Capítulo IV: El viajero de Praga

Sobre El viajero de Praga

Por Mercedes Mafla

 

5. La novela polifónica

Uno de los rasgos fundamentales de El viajero de Praga radica en su condición de novela polifónica. Gracias a libertad de las voces que conforman el texto, Vásconez ha conseguido crear  un  universo  donde  cada  personaje es  dueño de  su voz  y,  por tanto, dueño de propia

concepción del mundo. Es la palabra del narrador impersonal la que aglutina una marejada de voces que alcanzan una unidad sinfónica. Este narrador impersonal (llamarlo omnisciente sería pecar de imprecisión), constituye una imagen del propio autor, quien con sabiduría literaria ha conseguido colocarnos delante de un conglomerado de miradas diversas, opuestas incluso, que dialogan entre sí, se enfrentan muchas veces, pero siempre desde su propio terreno, es decir, desde su propia palabra.

El narrador impersonal de la novela de Vásconez es una sombra casi imperceptible y ciertamente silenciosa que concede a los personajes, sobre cuyas vidas se detiene, la posibilidad de expresarse a sí mismos y expresar su particular visión sobre el mundo con indiscutible independencia. La autoconciencia de la que están dotados los protagonistas de El viajero de Praga disuelve las posibilidades de la intervención omnisciente, es decir, la presencia de un narrador que constantemente opina sobre los personajes o sus acciones y que coloca su propio discurso por sobre el de esos personajes, anulando así la heterogeneidad propia de una gran novela. Bajtín resume de la siguiente manera esta relación entre el autor-narrador impersonal y los personajes de la novela polifónica:

La autoconciencia en tanto que dominante artística de la estructuración de la imagen del héroe es de por sí suficiente para desintegrar la unidad monológica del mundo artístico, pero con la condición de que el héroe como autoconciencia efectivamente se represente y no se exprese, es decir, que no se funda con el autor, que no llegue a ser su portavoz y, por consiguiente, con la condición de que los acentos de su autoconciencia estén realmente objetivados y de que en la misma obra se dé la distancia entre él y el autor. Si el cordón umbilical que lo une a su creador no se corta, estaremos frente a un documento personal y no frente a una obra.130

Si la novela de Vásconez expresa la duda frente a una realidad plana, no es extraño que su narrador haya asumido un registro que se niega a transmitir certezas. La fidelidad del narrador con el protagonista se traduce no sólo en su cercanía, sino en el hecho de que éste se convierta en intérprete del espíritu de Kronz. Y qué mejor manera de transparentar ese espíritu escéptico que por medio de la utilización de un discurso poblado de incertidumbres, un discurso que los lingüistas califican de modalizante, es decir aquél que «más directa y sugestivamente remite a una subjetividad […] a actitudes de limitación de conocimiento: de ahí que el discurso modalizante sea formulado (significante) normalmente por verbos o expresiones adverbiales de duda, tales como ‘tal vez’, ‘probablemente’, formas del verbo ‘parecer’, etc»131

La memoria de Kronz equipara constantemente los acontecimientos del presente con los del pasado. Esto obliga al narrador a transmitirnos el titubeo de la conciencia del doctor. Cuando Kronz conoce a Violeta, presiente que ya la había visto antes: «Tal vez fue un suceso ocurrido en otra ciudad, en otra época. De acuerdo, había imaginado que soñaba: ella se parecía tanto a otra mujer, por eso la había mirado con fervorosa intensidad.»132 En la incesante búsqueda de sentido que Kronz persigue, negándoso, sin embargo, a establecer vínculos definitivos entre los hechos de su vida, recuerda a un viejo músico que tocaba el acordeón: «Y a medida que Kronz se alejaba de allí, repercutieron poderosamente en su estado de ánimo aquellas melodías, sin atreverse a reconocer que lo que había escuchado tal vez era una señal.»133

El viaje de Kronz responde a la premisa kafkiana según la cual «lo que llamamos camino es la duda».134 De ahí que, a su llegada al país andino, Kronz piense, siempre en el mismo tono dubitativo: «¿Quizá fue un acto suicida el haber hecho el viaje hasta aquí, pues a lo mejor venía huyendo de algo? […] Tal vez había puesto el dedo sobre un mapa idealizado, cuando el azar quiso que se juntara con el doctor Cuesta en Barcelona. ¿Por qué no?, se había preguntado. Era justo lo que andaba buscando, una línea imaginaria.»135

