"La felicidad está pasada de moda"

Por Alejandro Querejeta

Javier Vásconez, en Casa de América, Madrid.

Para llegar a la casa de Javier Vásconez hay que adentrarse en uno de los barrios más pintorescos de Quito. Hay noches en que la neblina, mezclada con una música incesante y pegajosa, con el humo de la hierba y el tabaco que sale de algún tugurio, oculta impertinente los copudos y hermosos árboles del barrio y las casas con su toque nórdico. Los  transfigura, los vuelve misteriosos guardianes tutelares. Noches frecuentes cuando la vida nocturna quiteña viene aquí a sacarse el demonio o el cándido ángel de la guarda del alma. Semejante al Greenwich Village, La Mariscal es el barrio  bohemio de Quito donde cualquier cosa puede suceder.

«En el barrio me conocen, aquí puedo trabajar tranquilo». Su casa es esquinera, escondida detrás de un alto muro y camuflada por un jardín de árboles medianos y plantas trepadoras, que ocultan sus paredes de un blanco de cal apagada. Toda la casa está llena de estanterías con libros («muchos eran de la biblioteca de mi padre»), muebles antiguos, cuadros de pintores ecuatorianos y europeos, platos de porcelana y fotos.

La entrevista tiene lugar en su estudio, ubicado en el segundo piso, al que se llega por una ancha escalera (extrañamente incómoda para mi gusto), de madera crujiente. El estudio está separado del resto de la casa por una puerta también de madera, pero con recuadros de cristal translúcido, lo que nos deja la sensación de que vamos a acceder al consultorio de un médico. Hay allí más estanterías y  libros, fotos antiguas de escritores y familiares, souvenir traídos de sus viajes, afiches. Varios muebles se nos ofrecen: un sofá, un sillón y una mecedora, un amplio escritorio, mesas pobladas de revistas, papeles y de libros.

El estudio tiene grandes ventanas encristaladas y está formado por  cuatro espacios contiguos. A seguidas de la mecedora, hay una cama tendida con un cobertor verde botella y un enorme televisor delante. «El cine es mi segundo arte. No podría vivir sin él. He aprendido mucho del cine. Los gestos de un actor en escena me han servido para aprender a descifrar una emoción dentro de un tiempo determinado. Al contrario de la literatura, el cine es un arte muy concreto, y eso puede ayudar a pisar tierra a un escritor».

 

Quito: un personaje

 A Vásconez le debemos dos excelentes novelas: El viajero de Praga (México, 1996; Madrid, 2001) y La sombra del apostador (Madrid, 1999), y casi una docena más de títulos entre obras de este género y cuentos, entre estos últimos el volumen antológico Un extraño en el puerto (Madrid, 1998).  Cito las obras más conocidas fuera de Ecuador, este país diverso, confuso, inapresable en un concepto, que Vásconez se ufana en decir que no es más que una línea imaginaria. En estos libros, como en la casi totalidad de su obra, Quito es el grande y complejo escenario o el personaje que, cuando menos se piensa, pasa a un primer plano.
 Como todo hombre temperamental  es apasionado y haciendo uso de la pasión, Vásconez aborda, el tema de esta ciudad, las casas en donde vivió y padeció, los personajes que encontró en sus calles, plazas, parques, hoteles de paso, cafetines, zaguanes, conventillos, iglesias y recovecos.

Este país desconoce los estímulos literarios. Sólo hay una tozuda resistencia contra la mediocridad y la parálisis de la «gran costumbre», como diría Julio Cortázar. En muchos aspectos, Ecuador aparece en mi obra. Pero he intentado interiorizar y describir a la gente de este país. No me interesa la ciudad como historia. Ni como retrato de costumbres, sino como escenario de unos cuantos personajes. Me interesa inventar la naturaleza de esta ciudad. Evocar su vibración, su atmósfera y la luz que irradia la ciudad de Quito – esto para mí es muy importante – y, por último, captar su densidad sicológica… De hecho, Quito pretende olvidarse de sí misma, dar la espalda a su pasado barroco rechazando su modesta tradidición europea… En la actualidad a nadie le interesa la ciudad antigua ni lo que ella representa. Hay escritores que supieron transmitir «la densidad cultural y sicológica» de regiones como el Caribe, el Río de la Plata y también de México, pero siempre me he preguntado – y es una inquietud muy personal – qué ha pasado en los Andes. ¿Por qué este aislamiento? ¿Por qué se nos sigue asociando con el indigenismo? En el mundo andino hay escritores decididamente urbanos, pero nadie parece darse cuenta de ello. A los proyectos literarios de Icaza y de Arguedas – a veces bastante antropológicos y políticos – los considero definitivamente superados. Desde otra perspectiva, el mundo andino – puede sonar escandoloso lo que voy a decir – aún no ha sido descubierto, ni siquiera por sus propios escritores. No creo que haya un novelista que esté a la altura de César Vallejo.

Es difícil saber cuánto de experiencia, cuánto de recuerdo, cuánto de deseo o de invención hay en la ciudad de mis escritos. Lo importante es «hacer creer» – o tal vez fue una forma de probarme a mí mismo – que era posible inventar a Quito. Así pues, debía buscar un escenario para los personajes. A pesar de haber nacido aquí esta ciudad me resulta a veces tan ajena como si fuera desconocida. Para muchos vivir en Quito es como estar desterrado – es decir, exilado – en su propia ciudad, y ésta parece ser una sensación muy común entre nosotros.

A fuerza de andar por sus calles opté por descubrirla a partir de la literatura, pero mantengo una relación muy compleja con ella. Es probable que a causa de su caprichosa geografía Quito se haya mantenido aislada, aunque, por otro lado, es un cráter en la que se acumula todo tipo de prejuicios y terrores. Más de una vez he mencionado la destructiva y paralizante melancolía de sus habitantes. He hablado de su malidicencia, de esa pasividad ( seguramente producida por la cercanía del volcán), y de la extraña relación de sus habitantes con el pasado y con el tiempo. Un buen día descubrimos que aquí no va a pasar nada, porque esto es una ilusión o quizás el delirio de un borracho. De ahí la preferencia radical por los tiempos verbales como el condicional y el subjuntivo, tiempos conjeturales. Por eso veneramos las promesas, no lo que vemos ni lo que hay entre nosotros, sino lo que podría ser.

