3. El mundo según Kronz
Javier Vásconez consigue crear a través de su personaje, el doctor Josef Kronz, una percepción certera y original del mundo. En la tradición de la literatura, Kronz sintetiza los motivos típicos de las historias de viajes: el extrañamiento del viajero ante el mundo ajeno durante el tiempo de la aventura, el abandono del hombre a las fuerzas del camino (la «casualidad emprendedora»36 de la cual habla Bajtin), los encuentros y desencuentros que el movimiento impone y, sobre todo, «la puesta a prueba de la constancia y de la identidad»37 del protagonista consigo mismo. Pero, por sobre todos estos motivos, la originalidad del personaje se fundamenta en que junto a su condición de exiliado, de extranjero, está su profesión. Kronz es médico y esta conjunción le permite, más bien le obliga, a iniciar constantemente un viaje al corazón de la intimidad, de la privacidad del mundo. En este sentido, Kronz es heredero de los médicos de Onetti, Celine o Greene.
Al cambiar de país, la poderosa subjetividad y la penetrante mirada de Kronz se ponen en marcha para adivinar y entender el entorno geográfico e histórico donde se encuentra, pero, al mismo tiempo, le obligan a descender a los inhóspitos ámbitos de la enfermedad y de los secretos guardados tras las puertas de las casas. El médico judío-checo es un testigo excepcional, pues al ser extranjero puede comprender los distintos lugares por los que transita con una gran objetividad y, al mismo tiempo, tiene cabida en los espacios privados en los cuales nada se le puede ocultar. Además de estas dos perspectivas privilegiadas, Kronz posee una vida interior muy rica, de ahí que, junto a su atenta visión del mundo, se despliegue una intimidad solitaria cultivada con pasión.
El viajero de Vásconez aglutina la visión del hombre que abandona su patria (Ulises), con la del criado, la prostituta o el tonto ( Lucius, Celestina o Benjy), en tanto cada uno de ellos observa el mundo desde los márgenes y, ante ellos, no importa quitarse los disfraces. Pero, junto a estas dos visiones, está también la del hombre solitario, casi del excéntrico (Meursault), que reflexiona constantemente, pero siempre en silencio, sobre el mundo que mira. Desde esta compleja conjunción, el espacio y el tiempo adquieren en El viajero de Praga una extraordinaria amplitud y diversidad. Si quisieramos esquematizar los traslados de Kronz, podríamos detectar que éstos se cumplen como un movimiento que abarca la exterioridad, es decir las ciudades, los países, las culturas que él mira; luego los ámbitos privados a los que tiene acceso por su profesión, mientras que la enfermedad se convierte en un túnel que comunica el mundo de afuera, sus calles, su historia, su geografía, con el mundo íntimo del médico: sus sucesivas moradas, pero sobre todo su pensamiento, que es capaz de englobar la reflexión, la memoria, los sueños.
Desde el primer capítulo de El viajero del Praga, se registra la admirable conjunción espacio-temporal que estará presente a lo largo de toda la novela y que implica el incesante desplazamiento de Kronz desde lo exterior hacia lo interior, siempre mediado por el puente de la enfermedad y sus ámbitos. La frase con la que comienza el libro, «Llovía en la ciudad»38, nos coloca de entrada en un particular entorno geográfico: la ciudad andina constantemente ensombrecida por la lluvia. El tiempo que se vive en esta ciudad debe sujetarse al ritmo monótono y pertinaz de esa lluvia. La mirada de Kronz se posa en la atmósfera más exterior del paisaje: «algunas calles sin asfalto, plazoletas donde los monumentos de los héroes o ciertos generales vaciados en bronce tenían lágrimas de lluvia en los ojos […] cines pobremente iluminados, iglesias y monumentos fantasmales, escalinatas empinadas […] fachadas sólo visibles por algún transeúnte solitario.»39 Este recorrido se impone al médico por su responsabilidad ante la enfermedad: «El doctor se pasaba la mayor parte del tiempo recorriendo en su viejo Mercury las calles, visitando a los enfermos […] una clientela tan desamparada como adicta al dolor.»40 Junto al registro del escenario exterior (histórico-geográfico), interviene el pensamiento mordaz del protagonista, es decir, que a la contemplación del mundo ajeno, se incorpora el mundo íntimo, el espacio secreto de Kronz, resumido en su inteligencia capaz de juzgar con objetividad aquello que observa:
Esta ciudad se avergüenza de su pasado indio y español, pensaba el doctor. ¿Para ocultar así la culpa? ¿O por un exceso de pudor? No, no digas nunca de dónde provienes. O por el contrario proclama a los cuatro vientos tu origen familiar. Este parece ser el lema, la gastada consigna de sus habitantes. Pues desde hace algunos años la ciudad se identifica con el terciopelo negro, aldeano, musical de la mediocridad…41
Veamos un nuevo ejemplo del traslado de Kronz. En el mismo primer capítulo encontramos al médico «recorriendo la Ferroviaria [con ] aquellas casas pintadas de colores, con las rieles del tren pasando por delante de ellas.»42 Inmediatamente lo encontramos en un espacio mediador que aparece como un zaguán. Allí está una niña que había sufrido un ataque de epilepsia. La enfermedad es ese zaguán que delimita y comunica el mundo exterior con el mundo interior de Kronz. Cuando la niña es atendida, el médico se dirige a su refugio: la casita en la Floresta, donde le espera su gato Elmer.