La configuración de Kronz, desde el punto de vista de la narración, se consigue a través de la descripción de su pensamiento más que de su palabra directamente expresada. Ese pensamiento se encuentra disperso a lo largo de la narración y, como hemos dicho, es refractado por el narrador impersonal. La riqueza interior de Kronz se configura como un secreto celosamente compartido entre el protagonista y el narrador. La dureza con la cual, a veces, Kronz ve el mundo, no se convierte en una proclama pública, sino en una corriente interior de pensamiento que fluye en medio del silencio exterior. Kronz actúa, pues, como un espía que bebe ávidamente de su entorno, pero que, generalmente, se guarda sus opiniones con una mezcla de discreción y escepticismo. Hacia afuera, el doctor es un hombre de acción, aunque, gracias a la lealtad del narrador, los lectores viajemos por el vigoroso interior del personaje.

A lo largo de la novela existe un sólo capítulo en el cual se pasa de la narración impersonal a la narración personal. Es el capítulo en el cual Kronz escribe la carta a Violeta. En este sentido, Vásconez vuelve a repetir el esquema narrativo que había utilizado en El secreto, es decir, un narrador-sombra que registra desde adentro la conciencia del personaje, para luego permitirle, a través de una carta, expresarse a sí mismo. La carta de Kronz para Violeta se configura como un monólogo autonarrado, en él el protagonista despliega su pensamiento e intenta descifrar el misterio de su naciente amor y, además, el sentido de su propia vida. El tono cuestionador de Kronz coincide con aquél que el narrador ha utilizado también para expresar al personaje:

Digamos que una carta es un grito desesperado, un reclamo hecho a la distancia. Puede que también sea la forma más simple de ingresar sin escándalo en la vida de otro, una manera de hacer viajar los sentimientos. O un viaje desde la inmovilidad. O tal vez sea una invocación para obtener lo que se añora. O a lo mejor sea una locura como la suerte de un asesino que anda buscando a quien matar…Era como si ese hombre caminara por una ciudad deshabitada, como si el universo entero le perteneciera. Y a nadie puede importarle que yo imagine estas cosas, las andanzas solitarias de un criminal, su eficaz ubicuidad, ya que haciendo uso de la misma perversión yo voy detrás de tus pasos en la bruma de mi mente. ¿Y esto que más da? Si dijera que mis sueños van detrás de ti, mis colegas se sorprenderían. Y si alguien me pidiera tus señas particulares, tendría que hacer un esbozo torpe, aproximado de tu rostro, como el que hace un dibujante callejero.136

Aunque el pensamiento de Kronz prima sobre su palabra, existe una relativa abundancia de su voz en el contexto de la narración impersonal. El doctor es un hombre reservado, habla poco, de ahí que, por ejemplo:

el doctor Cuesta se moría de ganas de saber las opiniones de su amigo. ‘No, no soy lo que usted está pensando’- le dijo Kronz con gravedad para tranquilizarlo-. ‘No me opongo a nadie que desee creer. Aunque mi vida no es decisiva para ellos. Es una cuestión de fe o tal vez yo tenga muy baja la presión sanguínea. Y  no espero que usted me entienda.’137

Las voces de los personajes se entrecruzan en diálogos constantes. Muchos de esos diálogos cumplen el papel tradicional de esta forma narrativa: acentuar el realismo de la novela, además caracterizan directamente a los personajes. Uno de los ejemplos de diálogo más interesante se verifica cuando Kronz se encuentra con los hacendados en el páramo. Vásconez trastoca el tratamiento tradicional que se había dado, especialmente en la literatura de la generación del 30, a la forma de hablar de ciertos grupos particulares: indios, negros, montubios, etc. La literatura realista intentó transcribir la entonación peculiar de estos personajes. En la novela de Vásconez son los hacendados los que hablan como indios, en la verificación de una simbiosis cultural perversa:

– Mucho gusto -dijo el doctor, poniéndose de pie-. Me llamo Josef Kronz. Soy el médico del dispensario.

– Ah, pero si de usted ya hemús oidú hablar. Viste, ñaño, qui cosa. Viene un docturcitu para cuidar indios. ¡Si indios nomás son, docturcitu…! Porque hasta guelen diferente. No vaya a ser que usted también se haba como ellús. ¡Hediunditú…!

