Kronz en la línea imaginaria
Desde el capítulo XV al XXI la narración se concentra en la residencia de Kronz en el Ecuador. Varios episodios sirven para registrar el nuevo territorio del exilio. Vistos desde la perspectiva del tiempo y desde el choque de la conciencia de Kronz con este nuevo espacio, los acontecimientos relatados en esta secuencia acentúan la atmósfera difusa que caracteriza a la novela. Tres son los acontecimientos que se recrean en este nuevo ámbito: el arribo de Kronz al páramo donde deberá hacer «la rural» (un año que todo médico ecuatoriano o extranjero debe dedicar a la práctica médica en zonas marginales), los incidentes en la oficina de migración y su trabajo en el hospital, en medio de una grave epidemia de cólera. Sólo el último de estos incidentes tiene un desarrollo cerrado, cumple, pues un proceso narrativo completo; pero en el contexto, tanto la historia del hospital como las otras dos restantes, son hilachas, fragmentos que insisten en sacar a flote uno de los motivos centrales de la novela: el absurdo. Pero esta categoría no es patrimonio de las tierras de América. Kronz ha vivido bajo su signo a lo largo de todo su recorrido. Esta es una de las razones por las cuales El viajero de Praga no es una novela costumbrista o pintoresca; por el contrario, la desolación ante el sinsentido de la existencia no se disuelve cuando el hombre atraviesa las fronteras entre los países o las culturas. No obstante, existen ámbitos donde ese absurdo se exacerba de un modo espectacular. Al vacío de la existencia se suma las particulares condiciones de un país imaginario, casi inexistente. No resulta extraño, entonces, que Franz Lowel venga a morir justamente en Ecuador. Diríamos que, en estas tierras, los laberintos kafkianos han alcanzado una solidez tan cotidiana que, de tanto convivir con ellos, se han incorporado en cada gesto individual y colectivo.
Las acciones de estos capítulos no son particularmente intensas, a diferencia del ciclo de Barcelona, en el cual vemos a Kronz decidiendo y actuando. Más que en cualquier parte, en Ecuador Kronz actúa como una mirada que filtra, a través de su desconcierto y de su inteligencia, visiones entre oníricas y grotescas. ¿Cuál es la razón por la cual el protagonista decide venir al Ecuador? Una posibilidad lejana es la temprana lectura que Kronz había hecho de los estudios de Humbolt y, más tarde, el encuentro con el doctor Cuesta en Barcelona. Pero, sólo al llegar al país Kronz entiende la verdadera razón de su elección: la soledad del país, su vocación de invisibilidad, corresponden a su propio estado espiritual. Así lo entiende Kronz cuando llega: «era el vacío total: apenas una aldea, con edificios y casas coloniales, que presumía de ciudad. Sintió una firme, quizás una inútil voluntad de desaparecer. Y entonces decidió quedarse.»28 Nuevamente percibimos la endeble lógica de la causalidad que dirige el destino de Kronz. Lejos de ser un viajero dispuesto a confiar en la sugerencia de las brújulas, el checo se entrega a las reglas indescifrebles del azar. ¿Se esconde detrás de esta actitud vital la única posibilidad de fe a la que responde Kronz? Probablemente así sea, de ahí que, aunque parcos, los encuentros que el camino reserva al protagonista sean vividos con verdadera unción. La certeza de que todo es pasajero infunde un carácter sagrado al instante.
Kronz encontrará el amor en Ecuador, pero antes del fugaz verano con Violeta, la vida del médico transcurre entre el asombro y el tedio. El primer contacto con el país profundo se da en el páramo serrano. Entre trenes atiborrados de indios que van a las minas de las que jamás regresan, y un dispensario en medio del monte y al que nadie acude, Kronz siente que ha llegado al infierno. El detalle central de este cuadro es el encuentro del protagonista con una pareja de hacendados en medio del páramo. Lejos del realismo convencional y maniqueo que había servido a la mayoría de escritores ecuatorianos para retratar los conflictos entre indios y terratenientes, Vásconez logra, en pocas páginas, penetrar en la demencia de ese enfrentamiento. No existen, como en la narrativa del realismo social, únicamente explotados y explotadores, sino seres humanos vencidos de lado y lado. Los unos apelan al incesto hasta degenerar su estirpe, y los otros se esconden aterrorizados por espectros sin rostro. El episodio tiene tintes oníricos y equipara, sin falsos compromisos, la soledad de los señores a caballo que, por guardar la pureza de su sangre, han devenido en monstruos balbuceantes, y la terrible inmovilidad de los otros, que, de tanto esconderse y esperar, se han convertido en sombras diseminadas por los montes.
