Categoría: Unos escriben

La piel del miedo por Iván Carvajal

«¿Fue el miedo lo que me indujo a entender el sentido de la vida?», se pregunta el narrador al inicio de La piel del miedo, la nueva novela de Javier Vásconez. ¿Cuánto deben el conocimiento del mundo y la autoconciencia de los seres humanos al miedo? Explorar esta pasión desde el punto de vista del crecimiento de un niño desolado es la apuesta del novelista.

El protagonista de la novela, Jorge Villamar, rememora los incidentes de la infancia y la adolescencia, marcados por el miedo, la enfermedad, el abandono paterno, el descubrimiento del amor y la sexualidad. Por su parte, Vásconez rememora la vida de esa “ciudad pequeña, provinciana, oculta como un hongo entre la cordillera”, que es el ámbito de su obra narrativa construido por la memoria de lo que fue Quito a mediados del siglo pasado. Vásconez ha dicho que esos años, las décadas de los 50 y 60, poseían una intensidad estética extraordinaria. Becket, Camus, el rock, Marlon Brando, James Dean, podrían ilustrar esa estética. Fueron años de formación de nuestra generación.

Quizás el que Vásconez haya vivido durante esos años entre Quito, Londres, París y España sea lo que ha contribuido a crear su peculiar fervor por la ciudad al pie del volcán, desde cuyas hendiduras brama el viento en las noches de insomnio. Su obra es, sin duda, un largo poema de amor y odio hacia esta ciudad, nunca nombrada, pero inconfundible. Una ciudad no es solo un lugar donde se suceden las vidas, sino el tejido de encuentros y desencuentros de esas vidas. El espacio y el tiempo se configuran en historia, la cual toca a cada individuo de modo singular. La ficción no se reduce a la anécdota, tampoco al peculiar anecdotario periodístico en que deriva la historiografía. Algunas de estas anécdotas: en el tercer velasquismo se persiguió a periodistas; pesquisas conocidos como “los pichirilos” atentaron contra la vida de Juan sin Cielo; una vieja forma de tortura ha sido obligar al torturado a comer excrementos.

En la novela, el periodista Rogelio Villamar, traicionado por su ex amigo el presidente Cornelio Enríquez, es torturado a consecuencia de sus artículos de crítica política. La ira que provoca la persecución política que padece Villamar deriva en violencia doméstica, abandono de la casa, desastre de la familia. El protagonista deberá crecer afrontando las crisis de epilepsia (es magistral el tratamiento del motivo de la enfermedad en la novela), la ausencia paterna, el desmoronamiento de la madre. La piel del miedo es una novela de fantasmas, aunque no en el sentido de novela gótica, sino en uno más profundo: el ámbito fantasmático que debe crear el ser humano para llenar los vacíos y sobrellevar la angustia, para zurcir las fracturas que provocan la desolación y el miedo.

Para revisitar El viajero de Praga

La aparición de El viajero de Praga en 1996 representó una de esas bienvenidas anomalías en el concierto de la literatura latinoamericana. En primer lugar, se trata de una de las poquísimas novelas de autor ecuatoriano en alcanzar internacionalización continental, posiblemente la única en los años noventa. Más aún, se trata de una novela cuyas marcas “andinas” –si se me permite el oxidado término– operan en un registro radicalmente distinto a los regionalismos e indigenismos con las que el estereotipo identifica al Ecuador. Además, en una época en la cuál el proceso de gradual incorporación de la literatura latinoamericana al mercado neoliberal –En busca de Klingsor de Jorge Volpi aparecería tan sólo un par de años después – y a los lenguajes académicos de los estudios culturales–poscolonialismo, género, subalternismo– comenzaba su trayectoria irrevocable, Javier Vásconez decidió apostar por una literatura sin atributos, por una escritura que mantiene su compromiso de búsqueda de aquello que Alfonso Reyes llamaba “lo humano”, una experiencia pura que sólo lo literario puede configurar. A casi catorce años de esta publicación, El viajero de Praga aparece como un fantasma melancólico que acecha una literatura latinoamericana cada vez más vacía de sentido, proponiendo a sus lectores una profundidad estética y un compromiso amplio con los pliegues y márgenes de la conciencia y de la escritura que han sido dejados de lado por las marejadas de libros que invaden el mercado editorial de nuestros días. Vásconez es, en efecto, un raro en el sentido dariano del término, un autor que, al caminar por los espacios olvidados de una escritura latinoamericana cada vez más decadente, se convierte en un referente posible para la reformulación radical de una tradición.

El viajero de Praga parte de referentes literarios familiares –un médico, la lluvia incesante– para recorrer una ruta que invierte los viajes interiores y exteriores de la tradición latinoamericana. Josef Kronz invierte dos de las figuras esenciales de la práctica literaria latinoamericana: el cosmopolitismo y el exilio. El viajero de Praga subvierte la narrativa latinoamericana de formación, por lo menos en su articulación moderna: en vez de plantear un sujeto periférico latinoamericano que encuentra su ser en la cosmópolis, Vásconez construye un hombre de la periferia de Occidente que sólo puede asumir su derrota existencial en un margen del mundo que, más que bárbaro, es demasiado civilizado. Kronz es un anti-Oliveira, a la vez que es un anti-Levi-Strauss. Ante la falsa elección de la redención por el cosmopolitismo o por el regreso al origen, Vásconez hunde a su personaje en una modernidad inescapable y sombría, en espacios urbanos que se definen y suceden por su ruina y decadencia.

Javier Vásconez es un magnífico heredero de Onetti. Vásconez quizá sea el escritor que mejor ha comprendido los recovecos estéticos y existenciales del autor de El astillero. Al igual que Díaz Grey: “En algún momento Kronz divisó, sepultadas bajo la lluvia, las primeras luces de la ciudad. Hizo un esfuerzo para cerrar la ventanilla, mientras el carro avanzaba junto a un muro demolido. De nuevo caía una lluvia intermitente, sucia y oblicua sobre la ciudad”. En estas tres frases, entretejidas a partir de los leitmotivs de la lluvia y la ruina, cierran el libro en la clave estética sostenida a lo largo de la narración: una textura derrotada y melancólica, que sin embargo permite ubicar en Kronz la abismal confrontación del hombre con el mundo. El viejo Georg Lukács solía decir que la novela es el arte nacido del rompimiento del vínculo natural del sujeto con el todo. Si esta aseveración es cierta, El viajero de Praga, al igual que las novelas de Onetti, representa uno de los puntos altos y, paradójicamente, luminosos del arte: una dolorosa  y sublime demostración de la nostalgia por un vínculo que sólo existe como espectro que acecha la memoria.