– Sí, pues. Exactamente comu ellús- concluyó el otro, empleando la misma jerga incomprensible-. Ellús viven entreveradús con los cuyes. ¡Ja, ja, ja…!138

Los diálogos de Kronz con Lowell, especialmente en los primeros encuentros, se construyen como fragmentos traídos por la memoria y que registran situaciones equívocas. Las palabras de Lowell, más que en comunicar, parecen empeñadas en esconder un secreto. Kronz no entiende el motivo de los interrogatorios. Apenas sabe quién era Olga, y menos aún quién era su padre:

– ¿Entonces qué espera que haga?

– Que siga contestando a mis preguntas.

– Casi nunca hablaba de su padre-prosiguió el doctor, aparentemente calmado, aunque empezaba a sentir miedo, desconfianza.

– Sin embargo, le dijo que murió durante la guerra. ¿No es así?

– ¿Y eso qué tiene de extraño?

– ¿Cuándo le dijo eso?

– ¿A dónde quiere ir a parar? -preguntó el doctor, confundido-. Es unted quien nos anda vigilando…

– Bueno, tal vez era necesario.139

Junto a la voz de Kronz, El viajero de Praga registra un abanico muy rico de voces. El narrador impersonal nos permite escuchar en el delirio de doña Esther, por ejemplo, el sentimiento de todo un grupo social: el llanto de una aristocracia que se desmorona con todos sus fantasmas y en medio de todos sus odios. El narrador abandona a su propia suerte la palabra de la anciana. No moraliza, ni introduce ningún juicio. El personaje habla por sí mismo y en su palabra está implícita la contestación, puesto que Esther enfrenta, como muchas otras mujeres de la obra de Vásconez, el advenimiento de otro tiempo y de otros poderes:

Como todos ellos dijo
usted quiere irse también.
Definitivamente ladinos y longos
los veo ahogarse en la corriente del río,
los veo ahogarse en la corriente del río,
de ese río caudaloso, que ya no pasa por
aquí
sea de día o de noche, qué importa si se la
llevaron
donde no debería haber nada, ahí están
tal vez sea una sombra que se alza entre
los
árboles
ahí están, malditos
ladinos
débilmente encorvados, serviles, huyendo
de sí
mismos con el ataúd
de la
niña por el jardín,
ya sea de día o de noche.140

El amor hace que Kronz intente un diálogo más profundo y lo hace a través de Violeta. A ella intenta, a veces, hablarle de su peculiar forma de entender este país. A partir de Kronz escuchamos también a Violeta, sabemos de sus miedos y dudas, y vamos conformando la imagen de un personaje cálido y sensible:

-En este país la luz se oculta a las seis y media. Durante todo el año acurre lo mismo. Esto puede ser terriblemente monótono, porque el tiempo se queda como suspendido. Vivimos en el presente. Y cuando invicamos el futuro en realidad seguimos en el mismo sitio. Porque el futuro es un paisaje ideal, una especie de proyecto que jamás se cumple… […]

-¿Sabes muchas cosas de este país? -preguntó, intrigada.

– Sí, algunas.

– Dime una.

– Puedo probar que existe, a pesar de su nombre abstracto -respondió riendo el doctor.

– Suena como si fuera un país invisible -dijo ella mirándole de reojo.

– Quizás lo sea, y nadie sabe que tú y yo estamos aquí -replicó.141

Cuando Violeta mira a Kronz, sus pensamientos son recogidos por el narrador. Pero incluso en el silencio, los amantes mantienen un secreto diálogo:

Más de una vez lo había visto hundirse bajo un silencio letal, casi peligroso, cargado de oscuras resonancias que ella creía resolver preparándole un café. Entonces se preguntaba: ¿quién era realmente ese hombre, de dónde provenía? Al fin y al cabo, su vida había sido poco común. Kronz hubiera querido guiarla, a través de un viaje o del sueño, por ciudades y calles donde había vivido, pero eran nombres y lugares que poco o nada podían significar para ella.142

La comunicación que Kronz alcanza con Violeta es exepcional. Es a ella a quien el doctor le cuenta sus secretos, aunque siempre encubiertos en el juego de la seduccuón. Kronz habla de sus hondos temores: la sombra de Lowell, su alter ego, la idea de no ser más que una sombra sin asidero. Los fantasmas se convierte en la metáfora que Kronz usa para descubrirse ante Violeta:

 – Una vez se presentó un hombre. Me enseñó un carnet y se sentó. No se quién es usted, me dijo, pero queda arrestado. ¿No es eso un fantasma? Y no vayas a creer que son noctámbulos. Pueden aparecer en cualquier momento. Son muy flexibles y se adaptan a cualquier medio. Después de los cuarenta, todos somos un poco fantasmas. O tal vez son el reflejo de lo que ya no vamos a ser. Es una vieja historia. También pueden ser traviesos y jugetones, pero a veces son violentos.

