Capítulo IV: El viajero de Praga

Sobre El viajero de Praga

Por Mercedes Mafla

 

4. Kronz: autoconciencia y espionaje

El doctor Josef Kronz, héroe indiscutible de El viajero de Praga, es un personaje autoreferencial en la narrativa de Javier Vázconez. Su primera aparición se remonta a los cuentos «El jockey y el mar» y «El diagnóstico», publicados el El hombre de la mirada oblicua. El nacimiento del personaje, desde luego, es anterior. Vásconez ha resumido en los siguientes términos aquel encuentro:

-Una tarde yo andaba por La Mariscal. En ese tiempo yo aún no vivía en esta zona de la ciudad. Y al otro lado de la acera, de pronto, “visualicé” a un hombre de mediana edad, encorvado y solitario que se deslizaba como un espía por la calle. Desde el comienzo supe que era checo y que había ejercido como médico. Además estaba pidiéndome que relatara su vida, su aventura solitaria en esta “línea imaginaria” que para mí es el Ecuador. No sabía mucho más acerca de él. sólo había acumulado una abundante información sobre algunos médicos presentes en la literatura. El doctor Rieux. El doctor Destouches y Céline […] De modo que partí de esa imagen. ese hombre se quedó ‘bailando’ en mi cabeza. Invadió obsesivamente mi vida cotidiana.  Sin querer me había proporcionado la atmósfera existencial donde iba a moverse…85

Más allá de la anécdota personal que el autor cuenta sobre su personaje, Vásconez ha esbozado también su forma particular de configurar a sus criatura literarias. Éstas sorprenden por su original dosis de libertad, la misma que, como bien señala Vásconez, proviene de la reticencia a tratarlos como esteriotipos o envases vacíos donde el autor deposite sus propios discursos.

Por lo general los personajes se van dibujando lentamente, como el proceso de revelado de una fotografía. Nunca parto de ideas preconcebidas. Eso me quitaría libertad. Digamos que algo me llama la atención, un detalle cualquiera, una sonrisa maliciosa (por ejemplo un hombre andando con una mujer por un parque), y de pronto siento la necesidad de ‘inventarles’ una vida. En ese momento es cuando debo empezar a contar una historia, quizás a conocerlos mejor.86

En este sentido los personajes de Vásconez, y especialmente Kronz, se ajustan a la definición del héroe que Bajtin hace a propósito de los personajes de Dostoievski y que, sin duda, corresponde también, al tratamiento que muchos grandes novelistas contemporáneos dan a sus criaturas:

el héroe no como fenómeno de la realidad que posea rasgos típico-sociales y caracterológicamente individuales, definidos y firmes, ni como una imagen determinada, compuesta de atributos objetivos con un sentido unitario que en su conjunto contestarían la pregunta “¿quién es?” No, el héroe le interesa en tanto que es un punto de vista particular sobre el mundo y sobre sí mismo, como una posición plena de sentido que valore la actitud del hombre hacia sí mismo y hacia la realidad circundante. A Dostoievski no le importa qué es lo que el héroe representa en el mundo, sino ante todo, qué es lo que representa el mundo para él y qué es lo que viene a ser para sí mismo.87

El héroe de Vásconez se ajusta a esta definición pues, ante todo es una mirada, un punto de vista sobre cuanto le rodea y sobre sí mismo. La posibilidad de lograr esta conjunción surge, como bien lo ha dicho Vásconez, del rechazo a las «ideas preconcebidas». No es extraño que el autor diga: «A medida que ha ido escribiendo sobre Kronz, pienso que lo voy conociendo mejor. Desde luego ahora sé más acerca de él que antes.»88 En consecuencia Kronz «no es un determinado modo de ser, ni es una imagen firme, sino que viene a ser el último recuento de su conciencia y autoconciencia y, al fin y al cabo, su última palabra acerca de su persona y de su mundo89 El crítico español Juan González Soto ha percibido con claridad que uno de los rasgos configuradores de los seres creados por el escritor ecuatoriano es su extraordinaria libertad: «Los personajes de Vásconez son dueños de sus propias decisiones, eligen todos y cada uno de sus pasos. Y la más rotunda prueba de que son libres es su fracaso.»90

Tal vez por esta razón Alejandro Moreano tenga tanta dificultad para definir a Kronz, pues parte de una pregunta mal planteada. Moreano busca «la palabra, el término, el concepto»91 que defina al personaje de Vásconez y a su relación consigo mismo y con el mundo, y titubea entre desencanto, desasosiego, extrañamiento, ajenidad, incomodidad, tedio, desacuerdo. Kronz no es una categoría o un esquema «preconcebido» y, al no serlo, se convierte en un personaje libre, en un individuo que observa y se observa con inteligencia y lucidez. Kronz sabe, además, que la suya no es «la» mirada, sino «una» más de las múltiples miradas que configuran el mundo. De ahí que el autor, más que acercarnos al discurso del personaje, nos introduzca en su horizonte, en «el crisol de su autoconciencia.»92

En este sentido, la relación entre el autor (Vásconez) y su héroe (Kronz) es cualitativamente distinta de la que reina en gran parte de nuestra narrativa. Mientras Vásconez conserva «pura» la autoconciencia de su personaje y la coloca como «objeto de visión y representación»93, otros narradores construyen sus personajes como moldes huecos que llenan con sus propias palabras y su visión, generalmente ideologizada, del mundo. Más aún, son ejemplos que permiten comprobar tesis generalmente maniqueas del mundo, y, en el mejor de los casos, constituyen miradas que se soslayan en contemplar una realidad injusta o perversa, pero que tienen escasa o nula autoconciencia.

