Categoría: Unos escriben

La primera línea

Los buenos cuentos tienen lugar. Se desarrollan en un espacio específico. A esta advertencia de Rudyard Kipling se podría añadir quizá otra: la  literatura digna de su nombre es capaz de transportar al lector fuera de la caverna de la historia, más allá de las paredes donde se sucede el espectáculo atroz de la historia; es capaz de despertarlo. Pero este  despertar irónicamente se cumple a través del sueño. Como si sólo fuese posible romper el sueño —la pesadilla— de la historia mediante un esfuerzo por contar —y contar verdaderamente es volver a contar— la historia de los sueños. Un esfuerzo por desvelar la historicidad de los sueños.

La lectura de la novela La sombra del apostador (1999) de Javier Vásconez —como antes la de El viajero de Praga (1996) o de los cuentos incluidos en Un extraño en el puerto (1998)— me ha dejado un sabor a sueños antiguos y exactos. He recordado con su lectura ciertos cuentos de Hawthorne y de Kafka, de Melville, Onetti y García Márquez, que tienen en común entre sí una impregnación onírica, un magnetismo fantástico y una fantasía imantada que no sólo los vuelve memorables sino que resulta ser la prueba misma de su verdad, de su autenticidad. Esta condición magnética tiene que ver desde luego con la asidua frecuentación de  ciertos sitios —de ciertos yacimientos  imaginarios— en relación con los cuales la fábula escrita es como el salitre, el musgo de cristal calcáreo que prospera gracias a la humedad subyacente.

La sombra del apostador es una novela que guarda en lo posible las apariencias de la novela policiaca. Cuenta —pretende contar— la historia de un asesino a sueldo, un ex presidiario recién liberado a quien un personaje misterioso le encarga asesinar a un jockey durante una importante carrera en el hipódromo de esa misteriosa y lluviosa ciudad en la que el lector puede reconocer a varias de las ciudades de esa América de Altura, severa y montañosa, taciturna y como construida en sueños, a que tan bien supo aludir Pedro Henríquez Ureña. Sobre la sombra del asesino se van proyectando otras siluetas: la del hipódromo y su pequeño mundo ecuestre y, más allá, la de la ciudad misma —una trama civil y cortesana donde se entrecruzan como en un auto sacramental las cifras alegóricas del coronel y del alcalde. Esas sombras y siluetas no están fijas, oscilan, fluyen y en su fluctuación dibujan una cauda: la novela que seguimos como un sueño.

¿Sorprenderá a alguien la capacidad de realización y caracterización de los personajes?
Me doy cuenta de que he empleado varias veces hasta aquí las voces sueños, soñar. Hablar de estas emanaciones de la mente y del cuerpo, invocar su consistencia a la vez etérea y viscosa, densa y  volátil, es una forma de aludir a la fuerza erótica, al amoroso aliento que envuelve cuerpos y espacios, tiempos y palabras. La sombra del apostador es una novela que gravita en torno al amor y de hecho cabe ser leída como la historia de un encuentro (des)amoroso entre un hombre —el asesino— que es fiel a la muerte y una mujer que es fiel a los muertos. Novela amorosa también por la forma morosa y detenida, contemplativa en que el autor va acariciando los paisajes y personas que modela con la arcilla de su memoria y de su imaginación. Este afecto hecho de nostalgia y melancolía le permite al autor hacer astillas la oposición tajante y falsa entre realismo e invención fantástica. Esta virtud está asociada a otra: la capacidad de dar realidad, esperar a los personajes. La virtud cardinal de la escritura narrativa de Javier Vásconez: la disolución humorística del antiguo pacto naturalista y edificante en aras de un contrato narrativo donde pueden convivir el dominio de la verosimilitud y la imaginación galopante. Como en una carrera de caballos donde el jockey experimentado sabe guardar las energías de su caballo durante los primeros momentos de la carrera para desencadenarlas poco a poco pasada la mitad de la carrera, así el narrador de La sombra del apostador va  administrando, impulsando y frenando el ritmo de su historia hasta imprimirle en las últimas páginas una vertiginosa velocidad imaginativa. Y de la misma manera en que un jockey sabe que puede fustigar al caballo para que corra mejor pero que no por eso es en modo alguno superior a la bestia y en que es consciente de que el caballo es más valioso que él, de esa misma forma se advierte en el narrador que  cabalga Javier Vásconez un instinto sutil para seguir el paso de la historia, una  humildad y una obediencia profundas  ante los designios de la fábula para que ella tome vuelo por sí misma. La otra virtud cardinal de La sombra del apostador es su fluidez: la soltura de un impulso narrativo que, al saberse reservar, crea espacios y como una varita de incienso abre el aire. Palpita una melancolía onettiana y una  gozosa lentitud narrativa que remite a Jane Austen y a la novela clásica inglesa.

El idioma es terso, no desdeña las voces locales del Ecuador pero no incurre nunca en la complacencia pintoresca. La geografía imaginaria creada por Vásconez es y sólo podía ser latinoamericana. Esto significa que se trata de una geografía imaginaria ambigua, mestiza. La fuerza de la literatura escrita por Javier Vásconez se debe acaso precisamente a la fidelidad con que sigue y cristaliza y envuelve esa ambigüedad. Tan bien la cristaliza que la transforma en sus historias en un espejo. Ese espejo recorre el suelo y el subsuelo, el escenario y las bambalinas, el salón y la cocina, las luces y las sombras de ese teatro a veces profano, a veces no tanto que es la historia secreta de América Latina.

En el texto escrito para presentar esta novela en México, Javier Vásconez habla del «narrador mestizo» que anima tanto La sombra del apostador como El viajero de Praga. Yo, sin conocer ese texto, me he  referido a la fidelidad del autor a una «geografía imaginaria ambigua, mestiza». No es del todo casual la reiteración de esta voz. La palabra remite por su raíz a mezcla, mixtura. Para ceñirnos a La sombra del apostador quizás habría que decir que la novela elabora una unidad imaginativa a partir de una realidad heterogénea (una geografía imaginaria abigarrada como lo es la de América) y a través de recursos narrativos desiguales y diferenciados. Vásconez trasciende el laberinto de las semejanzas y de las diferencias creando —hay que insistir en ello— una unidad imaginativa, un mundo que novela a novela va decantándose y sentando sus reales en la literatura latinoamericana. Ese mundo no es en modo alguno utopía. Sólo se puede definir como un sueño impregnado de intermitencias obsesivas e irracionales. Un sueño muy parecido al que nos envuelve, a nosotros americanos. Quizá por ello La sombra del apostador puede ayudar a despertarnos.

El miedo habita en la ciudad de Vásconez

Tiene la fortuna de ser coherente en un mundo en el que pocos lo son. Javier Vásconez es una rara especie… es de los pocos escritores que no se ha doblegado ante los designios tentadores de los cargos políticos en su país. Vásconez escribe a diario. Primero, en sus cuadernos Moleskine y luego corrige en su ordenador Mac. Revisa los borradores, las hojas sueltas con párrafos y frases que ha escrito de forma caótica y en desorden. Así esboza historias que, más adelante, van a enriquecer su amplio y complejo universo literario. Vásconez es un escritor al cien por ciento: lee incansablemente, corrige mucho y vive para la literatura.

Poco a poco ha dado vida a personajes tan diversos como el doctor Kronz de su novela El viajero de Praga, sobre la cual han escrito con admiración tanto Rafael Conte como Juan Villoro. O como Roldán, el protagonista de La sombra del apostador (novela finalista del Premio Rómulo Gallegos); Félix Gutiérrez, el fotógrafo de la ciudad; el jockey Aníbal Ibarra; Ana Bermeo, la vagabunda del cuento “La carta inconclusa” (incluido en su libro Estación de lluvia); Adela la hermana melancólica de Jorge, Papi George, y también el joven Jorge Villamar, protagonista de su última novela, La piel del miedo, de la que el crítico Ignacio Echeverría escribió: “Todos los elementos que caracterizan la narrativa de Vásconez comparecen en estado de gracia en esta sugerente novela escrita con la penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente”.

Desde un sillón de su estudio tapizado con caligrafías chinas el escritor habla del miedo en la literatura. Está sentado junto a una fotografía de Kafka que sostiene entre sus manos un ejemplar del diario El País. Dice citando libremente a Benet: «El hombre, como buen animal, soporta el temor con la misma tolerancia que el conejo.  Lo que no soporta es el miedo, pues eso lo convierte en un gusano».

Vásconez invoca y convoca a su propia ciudad en las páginas de sus libros. Ya sea en el Café Madrilón o en el Bar Sylvia donde el doctor Kronz se reúne a jugar ajedrez y fumar en las tardes lluviosas de Quito, este médico procedente de Praga que un día llegó a la “línea  imaginaria” y se hospedó en el Hotel Majestic cuando llegó a la línea imaginaria. Pero Vásconez también convoca a sus personajes en el Mariposa Negra donde la cantante Fabiola Duarte hará su mejor show; en el hipódromo de La Carolina; en el jardín de la vieja casona construido por el catalán Jordi Sorella; en el cuarto de la casa en donde el miedo se apodera del niño Jorge y se vuelve el tatuaje de su alma; en el viejo cementerio de San Roque de su novela Jardín Capelo; en el mar inexistente y soñado por el escritor J. Vásconez del cuento “Un extraño en el puerto”; en la visión lluviosa, insistente, de una ciudad que no parecería tener otra opción que la de existir solamente en los cuentos y en las novelas de Vásconez.

A Vásconez le va más la ironía y el humor negro que las aburridas (y a veces acaloradas) opiniones políticas de la actualidad de su país, las militancias o el quehacer de los caudillos latinoamericanos; entre carcajadas y gruñidos reniega de algunas absurdas teorías y desconfía del sicoanálisis… Él ha puesto toda su lucidez, todos sus sentidos, en crear un universo literario propio, reconocible, alimentado de palabras y de recuerdos, de sueños, de relatos de infancia, con una visión muy personal de la mujer, el amor, la muerte, el miedo o la huella dejada por un sicópata como el de la nouvelle El secreto.

Es amigo de la noche y enemigo de lo políticamente correcto, de las posturas de moda, de los lugares comunes y de los estereotipos, prefiere ir a lo suyo: la literatura a tiempo completo, aunque eso sea ir a contracorriente. Cinéfilo apasionado, enamorado de las mujeres despampanantes, de piernas largas, de sedosas cabelleras y bocas rojas, de quienes algo tienen impregnado las mujeres que recorren las páginas de sus libros. Entre sus filias, las novelas de género, las policiales o de espionaje; entre sus fobias, la novela histórica o el relato costumbrista.

Vásconez sin duda ha inventado Quito y se ha dado mañas para vincularla y prolongarla en sus novelas y cuentos con Praga, Barcelona, Londres, y París. Una ciudad adormecida a los pies del volcán Pichincha, con hipódromo y con mar imaginarios…

Para construirla, ha recorrido sus calles, sus tabernas, sus parques y plazas, su hoteles y cementerios. Si el lector ha conocido París por Balzac, Buenos Aires por Borges o quizás frecuentó Barcelona gracias a la pluma de Juan Marsé, conocerá Quito, sin duda, por las novelas de Vásconez. Ese escenario para el crimen perfecto, el desarraigo o para las visitas extraordinarias de escritores como John Le Carré, Nabokov o Faulkner. Ellos son las voces que lo acompañan, que lo persiguen, que habitan en él y que comparten su mundo de moscas y de mariposas, de viajeros, de mujeres raras, de apostadores, de asesinos de niñas y secretos guardados, de tatuajes, de niños aterrados por el miedo escuchando tras las puertas las conversaciones de los adultos.

Vivir para la literatura… eso tiene su precio… le ha costado deshacerse de algunas heredades que le quedaron de lo que un día fue esa rancia “aristocracia” quiteña, hoy borrada del mapa… También ha sido editor independiente de poetas y escritores  con la certeza que nadie los leerá. Alguna vez se deshizo de una magnífica araña digna de salón principal de un caserón quiteño, y con ese dinero pagó unos meses de renta y se fue a encerrar en un hotelucho de la Gran Vía en Madrid; otras veces se ocultó como un “espía” en algún hotel del centro de Quito, para poder escribir en paz con el espacio justo para él, sus cuadernos y los pobladores de sus cuentos y novelas a quienes encontraba, de reojo, deambulando por la calle que apenas divisaba desde una minúscula ventana.

Vásconez tiene lectores fieles. Porque fiel ha sido él con su obra —y con la obra de los autores ecuatorianos, que le deben algunas bellas ediciones. Desde Ciudad Lejana su primer libro de cuentos,  hasta La piel del miedo, su más reciente novela, el escritor ha caminado firmemente por los terrenos sinuosos de la condición humana, cargando el peso del país andino, de la montaña que oculta a sus habitantes, del silencio de la prensa o de las intrigas del mundillo cultural. Debe ser por eso que Vásconez inventa otra ciudad, página a página, borroneando, corrigiendo mil veces, con la angustia de que a veces, ser coherente, obstinado, y vivir para escribir,  parece no ser suficiente.

La magia de Javier Vásconez

Tres de los cinco cuentos incluidos en su último libro serán recogidos por publicaciones extranjeras. Su novela, Jardín Capelo, será editada este año.

Javier Vásconez es un mago. Solo así se explica cómo el escritor, nacido en Quito en 1946,  logró reunir en la misma ciudad andina a un puñado de autores de distintas latitudes y épocas. Colette, Conrad, Nabokov, Faulkner y Kafka son los Invitados de Honor que rondan los cinco cuentos que conforman su último libro, que lleva precisamente ese título.

Vásconez invita a esos autores, a quienes admira, a protagonizar las historias o a impregnarlas con su esencia. No están todos los que son, pero sí son todos los que están.

El inigualable autor de Lolita, el ruso Vladimir Nabokov (1899-1977), se pasea por los parajes tropicales persiguiendo el vuelo de una mariposa, un trofeo alado para su creciente colección entomológica. Pero el ruso, que en el cuento tiene el nombre de Nikolai, se cruzará en su camino con Zulema, la sensual versión criolla de Lolita…

«Thecla teresina» es el nombre del cuento en el que se hace un homenaje a Nabokov, y el nombre científico de la Azulina, mariposa de la Amazonia ecuatoriana que sirve de pretexto para la llegada del ruso a estas tierras andinas.

Así pues, Nabokov llega a la tierra de las mariposas porque es un entomólogo profesional, admite Vásconez, con un dejo de sonrisa en sus labios. En su amplio estudio, una especie de santuario de libros dentro de su propia casa, tiene una pequeñísima colección de mariposas amarillas, anaranjadas y rojas.

A Vásconez, al igual que a Nabokov, le apasionan los lepidópteros.

El cuento «Thecla teresina» fue incluido en la edición de abril de la revista literaria Clarín, que se edita en España.

En otra magistral jugada, Vásconez invita al estadounidense William Faulkner (1897-1962), a visitar Sudamérica en una gira para promover la cultura norteamericana. La trama está basada en un hecho cierto, pues Faulkner sí realizó la gira en cuestión, aunque solamente visitó Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires y Lima, en los 60´s. Pero Vásconez se las arregla para que «Billy» (como diminutivamente nombra al autor y al cuento) llegue invitado por la Casa de la Cultura, a fin de reunirse con Benjamín Carrión, en el marco de un viaje organizado por el legendario Edgar Hoover, un personaje real que fue director del FBI y uno de los más grandes espías de este tiempo.
Billy llegará al mismísimo Hotel Majestic (en el corazón del Centro Histórico de Quito), pero su pasión por la hípica (compartida con Vásconez) lo obligará a escapar subrepticiamente al Hipódromo de La Carolina, donde tendrá que correr sobre Lucio, un caballo impredecible…

«Billy», el cuento, será publicado por una revista colombiana, aunque el autor no quiere adelantar detalles.

Al checo Franz Kafka (1883-1924) Vásconez lo evoca en «El baúl de Lowell». En este cuento está presente la figura del doctor Kronz, un personaje familiar en la narrativa de Vásconez, ya que también apareció  en El Viajero de Praga. Lowell es un comisario checo que se encargará de terminar con la vida amorosa de Kronz y parece extraído de El Proceso kafkiano.