Yo soy producto de dos épocas. He asistido a la ruina del Quito antiguo, a lo que hoy día llamamos la ciudad vieja, que era una forma de vivir y de ver las cosas. Ahora todo aquello es una «ciudad bastante lejana», fuera de tiempo, un retablo barroco o un lugar anclado en la historia».

 

Las casas tienen un valor especial en tu vida y en toda tu obra.

Una casa es un universo donde unHay tres casas que han tenido una gran significación en mi vida. La primera es en la calle García Moreno, situada justo enfrente de la Iglesia de La Compañía. Allí aprendí lo que era el infierno. Lo descubrí a través de un cuadro inolvidable que está colgado a la entrada de la iglesia. Muy pronto me di cuenta de que era sólo una representación, y entonces empecé a reírme del infierno (no por mucho tiempo, claro). La casa pertenecía a mis abuelos paternos. Había patios, visitantes misteriosos, hombres que promovían golpes de estado al pie de la escalera (de ahí mi antipatía por la política, porque siempre estuvo relacionada con los golpes de estado), mujeres europeas  y sobre todo judías, las cuales jugaban  bridge con la abuela. Al fondo había un cuarto con cachivaches, al cual se lo denominaba genéricamente «la ropería». Ahí se guardaba todos los trastos y lo que nadie iba a usar, por lo general ropa pasada de moda. Con esas prendas extravagantes se vestía Ana Bermeo, la Torera. Al frente había otra habitación llena de libros. Ahí leí Salgari, Dumas, Julio Verne, Stevenson, Alcot, Mark Twain y Dickens, que antes habían pertenecido a un primo. En la actualidad, el fotógrafo Félix Gutiérrez, protagonista de Café concert y otros cuentos, sigue habitando el altillo de esa casa.

 

En otra mañana me llevó a Capelo, una antigua propiedad de sus padres. Hoy es una urbanización en crecimiento, y la casa principal, sus vastos jardines, acequias, glorietas, establos,  patios, galpones y caballerizas, se aproximan peligrosamente a la extinción. Me cuenta que cuando vendió la hacienda, su madre no quiso entregar las llaves a los nuevos dueños y al cruzar un puente cercano, en su viaje sin retorno a Quito, las arrojó al río.
 Caminando por Capelo, Vásconez se transforma, se muestra vulnerable. Me muerdo la lengua, y me limito a observarle entre esas ruinas, esos árboles gigantescos y muchos exóticos; por los salones, habitaciones y galerías de la que fue una de las casas de su infancia y ahora de sus libros. Capelo me trae memorias literarias: el Bomarzo de Manuel Mújica Lainez; y cinematográficas: la versión de la novela de Giorgio Bassani,  El jardín de los Finzi-Contini, que hiciera Vitorio de Sica. Tanto de decadencia se respira en esta hacienda despedazada, de un mundo ya para siempre irrecuperable.

La casa de Capelo vino después. Era un paraíso y como todos los paraísos, fue efímero. Estaba ubicada en el valle de Los Chillos. Varios de mis personajes –el doctor Kronz y Violeta, y también el coronel Juan Manuel Castañeda–, han vivido en esa casa. Y por ultimo está la casa de mis padres en la Carvajal, que es el escenario donde pasé mi infancia. Por ahí tal vez siga merodeando la sombra de Ana Bermeo, La Torera (protagonista de La carta inconclusa), quien me contaba unos cuentos terribles y las historias fantasmales de su barrio – la Tola – bajo un cholán  mientras jugaba conmigo en el patio delantero de la casa.

 

Algunos recuerdos… entonces fui feliz

Todavía recuerdo cuando tostaban café en Capelo y el aroma se desplazaba, desde la cocina hasta mi dormitorio. Eso lo he asociaciado con Capelo, con la vida en el campo. En la casa de Carvajal, en cambio,  me deslizaba por una soga a través de una ventana hasta la quebrada de Miraflores. Y me iba a fumar con unos vagabundos que se reunían a tomar trago. Pero nada igual al día en que conseguí un coche de madera para lanzarme, temerariamente, y con peligro de matarme por La Gasca hasta la venida América. En ese tiempo me atría el riesgo…

 

Ciudad Lejana: un libro fundacional

Ciudad Lejana es sin duda un libro fundacional. Hice un recorrido por el centro de la ciudad, por su pasado – barroco y lleno de iglesias–, en donde pasé mi infancia, tratando de hacer saltar con un alfiler los ojos de vidrio de los santos o levantando la falda de las vírgenes para encontrarme decepcionado con  unos muslos apolillados.

Algunos de esos cuentos son retablos barrocos. Rinden tributo a ciertos barrios y personajes de esta ciudad. Es un compendio sobre la arquitectura del Quito antiguo con sus fachadas, su manierismo, y la decoración de las casas coloniales. Es un libro sobre los horrores y terrores de mi infancia.

 

El hombre de la mirada oblicua

Fue escrito cuando deambulaba por las Ramblas de Barcelona como un sonámbulo. Es el libro de un insomne. Pero mi intención fue escribirlo con las características de una fotografía en blanco y negro, a partir de una serie de cuentos que fueran un homenaje a la novela negra. Ahí donde «la ciudad interminable,» como dice Monsiváis, y se convierte en la protagonista principal. Ese fue el propósitos inicial. Por otro lado, pienso que es un libro de búsquedas formales. El estilo, los ambientes de callejones sin salida, los cabarets, las discotecas, las cantinas con «estremecimientos malignos». Y también por el modo de  enfocar a los personajes, por la estructura de algunos cuentos y por la predilección por lo conjetural, tomada como una posibilidad narrativa.  

En los dos libros los cuentos se complementan entre sí y de alguna manera tienen ya una lejana relación con la novela. Aunque se leen independientemente, los se repiten en algunos de ellos.

