Hace veinte años que conozco a Javier Vásconez, nuestros encuentros e intensas conversaciones en su casa, bares de rock y cafés siempre fueron viajes imaginarios por la literatura y la vida, como el que vamos a emprender en esta ocasión. «Comencemos de una vez», dijo Vásconez con determinación. Tomó asiento frente a un gran ventanal que daba a un jardín interior. Mientras observaba con su habitual curiosidad e ironía los altos bambúes y la pequeña fuente de piedra, señaló que eso era un remedo quiteño de un jardín japonés.
Casas, Ciudades y Libros
Vásconez, tu vida ha estado marcada por viajes y contrastes culturales. ¿Cómo fue vivir tu niñez en casas coloniales de la ciudad, luego ir a una hacienda a las afueras de Quito y posteriormente trasladarte a otros países?
Sí, es verdad. Hay muchos cambios en mi vida, algunas ciudades y muchas casas abandonadas. Pero también hay hoteles, pensiones, lugares de paso. Comencemos por las casas. Nací en una casa descrita en el cuento Billy, de Invitados de honor. Sorprendentemente, yo no sabía eso. Tampoco sabía que perteneció a mi abuelo paterno. Fue mi hermana, quien al leer el cuento, me informó que yo había nacido allí. Es curioso que ignorara este hecho, aunque siempre me ha llamado la atención la arquitectura caprichosa de esa villa italiana, colgada sobre la pendiente de la calle al estilo de tantas casas quiteñas suspendidas del cielo. Al poco tiempo mis padres se trasladaron a una casa de la calle Carvajal y Mercadillo, frente a la Universidad Central. Allí pasé parte de mi infancia. La casa lindaba con el misterio y los arrebatos de la quebrada de Miraflores, frecuentada por algunos indios y pastores de borregos. Incluso había algunos rateros inofensivos. Utilizando una soga me descolgaba por una ventana y me iba a conversar con todos ellos. Supongo que escuchaba un tanto atemorizado sus historias de fantasmas, de robos y de peleas a cuchillazos. A la casa de la calle Carvajal también iba Ana Bermeo -un personaje popular llamado la Torera-, escribí sobre ella en La carta inconclusa publicado en el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.
Otro lugar fue la casa de mis abuelos en la calle García Moreno, frente a la iglesia de La Compañía. Cuando mis padres salían de viaje me dejaban tres o cuatro meses con los abuelos. Probablemente allí capté por vez primera el espíritu melancólico de Quito, el desamparo de sus tardes lluviosas y el sonido de sus campanarios. Recuerdo la tristeza que me invadía al atardecer cuando las beatas vestidas de negro merodeaban por los alrededores de las iglesias. Esas mujeres me provocaban desconfianza, miedo; siempre tan severas, siempre juzgando a la gente que iba por la calle. El centro de Quito nunca ha sido de mi agrado y nunca lo será. Tengo malos recuerdos de él. Para mi gusto allí hay demasiados objetos religiosos relacionadas con el pecado y la culpa. Reconozco que es un bello centro colonial, probablemente uno de los más fastuosos de América Latina. Sin embargo, el centro histórico siempre me ha producido una sensación de laberinto y encierro. De murallas y conventos que parecen construidos para que uno se pierda en ellos. Además, carecía de árboles y de sitios donde jugar. Estaba atravesado de pasajes, callejuelas, zaguanes donde dormían algunos borrachos. Si a los fríos patios de piedra se añadía la ausencia de mis padres, el desamparo era mayor.
¿Cómo eras de niño?
Fui un niño temperamental y solitario. Me movía sin cesar por esas casas atiborradas de objetos de la más diversa índole, donde se amontonaba todo tipo de muebles, cuadros de ángeles, espejos, esculturas de santos y de vírgenes; recorría con avidez esas habitaciones donde también encontraba cacerolas desfondadas, aros de bicicletas, cajones con fotos y alambres y reverberos inutilizados. Todo eso era un mundo fascinante, por el que yo me desplazaba rebuscando y “moneando” esos objetos, para emplear un término muy criollo. Había baúles llenos de libros y papeles atados con cintas. Así leí algunas cartas de amor, de negocios, de viajes, de mis antepasados que se habían trasladado a París, Bélgica o España.