Una reedición amplia de El viajero de Praga, que el lector de estas líneas tiene en la mano, es un motivo para celebración. Ciertamente, resulta alentador que la novela de Vásconez haya sobrevivido la primera década de existencia y llegue ahora a una edición que, espero, la convierta en el clásico literario que merece ser. Sin la escritura de Vásconez, la literatura latinoamericana sería un poco más vacía y bastante menos sublime. El viaje de Kronz hacia el amor, la enfermedad del alma y la lluvia incesante es uno de esos raros trazos de literatura en una región donde los escritores insisten en adjetivar sus narrativas.

La piel del miedo por Ignacio Echeverría

La historia comienza con los disparos que en medio de la noche da un padre alcoholizado, enloquecido por el odio. El narrador («un hombre despojado de atributos que escarba sin cesar su conciencia, esa zona de oscuridad donde se ventila la escritura») sufrió entonces su primer ataque de epilepsia, a los diez años. Lo que sigue es un relato de formación, en el que no dejan de cumplirse los tránsitos de la infancia a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, y de la juventud al despuntar de la madurez, con las sucesivas revelaciones de la soledad, de la amistad, del sexo, del amor. En el recorrido, un desfile de personajes memorables (Papi George, el señor Hito, el doctor Kronz, la cantante Fabiola Duarte; Ramón Ochoa, el tatuador), cada uno atrapado en su propio sueño, que es también su propia ruina. Y al final, el aprendizaje de aquello mismo que se hallaba en el origen de todo: el miedo, mirador desde el cual el narrador contempla su propia vida. El miedo, convertido en una suerte de pasión, que se revela como la sustancia de toda experiencia y el contenido mismo de esa enfermedad que padece el protagonista y que amenaza con despojarlo de aquello mismo en lo que reside su salvación: las palabras que nombran y que, al hacerlo, comprenden.

Todos los elementos que caracterizan la narrativa de Vásconez comparecen en estado de gracia en esta sugerente novela escrita con la penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente. Novela que se diría marcada por una impronta autobiográfica, dada la peculiar forma en que, lejos de resolverlo, progresa en dirección al enigma de su propio sentido, que permanece en suspenso.

El secreto y otros cuentos

En “Eva, la luna y la ciudad”, relato incluido en el libro El secreto y otros cuentos, se lee:

«Ahora pienso que fue una audacia de mi parte seguirla, puesto que yo nací en la ciudad vieja, en la ciudad de los ángeles alucinados. Por eso cuando hablo de Eva, hablo de la ciudad vieja y de su actual descomposición, hablo de cosas sin importancia y de un pasado sin mayores relieves. De esa ciudad anterior a la abundancia, donde yo aprendí a soñar, amar y odiar a los hombres con la misma intensidad con que los locos suelen perseguir a sus demonios y fantasmas. Admito que para hablar del pasado, del amor por una mujer o de uno mismo hay que ser demente pero ¿qué otra alternativa me queda, si es lo único que tengo? Al menos trato de ser sincero, aunque no sea nada fácil…Confieso que vivo solo en una vieja casa del centro, rodeado de retratos y visiones cambiantes que durante la noche conspiran contra mi sueño».

Más que hacerle caso a la tentación corriente y vulgar que tenemos los lectores por encontrar retratado al autor o su obra en un fragmento, en una página iluminadora, sucede que en la literatura de Vásconez existe un manjar de frases y pasajes en los cuales sucumbimos a esa identificación. No seré la excepción. Creo que en este puñado de palabras no sólo se abrevia una posible autobiografía, sino que se señala una declaración de principios del autor en torno a la memoria, el pasado y su irrevocable destino por hacerse literatura.

Javier Vásconez pertenece a esa clase de escritores que privilegia la construcción de un universo narrativo compacto, sin fisuras, redondo en su trayectoria frente a la dispersión temática tan usual en estos tiempos. Sus temas pueden ser uno. Sus personajes, él mismo. Su trabajo minucioso con el lenguaje, su punto de vista introspectivo, pero distante, y la densidad en el tono de la escritura, desembocan en una voz desencantada y furiosa a la vez. No existen concesiones a la hora de exhibir sin estridencias ni patetismos una marginalidad radical. Su entronque con Pablo Palacio es evidente. Comparten la extrañeza ante el mundo, la peculiaridad de unos personajes «outsiders», una visión desmitificadora del mal y la misma urbe amodorrada e insensible. Son contemporáneos en la acepción que Borges da cuando se refiere a las filiaciones, a las afinidades electivas. La obra de Vásconez, además de poseer homenajes expresos los textos de Palacio, los celebra en su conjunto, en cuanto han contribuido a inventar un Ecuador más universal.

¿Cómo escribir sobre una línea imaginaria? Se pregunta Vásconez acerca del Ecuador. La respuesta la encontramos en este conjunto de relatos que imaginan una ciudad, unos habitantes, unas historias. La línea imaginaria cobra realidad al ser poblada por las ficciones de Vásconez. No es producto de un trivial juego de palabras sino del antiguo contrato establecido entre la escritura y la realidad que con tanta precisión señala Juan José Saer con estas palabras: «Tal vez la escritura sea sólo eso: un ejercicio solitario, que se ensaya sin mayores esperanzas, sobre algo que tuvo lugar en otra parte, si es que, en verdad, tuvo lugar, y que, de no haber sucedido, quizá empiece a suceder apenas la primera frase aparezca en la página».

Varios son los espacios recorridos y creados por el autor, algunos claramente identificados: Barcelona, en “La carta inconclusa”; una Quito andina y marítima, en “Un extraño en el puerto”; la dolorosa dualidad entre la Quito barroca, conventual y desvencijada y la moderna y deshumanizada de “Eva, la luna y la ciudad”, esa misma Quito represiva de “Angelote, amor mío” y “El secreto”. Estos espacios son cerrados, asfixiantes, claustrofóbicos como su prosa. En ellos discurre un personaje exiliado de todas partes: exiliado en el exterior (“La carta inconclusa”); exiliado en el interior, sitiado en las rígidas paredes de las cordilleras andinas, en “El secreto” y “Angelote, amor mío”. En estas dos últimas, la voz es un grito.

Sus temas y protagonistas rezuman una acidez similar. En “El secreto”, el desprecio por una cotidianidad insulsa e hipócrita es desenmascarado por ese héroe subvertido, por ese Mesías sin apóstoles, encarnado en un vendedor de utensilios de oficina, Rubén Camacho, colombiano en el exilio, perseguidor y fracasado. Su diatriba final, su mensaje a los mortales, reposa en las excrecencias de Quito.