La revista Letras Libres (editada en México y en España) escogió a «El baúl de Lowell» como parte de una antología de cuentos en forma de libro que incluye títulos de autores como César Aira, Jorge Semprún, Ricardo Piglia, Jorge Edwards y Guillermo Cabrera Infante.

Invitados de Honor es el resultado de un experimento que Vásconez realizó hace dos años, cuando escribió «El enlace», un cuento vagamente relacionado con Joseph Conrad (1859-1924), publicado en la revista El Extramundi editada por Camilo José Cela. «Alguien me sugirió que hiciera el mismo experimento con otros escritores. Por eso me arriesgué a invitarlos a la ciudad andina. Sí, de alguna forma los obligué a venir», confiesa.

Un sexto cuento («La Guerra Fría») no fue incluido en el libro, porque terminó convertido en una novela corta. Esta obra es un homenaje a John Le Carré (1931). «Pienso que detrás de todo escritor hay un espía, un topo que se alimenta y se mueve en las más zonas oscuras de la mente y los sentimientos».

Invitados de Honor circuló con la décima edición de la Revista El Búho. «Tanto la revista como el libro se ayudaron entre sí. La revista fue las alas del libro y le permitió llegar a sitios lejanos del país, en cambio, el libro le dio un vuelo muy especial a la revista». La experiencia fue exitosa y la edición está agotada.
Con el tiempo, el libro empezó a volar con sus propias alas. Los tres cuentos incluidos en antologías de otros países son la prueba. Pero el escritor, uno de los más significativos de la narrativa contemporánea, tiene otros proyectos en camino.

 

Jardín Capelo

Vásconez se declara satisfecho con este libro de cuentos, el cual se cruzó con la escritura de su novela Jardín Capelo. Tenía escrito el 75 por ciento de la novela, pero fue tal la intensidad con que se manifestaron los cuentos que prefirió interrumpir su escritura y dar vida a los cuentos. «Con el cuento hay una necesidad casi compulsiva de escribirlo, es como contar un sueño, si lo dejas ir se va como una mariposa».

Después de esa pausa obligada, volvió a concentrarse en Jardín Capelo: Es una historia de amor y de decadencia. Pero además es la historia de un jardinero catalán que viene al escenario de una casa ubicada en el valle de Los Chillos. «La pausa para escribir “Invitados de honor” me permitió dejarla reposar. Con la literatura pasa lo mismo que con a la cocina: con el tiempo las cualidades y defectos de un plato aparecen en toda su plenitud». La novela será publicada este año por una editorial española.

Vásconez es un incansable editor. Ha concluido la edición de las obras de autores ecuatorianos, entre ellos José de la Cuadra, Medardo Angel Silva, Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero, y está por salir la Obra Selecta de Ángel F. Rojas, Alfredo Pareja Diezcanseco y Demetrio Aguilera Malta. Lo hizo por encargo de Municipio de Guayaquil.

 

Sus inicios

Vásconez empezó temprano, en un hogar donde abundaban los libros porque su padre (Gustavo Vásconez Hurtado) era escritor e historiador. Quizás por eso, a los nueve años había leído la mitad de la obra de Julio Verne.
En su escritorio, en la segunda planta de su casa en La Mariscal, Vásconez encuentra la inspiración para su trabajo junto a un ventanal enorme, por donde se cuelan al mismo tiempo la luz y la imagen de un plátano que él mismo sembró años atrás, al igual que otros árboles de la calle, porque siente fascinación por los bosques y el mar.

¿Paradojas? Haber nacido en una ciudad andina, rodeada por montañas cuando él prefiere las ciudades junto al mar. Quito es una ciudad que, sin embargo, no deja de sorprenderle con sus hondonadas y quebradas. Una ciudad con una luz muy especial. Ciudad Lejana, como tituló a su primer libro. Una ciudad de bellos amaneceres, que le invita a escribir, «aunque a veces me siento un exiliado y la escritura aumenta la incertidumbre al no saber adónde voy parar».

Quizás por eso  tiene su refugio de fresnos y maples en su propia casa, es su propio bosque. Por algo, Javier Vásconez sabe cómo hacer magia…

 

Reportaje aparecido en el número en la Revista Vistazo del 28 de Abril de 2005

Javier Vasconez y los personajes en libertad

Probablemente el fracaso sea la forma más elevada de la libertad; el triunfo parece llevar en sí una decisión que no le corresponde al individuo, sino ­_ en todo caso _ al destino. El destino empuja en una única dirección, desoye la voluntad de aquel en quien influye o a quien ha designado; el individuo, que es capaz de elegir, y que es poseedor de sus propias decisiones, expresa, al fracasar, cuanta libertad le ha cabido o ha propiciado en sus diversas acciones. Los personajes de Javier Vásconez _ quizá digan algunos de sus lectores _ están abocados al fracaso desde un principio, han nacido para la frustración, se debaten inútilmente en una prefijada línea hacia la derrota y el silencio. Pero quienes han seguido los seguros pasos de este narrador ecuatoriano _ Ciudad Lejana (1982), Angelote, amor mío (1983), El hombre de la mirada oblicua (1989 ), Cafe Concert (1994 ), El secreto (1996), El viajero de Praga ( 1996 ­_ saben bien que sus personajes están embellecidos por una autonomía nada común. Los personajes de Vásconez son dueños de sus propias decisiones, eligen todos y cada uno de sus pasos. Y la más rotunda prueba de que son libres es su fracaso.

Vásconez ha hecho entrega a los lectores de una colección de cuentos con el título genérico de Un extraño en el puerto ( México: Alfaguara-Libri Mundi, 1998). Algunos de estos cuentos ya habían sido publicados con anterioridad; de este hecho ­_ y de otras sagacísimas consideraciones _ da cumplida noticia Mercedes Mafla en el breve e imprescindible ensayo que precede al volumen, “Vásconez: “Un Universo unitario y cpiclico”.

El comentario que aquí se inicia no pretende ser exhaustivo ni dejar las puertas cerradas a futuras valoraciones. Se centrará en el relato que abre el volumen y que da título a la reunión de cuentos, “Un extraño en el puerto”. Persigue demostrar que Vásconez ha conseguido un desarrollo narrativo singular en que la cualidad esencial se halla en las insólitas libertad y autonomía que poseen los personajes respecto del mismo narrador.

El cuento se abre y se cierra con la obstinada presencia de un imposible puerto en la ciudad de Quito. He aquí una primera voluntad de ese narrador cuyo nombre coincide con el del autor, J.Vásconez. Y no es casual la elección de tan curiosa nominación, de semejante homonimia, tampoco una ligereza o un gesto de vanidad. J. Vásconez no aparece en el relato como creador de una historia ( más exactamente, de dos historias que al final confluyen), como omnipresente y omnipotente inspirador y fabulador de situaciones y personajes. Tampoco aparece en el relato como aguzado observador de cuanto le rodea, en el recodo calmo, bienintencionado y sospechoso del costumbrismo. J. Vásconez se detiene más de una vez en hacer explícita la razón que le mueve a la escritura: “Sólo tenía la necesidad de completar esta historia” (p.13), “De vez en cuando yo interrumpía mi tarea, apresado en el laberinto de escribir un cuento” (p.15). Pero no sólo eso, a esa confidencia que dirige al lector, se suma otra aún más comprometedora, J. Vásconez afirma que tiene ante sí dos personajes que se le escapan: “dudé de su existencia ( del doctor) y de que pudiera tener una vida propia, pero él había regresado para recordarme lo contrario” (p. 12), “sin saber dónde estaba y cómo proseguir la historia de María, porque nuevamente me había negado la posibilidad de completar su vida” (p. 19).

El primer elemento, la intervención del narrador en el mismo relato dando cuenta de su empeño por escribir historias, no es nuevo. La perspectiva fue abierta por Miguel de Cervantes. Pero en el caso de “Un extraño en el puerto”, el narrador pone especial énfasis en su quehacer, en el obstinado esfuerzo que realiza por llegar a un final que desconoce tanto en el inicio del relato como en su desarrollo. Algo así como esto: J. Vásconez muestra explícitamente ante el lector no sólo el fatigado y esforzado empeño de composición, sino la dimensión huidiza y ­_ por tanto _ autónoma de sus personajes, puesto que sus biografías y sus acciones le son negadas al narrador y éste sólo es capaz de llegar hasta ellas tras el lento y cuidadoso avance de la narración misma.

El segundo elemento, la particular biografía de los personajes y el desconocimiento de sus futuras acciones, resulta especialmente novedoso y arriesgado. Desajusta el viejo principio según el cual el narrador debe poseer cuantos datos convienen a la narración que despliega y escribe. ¿Qué está ocurriendo? J. Vásconez imagina a un viajero que desembarca en ese puerto imposible en los Andes. Ese viajero no es otro que el doctor Josef Kronz, el personaje central de El viajero de Praga (1996), que de nuevo deambula por la imaginación del escritor en busca de un lugar en un nuevo relato. ¿Y María? Este personaje también ha surgido de las noches de vigilia de J. Vásconez, pero convive con él en un mismo vecindario, coincide con él en la tienda de la señora Maruja, en el restaurante París, confiesa haber leído El secreto. Y, lo más importante, cuantos datos son aportados de su biografía, se escapan a menudo del dominio del narrador, puesto que es un personaje de idéntica identidad a la de J. Vásconez. Por otro lado, resulta llamativo que al lector avisado le recuerde otro personaje del Viajero de Praga, la primera persona a quien atiende el doctor Kronz en su primera salida bajo la lluvia inacabable: “Después subió la escalera y vio a los viejos, que parecían moverse con indecisión entre las sombras. Pero esta vez había una novedad: una niña había sufrido un ataque de epilepsia” (México, Alfaguara – Libri Mundi, 1996, 10).

Dos personajes desembarcan de una novela, le llegan al lector del otro lado de las páginas de un libro distinto al que tiene ahora entre las manos. Dos personajes conviven con el narrador en una vieja y continuada compañía. Se acomodan y debaten en su imaginación y en su recuerdo. Quizá pretenden urdir una nueva historia, un nuevo relato que el narrador va tramando en el papel a medida que los personajes se van mostrando: “Desde el estudio podía imaginar la llega del barco con bandera italiana, ingresando muy lento en la noche andina” (pp.11-12), “Ya no importaba lo que vendría después, porque estaba seguro de conocer esa historia de la muchacha abandonada por el padre” (p.13).

Vásconez ofrece en las páginas de “Un extraño en el puerto” algo más que una experiencia narrativa insólita o nada común. Muestra una perspectiva inusual en que el narrador se convierte en una personaje más entre sus personajes. El azar quizá posibilitara en la realidad que el doctor Josef Kronz y María coincidan tras un ataque de epilepsia de la joven. Pero es J. Vásconez quien ha posibilitado que ambos personajes llegaran a habitar un mismo mundo, una misma ficción. El acierto del narrador supera ese hecho: ha sido capaz de conseguir que Josef Kronz y María deambulen por las páginas de su relato buscándose mutuamente y que al final desaparecieran como el sonido de esa sirena con que se cierra la narración.

Hay unas palabras en la última página del cuento que probablemente nunca olvide. En ellas, el narrador reafirma no sólo la dimensión del escritor, no sólo la perspectiva del lector que es, también, de su relato, sino _ sobre todo _ el empeño que ha puesto por ser un hombre libre por encima de un hombre imaginativo: “Asombrado y feliz por el giro que tomaban las cosas, con la seguridad de que al fin actuaba libremente fuera de mi imaginación” (p.31).

Javier Vásconez, atado a una máquina de escribir

Yo lo volví a encontrar en la España franquista, atado a una máquina de escribir y a una silla, consumiendo pastillas que le quitaran el hambre en los días de pobreza; o, cuando le caía algún dinero, festejando con un plato de carne asada en un merendero cercano y refugiándose después en un hotel durante días.

Era él enormemente generoso, pero celoso de su soledad.

En su buhardilla de Madrid, de la calle Libertad, apenas cabíamos los dos. Y si alguna noche éramos tres, alguien tenía que irse a entretener el frío caminando por el barrio. De esas ocasiones en que me tocó  «ahuecar el ala», recuerdo a Beatriz Purroy, a la que Javier llamaba «la botas» y que era la auténtica cronopia cortazariana, insólita, hermosa, íntegra incluso en el modo de convivir con la droga, que asomaba intempestivamente por allí.

Javier Vásconez es un amigo al que me han atado siempre las nostalgias, desde que una mañana, debe haber sido en agosto de algún año sesenta, llegué a la hacienda en la que vivía, en una ala de la centenaria casa de Capelo. Nos habíamos conocido antes, de modo muy fortuito y hablando de nuestras primeras lecturas, pero desde esa mañana se sucederían innumerables visitas y diálogos tensos, críticos. Esa mañana fui acompañado de Un Iván Cruz que, para entonces, usaba chaleco y leontina y vivía con seriedad y dramatismo sus quince años, entre las páginas de Kierkegard.

Vásconez se fue al poco tiempo para Europa, dejándome el recuerdo de noches enteras de hablar de libros, de tantos libros, o de asistir a los fogosos debates del Café 77, que concluían generalmente con un cruce violento de razones y de botellas de cerveza.

Desde entonces, había en él un desacuerdo que le conducía a la literatura, una exclusión en la cual refugiarse. «Si no fuera escritor, tal vez hubiese acabado como asesino», me dijo alguna ocasión.

Pasados unos años de ausencia, Javier volvió a Quito con un long play de un cantante catalán (Raimon), cuyos recitales en Barcelona se cerraban siempre con una manifestación por las ramblas, pidiendo la muerte de Francisco Franco. Una de esas canciones fue el primer testimonio sobre el miedo a la represión que yo conocí, y que no he podido arrancarme del cuerpo: «Llegarán cualquier día, tomarán el ascensor y timbrarán en nuestra puerta…serán ellos, vendrán por nosotros», decía, más o menos, la canción de Raimon.

Javier Vásconez leía ávidamente a los latinoamericanos del boom y yo acaba de descubrir Rayuela. Sentí que era necesario tomar distancias para reconocerme como latinoamericano. Entonces decidí irme a Madrid y refugiarme en su buhardilla. El acuerdo de asilo era por unos pocos días, pero me fui quedando meses, a cambio de compartir el alquiler, las tarjetas de comedor cubano y el préstamo a perpetuidad de mi Olivetti portátil.

Vásconez tenía un canario que en una de las tantas escapadas de su dueño a un hotel, intentó seguirle y apareció muerto en el descanso de la grada, junto a la puerta de salida.

Los pecados y los hábitos secretos y bárbaros de una aristocracia andina, comenzaban desde entonces a habitar su literatura.

Cuando yo me cambié a la pensión «Esmeraldas», nos veíamos casi a diario. A veces encontrábamos amigos comunes. Recuero uno, un joven cineasta desolado por un fascismo que comenzaba en su casa. Crepo que acabó suicidándose.

Un día nos fatigó el fascismo y salimos a la carretera a hacer auto stop con dirección a París. La única escala fue Barcelona. Javier se adelantó y cuando yo llegué, horas más tarde, él había consumido incontables brandis en la calle Escudillers, y sólo nos restaba dinero para alquilar un cuarto en una pensión en las que las únicas aves diurnas éramos los dos. El resto de sus habitantes eran mujeres que ambulaban durante la noche en los cabaretes.

Cruzamos la frontera después de unas cuantas noches de recorrer el deslumbrante infierno de Barcelona, las mejores noches de bohemia que yo recuerdo haber vivido.

En París, la dureza de la ciudad nos regresó a nosotros, nos devolvió a nuestros fantasmas.

Javier Vásconez tenía un cuarto abuhardillado pintado de verde, con un tragaluz que daba al cielo oscuro de la ciudad. Conservaba un pequeño hornillo para hacer café y un lavabo que usaba para todo.

En París trabajó un tiempo de guardián nocturno de un hotel de escasas estrellas y del que debió haber rescatado más de una historia de misterio, insospechada.

Recuerdo el día en que me leyó, emocionado, los primeros cuentos de Bryce Echenique, de ese librito insuperable: Huerto cerrado. Allí conocí también los primeros cuentos del propio Vásconez.

