Capítulo IV: El viajero de Praga

Sobre El viajero de Praga

Por Mercedes Mafla

 

2. El exilio interminable

La historia de El viajero de Praga está distribuida en unidades narrativas bien definidas. El presente de la narración se desarrolla a lo largo del verano en el cual el doctor Kronz pasa sus vacaciones. La primera parte de esta secuencia abarca los ocho capítulos iniciales de la novela y se reinicia a partir del XXII, hasta finalizar en el  capítulo XXVIII, con el cual concluye la obra. Desde el capítulo IX hasta el XXI se abre un dilatado paréntesis que nos cuenta las aventuras de Kronz: su salida de Praga, la estancia en Barcelona y, finalmente, su llegada al Ecuador. Cada uno de estos momentos transcurre en un orden casi cronológico, salpicado de ciertas reminiscencias iniciales que permiten atisbar  parcelas del pasado remoto de Josef Kronz.

Detrás de esta sintaxis, de esta disposición novelística, es válido detectar un sentido profundo. El exilio es el tema de la novela de Vásconez y en la construcción de la obra, descubrimos un mapa que nos permite descifrar, desde la misma estructura, el significado literario general de la novela. Kronz, protagonista absoluto de la historia, acarrea el signo del extrañamiento. Pero el suyo no es un estado momentáneo. Su vida es un permanente tránsito que lo coloca en un tiempo de perpetua inestabilidad. La aventura abarcadora (el verano en el Valle cercano a Quito) no es más que una nueva variante de las distintas estancias provisionales del médico. Dentro de este círculo generador se aglutinan otros círculos de idéntica naturaleza: la huida de la Praga natal, el hastío de la bulliciosa Barcelona, la fugaz escala en Londres, las constantes salidas de Quito, pero, sobre todo, el viaje, a través de la memoria, que Kronz emprende para mirar su azaroso periplo. Este panorama confirma el destino del checo, es decir, su condición de viajero.

El exilio del protagonista, sin embargo, no está fundado en consideraciones externas. Kronz no ha renegado de ningún credo político o religioso, no ha participado a favor o en contra de ningún partido o iglesia; Kronz es «un exiliado de sí mismo”15, «un viajero sin una estación definida donde apearse.”16 Cualquier lugar es, ante los ojos del médico checo, una zona del mundo inhóspito y absurdo.

Si la novela realista se regía por un principio de causalidad, la novela contemporánea se ha ido despojando paulatinamente de su fe en un racionalismo simplista. El viajero de Praga es un ejemplo de esta tendencia. El periplo de Kronz por el mundo no responde a una lógica muy clara. Las razones del hondo desencuentro del médico no están trazadas por las coordenadas de lo externo, sino por su experiencia vital. Su desarraigo se consolida en cada despedida: primero su madre, luego Olga y la Roja y, finalmente, Violeta.

El significado general de la novela es revelar la condición del hombre contemporáneo: su soledad más profunda, resultado de la incapacidad de comunicarse con el mundo, y su desconfianza en los absolutos (Dios, la revolución), en definitiva, su exilio de la felicidad concebida como conquista permanente. Pero como una novela no expone ideas abstractas, sino que éstas se asoman por entre las acciones, los espacios, el tiempo de un personaje, Kronz no hace un discurso sobre el pesimismo o el vacío de la experiencia humana, sino, por el contrario es capaz de amar y comprometerse, aunque, y ahí radica su lucidez, sepa de antemano que siempre deberá volver a su soledad, a su exilio interminable.

