Categoría: Unos escriben

Javier Vásconez y la Memoria

En Jardín Capelo, como en casi todas sus obras anteriores, Javier Vásconez entabla un diálogo tenaz, casi obsesivo, con la Memoria. Porque, en su concepto, es ésta la quintaesencia del arte de novelar, la carne y la sangre del relato (y sin ella el cuerpo novelesco se deshace en inocuas secuencias de instantáneas).

No es, pues, de extrañarse que el autor extraiga la materia temática de su nuevo libro precisamente de las inagotables canteras de la Memoria,  y que además la ordene según los dos grandes ejes de la misma, el espacial y el temporal.

En la primera dimensión la Memoria significa una dialéctica de la cercanía/lejanía, donde memorias ajenas y extrañas vienen a interactuar con las propias y familiares. Tal como en El viajero de Praga – y demás relatos alrededor del doctor Kronz – la presencia del enigmático prófugo, con sus remembranzas centroeuropeas, agrega profundidad al horizonte mental del espacio de elección que lo acoge, igualmente en Jardín Capelo, la llegada del jardinero catalán Jordi Sorella enriquece el frío páramo andino con cálidos destellos mediterráneos.

En la dimensión temporal la Memoria pone en comunicación el mito con la historia y viceversa, en el marco de un proceso de nuevo interactivo, que involucra dos grandes temas, el jardín y la decadencia. El primero se adscribe de plano a la temporalidad mítica, pues todo jardín es, simbólicamente, el del Edén, pero las más veces un Edén perdido. La decadencia, en cambio, es tiempo biológico (‘decadencia de una familia’) y sobre todo sociohistórico (‘decadencia de la clase aristocrática’). Por otro lado, el recuerdo del Edén convierte la decadencia en caída. Para un imaginario profundo y transindividual, el hombre, expulsado del Paraíso, es un ser de-caído, por haber caído en la Historia.

Javier Vásconez, quien supo traducir la ancestral metáfora en lenguaje narrativo, eso es hacer de la memoria relato, se ha ganado su merecido lugar dentro del paradigma de los poetas de la decadencia, entre los cuales sólo quisiera citar a Xavier Villalonga, tocayo mallorquín del autor quiteño, quien, con su la magnífico Bearn  (libro lastimosamente poco conocida en castellano), se anticipa en varios lustros al famoso Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

 

Victor Ivanovici

Universidad de Salónica

Grecia

Vásconez y el miedo

La reciente novela del escritor Javier Vásconez tiene el ambiente de los 60’s, donde Marlon Brando era aquel seductor de películas mientras que en Ecuador se vivían represiones de la dictadura, muchas con referencias al tercer Velasquismo.

La piel del miedo, nombre de la obra, es una novela que tiene algo de biográfica y mucho de imaginación, donde un hombre intenta recuperar pedazos de su herida por la enfermedad que marcó su infancia: la epilepsia.

Todo se desencadena cuando su padre borracho dispara su pistola en la casa familiar, y él apenas puede ser receptor de la ira. Editada por  Planeta, la novela de Vásconez llena de personajes a este niño que va descubriendo la amistad cómplice, el erotismo y sobre todo el miedo. La novela pese a que está ambientada en Quito, no recurre a localismos ni a dialectos costumbristas y se centra en referencias más universales.

El profesor de literatura de la Universidad  Autónoma de Madrid, Eduardo Becerra, comenta que las virtudes de este escritor son su “espesor, morosidad, ecos y reverberaciones que impregnan al que lee”.  También es una novela que nos habla de los vínculos, casi definitivos, que establecemos en el umbral de paso hacia la madurez y sus pérdidas irreparables.

Un personaje lleno de matices es Ramón Ochoa, mejor amigo del colegio de Jorge, quien lleva el hilo de la historia, y con quien la amistad se pactó desde un inicio con sangre. Ochoa siente una fascinación por los tatuajes y a decir de Becerra, “le dan sentido a un argumento que busca la traslación de las emociones a un plano físico, que ya desde el título sitúa a la piel como territorio soberano”.

Vásconez afirma haber pensado La piel del miedo, incluso antes de escribir El viajero de Praga, incluso mucho antes, cuando tenía 21 años de edad. “Era la novela que siempre quise escribir, pero no encontraba  el tono. Hoy me siento satisfecho pues ha salido de mi memoria personal. Y el lector, siempre curioso, la tendrá en sus manos para escudriñarla”, comenta.

El escritor y periodista Juan Carlos Moya afirma que el miedo es el protagonista catalizador y “funciona como una larga y ramificada cañería que conduce las aguas empozadas de la memoria”. Ese aspecto que funciona como memoria emotiva narra cómo el pequeño Jorge persigue los pasos de su padre una vez que éste se encuentra en la clandestinidad por la persecución a la que se ve sometido. Pero siempre está presente el miedo, mucho más táctil. Aquel miedo que se guarda en la mente del niño como un “volcán de violencia y delirios”. Frente a esto, el escritor afirma que “todo novelista lleva una barbarie interior y que el poder de contar una historia radica, en cierta medida, en la capacidad de ser uno mismo”.

El padre del protagonista, Rogelio, traicionado por el actual presidente Enríquez, es torturado a causa de las críticas políticas que escribe en su semanario. Tal como lo han hecho varios políticos represores a lo largo de los años en las dictaduras del Cono Sur y que el autor las introduce como motivo importante. Esta situación provoca un abrupto abandono de la casa y el posterior aire de orfandad que recae en el hogar de Jorge, personaje que padece de epilepsia y que le impide recordar ciertos momentos de su vida aumentando más la carga dramática de la historia.
Un elemento recurrente en la narrativa del escritor es la ciudad de Quito, a la cual la considera un hongo en medio de la cordillera. Una ciudad pequeña, provinciana, construida a mediados del siglo pasado. Moya considera también que La piel del miedo puede leerse  como una novela del desamparo y la soledad, de la amistad y la necesidad de inventarnos un amor, de crecer a su sombra.

Sueños encontrados en un café concierto

Javier Vásconez tiene una obse­sión: la ciudad. Toda su litera­tura camina desde ella y a partir de ella. Sus textos son la historia clínica de unos lugares, unos se­res y unos sentimientos que se entrecruzan lentos en el corazón de la vida urbana, repe­tida y asfixiante.

Aquella ciudad lejana de Vásconez vuelve a ser contexto, escenario y personaje. Se trata de un noveaoso formato, bellamente presentado, en el que viene un solo cuento, «Café-Con­cert».