Vivía largos períodos de encierro, atado siempre a una máquina de escribir y a una silla y cruzándose un par de carta con Julio Cortázar en torno a la indomable libertad con que viven los gatos. Por las noches caminábamos por el barrio latino hasta refugiarnos en el café Dantón. Allí, en los primeros días en París, «cazamos» juntos a una cantante, creo que del norte de España. Menuda, con un corte de pelo masculino, rajaban todo el tiempo contra Franco y contra el sexismo, pero en la madrugada le invadía una enorme ternura que nos ponía en vilo. Con ella recorrimos todos los bares imaginables, hasta que un día se cansó de nosotros y desapareció.

Mis encuentros frecuentes con un Vásconez angustiado por la escritura y por la ansiedad por retener todo el aire posible de París, se fueron poco a poco desviando desde la literatura hacia la realidad de América latina, el ecuador, el marxismo, porque yo había trocado la escritura por una militancia política que aún no acabo de explicármela.

Vásconez era, entonces, un amigo tocado por los flujos y los reflujos. Asistía con rabia e impotencia a las noticias desalentadoras de un país desdibujado, el nuestro. Se sentía condenado a escribir, convencido de que sólo el ejercicio de la escritura, día y noche, podía salvarlo.

El próximo encuentro volvió a ser en Quito. Sus conocimientos sobre el hábito de los canarios eran ya sorprendentes. Mientras tanto, la revolución no llegaba y Vásconez se inquietaba, más que por su tardanza, por mi alejamiento de la literatura.

Llegaron en esos años sus primeros textos definitivos. Su primer libro Ciudad lejana, con dos o tres de sus mejores cuentos. Para finalmente desembocar en la novela El viajero de Praga, con su personaje –el doctor Kronz – que había tomando forma en su obra anterior, y que personifica, en cierto sentido, la propia aventura de Vásconez: el retorno a un país casi imposible, en el que cotidianamente se puede vivir el vacío.

Ocurrió por allí al borde los ochenta un nuevo encuentro en París, pero los dos ya estábamos de paso, sin noches infinitas.

Desde entonces, entre períodos de diálogos sin fin y largos tiempos de silencio, he sido testigo de su entrega sin precedentes a la literatura, convertido, por épocas, en un animal nocturno que dormía durante el día y tecleaba su máquina por la noche, para sorpresa de un pintor vecino que soportaba con paciencia cada palabra labrada a pico en el departamento de arriba, en el parque Santa Clara. Sin descanso siempre, embebido en un cuento o en el borrador de una novela.

Tuvo un período más o menos fugaz como librero en los años setentas y otro como editor. Fue también censor municipal de películas y comentarista de cine «censurado». Pero él es el único de nuestra generación que se ha entregado por entero a la literatura.

Toda la ciudad, los cafés, los amigos, las decenas de películas que ve cada semana, no tienen otro eje que no se la literatura, mientras mantiene con ecuador y con Quito una relación de amor y de odio. Quizá porque es el, espacio que comparte con sus personajes. Uno de ellos dive en uno de sus cuentos de Ciudad lejana: «¿Por qué volví a esta ciudad con sabor a muerte? Yo mismo no lo sabría explicar.»

Y mientras intenta explicaciones, está en una nueva novela.

Y en cada encuentro con él, vuelvo a sentir la nostalgia de la amistad y la literatura.

 

Domingo, suplemento del Diario Hoy No. 34, 19 de julio de 1988, pp.4-6

Homenaje a una apuesta por la literatura

La obra del escritor quiteño Javier Vásconez se la puede encontrar por ahí, por doquier casi, al azar y sin intenciones preconcebidas para negarlo o reconocerlo. La publicación de sus diferentes títulos siempre ha estado acompañada o segui­da de una celebración, inclusive de ciertos ritos que se imponen como la marcación de un paso dado, reafirmación de un impara­ble continuar, como el tiempo que siendo igual para todos, el autor lo asume desde su particular concepción: escribir con disciplina, rigor y sin premura.

Ninguno de los títulos de Vásconez ha entrado en el canon de lo popular, en el sentido de tener lectores masivos, como es de suponer­se ha sucedido con otros autores de su generación, pienso en Polvo y ceniza de Eliécer Cárdenas; algo de esta incidencia tuvo, recientemente, su policial novela corta El retorno de las moscas, por cierto giro de estilo, por el juego con las novelas de espías, por la arista que tomó su prosa, menos intrincada, más directa.

Se puede decir que los lectores de Vásconez son «pocos», de los que caen en la devoción por su línea narrativa, por la visión de su entorno, por la relación universalista de sus personajes, por los argumen­tos personalísimos del autor, por aquella escenogra­fía urbana, aparentemente similar a otras, que está recortada con otras armas, bajo nuevos influjos, des­de la respiración de otros aires; no describe lo que ve sino que imagina lo que va describiendo y lo trasmu­ta vital, presente. Su nostalgia, de haberla en el sen­tido de saudade, no es por el rancio olor a viejo, sino por conseguir entender el medio desde donde escribe.

Hace algo más de una semana se reunió un grupo de escri­tores, intelectuales y amigos de Vásconez, para ofrecerle un homenaje por sus sesenta años cronológicos cumplidos y por sus varias décadas en la escritura. Javier es un escritor de oficio y no sólo ante su máquina de escribir, ahora teclado de PC, sino leyendo, viendo cine, caminando por esta ciudad y por las que le ha tocado transitar desde muy joven. Vásconez es el observador nato que va registrando en su memoria personajes, dichos, y acti­tudes que, en la cadencia de su muñeca, la pluma los va delinean­do y su mente creadora les otorga la forma final en sus textos.

En el homenaje se presentó el volumen Apuesta, Los juegos de Vás­conez (Taurus, 2007), un conjunto de textos escritos, por diferentes autores del país y del exterior, para esta edición, proyectada por el poeta Iván Carvajal y el ensayista Francisco Estrella. De algún modo este libro tiene resonancias de semejanza con el aparecido hace, más o menos, tres años: Vásconez ante la crítica. La diferen­cia sustancial está, más allá de que ciertos autores coincidan en ambas publicaciones, en que es un homenaje a la trayectoria vital por la literatura del autor en cuestión.

Visto desde el ángulo que se quiera, por la amistad o las pasio­nes que provoca, el ciudadano escritor Javier Vásconez es un indi­viduo de carácter difícil, de recias actitudes que van desde la más absoluta generosidad hasta la más exacerbada intransigencia con aquello que va en contra de su posición ante la literatura, sus devo­ciones particulares, su noción de país, su relación con los otros, la lealtad entre sus pares. La pasión por la escritura, en Vásconez, es apenas semejante a la del hagiógrafo medieval o a la del más recal­citrante inquisidor del renacimiento.

En Apuesta… los autores abordan a Javier por los diversos ángulos de su narrativa, personajes, situaciones, paisajes, estilo y relaciones biográficas en sus textos. Pero más aún, y es lo interesante en este volumen, es que todos están unidos por la misma red, tejida con los hilos de la amistad y la admiración de cada uno. Carvajal y Estrella (com­pilador), los editores, han conseguido realizar un homenaje muy merecido a un escritor de nuestro medio, que tiene resonancias en el exterior, mientras es posible reclamar y esperar mucho más de su escritura en la creación.

Javier Vásconez es visto desde el análisis literario con el colombiano Guido Tamayo, desde la inti­midad de su oficio de escritor con la entrevista de la poeta María Aveiga, Cristóbal Zapata y su ima­gen del espía. Los viajes de Vásconez y sus personajes viajeros, sus invitados, sus delirios y sus monstruos. La ciudad, esa ciudad tan suya, y los insectos. El autor como entomólogo y voyeur de las vidas de sus personajes. Tantas lecturas como voces, tantas inter­pretaciones como personajes. Críticos todos los que intervienen en el volumen, veinte y tres, porque su ejercicio es de admiración.

Sin duda Javier Vásconez es un escritor y un hombre de retos, siempre está en lucha con la literatura, un buscador incansable de for­mas de decir, de historias que contar con el único destino de forjar, con su obra, su propio universo, definirlo. Enemigos íntimos se llamaron Carvajal y Vásconez, y alguien a la literatura la llamó amante que no perdona. Más allá de cualquier definición la obra de Vásconez tiene mucho que decirnos y seguirá resonando en los sentidos de sus lecto­res desde el duelo íntimo de dos personajes a cuchillo hasta en el trago compartido entre las disputas amistosas de dos habitantes andinos.

 

Publicado en La Hora, domingo 22 de abril de 2007.

Imagen del espía

Sobre el improvisado escritorio de escolar
Con su viejo traje de campaña y sus plumas de fantasía
El Fabulador se dispone a erigir el mapa y catastro de la ciudad lejana:
casas, edificios, iglesias y haciendas,
los bienes inmuebles y los inveterados males de la especie
cobran cuerpo en el cuaderno que los cuenta.
Puebla la ciudad con personajes venidos de su memoria
de otros libros y latitudes, con reos y náufragos de tierra firme:
un niño epiléptico, un fotógrafo melancólico,
un pederasta blasfemo, un psicópata ilustrado,
cantantes distraídas, espías extraviados,
avezados jockeys, muchachas de diabólica inocencia.
Y entre ellos, ominosos u omniscientes
un cojo canalla y un médico exilado del tiempo,
sombras de hombres, sombras de obras.

 

Cada frase es una cuadra de tinta
y el croquis de la urbe soñada
se despliega como una carta inconclusa
siempre infinita y recomenzada.
Mientras fatiga las epifanías del desarraigo y el mal
de la soledad y el amor, el Fabulador sospecha
que la trama secreta de cada historia
es la escritura misma, la apasionada forja del relato
como la mirada oblicua del espía
o el recorrido esquivo de una línea.
Entonces, una vez más, reanuda con pulso lento
el arduo diseño de su cartografía.

                                                                                   Cuenca, septiembre 18, 2006.

Estación de lluvia

¡Qué mezcla de alegría y bochorno el descubrimiento de Javier Vásconez! Bochorno por no haber descubierto antes a este gran narrador ecuatoriano, que si bien no es un Tom Clancy (ni en popularidad ni en nada), tampoco es un autor tan secreto como para que yo ni siquiera hubiera oído hablar de él hasta hace unos meses.

Alegría por la calidad narrativa de su prosa, por la precisión de su voz, por la manera en que, de cuando en cuando, en medio de una frase, deja caer cierta imagen con la que uno tiene la sensación de asistir al descubrimiento instantáneo de algo que no se podría decir de otro modo. Uno tiene, con toda razón, la sensación de aprender algo que no sabía, de ver a través de la voz, de la palabra, y que conste que el que esto escribe no es ningún iluminado sino un partisano de la distancia irónica. Charles S. Peirce dijo que, para entender un signo, este no debe comunicarnos nada que no sepamos ya, pues al contrario no podríamos entenderlo. Ahora bien, Javier Vásconez ataja una y otra vez esta aporía que encierra el sentido de la palabra (y, por extensión, de lo cotidiano) en su redundancia semántica. Valgan de muestra los siguientes hallazgos, ambos del cuento titulado Eva, la luna y la ciudad:

“En los bancos de la plaza, bajo la mirada vigilante de los héroes, los jubilados dormían con los ojos abiertos. Para ellos el tiempo posee el mismo tono sepia de los daguerrotipos.”

“De algún modo cruzar la ciudad fue para mí como penetrar en un espacio desconocido, un espacio tan ilusorio como el sueño, como si al caminar derrotado y encorvado bajo la lluvia hubiera quebrado con mis pasos la superficie de un espejo.”

El parentesco entre Javier Vásconez y Juan Carlos Onetti es manifiesto (el uruguayo incluso aparece en el cuento «Billy»); yo, al leer con admiración estos desplazamientos imperceptibles entre lo familiar y lo intangible, entre la prosa y la poesía, me he acordado también de Roberto Bolaño y Yukio Mishima. Todos estos escritores trabajan en la revelación por medio del lenguaje, en la creación (o el descubrimiento) de una cierta atmósfera, más que en los giros de la trama. En todos ellos hay además una ironía más o menos marcada (más en Bolaño, menos en Mishima, quedando Onetti y Vásconez de irónicos intermedios).

Los cuentos de Estación de lluvia son una antología personal del autor, quien ha sido ecuánime al elegirlos: hay cuatro de Ciudad lejana (1982), cuatro de El hombre de la mirada oblicua (1989), cuatro de Un extraño en el puerto (1998) y cinco de Invitados de honor (2004). Hay una clara evolución entre el primer libro y el segundo (la prosa se vuelve más transparente, más contenida, más mesurada en sus efectos); con todo, mediando más de veinte años entre los cuentos más viejos y los más nuevos, sorprende la consistencia del estilo y la recreación casi obsesiva de ciertos ambientes preferidos por el autor: viejos caserones, tabernas, escenarios portuarios, hipódromos.

El lector que se asome a las páginas de este libro por curiosidad debería empezar por “Un extraño en el puerto” y “Billy”. Después, seguro, el resto.

Vásconez y el retorno del escritor como espía en los Andes

En casi toda su narrativa, Javier Vásconez termina mezclando los códigos de las novelas detectivescas, negras o policíacas, criminales, de detectives o los de los thrillers, para que sus lectores los desconozcan. Si eso no fuera suficiente, nos desarma y complica la vida como lectores con relatos especulares que crean construcciones en abismo. No obstante, ese tipo de “literatura en/con la literatura” no tiene en él la inmediatez que parece urgirles a narradores de menor experiencia, aunque la presencia de esa técnica es clara en su narrativa más reciente.  Debido a que este texto aparece en un homenaje a él, y he tenido la suerte de mantener una comunicación bastante frecuente con el autor acerca del mundo literario que nos rodea, no quiero arriesgarme a alguna amistosa perorata suya acerca de los enredos en que nos metemos los críticos o queremos meter a otros. Diferente de su venerado David John Moore Cornwell, alias John Le Carré, no exploraré los problemas morales de los fines y medios de los escritores, que como los espías, son los creadores y víctimas de las instituciones que los devoran.  Después de todo, creo que Vásconez y yo estamos de acuerdo en que la autoridad cultural del crítico no se debe sobreestimar o desdeñar, porque cualquiera de las dos opciones permite que el crítico tenga mucho poder. Cuando es así, el crítico no escribe sobre una materia que ama, se convierte en árbitro, y eso es otro problema que la literatura no resuelve.

No es infidencia decir que en algún momento he leído parte de algún manuscrito de Vásconez, o que a veces nuestras conversaciones se han convertido en monólogos entrecruzados.  Ese hecho no me ha proveído ningún privilegio o monopolio, ya que casi inmediatamente he recibido un mensaje que me obliga a deshacerme del texto, o me llegan fragmentos de correcciones y sugerencias sobre qué no hacer con aquéllos.  Tampoco he recibido capítulos en orden, o con el título con que aparecen en su publicación definitiva.  Precisamente por el respeto que le tengo como autor, sigo los consejos, y como no soy redactor ni se me pide aprobación, me deshago de esos pre-textos.  Cuando he leído algún manuscrito suyo, no me he detenido a pensar o controlar y verificar cómo se diferenciaba de su versión final, porque ésta es la que nos llega a todos, y prueba ante todo la constancia o perfeccionismo de un narrador que se corrige para escribir, no para publicar.  Indagar en las diferencias o variantes textuales es fructífero si se practica la crítica genética, pero como Vásconez está muy lejos de dejar de escribir, estas páginas están dedicadas a cómo El retorno de las moscas (2005) muestra a su autor con plenos poderes.

Como he dedicado gran parte de mi vida a un experto en el significado de las moscas, Augusto Monterroso, cuando Vásconez me anunció que el título de su novela más reciente las incluía, me puse a pensar en los homenajes que podría haber tenido en cuenta el autor ecuatoriano.  Después de todo, Monterroso asevera en “Las moscas” que “No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le hay dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea” (11).  Si es verdad que la mosca no se puede siempre atrapar, y molesta como un espía, la relación entre el título y el contenido de la obra yace en el hecho de que las moscas, como me recordó el autor, están relacionadas con la persecución y con los hombres de acción.  Recientemente me matizó que, según el Diccionario de los símbolos (1969, español:1986) de Chevalier y Gheerbrant, la mosca representa al “pseudo-hombre de acción, ágil, febril, inútil y reivincador”, o sea, como los que nos dedicamos a la literatura. Como Vásconez siempre hace sus deberes para depurar su escritura, añado los míos para entenderla.  Así, en el Diccionario de símbolos (1978, español: 2000) de J.C. Cooper leo lo siguiente: “Normalmente asociada a los dioses malignos y a la corrupción. Puede representar el poder sobrenatural, por lo general el maligno; los demonios se representan a menudo como moscas”.  En el A Dictionary of Literary Symbols (1999) de Michael Ferber, del que traduzco y resumo, las moscas no mejoran de categoría: significan lo desagradable y efímero, lo insignificante, la brevedad de la vida.  Juan Eduardo Cirlot no se ocupa de las moscas en su clásico Diccionario de símbolos tradicionales ¿Es este recorrido entonces una relación de contradicciones, u otra manera en que el autor me/nos despista?  Opto por lo último, y lo creo muy positivo.