– ¿Me estás insinuando que eres un fantasma? -preguntó con incredulidad, mientras se reía de su propio ingenio.

– Eso me he preguntado yo toda la vida.

– ¡Vaya, un médico fantasma!

– ¡Cómo puedes estar tan segura! ¿Y si lo soy?

– Un fantasma no se emborracha ante mis narices.

– Anda, dame otra cerveza -pidió el doctor, extendiendo el brazo.

Y tras una pausa añadió:

– ¡Cada uno de nosotros es un fantasma! ¡Y cada casa tiene su fantasma!

– En Píntag se les ahuyenta con una retama.

– Ves, yo tenía razón. ¡Incluso allí hay fantasmas!

– ¡Cómo que allí! -exclamó Violeta-. ¡Es donde más fantasmas hay! Por eso mismo me asustan.143

En El viajero de Praga Javier Vásconez logra plena madurez como escritor. La consolidación de su universo literario y de su estilo nos permiten asegurar que estamos delante de una figura de primera línea, no sólo de las letras ecuatorianas, sino de la literatura contemporánea. Javier Vásconez está en el mejor momento de su labor creativa. Es indudable que su literatura se enriquecerá en los años venideros y nos permitirá apreciar la honda comprensión que en ella se ha alcanzado de este país imaginario y misterioso.