En él habitan perso­najes de la mediocri­dad y la sordidez. Vásconez los pinta con poesía circular, como si no pudiera seguir escondiéndo­los en su memoria, como si el río Machángara y el centro colonial y el barrio Viílaflora y todos los paisajes desesperados de la Urbe confluyeran hacia un final: la ne­cesidad de enfrentar esos retos que a uno lo rondan, lo acosan y no lo dejan seguir por la vida has­ta cumplirlos.

En «Café Concert», el único per­sonaje que respira es el fotógrafo Félix Gutié­rrez. Los otros, atados a sus cuellos las cuer­das de la bohemia y el fracaso, están asfixia­dos.

Gutiérrez sobrevive porque es capaz de ir detrás de su obsesión y alcanzarla.

Esa parece ser la mo­raleja: la única justifi­cación a la existencia humana es la vitalidad de realizar un sueño.

 Publicado en El Comercio, Domingo 25 de diciembre de 1994

El lugar del temor

Aunque Quito, según ha escrito un poeta, es una ciudad con nombre de cuchillo, no tiene tanta fama de peligrosa como otras capitales de aquellas tierras, Caracas y Ciudad de Mé­xico, por ejemplo. De todos modos, comenzó a circular allí la novela La piel del miedo, del narrador ecuatoriano Javier Vásconez.

Lo que pasa es que el autor escribe de otros miedos, del miedo interior, de las angustias privadas de varios personajes. Los temores los narra un muchacho que recuerda su vida a finales de los 50 en la ciudad donde nació.

En La piel del miedo, publicada en España por Viento Sur, el miedo atraviesa la mente de un niño, ha dicho Vásconez, pero también hay miedo en un joven a la hora de enamo­rarse. «Es el miedo relacionado con la muer­te; el miedo es parte de la novela misma, es un personaje principal de la novela».

«Debido a tanta inseguridad social y a tanta violencia», dijo a la periodista Roxana Cazco, «el miedo asoma por todos la­dos. Vivimos atacados por el miedo. Pero el miedo es también parte de la condición humana, y es uno de los grandes temas de la literatura. Desde Shakespeare hasta Kafka».

Javier Vásconez (Quito, 1946) ha escrito excelentes relatos recogidos en libros como Ciudad Lejana, El hombre de la mirada obli­cua, Café concert y Un extraño en el puerto. Sus novelas más reconocidas por la crítica y los lectores son El viajero de Praga y La som­bra del apostador.

De un trabajo sobre su narrativa comparto con los lectores una líneas escritas por la pro­fesora y crítica Carmen Ruiz Barrionuevo: «Vásconez hace gala de procedimientos de ficción y de escritura con los cuales su obra da muestra de su lucidez, de su capacidad pa­ra articular un mundo propio».

La novela La piel del miedo, con su antolo­gía de temores personales escondidos, me hace recordar a un hombre que estuvo mu­chas veces en peligro de muerte. Una noche, por allá, por América, en los años 90, me dijo que a él siempre lo salvó a última hora la ges­tión del miedo asistida por una suave lloviz­na de amor.

Publicado en El Mundo, el 27 de noviembre de 2010

El viajero de Quito

Quito es una ciudad tan extraña que puede albergar toda clase de misterios, a los que el qui­teño Javier Vásconez (1946) acude como las moscas a la miel, que vuelven una y otra vez con desolada y desoladora insistencia. Descendiente de próceres —su padre era diplomático y escri­tor y su madre de una gran familia de la colo­nia— es un gran viajero por Europa, Estados Unidos y toda América y un escritor de culto en su país donde ha recibido varios premios y ha si­do objeto de numerosas críticas (véase una colec­ción de ellas en El exilio interminable, Paradiso, Quito, 2002). Ecuador es un nombre ajeno, creado por la geografía de una situación, no es algo real, sino un «imagina­rio» repleto de montañas y volcanes que resume su his­toria colonial en su capital con un leve y simbólico «pa­necillo», coronado por una imagen encadenada sobre un minúsculo globo terrá­queo, que domina los ba­rrios de la Merced y San Francisco, llenos de iglesias barrocas, el mercado de Otavalo más allá, o el Mu­seo del Oro al comienzo del barrio moderno.

Vásconez es autor de dos novelas importantes, El viajero de Praga (1996) y La sombra del apostador (1999), de las que la prime­ra, de inspiración claramen­te germánica, es una especie de obra maestra y de una se­rie de relatos recogidos en diversos títulos Ciudad leja­na (1982), El hombre de la mirada oblicua (1989), Café concert (1994), Un extraño en el puerto (1998) e Invita­dos de honor (2002), donde abundan las piezas magis­trales, así como una serie de novelas cortas, entre las que destacan El secreto (1996) y esta reciente El re­torno de las moscas. En verdad, Vásconez es un quiteño que ama y odia respectivamente a su ciu­dad, por lo que busca desesperadamente un exi­lio que siempre roza con los dedos, pero que siempre se le escapa. Nunca escribe de otro lugar, siempre trata de Quito, sus personajes hablan y viven en ella, o vuelven irremisiblemente, y aunque tratan de ella, la dotan de mar o de un puerto tan imaginarios como lo es el país del que surgen, un país – y una capital – que odia y ama a la vez pues vuelve a ellas continuamente.

Amén de las citadas El viajero de Praga y La sombra del apostador, no es posible desconocer la obra aparentemente «menor» de Javier Vásco­nez, que empezó tardíamente como cuentista, recopilando primero sus relatos «anacrónicos» del pasado quiteño, pero que le permitieron ob­tener sus primeros premios, y que han dado pa­so después a cuatro libros de cuentos y novelas cortas, donde hay algunas pequeñas obras verda­deramente maestras. Su «imaginario» literario se ha plasmado en homenajes tanto irónicos co­mo tiernos —y hasta lascivos, pues su sensuali­dad es evidente—, como los recogidos en Invita­dos de honor a Colette, Kafka, Nabokov, Conrad y Faulkner. (¡Admirable “Thecla Teresina”!, por ejemplo) y que desemboca ahora en esta novela corta, El retorno de las moscas, donde el autor cambia de inspiración y vuelve sus ojos hacia la novela de espionaje, la de John Le Carré y la novela bri­tánica, como dice expre­samente en la nota final (sin olvidar otro crimen impor­tante y puramente ecuatoria­no, el de la novela corta El se­creto, cuya extensión hace que algunos la consideren como una novela normal, donde explora el interior de un verdadero asesino).