Continúo con una manifestación de lo obvio: desde 1996, cuando publica El viajero de Praga, Vásconez se convierte en el iconoclasta adelantado de las letras ecuatorianas, la piedrita que todo historiador y crítico de esa literatura de larga tradición no se puede sacar del zapato, el apátrida a pesar de haberse instalado en su ciudad natal. También es el coherente herético que aprecia a sus coetáneos y habla bien de ellos, el valiente heterodoxo que no abandona a los clásicos, el defensor del canon (piénsese en su trabajo editorial con escritores de la costa ecuatoriana) abierto a las más insólitas vanguardias (véase “Angelote, amor mío”).  En fin, es el escritor netamente nacional que hace y dice lo que verdaderamente siente, y por ende va contra las grandes corrientes tibias y temerosas que oscilan entre los Andes y bajan a las aguas literarias de nuestra costa, especialmente aquella que no ha sido cambiada por el nuevo malecón que la contiene.  Vásconez se distancia así de las tribus, no hace venias a sus caciques, aunque reconozca sus méritos y haya pagado su peaje ante la tradición.  Es entonces el escritor auto-crítico, que tanta falta nos hace en todo el continente americano.

Lo que menciono en el párrafo anterior es el proceder de un prosista en plena madurez y vigencia que puede vivir consigo mismo, por su reconocida y polémica objetividad y raciocinio, y porque parece estar más allá del bien y de mal, en el sentido más positivo de la frase. Es decir, puede controlar cómo el exterior afecta a su escritura, aunque admite que, como seres humanos, a todos nos afecta la disidencia que nos contradice. Lector consumado y sempiterno, ingenioso y divertido conversador de literatura seria y menos seria, rara es la narrativa occidental sobre la cual no tiene algo que decir, especialmente la nueva. Y si se muestra en desacuerdo con uno (hecho no infrecuente) respecto a evaluar esa literatura que podría hacer suya, su capacidad para recapacitar y admitir diferencias de opinión es un modelo para armar. Lejos estoy de querer armar un retrato psicodinámico de nuestro amigo, o presentar un bosquejo de la progresión de su narrativa hasta el momento actual, porque me consta que su dinamismo y dedicación le hacen estar escribiendo a cada momento.1 Sin embargo, presento el esbozo anterior para detenerme en la mencionada El retorno de las moscas.

Hace poco he tenido varias discusiones con Vásconez acerca de la presencia de lo libresco en la nueva narrativa hispanoamericana, sobre todo la de la generación que sigue inmediatamente a la suya, y por eso este ensayo también es de él. Si su postura ante el ensimismamiento de la auto-ficción o meta-literatura (éstas no son siempre lo mismo) no cuaja continuamente con la mía, admitidamente académica, o con la de la práctica actual de las generaciones que surgen alrededor del simbólico 1996, la diferencia es de matiz, no de principio.  En lo que sí coincidimos, él como practicante, yo como crítico, es que lo libresco puede ser una maldición para los nuevos escritores apurados, porque se ha llegado al punto en que la oscuridad rebuscada (¡qué falta nos hace Borges!) es la nueva virginidad: no la entregas fácilmente porque puedes trabajar duro y con seriedad, con la engañosa “protección” de la oscuridad.  En lo que no estamos de acuerdo es en el grado o tono exacto con los cuales se puede transmitir lo libresco, encontrando tu propio lenguaje, sin perderte al esforzarte por reproducir el de otros.

Es entonces cuando El retorno de las moscas sale al proscenio, para convertirse en un texto ejemplar ante el aluvión de novelas cortas agobiadas por la “literatura en/con literatura”.  En esta novela del ecuatoriano la literatura no es un ejercicio cognitivo sino un conglomerado de posibles referencias en que no se pierde la voz original del autor ahora reconocible.  Al leer la novela conectamos con Vásconez y sus voces, no con los ecos de otros autores, aunque los reconozcamos.  Cada una de las trece secciones de la novela permite espiar, pero no revela totalmente el andamiaje conceptual.  La voz narrativa, lo dice cualquier diccionario de narratología, no debe confundirse con persona gramatical, y nada obsesiona tanto a un autor como encontrar la suya.  En última instancia la voz distingue varias realidades, y su desciframiento depende de dos talentos: el del autor como individuo ante la tradición, como quería T. S. Eliot, y el de los lectores.  Es en la manipulación de esa conjunción en que yace el talento de nuestro autor.

Ante el resumen anterior, no es gratuito que el último párrafo de El retorno de las moscas comience con “A veces volvían las voces de otros hombres a su cabeza, voces en lenguas peregrinas, lejanas, desconocidas, que lo asediaban y llamaban a su conciencia, como si estuvieran cansados de estar muertos” (110).  Pero el truco es que el narrador principal de la novela, George Smiley, no es siempre confiable (es un personaje que se renueva como personaje de otro autor, después de todo), y Vásconez nos conduce hasta este punto engañándonos, o haciendo verosímil lo que leemos.  El autor tampoco es confiable aquí, porque la nota al pie que sirve de postfacio en la última página de la novela no revela el recurso, sino que nos involucra en él.  Nótese que el presunto autor de esa nota nunca se identifica como el autor empírico, o como el “J. Vásconez” de “Un extraño en el puerto”.  Nos induce a dar por sentado que es el autor real, y al darnos la lista de los libros de Le Carré que ha empleado para “abordar” El retorno de las moscas, el pedido implícito es que algunos literatos detectivescos se ocuparán de constatar o controlar el presunto modelo con la copia.  No, los lectores también tienen el derecho de no leer.  Pero este uso de lo que la crítica especializada y ensimismada llama el “paratexto” ya se había establecido al principio de la novela (7), con dos citas pertenecientes a Le Carré y Smiley, que en última instancia son la misma fuente.  ¿Hay un giro más libresco que estos?  Valdría saber qué piensa Vásconez de su estrategia.

Hoy por hoy el narrador ecuatoriano de mayor reconocimiento fuera de su país y sobre todo en España, nuestro homenajeado ha convertido al Ecuador, que él ha llamado “invisible”, en un renovado centro de los desplazamientos experimentados por los extranjeros que van a Hispanoamérica, generalmente atraídos por el exotismo que sigue vendiendo novelas.  Digo “renovado” porque Vásconez se deshace del rentable “color local” que paradójicamente siguen comercializando los autores e intelectuales comprometidos que promulgan la liberación cultural, atándola a una “ecuatorianidad” mal fundada en dicotomías banales (véase la lúcida y extensa explicación de Carvajal).  Una solución que ofrece este novelista es oscurecer el nomadismo, postura irresoluta, si no con un realismo “sucio”, con personajes que se perderían no sólo en el centro del mundo (en esta novela, las referencias “locales” se refuerzan de los capítulos cinco a ocho) sino también en sus propias casas.  Otra solución de Vásconez ha sido desplazar el género narrativo mediante un arte combinatorio que parezca “postmoderno”, pero que a la larga no contiene ningún relativismo en los componentes que realizan o sufren el acto narrado como seres, objetos o conceptos.

En El retorno de las moscas hay todavía otra solución para representar los cruces humanos del atractivo del tercer mundo para los no-subalternos del primer mundo, y la propuesta de su autor es tergiversar la biografía recibida de un autor real y mezclarla con sus personajes, tergiversando las perspectivas que se intuye de esa combinación.  Por eso es inevitable y tal vez obligatorio leer esta novela en clave de o como continuación (¿o fin de un ciclo?) de Invitados de honor (2004).  Como sabemos, en esa colección de relatos Vásconez ubica a Colette, Faulkner, Nabokov, Kafka y Conrad en la mitad del mundo, y nos permite revisar nuestra visión del anacronismo y de las ideas recibidas sobre cada autor, elevando la subjetividad interpretativa a un grado sumo.  En su obra más reciente redondea esos homenajes anteriores aún más, intertextualizándolos con una práctica basada en renovar las técnicas que han conducido a su prosa actual.  Graham Greene, quien creía que las novelas de detectives son los cuentos de hadas modernos, también dijo que la mayor ventaja de ser un escritor es que se puede espiar a la gente, que uno está ahí escuchando cada palabra, pero parte del escritor está observando.  O como el “sentimiento de no estar del todo” de Cortázar, en que el escritor se desdobla para atender solamente a lo que le interesa.  Los que conocemos a Vásconez podemos dar pruebas fehacientes de ello: todo es útil para el escritor.

Por otro lado, El retorno de las moscas sí permite ser leída como novela de espionaje.  Pero nada que ver con aquellas versiones hispanoamericanas de todavía subestimada pertenencia, porque en la de Vásconez entra Le Carré, y el ecuatoriano ha hecho sus deberes en torno al inglés y su obra, leyéndola a fondo y constantemente.  El resultado es superior a gastados intentos rioplatenses de resucitar a autores como Macedonio y Arlt, tratando de imitar su escritura o filosofando sobre ella, o a las numerosas venias metaliterarias que reinventan la vida y obra de autores canónicos.  Se podría pasar meses tratando de ubicar en Vásconez las referencias, guiños, homenajes, calcos, citas, alusiones y toda la parafernalia de lo que se llama indistintamente “metaliteratura” o “metaficción”.  Pero sería infructuoso, porque se trata de leer a Vásconez, no a Le Carré.  El ecuatoriano sabe que la mera presencia del novelista inglés, en varios sentidos desdoblado en personaje (sobre todo en el cuarto capítulo), no es suficiente como gatillo narrativo: basta sólo para despistarnos, desde el principio.  Una pregunta obvia es por qué Le Carré y su espionaje erudito, y qué comparte Vásconez con esa práctica.  Su crítica ha dado respuestas: su devoción al secreto en vez de al suspenso, porque el primero requiere una inteligencia narrativa.  Para no alargarnos recordemos que la obra del ecuatoriano también es visitada por autores pensantes como Onetti, Kafka y Faulkner, como por autores españoles clásicos y contemporáneos.

Los llamados a otros autores u obras (nunca menciones o citas directas) comparten el espacio narrativo con dos factores reconocidos en la pericia de Vásconez: por un lado una leve sátira de los efectos de la hipocresía y supresión social, y por otro la creación igualmente sutil de un marco para atmósferas algo surreales.  Pero estas atmósferas no prevalecen sobre otras, porque el autor sabe que un mundo ficticio sin personajes vivos es como un libro sin tapas, o un espía sin gabardina.  Por ende, en El retorno de las moscas Vásconez reitera lo que nos viene transmitiendo por mucho tiempo: somos lo que bebemos, sufrimos, amamos, oímos y vemos. Los pubs y hoteles por ejemplo, son personajes virtuales en este libro, y no sólo para recrear ambientes.  La crueldad de unos personajes con otros, particularmente hacia cierto tipo de mujer, deja una impresión permanente, igual que la falta de lazos afectivos y la ética del espía, que a otro nivel es cualquiera de sus personajes que hurga.  Sin embargo, en medio de este tipo de certidumbre los espías y sus sucedáneos deben hacer su trabajo en un limbo moral.  A duras penas logran pequeñas victorias, y es aún más difícil dejar que las mayores se escapen.  Por otro lado, tampoco encuentro en esta novela la intención alegórica de El Señor de las moscas de William Holding, porque Vásconez mantiene las parábolas a un mínimo, confiando en su pericia y la nuestra.

Como espía que es, el narrador principal persigue a los personajes (Karla, Ann, Philip Albee) con intensidad.   Este último tiene el apellido del dramaturgo estadounidense del teatro del absurdo, Edgard Albee, radicado en Inglaterra.  Pero la alusión es también al espía estadounidense Philip Agee, agente rebelde de la CIA disfrazado aquí con una onomástica anacrónica y satírica de aquel autor anglosajón. Para producir esa intensidad Vásconez recurre a lo que llamaría el micro-realismo que privilegia asiduamente. Mediante este último el autor de La sombra del apostador no se pierde ningún detalle, y muestra ser rigurosamente exacto con sus referentes, aunque cambie algunos detalles, para proteger a los culpables.  De esta manera evita el riesgo del esteticismo autosuficiente, porque la mirada narrativa no exagera.  Así, como escritor de una novela de espionaje, su narración no presenta interrogantes de la manera esperada.  Por ejemplo, en el capítulo cuatro, en vez de concentrarse en cómo “Le Carré” y Karla han cambiado, notamos cómo han cambiado Londres y la sociedad del espionaje, se pregunta qué quiere decir resolver un crimen, y si significa algo.  Es decir, es la nostalgia del que hizo su trabajo y ya no lo quiere hacer, así que nada de lo que ocurre en esta novela deja de tener contexto o consecuencias.

Nuestro homenajeado está profundamente interesado en los seres humanos, y en los personajes que los pueden representar en la cultura que documenta, y los sigue tan de cerca que a veces su prosa asume las propiedades de ellos. Es decir, sus personajes tienen impulsos enraizados en quienes son, en vez de motivos generados por la trama.  La conexión biográfica se diluye paulatinamente y convierte en falacia cuando queremos que Smiley actúe como el Smiley de Le Carré.  Éste, en una nota necrológica al morir el actor Alec Guinness, quien interpretó a Smiley en el cine, dice que cuando se acababa la película uno no podía “evitar sentir el viejo mundo aburrido al que había vuelto después de todas las aventuras que había tenido allá” (50, mi traducción).  Como Le Carré, al cancelar la prolijidad ordinaria de la explicación narrativa Vásconez no simplifica a sus creaciones sino que las humaniza. Por esto no es necesario aceptar la identificación con los modelos reales para reconocer el valor de los descubrimientos o giros que el autor ha dado a sus invitados.  Se trata, entonces, de desfamiliarizar el discurso histórico-ficticio, estrategia que ha hecho de Vásconez uno de los autores más reconocidos del género novelesco.

El escritor también nos está diciendo que los autores que escriben en el centro del mundo necesitan no sólo que los visiten autores de afuera, sino también ampliar sus mundos provincianos y autosuficientes, mensaje que transmite casi toda su obra anterior.  En esta novela el autor de Ciudad lejana (1982, edición definitiva: 2002), colección en que reúne por primera vez sus relatos citadinos, intenta algo diferente y más atrevido: desenvuelve esa materia y se la pone al revés.  Sigue hablando del desarraigo, pero si obras como La sombra del apostador revelan un mundo cerrado en el centro de lo que podría ser el “Ecuador”, sin personajes “ecuatorianos” de sustancia, aquí Vásconez gira hacia un montaje desarraigado de extranjeros en el exterior, escarbando como el Dr. Kronz de El viajero de Praga para inyectarle significado a sus vidas intoxicadas, engañados por la noción de que en otro país su nomadismo va a encontrar su razón de ser.

Pero la realidad es que Vásconez nunca se refiere a su tierra, así que el problema es uno de representación, y de los lectores, no del autor.  Para él los escritores, como los espías, están afligidos por sus propias batallas privadas, el tipo de fatiga que tiene la gente después de años de lucha.  En ese sentido, quiero creer, y no es más que eso, que nuestro autor podría estar pensando en la tan trillada batalla en torno al menosprecio de las literaturas “menores”, y todas las discusiones que sigue ocasionando esa falsa polémica en un país como el Ecuador.2  Pero pongamos aquellos quejidos en perspectiva.  Como estará de acuerdo nuestro autor, la verdad es que en todos los resentimientos, diálogos de sordos, quejas y maldades subrepticias casi nunca se habla de talento, y pensemos en que la novela Murphy de Beckett fue rechazada por cuarenta y dos editoriales antes de ser publicada en 1938.  Así que, talentos aparte, ya es hora de que se acostumbren los autores a dejar sus egos a la entrada del mundo editorial, porque tanto éste como los autores y lectores tienen la culpa.