Más tarde cuando mi padre viajó de diplomático a Colombia, mi madre decidió mudarse a Capelo, en el valle de los Chillos. Sector que aún conserva el mismo nombre. Esa fue la época más feliz de mi existencia. Era una casa hermosa, con un gran jardín y árboles centenarios, alegre, muy luminosa. Poseía una amplia galería de baldosas azules en la que me sentaba a leer, y una entrada formada por un amplio arco de plátanos en cuyas ramas habitaba una colonia de búhos. Algo de eso se encuentra en El viajero de Praga y también en Jardín Capelo, novela inédita. Entonces descubrí que lo colonial, o sea las viejas casas criollas, no estaban necesariamente asociadas con lo tenebroso y lo sombrío, ni con el aspecto más sórdido de la religión sino con la alegría de las flores y los pájaros. Ahí empecé a leer en serio.
Estos contrastes de las casas del centro y luego trasladarte a Capelo, la oscuridad de las primeras y la luz de la segunda quizás ha marcado tu literatura a la hora de crear ambientes o describir emociones.
Sí, supongo que podría ser el inicio de algo. Imagino que cualquier experiencia, ya sea un sueño o la lectura de un libro, un viaje cualquiera, en definitiva todo lo que vivimos se transformará con el tiempo en materia verbal, en la poderosa semilla de un cuento o de una novela. La literatura es parte de esa experiencia, de eso que llamamos vida; camina de forma paralela a ella. Sin la enigmática voz de la vida no hay literatura, sin ese narrador misterioso que es la vida no existiría la literatura.
Volviendo al tema de los viajes, alrededor de 1958 vas a Estados Unidos, España y a Inglaterra.
A los nueve años fui de interno a un colegio a las afuera de Miami, el Miami Country Day School. Fueron días privilegiados, colmados de libertad y de juegos, a diferencia del colegio Borja en Quito, el cual era severo y tan religioso y represivo donde todo funcionaba a través del miedo. De modo que salir de ese colegio para ir a un establecimiento americano, con profesores normales y con un trato especial hacia los niños, representó un cambio radical. Fue cuando comprendí que la justicia no era sólo para los adultos. Sumado a ello que me enamoré por primera vez de la señorita Mary, una rubia platinada y bastante cinematográfica.
Luego, mis padres viajaron a España y me enviaron a un colegio en Inglaterra, el Mount Saint Mary´s College. Ahí tuve que adaptarme hasta encontrar una forma de sobrevivir. Nadie podía entender que fuera ecuatoriano. «Es una línea que divide la tierra en dos partes», me decían mis compañeros. Ser invisible tiene sus ventajas porque desarrolla ciertas cualidades como la astucia y la capacidad de adaptación, igual a la de un espía. Así pues, había que defenderse, sobre todo frente a un mundo tan arrogante y agresivo como el de los ingleses. Luego -como es lógico- me hice amigo de un argentino y de los irlandeses que estudiaban en el mismo colegio. El argentino sólo aguantó seis meses. Se pasaba evocando su país, lloraba por Buenos Aires. Con los irlandeses fingí ser malo frente a los ingleses. Este fingimiento se convirtió en una forma de sobrevivencia y así me percaté que los andinos podemos ser duros como una piedra, resistentes, estoicos, tercos.
Pertenecía al club de los Birdwachers. Hacíamos grandes caminatas por el campo, provistos de libros para comparar los pájaros que encontrábamos por el camino. A medida que ibas descubriendo las distintas especies de aves, la señalabas en el libro, algo como avizorar un fantasma en un castillo. Caminábamos kilómetros sin importar la calidad del terreno que tuvieras que atravesar, una aventura típicamente inglesa. Luego pertenecí al club de lectura, siempre fui un niño lector no solo de los típicos libros para esa edad, como Julio Verne o Alejandro Dumas, sino libros de viajes y de aventuras. De la afición por la filatelia aprendí toda la geografía que conozco – que hoy esta cambiada por la globalización-, y me convertí en coleccionista de estampillas con bellas imágenes de animales, árboles, pescadores o mujeres llevando canastos en la cabeza. Así exploré un mundo que estimulaba la imaginación.
