Seminario de San Basilio  Magno y propugnó reformas a favor del campesinado. Fue objeto de un atentado contra su vida perpetrado por un joven canario que lo consideraba traidor a la causa de España por haber impetrado clemencia para los comprometidos en las labores revolucionarias de Narciso López. Fue después llamado a la corte de Madrid para ser confesor de Isabel II, menuda tarea dados los excesos sexuales de aquella reina a la que el insigne don Benito Pérez Galdós llamara “La de los tristes destinos”. A la muerte de su sucesor Mons. Pedro Negueruela Mendi tuvo lugar un hecho insólito: un cisma4. Es el llamado Cisma de Llorente acaecido cuando el Presb. Pedro Llorente Miquel intentó ocupar la sede santiaguera sin la aprobación del Papa. Este raro fenómeno de 1874 es el único cisma conocido en la historia de la Iglesia Católica en Cuba aunque no dejó secuela alguna. Las guerras emancipadoras determinaron una profunda división entre el episcopado español y reaccionario y los no pocos sacerdotes cubanos que apoyaron la causa de la independencia. Con el fin de la soberanía española en 1899 la arquidiócesis santiaguera recibió a su primer arzobispo cubano, Mons. Francisco de Paula Barnada y Aguilar. A pesar de su categoría arquiespiscopal Santiago era una jurisdicción más pequeña y más pobre que La Habana. Al serle pagada a la Iglesia las indemnizaciones debidas por las desamortizaciones de los gobiernos liberales  españoles en el siglo XIX, a La Habana le correspondió $1 387 083. 75 y a Santiago $360 900. Res ipsa loquitur!5

Es de sobra conocido que en el territorio santiaguero ocurrió hace ya varios siglos la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre. El 24 de septiembre de 1915 los veteranos de las guerras de Independencia, presididos por el general Jesús Rabí, se reunieron en El Cobre y solicitaron del Papa que se declarara dicha advocación de la Virgen María como Patrona de Cuba, cosa a la que Roma asintió6.

Aunque hay otros aspectos interesantes de la arquidiócesis santiaguera me voy a limitar a mencionar al prelado más conocido hasta ahora de los que ciñeron la mitra en esa región, me refiero a Mons. Enrique Pérez Serantes quien pluma en ristre combatió las dictaduras de Batista y los Castro. Por cierto que hoy en día en los libros de texto de historia patria sólo se menciona muy superficialmente la importante actividad de este arzobispo que coadyuvó a evitar que se asesinara a Fidel Castro tras la debacle del asalto al Cuartel Moncada. Era difícil encontrar a un sucesor digno de este prelado, por suerte se encontró en Mons. Meurice. Se dice, aunque no me consta a ciencia cierta, que durante una visita ad limina7 efectuada a los inicios del tercer milenio por los obispos cubanos, el Papa Juan Pablo II al estrecharle la mano a Mons. Meurice, se le quedó mirando a los ojos y le dijo: “Pedro, así deben ser los arzobispos”. Aunque he puesto el aserto entre comillas no me consta que estas fueran exactamente sus palabras. ¿Por qué se lo dijo? Lo veremos más adelante.

Dejo ahora a la arquidiócesis y paso a la hoja de vida del prelado.

Pedro Claro Meurice Estiú nació en el pueblo de San Luis de Oriente8. Su fecha de nacimiento fue el 23 de febrero de 1932. La familia era de medios modestos y oriundos del lugar; los apellidos parecen ser catalanes o franceses. Pedro Claro desde niño tuvo una clara vocación sacerdotal y respondió a la misma ingresando en el seminario de San Basilio Magno en Santiago donde cursó las humanidades y filosofía. Culminó la teología en el Seminario de Santo Tomas de Aquino en la República Dominicana. El 26 de junio de 1956 recibió el presbiterado. Más tarde realizó estudios de espiritualidad en el famoso Seminario Diocesano de Vitoria en Euskadi. También estudió  Derecho canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y siguió cursos de especialización pastoral en Bélgica y Francia. Puede decirse que ha sido uno de los obispos cubanos de mayor  y más sólida formación universitaria en la Iglesia en Cuba. De regreso a Santiago fue designado canciller del arzobispado por Mons. Pérez Serantes de quien, además, fue secretario particular.

El primero de julio de 1967 fue ordenado obispo titular de Taglata en Numidia y auxiliar del arzobispo primado de Cuba. Se nos ha dicho que con sus 35 años era el obispo más joven del mundo. No tengo prueba de ello9.

Pedro Claro era hombre de pocas palabras, algunas veces me dio la impresión de ser tímido, aunque después probaría todo lo contrario. Quizá la impronta guajira nunca se le borró a pesar de sus estudios europeos.  A la muerte de Mons. Pérez Serantes, su mentor, se le designó arzobispo de Santiago. Después fue postulador de la causa para la beatificación del presbítero Félix Varela y designado Velador de la Virgen de la Caridad del Cobre. Desde los inicios de su episcopado se convirtió en un incansable valedor de los derechos humanos, alentando a sus sacerdotes a no ceder en la defensa de los perseguidos a pesar del acoso comunista.

El 20 de febrero de 1980 fue designado Administrador Apostólico de La Habana. Era la segunda vez que un arzobispo santiaguero tenía que ponerse al frente de la arquidiócesis habanera. El primero fue Mons. Barnada a principios del siglo XX. Venía a sustituir a Mons. Oves quien tras larga ausencia había dimitido. Mons. Francisco Oves y Fernández, camagüeyano, había hecho estudios en Europa. Se encontraba entre los 132 sacerdotes expulsados en la motonave Covadonga en 1961. Mons. Zacchi, nuncio apostólico, lo había repescado y hecho consagrar obispo auxiliar de Cienfuegos. Zacchi intentó aplicar en Cuba la Ostpolitik, o sea, la política de acercamiento de Pablo VI hacia los países comunistas de Europa Oriental. Zacchi escogió a Oves para ser el vocero y vehículo de lo que él denominaba “la nueva frontera” de la Iglesia Cubana.  Una manifestación de esta actitud política fue la incorporación “voluntaria” de los seminaristas a los cortes de caña. La Ostpolitik fracasó y esto más otros factores personales afectaron los nervios de Mons. Oves y le llevaron a dimitir.

