Quedé deslumbrado con Quito en mi primer viaje a una capital auténticamente andina, en diciembre 2007, también primer viaje a un país andino, y realmente me sentí conmovido por toparme tan directamente, de una manera tangible y cotidiana, con unas raíces americanas de las que sólo tenía conocimiento por mis lecturas. Al llegar a Quito se siente, sin duda por la proximidad de lo telúrico, de los volcanes, porque Quito es como un atanor, que se abren las compuertas del inconsciente confrontándonos con ciertas verdades adormecidas y con heridas insospechadas. Esta ciudad duele y transforma porque, en mi caso, me devolvió a los años 40 o 50, en tiempos cuando los citadinos eran copartícipes del devenir de sus ciudades, porque Quito es una ciudad à visage humain, una ciudad con personalidad, con una semblanza muy propia. Me asombró la cortesía de la gente, la educación y sobre todo la lentitud, tanto en su manera de actuar como en su manera de ser. Sin embargo también percibí en Quito ciertas actitudes por parte de la gente aún muy primarias, muy primitivas (en el buen sentido de la palabra), muy primigenias, algo anticuadas y hasta arcaicas, fuera del contexto del siglo XXI, y sentí muy a flor de piel una presencia invisible cargada de mucho sufrimiento, de algo muy característico y atávico que me asustó un poco. Esta presencia invisible muy sutilmente me hacía entender que no debía cruzar un cierto umbral.
En Quito hay todo un sufrimiento, un extravío, que se percibe y se palpa en sus calles, en el rostro de la gente. La tristeza en los rostros de las mujeres quiteñas, esa mirada de ensimismamiento, de desamparo, de despojo, me recordaron algunos aspectos de la cultura japonesa que lleva su derrota y su gran dolor (los de la segunda guerra mundial) como algo cultural, quedando en la atmósfera un dejo de venganza. Es lo que también percibí en la novela Jardín Capelo de Javier Vásconez, escritor quiteño, que retrata, de una manera muy sutil, el misterioso entramado del resentimiento que prevalece por días, meses, años, y hasta siglos, en el inconsciente colectivo de una cierta cultura.
En Quito conviven distintas maneras de ser, culturas paralelas que parecen no tocarse, no participar de un mismo legado. Esa heterogeneidad, que también tenemos por acá por esta realidad caraqueña, aunque sumamente diferente a la de los quiteños, conforma, a pesar de todo, una identidad muy propia. Sacude el inconsciente del viajero que viene de otras latitudes. Yo que nací en Francia y que viajé mucho durante mi infancia, durante mi adolescencia (mi padre era diplomático venezolano) y que siempre he viajado hacia los países del viejo continente, América me resulta todo un descubrimiento. Quito me resultó más que un descubrimiento: ha despertado en mí las ganas (o la necesidad, como decían los griegos, ananké) de conocer más, de descubrir más los misterios ocultos de nuestro espacio fabuloso, mítico, americano.
La joven Manuela, quien abre el relato y lo cierra también, inicia un recorrido íntimo al convertirse en el elemento conector con el pasado. Esa conexión con Mnemosyne es, a su vez, una conexión con el Hades, que es donde aguarda toda la memoria, todos los recuerdos, y donde los muertos esperan por nuestra furtiva visita.
Lo femenino es el gran protagonista de esta novela y es lo que desencadena los procesos de búsqueda (Jordi), de decadencia y de locura (Ruy Barbosa).