Las acciones pasan a un segundo plano. La conformación de la atmósfera es la prioridad; pero dentro de la historia, estos capítulos sirven, además, para evidenciar los vínculos que unen el destino de Kronz al del Ecuador; más aún, transforman al protagonista en la mirada que registra la incongruencia del mundo, cuya metáfora extrema es el pequeño país llamado Ecuador. De ahí que Kronz sienta, en medio del silencio y la hostilidad circundante, que «de repente el mundo se redujo a la contemplación.”29
Desde sus propios códigos, Kronz mira a los seres del campo. Su condición de extranjero le permite incorporar una objetividad sin precedentes en la literatura ecuatoriana a la hora de valorar, lejos de las ideologías, la condición marginal tanto de los terratenientes como de los indios. Así se recrea un intento de acercamiento por parte del médico a un indio:
se encontró con un hombre cuidando un rebaño de borregos. Sabiendo que era un artificio producido por la luz, lo asoció a un vampiro de anchas y rugosas alas, cubierto como iba hasta los pies por un pesado poncho de goma negra y brillante. Kronz le lanzó una mirada amistosa, por encima del tumulto de borregos, y se encontró con sus ojos asustados. Y, antes de que tuviera tiempo de hablarle, ya bajaba a toda carrera por la pendiente. Aún no sabía por qué corría, pero corría sin saber a dónde ir. Al parecer era la única cosa que podía hacer en ese momento. Correr, correr y correr hasta perderse por detrás de los pajonales. Supuso que era incapaz de resistir la cara de otro hombre enfrente a la suya. Pensó que sería capaz de rogar e hincarse para que no le mataran.30
Otro de los episodios que registra este primer tiempo de la estancia de Kronz en el Ecuador es el que transcurre en la oficina de migración. Al igual que en el momento anterior, esta escena tiene, dentro de la historia, un papel paradigmático: pretende ahondar en la atmósfera de absurdo que rige el país donde el protagonista está anclado. Es interesante notar que Vásconez ha repasado, en estas dos aventuras, dos momentos claves de la literatura ecuatoriana. Por una parte ha replanteado el tema fundamental de los escritores del realismo social, es decir, el indigenismo; y, por otra parte, ha optado por uno de los motivos claves de los narradores de las últimas generaciones: los enredos de la burocracia de clase media, holgazana y voraz. Pero Vásconez ha introducido una nueva perspectiva para ambas situaciones. En el un caso, hemos dicho, ha roto con el discurso mediatista del compromiso, para asignar al conflicto de clases una dimensión maligna en la que no existen más que vencidos. Y, en lo relacionado con las clases medias amparadas en la burocracia, ha rechazado el discurso pintoresco y ha optado por la parodia. Esta parodia, no obstante, no pretende ser una caricatura hueca y graciosa, sino que, en el contexto de la novela, se suma a las infinitas aristas del vacío experimentado por el protagonista. Vásconez ha abandonado la «denuncia social» (que siempre está circunscrita a un espacio y a unas condiciones muy definidas) y ha elevado el absurdo a categoría intrínseca de la condición humana.