Cuarenta y cinco días después de la toma de posesión del prelado oriental estalló la crisis de la embajada del Perú  y el éxodo del Mariel con su secuela de actos de repudio, palizas, y desmanes de todo tipo contra aquellos que deseaban abandonar el país y dejar atrás la maravillosa creación social de los hermanos Castro. Se me ha dicho, aunque no me consta de ciencia cierta pero la información proviene de buena fuente, que Mons. Meurice se entrevistó con el Dr. José Felipe Carneado, viejo dirigente del comunismo cubano y designado para supervisar las actividades de las comunidades de creyentes en Cuba. Al viejo estalinista el prelado le manifestó su indignación y la de los demás obispos ante la situación por la que atravesaba el país.  Carneado cínicamente lo negó todo. Meurice, indignado, se puso de pie y dio un puñetazo en la mesa de trabajo del funcionario exclamando: “¡Coño…! tú sabes que es verdad todo lo que te estoy diciendo”. Aunque he puesto entre comillas el aserto, no sé si estas fueron exactamente las palabras del arzobispo. Para muchos este incidente determinó que Mons. Meurice no fuera designado arzobispo de La Habana y posiblemente cardenal. A sus buenos amigos aquí en Miami les alegó que no había querido quedarse en La Habana porque al no haber vivido nunca permanentemente en esa ciudad no se sentía bien en el sofisticado entorno habanero, el cual, creo yo, era más apropiado para prelados amantes de la pompa y circunstancia. Quizá ambas historias se complementen.

Claro que el acontecimiento más conocido y significativo de la vida del arzobispo tuvo lugar en 1998 con motivo de la visita del papa Juan Pablo II a la ciudad de Santiago de Cuba. En el parque Antonio Maceo se encontraba la plana mayor del gobierno presidido por Raúl Castro, entonces el número dos del país, rodeado de sus corifeos y circundado de una inmensa multitud. Allí Mons. Meurice  dirigiéndose al Papa dijo: “Deseo presentar en esta Eucaristía a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido a sus vidas, que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo”.

Y agregó “Le presento, además, a un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que al rechazar todo de una vez, sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran esta como una de las causas más profundas del exilio interno y externo”.

“Santo Padre, durante años  este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto de nación”.

No es necesario subrayar que esta ha sido la mayor y más sonada protesta contra el régimen hecha en público  y en presencia de un jefe de Estado y pontífice máximo de millones y millones de fieles.

Desde esa fecha hasta su muerte Mons. Maurice mantuvo en el complejo entresijo del mundo clerical una línea dura ante el gobierno castrista frente a la más posibilista y dialogante liderada por el arzobispo de La Habana Cardenal Ortega y Alamino. El prelado soportó estoicamente los abusos y tropelías del gobierno: cortes de luz, teléfono, recogida de basura etc, etc., perpetrados por los secuaces del régimen. Protegió a sus sacerdotes disidentes, especialmente al P. José Conrado Rodríguez Alegre, verdadero ariete contra los entuertos gubernamentales. También brindó su apoyo en el marco de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba al obispo de Pinar del Río, Mons. José Ciro González Bacallao, quien por su parte impulsaba el desarrollo de la revista Vitral, dirigida por el laico Dagoberto Valdés Hernández. Publicación elogiada y premiada en el extranjero y condenada y vilipendiada internamente por el castrismo.

Si como se ha afirmado era hombre de pocas palabras en el plano personal, Meurice era sin embargo un formidable orador sagrado. Sus homilías eran escuchadas todos los domingos en la catedral santiaguera cuajada de fieles en un silencio sepulcral. Fue caritativo hasta la exageración. Su organización de la Caritas diocesana daba de comer diariamente a cientos y cientos de necesitados. También acogía fraternalmente a los sacerdotes ancianos o enfermos.

Al cumplir la edad prescrita en el Código de Derecho canónico presentó su dimisión la cual le fue aceptada. Sus últimos años los pasó en El Cobre junto a su Virgen de la Caridad pidiendo por Cuba. En la Isla era conocido como el León de Oriente, como ya se dijo.

Hay hombres que entran en la historia ya sea por su trayectoria, por la semilla relevante que dejan tras sí,  por un arranque de valentía y coraje, o por unas palabras acertadas dichas en un momento adecuado. Mons. Meurice pasará a la historia por todas estas causas.

Desde Pinar del Río, en el otro extremo de la Isla, Dagoberto Valdés Hernández dijo: “Hemos perdido a un gran pastor que vivió de manera valiente, intensa y transparente estos últimos cincuenta años. Fue una voz profética dentro de la Iglesia”. Por su parte y desde el centro de Cuba, Guillermo Fariñas, Premio Sajarov 2010, declaró: “Cuba perdió a un gran patriota y creo que Santiago de Cuba y la Isla completa deben sentirse orgullosas de haber contado con un hombre como él”.

Pedro Claro, arzobispo más que emérito, León de Oriente, ¡descansa en paz!

