Javier Vásconez es un escritor que aparece en la escena literaria del Ecuador un tanto tardíamente. Mientras la mayoría de sus compañeros de generación había publicado ya, durante la década de los años setenta, un número más o menos significativo de cuentos y novelas, Vásconez aparece recién en 1982 con el libro de cuentos “Ciudad lejana”, que insinúa una de las obsesiones del escritor -ciertamente obstinado y pertinaz- en el que se ha ido convirtiendo desde entonces. Me refiero a la figuración morosa e insistente de una ciudad imaginaria, en la cual compartir la vida con unos personajes tan persistentes y obstinados como él mismo. En 1983, obtuvo un premio en México con un cuento para entonces bastante audaz y perturbador: “Angelote, amor mío”; y en 1986 da a conocer su segundo libro de cuentos “El hombre de la mirada oblicua”.
A partir de entonces, su mundo narrativo ha ido conformándose de una manera muy particular y sostenida: un universo cíclico, recurrente, en el que sus personajes aparecen una y otra vez, reinventados, y en cada aparición –en cada vuelta de la rueda- han ido ganando en riqueza y espesor existencial.
Si señalé la tardanza de Vásconez en la aparición de sus primeros cuentos, es porque me parece que esa demora expresa algo que singulariza su obra narrativa: y es precisamente esa íntima unidad, esa extrema coherencia que sostiene la totalidad de su producción literaria, y la convierte –por decirlo así- en una escritura a la vez redundante e inacabada, en un universo cerrado y simultáneamente en continua expansión. No estoy segura de haber encontrado en otro narrador ecuatoriano de su generación, una consistencia semejante.
Así, los cuentos de “Un extraño en el puerto”, la novela corta “El secreto”, y su novela fundacional “El viajero de Praga” (todos publicados por Alfaguara en los años noventa) van agregándose a ese vasto jeroglífico ya esbozado en los primeros relatos, sin perder su propia autonomía y singularidad; pero cada nueva pieza que se añade reordena el conjunto, ilumina sus ángulos oscuros, le añade significaciones que no estaban. De tal suerte que si uno re lee alguno de los cuentos anteriores, a la luz de las obras más recientes, resulta ser un cuento diferente, abierto a otras posibilidades de lectura. El resultado es una obra literaria en constante transformación, que se nos muestra en un perpetuo trance de hacerse. Se diría que al autor no le interesa tanto la historia épica, que es la historia del mundo cerrado y concluido, sino la historia novelesca, que es la historia abierta e inconclusa de un mundo infinitamente vasto, en el que el escritor continúa enfrentándose indefinidamente al territorio de lo aún no escrito, una historia laberíntica que deja siempre las puertas abiertas a insospechados pasadizos y galerías.
La “Sombra del apostador”, la novela que Javier nos entrega en esta tarde, sigue en esencia esa misma dirección. Vásconez nos entrega una ciudad del deseo y de la muerte, de la violencia y de la ausencia, del crimen y la pasión. Una ciudad poblada de rumores, de secretos, de voces y de sombras, y un narrador que emprende la laboriosa tarea de juntar los fragmentos y otorgarles un sentido.
La situación narrativa básica de la novela es ésta: Roldán, un hombre con una biografía nefasta y un pasado penitenciario relatado en cuentos anteriores, reaparece en las páginas iniciales de esta novela. Acaba de salir de la cárcel por un crimen cometido en otro relato, y recibe la orden anónima de asesinar a un jokey –Aníbal Ibarra- durante la Gran Carrera que se celebrará en la ciudad. “Podría no necesitarme” -dice el narrador- pero “desde la soledad de un cuarto, Roldán me había obligado a inventar la historia de su vida”; “Utilizará mis palabras para desplazarse y darle un verdadero sentido a la ciudad”. Con la esmerada paciencia de un artista empecinado en trabajar su obra maestra, Roldán se apresta a consumar el crimen como quien cumple un destino inexorable y fatídico. “El plan está trazado –dice – y la fecha está fijada, porque Dios y una voz en el teléfono lo decidieron antes que yo”.
A partir de este nudo narrativo, se despliegan y entrecruzan las historias de los demás personajes en una danza trágica y envolvente en torno al abismo de la muerte. El Coronel, con su proyecto delirante de construir un hipódromo, un santuario de mármol al pie de los volcanes. Douglas Castillo, el alcalde, huidizo y enigmático, rodeado de un cúmulo de rumores y sospechas, urdiendo trampas y engaños, en una sombría apetencia de codicia y poder. El jokey Aníbal Ibarra, que vive largamente la agonía de su próxima muerte, advertido de ella por el mismo Roldán; Lena la muchacha emigrada que coloca flores en los cementerios abandonados. Y Sofía, que al comienzo asoma como parte del espacio del narrador, y termina confundida con los demás personajes en el mundo de la ficción. Todos, de uno u otro modo, están tocados por la sombra oscura de la muerte (a fin de cuentas “todos cargamos un muerto” dice en algún momento el narrador) entrampados en un complejo juego de complicidades y traiciones donde todos son, simultáneamente, víctimas y verdugos. Roldán sabe que va a matar; Aníbal Ibarra sabe que va a morir; y ninguno de los dos hará nada por evitarlo, quizás porque saben de antemano que no hay otra salida.
