Categoría: La marmita de poesia

Amaxofobia y otros poemas

Amaxofobia

para Vidal e Irene

Rara vez he soñado que volaba.
En cambio tengo el obsesivo sueño de conducir un coche,
lo que me lleva a recordar que de niño
imaginaba ser un piloto de carreras
un as del factor riesgo o un aventurero
en una caravana desbocada tomando
en el último momento heróicamente las riendas.

Todo ha resultado ser distinto de lo esperado.

Mi factor riesgo es fumarme casi 20 gramos de tabaco de liar
mientras tecleo atropelladamente este poema,
cuando ella me llama para decirme
que podríamos intentar tener un hijo.

Ya no bebo como un antihéroe, me digo. Pero

el miedo todavía se me resiste
y me tira a la cuneta de una patada y con él
los días de mi destino siguen en marcha.

Es arriesgado tomar ahora ese camino, contesto.

Estoy en este semáforo de los sueños,
sólo por unos segundos verde,
al que he llegado, sin darme cuenta, pasando los barrios
de la infancia, la adolescencia,
y contadas áreas de descanso de la madurez.

Todo en mí dejó hace tiempo de ir sobre ruedas.

El móvil, otra vez. Mi hermano más joven
y su mujer, para comunicarme
que ya tienen las imágenes de la ecografía.

Inevitable pensar en Anne Sexton: Yo nací para ser
hijo.
La comunión con la realidad tiene un éxito de
la hostia. Le he dado a la poesía,
con todas mis fuerzas, lo mejor de mis años.

¿A cambio de qué? Ahora soy un soñador sin sangre y
el peor conductor del mundo.

 

Todo está bien por aquí abajo

 

                                                                                              para Mª Ángeles Gabaldá


Antes algunos hombres se sentaban a fumar
y a mirar la tierra despacio.
Antes muchos hombres se sentaban a fumar
y poco a poco comprendían la tierra.          

Antonio Gamoneda

Un tipo corriente
atraviesa con prisa las puertas automáticas
del paraíso comercial,
saca de su abrigo el paquete de tabaco,
le quita la fina película
de materia transparente, después
el papel color plata.
Parece que vaya a prepararse
-desde una disparatada perspectiva legal-
un cigarrillo de alguna droga dura.

Se acerca a la papelera
y, muy educado, tira el plástico y el papel.
Se lleva el pitillo a la boca.
Arroja al aire una bocanada de humo.

En nada se parece a cómo se arroja,
desde el vertedero del telediario, la guerra,
el cadáver pasivo del medio ambiente,
la crisis nerviosa de nuestro mundo,
a nuestros platos de trigo limpio.

Hay más como él junto al cenicero urbano.
Comparten el fuego. Charlan.
Parece que el cielo romperá a llover.
Se lo toman con filosofía.

(Un respiro, si cabe, entre el consumo,
el tráfico, el ego y los incendios,
la mala baba profesional del mismo cancerbero
con distintos collares, la ciudad
que te conduce a defender sus armas).

Todo está bien por aquí abajo.

El colmo de la civilización es no poder encenderse
un cigarrillo en el infierno.

 

El encargado

bueno, de acuerdo, mira, esto es lo máximo a lo que pueden aspirar

los tipos como nosotros: no hay más.

Charles Bukowski

Fue mi jefe en el almacén
el que me hizo la pregunta inesperada
cuando confesé que no me gustaba demasiado el fútbol
y que mi pasión era la escritura:

-¿Eres un hombre sensible?

-Tan sensible como cualquiera que lo sea,
pero con un detalle:
soy receptivo al lenguaje oculto de la vida,
por ello me encargo de transmitir
lo que otros no pueden
a través de la función de las palabras.
Aunque no siempre funciona.
Pareció comprenderlo.
Algo brillaba en la superficie triste de sus ojos.

Uno se da cuenta,
tras empaquetar decenas de miles de relojes caros
(junto con tus emociones más profundas)
que el cliente no apreciará en el pedido
nada más que el lenguaje
de una estúpida y perfecta maquinaria.

Hay que seguir trabajando.

 

La poesía

Para ir aprendiendo en la noche
cómo ladran ahora los fantasmas

Luis García Montero

Era la más alta de su clase y luego se quedó
estancada.