Esta oscilación entre la novela larga, la corta y el cuento y el relato breve es una característica central en la obra de Vásconez, que culmina hoy con esta narra­ción verdaderamente «inter­media», que es una suerte de «clonación» de algunas cé­lebres novelas de John Le Carré, donde presenta al célebre personaje del espía George Smiley —y hasta le enfrenta con su propio au­tor en un precioso pasaje— ya jubilado y que va a Quito encargado de una nueva mi­sión. Un espía doble, soviéti­co y de los americanos a la vez, es hallado muerto en un parque quiteño y Smiley de­be investigar en su pasado, recordando el suyo y las malhadadas aventuras con su esposa (y hasta se evoca a Haydon y a Karla) hasta resolver el ca­so que al final resulta ser un delito pasional y pri­vado, que sin embargo le proporciona un texto precioso. Pues también en Quito, y a Quito, las moscas (que proceden de un sueño de Smiley) retornan irremediablemente. Como la literatura, a la que la suya vuelve sin parar una y otra vez.

Javier Vásconez presenta hoy en Madrid su libro ‘La piel del miedo’

En Viento del Sur Editorial no imaginan un “comienzo mejor”. Este nuevo sello independiente, centrado en la narrativa contemporánea escrita en castellano, inicia su andadura en Madrid con la última obra de uno de los autores más destacados de la literatura ecuatoriana. La novela La piel del miedo, de Javier Vásconez, que hoy se presenta en Madrid (sale al mercado con una tirada de 1.500 ejemplares), es su primer título de referencia.

Gorka Ochoa, responsable de la firma, sostiene que el autor calza a la perfección en la línea editorial de Viento del Sur, que apuesta por una “literatura sincera y cruda al mismo tiempo, descarnada y emotiva”.

Ochoa tropezó un día con los relatos cortos y los cuentos de Vásconez. Le impresionó profundamente “su estilo, su fuerza, su golpeo con las palabras, sus personajes y su enorme capacidad de envolver al lector con la escritura”. No cree que el quiteño responda al “estándar de la literatura ecuatoriana”. Su perfil es más “cosmopolita”, pero aún permanece “oculto para el gran público”. El editor es consciente de que parte de su trabajo consiste en lograr que eso cambie, por la “dilatada carrera” que atesora el padre de El viajero de Praga y porque sus publicaciones “tienen todas las posibilidades de convertirse en un referente”.

La piel del miedo arranca con los disparos de un padre alcoholizado en medio de la noche. La acción transcurre desde los diez años de edad hasta casi la treintena del protagonista (“un hombre despojado de atributos que escarba sin cesar en su conciencia, esa zona de oscuridad donde se ventila la escritura”).

Ochoa destaca de la novela la “solidez del relato y el control de los periodos de tiempo”.

Vásconez, en su opinión, regala a través de esta obra “una colección muy difícil de superar; desde el ambiente familiar, las amistades, las mujeres, hasta el reencuentro con personajes de otros textos (Papi George, el doctor Kronz, Ramón Ochoa…)”.

Los halagos continúan en la contraportada del libro, a través de las palabras del crítico español Ignacio Echevarría.

Desde su óptica, La piel del miedo es una “sugerente novela” marcada por una “impronta autobiográfica” y escrita con la “penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente”.

Publicado en El Universo de Guayaquil, el  miércoles 22 de septiembre del 2010.

El viajero de Praga por Mercedes Serna

Como el protagonista princi­pal de esta novela -el doctor Kronz-, su autor es un viajero, en este caso ecuatoriano -naci­do en Quito- que ha vivido en Navarra y en París. Javier Vásconez ha recorrido los dos continentes en que «parece» ambientarse su última novela: Europa y América. Y digo que parece porque El viajero de Praga es la historia de un che­coslovaco, Josef Kronz, que realiza un viaje en principio concreto -Praga, Barcelona- que se difumina en un itinerario deliberadamente confuso. La historia se inicia en Praga, en un mundo enfermo que el doc­tor Kronz se encargara de soco­rrer.

Tras la decisión de unas merecidas vacaciones, se dirige a un pueblo de la sierra. De esas vacaciones quedará el recuerdo obsesivo de Violeta. Más tarde, el retorno a Praga y el viaje a Barcelona, con la excusa de dictar un seminario. Allí deambulará por el barrio chino, trabajará, olvidándose de su profesión, en una pajare­ría, y vivirá en una desolada pensión. El sentimiento que predomina en este viajero es el de extrañeza, donde quiera que vaya. Concluida su estancia en Barcelona -enturbiada por ciertos chantajes y engaños de los que es víctima, Kronz deci­de establecerse en Sudamérica. Consigue un puesto de médico en un páramo, en una región sin recursos, asolada por el cólera y el embrutecimiento moral de sus pobladores. Es un pueblo dominado por una do­cena de familias que practican el incesto para no mezclarse con los indios; una estirpe de­generada, en un ambiente de podredumbre, esperpéntico. Pero el involuntario apego al recuerdo sacude a Kronz quien, a veces, se siente incapaz de diferenciar entre lo real y lo ilu­sorio. Es un viaje sin retorno, antiépico por estar desprovisto de heroicidades y de sentido.

Como la vida y los personajes de su mundo, como la estructu­ra de la novela, el viaje es cícli­co. Toda esta epopeya gira en tomo a una idea central: al via­jero le parece que ya había estado antes y que ya había conocido a esa gente anteriormente. Es un sueño cíclico, repetitivo, obsesivo, en un tiempo circular, al estilo de las novelas míticas. El final y el principio se unen en un círculo que se cierra y que el personaje recorre obsesivamente. Del cír­culo jamás se sale. En realidad, lo único que permanece es la soledad, la profunda soledad.

Presentación de La sombra del apostador

Javier Vásconez es un escritor que aparece en la escena literaria del Ecuador un tanto tardíamente. Mientras la mayoría de sus compañeros de generación había publicado ya, durante la década de los años setenta, un número más o menos significativo de cuentos y novelas, Vásconez aparece recién en 1982 con el libro de cuentos “Ciudad lejana”, que insinúa una de las obsesiones del escritor -ciertamente obstinado y pertinaz- en el que se ha ido convirtiendo desde entonces. Me refiero a la figuración morosa e insistente de una ciudad imaginaria, en la cual compartir la vida con unos personajes tan persistentes y obstinados como él mismo. En 1983, obtuvo un premio en México con un cuento para entonces  bastante audaz y perturbador: “Angelote, amor mío”; y en 1986 da a conocer su segundo libro de cuentos “El hombre de la mirada oblicua”.

A partir de entonces, su mundo narrativo ha ido conformándose de una manera muy particular y sostenida: un universo cíclico, recurrente, en el que sus personajes aparecen una y otra vez, reinventados, y en cada aparición –en cada vuelta de la rueda- han ido ganando en riqueza y espesor existencial.