La distancia, en “La carta inconclusa”, está mediada por la memoria. Es una carta de amor dirigida a Anita, una loca maravillosa autoproclamada reina de la ciudad, que festeja su valentía por haber denunciado por la radio las intimidades de la familia Ruy Barbosa y de otras encumbradas de la sociedad. A partir de ese momento, es estigmatizada como loca por ellos mismos. «Después de todo, Anita, usted sólo cometió el error de haber sido indiscreta, utilizó la radio para levantar una injuriosa plegaria contra las estatuas de una ciudad». La carta la escribe desde una Barcelona macarrónica, prostibularia mientras recuerda una ciudad de Quito intolerante y pacata. Pero todo quedará en el olvido: la carta del narrador, la vida de la loca Anita, el pasado, el mensaje final de Camacho en El secreto, la muerte de Angelote y, tal vez, la literatura misma. Esa conciencia del fracaso como fatalidad, esa insistencia en que todos los caminos conducen al olvido es una idea desoladora, pero contundente, en la obra de Vásconez. Sin embargo, como queda dicho, entretanto se hace literatura.

En “Angelote, amor mío”, un homosexual es otra vez resucitado por la memoria amorosa. Julián recuerda su vida y tribulaciones con admiración. Pero lo importante no será simplemente subrayar la condición marginal de Angelote, ángel y demonio, sino su profunda indefensión ante la moral represiva, su condición de víctima por ejercer la libertad. Su soledad desarmada, impotente frente a la actitud represiva, recuerda en algo a la «Japonesita», personaje homosexual de El lugar sin límites, de José Donoso.

De nuevo planeará la memoria con su vuelo imperceptible sobre una ciudad que padece la peste de la desmemoria. Y el autor oportunamente reivindicará la creación literaria como una acción profiláctica aplicada al pasado, un desahogo contra la indiferencia.

Gutiérrez, fotógrafo protagonista del relato “Eva, la luna y la ciudad”, oscila conscientemente entre un doble fracaso: atrapar la ciudad vieja con la lente de su cámara para preservar su espíritu y convencer a su amada Eva de que no lo abandone marchándose hacia al norte, hacia la «deslumbrante» ciudad moderna. Pero Gutiérrez está sitiado por los recuerdos y el peso de los fantasmas de su propio pasado. Todo intento de movimiento será inútil. La decadencia de la casona lo obnubila y seduce hasta hacerlo acatar la decisión moral de derruirse con ella, así como hicieron el Gatopardo de Lampedusa, con sus valores innegociables, o el Lord Jim de Conrad. Todos ellos pertenecientes a una estirpe de héroes fracasados a los que se suman los personajes de Vásconez.

No hay relato de Vásconez en donde la reflexión sobre el proceso de la escritura no tenga cabida, bien por alegoría o por su manifestación literal —podría invocar en este momento múltiples ejemplos—, pero “Un extraño en el puerto” resulta ser un texto paradigmático en este sentido. Considero que es un relato que cuenta la construcción de un relato. Es su misma materia indisoluble. En él se radicaliza el poder de la ficción para crear realidad, y viceversa, en consecuencia con esa figura tan apreciada por el autor, que es lo cíclico. Vásconez confiesa que la idea del cuento le vino propiciada por la asfixia de vivir en una ciudad cercada por las montañas. Con el prurito de corregir la realidad, el autor inventa el mar para que ventile el frío y melancólico encierro andino. La imaginación oxigena lo real.

Pero el escritor Vásconez también crea al escritor J.Vásconez, doble, espía de sí mismo y alquimista de un prosaísmo que muta en rica ficción. No se trata exclusivamente del escritor que observa la realidad con esa condición voyerista, sino alguien que actúa transformándola en literatura. Así como inventa a su alter ego, de igual manera inventa otros personajes: Kronz que aparece y desaparece por el conjunto de su obra; la señora Maruja, relatora de las circunstancias que definen al otro personaje, María. Esta última comparte con otros personajes femeninos de Vásconez algunas particularidades, como la figura amada y huidiza de Eva, la postración en la locura con Anita, su condición enfermiza y marginal. Y el Siciliano, amante furtivo y definitivo en la historia sentimental de María.

La historia que se narra es extraña como el puerto. Un hombre aparece en el insomnio de J.Vásconez arribando por vía marítima, misteriosamente. Mientras el narrador caprichoso decide develarlo un poco más adelante, hace entrar a María en sus páginas para configurar su destino. Más adelante, el incógnito viajero se identificará como el doctor Kronz, que venía «arrastrando su infortunio desde Praga». Las hojas de su pasaporte están repletas de sellos de aduana, en contraste con las del escritor J. Vásconez, que están vacías, pero que se irán poblando poco a poco con esta historia. María aguarda una carta de New York, donde su padre reside desde que la abandonara, años antes. Ella también espera la muerte, como todos los mortales, pero con la acuciosa presencia de la epilepsia. Por su parte J. Vásconez observa y elabora desde su estudio la ficción que leemos.

El desenlace no es menos extraño: un ataque de epilepsia reúne a todos los personajes en torno a María en casa de sus abuelos. El doctor Kronz la revive y huye, no sin despejar antes la inquietud de que él no es el portador de la carta que espera María. Ella seguirá acompañada con fidelidad por su enfermedad y el escritor/autor regresará a su estudio al tiempo que comprueba así que la realidad se inventa y no lo contrario. Esta pieza literaria ratifica que nos hallamos ante un escritor que participa de la realidad con la impronta de inventarla, modificarla y amañarla de acuerdo a su antojo y con la fortaleza de quien sabe que lo que no existe, existirá gracias a la imaginación.

Javier Vásconez representa para la literatura ecuatoriana la instalación definitiva del hombre contemporáneo y su trasegar insomne por las deficiencias del mundo. Su escenario natural es la urbe universal, pero es evidente su ubicación dentro de una Quito que se debate entre un pasado amenazado por el olvido y la desidia, y un pálido presente signado por una modernidad enceguecedora, pero inquietantemente falsa como una moneda de lata con apariencia de oro. El futuro se encargará de dirimir tal desajuste. Entretanto, hay que leer a Javier Vásconez y gozar del secreto de su escritura.

