El lugar del temor

Sobre La piel del miedo

Por Raúl Rivero

Aunque Quito, según ha escrito un poeta, es una ciudad con nombre de cuchillo, no tiene tanta fama de peligrosa como otras capitales de aquellas tierras, Caracas y Ciudad de Mé­xico, por ejemplo. De todos modos, comenzó a circular allí la novela La piel del miedo, del narrador ecuatoriano Javier Vásconez.

Lo que pasa es que el autor escribe de otros miedos, del miedo interior, de las angustias privadas de varios personajes. Los temores los narra un muchacho que recuerda su vida a finales de los 50 en la ciudad donde nació.

En La piel del miedo, publicada en España por Viento Sur, el miedo atraviesa la mente de un niño, ha dicho Vásconez, pero también hay miedo en un joven a la hora de enamo­rarse. «Es el miedo relacionado con la muer­te; el miedo es parte de la novela misma, es un personaje principal de la novela».

«Debido a tanta inseguridad social y a tanta violencia», dijo a la periodista Roxana Cazco, «el miedo asoma por todos la­dos. Vivimos atacados por el miedo. Pero el miedo es también parte de la condición humana, y es uno de los grandes temas de la literatura. Desde Shakespeare hasta Kafka».

Javier Vásconez (Quito, 1946) ha escrito excelentes relatos recogidos en libros como Ciudad Lejana, El hombre de la mirada obli­cua, Café concert y Un extraño en el puerto. Sus novelas más reconocidas por la crítica y los lectores son El viajero de Praga y La som­bra del apostador.

De un trabajo sobre su narrativa comparto con los lectores una líneas escritas por la pro­fesora y crítica Carmen Ruiz Barrionuevo: «Vásconez hace gala de procedimientos de ficción y de escritura con los cuales su obra da muestra de su lucidez, de su capacidad pa­ra articular un mundo propio».

La novela La piel del miedo, con su antolo­gía de temores personales escondidos, me hace recordar a un hombre que estuvo mu­chas veces en peligro de muerte. Una noche, por allá, por América, en los años 90, me dijo que a él siempre lo salvó a última hora la ges­tión del miedo asistida por una suave lloviz­na de amor.

Publicado en El Mundo, el 27 de noviembre de 2010