Después que estuviste en Inglaterra regresaste a Quito…
Permanecí dos años en Inglaterra. A mi regreso ingresé en el colegio Spellman donde escribí mi primer cuento. Fue la época en que empecé mis recorridos por la ciudad de Quito. Como mi madre no poseía una casa en la ciudad, había contratado a una señora del colegio para que me diera el almuerzo. La señora no era muy honrada y me daba una comida detestable. En vez de quejarme, me convertí en una especie de vagabundo. Inventé un programa especial, que consistía en colarme durante la hora del almuerzo en las casas de algunos compañeros. Así conocí distintos grupos sociales y especialmente a algunos de sus miembros, de ese modo compartí la comida con familias de la costa o extranjeras. Entonces este ir y venir me permitió descubrir otro mundo, muy diferente al que estaba habituado en mi familia. Probé otra comida, advertí otra actitud frente a ciertas cosas, algunos de ellos incluso practicaban otra religión… Simultáneamente me desplazaba en bicicleta o a pie por la ciudad, y como era buen estudiante nadie me preguntaba dónde había estado, ni qué hacía en mis horas libres. Me convertí en un visitante habitual de los barrios del sur y me enamoré cuando apenas tenía catorce años de algunas mujeres mayores que yo, tanto en San Juan como en la Magdalena
Un largo viaje por la ciudad…
Sí, fue un largo viaje de reconocimiento por la ciudad. Algo que he seguido haciendo cuando visito una ciudad desconocida. Porque al contrario de lo que ocurre en la selva, en una ciudad es preciso perderse si deseas conocerla.
Después de graduarte viajas a España, a la universidad de Navarra a estudiar literatura y luego a París. Estamos en los años 70 y según afirmas en otra entrevista fue para ti una época de deslumbramiento.
En 1965 fui a Bogotá a visitar a mi padre, luego viajé a Madrid y posteriormente a Navarra. Llegué a Madrid en pleno verano y con dos meses de anticipación para matricularme en la universidad. Me hospedé en un Hostal de la calle Leganitos. En esa época llevaba en la cabeza la idea de una novela. Durante todo el tiempo leía a Faulkner, tengo un par de capítulos de esa novela. Pero me sucedió algo determinante. Recuerda que estábamos en plena época franquista y que había represión en Madrid. Los libreros se cuidaban de vender ciertos libros. Sin embargo, aquel librero de mirada suspicaz, me condujo a un cuarto trasero y me ofreció tres libros fundamentales: La ciudad de los perros, Volverás a región de Juan Benet y Trópico de Cancer de Henry Miller. Yo tenía tantos prejuicios que jamás podía pensar que un autor peruano produjera tal novela. Después a Vargas Llosa, y a ese monumento a la lengua española que es el libro de Juan Benet, y finalmente el delirio de Miller, tuve una profunda crisis no sólo literaria sino emocional. Por un buen tiempo dejé de escribir. Esa crisis se acentuó con mi llegada a una ciudad tan provinciana como Pamplona.
¿Lograste adaptarte a Pamplona?
Intenté adaptarme al ritmo de la ciudad. No fue fácil si no hubiera sido por algunos amigos mexicanos que aún conservo. Gracias a ellos, leí a Borges y Cortázar, a Sábato, y ese gran descubrimiento de Camus con El extranjero en primer lugar. Mi amigo argentino, Luis Cardini, al ver mi biblioteca y los libros sobre la mesa comentó: Si no has leído a Borges estás perdido. Me proporcionó tres libros suyos… y entonces hubo otra crisis. Comprendí que debía olvidar la novela que había escrito, y entré en una época de grandes lecturas. Así descubrí la poesía mejicana, a Octavio Paz, a Sabines, a Gorostiza, a Villaurrutia; ahondé en la lectura de Neruda. Fueron tantas las lecturas durante esos años, de escritores como Rulfo -al que después dediqué una tesina acerca de sus personajes-, pero también fumé por primera vez marihuana, aunque nunca tuve demasiado apego por ella. Yo prefiero la ginebra y el whisky. Mis amigos mejicanos recibían marihuana en pequeños sobres por correo enviados por sus tíos o primos, ¡ cómo ha cambiado el mundo…!