 

De dónde viene tu interés por el cuento…

Desde muy joven fui un lector de cuentos. Del cuento siempre me ha fascinado su capacidad fabuladora. Todo cuento encierra un germen de oralidad y uno tiene la impresión de haberlo escuchado frente a una chimenea. Su estructura suele está formada por una membrana tan imperceptible, que engaña a sus mejores lectores. Un cuento tiene la capacidad de transformase y disimular como ocurre con la metaformosis en ciertos insectos. En los cuentod pesa más lo oculto que lo que está escrito. De este género se han hecho definiciones rotundas, por eso me resisto a creer en la imperiosa necesidad de que sea breve (la realidad nos demuestra lo contario), como tampoco considero que necesariamente deba sorprender al lector por knock–out. Ni que se lo pueda catalogar ni definir por su final. El cuento ha sufrido tantas transformaciones, durante su largo recorrido por lenguas y culturas. Eso lo ilustra muy bien Henry James. Existe la creencia de que los mejores cuentos son de género, yo no comparto esta opinión. El cuento es tan permeable, que se ha adaptado perfectamente a las circunstancias más adversas y diversas, desde Las mil y una noches hasta llegar triunfante a nuestros días. Tomemos como  ejemplo los cuentos de Borges, Clarice Linspector o el mismo Nabokov. Sin embargo, hay algo común en todos ellos, y creo que se encuentra en el tono con que fueron narrados. Lo cual es diferente en una novela, en donde intervienen tantas voces y tonos.

 

Hay tres cuentos emblemáticos en tu narrativa. ¿Podrías hablar un poco de ellos? En primer lugar, está  “Angelote, amor mío” con el cual ganaste la primera mención en la revista Plural de México en 1982.

Muchos habrían deseado que no escribiera más que este cuento, por lo que he llegado a sentir una cierta animadversión hacia él. De hecho, para estos lectores no tiene sentido lo que he hecho después. Angelote, amor mío no sólo posee numerosos fanáticos y adictos, sino que yo sé de dónde viene, conozco perfectamente su procedencia. Es algo que no me ha pasado con otros cuentos, cuyo orígen es más ambiguo. Un imagen obsesiva, un rostro detrás de una ventana, un sentimiento de misterio frente a un personaje. Así apareció, pongamos por caso, el doctor Josef Kronz en el El jockey y el mar. Digamos que empezó a respirar porque yo quería saber más de él. Me hacía falta conocerlo.

En Angelote, amor mío lo principal no es la homosexualidad, como tantos quieren creer, sino la soledad de un hombre frente al amor. El cuento fue concebido como una venganza, como una venganza con palabras enconadas en el estilo de Celine. La cosas sucedieron así. Me encontraba en el entierro de un pariente homosexual. Detrás mío había unas señoras que no paraban de hablar. Creo que en ese momento tuve la idea de vengarme. La popularidad de ese cuento radica en el tono blasfemo y rencoroso– más que en el tema – con que el narrador cuenta la historia. Los hechos vienen filtrados por el ritmo de la prosa. Esto es esencial para el relato. Lo demás es superfluo y anecdótico…

 

La carta inconclusa.

Este cuento es una carta de amor. Utilicé este recurso porque consideré que era el más apropiado y convincente para que el narrador alucine, divage y reconstruya los hechos a través de la memoria, y para que de algún modo se comunique con una vieja loca, extravagante. Me refiero a Ana Bermeo, una mujer que durante mi infancia frecuentaba mi casa. En sus idas y venidas por la ciudad, armada de un palo, Ana Bermeo buscaba su libertad. Escribí el cuento en Corrubedo, un pueblo de Galicia. Y decidí darle ese tono coloquial, epistolar, para contraponer dos ciudades tan distintas entre sí –Barcelona y Quito–. También quería enfrentar al narrador con un personaje marginal – una loquita – que vivía sumergida en la memoria de la ciudad.

 

Vásconez se lamenta constantemente de que Quito es una ciudad asfixiada por  montañas. Hace poco me dijo que el mar le producía una sensación de infinito.  El anhelo del mar, le condujo a escribir uno de sus mejores cuentos, sobre un imaginario puerto en Quito.
 ¿”Un extraño en el puerto” es producto de un sueño?

 Ah, bueno, todo cuento puede ser considerado un sueño. Y como ocurre en muchos casos, los sueños nos producen una extraña sensación. Esto es fundamental. Porque un cuento es decididamente un sueño del que finalmente tenemos que despertar. Eso me ocurrió con Un extraño en el puerto. Lo más difícil fue encontrar el tono, la música que acompañaba a la anécdota. Lo curioso es que ese cuento nació de una sensación de hostilidad hacia el entorno montañoso de la ciudad. No había salido de viaje durante mucho tiempo, no había bajado a la costa y por eso  sentía la asfixia de las montañas. Un día me desperté con el sonido de una sirena en mi habitación. Entonces supe que un barco había anclado cerca de casa, y en el barco venía un hombre trayendo una carta de Nueva York. Yo no sabía quién era ese hombre, ni a quién iba dirigida la carta. Porque, para conocerlo y entablar una relación con él, debía escribir el cuento. Al comienzo opté por dejarme llevar por el ritmo de las palabras. Luego, todo se fue complicando, la visión del puerto, las imágenes y la relación con el cine, personalidad del hombre, el manejo del tiempo, la trama. Ese cuento, que provenía directamente de un sueño, para dejarse contar, exigió otras cosas de mí. Escribirlo fue un ejercicio de exorcismo. Pero de algún había conjurado mi claustrofobia. Para escribirlo tuve que indagar ciertas zonas difusas de la literatura y de la imaginacoión.

 

Somos descendientes de Faulkner
William Faulker es tema recurrente en la conversación con Vásconez. Sospecho que le seducen las fuertes dosis de poesía que hay en la narrativa  del norteamericano. En su estudio están casi todos sus libros, las biografías conocidas, fotos y un afiche espléndido. No puede ocultar su júbilo cuando habla de un ejemplar de la revista National Geographic dedicado al autor de Absalom, Absalom (1936), que un amigo tuvo a bien obsequiarle.