 

Un extraño y largo verano

La secuencia que narra el verano de Josef Kronz en el Valle de los Chillos constituye el presente narrativo de la novela. Lo hemos comparado con un círculo dentro del cual están otros adicionales. No obstante, el carácter  provisional de todas las aventuras del protagonista, incluso la experimentada «aquél extraño y largo verano», nos hacen pensar en la posibilidad de otro círculo que, a su vez, encierre la última vivencia de Kronz. El cuento «Un extraño en el puerto», podría cumplir ese papel. La imagen de los círculos sobrepuestos nos lleva a pensar en la concepción temporal que se desprende de la narrativa de Javier Vásconez. No estamos ante el «eterno retorno» del que hablaban los griegos, sino más exactamente, ante la imagen de la serpiente Quetzalcóaltl de los aztecas, la cual simboliza el retorno, sí, pero en forma de espiral. Se regresa siempre, pero en cada llegada se han operado cambios, se han introducido variaciones. En El viajero de Praga el círculo narrativo fundamental, el más reciente al presente del lector, lo constituye el verano del que parte la historia. Mientras más hacia atrás se desplace la historia, los círculos se van haciendo más estrechos y paradigmáticos.

El desarrollo de la primera secuencia se abre con la salida de Kronz de la ciudad. Después de una larga estación lluviosa, el verano por fin empieza. Esta vez el médico no irá, como todos los años, a Manta, sino, más bien al valle serrano. Allí ha alquilado una casita donde pretende descansar. Kronz no sólo quiere salir de la ciudad, sino además dejar atrás su extenuante responsabilidad: atender a los enfermos. «Sí, el mundo está enfermo…Totalmente enfermo. Ahora lo corriente es ser uno de ellos. La gente sana no existe, va siendo una rareza -había comentado Kronz a un colega del hospital.»17

Una vez instalado en la casita junto al río y acompañado por su gato Elmer, Kronz se dispone a descansar. Pero su soledad se quiebra desde el principio. Un misterioso mudo le visita constantemente. Kronz no se molesta, porque, a pesar de todo, sigue disfrutando del paisaje y de la luz del verano. El acontecimiento de esta secuencia se verifica cuando el médico conoce a Violeta. A pesar de su resistencia, Kronz, debe acudir al llamado del chófer de doña Esther, mujer del Coronel, quien se encuentra postrada. Violeta es su enfermera, pero la anciana pide un médico para que le inyecte morfina. Kronz viaja a Capelo y siente con horror que

Ahora tendría que enfrentarse a lo que más odiaba y se dijo que toda enfermedad, en sí misma, carecía de interés. Kronz pensaba que una enfermedad toma sentido, volviéndose incluso aterradora, cuando va acompañada de una vida, de un rostro que lo seduzca. Porque de lo contrario no es más que un nombre en latín escrito sobre el manual para uso de especialistas y teóricos».18

En medio de la tiniebla y de los desvaríos de Esther, se desarrolla una escena intensamente erótica. Kronz y Violeta se aman en el cuarto cercano al de la anciana. Se produce un contrapunto entre la muerte que ronda a la enferma y la vida que Violeta contagia al médico. El erotismo alcanza, en este breve episodio, un carácter tan marcado, justamente porque el amor sexual linda con la muerte. Mientras Esther recita su plegaria de agonía, Violeta susurra la plegaria del deseo. Kronz, ansioso, busca en Violeta un nuevo puerto para consolar su soledad:

Estaba solo, parado en medio de la habitación, separado de sus pensamientos. Era necesario que se controlara, pero tuvo que admitir que ya no podía controlar nada. No podía aplazar el instante en que ella le daría un nombre a su deseo. A su vuelta empezó a desabrocharle sin pudor el uniforme, y vio que por debajo estaba casi desnuda. Alargando la mano, presintió la forma exacta de sus pechos: inventó un sitio donde apoyar su deseo y con tierna avaricia empezó a acariciarla, al tiempo que concentraba sus dedos alrededor de sus pezones. Al cabo de unos segundos de silencio, la puso bruscamente contra la pared mientras escuchaba como una plegaria su voz ahogada por el deseo.19

Luego de este fugaz encuentro, Kronz no vuelve a ver a Violeta por un tiempo. En medio de las cotidianas borracheras con vodka y siempre acompañado por el ruido del mudito, Kronz evoca a Violeta, le escribe una extraña carta que, desde luego, no envía. Luego cree divisarla entre la gente del pueblo. Se abre un tiempo de espera. Aquí la linealidad cronológica de los acontecimeintos empieza a resquebrajarse. A partir de la ansiedad que produce en Kronz la imposibilidad de ver a Violeta, el médico empieza a recordar momentos claves de su pasado: el amor con Olga en Praga, el suicidio de su madre y la llegada a la ciudad de Quito.