Le vienen a la memoria
imágenes de cómo García Lorca
le daba vida a las palabras
tal como ella
jugaba a las muñecas.

Afuera, las rimas golpean los muros
a ritmo de Hip-Hop.

No sabe a qué hora llegará
su pobre hijo,
y si vendrá
con versos que merezcan un beso
o hecho un poema,
roto,
fuera de sí,
por la escalera violenta del mundo que niega
ascensores al cielo.

Y ahora, en la televisión,
ahora que la vida puede imaginarse
sin haber leído nunca poesía,

ella mira,
impotente,

cómo arrasa el nuevo anuncio
de un clásico perfume.

 

Quarteto de Jazz erótico en la 208

Y de repente estás acostado con una chica preciosa
y todo es divinamente perfecto.

Julio Cortázar (El perseguidor)

[Él] Desde el primer día que la vi
supe que era la elegida,
mientras fijaba su mirada en mí,
y sonreía.

Nick Cave & Kylie Minogue
(Where the wild roses grow)

Desde fuera, la lluvia, nos incita,
constante y narcótica, a que entremos en trance,
nos invita a formar parte
de su canción, con ese siseo propio
de percusión deslizante,
de insinuante
ritmo jazzístico.

Relámpagos
graves y consecutivos, los corazones
retumban como un contrabajo.
Las manos son pentagramas de calor.

Por la sábana somos enfocados.

Nos acariciamos, conectamos nuestros cuerpos,
tendidos, vibrantes, sutiles.
Divagamos,
pero sabemos adonde queremos llegar:

perseguimos ese éxtasis sinfónico
de cuando cada uno de los instrumentos del amor
aportan la huella de su pasión,

natural, improvisada, libre,

hasta conseguir esa fusión
en la cual no se diferencia
cuándo se manifiesta tu alma o la mía
en el voluptuoso clímax del jazz erótico.

 

Suena el acorde menor de un blues
En la ciudad de Iribarren

para Karmelo C. Iribarren
Puede que en la acera salgan flores
y que el tiempo pare en tu reloj…
Enrique Urquijo

Aunque se me prepara
para ir en su contra,
espero inconsciente, como la semilla
tras el invierno,
desprotegerme, brotar y observar
la vida sin esfuerzo.

Mientras tanto
me asomo de nuevo a la ciudad

-justo enfrente
como un espejo-

y veo el conjunto de aspectos
afincados
como cicatrices, en el rostro de lo que no quiso ir
a merced
de la tristeza.

Y otro dia más
me coge desprevenido el atardecer,
y una memoria
de hojas muertas
me hiere con la espina,
siempre culpable,
de los sueños aún por cumplir.

Me pregunto si mañana
mis ojos estarán

vacantes

para la belleza.

Milonga para Isa y otros poemas

A festejar la muerte de Julián del Casal

nos hemos congregado, pero él no está en su cripta. Ha preferido dejarnos el vacío y que un poco de horror nos teja la mañana, en que traducen el oráculo de Lezama cantando el verde errante de sus ojos verdes. En cámara lenta, el follaje se dobla y acoge este delirio nuestro de hablarle al muro gris como a un amigo. Tarde arribamos, pues, a la elegía y ningún astro signará que hemos sido más nobles por urdir un ritual milenario en matrimonio con la culpa. No es la primera vez que una tragicidad semejante cruza sobre mi pecho como feudo de águilas, y aún así me estremezco al leer en la muerte esa amarga costumbre, que navega imitando el oleaje del trigo. Silencioso me aparto. Mi sangre se junta con la nieve en una vastedad que me suena a destierro, galeones y aves, y ya soy parte de ese frío que sorprendió a Casal errando entre los juncos de luna japonesa.

 

A la muchacha griega tras los muros

Si creyeras en la virginidad de toda alianza,
te asombraría la luz
en el peligro
y su esplendor que ciñe tu tristeza.

Una hora más
y alcanzarías la cuerda
conque Ariadna
atraviesa el oro de los siglos,
hasta ver a la muchacha griega tras los muros,
los guerreros que son esa playa que pisas.

¿Qué extraño testamento has confesado
para saldar tus deudas con la antigüedad,
que se inclina y señala ante tus pies el fuego?