Hay que admitirlo. En América Latina todos somos descendientes de Faulkner. Los valores que sostiene son fundamentales, casi tradicionales en la literatura de América Latina. Hace unos años visité su casa en Oxford, Missisippi. Me enorgullezco de haberlo hecho porque si no hubiera realizado ese viaje, creo que no percibiría su obra con tanta nitidez. Esto no creo que sea válido para otros autores, pero sí para Faulkner. El Sur está lleno de pantanos y de bosques. A través de su ambiente cargado de humedad, percibimos la ruina y la desdolación, como en la prosa de Faulkner. Realicé el viaje desde Nueva York hasta Oxford en Greyhound. Fue una peregrinación, un recorrido ritual, hasta su casa y la atmósfera sureña del maestro. Faulkner ha enriquecido de tal manera la literatura y la tradición latinoamericana y española, que muchos libros no se habrían escrito sin su influencia. Por eso sostengo que es el mejor escritor «latinoamericano.» Lo interesante es que estaba fuera de los círculos literarios, o académicos, a pesar de ser él solo una tradición.  Resulta imposible olvidar novelas como Luz de Agosto, Absalon Absalon, El sonido y la furia y Santuario. O el tono de sus libros, ni tampoco la fascinación y el interés que ha provocado en escritores tan distintos como Borges, Onetti, García Márquez, el español Juan Benet y el mismo Vargas Llosa, entre otros. Faulkner resumió el arte de narrar en la siguiente frase. «No se trata de despejar las tinieblas, sino tan sólo de mostrar su horror». ¿No es admirable la frase?  Es toda una poética…Para mí descubrir y leer a Faulkner fue un acontecimiento, un viaje por el Mississippi que todavía no ha terminado…

 

 Al repasar autores y obras de latinoamericanos con los que se siente en deuda,  menciona casi enseguida a Juan Carlos Onetti. Es más, considera Los adioses de Onetti como una obra maestra:

Onetti desciende en línea directa de Faulkner. Pagó caro este parentesco. Onetti tuvo un perpetuo antagonista, él mismo. Aquí no me voy a referir al escritor oscuro, genial, complejo, virtuoso y literariamente inteligentísimo. Ni siquiera a quien escribe una prosa tan sucia y eficaz, tan empañada como la atmósfera urbana donde acontece sus novelas. Tampoco voy a hablar del fundador de Santa María, sino del escritor obsesionado por el tiempo. O más bien, quiero señalar su sabiduría y lucidez. Sobre todo, deseo referirme al gran escritor de ficciones amorosas. Nadie ha escrito como él sobre los estragos de la ruina y del tiempo en el amor. Basta que Onetti hable de amor ( y lo hace a menudo, yo diría que siempre) para que empecemos a temblar. O al menos, cuando habla de un determinado tipo de amor…

 

La obra de Juan Rulfo ha sido objeto de un estudio puntual por Vásconez, lo cual da la medida de su admiración por él.

Rulfo no sólo que es un gran escritor, sino que representa toda una literatura. En mi opinión, Rulfo representa una escritura y también una voz excepcional, un murmullo que procede de los muertos y del fondo de México. Rulfo es una lengua y un susurro… Quien lo ha leído queda tocado para siempre.

 

Kafkiano inclaudicable, al autor de La metamorfosis Vásconez le ha rendido homenajes continuados. Uno de los personajes más singulares y trágicamente contemporáneo de El viajero de Praga, se inspiró en Kafka, así como la atmósfera que recorre varios de sus episodios (los del hospital, por ejemplo), repletos del aire enrarecido que el escritor checo insuflaba a sus relatos.

Tenía quince o dieciseis años cuando  leí a Kafka.  Desde el comienzo, el universo  inhóspito de este escritor me resultó tan familiar, quizás porque sus fantasías y tribunales me recordaba los que yo había vislumbrado en el centro de la ciudad. Hay un Kafka para cada país de América Lartina. El nuestro habita entre los  leguleyos de la Ciudad vieja. Entonces leí el inicio de El Proceso: «Alguien debe haber calumniado a Joseph K., pues, sin haber hecho nada mal, fueron a arrestarlo una buena mañana». Kafka  era un soñador de pesadillas. Era un hombre que conocía los recovecos de las leyes y el derecho. Por eso puedo decir, sin temor a equivocarme, que su obra enlaza con la de Melville, Dostoievski y Dickens. Kafka no es únicamente un escritor, sino un profeta de nuestra época. Es el inventor del horror de nuestro siglo. Es un hecho reconocido – como ocurre a menudo en la literatura – que sus pesadillas, sus sueños, su sensibilidad han cambiado, para siempre, nuestra visión de las cosas. Su literatura es un reflejo distorsionado de la realidad. Nada es igual después de Kafka. Y es el principal «aguafiestas» del siglo. Decimos kafkiano, cuando algo nos resulta incomprensible y absurdo. Es imposible imaginar alguien que se sintiera menos cómodo que Kafka en el mundo. Este hombre angustiado y sensible, quien intentó desesperadamente «ingresar» en la vida buscando un poco de amor, parece ser un «espía del exilio interior», ya que nunca se sintió bien en ninguna parte, salvo cuando estaba solo y escribía.

 

Vásconez considera que para un escritor la memoria es un pozo al que siempre se  vuelve. Y que, además, la literatura más que ningún otro arte, se alimenta del pasado. En ese pasado, desde luego, están los primeros tanteos con la narrativa, de los que hace una síntesis apretada:

Empecé a escribir en la adolescencia. Después de leer a  Julio Verne, a Salgari, a Walter Scott. Y como si fuera un juego o una apuesta, un día le pasé un cuento al doctor Luis Fradejas Sánchez, un español brillante (era de Salamanca), republicano, que era mi profesor de literatura en el colegio. Fradejas no dijo nada, tomó el sobre y se marchó. Una semana después, me lo devolvió con el cuento roto. Esto, en vez de amilanarme, me sirvió de desafío. Escribí varios cuentos ese verano. A los pocos días me lo entregó con una notita que decía: «Esto es otra cosa», me dijo. Así empecé. Y desde entonces no he parado. Si hubiera sabido dónde iba a meterme, quizás no habría proseguido… No lo sé. Ahora es demasiado tarde. Las coordenadas ya están trazadas.