En la oficina de migración encontramos a Kronz lidiando con dos empleadas que no hacen sino poner trabas a cuanto extranjero pretende legalizar su estadía en el país. Los diálogos se suceden como una letanía de disparates que el médico no puede comprender. Para agudizar aún más el enredo de la situación, aparece un vendedor que improvisa una pequeña feria, ante la estupefacción de las personas que hacen la larga fila. A pesar de que este cuadro parece calcado de la realidad, la superposición de elementos cada vez más insólitos, nos hacen pensar en un hiperrealismo que, de nuevo, nos remite a Kafka. Siguiendo «la lógica de la alucinación» es previsible que la asfixiante oficina sea el marco idóneo para otro encuentro entre Kronz y el hombre de Praga. El médico ve al extraño personaje y entiende que está delante de un espejo:
De repente distinguió, casi flotando, al hombre del sombrero. Sus rasgos tenían la nitidez de los cristales. Era alto, huesudo y llevaba un abrigo negro de paño. Ahora estaba allí, surgido como por encanto de un recuerdo o tal vez de una pesadilla. Lo vio avanzar despacio, con resolución, solemne a pesar de su timidez, sin respetar el orden de la fila. Desarticulado y lento, con la mano en el botón del abrigo, avanzó con dignidad imitando los gestos del médico y de todos aquellos que esperaban ser atendidos. Esto le produjo a Kronz un sobresalto. Fue como si se hubiera mirado en un espejo. Sintió un ligero horror ante lo inevitable.31
El mundo como un vasto hospital
La enfermedad es un motivo constante en la narrativa de Javier Vásconez. En El viajero de Praga, sin embargo, adquire conotaciones metafóricas, en tanto rebasa las dolencias físicas que aquejan a los pacientes de Kronz, para trasnformarse en el signo de toda una época. Es significativo que en el sombrío escenario del hospital, Vásconez haya reunido a muchos de sus antiguos y nuevos personajes. Sus destinos han confluido en las salas pestilentes de un ámbito que parecería ser la antesala de la muerte. Ahí están el Lobo, el jockey y, desde luego, Franz Lowell.
La experiencia de Kronz en el hospital público, al cual debe acudir en medio de una epidemia de cólera, lo trasporta a un pequeño mundo donde conviven la degradación física con la degradación moral. La secuencia abarca un proceso completo: el protagonista acude al hospital por la emergencia sanitaria que vive la ciudad y constata, a cada paso, el descalabro de todo el sistema. La pesadilla que debe soportar Kronz está marcada de constantes indicios que apuntan a configurar la incoherencia demencial del extraño país que sirve de residencia al protagonista. El director del hospital es un «científico» obsesionado por estudiar las ranas. Los médicos y enfermeras están en huelga mientras los enfermos agonizan. Algunos empleados del centro trafican con placentas, los enfermos desfallecen sin medicamentos. En fin, el panorama responde a un caos ante el cual Kronz no sabe qué hacer. Al igual que en los episodios que vive el protagonista en el páramo y en las oficinas de migración, las peripecias del hospital se convierten en elementos que pretenden ahondar en la construcción de una atmósfera particularmente asfixiante. La epidemia de cólera que soporta la ciudad parece desarrollarse en la Edad Media y no en la modernidad. Los apestados yacen confinados en medio de la indolencia, la corrupción y la insensatez. La estupefacción que Kronz nos transmite vuelve a estar matizada por su penetrante mirada:
Luego se encontró con un espectáculo grotesco. En el extremo más alejado del pasillo pudo ver dos perros copulando. Un anciano se movía con dificultad […] Después de varios intentos de vencer su propia decrepitud el viejo giró con rencor sobre sí mismo y comenzó a insultar al médico y, bajándose el pantalón, se orinó contra la pared y escupió en el suelo sin permitir que los enfermeros lo ayudaran […] Como la mayoría de puertas se abrían hacia el pasillo, forzosamente había entre ellas espacios utilizados por los enfermos para cocinar. Desde el corredor vio una hilera de camas, algunas de las cuales estaban ocupados por varios enfermos a la vez […] Un tullido había salido espiando hacia los lados, como si surgiera del fondo de una cueva, y el doctor lo asoció sin saber por qué con un gitano […] ¿Qué hacía ese individuo allí? Pensó que el cólera, y también esa criatura deforme habían surgido de un sueño y ahora andaban sueltos como si fueran el deseo inconfesado de algunos habitantes de la ciudad. La enfermedad podía haber sido inducida, ya que había invadido la vida cotidiana. 32
En medio de esta pesadilla, con oscuros efectos paródicos, Kronz descubre un negociado entre el Turco Rufino y un chino. Rufino es un antiguo empleado del hospital y el encargado de recibir y almacenar los medicamentos. Sin embargo, el oscuro funcionario ha montado una rentable empresa: robar los medicamentos destinados a curar a los enfermos, para venderlos por su propia cuenta. Kronz despide a Rufino en lo que sería el acontecimiento de esta secuencia. Más adelante, esta acción, que responde al puro sentido común del médico, lleva a un resultado insospechado: Kronz es despedido del hospital por intervenir en los asuntos internos del centro. El absurdo vuelve a tomar su cauce normal, mientras el protagonista no puede sino retirarse desalentado.