Leído en términos de su cuentística anterior, e incluso de su novelística, en su obra más reciente tenemos un Vásconez de contratextos, con sus autorreferencias (en “El baúl de Lowell” reaparece el Dr. Kronz, protagonista de El viajero de Praga y “Un extraño en el puerto”), contradicciones que he llamado positivas (a pesar de él), matices y revisiones de lo que sigue creando.  Para Vásconez ni el autor ni la novela ha muerto. A la vez, estamos ante una masa que permite desmontar el llamado a las lecturas “nacionales” e internacionales de letrados y letradas, porque Vásconez nos está revelando o recordando que no toda vida es una narración, o se merece una.  El novelista se ha salido con la suya: desafía a todo el mundo, globalizando con sus mensajes y técnica, obligándonos a buscar las deudas que podría tener con sus propios homenajeados.  Dicho de otra manera, desde los márgenes de una literatura presuntamente invisible ha surgido la realidad intacta de un escritor del entresiglo. Como quería James Joyce, y antes de él Flaubert, el artista/escritor sigue dentro de, atrás de, o más allá de su artesanía, invisible, refinado fuera de su ser, indiferente, cortándose las uñas.

En una fina reseña de El retorno de las moscas el crítico cubano Alejandro Querejeta asevera que no es sólo el escenario el nexo con novelas anteriores como El viajero de Praga y La sombra del apostador (1999), y a las que yo añadiría El secreto, “sino la minuciosa voluntad de autodestrucción y confinamiento en sí mismos de sus personajes” (42). Por su parte, Rafael Conte manifiesta que “Vásconez es un quiteño que ama y odia respectivamente a su ciudad, por lo que busca desesperadamente un exilio que siempre roza con los dedos, pero que siempre se le escapa” (4).3 Diría entonces que nuestro novelista ha dado una vuelta en u. Pero como digo arriba, me parece que esta novela es más bien un camino que conduce a otro procedimiento que comparten el espía y el escritor de ficciones: escaparse de las normas, disolverse en la masa, salirse con la suya, tergiversar toda expectativa de los que les observan. Esta obra muy bien pudo llamarse “La guerra fría”, si sólo por el punto muerto de sus tecnocracias. Pero Vásconez también parece decirnos que, debido a que conocemos la sombra de los espías que resalta, la idea es tanto establecer nuevas conexiones como cortar todas las antiguas que sea posible.

En El retorno de las moscas los antihéroes, figura frecuente en el autor, llevan la desesperación como un tumor. Figurativa y casi literalmente son unos muertos vivientes, distanciados de sus seres queridos o indiferentes con ellos (cuando Ann se fugó con Haydon, le deja una carta a Smiley pidiéndole el divorcio). Esos seres entonces se dan cuenta de que tienen que emprender una misión temeraria y desinteresada, y ¡qué mejor lugar para llevarla a cabo que en los Andes!, nos proyecta el autor no sin sorna o ironía.  Para Vásconez el heroísmo no es la cura para la entropía emocional, porque los seres humanos nuca estamos perfectamente compenetrados.  Pero aquí no tenemos espías al diván (Smiley sólo se observa a sí mismo, se llena de ideas y sueños, tal como Ann deja que la casa se llene de moscas), ni Vásconez quiere escribir crónicas de un suceso.

Por último, también vale pensar en que Vásconez está a medias entre la novela y el cuento, y se distancia de las elipsis y las alusiones rebuscadas para agregar hechos aparentemente sólidos, que se dirigen directamente a las tramas que van construyendo sus lectores. Por ese proceder el autor nos hace confundir el “trabajo de campo” del espía con el de los periodistas, guionistas y novelistas como él, porque no es su intención contestar preguntas de académicos como el que escribe estas páginas.  No es importante señalar a qué tipo de los realismos vigentes se apega, o a qué “escuela” podría pertenecer. Después de todo, en 1750 el Doctor Johnson hablaba de la “nueva” novela realista (Cervantes ya la había destruido), y en la época moderna el impulso hacia un realismo “otro” de Flaubert, George Eliot, Galdós, Dreiser y otros fue templado por Gorki, James, y sobre todo por Proust, que se manifestó sobre la “falsedad” del término.

Para Vásconez el realismo es un mito (también dirá que es una tradición que merece ser revisada, y adulterada) que, como otros, organiza la experiencia, es una red de historias e imágenes en la que atrapamos nuestras vidas, y las entendemos. Pero cuando ese mito falla no queda nada, ni el significado ni la emoción. Por eso abunda en su narrativa el uso de tiempos potenciales, el modo subjuntivo, para narrar a medias lo que ha ocurrido, para conjeturar sobre las cosas como si fueran un hecho consumado.

En El retorno de las moscas el extraño es una subcategoría del extranjero, y la distinción no es preciosista o inconsecuente. En Vásconez los extraños como Smiley ocupan espacios ambiguos, umbrales físicos y metafísicos. Hace casi un siglo, y nuestro homenajeado me perdonará la fuga académica, los protocríticos culturales Walter Benjamín y Georg Simmel quisieron establecer una tipología del extraño. No llegaron a puerto, por así decirlo, tal vez porque, su talento interpretativo aparte, no sabían o querían contar una historia al respecto, como Camus. Vásconez también sabe hacerlo, es nuestro mejor espía (el talento es la mejor arma que el escritor puede sacar de su manga), y propone que para un verdadero extraño cada escena que encuentra o interrumpe debe parecerle incomprensible, fuera de cualquier narración o contexto explicatorio.

Eso es lo que sigue contribuyendo Vásconez a la narrativa hispanoamericana, más “la pasión constante, casi despótica, de intervenir y de manipular hasta la obscenidad la vida de los otros” (85), en la ficción, como leemos en El retorno de las moscas.  No me refiero a ningún “estilo tardío” de nuestro homenajeado, que implicaría una maestría que no tiene nada que probar.  Mas bien, me refiero a que rechaza lo ofrecido, mostrando su constancia y dinamismo para ver más allá de las guerras frías y proveernos una narrativa que seguirá dando muchísima más guerra, construyendo mundos alternativos que nos permiten entender algo sobre los nuestros. Como concluye Monterroso, “Tú mira la mosca. Observa. Piensa”.

Una novela de personaje: Kronz, el viajero de sí

Al comenzar la novela llueve. Pero no es una lluvia simplemente realista, no es la descripción naturalista, en términos usuales,  de un evento climático. Se trata de la creación de una atmósfera que antecede y sigue los pasos de Kronz, un personaje enigmático, sólido en su diseño e imprevisible que evoca –y sólo evoca- cierta matriz existencialista.

El viajero de Praga es una novela de personaje, construida en torno a un punto central, enigmático, complejo, verosímil, llamado Joseph Kronz.

No hay antecedentes en la novela ecuatoriana y difícilmente en la latinoamericana de un mundo trazado con tal coherencia en torno a un ser de carne, hueso y espíritu, alejado de los rasgos folklóricos que a menudo impone el arquetipo al uso continental.

La proeza es múltiple: el lector, sobre todo en las primeras escaramuzas,  cree asistir a una novela de traslación espacial, de viaje, a un movimiento “odiseico”, en el sentido homérico o en el sentido joyceano de El Ulises. Pero los escenarios –Quito, Barcelona, Praga- son elementos cuya construcción textual vigoriza  esa mismidad llamada Kronz, ese punto o nudo ficcional que piensa el mundo, que reflexiona y permite reflexionar sin demorar o posponer otra de las esencias o principios vectores de la novela: la aventura.

No es una novela de tesis. Sin embargo todo es reflexividad en torno al Dr. Kronz o provocada por el Dr. Kronz.

Es una novela de aventuras, sin embargo cada peripecia sorprende y se graba a fuego, pues corresponde a una lógica escritural original, profunda. Cartesianamente “clara y distinta”.

Nada es previsible en el devenir de cada andarivel citadino. Todo se descubre por primera vez. Quito no es –afortunadamente- la postal turística con el Panecillo como pretexto fotográfico y telúrico, Praga es un misterio remotamente familiar donde puede atisbarse el fantasma de Kafka, no por alusión directa sino por la comparecencia de cierto sentido de la saturación, el absurdo y el spleen estetizado magistralmente, Barcelona es un lugar de encuentro y una señal de posible recomienzo.

Es precisamente esta estetización de un malestar profundo, verificable en los estratos sicológicos, lo que convierte a Kronz en un personaje indeleble, memorable, hermosamente atroz.

Kronz no es el ejemplo o la muestra simple de una serie, de una clase o tipo de ser humano. Kronz es, antes que nada, un individuo, y de ahí que también pueda percibirse como un individualista, pero no debe confundirse este término con el adjetivo, en este caso ramplón, de “egoísta”. No. En la construcción del personaje de Kronz existe la construcción de una ética personal, de una axiología propia. El protagonista indaga y sobrepasa sus límites, vaga por sus adentros mientras se suceden las referencias exteriores concretas de seres y ciudades ante las que jamás es indiferente.

Kronz es, sin voluntad transcendentalista ni utópica, el viajero de sí. Pero en el desarrollo de la acción narrativa, esto es, en la disposición diversa y acertada del tiempo ficcional en la trama, la mismidad de Kronz no se traduce en la inquietud inconveniente y hastiada, en apariencia sin sentido, de un Meursault de L’Étranger, de Camus. Por otra parte, a diferencia del legendario Eladio Linacero, casi inmóvil protagonista de El Pozo, de Onetti, el Dr. Joseph Kronz va al encuentro de “lo otro”, se sumerge en una realidad externa, perceptible, material. Avanza. Una voluntad de ser alienta una voluntad de representación que se traduce en una estructura narrativa equilibrada y a la vez llena de sorpresas.

Es una novela de personaje, sí, pero la trama ficcional que sostiene este diseño de personaje produce una extraordinaria fascinación. Se suceden atmósferas, planos narrativos diferentes y hasta opuestos, inesperados, que encajan unos con otros con notable acierto.

La construcción espacio-temporal asombra siempre, descoloca, produce un permanente desasosiego gozoso, muy diferente a la mera variabilidad de sucesivos telones de fondo de una “historia de carreteras” o de una “road movie”.

Aquí el cambio se da en una perspectiva bizarra, a veces se trata de un viraje infinitesimal, pero de grandes consecuencias para el decurso de la acción.

Kronz se hace, se muestra  a sí mismo erigiendo el mundo pavoroso y total de la novela, y, tal vez, encuentra el nudo de sí. “Se sabe”, en el sentido conciente.

Más allá de la mención de procedimientos técnicos, analépticos y prolépticos, la posible evocación del pasado y la percepción del futuro representa un devenir donde lector y protagonista vuelven a toparse con el suicidio de la madre como un elemento semiótico fundamental, como un indicio patente de que el tiempo no es lineal aunque lo simule.

En la aventura in/voluntaria de vivir se va hacia el pasado cuando se construye el futuro, se conquista la propia historia pues, a cada paso, la identidad se afirma porque se modifica.

La desrealización de la narrativa contemporánea: La sombra del apostador, de Javier Vásconez

Si otrora la escritura fue una forma de realizar mundos —reales, al dar cuenta de su existencia; o posibles, al generarlos— la narrativa actual, aquella que etiquetamos bajo el rótulo de ‘posmoderna’, parece enfrentar dentro de su propia diégesis la inviabilidad de tal esfuerzo. No nos referimos a la ‘metaliteratura’, que a estas alturas de novedad tiene poco, y cuya tematización del ejercicio escritural no pone en duda su fundamento cosmogónico. Aludimos a una práctica más radical: la de la horadación de los mismos cimientos de la narración. Por supuesto, esto tampoco es nuevo: conocemos bien los experimentos vanguardistas como para saber que no somos los primeros, ni muy probablemente, tampoco seremos los últimos, en cuestionarnos la pertinencia de la lógica narrativa tradicional en una época donde todo paradigma se vuelve sospechoso o, en el mejor de los casos, transitorio. Pero mientras los ismos se propusieron reemplazar un orden por otro (y la considerable suma de manifiestos, proclamas y estatutos programáticos que nos legaron dan cuenta de ello), el proceso deconstructivo que hoy se desarrolla no maneja propuestas alternativas; carece de poéticas y gestos refundacionales. Este tipo de narrativa exhibe, a nivel estructural y diegético, su propia impotencia creadora, así como el desencanto en el que aquélla desemboca.

Lea el ensayo completo aquí:

La desrealización de la narrativa contemporánea: La sombra del apostador, de Javier Vásconez

Capítulo IV: El viajero de Praga

1. La nueva novela

A pesar de la notable cantidad de novelas publicadas en nuestro país (sólo entre 1950 y 1980 aparecieron más de cien), es evidente que la novela ecuatoriana ha tenido muy poca repercusión en el ámbito latinoamericano y mundial. La figura de Jorge Icaza sigue siendo la más reconocida de nuestra narrativa. La influencia de la generación del 30 persiste y su huella ha marcado definitivamente a los narradores posteriores. Desgraciadamente han primado, por sobre la valoración estética, consideraciones ideológicas que han impedido un despunte de la novela ecuatoriana. Vladimiro Rivas expresa su sorpresa ante la presencia evidentemente excesiva de esta continuidad:

Lo asombroso, lo escandaloso de esta tradición fue su longevidad. Cierto, los cultivadores del realismo social, como Jorge Icaza, José de la Cuadra, Pareja Diezcanseco, Aguilera, Adalbero Ortiz o Ángel F. Rojas no tienen la culpa de que la literatura ecuatoriana se estancara durante años y años en el realismo social. La responsabilidad recayó en sus sucesores, quienes, con temor a desatar a la loca de la  casa (la imaginación, Ruiz de Alarcón dixit), se dejaron guiar por un pudor moral (y aun moralista) al que es más exacto llamar autocensura, y cultivaron una literatura epigonal, desgastada e insípida, verdaderos monumentos al tedio.1

A partir de la década de los 60 empiezan a incorporarse en nuestra novelística la infinidad de logros temáticos y técnicos que la literatura latinoamericana y mundial habían conquistado. Los narradores ecuatorianos reivindicaron la figura de Pablo Palacio y lo reconocieron como el precursor de un realismo mordaz y revolucionario. Y es que, mientras la mayoría de novelistas de su generación había proclamado la utilidad de la literatura como instrumento de denuncia, Palacio intuyó que lo que se debía poner en crisis era el concepto mismo de la realidad. Diego Araujo ha resumido en los siguientes términos la actitud estética, ciertamente visionaria, del escritor lojano:

Palacio no prestó la voz al proletariado, sino que registró desde el interior la crisis de los valores burgueses; no reprodujo fielmente la realidad, sino la desacreditó pues pretendía’invitar al asco de nuetra realidad actual’. La ruptura de Palacio fue radical: con el vehículo mismo de la expresión narrativa buscaba minar los más respetables y sólidos valores que organizan el mundo burgués: el orden, la razón, el oportunismo positivista. Por eso en los relatos de Palacio se quiebran la lógica y la causalidad convencional, aparecen el absurdo y la incongruencia, lo excéntrico y lo monstruoso. La parodia y la risa cáustica desacreditan también la sólida realidad burguesa. En los fundamentos del conocimiento y de la convencional belleza de esa realidad se instalan, sarcásticamente, la demencia, lo insólito y monstruoso, y muestran lúcidamente las llagas de la soledad, de la ausencia de amor.2

A pesar de la explícira devoción de las últimas generaciones de novelistas ecuatorianos por la obra de Palacio, es inegable que más pesó en ellos los resagos ideológicos y, a la larga, expiatorios, heredados de la narrativa del 30. La falta de libertad de la novela en relación a sus referentes más inmediatos y la resistencia a crear a través de la pura imaginación contribuyeron a maniatar el desarrollo de la novela ecuatoriana. Aunque muchos novelistas han incorporado técnicas muy actuales en sus novelas (no podía ser de otra forma ante el esplendor de la narrativa continental), se esconde detrás de la mayoría de novelas publicadas en los últimos treinta años un afán localista, un interés por entender lo estrictamente «ecuatoriano», sin saber exactamente en qué o en dónde radica la esencia de esa definición. A propósito de la novela acuatoriana de las últimas décadas, Antonio Sacoto dice:

resulta bastante claro que hay una riqueza temática tanto por el afán de rescatar lo histórico, la leyenda y el mito en unas novelas, como por el desdoblamiento de la problemática contemporánea (desfase ideológico, captar nostalgicamente los meandros de los barrios típicos y auténticos que se desmoronan y desvanecen frente a la modernización de las ciudades; drogas, alcohol, sexo, orgías) en otras; igualmente, el tratamiento de personajes de épocas remotas e históricas así como de nuestros días, míticos y de leyenda así como del hampa y de los barrios marginados.3