Si señalé la tardanza de Vásconez en la aparición de sus primeros cuentos, es porque me parece que esa demora expresa algo que singulariza su obra narrativa: y es precisamente esa íntima unidad, esa extrema coherencia que sostiene la totalidad de su producción literaria, y la convierte –por decirlo así- en una escritura a la vez redundante e inacabada, en un universo cerrado y simultáneamente en continua expansión. No estoy segura de haber encontrado en otro narrador ecuatoriano de su generación, una consistencia semejante.

Así, los cuentos de “Un extraño en el puerto”, la novela corta “El secreto”, y su novela fundacional “El viajero de Praga” (todos publicados por Alfaguara en los años noventa) van agregándose a ese vasto jeroglífico ya esbozado en los primeros relatos, sin perder su propia autonomía y singularidad; pero cada nueva pieza que se añade reordena el conjunto, ilumina sus ángulos oscuros, le añade significaciones que no estaban. De tal suerte que si uno re lee alguno de los cuentos anteriores, a la luz de las obras más recientes, resulta ser un cuento diferente, abierto a otras posibilidades de lectura. El resultado es una obra literaria en constante transformación, que se nos muestra en un perpetuo trance de hacerse. Se diría que al autor no le interesa tanto la historia épica, que es la historia del mundo cerrado y concluido, sino la historia novelesca, que es la historia abierta e inconclusa de un mundo infinitamente vasto, en el que el escritor continúa enfrentándose indefinidamente al territorio de lo aún no escrito, una historia laberíntica que deja siempre las puertas abiertas a insospechados pasadizos y galerías.

La “Sombra del apostador”, la novela que Javier nos entrega en esta tarde, sigue en esencia esa misma dirección. Vásconez nos entrega una ciudad del deseo y de la muerte, de la violencia y de la ausencia, del crimen y la pasión. Una ciudad poblada de rumores, de secretos, de voces y de sombras, y un narrador que emprende la laboriosa tarea de juntar los fragmentos y otorgarles un sentido.

La situación narrativa básica de la novela es ésta: Roldán, un hombre con una biografía nefasta y un pasado penitenciario relatado en cuentos anteriores, reaparece en las páginas iniciales de esta novela. Acaba de salir de la cárcel por un crimen cometido en otro relato, y recibe la orden anónima de asesinar a un jokey –Aníbal Ibarra- durante la Gran Carrera que se celebrará en la ciudad. “Podría no necesitarme” -dice el narrador-  pero “desde la soledad de un cuarto, Roldán me había obligado a inventar la historia de su vida”; “Utilizará mis palabras para desplazarse y darle un verdadero sentido a la ciudad”. Con la esmerada paciencia de un artista empecinado en trabajar su obra maestra, Roldán se apresta a consumar el crimen como quien cumple un destino inexorable y fatídico. “El plan está trazado –dice – y la fecha está fijada, porque Dios y una voz en el teléfono lo decidieron antes que yo”.

A partir de este nudo narrativo, se despliegan y entrecruzan las historias de los demás personajes en una danza trágica y envolvente en torno al abismo de la muerte. El Coronel, con su proyecto delirante de construir un hipódromo, un santuario de mármol al pie de los volcanes. Douglas Castillo, el alcalde, huidizo y enigmático, rodeado de un cúmulo de rumores y sospechas, urdiendo trampas y engaños, en una sombría apetencia de codicia y poder. El jokey Aníbal Ibarra, que vive largamente la agonía de su próxima muerte, advertido de ella por el mismo Roldán; Lena la muchacha emigrada que coloca flores en los cementerios abandonados. Y Sofía, que al comienzo asoma como parte del espacio del narrador, y termina confundida con los demás personajes en el mundo de la ficción. Todos, de uno u otro modo, están tocados por la sombra oscura de la muerte (a fin de cuentas “todos cargamos un muerto” dice en algún momento el narrador) entrampados en un complejo juego de complicidades y traiciones donde todos son, simultáneamente, víctimas y verdugos. Roldán sabe que va a matar; Aníbal Ibarra sabe que va a morir; y ninguno de los dos hará nada por evitarlo, quizás porque saben de antemano que no hay otra salida.

La sombra del apostador” es una novela que sorprende por el rigor y la precisión que sostienen la estructura narrativa en todos sus niveles. La trama novelesca está dispuesta de tal modo que permite que cada personaje se configure progresivamente con sucesivas capas de luz y oscuridad. Son seres marcados por la frustración, la derrota, el hastío; pero sobre todo son existencias poderosamente individuales con una historia personal propia y distinta, que en los sucesivos episodios, ocultan y exhiben sus aristas más difíciles, sus rostros secretos, sus enigmas. Nunca son del todo lo que parecen ser; todos esconden un secreto; quizás por eso su presencia resulta tan inquietante y perturbadora. Yo quisiera destacar aquí el esmerado trabajo en la construcción de personajes. Y es que “La sombra del apostador” no es una novela que se sostenga simplemente por el hilo narrativo, por una intriga más o menos interesante, sino que el escritor ha dotado de alma propia, individual y distinta a cada personaje.

Uno de los mitos que alimentó la edad moderna fue la creencia en el avance imperturbable de la civilización, el racionalismo y el triunfo del progreso; por esta vía, la humanidad entera llegaría a estar formada por ciudadanos de buenos sentimientos, ilusiones positivas y promesas de felicidad futura. O, en el extremo de la frivolidad, todos llegaríamos a ser lo que Wright Mills llamó “el alegre robot” de la sociedad consumista, dispuesto a morirse de risa y divertirse hasta la muerte. Pero desde siempre la literatura se encargó de echar a perder la fiesta; baste con recordar a Dostoyewsky por ejemplo, y más cercanamente a Onetti. Los personajes de Vásconez pertenecen a esta estirpe. Seres salidos del lado oscuro, expulsados del paraíso, expiando quien sabe qué culpas remotas, que merodean por los arrabales, jugándose a fondo, una y otra vez, su destino en una apuesta cuyo sino inexorable es la derrota. Y es que hay en ellos una cierta ambivalencia entre la plenitud y el fracaso. Acaso sean lo mismo. Parecería que su sentido de libertad se confunde con una suerte de orgullosa vocación por lo irreparable. La codicia, la ambición del poder, el deseo de la gloria, no son sino subterfugios para poder sobrevivir, para enmascarar esa pulsión vertiginosa por la muerte.

Otra de las claves en la composición de esta novela es la figura del narrador. Desde el comienzo de la novela sabemos que todo ha sucedido ya:

“En todo caso durante el año del dragón hubo una serie de hechos tan relevantes como violentos. Me doy perfecta cuenta de que algunos acontecimientos merecen una especial atención: no fue sólo porque Roldán salió de la cárcel, sino que además se cumplieron las premoniciones de la señora Melania, y ese año hubo fuego y sangre en el hipódromo”.