Desde hace miles de años,
a las altas murallas retornan los difuntos,
es el humo de Troya
que iba a testimoniar su discordia en  la Tierra;
siempre habrá un fiel guerrero y una joven hermosa,
siempre la misma luz
legada por el amor de Zeus a tu memoria.

 

 

La historia es un país que se repite

 

A Eliseo Diego.

 

Es así que de pronto ignoramos qué hacer, cuando los perros mudos no cesan de ladrar: la Historia es un país que se repite. Qué nostalgia tan honda nos conmueve, como el primer día en la alucinación del terco genovés sobre estas piedras. Del Paso de los Vientos al Cabo San Antonio, desde Fernando e Isabel hasta la eternidad, lo profetizado jamás holló el umbral que a los hombres les fue negado por el cielo.

El general Maceo hace flamear su luz, ha guerreado cien noches con su propio fantasma. De nada vale que a su paso se alcen las palomas, tras el Quijote va y pesa su silencio. Qué soledades esos pueblos tan nuestros, qué penumbra sin dioses en medio del relámpago. Es así que todo es insalvable, hasta el murmullo distante del origen, y oficiar limpiamente es ya la única pureza, para no arrepentirnos ante la oscura madre que deja por herencia su fe entre los abismos.

 

 

Mi callada lealtad

En la orilla más ciega me estremece
esa goleta, delfín inalcanzable,
sin transmutar en senda navegable
este barro que soy cuando anochece.

Si el agua de mi voz se hiciese amiga,
ebrio me perdería al desligar
mi callada lealtad y así vagar
por el oro de líquidas espigas.

No quiero fragmentarme en otra bruma,
si barro soy, jamás seré la espuma
que alcance esa goleta entre la mar.

Pues, ¿qué haría al segarse la esperanza,
si al final su madera no es mi alianza
y no tengo otro espejo que soñar?

 

 

Milonga para Isa

Del asombro hay en ti
como una marejada que retorna
y en su tatuaje funda esta canción,
donde entro hipnotizado y también canto
con vestigios de un lince
que descubre entre dunas a su estrella.

Desde un libro ahuecado por crepúsculos,
esas desgarraduras
nos unen a los dos en una alfombra,
aunque emigren de distintas batallas
hacia este aprendizaje lento como un rebaño,
hondo como el rugido de un buque que no esperan.

Tu fresa, tu rubí, toda tu piel danzante
anuncian que morirse
no es posible en un feudo
donde nunca ha cesado de llover
y en su inscripción me acoge
y nos lame desnudos con su deseosa llama.

El pez que va conmigo penetra por tus curvas,
lo que nace de ti lo traduzco a mi arcilla,
hollando con su baile
tal vez algún misterio,
esta milonga, un son,
narcisos y azucenas donde ondula tu espalda.

Aunque nos traicionen las runas,
aunque viajes a la nieve sin fin,
aunque amanezcan trascielos de hojas ocres
que aúllen sin piedad por los tejados,
siempre arderé contigo
sin que las hormigas suban a nuestra cama.*

*Verso de Isadora Medina Elizalde.

Brooklyn Bridge

Generación del 76,

hijos de la democracia,
poetas de un mundo globalizado,
todos traducidos al inglés
y muchos sin trabajo.

Generación del 76,
grandes admiradores de Lorca,
cansados de algunas nuevas poéticas,
de lobos y sapos,
rotos por la incertidumbre.

Volvemos a la tradición,
hacemos explotar el verso libre,
poetas sin casa, sin diario.
Vivimos en los blogs,
publicamos en las redes sociales,
nos comemos nuestros sueños,
nos movemos en metro,
en bicicletas alquiladas,
no leemos sólo en papel.

Generación del 76,
el post es el poema,
poetasteléfonomóvil,
poetastweet,
siempre conectados.

Que alguien me diga a dónde nos lleva
esta soledad de internautas,
que alguien me diga qué quedará
de esta generación sin lápices de colores.
De nosotros, los desahuciados,
los que no pudimos tener hijos,
comprar un piso,
hipotecarnos, soñar.