Jardín Capelo por Gonzalo Maldonado Albán

Lees la última página en un estado de agitación y de­sasosiego. Debes restre­garte los ojos, ponerte de pie y buscar alguna distracción que te libere de esa inquietud que crece como una madreselva dentro de tu pecho. Pero es inú­til. Solo atinas a inclinarte sobre el cristal de la ventana para ver las plantas de tu patio, empali­decidas por la luna llena, enre­dadas en el viento áspero del ve­rano. «Nunca volveré a ver un jardín de la misma manera», te dices en voz baja.La prosa electrizante de Jar­dín Capelo, la última novela de Javier Vásconez, es la que te ha provocado todo aquello. Te han impresionado la complejidad sicológica de sus personajes, el manejo sutil de los planos tem­porales y la perfecta ambientación de un mito imperecedero (la expulsión del hombre del paraíso) en escenarios tan locales como el valle de Los Chillos y el centro de Quito.En las páginas de Jardín Cape­lopudiste ver el trabajo de un verdadero estilista, del escritor que desnuda cada oración hasta dejarla con lo esencial, con lo único que debe tener para que­darse impregnada para siempre en la imaginación del lector. Te pareció que la novela de Vásconez ha sido tan bien escrita, que merece ser heredera de la tradi­ción literaria de escritores tan insignes como Algernon Blackwood o H. R Lovecraft. «Dos personajes de la novela vivieron en Boston. Tal vez se trate de un homenaje a aquellos escrito­res», piensas mientras hojeas el libro que acabas de terminar.Te emociona que un escritor ecuatoriano haya logrado contar una historia tan universal con la materia de su experiencia perso­nal y la de sus abundantes lectu­ras. «Esta novela podrá ser leída por gente de todas partes y en épocas muy variadas», concluyes con satisfacción. Piensas que Ja­vier Vásconez es uno de los pocos escritores que se atrevieron a ha­cer una literatura alejada de los cánones estéticos y temáticos que, en determinada época, se impu­sieron en este país como si fueran dogmas de fe.

Estás convencido de que esa voluntad libérrima de Vásconez le ha permitido crear una novela que habla sobre obsesiones tan humanas como la locura y la ra­zón, la naturaleza y la civilización; y la infelicidad y el desamor. Por eso crees que Jardín Capelo tie­ne personajes y situaciones que recuerdan inevitablemente a otras obras de la literatura univer­sal. «Saturnino Collahuazo es un auténtico Smerdiakov, el herma­no bastardo de los Karamazov. Él pasaje donde se narra el asesinato de Sorella es tan bueno como la escena con que inicia La condi­ción humana, de Malraux», re­cuerdas con asombro.

Dejas Jardín Capelo en una de tus estanterías. Lo pones, a propósito, junto a The Garden of Eden, la novela póstuma de Hemingway que leíste con devoción cuando eras jovencito. También coges El jardín de las dudas, la novela sobre Voltaire escrita por Savater, y la pones en el mismo grupo. «Las tres mere­cen estar juntas», te dices mien­tras vuelves a tu habitación.

Quieres escribir sobre Jardín Capelo pero no sabes cómo ha­cerlo. Las emociones trepidan­tes que te ha provocado siguen todavía demasiado frescas en tu memoria. «Los buenos libros te incitan a escribir, así que alguna forma encontraré para hablar sobre ese libro», te dices mien­tras intentas dormir. Pero no puedes hacerlo porque presien­tes la sombra del ‘Gigante de Mataró’ atisbando desde una es­quina de tu jardín.

 

Publicado en El Comercio, Domingo 8 de julio de 2007.

De escritores y mariposas

 

Una mariposa grande, de vuelo plano, negra y azulada con una franja blanca,
describió un arco sobrenatural, suave se posó en la tierra húmeda, plegó las alas, y desapareció.
V. Nabokov

 

Imaginemos la escena y el libreto. Javier Vásconez, personaje de sí mismo, rara mariposa en el bosque de sus propias palabras- el soberbio espécimen de Javier Vásconez, en suma-, abandona una tarde de primavera el Café Comercial, y de repente ve, como Nabokov, una mariposa negra y azulada con una franja blanca, tan real, tal vez, como la ficción sublime de las historias que pueden ser verdad. Años después, abandonado Madrid y el café Comercial, en una primavera andina, aparecerá tras su ventana otro espécimen: «un fogonazo, una mancha casi invisible (…) que levanta el vuelo dejando detrás una estela refulgente, amarilla o quizá turquesa, en el aire»: la Thecla Teresina protagonista de este cuento, que no es otro que Nikolai, que no es otro que Nabokov, que no es otro que el mismo Javier.

Así nace este cuento de escritores y de mariposas.

El escritor juega juegos alados, por eso puede trasladarse de Madrid a Praga, y de Praga a Quito, y volver adelante o atrás una y otra vez. Puede, en ese birlibirloque de intertextos que es la literatura – y sobre todo la literatura con alas, la buena literatura de altos vuelos, como la que Javier fatiga-, estar aquí o allí, en un tiempo sin tiempo y en un lugar sin lugar que son a la vez todos los tiempos y todos los lugares. Y como las mariposas, guardianas de las puertas y de las coordenadas, dioses Hermes con alas de delicado pigmento que anuncian al viajero mental la apertura de mundos paralelos, también los escritores abren puertas, o las ¡dejan apenas entreabiertas, como en los cuentos de Vásconez, dónde el lector, abandonado a la experiencia pura de los juegos de espejo «imago specular, imago mundi- deberá encontrar la línea tenue de Ariadna que lo conduzca sano y salvo a través de las veladuras, de una cortina apenas descorrida sobre una ventana, de la rasgadura del velo de una imagen, hasta el juego de vericuetos de la narratividad perfecta y circular de este cuento, y de los cuentos que conforman el volumen coherente de Invitados de honor.

Esta vez Vásconez ha tomado prestados los élitros de Nabokov, otras veces tomará los de Faulkner o Colette, o Le Carré. En ocasiones estará en Praga, otras en Madrid, la mayoría en un Quito que tiene tanto de paisaje fantasmal como la aparición repentina de una mariposa. Metamorfoseado así, desplegará unas alas donde la sencillez de la verdadera literatura no exige solecismos ni oxímorons, donde tras la sombra de cada palabra podamos ver un mundo elicoidal, de puertas que conducen a otras, de caminos que el autor ha explorado, pero remiso a concedernos la visión absoluta de su secreto, taimado y juguetón, entomólogo conocedor de la suprema maravilla que siente el que cree descubrir por primera vez la Thecla Teresina, nos dará sólo pistas, salivilla de plata abandonada por una mariposa sobre el anverso de una hoja.

El lector es el entomólogo en los cuentos de Javier Vásconez. Debe rastrear cada pista escondida tras cada lepidóptero-palabra, ávido de penetrar en un mundo que Javier deja entrever, susurrando sólo su mercancía de fábulas. Y eso es lo que convierte en fascinantes los cuentos y las novelas de Vásconez, su capacidad de connotar un lenguaje, una forma de narrar, donde lo que no ha dicho adquiere una proporción casi mítica porque todo parece a punto de desaparecer, de volver al mundo de donde surgió: desaparecerá la mariposa que viera Javier a la salida del Café Comercial de Madrid, desaparecerá la Thecla Teresina, desaparecerá Zulema, la protagonista delicuescente y ninfesca de este cuento, desaparecerá Nabokov, dormirán todos el sueño de las mariposas larva, para echar a volar de nuevo, en forma de palabras y en otros cuentos, alzándose sobre la palma de la mano de Javier.