Alrededor de esta frustrada aventura, que desde un punto de vista funcional logra ahondar el ambiente de hostil ambiguedad con el cual Kronz debe convivir, se desarrollan dos acontecimientos que, más bien, sirven de puente con otros ángulos de la historia. Por una parte está el encuentro de Kronz con el Coronel Castañeda y, por otra parte, la última y definitiva aparición de Franz Lowell.
El Coronel relata a Kronz las razones de la enfermedad y el odio de su esposa, doña Esthe; revive el día en que la señora lo encontró sodomizando a una india, el aborto que sobrevino después del terrible episodio y el confinamiento que se autoimpuso Esther. El relato de estos sucesos tiende a consolidar la verosimilitud de la novela y permite una caracterización más compleja tanto del Coronel Castañeda como de doña Esther, personajes emblemáticos de la narrativa de Vásconez.
La aparición de Franz Lowel en el hospital incide en el sentido más profundo de la novela. Datos dispersos, pero muy precisos, nos ponen delante de la figura inconfundible de Franz Kafka. Leonardo Valencia ha resumido en los siguientes términos el valor que adquiere, en la novela de Vásconez, la figura del escritor checo:
Kafka ha sido obsesión de muchos. También ha sido una obsesión fácilmente amoldable al análisis de la razón: la piecita mágica que encaja en al puzzle de nuestro caos. Hay un Kafka para cada necesidad, concluye el novelista Milan Kundera en torno a su compatriota. Hastiado de la mistificación que ha sufrido el hombre Kafka en desmedro de una lectura mediatizada de sus novelas […] Kundera sugiere que se lea a Kafka como novelista, es decir, a través del disfrute de sus imágenes y de la naturaleza particular de su sintaxis. Pero mientras Kundera lo concluye con una reflexión, Vásconez toma la sugerencia, da un paso adelante y relee a Kafka en su propio terreno: la novela. ¿Qué mejor manera de releer a Kafka que hacerlo a partir de otra novela? Pero no inventando un nuevo Kafka, no recreando su biografía […] sino todo lo contrario, configurando a un nuevo personaje que a su modo recorre un mundo por el que ya ha pasado Kafka. Ese personaje es el doctor Kronz y esas escenas y esa sintaxis son las que recorren la novela de Javier Vásconez…33
El primer encuentro entre Kronz y Lowell, en el hospital, se da cuando el médico es requerido para atender «a un especie de loco en el Pabellón uno.»34 Los dos personajes mantienen un diálogo sembrado de pistas sobre la personalidad del extraño enfermo, quien había ingresado en el hospital quince días antes. Su estado de salud es lamentable, y Kronz no puede sino pedirle que descance. Es en este momento cuando, por primera vez, sabemos el nombre de este personaje. Más tarde Kronz asiste al último encuentro con su sombra. Franz Lowell agoniza en el inmundo hospital y, antes de morir, exhala un desgarrador alarido. Kronz ya nada pueda hacer:
Había bajado a saltos y tropezándose, pues no tuvo tiempo de atarse los cordones. Dominando el incesante estrépito de la lluvia, se oyó un grito salvaje y estremecedor. Sin duda fue el lamento de un hombre que anuncia un largo viaje al final de la noche, ya que venía de muy lejos. El grito se había extendido por el hospital, sin llegar a mezclarse con el zumbido casi líquido y sordo de las tuberías del sótano. Fue tan escalofriante que irrumpió en medio de la noche, y al comienzo no supo como reaccionar. Había sonado tan humano y desgarrador como si fuera un grito contra sí mismo, contra Dios o contra la inevitable idiotez del mundo.35
La única persona cercana a Lowell resulta ser la señora Melania, quien es dueña de la pensión en la cual había vivido por años el checo. Ella se hace cargo de los modestos gastos del entierro. Kronz acude a visitarla en un conmovedor epílogo que permite conocer algunos hechos de la vida de Lowell en la ciudad: su enfermedad, su soledad, las cartas que él mismo se enviaba para apaciguar el silencio circundante. El final de esta secuencia anticipa también el final de la aventura de Kronz en el hospital. Rufino es restituido a su antiguo cargo y Kronz recibe una carta que le conmina a retirarse del hospital en un plazo de veinte y cuatro horas. La entrevista que Kronz intenta mantener con el director del hospital, más enloquecido que nunca, es el final del largo paréntesis que se había abierto en el capítulo IX.