La autoconciencia en Kronz se manifiesta en las esporádicas interiorizaciones que el narrador despliega por el pensamiento del protagonista. Es el amor por Violeta el hecho que nos permite un conocimiento más cabal del secreto discurrir de las autorreflexiones de Kronz, es decir, asistimos a la incesante evolución del personaje. Si en los primeros cuentos donde aparece se conforma con ser una mirada que espía y moldea su entorno, en El viajero de Praga Kronz se ve obligado, por su realidad, a detenerse delante de sí mismo. A través de la imaginaria carta que escribe a Violeta, nos asomamos por primera vez a la mirada que el protagonista guarda de sí mismo. Por primera vez, también, se abstrae del mundo exterior, pues el amor le ha obligado a acordarse de su propia vida:

Sin importarme el mundo exterior, al igual que un asesino me escurriría hasta la cantina más cercana, y sin duda esperaría la noche y allí me encontraría con otros hombres que, como yo, han perdido la fe en el mañana, tras haber sido sometido a una suerte de intoxicación, ya que la historia y quizá la vida, me han enseñado que es inevitable vivir en el presente. Para tranquilizarme (y con un poco de vodka a la mano, todo es posible), quiero imaginar a ese criminal tramando cada uno de sus crímenes, del mismo modo que yo desearía prolongarme en tu recuerdo, con el propósito de hacer del presente una moderada eternidad. […] Es probable que el odio y la soledad de este hombre sea igual a la mía, porque entre él y yo hay algo común: los dos buscamos sin éxito una mujer cuyo rostro exaltado y efímero tan sólo aparece en los confines de la embriaguez.94

La aparición de Violeta significa para Kronz contrariar una especie de máxima que había conquistado cuando llegó al país andino su «firme, quizás […] inútil voluntad de dasaparecer»95.  Kronz  no  hace retórica  de  este  empeño, toda su vida,  especialmente  en la ciudad, parte de la voluntad de disolverse en la rutina de sus actos y en el bullicio de los otros. Desde el mismo momento en el cual decide no regresar a Praga, Kronz define su destino y se apega a otra de sus premisas vitales: » ‘Estoy vivo y eso es lo que cuenta’- escribía en una libreta de tapas duras- ‘Soy yo el que cambia. El mundo no desea cambios. Sólo cambia quien es capaz de creer en la imaginación…»96

El viaje es para el doctor, ante todo, un reto en relación a su propia identidad. Y hemos dicho que es en Barcelona donde esa identidad debe ser probada con mayor fuerza: » ‘¿Por qué he venido aquí?’, se preguntó. ‘Tengo que inventar una rutina para convencerme de que soy el mismo, el mismo hombre de antes’.”97 Un mecanismo indirecto que refuerza la identidad de Kronz, es decir, su autoconciencia se manifiesta en la recurrencia de sus recuerdos. Nuevamente, a partir del amor por Violeta,  Kronz deliza su conciencia al pasado y revive los encuentros fortuitos con Olga. Refuerza así la idea de que todos sus amores han sido y serán siempre iguales, es decir, momentos fugaces marcados por el desencuentro y el abandono, y acosados por sombras perseguidoras que achechan en la oscuridad:

Más de una vez fueron recibidos con muestras de hostilidad en los hoteles. Por eso Kronz sostenía que todos los recepcionistas eran iguales, porque como los jueces de un tribunal repudiaban en secreto sus actividades.

– ¿Cómo es que conoces tantos hoteles? -le preguntó.

– Mi padre viajaba mucho. Y a veces yo lo acompañaba.

– ¿Y tu madre?

– Era actriz, pero murió cuando yo era niño.

El doctor se levantó y se dirigió a la ventana. Miró en varias direcciones, un tanto inquieto, explorando a través de los visillos las luces de la ciudad. […]

– Tú no te das cuenta…-dijo sin apartar la vista de ella-. Pero esto puede ser peligroso.

– Depende de lo que tú llames peligroso.

– El hecho es que te andan siguiendo. Quién sabe si ya nos han localizado -dijo él bajando la voz.98

Durante los días finales de la estancia de Kronz en Barcelona, el recuerdo de Praga y de su madre, le devuelven a su más recóndita memoria. El pasado es una presencia que se hace más opresiva por la afición de Kronz a la bebida. Aparecen entonces los fantasmas de Praga, aquellos que, como los espectros de Shakespeare, siempre vuelven para recordar a los hombres el sentido de sus vidas. No es extraño que la madre de Kronz sea justamente una actriz shakesperiana y, en la memoria de Kronz, aparezca como una voz de ultratumba que vuelve para impedir el olvido de sí mismo, que es la tentación fundamental del doctor:

Acaso no la felicitaron cuando representó a Shakespeare? Por supuesto, actuaba a las mil maravillas. Al atardecer, escuchando música de Reinhard, se sentaba con un vaso de vodka en la mano a esperar la llegada del correo: esto es lo que en verdad sabía de ella. El correo traía impresos de la Asociación de actores, que ella tiraba a la basura sin siquiera mirarlos. Las cartas que recibía de Hungría empezaron a escasear. Hasta que un buen día el cartero ya no las trajo más.99

Indirectamente Kronz se ve a sí mismo en la imagen de su madre. Ambos esperan correspondenica: la madre una carta de su amante y Kronz la de su primo Charles. Ambos están en momentos determinantes de sus vidas y, finalmente, ambos consuelan la espera con un vaso de vodka en la mano. El paso por Barcelona es, de alguna manera, la reconciliación de Kronz con su pasado y, por tanto, la expiación de los oscuros rencores. Sólo a partir de ahora el doctor puede viajar al lejano país andino, donde, tal vez, pueda iniciar un olvido más diáfano de sí mismo.