“La sombra del apostador” es una novela que sorprende por el rigor y la precisión que sostienen la estructura narrativa en todos sus niveles. La trama novelesca está dispuesta de tal modo que permite que cada personaje se configure progresivamente con sucesivas capas de luz y oscuridad. Son seres marcados por la frustración, la derrota, el hastío; pero sobre todo son existencias poderosamente individuales con una historia personal propia y distinta, que en los sucesivos episodios, ocultan y exhiben sus aristas más difíciles, sus rostros secretos, sus enigmas. Nunca son del todo lo que parecen ser; todos esconden un secreto; quizás por eso su presencia resulta tan inquietante y perturbadora. Yo quisiera destacar aquí el esmerado trabajo en la construcción de personajes. Y es que “La sombra del apostador” no es una novela que se sostenga simplemente por el hilo narrativo, por una intriga más o menos interesante, sino que el escritor ha dotado de alma propia, individual y distinta a cada personaje.
Uno de los mitos que alimentó la edad moderna fue la creencia en el avance imperturbable de la civilización, el racionalismo y el triunfo del progreso; por esta vía, la humanidad entera llegaría a estar formada por ciudadanos de buenos sentimientos, ilusiones positivas y promesas de felicidad futura. O, en el extremo de la frivolidad, todos llegaríamos a ser lo que Wright Mills llamó “el alegre robot” de la sociedad consumista, dispuesto a morirse de risa y divertirse hasta la muerte. Pero desde siempre la literatura se encargó de echar a perder la fiesta; baste con recordar a Dostoyewsky por ejemplo, y más cercanamente a Onetti. Los personajes de Vásconez pertenecen a esta estirpe. Seres salidos del lado oscuro, expulsados del paraíso, expiando quien sabe qué culpas remotas, que merodean por los arrabales, jugándose a fondo, una y otra vez, su destino en una apuesta cuyo sino inexorable es la derrota. Y es que hay en ellos una cierta ambivalencia entre la plenitud y el fracaso. Acaso sean lo mismo. Parecería que su sentido de libertad se confunde con una suerte de orgullosa vocación por lo irreparable. La codicia, la ambición del poder, el deseo de la gloria, no son sino subterfugios para poder sobrevivir, para enmascarar esa pulsión vertiginosa por la muerte.
Otra de las claves en la composición de esta novela es la figura del narrador. Desde el comienzo de la novela sabemos que todo ha sucedido ya:
“En todo caso durante el año del dragón hubo una serie de hechos tan relevantes como violentos. Me doy perfecta cuenta de que algunos acontecimientos merecen una especial atención: no fue sólo porque Roldán salió de la cárcel, sino que además se cumplieron las premoniciones de la señora Melania, y ese año hubo fuego y sangre en el hipódromo”.
Así pues, todo ha sucedido ya, pero es necesario contarlo, reinventarlo, para que sea inteligible. El narrador emprende esta tarea de reordenar los fragmentos, los rumores, las habladurías, de inventar unas historias para cada personaje, inventándose a sí mismo en el juego de la escritura.
El de “La sombra del apostador” es un narrador ubicuo que se construye en la zona fronteriza que delimita la realidad y la ficción, que acecha a sus personajes con una desasosegante mezcla de pasión y tedio, un narrador que se confunde con sus personajes, que dialoga con ellos, que les interroga, les contradice. Este narrador tiene un nombre J. Vásconez, y apareció ya esbozado en dos cuentos anteriores: “Café Concert”, y “Un extraño en el puerto”. En el primero aparece fugazmente en una nota de prensa que lee un personaje. En el segundo, está más definido: J.Vasconez emprende la improbable tarea de construir la ficción de un mar, un muelle, un puerto, para la ciudad andina en la que habita.
En la narración clásica, los dos mundos –el de la realidad y el de la ficción- aparecen perfectamente diferenciados. Pero en la novela moderna, estas fronteras tienden a debilitarse. En “La sombra del apostador”, la transgresión es definitiva: J. Vásconez, es un narrador que escribe que está escribiendo la novela que estamos leyendo. Es decir, un narrador que se muestra a sí mismo en el acto de narrar. Hay una ruptura del mecanismo básico que exige al narrador ocultarse detrás de las palabras que crean la ficción. De algún modo repite el gesto de Velásquez en “Las Meninas”, donde el pintor se retrata a sí mismo ante el caballete y pincel en mano, mirando la escena y pintándola. Todos recordaremos también el encuentro del Don Quijote con el Conde Duque de Olivares, que ha leído el primer libro del Quijote, y lo comenta. O al personaje de Bekett que afirma desenfadadamente: “Yo no existo. El hecho es evidente”.