La interioridad del protagonista se agudiza cuando éste pone en marcha su memoria. El recuerdo de los veranos en Manta encierra el mismo impulso que hemos venido describiendo: la contemplación del mundo ajeno, aunque ahora en el contexto del recuerdo, se da cuando Kronz rememora un episodio que le sorprende: «Una noche, la luna tiñó de sangre la superficie del mar -hubo una pelea entre dos hombres en la playa, uno de ellos resultó herido con un cuchillo- y la impresión de haber participado se agudizó de tal manera que no supo si fue un sueño o si todo había sido una abominable fantasía.»43 Cuando el doctor Cuesta le comenta: «No hay por qué alarmarse, acurre todos los días. Estos tipos se matan por cualquier cosa», Kronz consigue un dato adicional de los hombres del país donde se encuentra; pero el episodio, que pudo ser simplemente una anécdota del modo de ser de los otros, se convierte en un acontecimiento humano. Kronz no es un turista y, en el acto de violencia, se reconoce a sí mismo, anula las diferencias culturales y entiende que los seres humanos son esencialmente iguales. En este nivel se introduce un matiz fundamental en la mirada de Kronz: a pesar de su condición de extranjero y de su consecuente extrañamiento ante el paisaje humano en el que se encuentra, el médico sabe que las pasiones humanas, sus odios y obsesiones, rebasan fronteras y equiparan a los hombres.
La relación de Kronz con el Ecuador, esta línea imaginaria, está signada por un amor-odio constante. El verano en el valle permite al viajero un reposo que se torna plácido gracias a la contemplación casi mística que Kronz hace del paisaje serrano. No es, sin embargo, la observación desapegada de alguien que está de paso, sino la interiorización de un entorno rico en luces, en olores, en colores. Desde el primer contacto con el valle, el estado interior de Kronz, ya lejos de la ciudad, la lluvia y la enfermedad, se torna radiante: «El día era tan luminoso y las partículas de luz se agitaban con tal intensidad sobre el parabrisas del Mercury, que daban la impresión de ser mariposas atrapadas en refulgentes bandas de luz.»44
Dentro de la literatura ecuatoriana, El viajero de Praga tiene una cercanía entrañable con la poesía de Jorge Carrera Andrade, en tanto Vásconez consigue, por medio de la anhelante visión de Kronz, nombrar con minuciosidad una gran cantidad de plantas y animales nativos de los Andes. Si en la poesía de Carrera Andrade las palabras alcanzan un brillo particular por su novedad sonora, en la novela de Vásconez permiten moldear un panorama lleno de sensualidad casi inédito en nuestra narrativa. Kronz se siente conmovido ante la belleza de la naturaleza andina:
Desde lo más recóndito de su conciencia el doctor había empezado a valorar aquel espacio infinito, lleno de libertad, esas laderas bañadas por el sol y el perfume de los eucaliptos, vio relucir algunos pencos junto al camino y, a medida que se internaba por un sendero lleno de curvas, sus sentidos se fueron abriendo al aroma de los guantos que crecen por los alrededores de Capelo.45
La permanencia de Kronz en el valle está signada por un nuevo y, al mismo tiempo idéntico, traslado. Lo encontramos disfrutando de su soledad en medio de la lentitud beatífica del verano:
El verano siguió su curso normal, suavizado por esas tardes en que el ruido de las abejas al vibrar entre los maizales se volvía tan arrullador como el sonido de una máquina de coser. Sentado en el porche, Kronz las veía revolotear alegremente, y sólo al atardecer, cuando ya había cesado toda actividad, podía apreciar lo que las abejas significaban para él. Eran las encargadas de poner un orden especial a los días y a las horas que muy lentamente se iban desprendiendo de su vida.46
De vez en cuando, sin embargo, Kronz recorre el pueblito cercano a su apacible casa. Su mirada entonces se agudiza. Delante de él está el mundo andino y su atmósfera llena de tedio, pero también de misterio. Siempre desde los márgenes, Kronz contempla a los otros, y lo hace como desde la lejanía que impone el sol encegecedor del mediodía o algún espacio mediador como las ventanas. Los otros están reunidos, y escondiéndose entre sí. No en vano los habitantes del pueblito se aglutinan en la plaza, ese escenario emblemático de lo colectivo. Mientras Kronz está solo, los otros se mueven siempre en grupos. Las fiestas o los entierros, la vida o la muerte, se convierten en actos comunitarios donde el individuo se disuelve en la alegría o el dolor de todos. Kronz, por su lado, se consolida como un individuo, de ahí que tome el camino contrario al que toma la multitud:
A esa hora el sol era tan fuerte que no pudo ver nada, exeptuando una luz blanca y encegecedora sobre los tejados. Sacó un pañuelo y se secó la frente. Al cabo de un rato desembocó en la plaza. Estaba llena de gente. Había una procesión y una banda de músicos. El ataúd era blanco y tenía bordes dorados. Un niño había muerto. Por un segundo se quedó mirando a la multitud que avanzaba con gravedad hacia la iglesia. Atravesó la plaza en dirección opuesta a la procesión y se acercó a un hombre que seguía con atención la ceremonia.47
La plaza es el lugar de lo público. Allí está la historia del pueblo, la misma que alcanza su metáfora en las inmóviles estatuas que adornan las calles. Junto al pasado, falsamente glorioso, transcurre la vida de los parroquianos. Kronz es testigo del ritmo cotidiano: «Entonces vio la estatua de cemento con el brazo en alto, el hotel de dos pisos a la derecha de la plaza, el rótulo de la farmacia junto a las oficinas del teniente político y, al fondo, el salón ‘Don Pepe’, donde había gran cantidad de perros.»48
Ante este espectáculo, Kronz no puede sino interiorizar su mirada y decirse a sí mismo: «En este país solamente hay perros y muertos.49
El ir y venir de lo interior (la casita del valle, la conciencia de Kronz) hacia lo exterior (el pueblo serrano) es un ejercicio grato para el protagonista. Pero el zaguán negro de la enfermedad volverá a aparecer. Cuando los empleados del Coronel buscan al médico para que atienda a doña Esther, Kronz sabe que el respiro había terminado. Así se le dice al chófer de los Castañeda: «- Sí soy médico -repuso, sintiendo que todo iba a comenzar de nuevo, el juego de la desesperación y la muerte -. Mi turno empezó hace veinticinco años y todavía no ha terminado.»50 Kronz, entonces, ingresa a la señorial casa de Capelo para atender a la anciana morfinómana. El espacio se torna incierto cuando el protagonista lo contempla: «De pie en medio de aquel inmenso salón, el doctor había empezado a sospechar que su situación allí era tan irreal como los objetos que lo rodeaban. Supuso que esto se debía a la luz de tonos rosados que provenía de la araña.»51 A continuación pasea sus ojos por las paredes del salón, saturadas de retratos añejos: «Se puso a contemplar los retratos, enmarcados en una soledad de siglos. Pensó que el destino de aquellos hombres debió haber sido arrogante y efímero, pues además lo miraban sin pudor desde la clandestinidad: eran avariciosos y desprovistos de piedad. Hasta que descubrió al idiota de la familia…»52 Más adelante se dirige, acompañado por Violeta, a la habitación de Esther y reflexiona, desde un miedo nunca resuelto, sobre el horror de la enfermedad:
Mientras se fueron desplazando entre bargueños y espejos florentinos, volvió a su mente el hecho de que a unos pasos de allí había una mujer enferma. Ahora tendría que enfrentarse con lo que más odiaba y se dijo que toda enfermedad, en sí misma, carecía de interés. Kronz pensaba que una enfermedad toma sentido, volviéndose incluso aterradora, cuando va acompañada de una vida, de un rostro que la seduzca. Porque de lo contrario no es más que un nombre en latín escrito sobre un manual para uso de especialistas y teóricos.53
En la habitación está la dama, y Kronz la ve a través de una neblina que difumina el espacio, convirtiéndolo en un cuadro borroso: «Su cara cambió de expresión cuando la vio envuelta en el humo de la penumbra, como si estuviera a punto de desvanecerse a la luz de la lámpara. Entonces vio la rapidez con que sus manos se movían […] y cuando se plantó delante de ella, haciendo una reverencia, se sintió al fin muy cerca de su soledad.»54 Tanto el sol encegecedor del mediodía, como el humo que flota en la habitación de doña Esther son variantes de la lluvia de la ciudad o de las ventanas que se interponen a la mirada de Kronz. Cualquiera de estos intermediarios son metáforas de la imposibilidad que tiene el protagonista de entender lo que mira; pero, al mismo tiempo, simbolizan las máscaras tras de las cuales se esconde la ciudad andina y sus habitantes. La simulación, exteriorizada por medio del disfraz, es un motivo constante en la narrativa de Vásconez. Está presente en gran parte de los cuentos de Ciudad lejana («Angelote, amor mío», «El caballero de San Juan», «Sor Juana Rosa», «Mamía linda») y en cuentos posteriores como «La carta inconclusa». En El secreto, la lluvia o la neblina asumen el papel de la máscara que sirve para ocultar el rostro colectivo, el espíritu de la ciudad.