Monseñor Pedro Meurice (San Luis, Cuba, 1932 - Miami, 2011)

Monseñor Pedro Meurice (San Luis, Cuba, 1932 - Miami, 2011)

La ciudad iletrada

No se lo van a creer: soy español y latinoamericanista. Entre mis devociones están Lola Flores y José Alfredo Jiménez, a la par, España y México, por eso no deja de llamarme la atención la última de la academia universitaria estadounidense: se les antojó celebrar las contribuciones españolas al canon. ¿No se les hace un oxímoron? Lo cierto, en cualquier caso es que tienen que apurarse porque de aquí a poquito no habrá ni departamentos ni academias ni canon; quizás no habrá ni conferencias porque la tecnología terminará con todo este circo –y que conste que a mí el circo me gusta– y lo mismo hasta España se irá con Portugal a la deriva por el ancho océano como imaginó Saramago en La balsa de piedra, haciéndose aún más insular.

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El libro y la lectura en la República

El quehacer cultural en la República ha sido ampliamente estudiado en los últimos años por investigadores de los más variados campos de las ciencias sociales. Sin embargo, se encuentra muy dispersa la bibliografía que hable del mercado y difusión del libro y la lectura en esa etapa.  Este trabajo es un acercamiento a la política y visión de intelectuales, libreros y editores con respecto a esta temática durante aquella etapa de la historia de Cuba.

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Mafalda y la TV

Mafalda, de Quino

La ocasión del 50° aniversario del nacimiento de Mafalda como persona, no como personaje de las historietas de Quino, me valió una invitación del Centro Cervantes de Hamburgo para dar una conferencia sobre la niña más querida de Hispanoamérica. Incluso de Iberoamérica, porque Mafalda é muito conhecida no Brasil.

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Al conocer a Jesucristo, Fina renace con otros valores profundos

Fina García Marruz y su esposo, Cintio Vitier (1921-2009), en una imagen de 1997

Fina García Marruz y su esposo, Cintio Vitier (1921-2009), en una imagen de 1997.

La verdadera humildad

El apóstol Pablo pide a los Filipenses que sean modelo de gentileza y modestia ante los hombres, porque si están con Cristo deben obrar con justicia y honestidad para así ofrecer un ejemplo fiable de ser seguidores del Maestro. Virtud es, en todo caso, la humildad. Virtud es, siempre, anteponer lo justo a la vanidad, a la codicia o al nefasto deseo de detentar altas investiduras.  Antes que Pablo, el salmista ya refrendaba los deseos de Dios para con quien se torna hijo suyo: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos” (Salmo 32:8).

Por ello, todo poeta o poetisa que se alimenta de la Palabra como nutriente vital de su existencia, la abrazará por su talle hasta que se cumplan los Días. Eso le viene sucediendo desde hace más de sesenta años a Fina García Marruz (La Habana, Cuba, 1923), voz cuyo Tiempo no pasa palpitando hacia las ruinas del parloteo; voz Cristiana hasta la médula del alma;  voz absolutamente Humilde porque nace de fecundos silencios; voz Bondadosa con el prójimo porque fue afinada fijándose en la pobreza y en el martirio;  voz Profética que crece y crece para advertir a quienes se dicen (o se sienten) cristianos:

…Hemos corrompido
de mentira y de uso
la palabra
amor,
y ya no sabemos
cómo entendernos: habría
que decirlo de otro modo,
o callarlo, mejor,
no sea cosa
que se vaya, el insólito
Huésped.

 

Como Felipe y el etíope

Fue Cintio Vitier, notable poeta del grupo  Orígenes  (Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Ángel Gaztelu, García Marruz…) quien, cuando todavía eran novios, introdujo a Fina en la Vida de Jesús: “Yo no conocía nada, pero a los 17 años Cintio me leyó los Evangelios. Yo había aprendido, con Juan Ramón Jiménez, a discernir, en la palabra, lo que era verdadero.  Cuando Cintio me lee aquello, por la fuerza de la verdad escondida en la Palabra, me convertí en el acto”.  Leyendo esta declaración de fe no pude menos que recordar el episodio de Hechos, entre Felipe y el alto funcionario de la reina Candance. Claro que lo de La Habana fue algo diferente, pues la oyente no necesitó explicación para comprender la Evangélica verdad. De tal primer entonces brotó este vibrante soneto:

 

Nacimiento de la fe

Nada podría hacer que mereciera
tu altivez o tu júbilo, Dios mío,
sólo puede tu amor llenar el frío
abismo que al nacer mi carne hendiera.

Mas no porque esta cal perecedera
de mis huesos haciendo su albedrío
no sume ver tu cuerpo bendecido
se ha de escandalizar lo que en mí espera,

Ahora que sé, Señor, lo miserable
de esta dádiva y del incierto juicio
que puedo hacer de mi alma impenetrable,

ahora creo, Señor, en tu mirada,
en mi obra y su oscuro sacrificio,
con esa fe que se alza de la nada.

Al conocer a Jesucristo, Fina renace con otros valores profundos.  A partir de entonces Vive la vida fuera de combustiones intrascendentes, de pirotecnias verbales, de puestas en escena irremediablemente abocadas al olvido. Ella se torna más discreta, más Verdadera. Esa frontera logra traspasarla porque se compromete con Cristo y con los seres sufrientes y necesitados. También le abre el corazón ante tanto ecocidio e injusticias cotidianas. Por ello afirma: “No hay nada más parecido al Apocalipsis que los titulares de la prensa de hoy: inundaciones nunca vistas, terremotos, guerras, la miseria apoderada de medio planeta; los cuatro Jinetes, en fin… Pero no te olvides de que el Apocalipsis termina bien.  Cristo dijo: ‘cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca’. Reino que habría de empezar en la tierra, no extraña a ella, ya que enseñó el ‘Venga a nosotros tu Reino’.  Ya en nuestra América empiezan a surgir fuerzas que están tratando de encontrar una solución a la ambición imperial, y aun en los propios Estados Unidos -antes de que se acabe el mundo. La catástrofe ecológica alcanzaría por igual a todos”.