Entre los recuerdos de Kronz, la imagen de Franz Lowell cumple también el papel de recordar al doctor su propia identidad. Lowell es la sombra, el alter ego, el doble de Kronz. El extraño personaje ha acompañado a Kronz a lo largo de todo su periplo. Aparece, por primera vez, en la forma de un perseguidor que intimida a Kronz y le advierte del peligro de sus encuentros con Olga. Si Lowell es un personaje inspirado en Kafka, no es extraño que la primera vez que Kronz lo encuentre, el misterioso hombre esté justamente en una librería: «Poco a poco su figura empezó a destacar entre las estanterías, era alto y delgado. Ahora buscaba los ojos del médico como para apoyar en él su inseguridad y vigilarlo…»100 Esa primera es una mirada de mutuo reconocimiento. Kronz debe someterse a un ambiguo interrogatorio por parte de este personaje. Lo único claro, en este primer encuentro, es la declaración de Lowell: «Yo sólo soy una voz que interroga.»101 La influencia de Lowell marca para siempre la conciencia de Kronz; a partir de aquel momento la realidad se convertirá en un material vago e incierto del cual es necesario desconfiar. Después de haber sido tocado por este nuevo fantasma, Kronz será incapaz de ver la realidad con inocencia. Olga se disolverá en la niebla para siempre:

Después del encuentro con aquel hombre, Kronz creyó haberla visto una noche protegida por la bruma que subía flotando desde el fondo del río. Su figura alta y difusa, que él ya no volvió a ver, se fue alejando hacia la parte alta de la ciudad, y nuevamente tuvo la sensación de haber sido víctima de  un espejismo. Al atravesar a esa hora la ciudad, advirtió que ésta tenía el tono verdoso de los sueños, la invariable viscocidad de quien se desliza por debajo del agua, con una sensación de sofoco y extrañeza.102

La presencia de Franz Lowell ha permitido a Vásconez un agudo juego intertextual. Al convertir a Kafka en personaje, más aún en la proyección de su propio personaje, el doctor Kronz, el autor ha desplegado una lectura según la cual el ars poética de Kafka se ha incorporado a la cotidianidad del hombre contemporáneo. La realidad laberíntica y asfixiante de las páginas kafkianas se convierte en el espejo que refleja la imagen invertida o revertida de Kronz y, a su vez, el propio Kronz permite un nuevo matiz en la lectura de Kafka.

Kafka se transforma, gracias a Vásconez, de perseguido, en perseguidor, de acusado, en acusador. Si la intertextualidad literaria parte de la premisa fundamental de que los libros dialogan entre sí en un tiempo eterno, en el cual el antes y el después se trastocan a través del ejercicio infinito de la lectura, el procedimiento de Vásconez, es sobre todo un ejercicio lúdico de interpretación. Kafka se representa a sí mismo a través de Lowell, en medio de un universo poblado de interrogatorios y absurdos. Para Kronz, el fantasma de Lowell personifica, en un primer momento, todos los tribunales que en el mundo han sido, todos los autoritarismos que, bajo máscaras indescifrables, repudian al individuo. No es extraño que Kronz le pregunte a Lowell: «¿Acaso es policía o del partido?», a lo cual el extraño responde: «No he venido a hablar con usted. Sus opiniones me tienen sin cuidado. Así que limítese a responder.»Se entabla una guerra sorda en la cual está en juego la libertad de Kronz. «Cuál es el motivo? -preguntó el doctor […] ¿Por qué debo responder a sus preguntas? Yo no voy por la vida haciendo preguntas, va contra mis principios… Claro, los principios…-dijo el hombre sonriendo.»103 Lowell es para Kronz la medida de su propio destino, la dimensión de su autoconciencia y el espejo ante el cual puede mantener firme su gesto de individuo incorruptible.

Como muchos personajes de Vásconez, Lowell tampoco es un ser estático. En su segunda aparición, siempre desde esa ambiguedad que imprime su presencia, surge como una admirable síntesis del aspecto físico de Kafka y de su personaje Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis. Kronz se sorprende:

Durante días y noches sucesivas el hombre había estado andando sin interrupción bajo la niebla, batallando contra su pripia timidez. Iba siempre con el sombrero echado sobre los ojos, escupiendo en el piso su propia tos, invocando noches de insomnio y desesperación: vio manchas de sangre en las paredes, sillas rotas, cartas sin responder […] Apareció, de repente, caminando a su lado. Apenas si se fijó en sus ojos afiebrados y tristes. No pudo resistir por mucho rato esa mirada porque era la de un enfermo. […] El individuo era alto, delgado, tenía rostro de insecto […] Al parecer vivía con el abrigo puesto, porque hasta se lo imaginó cubriéndose con él para dormir, como si fuera una parte de su cuerpo. Pero en su rostro de rasgos afilados prevalecía un gesto de horror, el horror de los insectos ante la vida.104