La casa de los Castañeda impone a Kronz el conocido tránsito por al puente de la enfermedad y la muerte; pero además, convierte a este personaje en testigo de los espacios presentes en los cuentos anteriores de Vásconez. Con la misma distancia con la cual Kronz pasea por las calles de la ciudades que visita, recorre también los ámbitos en los cuales Vásconez se había ubicado en su primera producción. En este sentido, El viajero de Praga es también un viaje por el universo literario de Javier Vásconez, sólo que ahora la figura de Kronz ha servido al autor para imponer una nueva luz sobre sus eternos fantasmas. Capelo es una variación de las infinitas casas donde viven, aman y mueren muchos personajes de Vásconez: el caserón donde agoniza la matrona de «Historia secreta de una campanilla», la hacienda de la Marquesa en Pomasqui, la casa del niño de «El caballero de San Juan», la casa de Eva y el fotógrafo en el centro, la casa de David en «El diagnóstico», etc. La presencia de Kronz permite mirar estos espacios desde una perspectiva distinta. En vista de que él no es más que un visitante, el ambiente sofocante y decadente se concibe como algo ajeno, aunque no tanto como el mundo propiamente andino, es decir como el mundo indio o mestizo. No en vano Kronz asocia Capelo con «Ciertos salones barrocos de Praga.»55
La enfermedad de doña Esther se convierte en el pasadizo que conduce a Kronz hacia una intimidad inesperada. Si en otras ocasiones la confrontación con la enfermedad y la muerte empujaban al médico a refugiarse en su soledad, ahora, lo lanzan hacia un amor apasionado. En la pequeña sala familiar de Capelo, junto a la habitación donde Esther delira, el doctor Kronz y Violeta se aman intensamente. La fusión entre la densa atmósfera de Capelo, cargada de un pasado señorial, y la intensa pasión de una pareja que está allí casulamente, modifica la visión que de estos espacios teníamos en la obra de Vásconez. La casona se vivifica gracias al deseo de los amantes. Deja de ser lugar de agonía y muerte, para convertirse en recinto de nacimiento y esplendor. Junto al estertor de la anciana se vive el gozo de Kronz y de Violeta. El médico sabe con lucidez el efecto sorprendente de esta conjunción:
Le habría bastado poder consignar y fundir en su mente esa sensación de extrañamiento, la casona y los retratos, esa opulenta platería, para sentirse totalmente a gusto. Echó un vistazo a un lado y a otro de la habitación. Por la ventana entraba un velado resplandor. De vez en cuando se oía al extremo de la galería un torrente de murmullos. Fue cuendo Violeta empezó a temblar de frío y también de deseo. A continuación, le tomó la mano con suavidad y se la llevó a la boca, mientras se iba sacando del pelo las horquillas, luego se quitó el uniforme y sin vacilar se apretó contra su cuerpo. Ahora se sentía agradecida y feliz. Lo miró a los ojos, con una sensación de alegría y miedo, un estado de ánimo que nunca había experimentado antes.56
La entrada de Violeta en la vida de Kronz impide al doctor el eterno retorno a su plácida soledad. El fantasma de la enfermera se impone al acogedor ritmo del verano: «No podía pensar en otra cosa. En realidad Kronz no conseguía apartar de su mente la imagen de la mujer. Estaba allí y al mismo tiempo todo le parecía una ilusión, al igual que el sol y las moscas que zumbaban en torno suyo.»57 Todo empieza a funcionar ahora como un tiempo de anhelo, un tiempo interior que lleva al doctor a redactar una carta desolada para Violeta. Aunque, por otro lado, ese amor intensifica los sentidos de Kronz. El pueblo deja de ser un mero paisaje lejano, y cada acontecimiento que Kronz contempla afuera, se transforma en una puerta posible hacia la amada. Sentado frente al espejo de la peluquería del pueblo, Kronz cree divisar a Violeta por entre los parroquianos que disfrutan el bullicio de la feria:
Al principio, el doctor no reparó en ella. Sólo le sorprendió descubrir en la mujer parada al otro lado de la plaza un cierto parecido con Violeta. Esto hizo que por unos segundos su corazón se acelerase, y mirando en esa dirección deseó que el parecido no fuera más que el producto de su imaginación. Intentó fijar su atención en ella, pero la luz obstinada del verano se interpuso entre los dos. El sol penetraba con fuerza dentro de la peluquería combustionando la superficie de los espejos. La vio merodiar por los puestos de flores, como si buscara algo específico. También la vio caminar con paso rápido y decidido por los portales.58
La espera que Kronz vive le obliga, además, a hundirse en su conciencia impaciente. El espejo se convierte en un túnel a través del cual el doctor empieza a internarse en los vericuertos de su secreta memoria. Nos instalamos, pues, en la atmósfera del recuerdo: «Inmóvil, sentado en la peluquería, Kronz supo que esta vez tampoco iba a poder hablar con ella. Entonces tornó a su mente el recuerdo de otra época. Había dejado atrás una vida de excesos, de rupturas y vínculos pasajeros con algunas mujeres.»59 El recuerdo de Olga detiene a Kronz por un momento.