Nunca entendí a mi padre. La relación con él fue un prolongado malentendido. Cuando mi padre se marchó, sin despedirse, del colegio donde fue a dejarme en Inglaterra pienso que, después de eso, salió para siempre de mi vida. En realidad, creo que no lo conocí, aunque me hubiera gustado dialogar con él. Mientras vivió no tuve oportunidad de hacerlo. A los dos nos faltó tiempo y tal vez nos sobró orgullo. Cuando intenté acercarme, ya era demasiado tarde. Apenas comprendió lo que deseaba hacer, y  como escritor no me hizo la vida fácil. ¡ Nuestras relaciones eran tan conflictivas…! Algunos piensan que el camino fue fácil. No es así. Pues he tenido que luchar contra mis propias limitaciones, y encima contra la voluntad y la desconfianza de mi padre, quien era bastante contradictorio. Mi madre era una mujer excepcional. Muy inteligente, fíjese que haberme hecho leer a Freud y La Divina Comedia a los quince años fue determinante. Me enseñó a amar este país. Era una gran lectora. Admiraba a Flaubert, a Valle Inclán, a Tolstoi, a Neruda, a Carrera Andrade, a Dostoievski, a Nabokov, a Julian Green…

 

 

Las ciudades de Vásconez

Madrid es mi segunda ciudad. Pasé parte de mi infancia en ella. Es una ciudad generosa, divertida, caótica, con zonas horrendas y barrios preciosos. Está llena de secretos, pero hay que conocerla, porque de lo contrario te puedes llevar una gran decepción. Tiene algunos de los mejores cafés de Europa. Crecí jugando en el parque de El Retiro, y consumía toda la mitología cursi de esa época, la Violetera y Joselito. Era la ciudad de la libertad y el verano, pues en ese tiempo yo estaba interno en un colegio de Inglaterra.

En París uno tiene la impresión de estar en la ciudad más hermosa, más equilibrada del mundo. Pero no es así. A pesar de lo que dice Hemingway, París no siempre es una fiesta. Allí aprendí lo que es la soledad y supongo que eso es bueno. Pasé tanta hambre y tanto frío, fui desdichado y enormemmente feliz, estuve muy enfermo, tuve la desgracia y también la suerte de tocar fondo. Sin caer en engaños, París me hizo notar lo que significa ser de la periferia. Allí pude leer (me refiero a Lautremont), encerrado canónicamente en un cuartucho a todos los poetas «malditos» del mundo, pero prefiero no hablar de eso. París fue mezquina conmigo y no me ofreció lo que yo esperaba de ella, un poco de generosidad. Es verdad, no soporto a los afrancesados. Me parecen deleznables, por suerte están en vías de extinción.

En Barcelona viví varios años. Es una ciudad hermosa, incluso he escrito en varias ocasiones acerca de ella. Para mi gusto es demasiado burguesa, demasiado convencional…

Me encanta el caos de la Ciudad de México, me gusta la hospitalidad y generosidad de los mexicanos. Incluso su barroquismo. Si un mexicano te invita parece que tiene la obligación de comportarse como un virrey. No hay medias tintas. Uno tiene que comer y beber hasta hartarse. Mi vida como escritor cambió, sin duda, gracias a los mexicanos, y eso no olvidaré nunca, cuando la revista Plural premió mi cuento Angelote, amor mío y después cuando Alfaguara publicó allí mis libros.

Mi admiración por La Habana es literaria, casi libresca. La mitología literaria de la La Habana es tan rica y monstruosa como la que existe sobre París. Aunque es una de las ciudades más hermosas que conozco, mi pasión por ella es reciente. Al andar por sus calles tuve la sensación de encontrarme frente a algo muy diferente, «magnético». Lo mismo me aconteció con Lisboa y Praga, aunque de otro modo. Existen ciudades así, son como ciertas divas del cine a las cuales uno no puede dejar de admirar.

Para mí muchas ciudades han cobrado interés únicamente por los autores que han escrito desde ella y sobre ella. Por ejemplo, Praga no habría ejercido todo ese misterio y fascinación que emanan sus calles si Kafka no me hubiera acompañado a cruzar sus puentes, a rondar luego por las orillas del Moldava contemplando los cisnes que avanzan a contracorriente, y a admirar su maravillosa e intrincada arquitectura barroca. Lo mismo puedo decir de Dickens. A mi juicio las ciudades sólo adquieren sentido y realidad cuando un escritor ha escrito con pasión sobre ellas, antes sólo ocupan un lugar en el mapa.  Habría que preguntarse: ¿Las ciudades fueron inventadas por los escritores? Me atrevería a decir que sí. Con el tiempo lo que dijeron los escritores ha pasado a ser parte de su mitología y de su historia.  Sospecho que Buenos Aires, La Habana, París o Madrid existen, gracias a que se han hecho verdaderos levantamientos topográficos y se ha escrito con minuciosidad sobre ellas. Deduzco que muchas ciudades están contaminadas por la ficción.

 

 

Rodeado de escritores

 Tiene el mérito de haber publicado dos monumentos de la literatura ecuatoriana del pasado siglo: toda la poesía de Gonzalo Escudero en 1998 y una antología de Jorge Carrera Andrade en 1999. Su sello editorial se denomina Acuario. Su logotipo tiene algo así como los rasgos esenciales de un gato sonriente, tal vez feliz, quizás irónico… con Vásconez nunca se sabe. A esos dos grandes escritores de su país  los conoció gracias a su padre:

A nuestra casa iba el poeta Gonzalo Escudero. Era íntimo amigo de mi padre, los dos bebían y conversaban hasta la madrugada en la casa de la calle Carvajal. Era muy educado, distinguido, con unos ojos azules de impresionante transparencia. También lo visitaba Jorge Carrera Andrade, alto y pálido como un vampiro. Llevaba abrigo y nunca se lo quitaba, ni siquiera a la hora de comer. Un día me vio espiándolo a través de los cortinajes de la sala. Al tiempo que me acariciaba la cabeza se volvió hacia mi padre y le dijo: „Tú hijo lo ve todo… Otras veces acudían Jorge Icaza, Humberto Vacas Gómez, ALfredo Llerena, Augusto Arias, Nicolás Kingman. También era amigo de Darío Fernández Flores y de Pío Baroja, a quien todos los años le mandaba un sombrero de paja toquilla…

 

Le interrumpo para pedirle que me dé su valoración personal de algunos escritores. Luego de unos segundos de reflexión, de un leve encogerse de hombros y casi como dibujando en el aire las palabras, me responde.