Si Lowell actúa como espejo de Kronz es lógico que Vásconez presente esta nueva versión de Lowell-Kafka-Samsa, puesto que el mismo Kronz ha sufrido en Barcelona una extraña metamorfosis. De doctor se transforma en testaferro en un tráfico absurdo de aves tropicales. Lo hemos dicho: más que en ningún momento, el paso por Barcelona es la prueba fundamental para Kronz en su lucha por mantener su identidad. Lowell aparece ahora para advertir a Kronz que no vaya al puerto a consumar el desatinado negocio. «Es mejor que no vaya. Vuelva a su casa. Es peligroso», sentencia Lowell. Kronz responde con una interrogación: «¿Es una amenaza? Entonces hubo un incómodo silencio. -No, de ninguna manera – le dijo en un susurro-. No le he preguntado nada. Pero rara vez me equivoco. Por eso la advertencia. Sé muchas cosas suyas.»105

El tercer encuentro entre Lowell y Kronz se escenifica en la oficina de migración de la ciudad andina, ese lugar a donde el médico acude para ratificar su existencia como ciudadano. Lowell aparece como un espectador mudo y aislado que contempla a los otros mientras buscan el documento que los identifique en el mundo:

Cuando ya se disponía a subir, lo distinguió al pie de la escalera,sujetándose con las dos manos las solapas del abrigo. Había aparecido súbitamente, caminando entre la multitud, y llevaba el sombrero aplastado sobre los ojos. Tardó un poco en reaccionar, pero en seguida supo que era él. Kronz se sintió pequeño y ridículo, pues a su alrededor aumentaba el número de gente que entraba y salía a la calle. Recibió codazos y empujones, pero no perdió de vista al hombre del sombrero, quien seguía absorto la actividad de esos seres anónimos, sin identidad, que iban en busca de un pasaporte o de un carnet. el hombre parecía poner especial interés en la forma cómo se desarrollaban los trámites.106

Es la primera vez que Lowell no intenta decir nada a Kronz. El doctor alcanza apenas a recordar un fragmento de la primera conversación que mantuvo con Lowell en Praga. Este silencio puede ser interpretado como una indirecta aceptación de Lowell y, a través de él, del propio Kronz, del sentido de la estancia en la ciudad andina. Tal vez aquí ambos hayan arribado al lugar que más acorde está con su propio ser.

La última y definitiva visita de Lowell a Kronz se verifica en el hospital donde el doctor lucha tercamente contra la epidemia de cólera y, sobre todo, contra el absurdo y corrupto sistema sanitario de la ciudad. Este es el momento en el cual Kronz conoce por primera vez el nombre de su sombra. Este hecho no es casual. Lowell ha actuado como un espejo para Kronz, un espejo en el cual la imagen del médico se ha ido aclarando poco a poco para sí mismo. El doctor conoce el nombre de Lowell en un momento en el cual él mismo está más firme que nunca en cuanto se refiere a la identificación de su ser. Se consuma una simbiosis entre Lowell Y Kronz, cuando el doctor acepta verse en el otro:

Era frágil, triste y tan culpable en el umbral de sus propias emociones, tan poca cosa, que fue como si el doctor se viera a sí mismo en un espejo. La boca cerrada con firmeza, los ojos alucinados, con el aspecto sumario de un insecto acorralado en su propio caparazón. Sin éxito intentó aparentar que no lo conocía, ya que el otro lo miraba con astucia, como temiendo una reacción inesperada. Se había encontrado con él en Praga y luego en Barcelona, y por último en los zaguanes de esta ciudad, y pensó que la visión de ese hombre podía ser el duplicado de su propia sombra.107

La muerte de Lowell, tras un desolador alarido, confirma a Kronz la secreta solidaridad que lo vincula con el enigmático viajero. Pero, además, le permite mirar en el rostro de aquél hombre su propia muerte y la muerte de todos los hombres. El final de Lowell representa para el doctor el desprendimiento último de sus fantasmas y la confirmación del fracaso como condición de la misma existencia.

cuando Kronz llegó ya era demasiado tarde: Franz Lowell era una estatua tendida sobre la blanca superficie de una sábana […] Ahora Franz Lowell estaba muerto. Con fervor, su mente se adueñó de la vida del exiliado. Supo que Lowell pudo haber sido cualquier hombre, él mismo, una sombra que camina y se disuelve. O tal vez una cifra. Kronz ya no quería, como otras veces, seguir viviendo de fantasmas.108

Junto a la poderosa autoconciencia de Kronz, manifestada a través de las autoreflexiones, el recuerdo y la sombra de Lowell, está la mirada del doctor desplegada hacia afuera, hacia el mundo de los otros. En las primeras apariciones de Kronz en los cuentos de Vásconez, se traza ya una de las aristas fundamentales de su destino: la de ser un espía, una mirada objetiva e incisiva que permite la contemplación distanciada de los acontecimientos y los escenarios en los cuales se mueven los demás. Hemos dicho que su condición de extranjero, unida a su profesión, le convierten en un testigo privilegiado de cuanto sucede a su alrededor; pero más aún: Kronz es la metáfora misma del escritor y de su relación con la realidad. Vásconez dice al respecto: «Escribir es una tarea tan enigmática que no creo que exista una respuesta válida ni definitiva para explicarla. Es una forma de comunicar un secreto, casi un acto de espionaje.»109

Pero Kronz es, ante todo, un personaje novelesco, es decir no cumple únicamente un rol funcional, sino que vive su propia experiencia vital. Su constante atención en los otros proviene de su niñez, cuando ve a la madre junto a su amante:

A partir de entonces su pasatiempo favorito fue mirar a través de las cerraduras, dentro de los armarios, debajo de la mesa y en el rellano de la escalera, vigilar sin que nadie advirtiera su presencia. Había llegado incluso a vigilar sus sueños como quien está descifrando las páginas de un libro, porque solamente al mirar entre líneas, acosado por ciertos fantasmas, se sentía menos solo.110

Siempre desde la oblicuidad, Kronz despliega su secreto espionaje. Pero la mirada del doctor no funciona como una radiografía objetiva o realista de su entorno. Todo cuanto contempla parece estar aislado de su conciencia por sucesivas neblinas y opacidades. Los mismos lugares donde se coloca funcionan como sutiles distorsionadores de las cosas (ventanas, umbrales, zaguanes). Detrás de esta mirada se esconde una profunda cautela frente a las evidencias de la realidad. Kronz es un escéptico y desconfía sistemáticamente de las apariencias, y, por tanto, transforma las imágenes que la realidad le muestra. Si en el pueblito serrano presencia la procesión que acompaña a un pequeño niño que ha muerto, el sueño le devuelve esta imagen con la misteriosa condensación simbólica e interpretativa que las pesadillas permiten:

Sí, había estado dentro de una iglesia. Mirándolos cantar. Vio que las mujeres llevaban vestidos de colores y usaban pulseras en los brazos. Los hombres eran tan parecidos entre sí, que apenas pudo distinguir el brillo de sus ojos en la oscuridad. Vio cuando se incorporaban para cantar, con sus caras fijas en los santos, y entonces se sintió agradecido por estar allí. Los fieles alzaron sus voces al unísono, pero al cabo de un momento no oyó nada. Fue cuando escuchó a sus espaldas el llanto de un niño. Luego se acercó al ataúd […] Dentro estaba el mudito. Entonces se dio cuenta de que todos eran mudos, pero siguieron cantando, como si sólo pudieran manifestarse a través del doctor y sus sueños.111

Kronz posee la cualidad del conocimiento intuitivo sumada a su inteligencia racional. El mundo debe ser interpretado a través de una lectura. Volvemos a encontrar la metáfora de la misma literatura escondida detrás de la vocación de Kronz, quien no es únicamente sucedáneo del escritor como espía, sino también del escritor como lector. Vásconez dice, en este sentido: «escribir es como un acto paralelo al de leer y quizá también una forma de rezar conmigo mismo y no con un Dios o con los lectores.»112

Kronz no es, pues, un testigo pasivo. Cuanto recibe del mundo es transformado por su inteligencia y se inserta en su conciencia. Delante de doña Esther, por ejemplo, Kronz sabe que deberá cargar con la imagen de esa agonía por siempre:

Una vez que se hubiese marchado de allí, tendría que soportar la visión de esa mujer, seguramente volvería a encontrarla en su galería personal de enfermos que de vez en cuando aparecían en sus sueños. Por el momento sólo podía hacerle una vaga resistencia a su dolor suavizando el infierno con unos gramos de química. […] En todo caso la tranquilidad le había abandonado, de nuevo volvía a instalarse en su interior el sombrío perfil de la muerte. A partir de ahora, se dijo, ya no podría disfrutar a plenitud del verano.113

La enfermedad rige a los hombres y Kronz lo sabe: «el mundo está tan enfermo…Totalmente enfermo. Ahora lo corriente es ser  uno de ellos. La gente sana no existe, va siendo una rareza -había comentado Kronz a un colega del hospital.»114 Pero el doctor tiene pequeños consuelos frente al desierto que le circunda, uno de ellos es el cultivo paciente de bonsais y el injerto de flores en su invernadero: «Sólo entonces se sentía satisfecho con la vida que llevaba, si es que podía llamarse vida a esa sicesión de días muertos, tediosos, que guiraban sin cesar en el vacío.»115 Sin embargo, y ahí radica la grandeza de Kronz, cuando el doctor debe comprometerse lo hace con una verdadera pasión. Así lo demuestran sus sucesivos amores o su empeño en sacar del abismo al hospital público. Al hablar de esta contradicción, Vásconez se ha referido a Kronz en los siguientes términos: «tal vez posee un sospechosos amor por la vida. Y un profundo miedo a la muerte porque, para el doctor, el amor por la vida no supone entregarse ciegamente a ella, sino tocar el filo por donde la navaja puede cortar [Kronz] es un viajero [y] conoce la tensión del viaje y por lo tanto debe permenecer alerta.»116 El pesimismo de Kronz es una lúcida manera de relacionarse con el mundo, la comprensión de que la libertad humana ya no descansa en absolutos, sino en la intensidad de ciertos instantes sagrados y efímeros de la existencia.