Praga aparece desdibujada y, a continuación, Kronz se ve a sí mismo junto a su madre: «Bruscamente había comenzado a retroceder hacia el pasado, reviviendo lo que ya había olvidado. De niño había jugado a las orillas del Moldava con otros chicos. Paseando con su madre por la ciudad vieja, recordaba con gratitud el olor a chocolate que salía de aquella tienda donde su padre compraba tabaco.»60
El recuerdo de la madre coloca a Kronz en el desolador recinto de su primer adiós. No es extraño que el nacimiento de un amor evoque en el doctor la pérdida fundamental de su vida: el suicidio de su madre. Siempre entre las brumas del recuerdo, Kronz revive el nefasto día:
Cerró los ojos y continuó nadando sin esfuerzo hasta el barco. Desde donde estaba vio correr a una mujer a lo largo del puente, la vio saltar y caer en medio de una franja de luz. Intentó gritar desesperadamente. Permaneció paralizado, mirando hacia arriba. Sobre el puente había un niño de unos nueve años, que podía ser él mismo con su madre. Por alguna razón se sentía amenazado. En vano hizo una seña intentando pedir auxilio a los amigos, pero ellos ya no estaban allí para ayudarlo. Entonces vio el cuerpo flotando entre el vaho verdoso, porque la mujer sin duda estaba muerta y ahora se alejaba con la corriente del río.61
Sujeto al ritmo de la espera, Kronz continúa trasladando su mente al pasado. Revive el momento de su llegada al país andino: «Corría el año sesenta y siete. Hacía tiempo que el tedio definía la vida del doctor: una incipiente calvicie enturbiaba su relación con las mujeres, ya empezaba a envejecer. Según Kronz, venía huyendo de la historia, no por razones muy concretas sino porque había intervenido el azar.»62 Rememora el ambiente provinciano de la ciudad, los murmullos que se tejen a su alrededor, el encuentro fugaz con una triste prostituta. Con el sinuoso vaivén de la memoria, Kronz vuelve a la imagen de Olga, pero también a los momentos vividos con Violeta en Capelo. La espera se alarga. Kronz sabe que «Esperar es un castigo. Sabía cuánto había de miedo y de exaltación en toda espera: debía esperar a Violeta con la tolerancia y docilidad de quien sabe que es un hecho común en el amor, ya que ahora sólo tenía la memoria y una improbable capacidad de olvidar.»63 La espera llega a su fin y es la muerte de doña Esther la acaba con la angustia de Kronz. Mientras el doctor contempla el cortejo fúnebre de la anciana, entre aliviado y conmovido, «pensó o quiso creer que Violeta iba a venir.»64
La llegada de Violeta significa para Kronz un tiempo de plenitud. La intimidad del solitario doctor es compartida por su amante. El encierro que la pareja disfruta crea un espacio oculto y cálido. La soledad del viajero se ha enriquecido mientras el verano está en su apogeo:
Fue durante aquel extraño y largo verano cuando el doctor tomó conciencia sobre la magnitud de su felicidad. El hecho fundamental era que Violeta estaba allí. Porque después, tras la muerte de la señora Castañeda, el viento formaba remolinos de hojas secas junto al camino y el valle era un amplio y cristalino jardín perfumado. Y en la casita próxima al río, habitada por el doctor, se agitaban bajo la luna eucaliptos, cipreses y arupos produciendo el incesante ruido del viento.65
El tiempo transcurre con morosa lentitud. El amor permite a Kronz un abandono momentáneo de su confrontación con la enfermedad y con el mundo exterior. Pero a pesar de su lentitud, el tiempo es inexorable. La conciencia del final inminente agudiza la pasión entre los amantes: «los dos se excedían y abundaban en caricias porque sin angustia no hay amor: parecían vivir con el tiempo justo y negaban así la proximidad de la muerte, es decir, el final del verano.»66
El círculo empieza a cerrarse cuando la pareja abandona su refugio. En medio de la plaza, Kronz y Violeta comparten la alegría andina. Un modesto espectáculo de actores callejeros distrae a la multitud. Pero la sombra de la desgracia vuelve a aparecer en la vida de Kronz y se convierte, nuevamente, en el lazo entre su intimidad y el mundo. Cuando Kronz es llamado para auxiliar al mudo, que se había clavado la mano en un árbol, debe iniciar el retorno indeseado. Mientras tanto, Violeta se ha marchado, bajo el mismo signo tras el cual había aparecido: la enfermedad. El ciclo se ha cumplido con precisión y Kronz debe retornar a la ciudad y a la lluvia, es decir, debe retornar a su inapelable soledad.
Durante todo el trayecto lo acompañó un sentimiento de vacío, de frustración, pero en ningún instante dejó de contar los árboles -ciento doce, ciento trece y ciento catorce-, ya que esa secuencia de árboles y de instantes le indicó que había llegado al final del recorrido. En algún momento Kronz divisó, engullidas bajo la lluvia, las primeras luces de la ciudad. Luego hizo un esfuerzo para cerrar la ventanilla, mientras el carro avanzaba junto a un muro demolido. De nuevo caía una lluvia intermitente, sucia, oblicua, sobre la ciudad.67
En los capítulos que narran el paso de Kronz por Barcelona se privilegia la mirada del extranjero que se encuentra temporalmente en una ciudad ajena. El mundo que el protagonista contempla le resulta extraño y francamente adverso. Los lugares donde se refugia se convierten en espacios inciertos. Tanto la Pensión Gerona como el hotel, donde más tarde se esconde de la policía, son albergues provisionales. La misma ciudad es un puente entre la Praga natal y la ciudad andina donde luego se establecerá. Pero las condiciones particulares de la estadía en Barcelona, es decir el hecho de haber decidido no regresar a la patria, convierten a Kronz en un hombre que huye y que, por tanto, debe esconderse.