El primer paréntesis narra  la misteriosa relación entre Kronz y Olga, sus encuentros furtivos en los hoteles de Praga y la amenaza que Kronz recibe de un extraño hombre, quien le advierte sobre el peligro de sus encuentros con la mujer. Este hombre se convierte en la sombra que acompaña a Kronz, a lo largo de todo el viaje. Por otro lado, la reminicencia de la muerte de la madre, adquiere la consistencia de una pesadilla. Kronz se ve a sí mismo de niño mirando a una mujer lanzarse al río y a su padre sentenciando, más tarde: «a partir de ahora viviremos solos tú y yo».20 Más adelante Kronz, siempre guiado por sus discretas borracheras, revive el día de 1967 en que llegó por primera vez a la ciudad. Recuerda el hotel donde se instaló, el chismorreo que su arribo provocó entre los parroquianos, y su triste encuentro con una prostituta en algún bar del centro de la ciudad.

Desde un punto de vista funcional, tanto la historia con Olga, como la relación entre Kronz y su madre, responden a un desarrollo idéntido. El amor (filial o erótico) se convierte en el acontecimiento que une al protagonista con las mujeres y, a través de ellas, con la vida. Sin embargo, el resultado de sus relaciones, invariablemente, será la pérdida, el alejamiento. Kronz no actúa, no decide en cuanto al destino de sus afectos. Más que un sujeto, cumple con ser espectador parcial del destino de estas mujeres. Este esquema se repetite a lo largo de la vida del protagonista, es casi una huella de su identidad. Los amores contraridos o absurdos rondan al médico. El encuentro con la prostituta en Quito no es sino otra variante de la congénita incapacidad de Kronz para mantener una relación sentimental estable. Kronz no sólo es un viajero porque se desplaza constantemente de un lugar a otro, sino porque cada desplazamiento le depara un nuevo, intenso, pero fugaz amor.

Al volver al presente narrativo encontramos a Kronz siempre encerrado en la casita. Desde allí divisa un cortejo fúnebre. Doña Esther ha muerto y es transportada por un séquito que incluye una banda, la carroza y el auto desde el cual el Coronel acompaña a su mujer hasta el cementerio. Esta primera parte de la secuencia se cierra cuando Kronz divisa a Violeta detrás del vidrio del auto. Inmediatamente el Coronel llama al mudito y éste sube junto al Coronel. Este hecho actúa dentro de la historia como un indicio. ¿Quién es el mudo? Los datos, nunca aclarados del todo, nos hacen pensar que el extraño personaje guarda un parentesco con los Castañeda.

La secuencia se ve interrumpida, como hemos dicho antes, para dar paso a la larga aventura de Kronz. Recién en el capítulo XXII volvemos al presente narrativo para encontrar a Kronz nuevamente en la casita del Valle. La espera del médico termina cuando Violeta llega para quedarse. Desde el punto de vista del desarrollo de la historia, continuamos con el acontecimiento de esta secuencia: el amor entre Kronz y Violeta. Ahora, sin embargo, la convivencia entre los amantes va a significar el pleno desarrollo de este acontecimiento, el mismo que había quedado apenas esbozado en el primer encuentro.

Kronz se siente feliz con la llegada de Violeta: «Fue durante aquel extraño y largo verano cuando el doctor tomó conciencia sobre la magnitud de su felicidad. El hecho fundamental era que Violeta estaba allí. Porque después, tras de la muerte de la señora Castañeda, el viento formaba remolinos de hojas secas junto al camino y el valle era un amplio y cristalino jardín perfumado.”21 La íntima convivencia entre los amantes transcurre en medio de un plácido encierro. Sólo la insistencia del mudo interrumpe el silencio del verano.