Un extraño llamado Josef Kronz

Observador y desconfiado, así se descubre ante nosotros en algún momento de sus recordaciones el doctor que ha venido de Praga. Observador y desconfiado, dos maneras de ser que condicionan el andar de un hombre cuya seña más íntima, según él mismo se dice, radica en que siempre sería un extraño, dondequiera que fuera. Tal posibilidad es alfa y omega para uno de los personajes más elocuentes en la narrativa latinoamericana de los últimos tiempos, para quien observar y desconfiar es, precisamente, la raíz de su extrañeza. Criatura cuya presencia lacera en lo más inmediato, ser en peregrinaje que va cautivo de soledad en soledad por los horizontes más diversos, es el doctor Josef Kronz, hombre convencido de que la desdicha posee sus propias leyes, obedece a una lógica infalible…

Novela publicada hace diez años, El viajero de Praga, de Javier Vásconez, entronca con un linaje tan reservado en los entresijos de su protagonista como propiciatorio en los designios de su historia. En tal ascendencia de lo recóndito y lo auspicioso, el hombre que viene desde una ciudad emblemática del barroco centroeuropeo a otra pero del barroco andino, fija un derrotero existencial que mucho lo acerca a otros célebres galenos de la ficción, signados por el desplazamiento entre la vigilia de ásperas geografías y el sueño de infaustas quimeras. En ese orden, El viajero de Praga colinda con Viaje al fin de la noche, de Céline; La peste, de Camus; y El astillero, de Onetti; pero también con el prontuario de desasosiegos que en la Reseña de los hospitales de ultramar establece Álvaro Mutis en clave de poemas.

El doctor Josef Kronz se instala en la memoria del lector con aquellas posibilidades, inscritas en una trama que se mueve una y otra vez por escenarios de Praga, Barcelona y Quito, en un escape por partida doble que no cesa: de sí mismo y de quienes, en la sombra o en la luz, le hacen sentir un miedo atroz a que el mundo exterior penetrara como un virus en su conciencia. Así, la novela se convierte en el memorial de quien, acuciado por su existencia como una sucesión de dudas y requiebros, sabe inquirir sin el más remoto afán de contestación, sea en una taberna de Praga cuando avizora con Olga las razones del peligro, en un galpón de Barcelona a merced de los traficantes de pájaros tropicales, o en un pabellón de Quito donde Violeta, más que solicitud de lo anhelado, es confirmación de lo perdido.

Lejos de los empeños antediluvianos en que todo era posible, El viajero de Praga se instala en los límites de una alteridad, en la que tanto la existencia y sus azares como la fantasía y sus caprichos pueden permutar papeles: no en balde se apunta que el médico vivía en contacto directo con la duda, lo cual le lleva a contemplarlo todo tras un poderoso cristal de aumento. Duda en pie, los tiempos de Macondo en Cien años de soledad, cuando para José Arcadio Buendía encontrar un galeón en la espesura de la selva era ritual de fundación, se han convertido en las mañanas de Josef Kronz, para quien el hallazgo de un auto entre árboles –un Austin en medio del bosque-, mientras pasea con Violeta, no es más que el mejor lugar para poseerla. Entre aquel barco y este  automóvil, se levantan las querencias de un imaginario doliente.

Con prosa que afirma su andadura en una elegancia de sobriedad expresiva que sabe cautivar con creces, nada reñida con un impulso vital hiriente a la hora de requerir, Javier Vásconez ha entregado con esta novela un parentesco legítimo con la creación verbal más augusta. Crecidas desde la mirada de un kafkiano inclaudicable –cualidad advertida por Alejandro Querejeta en una larga entrevista con el autor-, las páginas de esta novela son la confirmación de un destino asumido hasta sus últimas consecuencias: el de alguien que puede ser cualquiera, ahora mismo, en cualquier parte, un extraño llamado Josef Kronz. El viajero de Praga no sólo es el retrato de un errante por antonomasia, más allá de ubicaciones temporales y sus aledaños, sino también la certidumbre de un desamparo que no cesa.  

La piel del miedo por Ernesto Calabuig

“Alguien tendría que haberme advertido lo que debía hacer […]. Tenía diez años, pero esa noche comprendí que el miedo nos multiplica”, escribe Javier Vásconez (Quito, 1946) en la primera página de La piel del miedo, novela de gran puesta en escena, con ese niño protagonista que se despierta sobresaltado entre el sonido de los disparos y los gritos de su madre.

Vásconez, autor de culto en la narrativa hispanoamericana, exhibe desde el inicio su talento para la precisión descriptiva y la transmisión de sensaciones realmente vivas en el lector: en este caso el contagio de la asfixia y la perplejidad del aterrado protagonista, su veloz aprendizaje de cómo el mal y la violencia pueden hacer acto de presencia en una vida para trastocarlo todo. A partir de la figura de ese padre periodista, alcoholizado y violento, toda la novela se presenta como el gran esfuerzo de memoria y esclarecimiento vital que el niño lleva a cabo desde la edad adulta. Pronto sabremos de sus frecuentes crisis epilépticas y cómo determinaron su existencia, y también del origen de la amargura y progresivo trastorno del padre, con el trasfondo de una rivalidad y venganza personal del propio presidente de la nación, antiguo amigo de niñez y juventud.

La desaparición del padre vuelve hiperperceptivos los ojos y oídos de un pequeño de por sí imaginativo, en el que asoma y se gesta un narrador, un testigo que a ratos deviene fantasma por las habitaciones y corredores de la triste casa que comparte con su madre y su hermana Adela. Determinante en la historia es la omnipresencia del propio paisaje opresivo, con el límite visual- respiratorio del volcán Pichincha y la persistente lluvia.

Un hallazgo relatar en la frontera de la extraña y deformada percepción de los estados epilépticos que aquejan y humillan al chico. La obra tiene mucho de novela de formación, algo que se refleja especialmente en los pasajes de la amistad con el teatral/fetichista Ramón Ochoa y su común aprendizaje de una adolescencia turbia de garitos y prostitutas. Pero si algo unifica la novela es el miedo y la indefensión ante el mundo y sus violencias, un sentimiento que atenazaba a la madre y a la hermana, pero que compartirá también toda una galería de personajes en ese logrado ambiente final del Hotel Dos Mundos, donde todas las analogías se tienden y encajan sutilmente ante los ojos del protagonista adulto.

Ahí comprenderemos qué tenían en común personajes tan variopintos como el doctor Kronz, el jockey Rosendo, la cantante Fabiola Duarte, la “señora Inés” o la lejana Betty, y por qué era necesario este memorioso recuento, este “exorcismo de las palabras” (p. 151) en una novela hermosa y bien medida.