En fin, cuando empieza a orbitar dentro de la ética y estética cristiana es cuando Fina logra desterrar la pérfida arrogancia que socava a muchos seres humanos, creyentes incluidos. Atiendan este edificante testimonio de la autora: A mis diecisiete años yo sabía muchísimas cosas más acerca de la poesía. Como cualquier joven ignorante, lo sabía, naturalmente, todo.  Recuerdo que escribí un tratado de unas cuarenta páginas del que ahora hubiera podido valerme si no fuera porque un pobre hombre, aprovechando mi previsible distracción, me robó la bolsa que contenía el voluminoso trabajo que sólo pude reconstruir después en parte. Por desdicha mía y suya, en la bolsa tenía sólo cinco centavos. Siempre compadecí a aquel ladrón que creyó encontrar algo con qué aliviar su miseria y sólo halló una arrogante disertación sobre la poesía. Con qué aborrecimiento tiraría mis papeles a un rincón. Poesía sería para él un plato de sopa bien caliente, un colchón nuevo, un abrigo.  Muchas veces imaginé el miserable cuartín en que debió haber abierto su desolado tesoro y me sentí maldecida por aquel desconocido que esperaba, sin duda, otra cosa mejor. Poder reparar de una vez por todas ese error, no defraudar de nuevo esa esperanza, siento que es lo único que nos daría a todos el derecho para volver a hablar de la poesía”.

 

Máxima prueba de cristianismo integral

Fina García Marruz, digámoslo bien alto y claro, es una Poeta cristiana de principio a fin.  En su obra no hay altibajos en cuanto a esta modulación que nidifica tanto en el planeta de su alma como en las plegarias desnudas de su ejemplar decir y actuar en consecuencia.  Y claro que unas veces las apariciones del Evangelio (integral) resultan evidentes y otras no tanto, pero lo cierto es que ningún antólogo o crítico podrá soslayar esta impronta o cruz tallada en su corazón.  Quien así lo haga, merodeando por otros temas, elucubrando arrugadas conjeturas en cascada, traiciona en buena parte el mensaje de una cristiana que nunca, ni antes ni después de la revolución, renegó de su fe. Se puede ser incrédulo o agnóstico, pero si no se es veraz y riguroso en el análisis de su obra, es mejor que se dediquen a otros autores más herméticos o más grandilocuentes en su desafección a Cristo. Una prueba positiva de correcto abordaje académico lo acaba de realizar mi buena amiga Carmen Ruiz Barrionuevo, catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, prologando y cuidando la edición de la recomendable antología ¿De qué, silencio, eres tú silencio? (Universidad de Salamanca, 2011, pp. 304). Tanto el título, primer verso de un conocido soneto a lo divino, como la selección de textos, dependió de Fina García Marruz, quien marca así, una vez más, la senda por la que camina y por la cual invita a que otros conozcan sus recreaciones.

Entonces, a quien la lee u oye, parece decirle: “No sabes de qué lejos he venido/ a la mesa y al pan de mis hermanos/ de mí serenamente desprendidos…”. O pide a Dios, abiertamente, por los mártires, por los héroes de la resistencia:

(…)
 Dios mío, tú no les darás a los que padecieron atrozmente
por la justicia, a los enterrados vivos,
a los que les sacaron los ojos o les arrancaron
los testículos, a los amenazados
en lo más vulnerable, la mujer o los hijos,
tú no les darás la gloria efímera de un nombre
que se repite vagamente en las conmemoraciones patrias,
un día que sirve para que vayan a las playas
o el estudiante se reúna con su novia,
tú no pondrás su retrato a la puerta del taller
o le pondrás su nombre a alguna escuela,
tú no les darás esos premios hermosos,
pero sin duda definitivamente insuficientes

 (…)

E integralmente, expone lo hondo de su sangre filtrada en el Evangelio. El poema  “Transfiguración de Jesús en el monte”,  aunque extenso, merece ser reproducido en su totalidad, entre otras cosas porque dice lo que dice (y cita lo que cita) y, también, porque no se encuentra en ninguna de las muchas muestras de poemas suyos que circulan por la Red. Fue escrito el domingo de Resurrección de 1947.

 

Transfiguración de Jesús en el monte

“Y después de seis días, Jesús toma a Pedro, y a Jacobo,
y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto:
Y se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su
rostro como el sol, y sus vestidos fueron blancos como la luz”.

(S. Mateo, Cap. 17, 1,2.)