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Notas del artículo

  1. Vladimiro Rivas, "El viajero de Praga, de Javier Vásconez", texto de presentación leído en Mexico, 1997 (inédito), p. 1.
  2. Diego Araujo, "Tendencias de la novela de los últimos treinta años" en La literatura ecuatoriana de los últimos 30 años, Editorial El Conejo, Quito, 1983, p. 77.
  3. Antonio Sacoto, 20 años de novela ecuatoriana, Universidad de Cuenca, Cuenca, 1992, p. 86.
  4. Sacoto, Ibid.
  5. Leonardo Valencia, "El síndrome de Falcón, el problema de la novela ecuatoriana", ponencia leída en Quito, 1998, (inédita), p. 12.
  6. Donald L. Shaw, Nueva narrativa hispanoamericana, Cátedra, Madrid, 1992, p. 215.
  7. Valencia, art. cit., pp. 12-13
  8. Shaw, op. cit., pp. 215, 216.
  9. Luis Alonso Girgado habla de "dos coordenadas fácilmente deducibles de la novela. Primero su modo de narrar, de temple lento, moroso, con tendencia a la fragmentación y la ruptura [...] Segundo, por la absoluta desolación con la que se contempla al hombre, la existencia y el mundo", en El correo gallego, Santiago, (5 de enero de 1997).
  10. R. Pope, citado por Donald Shaw, op. cit., p. 216.
  11. Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas, Buenos Aires, 1967, p. 37.
  12. Julio Cortázar, en Literatura en la revolución y revolución en la literatura, ed. O. Collazos, Méjico, 1971, p. 73.
  13. Valencia, art. cit. p. 12.
  14. Sábato, op. cit., p. 84.
  15. Javier Vásconez, El viajero de Praga, México, Alfaguara-Ediciones Libri Mundi, 1996, p. 22.
  16. Ibid., p. 53.
  17. Ibid., p. 9.
  18. Ibid., p. 28.
  19. Ibid., p. 37.
  20. Ibid., p. 58.
  21. Ibid., p. 259.
  22. Ibid., pp. 302, 303.
  23. Ibid., p. 45.
  24. Ibid., p. 84.
  25. Alejandro Moreano, "Javier Vásconez, El viajero de Praga", Kipus, num. 5, (II semestre / 1996), pp.107-108.
  26. Vásconez, op. cit., p. 87.
  27. George Steiner, Lenguaje y silencio. Ensayo sobre la literatuta, el lenguaje y lo sobrehumano, Barcelona, Gerisa, 1982, p.162.
  28. Vásconez, op. cit., p. 67.
  29. Ibid., p. 159.
  30. Id., p. 156.
  31. Id., p 172.
  32. Ib., pp. 220-221.
  33. Leonardo Valencia, "Fantasmas de nuestro tiempo", (artículo inédito), p. 3.
  34. Vásconez, op. cit., p. 219.
  35. Ibid., p. 240.
  36. Mijail Bajtin, Teoría y estética de la novela, Taurus, Madrid, 1991, p. 249.
  37. Ibid., p. 258.
  38. Ib., p. 9.
  39. Ib., pp. 9-10.
  40. Ib., p. 9.
  41. Ib., p. 10.
  42. Ib.
  43. Ib., p. 13.
  44. Ib., p. 14.
  45. Ib., pp. 14-15.
  46. Ib., p. 46.
  47. Ib., pp. 18-19.
  48. Ib., p. 19.
  49. Ib.
  50. Ib., p. 22.
  51. Ib., p. 27.
  52. Ib., p. 28.
  53. Ib.
  54. Ib.
  55. Ib., p. 27.
  56. Ib., p. 38.
  57. Ib., p. 39.
  58. Ib., pp. 50-51.
  59. Ib., p. 52.
  60. Ib., p. 57.
  61. Ib., pp. 57-58.
  62. Ib., p. 67.
  63. Ib., p. 81.
  64. Ib., p. 83.
  65. Ib., p. 260.
  66. Ib., p. 277.
  67. Ib., pp. 302-303.
  68. Ib., p. 87.
  69. Ib., p. 105.
  70. Ib., p. 87.
  71. Ib., p. 143.
  72. Ib., pp. 120-121.
  73. Ib., p. 144.
  74. Ib., p. 151.
  75. Ib., p. 153.
  76. Ib., p. 152.
  77. Ib., p. 154.
  78. Ib., p. 159.
  79. Ib., p. 163.
  80. Ib.
  81. Ib.
  82. Ib., p. 165.
  83. Ib., pp. 173-174.
  84. Ib., p. 224.
  85. Entrevista a Agenor Martí; loc. cit., p. 34.
  86. Ibid.
  87. Mijail Bajtín, Problemas de la poética de Dostoievski, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 71.
  88. Entrevista a Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  89. Bajtín, op. cit., p. 72.
  90. Juan González Soto, "Vásconez y los personajes en libertad", Artes... Palabras, La Hora, (Quito), 13 de septiembre de 1998, p. 4.
  91. Moreano, art. cit., p. 106.
  92. Bajtín, op. cit., p. 72.
  93. Ibid.
  94. Vásconez, op. cit., pp. 46-47.
  95. Ibid., p. 67.
  96. Ibid., p. 109.
  97. Ibid., p. 142.
  98. Id., p. 55.
  99. Id., p. 146.
  100. Ib., p. 59.
  101. Ib., p. 61.
  102. Ib., p. 62.
  103. Ib., p. 60.
  104. Ib., pp. 120-121.
  105. Ib., p. 121.
  106. Ib., p. 165.
  107. Ib., p. 222.
  108. Ib., p. 241.
  109. "Escribir es casi un acto de espionaje", entrevista concedida a Verónica Flores en El Día, ( 10 de mayo de 1996), p. 7.
  110. Vásconez, op. cit., p. 147.
  111. Ibid., p. 21.
  112. Entrevista con Verónica Flores, loc. cit., p. 7.
  113. Vásconez, op cit., p. 30.
  114. Ibid., p. 9.
  115. Ib., p. 13.
  116. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  117. Bajtín, op. cit., p. 75.
  118. Vásconez, op. cit., p. 28.
  119. Ibid., p. 28.
  120. Ib., p. 29.
  121. Ib., p. 207.
  122. Ib., p. 212.
  123. Ib., p. 182.
  124. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 33.
  125. Vásconez, op. cit., p. 253.
  126. Ibid., p. 259.
  127. Ib., p. 275.
  128. Ib., p. 252.
  129. Ib., p. 298.
  130. Bajtín, op. cit., p. 77.
  131. Carlos Reis, Fundamentos y técnicas del análisis literario, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p. 297.
  132. Vásconez, op. cit., p. 35.
  133. Ibid., p. 36.
  134. Steiner, op. cit., p. 56.
  135. Vásconez, op. cit., p. 66.
  136. Ibid., pp. 45-46.
  137. Ib., p. 90.
  138. Ib., p. 158.
  139. Ib., p. 61.
  140. Ib., p. 31.
  141. Ib., p. 274.
  142. Ib., p. 276.
  143. Ib., pp. 262-263.