En un plano más literario, la grandeza del personaje de Vásconez está es sus posibilidades dialógicas. Kronz actúa como una conciencia dominante en El viajero de Praga, pero frente a esa conciencia están otras con igual libertad. Bajtín dice al respecto:

Junto con la autoconciencia del héroe que absorbió todo el mundo objetual, en un mismo plano sólo puede encontrarse otra conciencia, y junto con su horizonte, otro horizonte, junto con su punto de vista sobre el mundo, otro punto de vista sobre el mundo. El autor sólo puede contraponer a la conciencia del héroe que lo absorbe todo, un único mundo objetual que es el de las otras conciencias equitativas.117

Algunos de los personajes de El viajero de Praga son autorreferenciales, es decir que forman parte del universo literario de Vásconez, en tanto han aparecido en sus textos anteriores. Es el caso de doña Esther y su esposo el Coronel Juan Manuel Castañeda quienes aparecen ya en las páginas de Ciudad lejana y que en la novela son mirados por Kronz. Gracias a la objetividad y a la distancia que impone la conciencia del doctor, los personajes de Vásconez han ganado en complejidad y, al mismo tiempo se presentan en toda su ambigüedad. Si en los cuentos de Ciudad lejana los Castañeda aparecen como figuras congeladas, como imágenes que evocan la decadencia de la aristocracia, en El viajero de Praga, tanto Esther como el Coronel son personajes que fluyen a través de sus precarias acciones y tienen además una voz propia.

Esther se encuentra como siempre inmóvil. Desde su postración vigila el desmoronamiento de su vida y de su clase. Su postración contrasta con la movilidad constante de Kronz. Pero. de alguna manera, Kronz y Esther son los dos lados de la misma medalla puesto que ambos huyen del perecimiento. La anciana intenta “desvalorizar el tiempo”, mientras permanece inherte en su lecho, mientras  Kronz es un viajero que se desplaza constantemente de un lugar a otro.

Doña Esther es la personificación de Capelo, ella es la memoria que se resiste a morir. Toda su decadencia de vieja morfinómana es la síntesis de una estirpe cuyo destino es calificado por Kronz como «arrogante y efímero».118 El doctor la mira y adivina en la mirada de la anciana su «oblicua eternidad»119 y la identifica con «uno de los retratos del salón»120 que había visto al entrar a Capelo. Mientras Esther se niega a cualquier cambio, su esposo, el Coronel Castañada, vive inmerso en la vida de la ciudad. Kronz lo ha conocido antes en el hipódromo y había charlado con én en la época de la epidemia de cólera. Por primera vez miramos al Coronel como a un hombre real y no como al personaje casi mítico que nace en Ciudad lejana. Kronz siente una honda curiosidad por el viejo Castañeda: «¿Era su arraigado cinismo lo que le llamaba la atención? ¿O esto era sólo un mecanismo de defensa para vivir ajeno a la vulgaridad del mundo?»121, se pregunta el doctor. Más adelante, y después de escuchar las confesiones del Coronel relacionadas con Esther, Kronz concluye: «Ahora era un hombre próximo a la desesperación. Tal vez él también era un enfermo […] el Coronel, debido al exceso de alcohol, quizá era un enfermo a la espera de una solución.»122

Kronz visita los espacios de los cuentos anteriores de Vásconez y, además, se reencuentra con otros personajes del autor. Es en el hospital donde el doctor se encuentra con una verdadera reunión de éstos. Ahí están el Lobo de «Crónica de la sangre» y el jockey de «El jockey y el mar». Ambos están enfermos: el Lobo ha sido herido con un tiro en la pierna, mientras que el jockey se recupera de una rotura de costillas. Si el mundo es un «vasto hospital», no es extraño que justamente allí Vásconez haya juntado a sus criaturas. Kronz atiende a sus enfermos y siente una triste solidaridad con ellos, puesto que él mismo se sabe parte de ese universo doliente: «los pacientes le hacían actuar como un dios, un ser dotado de poder ilimitado, cuando él también sufría de gastritis, insomnio y empezaba a envejecer sin la sabiduría propia de un médico. ´¿Cómo voy a poder curar, se decía, si soy tan enfermo como ellos?´ Pensaba que la gente realmente sana no existía: eso era un concepto superado y libresco.»123

En El viajero de Praga asistimos al nacimiento de otros personajes en el universo literario de Vásconez. Una gran cantidad de personajes secundarios desfilan por las páginas de la novela. Destacan las mujeres que rodean la vida de Kronz: su madre, Olga, La Roja y Violeta. Todas ellas se configuran gracias al amor y a la memoria de Kronz, y sus imágenes evocan a otras mujeres de los cuentos de Vásconez, así por ejemplo a Eva de “Eva, la luna y la ciudad”, a la joven de «El diagnóstico»y de «El hombre de la mirada oblicua», a la Torera de “La carta inconclusa”, a Gipsy de “Café Concert”, a María de “Un extraño en el puerto”. El vínculo íntimo entre estos personajes es su capacidad de decidir sobre sus vidas y detrás de esta apuesta, la conseceunte carga trágica que se les impone. Ninguna de ellas se conforma con su destino. Son seres orgullosos, transgresores y, por ello mismo, destinados a pagar cara su irreverencia. Al hablar de las mujeres de su literatura, Vásconez ha dicho:

Algunos afirman que las mujeres de mi novela y también las de mis cuentos son enigmáticas […] Me dicen que algunas de ellas son lunáticas y que sus ‘encantos’ invitan a la aventura. Debo reconocer que ésto me halaga, porque toda la vida me han fascinado las mujeres un poco locas. Las que no son convencionales. Supongo que las mujeres son más libres que los hombres, quizá porque no viven atrapadas por ideas y conceptos. Yo pienso que tienen una extraordinaria capacidad de improvisación. En ésto son como los artistas. Aunque a menudo han debido pagar caro por ésto. Mientras que los hombres siempre andamos detrás de algo. Al parecer no logramos vivir ni superar ‘el síndrome del laberinto’. Ese don peculiar para vivir y expresar sólo nuestra desdicha. Imagino que es algo relacionado con la muerte.124