“En tanto que Israel se agitaba todavía entre la adúltera y el justo, el mercader y el mancebo;// en tanto que discurrían por los gastados tapices de las calles susurradas y sagaces los escribas de la Vieja Ley;// y en el templo los animales eran ofrecidos con ojos rápidos y diminutos y hondas inclinaciones del cuerpo;// en tanto que las calles empinadas y estrechas olían a comida simple y brutal y se obedecían las prescripciones;// y el paso lento de los fariseos y el paso rápido de los mercaderes se entrecruzaban en el mismo paño gastado y minucioso;// en tanto que una tiznada intimidad se pegaba a los cuerpos como un manto muy usado,// o ese lugar sabido hasta la dulzura y la angustia y al que nunca podremos sorprender de nuestra propia alma;// y las casas sucedían como las razones de una discusión de que ya conocemos todas las partes;// en tanto que la virtud era una abstención justa para las santas mujeres y para los cautos fariseos,/ o era a lo sumo en los mancebos misteriosos el rumor aún oscuro, aún presentido, de una fuente lejana;// he aquí que Jesús ha tomado de la mano a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los ha llevado al monte./ Él los conduce suavemente mientras que en círculos celosos, susurrantes preguntan quién es Aquel que se aleja con el gesto del que regresa;// mientras el humo de las murmuraciones los va agrupando en círculos ya lívidos, ya purpúreos, que van a morir en la espalda de los hijos de Zebedeo;// el aire se deja atravesar gozosamente por el pecho delicado de Jesús, por su paso urgido de tan dulce modo por el llamado inaudito del Padre.// Jesús camina con Pedro, con Jacobo, con Juan, grabados en la luz próxima e inmemorial;// traspasado traspasa el paño de la angustia e impulsa los vitrales;// hasta ahora Él les había mostrado sus palabras, pero ahora les ha de entregar también su silencio;// hasta ahora ellos han conocido su compañía, pero ahora les ha de entregar también su soledad;// he aquí que ya Él no es más un maestro dorado en la luminosa tristeza de las palabras;// por primera vez ejercita un acto que le es totalmente propio;// pero entonces ha visto a Pedro y a Jacobo y a Juan tan pequeños y pobres, y los ha llevado al Monte.// En el Monte su cuerpo no resiste a Aquel que nunca supo pensar nada que no pudieran compartir su pecho o sus dos manos;// oh, difícilmente podríamos comprenderlo, Él se ha vuelto totalmente exterior como la luz;// como la luz Él ha rehusado la intimidad y se ha echado totalmente fuera de sí mismo;// mas no como el que huye sino como el que regresa, Él se queda con su parte como el que divide un pan;// como la luz Él recuerda la fuente que mana en lo escondido y ocupa la extensión justa de su nombre;// mas no como el que se olvida sino como el que recuerda, o el que sirve una cena sencilla;//como la luz se devuelve a los ojos inmensamente abiertos de Pedro, atónitos de Jacobo y cerrados de Juan;// y Pedro ve a Moisés, y Jacobo ve a Elías, y Juan ha visto a Cristo.// Para ellos se ha tornado un objeto de contemplación, como un astro puro en la mirada del Padre://se ha ofrecido totalmente para ser contemplado en la luz como después se ofrecerá para las entrañas absortas del pecado en el Calvario;//como la Luz ha olvidado sus deseos y lentamente penetra el cuerpo real de su pensamiento secreto;//derramado restituye un misterioso cántaro, y alza el diálogo de la Samaritana;// las catorce generaciones desde Abraham hasta David, huésped de la medida misteriosa, tañedor de alabanzas;// las catorce generaciones desde David hasta la Transmigración de Babilonia;// las catorce generaciones desde la Transmigración de Babilonia hasta los pardos silencios de José,// álcense y regocíjense porque en este instante una multitud se estrella en la boca del salmista como espuma;// y el silencio es una familia sagrada y una lámpara que une sin tocarnos como los recuerdos;// y el pardo de las tardes sobre los bueyes del nacimiento, y el pardo de la espera y de José no es ya la sombra escogida por Dios para revelarse;// porque esa sombra ha nombrado la luz que le velaba el rostro hasta conmoverla.// Mientras a Pedro le tiemblan los cabellos contados, el ojo justo e injusto, la mejilla mosaica;// y Jacobo tiembla por la muchedumbre de pecados de su pueblo como por algo en nada distinto a su memoria o su esperanza,// Juan siente pena de Dios por su Alegría indecible y quisiera en este instante poderlo recostar contra su pecho; mas tiembla.// Ahora ya no es sol que nos alumbra y se oculta cegadoramente, sino que la Luz por vez primera como nube los cubre y se revela en su gloria;// pero Jesús la corrige suavemente porque ha vuelto a sentir lástima de su privilegio de heridas;// y porque la Luz podría anonadar los semblantes amados de sus discípulos que esperan;//de modo que cuando Jesús modera el rayo de luz viva y el Horno subidísimo de su dicha para decirles «no temáis»,// ellos sienten que dentro de su corazón alguien los ha llamado misteriosamente por su nombre;// y comprenden su virtud o su cuerpo no ya como una abstención justa sino como el niño a quien una visión deslumbrante hace arrojar indolentemente una moneda de la mano;// y la moneda salta en la fuente como la infancia o las cuarenta y dos generaciones desde Abraham hasta ese día;// como la infancia que acuña nuestro Rostro allí donde no puede ser despertado”.

 

Premios y siempre una silenciosa humildad

A este torrencial poema de Amor al Transfigurado galileo, escrito a la manera bíblica, en versículos, bien podemos mostrar otro poema que está en las antípodas, en cuanto a la forma. Así,  “Cine mudo”,  pareciera un hayku escrito por Matsuo Basho:
 

No es que le falte
el sonido,
es que tiene
el silencio.

Se ha destacado, por la crítica especializada, tal silencio en la obra de Fina. Pero más que silencio es Eco haciendo torniquete al parloteo de gala de quienes rodean el huevo de la Paloma. Cuando le piden entrevistas o declaraciones, ella contesta: “Me siento en esos casos como una violinista a la que le piden un concierto de flauta. Yo me comunico mejor con el silencio, sin el que no se podrían dar la poesía, la música, ni el encuentro con uno mismo”. Más que silencio, lo suyo es humildad, encogerse para crecer.  Ella, siempre apostada en un segundo plano, no ha podido impedir algunos reconocimientos destacables: Premio Nacional de Literatura (Cuba, 1990), Premio de Poesía Iberoamericana Pablo Neruda (Chile, 2007); Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (Salamanca, 2011) y Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (Granada, 2011), entre otros.