En efecto, aún se pretende «rescatar» determinados aspectos de la realidad. La novelística aún no ha abandonado un sentido utilitario, aún se construye sobre presupuestos que rebasan las fronteras de la misma literatura. Detrás de una supuesta modernidad en la utilización de los recursos expresivos, continúa deslizándose un criterio limitado que ha impedido el diálogo de la novela ecuatoriana con la novela de América Latina y del mundo. No debemos olvidar que los cambios significativos en las técnicas narrativas, aquellos impuestos por Henry James, Kafka, Faulkner o Joyce, surgieron de un sismo radical en la concepción y en el espíritu de su tiempo. Si los recursos se incorporan como meros artificios, difícilmente pueden esconder una caducidad en la concepción honda que el escritor tiene del mundo. El mismo Sacoto concluía en 1992 que: «La novelística en referencia, del 80 al 90, [y algo parecido decía antes a propósito de las obras publicadas entre el 70 y el 80] tiene los elementos de una gran narración; sin embargo, no hemos logrado detectar una en particular que plasmara con éxito todos estos componentes conjugados en una gran novela”.4

Existen, por tanto, aciertos dispersos en muchas novelas ecuatorianas de las últimas décadas, pero, en efecto, ninguna alcanza a configurarse como una pieza sólida e íntegra. Con toda su novedad y rigor formal, ni siquiera Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum, deja de rendir cuentas a la ideología y a los compromisos utópicos. La forma, en apariencia lograda, se convierte en un barniz que esconde los viejos atavismos y las viejas culpas. Leonardo Valencia, luego de anotar los logros técnicos que han conseguido muchos novelistas ecuatorianos, dice:

Aún así el fondo de responsabilidad nacionalista -ahora responsabilidad con la historia-, y esa manida búsqueda de la identidad latinoamericana, no se ha perdido. Eso explica que, a pesar del complejo aparato técnico del que se arman, se termina con la convicción de que siguen siendo novelas reprimidas. El vuelo no acaba de alzarse. No provocan relecturas y se sigue esperando de la novela resultados que no le corresponden.5

En el fondo del debate sobre la novela ecuatoriana y las razones de su estancamiento se oculta un factor fundamental: el concepto mismo de  realidad que manejan muchos de los narradores ecuatorianos. Donald Shaw, en su libro Nueva narrativa hispanoamericana, considera que la literatura de nuestro continente adquiere tanta trascendencia porque ha modificado el concepto de realidad que predominaba hace menos de un siglo: «se pasa del cuestionamiento de la realidad convencional a la negación de la realidad, o al menos a la negación de la capacidad del hombre de dar razón unívoca de ella.”6 Pero si Pablo Palacio ya había apuntado exactamente hacia este centro, hace cincuenta años, ¿por qué nuestra novela no ha conseguido aún su mayoría de edad? Insistimos: la carga ideológica impidió que se asuma la novela como un mecanismo de prospección, como un espacio con verdadera dignidad cognitiva y no como un instrumento de demostración o transformación social.

Escritores como Borges signaron el destino de la literatura al alejarse de la representación directa de la supuesta realidad. Esa realidad creada por la imaginación y transfigurada en el lenguaje, trasciende el plano estético y halla una nueva dimensión de lo real; de ahí el carácter metafísico de las grandes novelas de Hispanoamérica y de ahí un rasgo también determinate: su marcado pesimismo.

En este contexto surge la primera novela de Javier Vásconez. Una obra publicada por Alfaguara y Libri Mundi en 1996, y que fue muy bien recibida por la crítica nacional y extranjera. El viajero de Praga fue presentada en España y México rompiendo el aislamiento que, con contadas excepciones, constituye el sino de nuestra literatura. Pero más allá de esta eventualidad, muchos estudiosos han percibido en la novela de Vásconez los atributos de la «gran novela» que se había esperando por años en nuestro país. Pero ¿cuáles son los rasgos que caracterizan a una gran novela? Si ubicamos a la obra de Vásconez dentro del contexto de la tradición ecuatoriana, y seguimos las consideraciones que hemos venido elaborando en esta introducción, podemos decir que son muchos los elementos renovadores que este libro genera. Valencia ve en el «distanciamiento» que impone la novela a través de la figura del protagonista y de la escritura serena y contenida, la clave del triunfo estético de El viajero de Praga. El joven escritor guayaquileño  dice:

Ese distanciamiento es el que empieza a abrir nuevas posibilidades a una novelística que entienda la condición primera del trabajo formal. Construir un mundo autónomo, sin ninguna deuda u obligación con su referente, es lo único que permitiría a la novela escrita en Ecuador alcanzar niveles que tiene en otras partes del mundo. La parcela de tierra llamada Ecuador, como el resto de países latinoamericanos, es una frontera imaginaria y una demarcación inexistente para aquel espectro más amplio que se llama idioma español. Entender esto es vital. El español es un idioma conectado al mundo. Como tal tiene todo el derecho de lanzarse a recorrerlo y criticarlo.7

El distanciamiento desde el cual Vásconez construye la novela, le ha permitido, además, mirar con inteligencia la misma tradición novelística de su país, y desde ese alejamiento, exento de pudores provincianos, aproximarse a la gran literatura universal, personificada en la figura de Franz Kafka. Sin embargo, como todo gran novelista, el distanciamiento al cual ha apelado Vásconez, no esconde intentos evasivos, sino, por el contrario, propone una nueva opción de comprensión de la realidad. Shaw ha encontrado que la nueva novela hispanoamericana tiende a polarizarse en torno a dos extremos:

En uno el escritor dota a su obra de una estructura muy visible que funciona como una consciente respuesta artística a la desintegración caótica de la realidad. Es el caso, por ejemplo, de Vargas Llosa, según quien ‘la realidad es caótica. No tiene ningún orden. En cambio cuando pasa a la novela, sí tiene un orden’. Al otro extremo se colocan aquellos novelistas que deliberadamente ocultan el diseño -siempre existente- de sus novelas de modo que el fragmentarismo y la ambigüedad que resultan parezcan reflejar directamente la desintegración a la que nos hemos referido.8

Cualquiera de las dos opciones esconden, lo hemos señalado, una actitud hondamente pesimista ante el mundo. El viajero de Praga está claramente dentro del segundo grupo. No es casual que el crítico español Luis Alfonso Girgado9 haya señalado como rasgos fundamentales de la novela de Vásconez su carácter fragmentario y su pesimismo. La pérdida de unidad que evidencia la novela y que la hermana a muchas de las grandes obras latinoamericanas puede explicarse, según Pope, por las condiciones reales de nuestro continente:

La parálisis de la historia, la imposibilidad del héroe, la reducción del individuo al estamento, el pesimismo engranado en el actuar, son consecuencias naturales de la historia de toda Latinoamérica. Las sucesivas dictaduras, colonialismos y neocolonialismos, los reformismos vanos, las culturas indígenas vegetando oprimidas durante cinco siglos. Pero la visión pesimista proviene, sobre todo de la clase media consciente de todos estos factores pero incapaz de alterarlos10.

No creemos, sin embargo, que esta tendencia a la fragmentación provenga exclusivamente del derrumbe de los valores que sostenían a los sectores burgueses, sino de una crisis mucho más sobrecogedora, una crisis espiritual, en la cual «se ha dislocado una imagen del mundo, desapareciendo con ella la sensación de seguridad que los mortales tienen de lo familiar. El hombre se siente entonces a la intemperie, el antiguo hogar destruido. Y se interroga sobre su destino.»11 El realismo, amparado en la idea de una realidad objetiva y comprensible, es una metáfora de ese espacio seguro y sólido que el arte contemporáneo ha puesto en tela de juicio cada vez con mayor vehemencia.

Pero la novela de Vásconez no alcanza una calidad tan notable exclusivamente por su capacidad de poner de manifiesto la disolución de un realismo agotado, sino porque el novelista sabe que su realidad más antrañable está en el territorio del lenguaje. Vásconez es un escritor contemporáneo que se ajusta a la definición que Cortázar hace de él: «un intelectual creador, es decir un hombre cuya obra es el fruto de una larga, obstinada confrontación con el lenguaje que es su realidad profunda, la realidad verbal que su don natural utilizará para aprehender la realidad total en todos sus múltiples contextos.”12 El logro estético de El viajero de Praga radica, pues, en haber forjado un lenguaje que descubra las zonas más secretas de lo real. Por esto la novela de Vásconez, la más cosmopolita que un narrador ecuatoriano haya escrito, es a la vez la que más ha penetrado en el espíritu de lo ecuatoriano, es decir, en la idea de un mundo imaginario, incompleto, fragmentario. La ciudad de Vásconez, sin dejar de ser Quito, se ha convertido en metáfora de cualquier ciudad del mundo.

El viajero de Praga reune los rasgos que caracterizan a la nueva novela de América Latina. El abandono de la novela «criollista» o «telúrica» y su variante, la novela «comprometida», es un paso que en el contexto del continente no parece fundamental, tomando en cuenta que se superó hace décadas; pero dentro de la narrativa ecuatoriana es un logro decisivo. Se ha dado paso a la novela «metafísica» en la cual la condición humana, su angustia, su vacío ha destruido las fronteras para convertirse en patrimonio de todos. Valencia dice al respecto:

Es interesante lo que hace Vásconez. Trabaja en el espacio: equipara mundos. Ni la razón europea ni el pulso vital de América son rasgos diferenciadores. Al contrario, el escepticismo se da frente a ambos mundos, y los iguala. El mundo, léase el desencuentro de la injusticia y la miseria humana, es una sola. El viajero descubre que los mundos no importan a la larga y que el viaje se resume en descubrir su propio mundo, e incluso más allá: descubrir su propio lenguaje, conocerse a sí mismo.13

Otro rasgo importante de la novela de Vásconez es la duda que se plantea ante  el mensaje de las evidencias. El potencial creador de la imaginación sustituye a la mera constatación de los hechos. De ahí que El viajero de Praga tienda a destacar los aspectos ambiguos y misteriosos de la vida. El absurdo de varias situaciones registradas en la novela, trascienden lo anecdótico para convertirse en símbolo del sinsentido de un país, y a través de él, del sinsentido de la existencia humana. Ni el mismo amor logra convertirse en puerto definitivo para el viajero. La desconfianza en el sentimiento, la lucidez sobre la incomunicación radical del hombre contemporáneo, despojan al texto de cualquier rasgo romántico. Además podemos destacar el sutil erotismo presente en la novela. El  desapego  de Kronz en relación a la muerte (que probablemente sea la raíz de su desapego a la vida) sostiene ese erotismo agónico, pero no por ello menos intenso. Sábato se ha referido a la incorporación de este elemento, diciendo: «El sexo, por primera vez en la historia de las letras, adquiere una dimensión metafísica. El derrumbe del orden establecido y la consecuente crisis de optimismo […] agudiza este problema y convierte el tema de la soledad en el más supremo y desgarrado intento de comunión, se lleva a cabo mediante la carne y así […] asume un carácter sagrado.”14

Debemos destacar, además, otro factor clave en la novela de Vásconez: la incorporación, muy sutil, pero admirablemente certera, de rasgos paródicos. No estamos ante el humor cortazariano, o ante los artificios linguísticos de un Cabrera Infante, sino ante la constatación, mediada por la conciencia de un extranjero, del absurdo imperante en un país imaginario. La mirada de Kronz, su distancia, renuevan los hechos, los presentan en toda su incoherencia sustancial.

Como en los cuentos revisados en el capítulo anterior, en El viajero de Praga se incorpora una preocupación metaliteraria. La historia de Kronz es el diálogo más original y renovador que un novelista ecuatoriano haya impulsado con la gran literarura universal. La figura de Kafka está recreada desde la propia ficción, no se la construye sobre ninguna reflexión ajena a la propia marea de la novela.

Con todas estas pistas, es hora de iniciar el viaje al que nos invita la novela de Javier Vásconez.

El viajero de Praga

De esta novela de Javier Vásconez, me impresiona, pasando por alto las analogías o lazos que advierto entre ella y mi novela Sexto sueño (las dos Violetas, el gato, la gata, el alcohol —«vodka fiction«, «tequila fiction»— el bolero final, el país invisible marginado de la Historia),  esa atmósfera donde el tiempo fluye de tal manera que parece liberarse de la linealidad del lenguaje. ¿Dónde está el presente del relato? No es la flecha, no es el ciclo (a pesar del repetido leit-motif de la lluvia), es el estar ahí, el tiempo de la eternidad (¿un aleph?). Una forma de narrar que se corre el riesgo de construirse palabra a palabra y que exige de los lectores el detenimiento que impone la lectura de poesía. El sintagma de apretada unidad se disuelve en un enjambre, y toda la novela es una borradura del tiempo entendido como estructura dramática.

Vuelvo a la imagen del país invisible como lugar de la enunciación. Desde que conozco autores y libros de cierta rara literatura ecuatoriana me impresiona una afinidad soterrada que ahora vuelvo a descubrir en El viajero de Praga y en algunas declaraciones de Vásconez. Un escritor cubano-puertorriqueño, Eduardo Lalo, en su libro Los países invisibles, habla de los países condenados «al lado oscuro de la geografía<», y de la necesidad de asumir esa invisibilidad para potenciar una visión crítica de Occidente, justo ahora, cuando ya ningún país es del todo visible, pues «el mundo ya no es el mismo porque ya no es diferente», y una histórica ciudad europea recuerda «a un centro comercial de una ciudad insignificante como San Juan, con las mismas cadenas de tiendas, los mismos zapatos en las vitrinas, con idénticos restaurantes de comida rápida.» En esta novela de Vásconez, también se asume la invisibilidad como potenciadora de revelaciones. A propósito de la publicación de una edición revisada de su libro, el autor habla sobre el lugar de la enunciación:

Tal vez escribí El viajero de Praga, entre otras cosas, porque estaba convencido —ingenuo de mí, desesperado de mí— de que la literatura estaba en otra parte. Buscaba otras estaciones donde apearme, otras ciudades y filiaciones literarias. En definitiva ambicionaba escribir una novela que me vinculase sin complejos con la literatura de otras latitudes y me permitiera sentarme a la misma mesa de Kafka, fumar durante la noche con Onetti, tomar whisky con algunos escritores de talento incomparable de la novela negra, jugar al juego de los espías con John Le Carré. Además aspiraba a renovarme interpretando los textos de otros.

El premio de la lectura fértil es una especie de renovación, pero, cuando se sienten afinidades de origen misterioso con un texto ajeno, el efecto es de ida y vuelta a otra versión, inquietante, de un paisaje familiar. Así me impresiona El viajero de Praga. Me cautiva, me deslumbra, me des-ordena, el lenguaje atravesado por las sombras, las brumas del alcohol, las teatrales cortinas de humo; un lenguaje sumergido  en la borrachera del sueño. Errores de comunicación que parecen errores de traducción. Un lenguaje desplazado:  «Las palabras  sonaron como una campanada en su cabeza, no por el sentido que tenían sino por lo que ocultaban…  y por las circunstancias en que fueron formuladas…». Dos personajes  se comunican habitualmente  en un lenguaje que no es el vernáculo de ninguno, en un tercer idioma que es tierra de nadie.

Si Kafka no quiso, realmente, escapar de la esfera del padre, Josef Kronz no sólo lo quiere, sino que lo logra, o aspira a lograr ese «estar solo y que lo dejaran en paz», como se dejan solos los muertos. Kafka en Ecuador es impensable porque no hubiera sido Kafka sin su posición de satélite rebelde en torno al padre. Kronz se instala en la línea imaginaria con la impenetrable paciencia del gato callejero que abusa de él.

El viajero es un relato de aventuras, una novela de amor, un relato de viajes, porque «un médico puede ser al mismo tiempo un actor y un enfermo, un imitador de voces y un impostor». La fiesta de un Kafka erótico según Bataille (no tengo el original en francés): «He constructed perilous edifices… as if the words were only there to astonish and disorientate, as if they were addressed to the author himself who never seemed to tire of proceeding from astonishment to bewilderment». (Ensayo sobre Kafka en La littérature et le mal.)