El tiempo y el espacio, a lo largo de los episodios registrados en Barcelona, alcanzan particulares connotaciones. Kronz actúa como un espía. Cambia su identidad y al dejar de lado su profesión de médico, la dirección de su mirada cambia. El protagonista ya no estará obligado a soportar la intimidad dolorosa de los enfermos, de ahí que Barcelona se convierta en un paisaje contundente, en un ámbito externo más que en una atmósfera interior. No obstante, la conciencia de Kronz está siempre alerta y le obliga a un vaivén constante entre la vital ciudad que mira y sus pensamientos atribulados y, al mismo tiempo, lúcidos. En medio del bullicio de los cafés, Kronz se sabe al margen, «Se dijo que siempre sería un extraño, dondequiera que fuera. ¿Es que tendría siempre la sensación de estar en la orilla equivocada del río?»68
En Barcelona, más que en ningún otro lugar, Kronz se abandona al ritmo de la ciudad. Vaga por innumerables cafés, el Zurich, el London, y por las calles de Barcelona: la Plaza Cataluña, el Barrio Chino, las Ramblas, el Paseo Colón. «Metido entre la multitud que abanzaba en oleajes hasta el metro, Kronz había ido perdiendo la capacidad de desear y soñar. Se estaba conviertiendo en una rata de ciudad: observador y desconfiado. Era una sombra solitaria que medraba por los cafés y en cuyos espejos se veía reflejado con el rostro demacrado y ensimismado.»69 Los sentidos de Kronz están despiertos y agudizados. Olores y sabores son recibidos con admiración y van definiendo el espíritu de una Barcelona hedonista y bulliciosa. La avidez de Kronz por entender cuanto visita se define en sus largas caminatas por la ciudad:
Se sintió contento cuando estuvo la calle. Le empezaba a gustar el caos de la ciudad. Tuvo la intención de ir al hotel, aunque la idea de pasear le resultó curiosamente exitante y renovadora. Percibió el olor fétido que procedía de los zaguanes. La proximidad de los mariscos le recordó un sueño. Un sueño de cangrejos confabulados sobre una mujer con los senos llenos de hematomas.70
La libertad que a Kronz se le impone, al dar las espaldas momentáneamente a su trabajo de médico, le permite desplazamientos sorprendentes a lo largo de Barcelona. Conoce el Barrio Chino y allí se enamora de La Roja, una prostituta gallega; trabaja en una siniestra pajarería y participa en el fallido tráfico de aves tropicales. Vive en la Pensión Gerona con la señora Encarna y termina, al mejor estilo de las historias de espionaje, ocultándose de la policía en un sórdido hotel. Cada una de estas aventuras le permite a Kronz un buceo por distintos ámbitos de la ciudad. Sin embargo, el paso por Barcelona significa para Kronz una aventura fundamental: la confirmación de su destino de exiliado. Mientras Kronz transita por cada una de estas estancias, en un afán de olvidarse de sí mismo, no hace sino interiorizar su mirada y contemplarse en toda su soledad: «De pronto se había convertido en un testigo alucinado y servil de sí mismo.»71
La fragmentación del mundo por el cual Kronz hace su recorrido adquiere una particular unidad a través de la mirada del doctor. En este sentido, la contemplación de lo heterogéneo deja de ser la marca del viaje y se transforma en una característica fundamental del mundo. Además de la penetrante inteligencia de Kronz para valorar cuanto observa, está la compañía de la memoria, es decir de la tradición que el protagonista no olvida. La figura del misterioso Lowell actúa como la sombra del pasado, como el llamado de atención que alerta a Kronz contra su disolución personal. En ningún otro puerto, como en Barcelona, Kronz está tan tentado a confundirse con la multitud, por eso Lowell acude para recordarle su destino. La realidad contundente de Barcelona empieza a enturbiarse. La pesadilla de Kronz es más fuerte que los olores y sabores de la hermosa ciudad catalana:
Se aproximaba ya al Paseo Colón, cuando empezó a recordar el contorno del sueño. ¿Cómo podía estar seguro, bajo aquella atmósfera inquietante, de que fuera el mismo tipo? Durante días y noches sucesivas el hombre había estado andando sin interrupción bajo la niebla, batallando contra su propia timidez […] Era una visión que él rechazaba, pero que no lograba ser sustituida por otra. De nada servía que se evadiera […] Apareció, de repente, caminando a su lado. Apenas se fijó en sus ojos afiebrados y tristes. No pudo resistir por mucho rato esa mirada porque era la de un enfermo […] ¿Era él quien había aparecido en el sueño la noche anterior? […] En alguna parte de su conciencia había empezado a crecer un odio secreto hacia ese hombre. De pronto se vio a sí mismo andando junto a él por el Moldava. ‘Si yo hubiera sabido que iba a volver, pensaba, tal vez no habría venido’. Lo que no sabía era que se hallaba frente a su propio destino.72
A la larga, el tránsito por Barcelona constituye para Kronz una prueba en relación con su propia identidad. No es casual que mientras el doctor espera la carta salvadora de su primo, recuerde a su madre y recuerde también la sentenciosa frase del padre a propósito de la muerte de su esposa: «Sería bueno tirar todos estos disfraces.73
Kronz debe también tirar los disfraces con los cuales se había escontido en Barcelona y debe decidir trasladarse a un infierno donde se sienta más a gusto. Ese infierno será la lluviosa ciudad andina en donde, finalmente, decide quedarse.