Pero Fina con la Humildad por delante, siempre, sabedora de equívocos o postergaciones, de olvidos o de incontables buscadores de preseas y reconocimientos.  En esto es contundente: “Ante un premio… uno piensa siempre en tantos escritores que lo merecían, y no lo recibieron. Martí, ‘el hombre más puro de nuestra raza’, como lo llamó Gabriela Mistral, no tuvo sobre su pecho más que una medallita escolar que recibió a sus nueve años. Eso obliga a una gran humildad”.

 

En Salamanca, con Cintio

Conocí a Fina en 1995, cuando vino a Salamanca para un encuentro sobre Martí. Aquí estuvieron Cintio, Fina y Roberto Fernández Retamar, entre otros. Mucho hablé con esta pareja de esposos-poetas-cristianos. Para otra oportunidad comentaré de cómo Cintio Vitier me habló de la Biblia y de sus Poetas. Hoy sólo recordar parte de la charla con ella, la que se centró en la obra de Gastón Baquero, grande amigo suyo en La Habana, antes de que saliera para su exilio español.

La Fundación Central Hispano (hoy Santander) nos había encargado -a Alfonso Ortega Carmona y a quien esto escribe- iniciar con Gastón Baquero una colección de rescate sobre la obra fundamental de autores poco acogidos por editoriales comerciales. Una de las tardes de su estancia salmantina, llevé al Colegio Mayor Fonseca las pruebas de la Poesía Completa que habíamos reunido con el propio Gastón. Fina, tan gentil y delicada, al momento se percató de que faltaba al menos de un poema, uno del que ella conservaba el original. En cuanto volvió a su país, por intermedio de Carlos Barbáchano me hizo llegar, “Qué pasa, qué está pasando…”, poema escrito por Baquero a los diecisiete años y que Fina conservaba desde entonces, cuando él se lo regaló. Cintio y Fina en Salamanca. En abril del año pasado, al comunicársele la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que patrocinan la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, Fina atinó a decir: “Yo sé que Cintio está en ese Premio”.  Cintio Vitier había fallecido en octubre de 2009.

 

Cristianismo sin banderas

José Martí es referencia ineludible en la obra poética y ensayística de Fina García Marruz, quien, desde 1962 hasta 1987, cuando se jubiló del Centro de Estudios Martianos, estuvo trabajando en ensayos sobre el proteico escritor, así como en las  Obras Completas  del denominado Apóstol de la independencia cubana, quien, además, tenía notoria raíz cristiana, como podemos apreciar en esta estrofa: “Cuando al peso de la cruz / el hombre morir resuelve,/ sale a hacer bien, lo hace y vuelve / como de un baño de luz”. Libertad, cristianismo, pobreza. En un poema, basado en una foto de la estancia de Martí en Jamaica, escribe: “Su traje me conmueve/ como una oscura música/ que no comprendo bien. / Todo palabra pobre”.

Esa apertura de visión que tuvo Martí también prosigue en Fina García Marruz, pues no es ciega al comentar su balance de los inicios del cristianismo, de su adocenamiento político y de lo que con él hicieron al transplantarlo a tierra americana:  La primera víctima del Imperio fue Cristo, y sus seguidores, a los que con crueldad característica el Imperio echó a los leones, en lo que Martí llamó ‘los primeros cinco siglos puros’ de la Iglesia -a los que acaso añadió uno, ya que fue en el Siglo IV que el Emperador Constantino se proclamó cristiano sin serlo. Él puso a la Iglesia al servicio del Imperio, y no al revés.  El nada ‘católico’ Rey Fernando  -no así la Reina Isabel que sí se preocupó por los indios-,  trajo un Cristo ‘impío’, ‘inquisitorial’, y no al de los ‘brazos abiertos’, como diría Martí. Fue una gran traición al verdadero legado de Moisés,  a quien, a su llegada a Caracas, Martí dedicaría su gran discurso, desdichadamente perdido”. Veamos una muestra más de su cristianismo ecuménico, sin banderas. Tras la muerte de Martín Luther King, Fina escribe (el Martes de Pasión de 1968) este poema dedicado al pastor protestante, coloquial y anecdótico al principio; conmovedor al final:

 

En la muerte de Martin Lutero King

Yo soy el Tambor Mayor de la Justicia

 Un día antes de morir
 Martin Lutero King
 con voz profunda, mojada
 de negro júbilo, dijo
 en su último sermón:
 «No importa ya lo que pueda
 pasarme, porque he visto
 la Tierra Prometida «.

 Go down, Moses.

 Poco antes de morir
 Martin Lutero King
 se asomó al balcón y dijo
 al chofer que lo esperaba
 -Salomón Jones, ya bajo.
 -Oh, tenga cuidado, Dr. King.
 El tiempo está hoy muy frío.
 -Gracias, hijo, él contestó.
 Voy a buscar un abrigo.

 Go down, Moses.

 Un minuto antes que asesinaran
 a Martin Lutero King.
 Poco antes que bajara
 a la muerte el manso hombre.
 Salomón Jones se lo dijo
 que los tiempos eran malos.
 Él iba a buscar  su  abrigo.

 No dejaron que lo hallase.
 Entonces, lo abrigó el Señor.

 Go down, Moses.

 

 

Muestra del evangelio poético de Fina

Volvamos a la Humildad de Fina García Marruz; volvamos a sus propias palabras: “Todo poeta sabe que los poetas son los otros, los que no escriben versos, y no sólo los servidores magnos… sino aún los más humildes, la hermana que cose en la habitación de al lado, la bocanada fresca que entra cada mañana cuando abrimos la puerta, el canario en el balcón. Una mujer que se sabe bella, ya lo es menos. Del mismo modo, nadie podría ‘sentirse’ poeta sino por ese único punto en que deja de serlo, y quizás sólo hemos sido verdaderos poetas en los raros instantes en que no nos dimos cuenta de ello. Pensé iniciar estas palabras diciendo que yo no sé lo que es la poesía. Pero después de la famosa frase del más sabio de los hombres me temo que ésta sea una declaración demasiado arrogante”.

