El horror, tatuaje macabro

Sobre La piel del miedo

Por Edwin Alcarás

El horror es una de las formas más crueles del entendimiento. Cuando la flecha del pavor se clava en la boca del estómago del alma no hay nada que hacer. Ya no alcanzará la vida para recoger los pedazos de ese vidrio roto en que se convierte la consciencia. El horror es un tatuaje macabro que todavía sangra en la piel de la memoria, y que ya no dejará de sangrar nunca.

La piel del miedo, la más reciente novela del escritor Javier Vásconez, es un ejemplo elocuente de esa especie de infinito quebrado que es el horror. Tuvo esta historia atravesada en el cuerpo desde hace más de 40 años. Cada manuscrito que empezaba, desde la adolescencia, era como un callejón lóbrego en cuyo fondo, diluida por lluvia, veía pasar la sombra de esta novela, como quien ve la silueta improbable de la mujer que nunca ha podido tener.

Corriendo detrás de ese sueño, de esa llaga devenida en obsesión, fue como se hizo escritor. En esos callejones que siempre recorría en busca de su esquiva novela primigenia, fue encontrando sus personajes, como si fueran los testigos de un crimen aún desconocido o como si fueran viejos amigos.

Y también fue haciéndose un nombre, un lugar. Fue haciéndose visible en un país como el nuestro (es decir a trancas y a barrancas). Fue forjando esa visibilidad que nada tiene que ver con la creación pero que igual ayuda a sostenerla en el mundo.

Detrás de los cinco libros de cuento y las cuatro novelas que ha publicado, se agazapa una serie de empeños sucesivos, dichosas iluminaciones, a veces conatos irresolutos, otras, solo silencio.

Hasta que, poco después de cumplir sesenta años, finalmente se presentó esa novela antigua y evasiva, como una amante remota que golpeara la puerta una noche, en medio de la tormenta.

En la pantalla de su computador Vásconez escribió: «Desperté en medio de la noche con el ruido de los disparos en el corredor, fue como si rebotaran del rellano de la escalera hasta mi consciencia». Una frase seca, apretada, casi humilde, que le dio el tono para esa música nocturna que siempre procuró. El resto fue afinar su prosa según la clave emocional que resonaba en esa frase, echar a volar a los pájaros negros de las palabras en ese cielo de horror que, al fin, había descubierto.

La historia se fue presentando casi por sí misma: una especie de ‘bildungsroman’ (novela de formación) que sigue a Jorge Villamar (la voz que narra en primera persona) a través del complejo trance de convertirse de niño en hombre. A través de esa dolorosa dubitación moral.

Los personajes se construyeron según esa atmósfera argumental: primero el niño aterrorizado por la misteriosa tiranía de la epilepsia. Luego el padre violento, hosco, arrasado por el fracaso y la medianía espiritual. La madre hermosa y ausente. La hermana tangible e incomprensible, como un tótem. Y una fauna de personajes enfermos, melancólicos, desdibujados por el humo de la memoria.

El mérito del autor -en esta como en sus otras novelas, pero sobre todo en esta- radica en su habilidad plástica. La luz y los colores le dan espesor al discurrir calmoso de la narración. Los claroscuros cargan de tensión los cuadros que Vásconez elabora con minuciosidad.

Por vía de ejemplo contémplense estas dos escenas notablemente trazadas: «Las luces despedían un rojo triste, aguado, como si fuera sangre diluida sobre las siluetas sentadas en el salón» o «En el escenario solo quedaba la sombra de la cantante, una estatua de niebla entre las luces azules de los reflectores». El oscuro descubrimiento del mundo -ese oráculo bárbaro, esa demencia del corazón- guía el trayecto de Jorge.

El amor y la literatura laten detrás de los hilos de la narración, esas dos dimensiones serán, precisamente, las que tejen la estupenda escena que cierra el libro. Esa secuencia condensa la fuerza del autor, vale decir su refinado sentido del horror, «porque eso era el miedo: muerte, polvo en las palabras. Muerte que golpeaba con el tambor de las convulsiones en mi cabeza».