 

Publicado en El Cultural, El Mundo, España, el 4 de marzo de 2011

La piel del miedo

Miedo es la «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario», según lo define el Diccionario de la Real Academia. Dentro de esa definición, el escritor ecuatoriano Javier Vásconez desenvuelve la trama de su inquietante novela La piel del miedo (Seix Barral). El miedo es el personaje surrealista que se incrusta en la piel de Jorge, el protagonista que cuenta su propia historia, alimentada por el miedo desde el momento en que, siendo muy niño, lo despierta a la medianoche el ruido de unos disparos en el corredor de su casa.

«Me preguntaba quién había disparado en medio de la noche y había hecho añicos el delicado cristal de mis sueños». Los disparos los había hecho su padre, un periodista de la oposición a quien se le corrió la teja cuando los esbirros del gobierno, al que criticaba sin cuartel, le ajustaron una paliza para enseñarle a tener buenos modales; pero el desquiciamiento del padre de Jorge no ocurre tanto por la golpiza, que lo deja maltrecho del cuerpo, sino por la actitud del director del periódico, que comienza a censurar sus escritos y a pedirle que modere su tono crítico con el señor presidente, y que le suspende la columna ante la negativa de Rogelio Villamar (el padre de Jorge) a suavizarse, arbitrariedad que lo deja maltrecho del alma.

Rogelio se transforma en un hombre irascible, violento y en apariencia mentalmente enfermo. El efecto sobre su hijo es demoledor, tanto, que el muchacho sufre de repente ataques de epilepsia. El padre termina por abandonar a su mujer y a sus dos hijos (Jorge y Adela) y desaparece. En el curso de muchos años, Jorge vive atenaceado por la incertidumbre de no saber si la desaparición de su padre fue voluntaria o forzada. En su obsesión de averiguarlo, emprende una búsqueda desesperada de su progenitor.

«Durante mucho tiempo lo imaginé en los lugares más inverosímiles, lo vi imponiendo su criterio sobre mí y lo sentía llegar sin anunciarse hasta los dominios de mi soledad cuando menos lo esperaba. Cada vez que Adela lo mencionaba a la hora del almuerzo, mi madre hacía sonar el cuchillo contra el borde de su plato. Su ausencia era recordada como una corriente de aire gélido que parecía haber atravesado nuestras vidas».

La piel del miedo es un ‘thriller’ político. Javier Vásconez, que ha probado ya su destreza narrativa con El viajero de Praga‘(cuyo personaje, el doctor Josef Kronz, reaparece), mezcla el suspense en episodios hábilmente contrapuestos, con una descripción sin ambages del ambiente corrupto, corruptísimo, que rodea los círculos del poder y que rueda como un río de lava sobre el cuerpo social del país.

Ese miedo que se apodera del narrador, y que le genera ataques más o menos frecuentes de epilepsia, es el miedo con que el poder corrupto ha cubierto a la sociedad como una piel de zapa. Vásconez, a semejanza de Balzac, utiliza sus personajes y sus circunstancias para mostrar las distintas fases de un conglomerado de seres humanos poseídos por el miedo, que viven bajo el signo del miedo y a los que el terror infundido por el poder abusivo de unos cuantos facinerosos que todo lo controlan ha convertido en una sociedad epiléptica, que no se atreve a confesar su miedo y que, incapaz de luchar contra sus males, prefiere familiarizarse con el horror.

El horror, tatuaje macabro

El horror es una de las formas más crueles del entendimiento. Cuando la flecha del pavor se clava en la boca del estómago del alma no hay nada que hacer. Ya no alcanzará la vida para recoger los pedazos de ese vidrio roto en que se convierte la consciencia. El horror es un tatuaje macabro que todavía sangra en la piel de la memoria, y que ya no dejará de sangrar nunca.

La piel del miedo, la más reciente novela del escritor Javier Vásconez, es un ejemplo elocuente de esa especie de infinito quebrado que es el horror. Tuvo esta historia atravesada en el cuerpo desde hace más de 40 años. Cada manuscrito que empezaba, desde la adolescencia, era como un callejón lóbrego en cuyo fondo, diluida por lluvia, veía pasar la sombra de esta novela, como quien ve la silueta improbable de la mujer que nunca ha podido tener.

Corriendo detrás de ese sueño, de esa llaga devenida en obsesión, fue como se hizo escritor. En esos callejones que siempre recorría en busca de su esquiva novela primigenia, fue encontrando sus personajes, como si fueran los testigos de un crimen aún desconocido o como si fueran viejos amigos.

Y también fue haciéndose un nombre, un lugar. Fue haciéndose visible en un país como el nuestro (es decir a trancas y a barrancas). Fue forjando esa visibilidad que nada tiene que ver con la creación pero que igual ayuda a sostenerla en el mundo.

Detrás de los cinco libros de cuento y las cuatro novelas que ha publicado, se agazapa una serie de empeños sucesivos, dichosas iluminaciones, a veces conatos irresolutos, otras, solo silencio.

Hasta que, poco después de cumplir sesenta años, finalmente se presentó esa novela antigua y evasiva, como una amante remota que golpeara la puerta una noche, en medio de la tormenta.

En la pantalla de su computador Vásconez escribió: «Desperté en medio de la noche con el ruido de los disparos en el corredor, fue como si rebotaran del rellano de la escalera hasta mi consciencia». Una frase seca, apretada, casi humilde, que le dio el tono para esa música nocturna que siempre procuró. El resto fue afinar su prosa según la clave emocional que resonaba en esa frase, echar a volar a los pájaros negros de las palabras en ese cielo de horror que, al fin, había descubierto.

La historia se fue presentando casi por sí misma: una especie de ‘bildungsroman’ (novela de formación) que sigue a Jorge Villamar (la voz que narra en primera persona) a través del complejo trance de convertirse de niño en hombre. A través de esa dolorosa dubitación moral.

Los personajes se construyeron según esa atmósfera argumental: primero el niño aterrorizado por la misteriosa tiranía de la epilepsia. Luego el padre violento, hosco, arrasado por el fracaso y la medianía espiritual. La madre hermosa y ausente. La hermana tangible e incomprensible, como un tótem. Y una fauna de personajes enfermos, melancólicos, desdibujados por el humo de la memoria.

El mérito del autor -en esta como en sus otras novelas, pero sobre todo en esta- radica en su habilidad plástica. La luz y los colores le dan espesor al discurrir calmoso de la narración. Los claroscuros cargan de tensión los cuadros que Vásconez elabora con minuciosidad.

Por vía de ejemplo contémplense estas dos escenas notablemente trazadas: «Las luces despedían un rojo triste, aguado, como si fuera sangre diluida sobre las siluetas sentadas en el salón» o «En el escenario solo quedaba la sombra de la cantante, una estatua de niebla entre las luces azules de los reflectores». El oscuro descubrimiento del mundo -ese oráculo bárbaro, esa demencia del corazón- guía el trayecto de Jorge.