Luego que te gradúas en Navarra en 1970, viajas a París para continuar con tus estudios…
Por temperamento he estado siempre en movimiento, en una permanente búsqueda intelectual. Hacía -en la medida de mis posibilidades – muchos viajes a Barcelona y Madrid. Me trasladaba sobre todo a Barcelona porque en ese momento era la ciudad más europea de España, aunque yo me vivía en Madrid, hasta que apareció Javier Ponce. Con él decidimos abandonar Madrid, que ya no nos decía nada, y nos fuimos a París. Fue cuando le expropié la máquina de escribir a Javier Ponce, bajo el pretexto de que los poetas no escriben a maquina, y ahora creo es exactamente al revés. Soy yo quien escribe a mano y él lo hace en computadora,
París no fue amable conmigo, tenía problemas de salud y mi moral estaba por los suelos. No tenía trabajo, pasé mucha hambre. Sin embargo, seguí adelante con mis lecturas y escritos, después de todo vivía con una estudiante, y eso en París era más importante que comer. No sabía que buscaba, y seguramente estaba perdido. A pesar del inicial deslumbramiento por la ciudad, también surgieron algunas dudas sobre mi propia escritura. Luego, en casa se enteraron de que supuestamente me había hecho comunista y me cortaron todo tipo de apoyo. Encontré trabajo en un hotel donde se hospedaban algunos clientes ingleses, este trabajo de guardia nocturno me lo cedió el poeta Daniel Leyva, un amigo mejicano. Empecé a atender a los ingleses, quienes lo primero que solicitaban era compañía femenina, y yo recibía buenas propinas. Durante la noche leía y escribía. A veces invitaba a los amigos a desayunar, pues tenía a mi disposición la despensa del hotel. Iban Javier Ponce, mi amiga Genvieve y Daniel y todo esto acompañado por unas bellísimas francesas que venían por la noche al hotel y participaban alegremente de esos desayunos…
Fue una época de intensas discusiones políticas…
En París viví varios años. Y en la universidad de Vincennes me encontré con la vanguardia política y literaria latinoamericana, algunos incluso estaban al borde de armar una guerrilla, ir al Salvador, a Guatemala o a los Andes peruanos. En Saint Michel, la mayoría de ellos iban a ser grandes poetas, escritores, políticos, artistas, directores de cine. ¡Qué ocurriría con todos ellos ¡Porque nunca he visto un grupo tan fascinante de soñadores y delirantes. Todo iba acompañado con una gran dosis de sexo, alcohol y droga. La enfermedad, que siempre me ha acompañado, me impidió vivir a fondo esas experiencias. Quizás me salvé por eso. Tenía que dormir bien, cuidarme un poco, ser cauteloso.
Es curioso que una enfermedad me haya salvado, porque yo soy de los que puedo llegar a los extremos. Probablemente, aquella enfermedad me hizo comprender que los excesos y todos esos jóvenes brillantes, con sus textos filosóficos y su retórica política, no iban a ninguna parte. Yo no tenía ninguna seguridad de eso, sólo me guiaba por la intuición. Dentro de ese mundo, siempre en el terreno de amistad, tomaba tragos con ellos, los escuchaba, pero terminaba por replegarme. A todo esto hay que recordar, que existía el fenómeno de la revolución cubana, la cual influyó poderosamente en mi generación. De Cuba venían las innovaciones literarias, artísticas y políticas. Lezama aparecía y descubría el barroco, la Casa de las Américas publicaba profusamente a escritores de toda América latina. Estas innovaciones llegaban de inmediato a París porque se había convertido en la capital sudamericana de Europa. Si por un lado fue una época brillante, en la cual tuve la suerte y el privilegio de participar, pues conocí a mucha gente loca y muy capaz, sin embargo creo haber intuido a tiempo que todo eso no era más que una gran representación…
Conociste algunos escritores…
De vez en cuando salía con el poeta peruano Rodolfo Hinostroza, quien me introdujo en el mundo de la astrología. Incluso escribió un libro muy experimental en el que se combinaba por igual la poesía con la astrología. Asistí a algunos coloquios de Vargas Llosa, Cortázar, Carpentier, Sarduy. También iba a beber con otros dos grandes amigos, el poeta mejicano Daniel Leyva, de quien ya te hablé, y Willy Merino, un genial conversador y poeta argentino. Con ellos nos reuníamos una vez por semana en un café de Saint Mitchel. Esas veladas duraban hasta que nos echaban del café.
En una ocasión me encontré con Julio Cortázar e iniciamos una breve amistad epistolar, nos enviamos notas relacionadas con Lautremont y el manejo singular del espacio en sus cuentos, y también el misterio de los gatos que a él tanto le interesaba.
En la universidad de Vincennes tomé cursos con Alfredo Bryce Echenique y Saúl Yurkevich. Bryce era buen profesor y tenía una gran paciencia para soportar a quienes lo instaban a que volviera al Perú a hacer la revolución. Con Yurkevich inicié largas conversaciones sobre Pablo Palacio, aunque nunca le impresionó el escritor lojano. Recuerdo que una ocasión me comentó: «Le falta el dominio de la lengua para ser genial».