Así pues, todo ha sucedido ya, pero es necesario contarlo, reinventarlo, para que sea inteligible. El narrador emprende esta tarea de reordenar los fragmentos, los rumores, las habladurías, de inventar unas historias para cada personaje, inventándose a sí mismo en el juego de la escritura.

El de “La sombra del apostador” es un narrador ubicuo que se construye en la zona fronteriza que delimita la realidad y la ficción, que acecha a sus personajes con una desasosegante mezcla de pasión y tedio, un narrador que se confunde con sus personajes, que dialoga con ellos, que les interroga, les contradice. Este narrador tiene un nombre J. Vásconez, y apareció ya esbozado en dos cuentos anteriores: “Café Concert”, y “Un extraño en el puerto”. En el primero aparece fugazmente en una nota de prensa que lee un personaje. En el segundo, está más definido: J.Vasconez emprende la improbable tarea de construir la ficción de un mar, un muelle, un puerto, para la ciudad andina en la que habita.

En la narración clásica, los dos mundos –el de la realidad y el de la ficción- aparecen perfectamente diferenciados. Pero en la novela moderna, estas fronteras tienden a debilitarse. En “La sombra del apostador”, la transgresión es definitiva: J. Vásconez, es un narrador que escribe que está escribiendo la novela que estamos leyendo. Es decir, un narrador que se muestra a sí mismo en el acto de narrar. Hay una ruptura del mecanismo básico que exige al narrador ocultarse detrás de las palabras que crean la ficción. De algún modo repite el gesto de Velásquez en “Las Meninas”, donde el pintor se retrata a sí mismo ante el caballete y pincel en mano, mirando la escena y pintándola. Todos recordaremos también el encuentro del Don Quijote con el Conde Duque de Olivares, que ha leído el primer libro del Quijote, y lo comenta. O al personaje de Bekett que afirma desenfadadamente: “Yo no existo. El hecho es evidente”.

El resultado es – y voy a decirlo con las palabras del propio Javier Vásconez –una mirada oblicua sobre la realidad. Un trato ambivalente con lo real. La demanda del realismo exigía al escritor atenerse a lo que se supone que es lo ya dado, a mostrar lo que ya sabe. La apuesta de la literatura, su libertad extrema, consiste en contar lo ignorado, lo que era invisible, lo que o existía antes de ser escrito.

Javier Vásconez, el autor de “La sombra del apostador”, engendra a J. Vásconez, el narrador, para jugarse su propia apuesta en el terreno de la invención. (También lo contrario es cierto: en esto de filiaciones y paternidades uno nunca puede estar seguro). Yo diría que en este recurso retórico está una clave de la apuesta literaria de Javier Vásconez: la literatura no muestra, ni peor aún, demuestra nada; la literatura inventa unas realidades verbales que se internan en el territorio de lo no dicho, de lo olvidado, de lo marginado, y sin las cuales la primera realidad es ilegible. Las ciudades por ejemplo; sólo empiezan a existir, adquieren un rostro y una atmósfera, cuando alguien –una novela, un lienzo, una película -las inventa. Y es que, más que una respuesta, una novela es siempre una pregunta crítica acerca del mundo, y también acerca de qué es ella misma.

Este ensancharse de los espacios para desbordar sus límites es perceptible también en otros elementos constructivos de “La sombra del apostador”. Está por ejemplo en la construcción imaginaria de la ciudad andina, eternamente sumergida en una lluvia pertinaz. Una ciudad mestiza, hecha de  luces y de sombras. La luz absoluta enceguece porque muestra a la realidad en un solo plano privado de relieves y concavidades; la sombra abre la tercera dimensión, la de la profundidad y espesor. Una ciudad que, como la máscara de Jano, mira hacia el pasado y hacia el futuro. Una ciudad de la memoria y del deseo. Hay dos territorios que se articulan a la ciudad creada en la novela, y que comparten con ella ese carácter ambiguo y contradictorio: el uno es Capelo, la hermosa hacienda emplazada en el valle; de algún modo, el paraíso perdido del que todos han sido expulsados y viven su nostalgia; pero también es el noveno círculo del infierno, como se revelará al final de la novela, en una escena de singular violencia. El otro es el hipódromo: el real, un viejo cobertizo con gallinas y tractores abandonados; y el posible: el santuario de mármol y caballos pura sangre al pie de los volcanes, que existe en los febriles proyectos del Coronel. Capelo es la memoria del pasado; el hipódromo el deseo de un futuro otro, convocado a quebrar las plácidas rutinas provincianas de la ciudad.

Javier Vásconez ha confesado su pasión por los puertos, los puentes, los hoteles. Los lugares de encuentro y de tránsito. Acaso su escritura comparta con ellos esa naturaleza: una escritura abierta, porosa, que deja filtrar otras escrituras, encuentros con innumerables escritores y libros del pasado y del presente, diálogos a veces explícitos y directos, a veces puras alusiones, a veces guiños de complicidad con el lector, una escritura que se expande y enriquece en los juegos de la intertextualidad. Si es cierto que cada escritor inventa a sus antecesores, Javier Váconez es dueño de una genealogía vasta e ilustre. Borges decía que todas las obras del pasado son parte del futuro porque están siempre esperando ser leídas por primera vez. Cada nuevo libro que se inserta en esa tradición, reinventa y actualiza ese pasado y, al hacerlo, lo transforma. Como Pierre Menard, todos son de nuevo el autor del Quijote.

Hay muchos otros aspectos en los que podría extenderme, y que quedan reservados para una lectura crítica más profunda. Y más que eso, quedan para el disfrute de los lectores. El sabio manejo del ritmo narrativo con sus morosidades y sus vértigos, la elección precisa de los lenguajes para contar la historia como desde detrás de una ventana empañada por la lluvia, las tensiones en que se juega la libertad entre el sentido del juego, de la apuesta, y la fatalidad.

Cada quien tiene a su haber unas pocas novelas que vuelve a releer de tanto en tanto, y que en cada nuevo encuentro le deparan el gozo renovado, la sorpresa, los descubrimientos imprevistos, de la primera vez. Yo tengo para mí que esta novela de Javier Vásconez es una de ellas.

Cuenca, marzo de 2000

Cuentos extraños

Hace ya algún tiempo nos hicimos eco de la narra­tiva del ecuatoriano Ja­vier Vásconez y comentamos su inquietante relato El secreto y su novela El viajero de Praga, cuyo protagonista era el no menos in­quietante doctor Kronz. Ahora nos llega, en edición mexicano-ecuatoriana con el sello Alfaguara/Libri Mundi un nuevo título del escritor. Un extraño en el puer­to que reúne ocho narraciones. Mercedes Mafia pone una nota prologal tan breve como precisa para destacar los seres «mero­deadores solitarios v perturbado­res» que habitan estas páginas, que nacen del «profundo desa­cuerdo con la realidad» de su creador.