El amor y la literatura laten detrás de los hilos de la narración, esas dos dimensiones serán, precisamente, las que tejen la estupenda escena que cierra el libro. Esa secuencia condensa la fuerza del autor, vale decir su refinado sentido del horror, «porque eso era el miedo: muerte, polvo en las palabras. Muerte que golpeaba con el tambor de las convulsiones en mi cabeza».

Relatos para reinventar el vacío

En la mitad del parque Santa Clara de Quito -como en un cuento de Vásconez- hay una iglesia cuyos contornos se desdibujan  al contacto con el día.

Frente a ella, en el segundo piso,  vive un hombre  de  mirada extraña. Acostumbrado a la delicadeza de la ropa de pana  y algodón,  su caminar es un poco sosegado  y su voz siempre expresa la seguridad de tener la razón, aunque sea solo para decir cosas triviales.

Ese hombre escribe cosas como estas: “Me acordé de sus ojos redondos  y vivos, del perfil manchado de barro y sobre todo de esa mirada que no se volverá a repetir y que tal vez sea una invención mía o de la muerte”.

La mirada a la que se  refiere el narrador es la de una  chica muerta que ha visto  hace pocos días.

Un cadáver de  una  belleza quieta y sucia que ha clavado  sus ojos en el narrador, a la sazón un fotógrafo capitalino, aristócrata y fracasado. Una mirada hundida   en la conciencia de su admirador, como un clavo roto.

La  frase corresponde al cuento  ‘El hombre de la mirada oblicua’, uno de los mejores que han salido de la  pluma de Javier  Vásconez (Quito, 1946). La frase con que finaliza ese relato es una  clave   emocional  y plástica (los dos ámbitos que sostienen  su estilo  literario) de la nueva compilación de relatos Estación de lluvia, editada por el sello español Veintisiete letras.

La mencionada frase dice: “Como si todo fuese un sueño o la fotografía de un sueño que no acaba de ser revelado”.  Esa sensación, precisamente, es la que dejan los cuentos de Vásconez: la de algo difusamente  terrible que acaba de  pasar y  que nadie, o casi nadie,   ha visto. Como una fotografía que, vagamente,  revelase   una vileza.

La edición lleva prólogo del novelista argentino Horacio Vásquez-Rial, quien  asegura que si le hubieran hecho pasar este texto por una  novela, él se lo hubiera creído sin  problemas.

Y hemos de concederle razón si se atiende a esa subrepticia   entonación a medias melancólica,  a medias rabiosa, que hila el discurso  de Vásconez.

O si se constata  la oscura unidad  temática que atraviesa sus cuentos: fotógrafos que buscan escenas imposibles,  mujeres enloquecidas por el recuerdo de una infancia pomposa, médicos que toman cerveza con jinetes rufianescos en mesas de fórmica, escritores que se extravían en sus  propias  historias…

De todos sus libros de cuentos  el  escritor ha realizado una selección, excepto de uno, que  decidió  ponerlo entero:   Invitados de honor’  De  Ciudad lejana’(1982),  ‘El hombre de la mirada oblicua’ (1986)  y ‘Un extraño en el puerto’ (1998) se han incluido  historias que más bien parecen los jirones de una historia  más grande, más ambigua, bien lograda.

Los 17 relatos de la compilación (presentada en mayo pasado en Madrid  y el próximo  30 de septiembre en Quito)  sugieren  un escenario propio que identifica -a la vez que  les otorga significado-  a todos.

Una calle,  o el recuerdo de una calle; un árbol, o el rumor que  produce el viento en sus ramas;  un rostro, o la desfiguración que en él  produce  el tiempo… con esos   huidizos insumos, con esas obsesiones ya maduras, Vásconez crea su mundo literario. Un mundo que  quiere persuadir al lector que  su vida está “en el centro de un sueño, quizás en el vacío”.

Publicado en el Diario El Comercio, el 23 de agosto de 2009

El retorno de las moscas – La ficción como homenaje.

Javier Vásconez tituló su libro anterior a éste Invitados de honor; con dicho título, convertía los cuentos del volumen en un hogar acogedor que abría sus puertas, sus páginas, a una serie de ilustres huéspedes ¾Colette, Kafka, Nabokov, Conrad y Faulkner¾ que marcaron su vida de  escritor; en un intento, según sus propias palabras, de combinar “el universo literario de otros escritores con ciertos matices del mío”. Este proyecto continúa, con mayor ambición si cabe, en su más reciente novela: El retorno de las moscas.

Indudablemente, y Vásconez lo ha repetido con frecuencia, en toda obra se encuentran, más o menos latentes, las lecturas anteriores de su autor. No obstante, soy de los que piensan que convertir una ficción en homenaje explícito a otro escritor supone un desafío nada cómodo, que ganará además en complejidad y riesgo dependiendo del rango del homenajeado. Escoger a John Le Carré y a su ya arquetípico espía George Smiley desde luego no es la elección más fácil.

En El retorno de las moscas encontramos a un Smiley crepuscular, ya retirado y asediado por los recuerdos dolorosos de su vida conyugal «su mujer, Ann, le abandonó ya hace tiempo». Además, el fantasma de Karla también se hará presente una vez que decida aceptar volver al trabajo; es decir, Vásconez recupera las figuras clave del universo de Le Carré, y aun así, nos ofrece una historia absolutamente personal al insertar sin brusquedades motivos omnipresentes en su literatura.

Vásconez se revela así, con esta novela, como un extraordinario equilibrista capaz de sostenerse con firmeza en un delgado alambre narrativo. Acoge con delicadeza y sabiduría un universo literario ajeno para invitarnos a entrar y recorrer sus escenarios preferidos: la ciudad ¾en la novela una ciudad de los Andes pero que podría ubicarse en cualquier parte¾ como espacio inhóspito y la soledad y el desamparo como estados de ánimo ineludibles en vidas que han jugado ya todas sus cartas. Javier Vásconez vuelve con esta novela a romper los tópicos fundamentales que solemos asociar a la tradición literaria de su país e insiste en redescubrirnos cómo la literatura asumida como desafío y riesgo carece de fronteras y constituye por tanto una patria universal abierta a todos aquellos que quieran habitarla.