Jorge Carrera Andrade es el poeta más rico, complejo y universal del Ecuador. Es quien mejor supo entender (en el sentido de leer) y apreciar nuestro país. Usaba las palabras con el rigor y la delicadeza de un acuarelista. Comprendió el aislamiento y las contradicciones del Ecuador. A la naturaleza la convirtió en una forma de escritura. En algunos poemas, hizo del paisaje una metáfora de su propia soledad. También comprendió nuestro desamparo, y vaticinó lo que se nos venía encima. O dicho de otro modo, lo que ya estaba en nosotros: la fatalidad de vivir en una línea imaginaria y el inconveniente de no pertenecer a una una tradición específica.

Hay dos Icazas bien definidos. El uno fue un escritor social, el indigenista. Huasipungo es un folletón, aunque tiene algunos episodios memorables. Pero también hay un Icaza urbano. El autor que creó un personaje ahora en vías de extinción. Con El chulla Romero y Flores de algún modo Icaza hizo sociología con personajes. Y se mantuvo fiel a la crónica, a lo sentimental y a lo prosaico. Pero no logró hacer de ello una estética. Sin embargo, poseía un gran talento narrativo. Siempre he valorado su capacidad para captar la luz, el ambiente, la melancolía de esta parte del mundo. García Márquez dijo que Graham Greene le había enseñado a escribir sobre el trópico. No puedo afirmar lo mismo de Icaza. En todo caso, creo que es el único novelista con un proyecto verdaderamente ambicioso que ha tenido este país. A Pablo Palacio lo leí en París muy tardíamente, cuando ya yo había leído a los escritores del boom. Alguien me insistió en que debía leerlo y, efectivamente, descubrí que era un autor desafiante. De César Dávila Andrade, otro de los grandes, me impresionó su poesía, pero no así la prosa. Pese a todo lo que se dice, Alfredo Gangotena aún no ha sido descubierto. Ni siquiera por los ecuatorianos. Muy pocos lo leen. Una vez me encontré con Álvaro Mutis en una librería de México. Nos pusimos hablar y cuando me iba a despedir, me pidió que le enviara algo de Gangotena, de «ese poeta al que quiero leer desde hace años». Eso representa Gangotena. Alguien a quien uno anda buscando desde hace muchos años, sin poder encontrarlo. Es el destino de algunops poetas. Unos lo ven como un poeta francés, y por eso no lo leen. Y otros lo consideran un poeta verdaderamente imposible, y por eso lo ignoran. Es decir, sigue siendo un poeta de culto.

 

Que en paz descansen

 Vásconez es un agudo conocedor de la literatura de su país, en particular del cuento y la novela. Por tanto, es imprescindible conocer sus opiniones al respecto, ubicándolas en el contexto latinoamericano. Desde su mecedora, como un buda con algo de cabellera y barba, desgrana nombres como si se trataran de las cuentas de un rosario. Sin embargo, lo siento incómodo cuando le pregunto de los posibles aportes de sus contemporáneos (ecuatorianos, desde luego) a la novela latinoamericana.

En el contexto latinoamericano no veo ningún ecuatoriano a la vista. Icaza no creo que sea un gran aporte literario. En ese sentido, nuestro aporte ha sido más bien modesto. Muchas de esas novelas son tan discursivas, tan forzadamente inteligentes y están tan cargadas de ideología y de lugares comunes que, en mi opinión, nacieron muertas. Por tanto, que en paz descansen porque carecen de misterio, les falta ambigüedad y creatividad. No obstante, hay algunas excepciones. Pienso en El rincón de los justos, Pájara la memoria, Sueño de lobos y El desterrado

A quienes escribimos hoy día nos ha tocado un camino bastante duro: seducir y conquistar un público que, en términos generales, ha sido indiferente por muchos años hacia todo lo ecuatoriano. La buena literatura debe tener la capacidad de seducir. Las mejores novelas son las que nos hicieron cambiar el modo de leer y superar las anteriores.  Si uno cae rendido ante La isla del tesoro – o, digamos, frente a una novela de Kafka – es por lo insondable y misterioso que hay en ella. El lector de novelas, a pesar de todo lo que se diga, quiere ser hechizado y caer rendido ante la forma como se cuenta una historia. En términos generales, considero que la novela ecuatoriana está limitada por el pudor. Hay un pudor prejuicioso frente al material narrado. Y eso ha hecho que su lectura no me interese demasiado. Siempre fui consciente de que pretendía quitarle ese pudor y esas limitaciones.

 

¿Existe crítica literaria  en Ecuador?

No sé si exista una tradición crítica en Ecuador, pero algunos escritores son muy talentosos para la crítica. Un crítico debe tener tanta o más imaginación que un escritor. De lo contrario, corre el peligro de volverse un moralista. En mi opinión,  un buen crítico – tal como yo lo entiendo – es el que va por delante del lector, no el que se oculta detrás de la arrogancia ni la palabrería inútil. En toda gran crítico hay un hombre generoso, capaz de despejar las sombras del bosque. En la actualidad, sin pretender nombrar a todos, hay unos cuantos que ejercen su oficio con enorme talento en América Latina y en España. Voy a limitarme a nombrar a mi amigo Cristopher Domínguez, porque nos invita  a leerlo y ejerce la crítica como si estuviera bebiendo un copa de vino de la Rioja.

 

Hablemos del oficio

En el estudio de Vásconez hay dos computadoras. Tal vez en una escriba los diálogos y en la otra las descripciones o viceversa. Vásconez es un hombre rodeado de misterios. En un área estrecha, antesala del estudio, Vásconez tiene una minúscula cocinita en donde se amontonan medicinas, cafeteras, tazas y botellas de agua y de whisky a medio acabar. Vásconez es un infatigable bebedor de café, del que ingiere cuando escribe 8 ó 10 tazas diarias. Se mete en la cocina, y regresa luego con el tercer par tazas de café de esa mañana. Me alcanza la que me corresponde, se sienta en su mecedora, bebe unos sorbos. Y comienza hablar.

La realidad que me circunda es parte de mi mundo interior. Todo funciona como un material en bruto. Son voces y memoria, historias que uno oye o simplemente desea inventar. Y ahí empieza la hora cero de un escritor. Parto de la idea de que cualquier vida puede ser narrada. Sólo hay que indagar en ella. Indagar como sinónimo de imaginar la vida de los otros. Detrás del más oscuro de los hombres, hay  siempre una historia que contar. Y si no vemos esa historia, un escritor tiene el deber de inventarla. Que para el caso da lo mismo. Porque es lo que  hacemos: contar ficciones y vidas inventadas, que a veces son más verdaderas que las reales.