Javier Vásconez es creador de una narrativa de densa sustancia existencial. Su universo tiene co­mo frecuente referente la ciudad de Quito, sombría y maldita, ás­pera y laberíntica, sucia y hostil. Sus personajes son criaturas aje­nas, extrañas, solitarias y casi siempre con un grave interro­gante a cuestas; una culpa, un pasado del que escapar, una ob­sesiva vivencia, una identidad perdida. Son seres huidizos y sombríos, marginales, que deambulan por territorios de destrucción y ruina. La soledad, la muerte, la locura, el fracaso les pertenecen.

“Angelote, amor mío” treinta años después

En la ya tan distante 1982 aparecía «Angelote, amor mío» en un volumen de cuentos que la editorial El Conejo publicaba bajo un título común, Ciudad lejana. Este título ya parecía preludiar la urbe imaginada que Javier Vásconez, nuevo cartógrafo de una orografía que sólo vive en su imaginación, había de revisitar, una vez y otra vez más, en su rica obra narrativa. Veinte años después, en 2002, Alfaguara reeditaba aquel primer libro. El cuento volvió a publicarse en la antología Estación de lluvia (2009). Yo, humildemente conformado con la edición de Alfaguara que recuperaba y volvía a poner en circulación la primera, recibo esta de ahora con particular alegría, y quedo poco menos que fascinado al releer Angelote, amor mío en la edición de Doble Rostro. Presidido por el diseño de Sandra Araya, acompañado por las ilustraciones de Ana Fernández y prologado por Luis Antonio de Villena, Angelote, amor mío viene a celebrar los treinta años de su primera edición.

Estos tres decenios no han logrado envejecer esta breve narración, acaso fundacional de su narrativa, que Javier Vásconez vuelve a entregar a sus lectores. «Angelote, amor mío» es un relato en que nada se narra y todo queda entendido. Julián, secretario, amante, y acaso alcahuete o celestino, de Angelote-Jacinto, en el velatorio de éste nombra no sólo recuerdos, sino también sentimientos vividos en presente. Ante el ataúd, evoca antiguas y cercanas presencias. Alguna vez Javier Vásconez ha afirmado que la poesía no es en realidad literatura, sino la urgencia de una voz humana pugnando por decir algo, algo que sólo puede ser expresado por el poeta. En definitiva, para Javier Vásconez, poesía es lenguaje puro. Tengo para mí que estas afirmaciones vienen bien para calificar este relato a medio camino entre el monólogo interior y el diálogo elegíaco.

No tan sólo el título del cuento, sino el preciso inicio del texto, y también, desde luego, la frase-párrafo final, muestran la forma de un diálogo entre Julián y Jacinto. Se trata, claro es, de un diálogo imposible, de un diálogo que, truncado, se convierte en monólogo interior, ya que Jacinto está de cuerpo presente ante su interlocutor. El amante se entrega ante el amado en una suerte de elegía en que rememora, sin recelo ni malicia, las supuestas perversiones sexuales de su amado. Se trata de señalar, y hacerlo con el dedo índice bien marcado —atinadamente lo sostiene Luis Enrique de Villena en su prólogo a esta espléndida edición, “Heterodoxia, voluta, barroco”— que los perversos son los otros, los que miran mal.

Para ese sostenido monólogo de Julián frente su amado, para el recuerdo de las relaciones entre ambos y las de Jacinto en sus diversos encuentros amorosos, para la breve evocación de un mundo que avanza ante un ataúd, la materia literaria que emplea Javier Vásconez es la de un relato lírico, un relato en que es la poesía el sustento y la única materia capaz de colmar enteramente ese mundo que Julián nombra y que frente el féretro de su amado acaba. De ese mundo parece despedirse Julián con el agrio sabor de la sordidez contenida en el pequeño paquete que la hermana del difunto le entrega al salir del velatorio y que en una taberna abre. A sí mismo, en su monólogo, y a su amado muerto, como colofón a la elegía, dice: «Angelote, si hasta la risa te quitaron».

Tarragona, 9 de enero de 2012

Thecla teresina, de Javier Vásconez

Javier Vásconez (Quito, 1946) es el creador de una ciudad imaginada y revisitada una y otra vez en su narrativa. Esa ciudad inventada es su ciudad natal, Quito. La primera obra que publicó fue el volumen de cuentos Ciudad lejana (1982), que ha sido recientemente reeditada en España por Alfaguara (2002). El resto de su obra narrativa la componen El hombre de la mirada oblicua (1989), Café Concert (1994), El secreto (1996), El viajero de Praga (1996), Un extraño en el puerto (1998) y La sombra del apostador (1999).

En diciembre de 2003 sale de las prensas de Paradiso Editores Thecla teresina (Quito: 2003). Se trata de una bellísima edición exquisitamente ilustrada por Manuela Ribadeneira y magistralmente tipografiada.

Thecla teresina es un delicado anticipo de un libro de cuentos futuro. Según informa Fina Godoy en el imprescindible prólogo, el libro llevará por título Invitados de honor. Lo integrarán seis cuentos, cada uno de ellos relacionado con un escritor diferente, y, todos ellos, admirados maestros del narrador ecuatoriano. Los escritores elegidos -invitados, debiera decirse- son Franz Kafka, a quien acompañará el cuento “El baúl” de Lowell; Sidonie Gabrielle Claudine Colette, a quien le dedica el relato “Madame”; William Faulkner, para quien ha escrito “Billy”; Joseph Conrad, a quien brinda “El encuentro” y John Le CarrÉ, a quien ofrece “La guerra fría”. Falta un sexto cuento, este que ahora anticipa al futuro volumen y que ahora se edita, “Thecla teresina”. Javier Vásconez lo escribe al hilo de otro gran narrador admirado, Vladimir Nabokov.

Si con Ciudad lejana (1982), su primer libro de cuentos, se adscribía a lo que pudiera llamarse una poética del mal -que tal vez llegara con El secreto (1996) a su más alta cota-, Javier Vásconez se acercaba a uno de los fundadores de la narrativa ecuatoriana, a Pablo Palacio, el narrador y ensayista nacido en Loja (1906-1947). Cuántas páginas del quiteño evocan aquellas otras de Un hombre muerto a puntapiés (1927) de Pablo Palacio. Se trata, claro está, de una adscripción voluntariamente dispuesta, y que se encamina, implícitamente, hacia la recuperación de una narrativa muy escasamente desconocida. A esa línea de recuperación del gran narrador Pablo Palacio deben sumarse aquellas evocaciones que Javier Vásconez muestra como indudables en su pluma. Además de los escritores ya citados, y que el propio narrador ecuatoriano hace explícitos, están el uruguayo Juan Carlos Onetti y el español Juan Benet, por lo menos. Más de una vez (y lo digo a media voz y con una sonrisa) me he preguntado quién sería capaz de aunar a esos dos grandes maestros. En las páginas de Javier Vásconez se contiene, vivísima, la respuesta.