La suma de todos los miedos

La infancia, esa etapa idílica que casi siempre intuimos como una época de gran felicidad de la que somos despojados al crecer, no se muestra de esa forma en la novela La piel del miedo, del escritor ecuatoriano Javier Vásconez. El autor quiteño, finalista del Premio Rómulo Gallegos, retrata en su reciente libro esa otra faceta de la niñez y también del proceso de hacerse adulto, dos instancias que pueden estar acompañadas del miedo, de la inseguridad y de la soledad

La obra, editada en España por la editorial Viento del Sur y en Ecuador por Seix Barral, tiene como protagonista a un hombre que repasa de alguna forma la vida familiar, su entorno y su propia vida, señalada por la epilepsia, una enfermedad que lo llena de temor, pero con la que aprende a coexistir, y por la ausencia de su padre, figura que representa para él todo un enigma. Unos le dicen que su progenitor, un periodista que trabajaba en un periódico, es un perseguido político y está en el exilio, lejos de casa y de la familia Otros, que es un contrabandista.

La historia propuesta por Vásconez transcurre en una ciudad que no se nombra, pero se intuye: Quito, en un clima político que no se desarrolla en la trama, pero que se colige es el ecuatoriano de la segunda mitad del siglo XX.

El protagonista queda marcado, desde pequeño, por unos instantes de violencia que propicia su padre en el entorno familiar y a partir de entonces no solo se le desencadena la epilepsia, sino que se vuelve receloso. «El miedo nunca se disipa cuando se instala en uno, es como el frío en los huesos de los viejos», dice este hombre, que crece en medio de una madre que lucha por sostener la casa, de su hermana, a la que intuye como una amiga, una cómplice y a veces como una enemiga; de los inquilinos que se instalan en su vivienda, y de un amigo que parece con más mundo que él, que le enseña a explorar la vida y por el cual siente admiración, simpatía, envidia.

La amistad, las traiciones, las rupturas son también temas que están presentes en esta obra, de 250 páginas. «La traición existe solo cuando hay amistad o amor, nunca florece o retoña en la indiferencia», se dice en la novela. Una amistad traicionada es la que vive el protagonista y, asimismo, el padre del protagonista, como una hipótesis de que casi toda relación, por más sólida que parezca, está condenada en cualquier instante a resquebrajarse, «pues uno siempre traiciona lo que más ama», según se afirma en una de las páginas.

En esta novela, Vásconez reúne también a varios de los personajes de sus otras obras, lo cual confirma al autor ecuatoriano como un narrador que ha logrado edificar un propio y sólido mundo de ficción.

Un extraño en el puerto

Un puerto para Vásconez. En me­dio de la sierra, desde donde se deben recorrer horas para divi­sar el mar, un autor crea y re­crea, un puerto. Ciudad de mix­turas. Esta creación de una ciu­dad imaginada es una especie de acto de rebeldía ante la capital an­dina desde donde crea el narra­dor ecuatoriano. Esa es la Quito descrita por el na­rrador ecuatoriano en este libro de cuentos en cuyas páginas sal­tan personajes que le persiguen a Vásconez desde El viajero de Praga (Alfaguara, 1998), desde mucho antes y que parece conti­nuarán al acecho, según comen­tó en una entrevista reciente al «anunciar una próxima nóvela.

Siete cuentos conforman Un extraño en el puerto. El texto que da título al libro es un hilvanado relato, en el cual el protagonista comparte el nombre y el oficio del autor, y transmite parte de sus apuestas o necesidades:

«Escribir es igual que fabricar una cadena. Inventamos histo­rias, escribimos la vida de otros porque nadie está satisfecho con la que le tocó en suerte».

 

La invención de un puerto pa­ra Quito, esa andina ciudad divorciada del mar, refleja en buena medida la rebeldía de Vásconez para aceptar pautas y transmite parte de esa búsqueda por construir universos propios, en los cuales predomina un juego con la figura narrativa para acercarnos al plano de la confidencia, tal es el caso de “Angelote, amor mío”, él penúltimo, de los relatos en el orden del libro, que resultó premiado en México.

Personajes marcados por la fi­cha de la soledad, un estilo di­recto y cierto aire de nostalgia ro­dean a Vásconez.

Escritor que, como protago­nista de sus propias creaciones, sale a la calle a respirar, en medio de los adioses.

El retorno de las moscas

Ambientes, conflictos y personajes de la llamada «guerra fría», así como de la literatura que se inspiró en ella, tienen en El retorno de las moscas de Javier Vásconez una sorprendente recreación, en una ciudad enclavada en el callejón interandino, aparentemente apacible y en la que el tiempo parece tener una dinámica diferente o al margen del resto del planeta.  En efecto, en Quito ubica Vásconez el asesinato de un espía, y en sus hoteles, tugurios, calles y parques  se desenvuelve su nueva novela.

Como Invitados de honor (2004), en su nueva novela Vásconez rinde homenaje a uno de sus autores favoritos: John Le Carré. Y si en esos cuentos Kafka, Nabokov, Conrad, Colette y Faulkner se transforman en personajes, Vásconez en  El retorno de las moscas utiliza un personaje de Le Carré y al propio novelista inglés. Culmina en esta novela un inteligente proceso intertextual practicado con agudeza, guiños evidentes y potenciando de los recursos expresivos que el autor de El espía que surgió del frío le proporciona.

Esta novela nos introduce en una escabrosa, intrigante y extraña misión al célebre «espía casi perfecto» George Smiley en una lejana ciudad sudamericana, para lo cual Vásconez no tiene reparos en distorsionar «algunos episodios, diálogos y situaciones» de algunas de las mejores novelas de Le Carré. Para cada uno teje una historia que tiene como escenario y co-protagonista a Quito, la misma y a la vez diferente en cada una de sus obras.

Allí se encuentra con Philip Albee, personaje inspirado en una de las figuras más controvertidas del espionaje contemporáneo. El asesinato de Gregorivius, un estrafalario diplomático ruso, propicia el sutil duelo de los servicios de inteligencia más connotados de nuestro tiempo, gracias a una espléndida trama en la que se tejen, además, amores contrariados por el dolor, extrañamiento e insólita fidelidad de sus protagonistas.

Una trama en la que asoman, como agoreras y persistentes moscas, sombríos representantes de un submundo insondable. Y que tiene como eje un enfrentamiento probable (uno más) con el elusivo agente Karla de la KGB, para quien Smiley es el único digno adversario. Como Kronz, protagonista de El viajero de Praga (1986), Gregorivius es un personaje abrumadoramente desolado, y de la misma manera que Roldán, el asesino de La sombra del apostador (1999), sometido a un destino ineludible e implacable.

De manera que no es sólo el escenario el nexo entre estas dos anteriores novelas de Vásconez y El retorno de las moscas, sino la minuciosa voluntad de autodestrucción y confinamiento en sí mismos de sus personajes. El retorno de las moscas, novela breve e intensa, es otro de esos «mecanismos de relojería» desbordantes de humanidad, a los que Javier Vásconez tiene habituados a sus lectores. Un mecanismo lúdico, desafiante de la imaginación y poéticamente simbólico.