Nuria inicia a Jordi, durante su período de aprendizaje cuando éste se convierte no en un jardinero cualquiera sino en El Jardinero, en el Hacedor de Laberinto con forma de jardín, ese futuro “jardín de la senda perdida”, como lo llamo yo. Luego aparecen Lucinda y Lorena, y aquella Matilde de la que se desconoce el rostro, sólo se adivina como entre sueños. Matilde, como una protagon griega, desencadena la tragedia que culmina en una catarsis súbita y purificadora. En cuanto a la pobre Delia, esa Hestia, guardiana del hogar y de los misterios del hogar, tenía que permanecer estéril para poder seguir siendo la guardiana de los secretos de los Ruy Barbosa. Los personajes están allí y sólo falta el escenario, Quito, quien es (porque también es un personaje) otra mujer, porque Quito es una ciudad femenina, laberíntica, que cobija, contiene y sofoca, siendo un gran útero/cuna/ataúd/atanor en el que se propician las transformaciones profundas y definitivas. Por ello es una ciudad fascinante…
El encuentro de Jordi con Lucinda es un encuentro con la propia Hecate, esa Hecate/Circe que lo inicia robándole su inocencia. Hecate es la que vive en las encrucijadas, como Hermes, por ello Lucinda vive en el umbral del cementerio y SABE, con esa sabiduría propia de lo femenino, al igual que Morgana, Olympia (la madre de Alejandro Magno) quien era bruja, o Melusina, la mujer/serpiente. Sabemos que lo femenino, según las tradiciones celtas, es solar, por ello lo femenino ilumina la oscuridad (y el desconcierto) del alma masculina pero lo hace sólo desde el misterio, desde la muerte, desde los poderes de la transformación. Estos aspectos de lo femenino están presentes en su novela y Lucinda los encarna a la perfección, siendo la gran iniciada (la Mystes) en los misterios de la vida y de la muerte. Ella contiene lo femenino arquetípico que resulta ser siempre un enigma para lo masculino. Relacionarse con lo femenino no sólo va a representar un peligro para Jordi sino es una suerte de destino. Con Lucinda Jordi va a empezar a transformar la masa amorfa de su conciencia. Lucinda es la personificación de la confusión entre realidad y ficción para Jordi, una suerte de personaje rulfiano (como aquella mujer que le hace cruzar el umbral a Juan Preciado). Esta Hecate/Circe va a representar la antesala del encuentro con la violencia y con la muerte, con ella hay un antes y un después, y después nada será igual, no habrá vuelta atrás. Este no es un viaje de regreso para Jordi como el de Odiseo. El viaje de regreso lo efectúa Manuela. Y Jordi ignora que su última batalla va a ser con un Saturnino/Minotauro que lo vencerá y que le rendirá el mismo culto que le rinde Lucinda a la muerte, cuidando una tumba.
Y el jardín es el gran Laberinto arquetípico donde se irán perfilando los complejos meandros del inconsciente: las taras, lo atávico: la violencia, la locura, la soledad, la miseria, el extravío, el exilio.
Esta novela, Jardín Capelo, me recuerda unas palabras que leí de la novela Exilio en Bowery del venezolano Israel Centeno: “El hombre es un ser estúpido que pretende dignificarse dándole vuelco a la historia de todos los hombres y no sabe que al final únicamente le ha dado vueltas a su miserable vida a costa de muchas otras, que ha desgraciado sus años y al final esto, el destierro del mundo”.
Así la realidad del juez Ruy Barbosa, víctima y cómplice de todo lo que toca, convirtiendo en desgracia todo lo que lo rodea.
Manuela nos permite ingresar a este mundo donde dos hombres, dos ruinas humanas, los dos hermanos Ruy Barbosa (asumiendo cada uno su papel de Basileus que cree reinar sobre un mundo (en ruinas), porque lo que Manuela visita y descubre son ruinas, por ello la imagen de la memoria) que resulta ser un gran cementerio donde habitan los fantasmas. Estos fantasmas que habitan Capelo son los mismos que visitó Odiseo en su bajada al Hades y al hacerlo sale transformado de aquel lugar. Manuela, al final de la novela, abandona la casa, y también el jardín petrificado (gorgoneion, la máscara que oculta y fosiliza) con sus “habitantes”, permitiéndose resolver el enigma del rompecabezas inconcluso con sus últimas palabras que la liberan del legado atávico y cultural, porque Jardín Capelo no es sólo el retrato de una familia es también la semblanza del alma de Quito, del alma de Ecuador, contenida, en pocas páginas, en una magistral metáfora.
Nos queda la joven Lorena, esa Kore que invita a Jordi, que lo incita a que la rapte, y la inicie, que la salve de ese mundo que la va sofocando lentamente, víctima e igualmente cómplice y que es abandonada, traicionada, (como lo fue Ariadna por Teseo y por Dionisos) tanto por su padre como por Jordi.
Jordi Sorella, el personaje principal que vive su pasión hasta el final, catalán medio perdido en la realidad quiteña, como cualquier Leopold Bloom extraviado en su propia Dublín (James Joyce, Ulises) o un Hans Biberkopf en su Berlín desconocida (Alfred Döblin, Berlin Alexanderplatz), nos irá revelando el rostro oculto y arquetípico de una realidad mítica, así como el verdadero rostro oculto de nuestros complejos, de nuestros miedos y del exilio interior que padecemos en nuestra cotidianidad, exilio al que estamos condenados porque nuestra realidad pone en evidencia la gran mentira y la gran incertidumbre de nuestras existencias.
Caracas, febrero 2008