Aunque Fina publicó varios libros sueltos y otros de ensayo, su obra poética principal está acopiada en tres volúmenes: Las miradas perdidas (1951), Visitaciones  (1970) y  Habana del centro  (1997). A ellos se suma la excelente antología prologada por Carmen Ruiz Barrionuevo, y otras tres antologías resaltables: Antología poética  (México, 2002, a cargo de Jorge Luis Arcos);  El peso de las cosas en la Luz  (Buenos Aires, 2006, a cargo se Susana Cella) y El instante raro  (España, 2010, a cargo de Milena Rodríguez Gutiérrez.

Puesto que resulta difícil encontrar sus poemas cristianos, al menos en la Red, les dejo con una amplia muestra (no completa) del magma que ha dejado aflorar desde su radiante intimidad.

 

Nacimiento

 ¡Oh pardos tonos de tu mansedumbre,
 árboles pardos en la tarde parda,
 echando al alma quieta las vislumbres
 de un sacro umbral de oro y esmeralda!

 ¡Sombra de Dios; color de lo que tarda,
 qué familia convocas con tu lumbre
 que en torno a tu pesebre se levantan
 árboles como lentas certidumbres!

 Sombra de Dios, color de lo que pesa.
 Como un pueblo de oro se despierta
 de una cítara, siento tu pobreza

 sobre los bueyes pardos, sobre el día,
 tan bella, que allí quiero quedar muerta,
 pues tu sombra es, mi Dios, ya la Alegría.

 

Angelus

José, el carpintero, construye una mesa para unos desposados de Samaria./ Los jóvenes esposos le han encargado una mesa para la familia que de ellos crecerá./ Una mesa de madera fuerte, sólida y duradera que no socave el tiempo./ Una silla principal para el esposo, las otras para ella y sus futuros hijos./ José alisa la madera de roble con amor, ha empezado a trabajar en las primeras horas del día,/ y no cesará antes de haber concluido el encargo urgente y tierno de construir una mesa./ Una mesa amplia y fuerte para los jóvenes desposados de Samaria./ Una mesa para reunir a la familia para el comienzo de la mañana y después de la jornada de trabajo hacia el fin de la tarde./ Una mesa para bendecir el pan de cada día./ Y su hijo, aún un tierno joven de apenas doce años,/ 1e alcanza, uno a uno, los útiles de trabajo mientras él aserra la madera, y de la que se desprende el rizado aserrín que le salpica el delantal de oros leves!/ Hasta que ahora el hijo le ha alcanzado los clavos son precisos para que se junten los maderos de mesa./ Los clavos que fueron hechos para fundar una casa, una mesa./ José toma los clavos de sus manos cándidas, oh escena que debiera ser recogida en algún noble lienzo!/ Oh escena que de ningún modo pertenece al pasado!/ Oh día en que se hizo una mesa fuerte para una familia que aún no había llegado ayudado por niño!/ Oh día en que los clavos no hirieron las palmas de la mano!/ Oh mañana lanzada como un astro a una tierra imantará toda nuestra desdicha hasta tornarla un sol!/ José, el carpintero, prepara una mesa para unos jóvenes desposados de Samaria./

 

Monólogos (8) San Juan, Cap. 11

 Cese el omnipotente funeral,
 la procesión de adentro aulladora,
 que es un ahora y siempre todo ahora
 y no se puede echar un día atrás.

 Se puede una montaña descuajar,
 mudarse en hombre un niño, en oro el mar,
 puede el trueno el rugido trasvolar
 en nube negra, alción, tormenta o sal.

 Pero el día que fue no cambiara.
 Cese el juicio incesante, el tribunal
 del oro cese, callen las culpas lázaros

 que nos cargan la espalda. Rompe, mece,
 Señor, burla la cuenta, haz el milagro.
 Van cuatro noches v el cadáver hiede.

 

Al buen ladrón

Cuando dudó Dios mismo, tú creíste.
Los discípulos se habían ido lejos
por el temor dispersos. Tú pediste
oh Dios, verte en un hombre, en un reflejo.

Querías darnos aún el poder darte
algo a Ti mismo, pero nadie había
en torno. Ah, cómo la piedad misma te hería
de las mujeres. Vieron al alzarte

tan sólo a un hombre desdichado,
a un triste. Tú sólo viste a Dios en las heridas.
Y qué audacia de fe la que tuviste

al pedir y al pedirle nada menos
que a las clavadas manos impedidas,
la memoria, la sal, la Vida, el Reino.

 

Nicodemo

Nicodemo fue el que llegó de noche.
Sus preguntas, como el cuenco de la noche.
Eran las preguntas que hace la noche.
Cauteloso llegó, oh misteriosamente.

Si pregunta, atraído, ¿es que sabe, presiente?
Echa la red del no saber el cauto viejo.
Y se cuela el pez vivo Y todavía pregunta
(por redada mayor): “¿Señor, y cómo será eso?”

Y él le responde, como el Arcángel a la Virgen,
que el espíritu habría que cubrirlo con su luz,
“Si nace de nuevo del agua y del espíritu…”
pero no entiende el viejo, el que venía de noche.

“¿Señor y cómo un hombre puede nacer de nuevo,
entrar de nuevo en el vientre de su madre?”
La noche rapaba a jirones las palabras
y no oía: “Sí naces de nuevo
en el agua, en el Espíritu…”

Pero muerto Jesús, Nicodemo,
se llegó a su sepulcro.
Trajo una mezcla de mirra y de óleo.
Y lo ungió, sin comprender, todavía,
en la noche.