También nos veíamos con Alexis Naranjo, hacíamos largas caminatas por las orillas del Sena, visitábamos algunos cafetines comentando autores clásicos y nuevos. Alexis estudiaba lingüística y durante esos largos paseos me divertí mucho. Otro amigo emblemático fue Eduardo Bronchalo, a quien dediqué el cuento Café Concert. Creo que aprendí más con estos amigos que en las aulas de Vincennes. París te enseña a vivir y a pensar. Parodiando al maestro, yo diría que París no sólo es una fiesta sino que es un centro de sabiduría, es la libertad de sus calles y la intensidad de sus cafés. A los cafés españoles la gente va a tomar vino y a comer tapas, a charlar, a celebrar la fiesta de la vida. En cambio, los cafés parisinos son más intelectuales. Allí no sólo acudía como mirón, sino que me replegaba a leer y a escribir. A pesar de haber escrito Thecla teresina y algunos capítulos de La sombra del apostador en el café Comercial de Madrid.
¿Admiras y lees mucha poesía…?
Coincidiendo con la opinión de Antonio Gamoneda, el poeta español, para mí la poesía no es en realidad literatura, sino una voz humana pugnando por decir algo que sólo puede ser expresado por un poeta. Es lenguaje puro. En cambio la novela es como la Torre de Babel, una construcción; es sin duda una ficción y un universo maleable dominado por la pluma de un escritor que elabora un argumento, conduce una trama, crea personajes, controla ambientes y organiza una trama. A mi juicio el carácter híbrido de la novela refuerza su vitalidad y constituye su gran cualidad. Por lo demás, también están esas «verdades del alma» sobre las que hablaba Faulkner. En todo novelista hay un salvaje o un bárbaro que se encuentra enfrentado a la sociedad.
De París regresas a Quito. Estamos en los ochenta y escribes Cuidad Lejana.
Antes hice varios viajes por Ecuador. Descubrí la vocación ecuatoriana por el aislamiento. A veces pienso que los escritores de este país intentamos ocultarnos en el fondo protector de nuestros cráteres, aunque ese aislamiento nos ha hecho mucho daño. Partiendo de ese descubrimiento, he pretendido abrir nuevas rutas, creando algunos vasos comunicantes con los escritores de otros países. Esa fue una de las propuestas de El viajero de Praga.
A mi regreso a Quito me establecí en un apartamento del parque Santa Clara, al que ahora he vuelto. Aquí empecé a escribir mi primer libro en la máquina expropiada a Javier Ponce. Desde el principio se llamó Cuidad Lejana, y desde el inicio tuve claro el orden de los cuentos en el libro. Fue penoso y traumatizante escribirlo. Fue como llevar a cabo una venganza contra las sombras y fantasmas de mi pasado. Lo escribí con lentitud, por suerte ahora eso ha cambiado.
Fue cuando abriste una librería en Quito.
La librería de El Cronopio, en la cual entré en contacto con algunos escritores, artistas e intelectuales del país. Por lo general gente de izquierda que eran las personas más interesantes durante esa época. Fueron años de discusiones políticas y literarias, aunque no colaboré cien por cien con ellos, pero a algunos les llegué a tener bastante desconfianza, sentía aprensión frente a ellos porque utilizabn la política para promoverse personalmente. Por su manera de llevar las relaciones con Cuba. Siempre hubo algo que me disgustaba, algunas actitudes incomprensibles, incluso lamentables. Al comienzo participé en reuniones y discusiones, pero finalmente volvía a la soledad del parque Santa Clara, a mis cuadernos y a mis lecturas donde me pasaba semanas enteras sin salir ni ver a nadie.
Después de escribir Ciudad lejana te casaste y regresaste a España ¿Cómo fue este nuevo viaje?
Fueron años enriquecedores, pero también fue una época en la que estuve muy enfermo y solo. Hasta que felizmente me casé con Lucía, quien ha sido mi compañera y cómplice de todos mis viajes y aventuras literarias. Sin duda, ella ha sido mi testigo en cada página que he escrito. Con Lucía nos trasladamos a un apartamento de la calle Coruña, al cual subía la niebla desde Guápulo y había un ambiente desolador. El pequeño jardín, detrás de la embajada argentina, siempre estuvo inundado de niebla. Ahí concebí la ciudad cubierta por la niebla, la ciudad de Quito envuelta con la luz del invierno. Así surgió el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.