La pareja mantiene conversaciones, especialmente en torno a la vida y el pasado de Violeta. Ella está casada con un militar. Este es un indicio presente desde los primeros capítulos. El hecho marca la relación con el signo de lo provisional. Kronz lo sabe, de ahí la intensidad de su amor. Juntos pasean por el valle, se aman con pasión y calma. El tiempo transcurre pausada pero inexorablemente. Kronz y Violeta van juntos a la Merced, comparten los estertores del verano. En medio de la plaza se vive la fiesta dominguera del pueblo. Pero el fantasma de la enfermedad irrumpe otra vez en la vida de Kronz, como un heraldo que anticipa el final de la felicidad. El mudo se ha clavado la mano a un árbol y el médico debe socorrerlo. Mientras transcurre el episodio, Violeta se marcha y, con su alejamiento, se produce el resultado previsible de la historia: Kronz está nuevamente solo y no puede sino volver a la ciudad. El verano ha terminado y el círculo se cierra justo donde, meses atrás, se  abrió. El retorno se cumple con puntualidad, pero ahora Kronz está acompañado por el recuerdo de Violeta, aunque éste, al igual que los demás recuerdos, no sea suficiente para llenar el eterno vacío:

A medida que iba ascendiendo por la empinada autopista, aumentaba el ruido del motor. Poco a poco Violeta fue emergiendo en su recuerdo, en moderadas y sucesivas capas de nostalgia. Fue cuando empezó a contar los árboles […] Durante todo el trayecto lo acompañó un sentimiento de vacío, de frustración, pero en ningún instante dejó de contar los árboles […] ya que esa secuencia de árboles y de instantes le indicó que había llegado al final del recorrido. En algún momento Kronz divisó, engullidas bajo la lluvia, las primeras luces de la ciudad […] De nuevo caía una lluvia intermitente, sucia, oblicua, sobre la ciudad.22


El mundo mediterráneo, bullicioso y sensual de Barcelona

Desde el capítulo IX Kronz inicia «un viaje desde la inmovilidad.”23 Aunque los capítulos que reviven las aventuras del protagonista desde su salida de Praga hasta su llegada al Ecuador estén contados en presente narrativo, existen elementos que hacen de éstos una larga evocación del pasado del protagonista. A través de un narrador impersonal muy cercano a Kronz, se reviven las aventuras del médico. El hecho de saber cuál es la ubicación cronológica de los acontecimientos que abren la historia, es decir el momento presente de la vida de Kronz, asigna a los capítulos centrales el rol de una evocación indirecta, de un balance reflexivo que sirve, además, como un lapso de espera a la llegada de Violeta. No en vano el capítulo VIII, aquél en el cual Kronz ve a la enfermera entre el cortejo fúnebre de doña Esther, y el último que se ubica en el presente narrativo, se cierra con las siguientes palabras: «Cuando Kronz salió de nuevo al porche, empezó a sonar otra vez la banda de música, muy lejos ya, tocando una melodía desconocida y demasiado triste para él. Fue cuando pensó o quiso creer que Violeta iba a venir.»24

Frente a la parquedad de acciones que apreciamos en la primera parte, el ciclo  siguiente contiene, como en una novela de aventuras, una gran variedad de acontecimientos. Alejandro Moreano dice al respecto:

La transformación del pasado evocado en presente narrativo, produce un cambio en el ritmo y el sentido de la narración. La novela de impresiones y evocaciones de la primera parte que opone el tedio y la desesperanza a la posibilidad del amor, la vieja ciudad lluviosa y triste al ardiente verano, la pereza de la voluntad al ímpetu del deseo; y que construye por dentro una tensión dramática que se suspende en la espera de Violeta, deviene en una novela de acción, con algo de aventuras a la vieja usanza, sin una estructura interior, un curso cerrado, sino peripecias diversas gobernadas por el azar y lo indeterminado…25

La secuencia que narra las peripecias de Kronz en Barcelona está marcada por una larga lista de posibilidades que, desde la perspectiva de las acciones, sirven como puentes hacia futuros acontecimientos. El azar permite que el protagonista asista a un congreso en la ciudad mediterránea. Allí Kronz conoce al doctor Cuesta, un ecuatoriano que le habla nostálgicamente de su país. Este encuentro adquiere sentido para la historia mucho más tarde. Por ahora, Kronz cede a la tentación de quedarse en España. Esta decisión no está, sin embargo, regida por causas muy claras. Así lo entiende el mismo protagonista:

Trataba de no pensar en Praga, pero era inevitable y se preguntaba si volvería algúna vez allí. Y entonces se dio cuenta de lo espantoso que eso podía ser: no sólo había abandonado Praga sin un propósito determinado, sino que ya empezaba a experimentar el peso de la traición. Se dijo que siempre sería un extraño, dondequiera que fuera. ¿Es que tendría siempre la sensación de estar en la orilla equivocada del río?26

En Barcelona, Kronz se aloja en la Pensión Gerona y consigue un insólito trabajo: empleado en una pajarería. Este período, cuya duración es imprecisa, transcurre entre las conversaciones con doña Encarna, la propietaria de la pensión, y los encuentros con la Roja, una prostituta gallega. La aventura central de la secuencia se desata cuando Kronz es abordado por un tal Arias, quien dice venir de parte de la señora Busquerts, empleadora del protagonista. El absurdo de la situación llega a su clímax cuando Kronz va a la oficina de aduanas a firmar unos documentos para poder sacar un cargamento ilegal de aves tropicales. En medio de una escena que evoca el ambiente kafkiano, el médico cumple su misión. Un momento antes Kronz se había encontrado con el hombre de Praga. ¿Quién es ese misterioso ser que persigue a Kronz? Más adelante sabremos su nombre: Franz Lowel. Estamos ante la figura novelada de Kafka a quien Vásconez ha recreado con su nombre propio y con el apellido materno. Las constantes apariciones de este fantasma rompen con el aparente realismo de la novela. Introducen elementos intertextuales que apuntan a revelar los ángulos misteriosos de la existencia humana. La presencia de Kafka, transformado en personaje de la novela, permite poner en juego, dentro del territorio de la propia literatura, las revelaciones que el genial checo plasmó en su obra: el absurdo con dimensiones metafísicas, el terror escondido en el vacío cotidiano. Kafka acompaña a Kronz y, a través de él, al propio Vásconez, en al viaje de escribir la novela. El viajero de Praga centra su homenaje al maestro checo en tanto cumple con la premisa fundamental de la poética kafkiana, tal como la define el crítico George Steiner, es decir, construir un universo a través de la «elusión de la realidad del enfoque, elusión paralela a su tendencia a una economía y a una lógica de la alucinación [que] derivan de una observación precisa e irónica de las circunstancias históricas locales.»27 Kafka fue en su tiempo un profeta. Hoy sus visiones están plenamente incorporadas a la sensibilidad del hombre. Vásconez ha entendido que «lo kafkiano» ha dejado de ser una categoría literaria para convertirse en el laberinto por el cual se arrastra el hombre moderno. No en vano Kafka sentenciaba: «lo que llamamos camino es la duda.» Con esta frase bien se puede resumir el sentido del viaje de Kronz. Su libertad se sostiene en la duda, su desapego ante cualquier forma de fe lo colocan ante un vacío más aterrador que cualquier infierno dantesco. O, revirtiendo la imagen, podríamos decir que Kafka se ha convertido en un nuevo Virgilio que conduce a Kronz por los círculos de los infiernos contemporáneos, aquellos que lejos de empujarnos a los abismos en llamas, nos lanzan a un descampado sin horizonte.