 

Ánima viva (6)

Ánima viva ¿quién podrá enseñarle
espanto que no hayas conocido?
Ardiendo, inerme, retemblando, en vilo,
en grupillos de indios, ignorante.

como pelota que azulea? ¡El vivo
aliento, una y mil veces negado!
Ahogada tu madera y bien ahogado
el puño indescriptible y su pedido.

¡Hora es que nadie oye, en que se alza
 la víscera en el clavo, el dolor sobre el pecho!
¿Te humillará el sepulcro que te abaja

 a la tiniebla, si como el Verbo has sido
viviente entre los muertos, sol del ciego,
en órdenes menores sumergido?

 

Visitaciones (10)

“Amigo, el que yo más amaba,/venid a la luz del alba”

 Cómo ha cambiado el tiempo aquella fija
mirada inteligente que una extraña
ternura, como un sol, desdibujaba!
La música de lo posible rodeaba tu rostro,
como un ladrón el tiempo llevó sólo el despojo,
en nuestra fiel ternura te cumplías
como en lo ardido el fuego, y no en la lívida
ceniza, acaba. Y donde ven los otros
la arruga del escarnio, te tocamos
el traje adolescente, casi nieve
infantil a la mano, pues que sólo
nuestro fue el privilegio de mirarte
con el rostro de tu resurrección.

 

Los siete días

Tus siete días como siete lámparas
encendidos están eternamente.
¿Quién los tocó jamás? ¡Los astros solos,
a solas con tu anhelo solitario,

a solas con tu voz, soledad plena,
a solas con tu nombre, realizándolo!
¡Oh los astros, los pobres como esencias,
los astros duros como ojos de ángeles!

Tus siete días como siete espadas
dividiendo la luz de las tinieblas.
¿Quién los tocó jamás, quién los defiende?

¿Y quiénes somos, di, que no pudimos
conformarnos con ser, desierta gloria?
Oh Dios, Tú eres el Pobre.

 

Salmo

Alhajados estamos de tinieblas, y a veces
cuando el espanto sube hasta mi boca
como el agua hasta el náufrago, yo clamo
a ti, de lo profundo del abismo.

¿No puedes tú sanar, pastor secreto
de la abundancia áurea de tus días
mi mendicante mano? Oh Tú clamas
también en mí, padeces en mi alma

el brocado de mi necesidad. Puedo pedirte
mas no porque Tú estés en tu alto reino,
puedo pedirte a Ti, pobre y desnudo,

porque tienes las manos impedidas,
porque Tú nada tienes, puedes darme,
y oír caer la púrpura pesante del otoño.

 

¿De qué silencio eres tú silencio?

¿De qué, silencio, eres tú silencio?
¿De qué voz, qué clamor, que quién responde?
Abismo del azul ¿qué hacemos en tu seno
hijos de la palabra como somos?

¿Qué tienes tú que ver, di, con nosotros?
¿Cómo si eres ajeno, así nos tientas?
¿Habría sed de no haber agua cierta?
¿0 quién vistiome de piedad los ojos?

¿Puedo poseer, pequeña, don inmenso
que faltase a los cielos y a las aguas?
Y él ¿podría morir, sobreviviendo

menor que él, todo el fulgor del ciclo,
quedar la tierna luz indiferente
al fuego que, irradiando, ha suscitado?

 

Qué extraña criatura

Qué extraña criatura es ésta, Señor, que cobijaste
bajo el opaco cielo, entre las mudas piedras,
que no sabe qué hacer con la lluvia que corre,
con los muros tan grises, las cenicientas yerbas.

Qué extraño rostro diste al hombre, tu criatura,
qué soledad en sus ojos bellos e impenetrables
y qué extraña su voz en la mudez inmensa
de las bestias antiguas, de las lejanas aves.

Qué extraña criatura es ésta, Señor, que en el deseo
satisfecho, se queda al fondo, deseando,
y al cabo, de su risa se defrauda
un poco, y en la pena deja despierto el cuándo.

 

¡Ah, inmenso!

(A Dios, nuestro Señor):
“Me concediste el aire
que movía las hojas
desde el Principio.
Y no sabía que eras Tú.
Me concediste la tierra
ofreciendo sus frutos
para que naciera.
Y no sabía que eras Tú.

Me concediste el fuego
que de la luz venía
para librarme del frío.
Y no sabía que eras Tú.

Me concediste el agua
que limpia el ayer torpe,
nos calmaste la sed.
Y no sabía que eras Tú.

Y ahora que todo
se nos va retirando,
cuando la luz se aleje,
el fuego no caliente,
el agua ya no sacie
nuestras gargantas,
los que así te amaron,
sin conocerte,
haz que sepamos
que también eres Tú”.

 

Despedida

Fina García Marruz está en La Habana. No pudo venir a Salamanca a recoger el Premio Reina Sofía el pasado mes de septiembre. No pude darle el abrazo merecido. Ella está en La Habana. Ya no tiene en cuerpo a su amado Cintio. Tampoco a sus gratos amigos Eliseo, Gastón, Lezama…Tampoco a su hermana Bella ni su nieta Laura…  Pero prevalece el Espíritu de todos ellos en torno al Cristo en que ella cree desde tan temprano.  Prevalece la voz de Fina canturreando unos versos propios que todo creyente sabe de qué lugar del Evangelio manan:
 El mayor que sirve al más pequeño
 es a Dios a quien sirve…
 El mayor que sirve al más pequeño
 sirve al que no lo puede acompañar.
 Con las manos vacías no irá al Padre
 cuando le muestre, entre sus horas,
 aquellos en que sostuvo sus manos débiles…