Después fuimos a Barcelona, alquilamos un viejo y espacioso apartamento en la Rambla de las Flores, a unos pasos del célebre mercado de la Boquería donde se encuentra el restaurante frecuentado por Carvallo, el detective de Manuel Vázquez Montalbán. Terminé de escribir El hombre de la mirada oblicua. De nuevo entré en contacto con España. Hice varios viajes y conocí la hermosa Galicia. Me atraía la cultura celta. Releí a Juan Benet, a Marsé, Cernuda, María Zambrano, Onetti, Broch, Canetti y Kundera. Descubrí al poeta Francisco Brines y las novelas de Mutis, puse especial atención en la nueva generación de escritores tanto españoles como latinoamericanos. Durante un verano escribí, en un pueblo de Galicia, concretamente en Corrubedo, La carta inconclusa. Una noche, cuando caminaba por las Ramblas de Barcelona se me cruzó una mujer ataviada de manera extravagante, a quien asocié inmediatamente y de forma arbitraria con Ana Bermeo, la Torera. La semejanza de aquel travestí con el personaje quiteño me impulsó a escribir ese cuento, en el que hice una suerte de experimento: unir dos ciudades tan distintas como Barcelona y Quito; la una, ciudad marítima y la otra de montaña.
Estamos en los noventa y tienes un período de gran actividad literaria hasta hoy día. En Barcelona escribes El hombre de la mirada oblicua. Y en 1996 publicas El viajero de Praga, El secreto y luego La sombra del apostador, Un extraño en el puerto. También te conviertes en editor…
Regresamos a vivir en una casa de la calle Reina Victoria, en el barrio de la Mariscal, un barrio bohemio, en el cual han vivido judíos, franceses, alemanes, y algunos profesionales de clase media. La Mariscal podría ser nuestro Greenwich Village o nuestro Coyoacán. En el segundo piso de esa casa, frente al volcán Pichincha, escribí todos los libros mencionados. Al mismo tiempo trabajaba como editor con Enrique Grosse en Librimundi, para sacar adelante su editorial. Publicamos cuentistas ecuatorianos traducidos al inglés, francés y alemán; a poetas como Gangotena y algunas novelas. Por mi cuente edité bajo el sello de Acuario a Jorge Carrera Andrade y a Gonzalo Escudero, entre otros.
Tu casa era como un puerto
Todos éramos amigos y confidentes. Es verdad que tenía el aire de un puerto. Veníamos de muchas partes, teníamos distintos intereses. Eso fue posible gracias al espíritu bohemio y nocturno del barrio donde está ubicada esa casa, el barrio de La Mariscal. Es cierto que se convirtió en un lugar de reunión y de encuentro con otros escritores, poetas y artistas en general. Hubo lindas noches de copas y de conversaciones interminables hasta la madrugada. La casa se prestaba para esas tertulias.
Territorios y Fronteras literarias
Retomemos el tema sobre tu imposibilidad de entender este país, pese a que en tus obras hay una suerte de entendimiento, una interpretación del país…
Bueno, si he podido llevar a cabo esa reflexión ha sido gracias a las lecturas, a los viajes y los fracasos. Una de las cosas que me di cuenta es que la historia del Ecuador y sus interpretaciones están plagadas de lugares comunes, de frases hechas; muchas cosas se repiten. He buscado nuevos horizontes, nuevas respuestas a una serie de inquietudes que el país me planteaba, como por ejemplo las literarias. Fue un proceso arduo y solitario a la vez, pues había que releer e interpretar de nuevo el país. Desde un punto de vista personal descubrí un país secreto y decidí internarme en ese secreto. A partir de esa experiencia escribí Ciudad lejana, El viajero de Praga, etc. Entender lo que estaba ocurriendo fue un ejercicio complejo… En todo caso, sigo sin tener ideas muy claras al respecto…
¿De dónde vino el doctor Kronz?