Pretendemos aclarar el misterio de una vida, escribiendo acerca de ella, aunque nadie – ni siquiera el más talentoso de los escritores –, puede descifrar en su totalidad el misterio de una vida. Quizá por eso seguimos escribiendo. Los escritores incursionamos como  topos en la conciencia. Escribir es una forma de conocimiento y de hacer espionaje, de indagar en la mente de los otros. En la actualidad conozco mejor al doctor Kronz, por haber estado muy cerca de él cuando escribía la novela… Como cualquier escritor trabajo con emociones y con sentimientos. Esto no ha variado desde la época de Cervantes. Tal vez puede haber  cambiado algún matiz. Por supuesto la literatura se nutre de carencias y de silencios, de incógnitas, de cosas a veces no registradas por la palabra, del asombro, como dijo Aristóteles de la filosofía. Literatura es todo lo que se oculta entre líneas, y es un residuo de la realidad. Los escritores conservamos las mismas inquietudes de siempre. Estamos obsesionados por el dolor, las enfermedades, la muerte,  el tiempo, la codicia, el amor y los sueños de los hombres. En definitiva son las mismas interrogantes de cualquier época y, en esencia, es el gérmen de la literatura de ahora y de antes.


El doctor Kronz

 Cuenta Vásconez que un día vio venir por una de las calles de su barrio a un extranjero de caminar y atuendo que denotaban su procedencia.

La visión que tuve fue la de una hombre de mediana edad, un poco encorvado, que iba pegado a un muro y me invitaba a que lo siguiera para escribir su historia. Fue una visión fugaz, pero de ella surgió el doctor Kronz.

 

 

 Amistad

Vásconez considera sus amigos „a quienes son leales y me aceptan tal como soy. Y añade: «La amistad es un arte que hay que saber cultivarlo. Un arte que se hace con la inteligencia y la generosidad. No hay nada más triste que dos viejos amigos que perdieron su conversación y vacían su vaso de whisky sin pronunciar una palabra.

 

¿Un plan para escribir?

Cuando escribo no sigo un plan definido. Al escribir pienso sobre todo en el texto, es decir que no me detengo a ver lo que he escrito. En ese momento no soy demasiado riguroso. En primer lugar, debo sentir muy cerca al personaje. Es lo que más preocupa, después viene lo demás. Yo no llegué a la novela por su extensión, sino porque el doctor Kronz necesitaba tener una voz. Alexis Naranjo me preguntó por qué el médico era checo. Tuve que seguir escribiendo y ahondando en la conciencia del personaje para responder la pregunta.  Kronz tenía que ser checo debido a su relación con Kafka. Es gracias a la voz de este hombre – que me exigía una historia más larga y profunda de su viaje y de su llegada a Ecuador– , que desemboqué en esa novela. Así empecé El viajero de Praga, sin saber a dónde me dirigía, ni a dónde iría Kronz en su viaje. De inmediato me di cuenta de que Kronz tenía muchísimas cosas que decir y que poseía un poder especial que me invadía  e inspiraba.

De modo que Kronz me pedía que escribiera una historia más larga. Ese fue el primer impulso. Aparecieron una serie de imágenes. Lo vi caminar por un poblado indígena en el páramo; también lo vi solitario, sentado en una cantina de la Plaza de Santo Domingo, conversando con una prostituta que le hablaba de sus hijos y le enseñaba sus fotos; y por último lo vi entrar al hotel Majestic. De esa sucesión de imágenes surgió El viajero de Praga. Ahora Kronz es el médico de la ciudad y  no le falta trabajo. El jockey Aníbal Ibarra empezó en un cuento hasta que se convirtió en el protagonista en  La sombra del apostador.

 

Vásconez no se vale de notas o apuntes sobre lo que le rodea o impresiona, para escribir sus historias. „No me sirven para nada, afirma. Y como en el caso del doctor Kronz, necesita de una imagen que no necesariamente tiene que ser de una persona: «A veces puede ser un lugar lo que me impulsa y me exige que escriba. Siempre he creído que detrás de toda buena obra literaria tiene que haber un misterio». Ese misterio Vásconez lo califica de «zonas oscuras de la conciencia», misteriosas y peligrosas de penetrar. Le pedimos que comente un capítulo de La sombra del apostador donde aparecen dos imágenes inolvidables: la del caballo encerrado en una habitación con su dueño…

Este capítulo procede de una foto, en la que aparece en mitad de un cuarto, delante de una cama de madera y bajo una enorme araña. Fue tal el impacto que me produjo esta foto, que decidí escribir sobre el asunto alguna vez. Cuando estaba escribiendo La sombra del Apostador, este capítulo apareció de una manera muy fluida y natural. ¿Qué es lo que ocurre en el capítulo? Se revela la relación incestuosa que han mantenido el coronel Manuel Castañeda y su hija Sofía. El Coronel está encerrado en esta habitación con su hija y con el caballo ganador festejando el triunfo, en una especie de fiesta ritual. Es la mirada del doctor Kronz, al abrir la puerta, la que nos revela el horror que ha pasado: el caballo enloquecido se ha asustado y le ha pateado al Coronel, que está ensangrentado. Su hija Sofía se ha escondido debajo de una mesa, desnuda, temblorosa y al borde de la locura. La habitación está toda desordenada y como un último elemento humorístico, el caballo salta encima de la cama, y se queda pasmado frente a esta fotografía, como presintiendo la importancia histórica de los personajes.

 

Los poetas y los asesinos

 Vásconez ha dicho alguna vez  que «los asesinos tienen algo en común con los escritores: no soportan la realidad», también que «la sospecha de que el poeta y el asesino andan siempre tomados de la mano es una de mis tantas obsesiones», y «los dos (el asesino y el poeta) se mueven bajo las mismas perspectivas, su moral no es la de todo el mundo». Sobre la base de estos pensamientos, ¿hay alguna conexión entre las novelas El Secreto y La Sombra del Apostador?