El cuento que ahora se edita, “Thecla teresina”, es el nombre científico de una mariposa denominada vulgarmente Azulina. Esa mariposa aletea a lo largo de todo el cuento. Y esa mariposa está clavada en un estuche del misterioso Nikolai. Y esa mariposa es calculada ofrenda del viejo rijoso a una niña, Zulema. Esa sórdida historia se hace luminosa en las manos de Javier Vásconez.

 23 de febrero de 2004

 

La sombra del escritor

En un relato de Jorge Luis Borges, el laberinto donde estaba atrapado Asterión (como bautizó el escritor argentino al Minotauro) era el lugar más feliz del mundo. Un sitio en el que, a pesar de la soledad absoluta de este ser mitad toro y mitad humano, era feliz.

Cada día jugaba a las escondidas consigo mis­mo, e imaginaba que miles de otros minotauros estaban junto a él, ocultos en algún lugar desconocido.

Algunas veces, cuando levantaba la cabeza y observaba las estrellas, se enorgullecía aún más de su casa, pues esos diminutos brillos en el cielo no tenían comparación con la magnifi­cencia de su hogar infinito.

De pequeño, Javier Vásconez vivió como este ser mítico en los laberintos del centro de Quito. La casa de sus abuelos, ubicada frente la Iglesia de la Compañía (García Moreno), fue el mundo de su infancia.

Rodeado de imágenes coloniales, el tañido de campanas, laberínticas escaleras, fuentes y pa­sadizos secretos, el casco de la vieja casona le fue susurrando historias al oído.

Muchos años después, Vásconez abandonó esa morada, pero solo para retratar nuevamen­te esas primeras instantáneas de la vida en sus novelas y cuentos.

Por eso aparecen en su obra personajes em­blemáticos de Quito, como «La Torera», y ba­rrios como La Tola, San Juan, Guápulo y La Flo­resta, y tantos otros, donde todo lo que sucede tiene el sino fatal e inescrutable del pasado.

Desde su primera obra, Ciudad lejana, su re­lación con la urbe fue un eje constante en su narrativa; una mezcla extraña de «amor-odio» se conjuga en su interior, una dualidad que fi­nalmente encontró su resolución definitiva.

«He llegado a la convicción de que siento amor, pero un amor conflictivo, porque Quito es una ciudad difícil de entender. Es dispersa, fascinante, y el hecho de escribir sobre ella me ha ayudado a conocerla. Yo sostengo que las ciudades solo existen cuando un escritor escri­be sobre ellas. De lo contrario, son apenas una mancha en un mapa».

Escribir es su pasión. La pasión es todo para él. Sin pasión no pasa nada, el trabajo cae en la modorra y la vida pasa de largo, colgada de las nubes: por eso escribe. Y lo hace a mano. La primera versión de todas sus novelas escribe en cuadernos de hojas cuadriculadas, flagela­das con la punta de un estilógrafo de tinta ne­gra. Jamás usa bolígrafos o lápices.

Esas versiones, que sucesivamente son pro­cesadas en su computador personal, son apa­rentemente caóticas. Solo él es capaz de des­cifrar ese código complejísimo de anotaciones al margen y tachones.

Exigente consigo mismo, para publicar sus primeras obras esperó mucho tiempo. Es un escritor tardío, con una crítica interna podero­sa, fulminante quizás. Diariamente dedica su esfuerzo tanto a la edición de textos, como a la creación literaria pura.

Para escribir prácticamente solo necesita te­ner una buena idea en la cabeza, que luego el minotauro de su corazón convertirá en letras, oraciones y párrafos.

En su hogar, ubicado en el barrio de la Ma­riscal, tiene su propio microcosmos. Estantes repletos de libros decoran las paredes de tona­lidades ocres; unos cuantos rostros fotografía dos lo miran mientras reposa sobre una mece dora silenciosa como la tarde.

El tabaco quedó atrás hace mucho, a pesar de que durante años fue un fumador compulsivo Su hogar huele a frío, como una cava de vinos donde, en lugar de botellas, están libros. Cientos de ellos, ediciones de Samuel Becket, de Manuel Puig, Cavafis, Proust, Kafka, Vargas Llosa y, sobre todo, muchos ejemplares de William Faulkner y Jorge Luis Borges, dos de autores favoritos.

Asegura que William Faulkner (ríe) es uno de los grandes escritores latinoamericanos de todos los tiempos, pues ese mundo del sur de los Estados Unidos guarda similitudes asombrosas con Latinoamérica; en cambio de Borges dice que hay una literatura antes de él y otra después de él.

En su habitación hay una pequeña cocineta en la que, metódicamente, se prepara café negro (lo hace también antes de empezar esta entrevista), mientras que en el piso un decodificador de televisión extranjera descansa inútil sobre una alfombra.

Todo lo que necesita está aquí, en este estudio. Bueno, casi todo: faltan el cine y los hipódromos.

Admira la producción cinematográfica de Bill Wilder, Visconti, John Houston y Francis Ford Coppola, entre otros, pero lamenta que la calidad de los video clubes y salas de cine sea tan baja.

Claro que le hace falta un hipódromo a Quito «Los jockeys siempre están tensos. Por su ener­gía y perseverancia son semejantes con los escritores, tal como mi personaje Aníbal Ibarra de La sombra del apostador«.

Esta novela quedó finalista en el concurso Rómulo Gallegos, y eso sin duda ha sido un espaldarazo muy fuerte, aunque en nada cambió su destino de escritor.

Ahora mismo se encuentra a la mitad de otra novela, de la que no se puede conocer más, ( por algún tipo de superstición o cuidado sino simplemente porque a Vásconez le gusta que las cosas se vayan perdiendo y encontrando en nuevos laberintos, de los que nunca desea salir por completo.

Jardín Capelo por Jorge Dávila Vázquez

En su novela más reciente, Jardín Capelo” (Orogenia, Quito, 2007), Javier Vásconez, uno de los narradores más lúcidos del Ecuador, vuelve sobre un tema que desarrolló con mucho éxito en sus primeros libros: la decadencia familiar, con todo lo que ésta implica, de caída social, de abandono, desolación y muerte.