A veces pienso que alguien va delineando por mí los personajes de mis novelas y cuentos, así nació el doctor Kronz y los otros personajes. Lo primero que veo es una imagen borrosa. Así vislumbré a Violeta, de niña, acercándose una noche de luna donde los caballos. Luego, la vi sentada con el doctor en la cocina de la casita de Capelo. El Dr. Kronz surgió como personaje central de El viajero de Praga -no sé si lo visualice o lo imaginé- cuando vi a un hombre de mediana edad caminando con aire de derrota junto al muro de una casa. Usaba un abrigo y un sombrero, pero no le vi el rostro. Durante días esta imagen me cautivó y me produjo una inquietud muy especial. Desde el primer momento supe que era un médico checo y que acababa de llegar a la ciudad. Supe que debía llamarse Kronz. Con estos datos escribí el cuento El jockey y el mar. Cuando le mostré una primera versión a Alexis me preguntó por qué era médico y además checo. Yo no supe responderle. La pregunta me pareció superflua… Aquel personaje tal vez sea un homenaje a Kafka o a Onetti, yo no lo sé, pero luego este mismo personaje se encuentra con un jockey en el bar Silvia entre las avenidas Colón y 10 de Agosto. Esto te demuestra que en el mundo de la escritura yo suelo desplazarme de la oscuridad a la luz, sin haber encontrado sentido a las cosas…
Si bien es cierto que hay referencias a muchos escritores en tus novelas y cuentos, pero es en Invitados de Honor y en El retorno de las moscas donde haces un peligroso viaje al adentrarte en el territorio de otros autores. ¿Cómo consigues el equilibrio entre el mundo de esos autores y el tuyo?
Invitados de honor es la posible biografía de cada uno de esos escritores, o mejor dicho, lo que cada uno de ellos hubiera querido hacer en la vida. Por lo que se deduce de sus obras, Kafka pudo haber sido un comisario inquisidor, Conrad un coyotero o un contrabandista, y Colette la regente y propietaria de un cabaret. Para escribirlos hubo que lograr el equilibrio adecuado entre ficción y verdad. Yo comprendía el peligro que eso entrañaba. Las historias debían estar ajustadas a la verdad. De modo que me volqué a la obra de todos ellos. También leí sus biografías, cartas, comentarios en revistas especializadas, entrevistas, artículos de periódicos.
De lo que originalmente fue el sexto relato de este libro, que al inicio se llamaba La Guerra fría, salió el esquema de la novela El retorno de las moscas. A mi entender el trabajo que hacemos los escritores y los espías es semejante. Nos pasamos observando a la gente, vigilando cada uno de sus pasos. La mente de un escritor, igual que la de un espía, es como un libro de bitácora: registra todo lo que pasa a su alrededor. De ahí mi interés por la novela de espionaje, por eso he seguido las huellas de John Le Carré.
La nouvelle «El secreto«, Animales y otras artes
En tu obra existen muchas referencias a insectos, mariposas, caballos, gatos, por qué tu interés.
De la nouvelle El secreto puedo decir que la escribí en un arrebato creativo. Con anterioridad, había estado obsesionado por el tema de los asesinos, pero la inspiración no venía hasta que cayó en mis manos el reportaje de Francisco Febres Cordero. Fue una prueba contra el tiempo. Fui a la cárcel para conocer a quien había asesinado a todas esas niñas. Una vez trazado la estructura del relato, sólo tuve que ir detrás del asesino. Eso no representó mayor problema, lo difícil fue entrar en su cabeza sin traicionarlo. El grueso del texto lo despaché en pocas semanas, pero encontrar la frase final me tomó como dos meses.
¿Existen otros secretos…?
Si miramos con atención a una persona, a los animales que nos rodean o un cuadro colgado de la pared, vemos que siempre hay algo oculto. El deber de todo escritor es mostrar el lado oscuro, el misterio de las cosas porque ahí nace la literatura. Si sólo me limito a contar una historia corro el riesgo de no ir más allá de lo anecdótico. Por lo tanto es necesario revelar el secreto de las cosas para que empiece la verdadera literatura.
Se equivocan los que piensan que los animales son lindos. Yo siento una mezcla de fascinación y horror por todos los animales. Son como el diseño hecho por un dibujante propenso a imaginar pesadillas. Hasta el momento el mundo animal sigue siendo un secreto. Parecen testigos resignados, pacientes, silenciosos o agresivos de nuestra crueldad. Es imposible imaginar tantas metáforas monstruosas como las que nos brindan los insectos, es como estar en un infierno irreversible de antenas y de ruidos incesantes, sólo de pensar en un ejército de insectos moviéndose, batallando, intrigando, conspirando alrededor mío me produce verdadero horror. Señales, trazos, mensajes. Los insectos son los signos de puntuación de la naturaleza. Experimento el mismo cuando me encuentro ante la mirada vacía de un gato. Al parecer nos está enviando un mensaje desde otra dimensión. María, no me vas a creer, pero yo tengo un libro pintado por gatos. El mundo de los caballos es diferente. Mi relación con ellos es más cercana. Seguro que es por mi interés por los hipódromos. Lamentablemente, no tenemos un hipódromo en Quito. Por eso inventé uno en La sombra del apostador. En El viajero de Praga también hay el episodio de un caballo encerrado en un corral. El caballo monta a una yegua. Esto impresiona a una niña- Violeta- gracias a la belleza y sensualidad de la situación.