Gracias al equívoco negocio de las aves, Kronz deberá recibir una suma considerable de dinero y un pasaje para viajar a Londres donde reside un primo lejano. El plan, enredado y aparatoso, no se cumple, y la policía acude a la pensión Gerona para detener a Kronz. Doña Encarna, sin embargo, lo encubre y el protagonista debe escapar hacia un hotelito del Barrio Chino. Transcurre un tiempo opresivo hasta que la carta del primo Charles, con el pasaje salvador, llegue. Las horas muertas que el viajero debe soportar mientras espera las condiciones para continuar el viaje, transcurren en una atmósfera de encierro y delirio. La memoria vuelve a hacer compañía a Kronz. El recuerdo de su madre se hace ahora más nítido. La evoca siempre triste, siempre esperando la carta que no llega. Al mismo tiempo, Kronz revive, sin dolor ni afección, sus propios encuentros con el amante de su madre. Los acontecimientos más lejanos de la vida del protagonista son repasados con asombrosa distancia y lucidez. Funcionalmente,  cada pista de la  infancia de  Kronz se convierte  en  una lista de posibilidades que han ido mermando la alegría y la fe del médico. La figura de la madre se ha transformado, con el tiempo, en una sombra lejana, en un fantasma digno de perdón.

Por fin Kronz puede huir de la sofocante Barcelona. La carta ha llegado y con ella el destino del protagonista está echado. Conforme avanza el viaje, el médico va cerrando detrás de sí todas las puertas que pudieran tentarle a un retorno.