A su poderosa capacidad para crear ambientes en plena descomposición, se suma su arte para construir personajes; algunos de los mejores que podemos hallar en su narrativa más reciente están aquí: Jordi Sorella, el catalán que viene a construir el paraíso terrenal –que no es metáfora de otra cosa este Jardín de siete hectáreas-; Saturnino, el misterioso guardián, que “expulsa” a la pareja, una vez cometido el pecado original de desafiar la autoridad suprema del juez Ruy Barbosa, uno de esos seres misteriosos, movidos por insólitos resortes en su actuar, que parecen venir al libro de las páginas de un Pérez Reverte; la maravillosa y sensual Lorena, revestida de lo indescifrable, como muchos de los seres que deambulan por el libro; Lucinda, Delia, y, en menor grado, Manuela, que pese a constituir uno de los personajes protagónicos, no llega a tener ni remotamente el atractivo de los otros, no alcanza a seducir al lector con su cotidianidad un tanto trunca.

Recurso fundamental en la construcción del relato es el paralelismo entre lo que ocurre al momento de la creación del jardín y su recorrido en la época de la destrucción final. Todo lo que en la época de la llegada de Jordi es crecimiento, belleza, esperanza; es caída, fealdad, destrucción, en el tiempo de la inútil visita de Manuela al fantasmal Capelo. Lo único que sobrevive en medio de los vestigios del pasado esplendor es la enigmática figura del ya decrépito ángel exterminador, Saturnino.

Un libro para leerlo con agrado, disfrutar del arte de la escritura en el país, y confirmar, pese a leves fallas formales, la indudable calidad de un gran relatista.

La piel del miedo por Javier Goñi

Igual que su amigo Ramón sue­ña con hacer tatuajes, y acaso escribir el mundo sobre la piel de una mujer, Jorge, el protagonista de esta excelente novela —va de menos a más—, también lleva sobre su piel el miedo pero no tatuado, sino como si su piel fuera una sábana de cine casero don­de aparecen en imágenes los miedos de la vida. La piel del miedo, del ecuatoriano Ja­vier Vásconez, hunde sus pies en las arenas movedizas de la infancia, cuando un niño, en una época indeterminada, finales de los años cincuenta, y en una ciudad no identifi­cada del todo, Quito se supone, siente el ruido nocturno de un arma —el primer mie­do—, siente o ve a un padre desquiciado —por el miedo: es un periodista que escri­be contra el Gobierno—; un padre que desa­parece o huye, y con su ausencia ese niño tendrá que hacer frente a la vida.

La novela es la narración de una trayectoria en solita­rio, por más que esté rodeado de gente, de un niño que crece sin más brújula que la del miedo y sin más meta que saber qué fue de su padre o dónde está. En ese atravesar la línea poca clara que te saca de la infancia, ese territorio de prestigio sobrevalorado, pa­ra dejarte —solo, con tus miedos— en el mundo de los adultos, Jorge tendrá cerca/le­jos a su madre, alma en pena, que arrastra su propio miedo, y a su hermana, que sólo tiene protagonismo cuando forma parte de los sueños adolescentes de Ramón y se deja tatuar en su vientre una mariposa que como ella nunca volará. Luego aparecerán en su vida otros personajes, los del hotel, todos ellos con cierta fascinación a cuestas y tam­bién lastrados por sus propios miedos: el yóquey Rosendo, el Dr. Kronz (que protago­nizó la primera novela de Vásconez en 1996, El viajero de Praga, que Alfaguara Ecuador ha reeditado con prólogo de Juan Villoro), la señora Isabel y, sobre todo, Fa­biola, esa mujer con pasado que le quita el miedo convenciéndole de que los miedos se llevan tatuados sobre la piel, que eso es el vivir, y no hay más.

Publicado en Babelia, el 5 de febrero de 2011

La piel de Javier Vásconez

“Sin duda todo el mundo conoce los dos interrogantes que se le plantean con más frecuencia a cualquier novelista: ¿de qué trata su libro?, ¿es autobiográfico? Estas preguntas y sus respuestas nunca han tenido para mí excesivo interés; si la novela es buena, tanto las preguntas como las respuestas son irrelevantes”, escribe John Irving en la introducción a una nueva edición de su famosa novela El mundo según Garp. Esto es verdadero en todos los casos y particularmente en el de La piel del miedo, la reciente novela del escritor ecuatoriano Javier Vásconez, porque se trata de literatura de la buena, de calidad universal. La intachable prosa del autor quiteño fluye con precisión para relatar una historia ambientada en el Quito de los años 50 y 60, pero cuyo tema trasciende la época y nuestras fronteras.

Si una buena novela admite diversas interpretaciones, entonces un eje temático en Vásconez es la importancia determinante de la función paterna, ejercida por el progenitor o por su representante, para la construcción de una identidad masculina adulta y para la posición de los sujetos de ambos sexos en su relación con lo social y con lo político. Uno de los efectos del logro o el fracaso de la función paterna es el vínculo diferente que cada uno tiene con ese afecto fundamental que es el miedo. En el personaje creado por Vásconez, la consecuencia es el miedo inhibitorio que lo convierte en mero espectador. En otros, sería el gesto de ignorarlo para lanzarse estúpidamente a las fauces del lobo, o eludirlo metiendo miedo a los demás, o reconocerlo en uno mismo para poder enfrentarlo.

Jorge Villamar, el personaje de la novela, está marcado por un padre violento y a la vez ausente, quien es a su vez una víctima de la violencia política en una época (hace medio siglo) donde los gobernantes ecuatorianos disponían de gorilas para dar palizas a los escritores y periodistas adversos, o para humillarlos anulando el carácter metafórico de la expresión “hacer comer mierda”. Hoy en día, el poder dispone de suficientes jueces, fiscales, publicistas y canales de televisión, para investir a la intimidación de una apariencia legal y simbólica. Leyendo esta novela, uno podría pensar que, aunque ya no existe el cine Capitol, la escena política ecuatoriana no ha cambiado en sus caracteres esenciales, porque –como dice Jorge– “la política es solo una máscara, un recurso para acallar la conciencia individual de las personas”.

Hace años que Javier Vásconez decidió ser un escritor, arriesgarse a vivir de y para ello, y jugarse la piel en cada entrega. Toda una aventura en un país que lee poco y donde la máxima recompensa que puede recibir un buen escritor es que el poder condescendiente lo indemnice –si es un adepto– concediéndole un ministerio o una embajada, lo que equivale a intentar corromperlo. Un buen escritor no necesita ese tipo de “compensaciones”; solo requiere estabilidad y condiciones para sostener su oficio subversivo, y que el público lea su obra. ¿Qué hacen las autoridades del Ministerio de Cultura para que la producción de los Vásconez, Valencia, Donoso y otros escritores for export que tenemos, se mantenga y se conozca aquí y afuera?