El resultado es – y voy a decirlo con las palabras del propio Javier Vásconez –una mirada oblicua sobre la realidad. Un trato ambivalente con lo real. La demanda del realismo exigía al escritor atenerse a lo que se supone que es lo ya dado, a mostrar lo que ya sabe. La apuesta de la literatura, su libertad extrema, consiste en contar lo ignorado, lo que era invisible, lo que o existía antes de ser escrito.
Javier Vásconez, el autor de “La sombra del apostador”, engendra a J. Vásconez, el narrador, para jugarse su propia apuesta en el terreno de la invención. (También lo contrario es cierto: en esto de filiaciones y paternidades uno nunca puede estar seguro). Yo diría que en este recurso retórico está una clave de la apuesta literaria de Javier Vásconez: la literatura no muestra, ni peor aún, demuestra nada; la literatura inventa unas realidades verbales que se internan en el territorio de lo no dicho, de lo olvidado, de lo marginado, y sin las cuales la primera realidad es ilegible. Las ciudades por ejemplo; sólo empiezan a existir, adquieren un rostro y una atmósfera, cuando alguien –una novela, un lienzo, una película -las inventa. Y es que, más que una respuesta, una novela es siempre una pregunta crítica acerca del mundo, y también acerca de qué es ella misma.
Este ensancharse de los espacios para desbordar sus límites es perceptible también en otros elementos constructivos de “La sombra del apostador”. Está por ejemplo en la construcción imaginaria de la ciudad andina, eternamente sumergida en una lluvia pertinaz. Una ciudad mestiza, hecha de luces y de sombras. La luz absoluta enceguece porque muestra a la realidad en un solo plano privado de relieves y concavidades; la sombra abre la tercera dimensión, la de la profundidad y espesor. Una ciudad que, como la máscara de Jano, mira hacia el pasado y hacia el futuro. Una ciudad de la memoria y del deseo. Hay dos territorios que se articulan a la ciudad creada en la novela, y que comparten con ella ese carácter ambiguo y contradictorio: el uno es Capelo, la hermosa hacienda emplazada en el valle; de algún modo, el paraíso perdido del que todos han sido expulsados y viven su nostalgia; pero también es el noveno círculo del infierno, como se revelará al final de la novela, en una escena de singular violencia. El otro es el hipódromo: el real, un viejo cobertizo con gallinas y tractores abandonados; y el posible: el santuario de mármol y caballos pura sangre al pie de los volcanes, que existe en los febriles proyectos del Coronel. Capelo es la memoria del pasado; el hipódromo el deseo de un futuro otro, convocado a quebrar las plácidas rutinas provincianas de la ciudad.
Javier Vásconez ha confesado su pasión por los puertos, los puentes, los hoteles. Los lugares de encuentro y de tránsito. Acaso su escritura comparta con ellos esa naturaleza: una escritura abierta, porosa, que deja filtrar otras escrituras, encuentros con innumerables escritores y libros del pasado y del presente, diálogos a veces explícitos y directos, a veces puras alusiones, a veces guiños de complicidad con el lector, una escritura que se expande y enriquece en los juegos de la intertextualidad. Si es cierto que cada escritor inventa a sus antecesores, Javier Váconez es dueño de una genealogía vasta e ilustre. Borges decía que todas las obras del pasado son parte del futuro porque están siempre esperando ser leídas por primera vez. Cada nuevo libro que se inserta en esa tradición, reinventa y actualiza ese pasado y, al hacerlo, lo transforma. Como Pierre Menard, todos son de nuevo el autor del Quijote.
Hay muchos otros aspectos en los que podría extenderme, y que quedan reservados para una lectura crítica más profunda. Y más que eso, quedan para el disfrute de los lectores. El sabio manejo del ritmo narrativo con sus morosidades y sus vértigos, la elección precisa de los lenguajes para contar la historia como desde detrás de una ventana empañada por la lluvia, las tensiones en que se juega la libertad entre el sentido del juego, de la apuesta, y la fatalidad.
Cada quien tiene a su haber unas pocas novelas que vuelve a releer de tanto en tanto, y que en cada nuevo encuentro le deparan el gozo renovado, la sorpresa, los descubrimientos imprevistos, de la primera vez. Yo tengo para mí que esta novela de Javier Vásconez es una de ellas.
Cuenca, marzo de 2000