Mientras Barcelona se opone a Kronz, la ciudad andina lo recibe con un augurio extraño: el viajero cree haber estado antes por estos parajes, se siente, por tanto, cercano al paisaje del nuevo país:
Sí, él ya había estado aquí antes y eso tal vez lo tranquilizó. En el tránsito del recuerdo a su conciencia, por supuesto que él ya había estado aquí. ¿Cuándo había hecho este viaje? Aún no lo sabía. En todo caso aquellos eucaliptos desparramados a todo lo largo de la región, cuyas copas se alzaban como severas catedrales contra el cielo, y los nevados cubiertos por la luz del atardecer le resultaron tan familiares, que ahora mismo no habría podido precisar de dónde le venía esta lejana sensación. O quizá fue en las páginas de algunos libros donde el doctor había encontrado la posibilidad de amalgar esos sueños con el material siempre inconciente de la vida.74
Así como los espacios más distantes están comunicados por los recuerdos o los sueños de Kronz, el tiempo de su existencia también está sometido a infinitas repeticiones. El viaje está signado por el abandono y el encuentro. Kronz deja tras de sí distintos lugares y se acerca a otros, pero su desolación esencial hace que todos esos lugares sean uno sólo. El territorio más firme que Kronz pisa es el de su conciencia. Los espacios exteriores se transforman y alcanzan sentido gracias a la constante reflexión que Kronz hace de ellos. Y es la ciudad andina la que más secretos guarda para el doctor, tal vez por ello decida quedarse. Más aún, sus primeros actos en el nuevo país son contrarios a los de Barcelona. Lo más importante ahora para Kronz es tener su situación en regla. Ha decidido dejar de esconderse y, en este sentido, la llegada a Ecuador es la aceptación de su destino. Kronz es médico y es extranjero. El titubeo de Barcelona ha quedado atrás; de ahí que Kronz decida, por un lado, convalidar su título y, por otro lado, acuda a la oficina de migración para asegurar la legalidad de su estancia. Pero el protagonista debe soportar una contradicción poderosa: decide establecerse con toda la claridad posible en un lugar donde nada está claro y en donde todos han hecho del ocultamiento y la simulación una forma de vida. Así lo entiende Kronz cuando debe ir al páramo para encargarse de un dispensario médico que, como buena parte de los lugares que se ve obligado a conocer más tarde, simplemente no existe: «Había tal oscuridad en todo lo que le rodeaba, había tal capacidad de miedo y simulación, que cuando fue recibido por un sordo ladrido de perros se sintió privilegiado. Esto es el infierno, se dijo, quizá sea el último lugar del mundo. Por eso tardó tanto tiempo en recuperarse, en saber quién era, en salir de la casita de adobe que le dieron para vivir.»75
La mirada de Kronz intenta fijarse en su entorno, pero el nuevo paisaje parece carecer de consistencia, tiene la textura de un sueño inasible. La memoria de antiguas lecturas sobre el país es más real que esos campos solitarios donde Kronz siente el acecho de ojos invisibles: «como un faro prendido en el inconsciente y la memoria, aquellas afiebradas lecturas le proporcionaron más precisión y verosimilitud a la realidad circundante: chozas y riachuelos de aguas diáfanas, nubes condensadas como algas sobre los nevados y el reflejo del sol que aleteaba y se diluía sobre el recuadro de los pajonales.»76
En medio del páramo misterioso y amenazante, Kronz se convierte en testigo de la historia de violencia e injusticia que ha marcado la región. Su conciencia se distancia y apacigua cuando reflexiona sobre los protagonistas de la guerra milenaria: por un lado los indios sumisos y aterrorizados y, por otro, los terratenientes incestuosos y rapaces.