En términos generales, El secreto  está inspirada en Camargo. Un asesino de niñas que vivió un tiempo en esta ciudad. Era un hombre culto, sensible, a quien le encontraron varias novelas en su maletín cuando le arrestaron. La novela es una investigación sobre la maldad humana. Es decir, en el sentido como Rimbaud lo definió en sus cartas: «…el poeta es el gran enfermo, el gran criminal, está en rebelión total contra las dedidades celestes del orden y de la legislación llamada racional.» Yo intenté invertir las cosas al convertir a Camacho, el asesino de niñas, en un esteta o un poeta del mal.

A Camacho se le puede considerar un poeta del mal. A partir de la conciencia lúcida de su propia relación con el mal construye una atmósfera y todo un mundo sobre el que va a moverse. Por eso lleva un mapa, cuya una función no es simbólica únicamente. Algunos «críticos» han dicho que no tiene sentido que un hombre que conoce la  ciudad necesite un mapa. Pero es como una guía que él tiene para abrirse paso y adentrarse en una ciudad que va a conquistar o a destruir desde el mal. En ese sentido, es un poeta, trabaja con absolutos.

Roldán es diferente. Es amargado, es un hombre desfalleciente que ha sufrido muchísimo y ha tenido muchos problemas en la vida. En su caso, la relación con el crimen está más cerca del rencor. Camacho es un calculador, una especie de „esteta del mal que construye con sus actos una realidad, la de la pureza de las niñas. Roldán actúa desde el rencor y la corrupción, no pretende alcanzar la libertad. Más bien está obligado a hacerlo, parecería que el destino lo empuja hacia ello. Es un hombre que acepta el reto de ir a matar. Además, le pagan para ello…

En los dos asesinos hay una ética. El hecho de que la gente actúe y se mueva en el mundo del mal, no quiere decir que no tenga una ética. Es uno de los grandes engaños creer que la ética está siempre del lado del bien. El mal tiene una ética y una estética, aunque no es la que conviene, porque sería un mundo de horror. Sin embargo, toda acción humana, no importa desde que orilla se la realice, es una construcción y al ser así, se convierte en una ética y una estética.

 

 

Emigran de un libro a otro

 Los personajes de Vásconez emigran de un libro a otro. Es un proceso en el que los mecanismos que posibilitan estos traslados apenas se notan.

Sí, esto se ha dado en todos mis personajes, tanto en los hombres, como en las mujeres. Por ejemplo Violeta, que aparece como amante y compañera del doctor Kronz. En La Sombra del Apostador es una sombra muy brumosa, que aparece en un cafetín, donde se reúnen todos los jockey y los hípicos a hablar de las carreras. Por cierto, el futuro asesino del jockey va, de una manera muy hipócrita, a trabar amistad, a tomarse una cerveza y a dialogar con el jockey. De pronto, por detrás se ve a Violeta que entra y se encuentra con Kronz. Esto da la idea de que todavía se siguen viendo, pero de una forma más velada, atenuada. Ese pequeño episodio no estaba previsto en el momento en que escribí el capítulo, lo añadí después.

También en otras obras se evidencia ese tránsito de personajes. El doctor Kronz, según se dice, cuando tuvo su relación con Olga en Praga, antes de venir a esta ciudad, estuvo metido en una serie de problemas amorosos y políticos y hasta le pusieron un pasado de militante del partido comunista. Lo mismo se podría decir de Félix Gutiérrez, que adquirió un nombre en el cuento «Café Concert». Antes de eso se le describía cuando caminaba o se aproximaba a las escaleras de esta ciudad –donde hay tantas–, a las casas, a las fachadas, porque su proyecto era tomar la fotografía única que sintetizara todo el espíritu de la ciudad. A partir de estas múltiples fotografías que va tomando en mis cuentos, por fin logro darle un nombre en «Café Concert».

Es un proceso sobre el que a veces yo también me sorprendo y quizás eso es lo que me incita a seguir con ello. Incluso a veces me pregunto qué estarán haciendo en este momento el doctor Kronz, Félix Gutiérrez, Sofía o Violeta. ¿En dónde estarán, en que situación se encontrarán?

 

 La caracterización de sus personajes femeninos a veces es más vigorosa que la de sus personajes masculinos, ¿es esto cierto? ¿A qué lo atribuye?

No creo que sea algo premeditado. En todo caso, me alegra saberlo. Y–––––– haber caracterizar a una mujer con el mismo rigor de Kronz, Roldán o incluso del coronel Castañeda. Aunque sí, puede que haya sido más cuidadoso con ellas. Pero no estoy seguro de haberlo conseguido. La adaptabilidad de las mujeres, su capacidad para tornarse casi invisibles, siempre me ha fascinado.

Los hombres nos ocultamos a través de ideologías, discursos, morales, conceptos, profesiones. Yo soy incapaz de escribir, partiendo de modelos concretos. Prefiero inventar, para no sentirme atado a nada ni a nadie. Aunque también he trabajado, como ocurrió con el coronel Juan Manuel Castañeda, partiendo de modelos definidos. Desde luego, no hay reglas fijas porque la literarura en sí misma no sirve para nada. Por eso  los cíticos se desesperan y también los que quieren establecer normas y leyes  para convertir a la literatura en una especie de ciencia exacta, aburrida, cuando la verdadera clave está en el placer de componer enigmas sin solución. O, dicho de otra manera, ofrecer tantas soluciones como  lectores tiene un texto.

 

En las narraciones de Vásconez a menudo aparece alguna niña o niño jugando, como víctimas o como un testigo silencioso de lo que sucede. Vásconez  explica sus razones:

A los niños los veo como testigos inocentes de la crueldad del mundo. Son víctimas de la injusticia de los adultos. Saben que el mundo es de los adultos y por eso juegan a ser adultos…

 

Llegados a estas alturas de la entrevista, y luego de cuatro tazas de café le digo a Vásconez que es hora de almorzar o pasar directamente a los whiskys. Se decide por un par de escoceses con agua. Luego del primer trago, le pregunto como si estuviera delante de mí nada menos que el mismísimo doctor Kronz:
 –¿Existe la felicidad?
 – La felicidad está pasada de moda –, me dice Kronz, y se bebe bruscamente el contenido del vaso.