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Notas del artículo

  1. Vladimiro Rivas, "El viajero de Praga, de Javier Vásconez", texto de presentación leído en Mexico, 1997 (inédito), p. 1.
  2. Diego Araujo, "Tendencias de la novela de los últimos treinta años" en La literatura ecuatoriana de los últimos 30 años, Editorial El Conejo, Quito, 1983, p. 77.
  3. Antonio Sacoto, 20 años de novela ecuatoriana, Universidad de Cuenca, Cuenca, 1992, p. 86.
  4. Sacoto, Ibid.
  5. Leonardo Valencia, "El síndrome de Falcón, el problema de la novela ecuatoriana", ponencia leída en Quito, 1998, (inédita), p. 12.
  6. Donald L. Shaw, Nueva narrativa hispanoamericana, Cátedra, Madrid, 1992, p. 215.
  7. Valencia, art. cit., pp. 12-13
  8. Shaw, op. cit., pp. 215, 216.
  9. Luis Alonso Girgado habla de "dos coordenadas fácilmente deducibles de la novela. Primero su modo de narrar, de temple lento, moroso, con tendencia a la fragmentación y la ruptura [...] Segundo, por la absoluta desolación con la que se contempla al hombre, la existencia y el mundo", en El correo gallego, Santiago, (5 de enero de 1997).
  10. R. Pope, citado por Donald Shaw, op. cit., p. 216.
  11. Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas, Buenos Aires, 1967, p. 37.
  12. Julio Cortázar, en Literatura en la revolución y revolución en la literatura, ed. O. Collazos, Méjico, 1971, p. 73.
  13. Valencia, art. cit. p. 12.
  14. Sábato, op. cit., p. 84.
  15. Javier Vásconez, El viajero de Praga, México, Alfaguara-Ediciones Libri Mundi, 1996, p. 22.
  16. Ibid., p. 53.
  17. Ibid., p. 9.
  18. Ibid., p. 28.
  19. Ibid., p. 37.
  20. Ibid., p. 58.
  21. Ibid., p. 259.
  22. Ibid., pp. 302, 303.
  23. Ibid., p. 45.
  24. Ibid., p. 84.
  25. Alejandro Moreano, "Javier Vásconez, El viajero de Praga", Kipus, num. 5, (II semestre / 1996), pp.107-108.
  26. Vásconez, op. cit., p. 87.
  27. George Steiner, Lenguaje y silencio. Ensayo sobre la literatuta, el lenguaje y lo sobrehumano, Barcelona, Gerisa, 1982, p.162.
  28. Vásconez, op. cit., p. 67.
  29. Ibid., p. 159.
  30. Id., p. 156.
  31. Id., p 172.
  32. Ib., pp. 220-221.
  33. Leonardo Valencia, "Fantasmas de nuestro tiempo", (artículo inédito), p. 3.
  34. Vásconez, op. cit., p. 219.
  35. Ibid., p. 240.
  36. Mijail Bajtin, Teoría y estética de la novela, Taurus, Madrid, 1991, p. 249.
  37. Ibid., p. 258.
  38. Ib., p. 9.
  39. Ib., pp. 9-10.
  40. Ib., p. 9.
  41. Ib., p. 10.
  42. Ib.
  43. Ib., p. 13.
  44. Ib., p. 14.
  45. Ib., pp. 14-15.
  46. Ib., p. 46.
  47. Ib., pp. 18-19.
  48. Ib., p. 19.
  49. Ib.
  50. Ib., p. 22.
  51. Ib., p. 27.
  52. Ib., p. 28.
  53. Ib.
  54. Ib.
  55. Ib., p. 27.
  56. Ib., p. 38.
  57. Ib., p. 39.
  58. Ib., pp. 50-51.
  59. Ib., p. 52.
  60. Ib., p. 57.
  61. Ib., pp. 57-58.
  62. Ib., p. 67.
  63. Ib., p. 81.
  64. Ib., p. 83.
  65. Ib., p. 260.
  66. Ib., p. 277.
  67. Ib., pp. 302-303.
  68. Ib., p. 87.
  69. Ib., p. 105.
  70. Ib., p. 87.
  71. Ib., p. 143.
  72. Ib., pp. 120-121.
  73. Ib., p. 144.
  74. Ib., p. 151.
  75. Ib., p. 153.
  76. Ib., p. 152.
  77. Ib., p. 154.
  78. Ib., p. 159.
  79. Ib., p. 163.
  80. Ib.
  81. Ib.
  82. Ib., p. 165.
  83. Ib., pp. 173-174.
  84. Ib., p. 224.
  85. Entrevista a Agenor Martí; loc. cit., p. 34.
  86. Ibid.
  87. Mijail Bajtín, Problemas de la poética de Dostoievski, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 71.
  88. Entrevista a Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  89. Bajtín, op. cit., p. 72.
  90. Juan González Soto, "Vásconez y los personajes en libertad", Artes... Palabras, La Hora, (Quito), 13 de septiembre de 1998, p. 4.
  91. Moreano, art. cit., p. 106.
  92. Bajtín, op. cit., p. 72.
  93. Ibid.
  94. Vásconez, op. cit., pp. 46-47.
  95. Ibid., p. 67.
  96. Ibid., p. 109.
  97. Ibid., p. 142.
  98. Id., p. 55.
  99. Id., p. 146.
  100. Ib., p. 59.
  101. Ib., p. 61.
  102. Ib., p. 62.
  103. Ib., p. 60.
  104. Ib., pp. 120-121.
  105. Ib., p. 121.
  106. Ib., p. 165.
  107. Ib., p. 222.
  108. Ib., p. 241.
  109. "Escribir es casi un acto de espionaje", entrevista concedida a Verónica Flores en El Día, ( 10 de mayo de 1996), p. 7.
  110. Vásconez, op. cit., p. 147.
  111. Ibid., p. 21.
  112. Entrevista con Verónica Flores, loc. cit., p. 7.
  113. Vásconez, op cit., p. 30.
  114. Ibid., p. 9.
  115. Ib., p. 13.
  116. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 34.
  117. Bajtín, op. cit., p. 75.
  118. Vásconez, op. cit., p. 28.
  119. Ibid., p. 28.
  120. Ib., p. 29.
  121. Ib., p. 207.
  122. Ib., p. 212.
  123. Ib., p. 182.
  124. Entrevista con Agenor Martí, loc. cit., p. 33.
  125. Vásconez, op. cit., p. 253.
  126. Ibid., p. 259.
  127. Ib., p. 275.
  128. Ib., p. 252.
  129. Ib., p. 298.
  130. Bajtín, op. cit., p. 77.
  131. Carlos Reis, Fundamentos y técnicas del análisis literario, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p. 297.
  132. Vásconez, op. cit., p. 35.
  133. Ibid., p. 36.
  134. Steiner, op. cit., p. 56.
  135. Vásconez, op. cit., p. 66.
  136. Ibid., pp. 45-46.
  137. Ib., p. 90.
  138. Ib., p. 158.
  139. Ib., p. 61.
  140. Ib., p. 31.
  141. Ib., p. 274.
  142. Ib., p. 276.
  143. Ib., pp. 262-263.