Y ese personaje que no quiere ni anhela nada, el espectro del deseante Josef K., sin embargo, en las aguas del sueño, es capaz de una relación erótica, como un fantasma que reencarnara en uno de esos instantes rituales en que se abren los cielos y se alinean los planetas para comunicar la pluralidad de mundos que habitan en este. Kronz es un solitario que ejerce con abnegación el oficio de sanar, un muerto en vida que le arrebata vidas a la muerte, un hombre dulce, cuya «culpa kafkiana», permanece en el misterio, acaso porque «la frontera entre su mundo interior y el exterior había desaparecido».

La literatura del espía

En el límite impreciso entre el libro y el lector está la mirada. El acto de la lectura es comparable al de aquel de un detective privado cuya misión o deseo es espiar a otro. Sentado frente a la ventana, mira, al otro lado de la calle, a la altura de sus ojos, otra ventana, tras la cual está sentado aquel que es objeto de la mirada. Mientras más detenidamente miramos al otro, empezamos a darnos cuenta de que nuestro reflejo en la ventana distorsiona lo que vemos al otro lado y que, inevitablemente, espiar al otro es espiarnos a nosotros mismos.

Casi obsesivamente en la narrativa contemporánea se repiten temas como la mirada de uno hacia los otros, hacia un mundo que parece petrificado, frío, imposible, hermético ante la soledad del personaje. Acompañando la mirada está la mente fabuladora del personaje (espía sin o con título de tal) que al no hallar en el mundo ni acciones que anotar ni acontecimientos que analizar comienza a inventar y se sume en un estatismo que lo lleva siempre de vuelta a su propia vida, a su propia interioridad fragmentada y que vagamente se va retratando en su relación imposible con los otros. Espiar a los otros es espiarnos a nosotros mismos. Podemos lamentarnos de que en El retorno de las moscas,  la más reciente novela de Javier Vásconez (Alfaguara, 2005), sucedan pocos acontecimientos, de que el mundo de la ciudad andina permanezca estático incluso durante la pesquisa, pero es justamente esta aparente apatía del mundo y de los sucesos lo que nos remite a la condición existencial de los personajes. El retorno de las moscas no es un thriller, a pesar de que es un libro divertido e interesante. Su éxito de ventas, reflejado en la segunda edición que apareció pocos meses después de la primera, nos habla de un autor con acogida en el Ecuador y de un público que aprecia la calidad de su obra.

Si nos sumergimos en la obra de Vásconez, nos encontraremos constantemente con personajes que están siempre buscando a los otros: para atraparlos, para descubrirlos, para asesinarlos. Así como Roldán, en La sombra del apostador, debe buscar al jockey para matarlo, y este acto se convierte en el centro de su vida, Smiley, en El retorno de las moscas, persigue fantasmas (tal como el escritor, quizá): el rostro de Karla, la identidad del asesino de Gregorivius, el sentido del amor y de la traición de Ann.

En El retorno de las moscas, los resortes para la reflexión no se sitúan en una densidad ni lingüística ni filosófica. Esta es otra característica que comparte Vásconez con los narradores contemporáneos, quienes ya no siguen ni la extraña senda filosófica de la literatura (donde ya no parece haber nada que narrar) ni tampoco las fanfarrias vanguardistas respecto del lenguaje. A diferencia de otros escritores ecuatorianos, Vásconez ha abandonado estos recursos ya gastados en pos de una literatura absolutamente contemporánea.

Engarzados en la estructura de una novela de género (las novelas de espionaje), encontramos los temas de Vásconez revitalizados en el vértigo de una renovadora forma. Podemos admirar en esta obra, como parte del proyecto literario de Vásconez, justamente la versatilidad, la seguridad para recorrer los géneros literarios. Y como lectores, podemos alegrarnos de ser capaces de recorrer la distinta literatura sin prejuicios ni poses, disfrutando del texto y dejándonos llevar por la aventura a la vez que desembocamos en las callejuelas sin salida de los temas existenciales de la narrativa de Vásconez: el amor, la muerte, la soledad, la traición, el asesinato, la persecución, la ciudad, el frío, las mujeres, el exilio, entre otros. Diversas entradas hacia la densidad de la vida humana, nuevos juegos con el lenguaje, los personajes y las situaciones, una invitación a la libertad del escritor y del lector. Estamos de acuerdo con Becerra en que: «Javier Vásconez vuelve con esta novela a romper los tópicos fundamentales que solemos asociar a la tradición literaria de su país e insiste en redescubrirnos cómo la literatura asumida como desafío y riesgo carece de fronteras y constituye por tanto una patria universal abierta a todos aquellos que quieran habitarla»1.

Tomemos como punto de partida esta consideración de la literatura como un espacio sin fronteras, como un desafío y un riesgo, para entrar al tema que me inquieta en esta novela: el espía nómada, exiliado, sin patria, aparentemente sin ataduras, ciudadano del mundo, y entonces de ninguna parte. Tal como escribe Mercedes Mafla respecto de El viajero de Praga: «El exilio es el tema de la novela de Vásconez»2. Aquello que afirma Mafla respecto del doctor Kronz, podríamos repetir para Smiley: «Su vida es un permanente tránsito que lo coloca en un tiempo de perpetua inestabilidad»3. «Mientras el avión despegaba, [Smiley] se dijo que su vida consistía en ir de un lugar a otro, de una ciudad a otra, de un hotel a otro, de una cama con Ann a otra llena de periódicos inservibles»4. El doctor Kronz, sin embargo, tal como dice Mafla, debe su «exilio interminable»5 a consideraciones internas, pues no existen motivaciones externas que obliguen al personaje a vagar por el mundo. Es más bien la percepción de cualquier lugar del mundo como «inhóspito y absurdo»6 lo que indica el movimiento de Kronz o, en su defecto, su estancamiento.

Smiley, por otro lado, vive una duplicidad de motivaciones para su deambular por el mundo. Justamente la novela comienza así: «Dos fueron los incidentes, aparentemente sin conexión, que precedieron a la reaparición de George Smiley…» (p. 11). Sabemos, entonces, que en esta novela nos veremos enfrentados tanto a la misteriosa e ininteligible dimensión existencial del hombre individual como al extraño y violento mundo exterior, relacionado con todo el peso político que supuso el espionaje durante la Guerra Fría. La muerte (de Gregorivius) y el amor (de Ann) ―su traición, el dolor inevitablemente ligado a su relación con ella― son los dos motivos que impulsan el reinicio de las actividades de Smiley.

Comencemos por considerar qué es un espía, qué se puede decir de un hombre, o de un personaje, al leer la palabra «espía» junto al campo «Profesión». «Sabía que no era amor ni idolatría por ninguna de ellas lo que a Gregorivius le movía a fotografiarlas, como tampoco era un acto de idealismo ni una necesidad de cumplir con su deber lo que en justicia a él [Smiley] le había llevado al espionaje, sino la pasión constante, casi despótica, de intervenir y de manipular hasta la obscenidad la vida de los otros» (p. 85).

Así, el hecho de ser espía, más qué una profesión, es una condición existencial, al igual que el ser escritor, fotógrafo o asesino.

Smiley persigue a otros quizá intentando no buscar dentro de sí, no encontrarse en su rutina, en su vejez, en la traición de Ann, en su propia muerte y su propio dolor. Sin embargo, al final de las aventuras, resuelto o no el enigma, el espía volverá siempre a su vida. Es ese el verdadero drama, el más profundo y perturbador de la obra de Vásconez: el hastío, la muerte, la traición, la imposibilidad del amor: «¿No es un juego o un disfraz el amor? […] ¿No está íntimamente relacionado con la traición?» (p. 63). El espionaje, a su vez, es un juego de traiciones, y justamente Ann, la esposa de Smiley, lo traiciona con Haydon, un desertor, un espía traidor.

Gregorivius, otro espía-traidor (ruso, relacionado con los norteamericanos), «Tenía el tono de voz como extraviado, sugestivo, y la misma indiferencia de quienes están siempre de paso y habitan el mundo de los locales nocturnos» (p. 16). Lo encontramos casi solo por el mundo, intentando «tender un puente de comunicación» (p. 17), acto quizá emulado por el escritor a través de la escritura. Gregorivius, cuyo nombre inevitablemente nos recuerda al Gregorovius de Cortázar, se descubre como un fotógrafo especializado en la pornografía, profesión que el mismo narrador, en la cita ya anotada, relaciona con el mundo del espionaje. Estamos acostumbrados ya a la densidad de los personajes de Vásconez y a los extraños puentes que tienden desde sus interioridades hacia el mundo exterior. Es sintomático el hecho de que estos personajes frecuenten sórdidos bares en donde entablan relaciones con otros, relaciones que no hacen más que acentuar su propia soledad.

El oficio del espía se confunde con el del escritor. Como dice el mismo Javier Vásconez: «Pienso que detrás de todo escritor hay un espía, un topo que se alimenta y se mueve en las zonas oscuras de la mente y los sentimientos»7. Sobre este mismo tema, que parece inquietar no solo a Vásconez sino a otros escritores como Paul Auster, Ian McEwan y Javier Marías, Auster escribe: «El detective es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido. En efecto, el escritor y el detective son intercambiables»8. Del ojo del investigador (Private-eye), y entonces del escritor, escribe Auster: «…el ojo del hombre que mira el mundo desde sí mismo y exige que el mundo se le revele»9. Los espías de El retorno de las moscas comparten la condición existencial del detective, pero a su vez están coaccionados por un aparato global, el del espionaje internacional, con sus respectivas connotaciones políticas y éticas. Por otro lado, el trabajo del espía justamente se desarrolla ligado al motivo del viaje. Los detectives parecen hundirse aún más en el fango de su ciudad, al recorrerla mientras persiguen a otros, al desentrañar los secretos de otra vida que se desarrolla paralelamente a la suya. Los espías se embarran en distintos lugares, idiomas y culturas, descubriéndolos a su vez que descubren a un asesino o traidor.

Lo que se revela de un volcamiento obsesivo de la vista hacia el mundo, hacia su devenir, sus posibilidades, su sentido, hacia el seguimiento de sus pistas, es por un lado un exilio de uno mismo y por otro un amor intenso por el mundo y sus secretos, el deleite por lo que se ve y por lo que se podría ver. La mirada del espía también incluye el secreto. Aquel que espía al mundo en secreto, hurgando por sus posibles sentidos, busca esconderse, tras personajes, espacios, tiempos, temas, diálogos, para relacionarse con los otros. El exilio de sí mismo es una condición de la vida del espía, del escritor, de aquel que gira la mirada hacia fuera, al mundo y sus colores, la luz, las miradas, los gestos en los rostros, las manchas en las paredes, la textura de los objetos. Las cantantes de la obra de Vásconez, que ya se han convertido en un rasgo distintivo de su narrativa, también comparten la condición de exiliadas de sí mismas: «…probablemente actuaba cada noche para huir de sí misma» (p. 20). Philip Albee, otro espía de El retorno de las moscas, es un exiliado de su infancia, de su pasado, de su terruño: «Prefirió la nada antes que la mediocridad de los habitantes de su pueblo» (p. 22). Algunos personajes de Vásconez parecen desplazarse por el mundo como huyendo de algo: Albee de su infancia, Smiley de su decadente vida junto a su mujer infiel. Pareciera como si espiar su propia vida fuese pavoroso, y entonces espían la vida de los otros, en la cual, sin embargo, inevitablemente se encuentran consigo mismos, pues los sueños y los recuerdos les persiguen a donde quiera que vayan. El constante movimiento de los espías es tan solo un cambio de lugar, pero el exilio verdadero de uno mismo, de la carga interior, es imposible. Volvamos a la imagen inicial del ensayo: hay uno que mira (lector, escritor, espía) a través de una ventana, y lo que ve es el fondo de un primer plano en el que aparece su propio reflejo.

La condición del espía se relaciona también con un destino o con una voluntad absolutamente decidida a continuar su camino, o el camino que para ella ya estaba trazado. Recordemos a Roldán y su relación con el asesinato, a Camacho de El secreto, al jockey de La sombra del apostador (pensemos también en el escritor): «…tan infructuoso hubiera sido pedir a un jockey que abandonara su vida en el hipódromo, como suponer que Smiley se habría resistido a hacer ese viaje a Sudamérica a cambio de una vida burguesa, reposada, dedicada a los poetas alemanes…» (p. 42).

El vagabundeo del espía, el «exilio interminable»10 significa tanto en el aspecto físico, geográfico —«…un espía no es más que un mensajero que vive fuera del muro de cualquier ciudad» (p. 109)—, como en el aspecto existencial, de la relación del ser humano con el amor, con la muerte, con la vida, consigo mismo: «Esa madrugada volvió a sonar el teléfono. Con la voz ahogada por los somníferos y el vodka, Ann le habló de un bailarín ruso. “George, tú no debes volver a Inglaterra”, imploró al borde de la histeria. “Entonces, ¿dónde quieres que vaya?”. “Donde debes estar, en el límite impreciso entre tú y yo”…» (p. 101).

Pensemos ahora en otros aspectos de la novela, como por ejemplo las moscas y las mariposas. Las moscas que retornan, símbolos de los hombres de acción, que en este caso son los espías, traen de vuelta también a la muerte, a una muerte infestada por la vida. Las moscas negras y repulsivas, promiscuas, impúdicas y llenas de vida: ligeras y rápidas, astutas y juguetonas, aparecen en un sueño de Smiley merodeando cerca de un cadáver: «Podía significar que el retorno de las moscas, vistas con la mirada del sueño, procediera de la boca de la muerte» (p. 54). Pareciera como si las moscas estuviesen presentes para pervertir incluso la belleza pura y luminosa de la muerte11: «Deseaba apartar la cara, rasgar aquel aleteo devastador y alejarse de ellas porque le impedían ver el rostro luminoso de la muerte» (p. 53), de la infancia: «Era la primera de tantas moscas que arruinaron su infancia y mancharon algunas páginas de sus cuadernos escolares» (p. 53), del amor: «Con su descuido y suciedad, Ann había dejado que la casa se poblara de moscas…» (p. 53).

Como contraste y complemento a las moscas, nos encontramos con las mariposas: deslumbrantes, libres, desvergonzadamente bellas, exhibicionistas, frágiles, efímeras, sensuales. Estos insectos-ángeles resultan perturbadores cuando están pegados (atados) a las paredes de una ciudad enterrada al pie de la inmensidad maciza e inclemente de una roca que pareciera haber estado allí siempre, y que de hecho seguirá allí cuando ya nadie quede para mirarla. En una escena de la novela, cuando Smiley llega al aeropuerto de la ciudad andina, vemos un cartel con el dibujo de una mariposa pegado sobre el cristal de la ventana, ventana por donde se cuela una luz que casi con compasión ilumina los espacios grises y lúgubres de la ciudad. Un borracho sentado junto al cartel y la tristeza de la gente y del color de la luz ahogan la posibilidad de ver en la mariposa una imagen luminosa y pura, de vitalidad y color, de libertad.

Las mariposas están también relacionadas a lo femenino y a ese «lúgubre reverso del amor» (p. 104) representado por esas mujeres-mariposas, por esas mujeres que siendo putas quieren ser tratadas como Ladies (Rosana), o siendo Ladies, como putas (Lady Ann); que acarrean tras de sí ese juego de contrarios cuya ambigüedad seduce a los personajes masculinos, y a los lectores. «Como amante, Ann era semejante a una mariposa. Ingrávida, nunca se quedaba quieta, poseía el raro don de la improvisación, por lo cual era magnífica» (p. 64), «En sus mejillas [de Fabiola Duarte, la cantante del Normandy] tachonadas de estrellas por la luz de un reflector se transparentó el ocelo de una mariposa…» (p. 20). Del hecho de asimilarse con las mariposas, las mujeres de la novela de Vásconez adquieren ciertas características que las hacen a la vez encantadoras y terroríficas (insectos disfrazados de ángeles). Las mariposas son tan frágiles —tan luz que se refleja en sus alas pero que no pueden contener dentro— que no pueden estar solas, que no soportan la soledad, que no pueden vivir sin protección, e inician por ello un perverso juego con quienes desean poseerlas y cazarlas. No es casualidad que Nabokov, el gran escritor de la posesión imposible, de los amores por nínfulas inalcanzables y efímeras, haya sido un amante de las mariposas que se extasiaba procurando cazarlas y estudiarlas. Smiley, marcado por su condición de espía, se relaciona con la mujer mariposa (con sus traiciones) desde la perversidad que una relación así posee obligatoriamente. Durante el sueño de las moscas, Smiley escuchó que Ann le decía: «“George… ¿acaso no te gusta espiar detrás de las puertas para atisbar cada uno de mis actos con tus anteojos empañados de deseo?”» (p. 54).

