De Los silencios profundos (2009)
La fiesta prohibida
(Carta a Don Juan Manuel Roca)
Rumbo a Medellín
donde crecen por igual
la rabia y las orquídeas.
a Manuel García Verdecia
Estamos «vivos y enterrados». Impacientes. Y jubilosos.
Con los versos de cenizas alzándose en el país del viento.
Un alcohol áspero conserva las lunas de ayer.
El despojo que deja cada día cuando llega la noche.
Se preguntará qué siento en esta tierra
rodeada de aguas por todas partes. Y donde las barcas
van desprovistas en busca de la aurora.
Donde los hombres de lento caminar
doblan sus cuerpos en la orilla como una jaula de huesos.
(De pronto pareciera que se desploman
contra los vidrios espumosos).
Apenas tienen fuerzas para cargar las redes.
Cuando se detienen sobre la escama
al pez con vida que lo alimenta se lo lleva
el pájaro que calla. Vuela de islote en islote como un buitre.
Se preguntará entonces qué comemos. Qué nutricia raíz
nos salva. Lo que usted no sabe es que de noche
damos de beber leche de lirios a nuestros santos.
Prendemos una lucecita tímida tras la puerta.
Y ellos proveen. Y protegen para que no entren
por las ventanas los ciclones. La brisa huracanada
que cada año desflora la tierra como a vírgenes posesas.
Para que crezcan lento las palmas sobre las nubes
con sus pencas como avisperos contra los ojos de Dios.
Se preguntará qué se huele en el aire.
Pues aquí también crecen las orquídeas. Y la rabia
se cura con otras flores.
Aunque el aire sostiene milagrosamente los desplomes.
A eso huele la lluvia. A eso huelen las calles
cuando las mujeres asoman sus narices ávidas
tras las rejas. Y una cuerda multicolor
ata las espaciosas estancias de la nada.
Por sus manos tristes Eduard Munch hubiera pintado
La muerte de la madre. Pero no. La muerte en esta isla
se despide con llantos y rones.
Y las madres visten de blanco
cuando sus hijos parten. Lejos.
Donde ni el color los puede salvar.
Es verdad que estamos «llenos de dioses y adioses».
Es verdad que de este lado de la luna van quedando
pocos poetas como usted que alcancen a entender
las pequeñeces del aire. Y es que usted sabe lo que es vivir
sentados a una mesa que huele a guerra.
Esta fiesta prohibida donde cantamos desaforadamente
la Oda a la Alegría. Como ángeles de contrabando.
Mientras vemos desaparecer ─desde la altura de una roca─
la Tierra Prometida. La Tierra de Todos. Es decir de Nadie.
Efecto café bulevar
Y todo está dispuesto de este modo,
para que no salgamos del mágico círculo.
Ossip Mandelstam
Para Ghabriel
una isla propia.
Entro. Pido el último café. Elena Burke es un recuerdo.
Todo es frío bajo los toldos.
Por momentos la lluvia de tránsito nos obliga a adentrarnos.
Descendemos a otros arcos protectores.
Patio interior de piedra. Asfixiante.
Aquí se vive arduamente. Se hace un espacio
a cada provincia. Y otra se acerca mientras pides un café.
A cambio de una moneda tendrás la joya blanca
entre tus manos. Es amargo el trago para beberlo despacio.
Ha de ser despacio para que el trago baje amargo.
Y comienzas a conversar. Pues aquí se habla vivamente.
Interrumpidos por la mano que pide con hedor e insistencia.
(También mi mano es pobre y la guardo bajo la madera).
A veces soy interrogado como cualquier ciudadano
que bebe su café. Su trago amargo. Y respondo.
Me identifico con habilidad para no agotar el tiempo.
Bajo la luz todo es minuto tras minuto
un detenimiento innecesario. Una espiral que se verticaliza.
Y asciende. Asciende el humo del café.
Y justificas los desplomes. Demasiado recientes que somos.
De ayer mismo. Amar es una isla.
Y morir es adentrarse a la mar coagulada.
Un aroma de azucenas. Un estarse quieto bajo los toldos.
«De transparencia en transparencia» obnubilados.
Viejo Eliseo que bebes tu café. Tu trago amargo.
Aquí vienen a morir los poetas.
Y un ángel fatigado vuela bajo otro cielo. Y otro ángel
comienza su discurso en el sopor de las fabulaciones.
Otro revienta su cabeza contra el asfalto.
Llora otro de rodillas. Y el pez angelecido se muere de tristeza.
Alza su vuelo bajo el cielo empedrado
de Madrid. Sin voz. Sin alas. «Hasta de espaldas se ve
que está llorando». Pero todavía hay tiempo.
Bebamos el último café mientras María Teresa nos canta.
Qué cante el Benny su página ruinosa.
Qué Bola sea una flor negra sobre el piano.
Qué Celeste rompa el adoquín con su paso.
Que aquí cada poeta tiene su caballo blanco.
Su leopardo. Su canario. Sus dos patrias.
Que el cuerpo de una isla no se sostiene sin un buen verso.
Pues sobrevivir bajo los toldos es una fiesta.
Y cada fragmento de imán transmuta en oro.
La Bella Cubana bebe en su Capilla de Cobre el trago de café.
Su trago amargo. (Transformada la medialuna
bajo sus mínimos pies el aroma de las mariposas
se confunde perversamente con el vuelo del colibrí).
Flota una tabla en la bahía. Es tiempo de pedir
por nuestras vidas. Y pedimos confusamente.
Casi sin darnos cuenta a cada paso.
«Flor de isla, tú te ofreces aromática y gentil
como una taza de café». Tú despides a la mujer coronada
con laureles ─«ni libre es ni la prisión la encierra»─.
Sus huesos se pudren donde la tierra es menos blanca.
Porque en verdad nunca fueron tan importantes los poetas
como en este Café bajo los toldos. Decadentes. Y felices.
Pero de improviso algo se transforma tras las rejas.
Y te hace pensar que de nada sirvió la culpa
de Juan Clemente Zenea. El destierro de Heredia.
La muerte de Plácido. Las cartas de amor de Juana Borrero.
Ni el pulmón asfixiado de Lezama.
De nada sirvió que Julián del Casal se muriera de risa.
De nada ha servido escribir un buen poema
cuando Fina anuncia su «dulce nevada». Y la nieve
comienza a caer sobre los toldos.
Este Café no es el sitio de siempre.
El sol sobre el mármol blanco se evapora.
Y quiero marcharme. Escapar del frío. Esta no es mi sangre.
Prometo no regresar. (Vuelve el agua inmarcable
a la arena. El mar entre las tazas conforma
un plano alucinante). Sobre la mesa roja ya estoy de vuelta.
Ya entro a los círculos de hierro como un animal viciado.
Nuevamente. Y pido el último café. Y otro. Y otro…