Era una región montañosa, agreste, dominada por una docena de familias cuyos apellidos se repetían invariables, con una larga historia de injusticias y desacatos en las páginas rojas de la historia. Gente que practicaba el incesto y que vivía sin mezclarse con los indios para conservar la pureza de la sangre. Así mantuvieron intacta la unidad de esas haciendas, formando estados autónomos e indivisibles, sin más autoridad que la dictada por ellos mismos.77
Pero la sensibilidad de Kronz, su solitaria espera de los pacientes que nunca vienen y la compañía del vodka, desequilibran por completo al médico. El tiempo lo envuelve en una repetición de idéntico horror. Kronz interioriza la guerra que ha testimoniado. Su intensa meditación le impide observar el mundo sin que éste le trastorne. El recuerdo de los gamonales vuelve no como la constatación de un conflicto cultural de los otros, sino como la presencia del mal en el mundo:
Había perdido la noción del tiempo. Ahora la mañana era gris y el mundo estaba vacío […] Sí, debía largarse, largarse cuento antes de este infierno. El modo en que se había metido en este lío constituía en gran medida la historia de su vida. Intentaba creer que todo era un enorme mal entendido, y había hecho lo imposible por olvidar a esos hombres de pelo amarillo, pero en el sueño éstos lo abordaban con ruindad y sigilo. Deseó saber algo más sobre esos hombres: no los repudiaba por su comportamiento hosco y cruel sino por lo que esos ojos malignos ocultaban.78
Ya en la ciudad, Kronz acude a la oficina de migración guiado «por su sentido del deber”79. Se siente «un tanto asfixiado por en aire encerrado y sobacal»80 del recinto burocrático. El realismo de la escena se modifica paulatinamente hasta desembocar en un clima de absurdo. El trámite se convierte en un calvario lleno de secretarias ineptas y
desesperados usuarios. Kronz necesita, por su parte, legalizar su situación; más aún, necesita adquirir la existencia que en el mundo «se cotiza y valora […] mediante un sello, un timbre o la firma al pie de un documento, donde una hoja determina el grado de honorabilidad, la estatura o la raza de un hombre.»81
En medio del laberinto burocrático, «Kronz se sintió un tanto desorientado. Iba por esas oficinas y pasillos con la vaga promesa de hacer un trámite. Así que, siguiendo la voz del instinto, bajó a saltos la escalera y de repente tuvo la impresión de ser él también un legajo de papeles. Esto le hizo sentir animosidad hacia los burócratas. ¿Acaso éstos no representan un tercio de la poblacion?»82 No es casual que en este lugar justamente vuelva a aparecer Lowell que, al ser una sombra de Kafka, se convierte en el santo patrono de los espacios asfixiantes regidos por siniestros burócratas de quienes dependen la identidad y el futuro de la gente. Pero Lowell, lo hemos dicho, es también la proyección del mismo Kronz, una especie de vínculo entre el doctor y su “ello” más secreto. Lowell cumple, en este episodio, una doble función: es el Kafka que construyó las atmósferas inhóspitas del poder que propenden a anular al individuo y, al mismo tiempo, el guía que fortalece a Kronz en la afirmación de su identidad. Una identidad que no depende de los sellos ni de las firmas, sino de la atadura insoslayable que el doctor mantiene con su pasado y consigo mismo.
Lowell está allí para recordarle a Kronz su pasado, de ahí la consistencia de pesadilla que se vive en cada aparición del extraño hombre. A pesar de la resistencia de Kronz a sucumbir de sus recuerdos, Lowell impide al doctor desaparecer, como fue su voluntad al llegar a la ciudad andina.
A lo lejos, con el abrigo desabrochado, el hombre desapareció entre la multitud. ‘seguirá viniendo’, se dijo Kronz. Y tan pronto salió a la calle deseó ardientemente no volver a poner los pies en aquel lugar […] Sin embargo siguió oyendo voces del pasado, voces que lo acosaban y que no se extinguían jamás. Entonces surgió el fantasma. El hombre había asegurado que volvería. Con su involuntario apego al recuerdo -recordar es asumir una suerte de impotencia-, Kronz volvió a revivir las circunstancias tan especiales en que lo conoció…83
De la brutal experiencia del hospital, en medio de una plaga que recuerda, como ya dijimos, a una peste medieval, es también Lowell quien, de alguna manera, rescata a Kronz. No lo rescata, desde luego, del horror de la muerte que le ronda, sino de la apreciación sumisa de la realidad más externa. Lowell, que en este episodio representa a todos los enfermos y abandonados, es el guía que conduce a Kronz por los más oscuros infiernos del dolor humano, de la soledad y la muerte. Sin Lowell, la locura del hospital sería una postal del caos de un país tercermundista. El solitario enfermo impone a cada paso una atmósfera metafísica y, por tanto, la posibilidad de mirar la realidad desde ángulos insospechados. Lowell está en el hospital para permitir a Kronz verse reflejado en su propio desamparo, pero también en su extraña dignidad: «¿Su presencia era una prueba urdida por el destino? En el fondo ese hombre había sido un testigo mudo de su vida, de sus viajes improvisados, de sus noches de insomnio. Los dos estuvieron en las mismas ciudades y allí buscaron un refugio de sí mismos, tal vez huían de la misma amenaza…»84