Generación del 76,
víctimas del crack de 2008
y del estallido de la burbuja inmobiliaria,
poetas sin maestros, sin zapatos,
poetas solos en su cuarto.

De vez en cuando,
para consolarnos,
viajamos.

Ojalá llegue pronto
un futuro nuevo
o alguna mariposa.

 

Yo quería tener un hijo
Al que iba a llamar Joan.

Yo quería tener un hijo.
Pero ese deseo se perdió
por los arcos de mi piernas,
maldita infertilidad.
Eso me hizo odiar a todo el mundo
cuando yo quería amar.
Yo quería tener un hijo
y desde el principio
todo fue mal.
A veces hago
como que le llamo
y susurro muy despacio:
Joan, Joan, Joan.
Sé que si alguien me escucha
pensará que estoy loca,
pero al menos un instante cada día
en ese momento de locura
puedo creer que es verdad.
Hay quien dice que la menopausia
me está sentando mal.
Todo se ha ido y me quedan
mis sueños mutilados,
detrás de la ventana
un cielo hecho añicos se emborracha.

 

“Si te hablo y callas
se cerrará el parque”.

La niña de la Colina, Felipe Sérvulo

 

He tenido que irme a Nueva York,

para entender esto:
Que el amor es diferente para todos,
que hombres y mujeres aman de distinta manera,
que la vida no es lo que uno quiere,
que el mayor placer está en las cosas pequeñas.
Se han cerrado mis parques
y me ha ganado el silencio
y hace muchas noches que nadie
me susurra:
¡Ábrete, Sésamo!

 

Oda a Federico García Lorca

Ni un solo momento, querido Federico,
he dejado de buscarte en esta ciudad que primero
te acogió a ti.
Quiero que sepas que aquí todo el mundo te recuerda:
Lorca el músico, el hombre lleno de canciones.
Llegué a esta ciudad cuando mi piano estaba mudo
y padecía tu misma melancolía de no poder vivir
mi vida auténtica, la vida que yo ansiaba.
Llegué a Nueva York con ramos de flores pidiendo agua
y lo primero que vi en la ciudad de las luces fue una rata.
No he encontrado ningún ángel oculto en las mejillas
de la Estatua de la libertad, todo aquí es desproporcionado.
Levanté mi voz en Broadway, hice mi primer Viaje a la luna,
recordé tu cara fresca, tu pelo negro, esa foto tuya
en la que apenas tenías veinte años.
Morí de amor muchas noches, miré a las cigüeñas en las ventanas,
crucé puentes, descansé de un año rabioso
que se portó muy mal conmigo.
Te busqué, incansablemente,
en la piedra caliza, el granito y el cemento.
Por todas partes te busqué y quise sentirte
y me reconocí a mí misma de pequeña,
aquí donde todo es tan grande.
Bailé un vals en Central Park,
tu vals en las ramas,
canté en el arca de Noé.
Me pregunté mil veces para qué servían mis versos,
tus versos,
parí, inventé, huí de Nueva York,
llegué a La Habana, deseé.

 

Oda a la ciudad de Nueva York

Durante un tiempo soñé vivir en tus faldas,
estudiar en CUNY, llevarme a los niños a aprender inglés.
Durante un tiempo, cuando no podía dormir,
imaginaba cómo sería vivir en el Soho.
Quería pintar tus calles bohemias, multiétnicas,
el color de la comida en la calle,
quería acostarme en tu diván
y coger aviones sólo de ida.
Te descubrí en mayo, te miraba una y otra vez,
me quedaba sin ojos de pensarte tanto.
Luego vi tu raíz amarga, tu gigante soledad,
tu elegancia apabullante, las mil terrazas.
La ciudad más divertida del mundo,
la que menos duerme,
un cielo de millones de ventanas
donde todo está al alcance de la mano
y donde todo es también parte de la nada.
Ciudad espejo, ciudad llama,
ciudad desnuda y sin manzanos.

Poemas

De Vals de los cuerpos cortados (2004)

 

Flores de hierro en el pecho de un hombre

Pero el hombre se agita en todas direcciones
Sueña con libertades, compite con el viento…

Luis Cernuda

Esta noche ha entrado un murciélago a la casa.
Su vuelo es leve, pero torpe.
Advierto: puede ser una maniobra espía.

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