Mientras que la madre de Kronz, Olga y La Roja aparecen desdibujadas detrás de la sombra del tiempo, Violeta es la mujer que devuelve a Kronz la alegría de vivir; es la ansiedad de la espera y, más tarde, la plenitud de un amor maduro y fatal. Mientras dura el verano, Violeta impone a Kronz la realidad de su cuerpo: «Actuando con espontaneidad, los dos se abandonaron al juego escurridizo de las miradas, temiendo que ese instante se disipara, asi que Kronz la miró una y otra vez, inventándola sin pudor a cada instante. Su presencia le había proporcionado una desacostumbrada placidez, y ahora esraba sobrecogido interiormente…»125

Violeta es, tal vez, el personaje femenino más sereno que Vásconez ha creado. Ella no es la sombra del pasado que agobia, ni la danzarina figura de una mujer inalcanzable, sino la calidez de un cuerpo maduro y pleno. Violeta es una mujer de origen popular y su belleza se equipara a la belleza del valle, de sus perfumes y de sus colores. Kronz ama a Violeta con la misma veneración con la que contempla el valle andino. El doctor no deja de mirar con minuciosidad a la mujer que decidió, a pesar de sus ataduras, compartir con él ese insólito verano. La avidez natural de Kronz se ha potenciado ante Violeta, pues «ella constituía la suma y el compendio de una serie de anhelos incumplidos.»126 Cuando Kronz pretende alagar a Violeta diciéndole que tiene el pelo de india, ella reacciona con vehemencia y expresa un horror a reconocerse delante del espejo. Resume, con sus propias palabras, la mentalidad de una mujer mestiza y honesta que es capaz de aceptar la inconsistencia de sus orígenes:

Estoy acostumbrada a vivir con este sentimiento. Lo que pasa es que no quiero ser como ellos. No podría vivir con un indio dentro de mí. ¡Si por lo menos supiera un poco más sobre ellos! Pero sólo los conozco por fuera…¿Por qué negarlo? Me disgusta que puedan creer que soy india . No los entiendo. Para mí ellos habitan un mundo al que yo nunca voy a llegar…127

Junto a Violeta, otro personaje de gran interés por su ambigüedad y misterio, es el mudo. Su figura aparece como la de un duende jugetón dispuesto a acompañar y ayudar a Kronz durante el verano en el valle. Vásconez ha confesado que este personaje casi se escapó de su control. Parecería ser que el mudo tiene algún parentezco con los Castañeda, pero, por sobre todo, este personaje tiene un profundo valor simbólico: sus constantes martillazos contra el árbol se asemejan al tictac infinito de un reloj, que marca el transcurrir inexorable del verano y el final del amor entre Kronz y Violeta. Pero el mudo es   también un testigo privilegiado. Así lo entiende Kronz cuando da a entender que se siente, de alguna manera, identificado con el hombrecito. El doctor dice: «Sí, le gusta espiar. Pero a mí no me molesta. Todos, absolutamente todos, practicamos una especie de espionaje. ¿Un médico no hace lo mismo cuando examina a un paciente?.»128

El mudo es para Kronz el resumen de un silencio propio de la gente de este país al cual no acaba de comprender. Así lo entiende a través de su pesadilla. Pero el alarido final que el mudito lanza se convierte también en reflejo de aquél otro que precedió la agonía de Lowell. Nuevamente el juego de espejos difumina los rostros de los personajes de Vásconez, al mismo tiempo que los funde entre sí: «Sin embargo existía una marcada diferencia, pensaba el doctor, porque mientras el alarido lanzado por Lowell era una muestra de su impotencia, en cambio el grito del mudo fue un claro reconocimiento a la vida»129.