 

 

 Una de las claves de El retorno de las moscas es el contraste entre la luz y la oscuridad (y también entre las moscas y las mariposas). De hecho, encontré una especie de obsesión por describir la iluminación de cada espacio, la relación entre la luz y la oscuridad en los distintos momentos y acontecimientos: «…la luz tamizada por un filtro otoñal» (p. 33), «…vio algunas moscas aletear bajo el fulgor de la única luz que iluminaba la estancia» (p. 52), «Un remolino de hojas se agitaba frenético hacia el recuadro de la ventana que chocaba con la luz del farol en la calle» (p. 65), «Por la ventana se filtraba una luz fría y casi ofensiva, que rebotaba contra el blanco del lavabo…» (p. 52), «Tal vez era una visión o una especie de membrana producida por la luz del amanecer…» (p. 77). Para acortar esta larga lista de ejemplos, citaré a continuación solamente mis favoritos: «Una especie de tristeza se desprendía de la luz apagada de la mañana» (p. 108), «Sus habitantes [de la ciudad andina], más bien callados, parecían atrapados por el embrujo de la luz» (p. 108).

En contraste a los espacios iluminados (con distintos registros de luz, varios significados y matices pero, en fin, iluminados de alguna manera), la muerte y la sordidez están relacionadas a la oscuridad: «La ventana estaba cubierta con una tela negra. Quizás todo era más sórdido de lo que imaginaba…» (p. 81) (el departamento de Gregorivius), «…se le iba lentamente la luz de los ojos» (p. 80) (la muerte de Gregorivius —recuerdo que en La Ilíada la muerte también era la luz que dejaba paso a las tinieblas en los ojos de los muertos—.) «¿Cómo hiciste para poner patas arriba el mundo? Ahora todo es muy oscuro, John [Smiley hablando con Le Carré]…» (p. 31). El Normandy, el parque de La Alameda en la noche del asesinato, el bar en el centro y el departamento de Gregorivius son espacios oscuros. Allí sucede todo lo oculto, lo vergonzoso, lo cruel y violento.

Hay, sin embargo, un personaje que goza de la luz en medio de un ambiente sórdido y lúgubre: la cantante. «A la luz de los reflectores, como si fuera una emanación incandescente de su cuerpo […] el vestido relucía con hilos de oro y plata mientras se desplazaba por el escenario» (p. 104), «Sorprendió a la cantante en el momento en que surgía de la oscuridad12  […] Se esforzaba por mostrar una sonrisa sin duda ensayada frente al espejo de su camerino, con una luz ambarina de fondo mientras su cabellera flameaba como un relámpago» (p. 19), «Muchachas esbeltas bailando con trajes de escamas de seda nadaban bajo la luz acuática del escenario…» (p. 76).

El espía procura anular los espacios oscuros, resolver el misterio y, sin embargo, lleva dentro de sí esa sordidez. Procura entender el mundo, resolver el enigma, a la vez que su interioridad es un remolino oscuro. ¿Qué es una clásica novela de espionaje sino la búsqueda de la verdad: el intento de anular las tinieblas, de esclarecer el misterio?: «…pero se impuso el hábito del espía inquisidor, quien acabaría sacando los trapos sucios a la luz» (p. 90), «Además, era un especialista en esclarecer enigmas» (p. 39). La intensidad de El retorno de las moscas es justamente la oscuridad que no se logra disolver a través del proceso de espionaje, deducción, racionalización del mundo. El «lúgubre reverso del amor» (p. 104), la soledad, la muerte, las moscas continúan allí a pesar del esfuerzo del detective, quien finalmente ha descubierto un rostro y un asesino pero no la solución a su dolor, soledad y hastío, a la lobreguez de su vida.

Incrustados en esta trama narrativa de una clásica novela de detectives aparecen recurrentemente los temas de Vásconez: esos que no se agotarán, como lo hace la trama detectivesca, ni siquiera al final del libro. Considero que justamente el placer de leer esta novela radica en los intersticios que quedan sin diluc (luz)idar. La densidad de la novela está justamente en el tratamiento de esos motivos que están antes, durante y después de la trama detectivesca.

Del juego con autores y obras que han marcado la propia literatura de Vásconez mucho se ha dicho ya en casi todos los análisis críticos de El retorno de las moscas. Esta apreciación viene dada también por el antecedente del libro Invitados de honor. Sí, de hecho, en El retorno de las moscas existe un homenaje a John Le Carré, a su famoso detective Smiley y a su perseguido Karla. Le Carré aparece como personaje dentro de la novela de Vásconez. Esta vez no como escritor, sino como personaje con el papel de jefe de Smiley, Le Carré «Lo había dotado [a Smiley] de una identidad que encajaba con los intereses del Circus, es decir, lo había ido modelando con la voluntad de un artista para el espionaje» (p. 34). Le Carré, escritor, había imaginado y creado a su espía; como personaje, lo hace también, y es ahora entonces el escritor Javier Vásconez quien modela dentro de su novela no solo a Le Carré (que era escritor de novelas de espionaje y se transforma en jefe del servicio de espionaje) sino nuevamente al espía (George Smiley) que Le Carré ya había construido.

Me interesa volver sobre este tema desde la siguiente perspectiva: Vásconez, en La sombra del apostador, inventa un personaje llamado J. Vásconez (periodista), quien en su comportamiento es un detective obsesionado por reconstruir hechos criminales a partir de fotografías que recorta de diarios. Esta persecución del mundo, de los personajes, de las historias, se repite también en la vida de los detectives. Puede suceder, como en Un hombre muerto a puntapiés, que el personaje que juega al detective parta de una foto o una noticia hallada en el diario y luego invente todo lo que sucede, sin necesariamente guiarse por la “realidad” sino más bien proyectando su imaginación, su interioridad, hacia la reconstrucción de una historia. Así, la historia nos dirá más de la psicología de su narrador que de la verdad de los acontecimientos, nos señalará la capacidad de fabulación del detective antes que su don para “leer” el mundo. Esto es lo que sucede en el caso del escritor que se convierte en espía del mundo, de las historias, de los personajes. El detective, en cambio, dentro del esquema de la novela de espionaje, detecta la realidad encerrada, como creación, en los límites de la ficción, y lo hace con tanta inteligencia que va sacando de ella un sentido que escapa a la mirada de los otros.

Considero que todo análisis respecto de una obra literaria es especulativo, más o menos seductor, más o menos académico, pero siempre abierto a ser refutado y jamás una última palabra. Un aspecto que se desprende de la condición especulativa de toda crítica literaria tiene que ver con la etimología del verbo especular. Speculari, del latín, significa acechar y observar; también se define como relativo o perteneciente al espejo, y en este sentido significa mirarse a uno mismo, extraer de uno mismo. El hecho de que el verbo especular esté ligado a la palabra speculum(espejo) es una clave para la comprensión de la narrativa contemporánea, en la cual pululan narradores, personajes y lectores cuya percepción del mundo y su manera de relacionarse con el lenguaje es básicamente especulativa. Recordemos además al espía —con quien el lector se puede sentir profundamente identificado— y a su trabajo basado en la especulación: durante el proceso de espionaje (de lectura) se verá enfrentado ineludiblemente a sí mismo.

Fantasmas de nuestro tiempo

¿Cómo se puede leer con entusiasmo novelas que ven en el  mundo un territorio desolado? Lo obvio sería entender que nadie está obligado a leer novelas. Pero lo cierto es que una  vez que esos libros conflictivos caen en nuestras manos descubrimos que su visión pesimista del mundo, sus diatribas contra el hombre, incluso su misantropía, nos resultan fascinantes. Terminan por ser como fantasmas que revolotean a nuestro alrededor y con los que dialogamos a gusto, o contra los que nos enfrentamos para olvidarlos. La razón por la que esas novelas fijan una imagen con tanta intensidad no es tanto por la visión escabrosa que pueden dar, sino por el trabajo artístico que facilita esa fijación. Y es que lo escabroso, contrario a lo que el facilismo artístico tiene a suponer, no es un valor estético por sí mismo. Las tremendas novelas de Bataille no tienen la intensidad menos complicada intelectualmente que las de, por ejemplo, Dostoievski, como cuando nos revela la maldad de un niño para con su perro al esconder agujas en el pan que le da a comer. Cuando un novelista llega a captar este valor, y aún así acepta seguir por el camino delo escabroso y desolado, sabe que tiene que deshacerse de una serie de facilismos truculentos que se le ofrecen a doquier. Un mundo  opresivo, un personaje trágico, no es más fácil de cristalizar en la mente de un lector que otro menos dramático o frívolo. Para el novelista tienen el mismo valor. Ambos deben ser construidos a partir de situaciones concretas, de imágenes precisas, de todo un complejo mecanismo en el que se eludan las declaraciones simplistas o las lamentaciones. El confesionalismo, el discurso explícito y las palabras graves son los primeros indicios que permiten distinguir una novela mediocre frente a una novela lograda, que refleja un mundo opresivo donde literalmente puede no pasar ni declararse nada. Esa construcción, en el caso de obras altamente logradas, suele ser transparente y se contrapone a la densidad del tema tratado.

A esta reflexión me ha llevado la lectura de El viajero de Praga, la novela de Javier Vásconez. A lo largo de trescientas páginas construidas con una sencillez precisa se nos enfrenta con la lenta descomposición moral de un personaje, el doctor Kronz, del que nada, en apariencia, es rescatable. Pero el logro de esta novela no consiste en la visión pesimista que nos da Vásconez, sino en el hecho de que ha configurado El viajero de Praga como un diálogo de la inteligencia novelística. Si la novela concluyera simplemente en un buen retrato de personaje ya nos daríamos por satisfechos, pero Vásconez no se ha propuesto solamente eso. No contento con mostrarnos el desarraigo del doctor Kronz, El viajero de Praga entronca con una imaginería literaria que corre a lo largo de nuestro siglo y que no deja de tener sucesivas reinterpretaciones. Más que la secuencia de desventuras del protagonista, lo que trasgrede las convenciones de su género es el diálogo que establece con la figura literaria de Franz Kafka.

Kafka ha sido obsesión de muchos. También ha sido una obsesión fácilmente amoldable al análisis de la razón: la piecita milagrosa que encaja en el puzzle de nuestro caos. “Hay un Kafka para cada necesidad”, concluye Milan Kundera. Hastiado de la mitificación que ha sufrido el hombre Kafka debido a la lectura mediatizada de sus novelas ―por el psicoanálisis, la sociología, la filosofía, el judaísmo, incluso en el cine― Kundera sugiere que se relea a Kafka como novelista, es decir, a través del disfrute de sus imágenes y de la naturaleza particular de su sintaxis.  Pero mientras Kundera lo concluye con una reflexión, Vásconez toma la sugerencia, da un paso adelante y relee a Kafka, no recreando su biografía, no utilizando sus símbolos, sino todo  lo contrario, configurando a un nuevo personaje que a su modo recorre un mundo por el que ya ha pasado Kafka. Ese personaje es el doctor Kronz y esas escenas y esa sintaxis son las que recorren la novela de Javier Vásconez. Kafka nunca aparece mencionado como tal: sus emblemáticas apariciones se limitan a un velado personaje llamado Franz Lowell, utilizando el apellido materno del mismo Kafka. Sólo así se puede apreciar y entender el sentido aproximativo de las distintas experiencias y situaciones por las que pasa el doctor Kronz.ees como si el potente foco de Kafka iluminara con una luz doble lo que a simple vista parecerían situaciones cotidianas sin mayor sentido. En El viajero de Praga hay muchas de estas situaciones. Sólo tomaré una de ellas.

Transcurrida la mitad de la novela, Kronz descubre que en el hospital estatal en el que trabaja se negocia con los medicamentos. Harto de esa vileza, desarma y denuncia a los delincuentes. Pero en vez de que la situación mejore y Kronz se reconocido, termina recibiendo una carta del Ministerio de Salud en la que sin ningún motivo es despedido. En ese momento empieza el verdadero desencanto de Kronz. Esto le ocurre cuando ya no es joven, y cuando ya no es puro tampoco, porque Kronz viene de una serie de experiencias traumáticas y fracasadas de Praga y de Barcelona, y confiado de que en América Latina encontrará esa oportunidad de salvarse, viene a descubrir que no existe ninguna distinción de fondo entre ambos mundos. Ese es el principio del fin de la errancia del doctor Kronz. En efecto, Kronz ya no vuelve a Europa ni se va de Ecuador. Se da cuenta de que el mundo es, finalmente, uno solo. Se queda afincado en  una ciudad andina en la que la lluvia lo obceca y se deja abrumar por un pesimismo inconsolable. Apenas encuentra una posibilidad de amor, aunque no necesariamente su concreción, despierta sus recuerdos y le muestra el cariz positivo de lo que ha vivido. Sólo entones se da cuenta de que lo mejor que tiene son sus momentos de dignidad, como cuando enfrentó el episodio del hospital. La desolación de Kronz ―y aquí el diálogo con Kafka se enriquece― es que en su caso no hay ningún tribunal que lo juzgue, no hay un castillo que lo vigile, no hay nada más allá de él mismo que funcione como coacción a su libertad. Kronz decidió enfrentar el sistema, y el sistema lo enfrenta a él. Pero este sistema es cerrado y no tiene ninguna trascendencia: lo único que puede hacer es despedirlo de su trabajo. Es, en efecto, un personaje fuera de la historia. Kronz no sufre acusaciones y no tiene tribunales. Ni  se le hace sentir culpable sin serlo. A lo sumo, huye de sí mismo sabiendo que él es el único juez, él mismo su tribunal, él mismo su perseguidor. Novela de la desolación, por cierto, si por eso entendemos que El viajero de Praga nos permite comprender que el mundo que representó Kafka ha sido devastado  y que ahora es distinto, pero sin olvidar que venimos de él y que  nuestra herencia debe ser revisada para ser entendida mejor. La verdad novelística de Vásconez no pudo ser dicha de otra manera que con una novela. Aquí la redundancia es necesaria. Su novela plantea una reflexión en torno a una verdad en potencia.

Vásconez no está solo en su propuesta. También el italiano Antonio Tabucchi, desde otra latitud, dialoga en su novela Réquiem con otra figura literaria de este siglo: Fernando Pessoa. Nos encontramos con otro mundo poblado de fantasmas, de desasosiego, para finalmente concluir en el melancólico paseo de su personaje volviendo a una Lisboa sentimental e importante para s pasado. Pero ese pasado no ha muerto: que hayan fantasmas es una razón para seguir viviendo. Ahora lo extraño del asunto ―y la nueva coincidencia feliz de ambos autores, Tabucchi y Vásconez― es que Réquiem haya sido escrita por un italiano, pero en portugués, y sobre una figura portuguesa como lo es Pessoa, y que El viajero de Praga haya sido escrita en español por un ecuatoriano y sobre una figura checoslovaca como lo es Kafka. Qué mejor ejemplo entonces que entender que los límites de este mundo quieren ser superados, y lo que hoy ocurre es de pertenencia e incumbencia universal, y que toda palabra dicha por el hombre, cualquiera que éste sea, es una palabra válida universalmente para todos los hombres y puede ser integrada sin desmedro de nadie. No debe extrañar, por supuesto, que este diálogo integrado  no sea posible ni en la filosofía, ni en la sociología, ni el psicoanálisis, sino en la verdad conjetural de la novela. Es menos prolija que la razón filosófica, menos científica que el psicoanálisis, menos explicable y práctica que  la sociología, e incluso menos impactante y rápida que el cine o la televisión, pero al fin y al cabo mucho más integradora y serena, muy consciente del momento en que debe convocar a los fantasmas de su tiempo.