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Notas del artículo

  1. Vladimiro Rivas, "El viajero de Praga, de Javier Vásconez", texto de presentación leído en Mexico, 1997 (inédito), p. 1.
  2. Diego Araujo, "Tendencias de la novela de los últimos treinta años" en La literatura ecuatoriana de los últimos 30 años, Editorial El Conejo, Quito, 1983, p. 77.
  3. Antonio Sacoto, 20 años de novela ecuatoriana, Universidad de Cuenca, Cuenca, 1992, p. 86.
  4. Sacoto, Ibid.
  5. Leonardo Valencia, "El síndrome de Falcón, el problema de la novela ecuatoriana", ponencia leída en Quito, 1998, (inédita), p. 12.
  6. Donald L. Shaw, Nueva narrativa hispanoamericana, Cátedra, Madrid, 1992, p. 215.
  7. Valencia, art. cit., pp. 12-13
  8. Shaw, op. cit., pp. 215, 216.
  9. Luis Alonso Girgado habla de "dos coordenadas fácilmente deducibles de la novela. Primero su modo de narrar, de temple lento, moroso, con tendencia a la fragmentación y la ruptura [...] Segundo, por la absoluta desolación con la que se contempla al hombre, la existencia y el mundo", en El correo gallego, Santiago, (5 de enero de 1997).
  10. R. Pope, citado por Donald Shaw, op. cit., p. 216.
  11. Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas, Buenos Aires, 1967, p. 37.
  12. Julio Cortázar, en Literatura en la revolución y revolución en la literatura, ed. O. Collazos, Méjico, 1971, p. 73.
  13. Valencia, art. cit. p. 12.
  14. Sábato, op. cit., p. 84.
  15. Javier Vásconez, El viajero de Praga, México, Alfaguara-Ediciones Libri Mundi, 1996, p. 22.
  16. Ibid., p. 53.
  17. Ibid., p. 9.
  18. Ibid., p. 28.
  19. Ibid., p. 37.
  20. Ibid., p. 58.
  21. Ibid., p. 259.
  22. Ibid., pp. 302, 303.
  23. Ibid., p. 45.
  24. Ibid., p. 84.
  25. Alejandro Moreano, "Javier Vásconez, El viajero de Praga", Kipus, num. 5, (II semestre / 1996), pp.107-108.
  26. Vásconez, op. cit., p. 87.
  27. George Steiner, Lenguaje y silencio. Ensayo sobre la literatuta, el lenguaje y lo sobrehumano, Barcelona, Gerisa, 1982, p.162.
  28. Vásconez, op. cit., p. 67.
  29. Ibid., p. 159.
  30. Id., p. 156.
  31. Id., p 172.
  32. Ib., pp. 220-221.
  33. Leonardo Valencia, "Fantasmas de nuestro tiempo", (artículo inédito), p. 3.
  34. Vásconez, op. cit., p. 219.
  35. Ibid., p. 240.
  36. Mijail Bajtin, Teoría y estética de la novela, Taurus, Madrid, 1991, p. 249.
  37. Ibid., p. 258.
  38. Ib., p. 9.
  39. Ib., pp. 9-10.
  40. Ib., p. 9.
  41. Ib., p. 10.
  42. Ib.
  43. Ib., p. 13.
  44. Ib., p. 14.
  45. Ib., pp. 14-15.
  46. Ib., p. 46.
  47. Ib., pp. 18-19.
  48. Ib., p. 19.
  49. Ib.
  50. Ib., p. 22.
  51. Ib., p. 27.
  52. Ib., p. 28.
  53. Ib.
  54. Ib.
  55. Ib., p. 27.
  56. Ib., p. 38.
  57. Ib., p. 39.
  58. Ib., pp. 50-51.
  59. Ib., p. 52.
  60. Ib., p. 57.
  61. Ib., pp. 57-58.
  62. Ib., p. 67.
  63. Ib., p. 81.
  64. Ib., p. 83.
  65. Ib., p. 260.
  66. Ib., p. 277.
  67. Ib., pp. 302-303.
  68. Ib., p. 87.
  69. Ib., p. 105.
  70. Ib., p. 87.
  71. Ib., p. 143.
  72. Ib., pp. 120-121.
  73. Ib., p. 144.
  74. Ib., p. 151.
  75. Ib., p. 153.
  76. Ib., p. 152.
  77. Ib., p. 154.
  78. Ib., p. 159.
  79. Ib., p. 163.
  80. Ib.
  81. Ib.
  82. Ib., p. 165.
  83. Ib., pp. 173-174.
  84. Ib., p. 224.
  85. Entrevista a Agenor Martí; loc. cit., p. 34.
  86. Ibid.
  87. Mijail Bajtín, Problemas de la poética de Dostoievski, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 71.
  88. Entrevista a Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  89. Bajtín, op. cit., p. 72.
  90. Juan González Soto, "Vásconez y los personajes en libertad", Artes... Palabras, La Hora, (Quito), 13 de septiembre de 1998, p. 4.
  91. Moreano, art. cit., p. 106.
  92. Bajtín, op. cit., p. 72.
  93. Ibid.
  94. Vásconez, op. cit., pp. 46-47.
  95. Ibid., p. 67.
  96. Ibid., p. 109.
  97. Ibid., p. 142.
  98. Id., p. 55.
  99. Id., p. 146.
  100. Ib., p. 59.
  101. Ib., p. 61.
  102. Ib., p. 62.
  103. Ib., p. 60.
  104. Ib., pp. 120-121.
  105. Ib., p. 121.
  106. Ib., p. 165.
  107. Ib., p. 222.
  108. Ib., p. 241.
  109. "Escribir es casi un acto de espionaje", entrevista concedida a Verónica Flores en El Día, ( 10 de mayo de 1996), p. 7.
  110. Vásconez, op. cit., p. 147.
  111. Ibid., p. 21.
  112. Entrevista con Verónica Flores, loc. cit., p. 7.
  113. Vásconez, op cit., p. 30.
  114. Ibid., p. 9.
  115. Ib., p. 13.
  116. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  117. Bajtín, op. cit., p. 75.
  118. Vásconez, op. cit., p. 28.
  119. Ibid., p. 28.
  120. Ib., p. 29.
  121. Ib., p. 207.
  122. Ib., p. 212.
  123. Ib., p. 182.
  124. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 33.
  125. Vásconez, op. cit., p. 253.
  126. Ibid., p. 259.
  127. Ib., p. 275.
  128. Ib., p. 252.
  129. Ib., p. 298.
  130. Bajtín, op. cit., p. 77.
  131. Carlos Reis, Fundamentos y técnicas del análisis literario, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p. 297.
  132. Vásconez, op. cit., p. 35.
  133. Ibid., p. 36.
  134. Steiner, op. cit., p. 56.
  135. Vásconez, op. cit., p. 66.
  136. Ibid., pp. 45-46.
  137. Ib., p. 90.
  138. Ib., p. 158.
  139. Ib., p. 61.
  140. Ib., p. 31.
  141. Ib., p. 274.
  142. Ib., p. 276.
  143. Ib., pp. 262-263.