¿Y las mariposas?
Me intriga el hecho que las mariposas lleven impresas obras de arte en sus alas, verdaderos tatuajes por interpretar que podrían ser la envidia de un pintor abstracto, con tal audacia en la combinación de colores, propia de la naturaleza. El cuento Tecla Teresina, además de ser un homenaje a Navokov, quien está vinculado a las mariposas y a la evolución, también es un homenaje a las niñas.
También he dedicado algunas páginas a las moscas, siempre me he preguntado qué hacen las moscas en la oscuridad…
En tu obra a menudo haces referencias a la fotografía y a los fotógrafos.
Desde muy joven estuve vinculado a la fotografía. En las casas donde viví siempre encontré fotografías de niños muertos, algunos álbumes de familia. Fotos de ciudades como París, Berlín, Buenos Aires, Madrid, Roma. Bellas fotos en blanco y negro que me ofrecían la posibilidad de soñar y hacer viajes prolongados. La fotografía es una especie de metáfora de la memoria y del tiempo. De ese modo iba armando mi propia ciudad, a la vez que me preguntaba quién era la pareja sentada en una estación de tren a la cual yo había empezado a dotar de una historia mientras me miraba fijamente desde el pedazo de una cartulina. A menudo me he valido de ella como recurso narrativo, además cumple la función no sólo de evocar el pasado, sino de mostrar un escenario con la ironía y los matices propios de este arte. Si la utilizo en mis libros es porque deseo apartarme del tiempo estrictamente narrativo, a fin de crear una atmósfera y una situación de ambigüedad.
Imagino que tanto la literatura como la fotografía están emparentadas con la memoria. Una fotografía es el instante congelado de una vida. El cine no posee esta característica, ni me produce tanto misterio como cuando veo una fotografía. Al observar una foto yo me pregunto cómo y por qué el fotógrafo disparó el obturador precisamente en ese instante. Esa imagen es como un trozo de eternidad, tal vez por eso me seduce tanto. Las fotografías pertenecen a quienes las miran obsesivamente. Alguna vez quise ser fotógrafo. Cuando pasé un tiempo en Roma, andaba de arriba abajo con una cámara, bajo la promesa de hacer la fotografía del siglo. Debo de haber fotografiado todas las ruinas, fuentes, dioses, todos los emperadores romanos. Por suerte me di cuenta a tiempo que mi vínculo con ella fue siempre demasiado analítica. Pues nunca logré captar la magia y esa interrogante que existen en las buenas fotografías.
Y la música…
Adoro la música en el cine, en el escenario de un show o de una orquesta de jazz, en un local nocturno donde haya una cantante agarrada a un micrófono, es decir, amo la música como espectáculo. Pero no la soporto si estoy a solas porque entonces se apodera de mi conciencia y me impide pensar.
La mayoría de tus personajes desde Angelote amor mío hasta El retorno de las moscas viven pasiones intensas, amores imposibles, celos, se consumen y sueñan, pero no tienen una expresión exterior.
El amor, ¡qué pregunta! ¡Cómo si resultase fácil hablar de eso! A mi juicio haría falta todo un manual para tocar ese tema. Hay buenas y malas formas de abordar el amor en la literatura. Espero no haber incurrido en la segunda. “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, decía Borges. Sí, supongo el amor es un tema recurrente en mis libros. Pero yo creo que más que del amor trato del deseo. Se podría decir, sin temor a equivocarme, que algunos de mis personajes están más obsesionados en imaginar el amor que en vivirlo. Algunos incluso se consumen con la posibilidad del amor. Por ejemplo, el fotógrafo de Eva, la luna y la ciudad.
Si pudieras describir con alguna imagen como es tu mente, como lo harías, es como una casa, un puerto, un calidoscopio…
Es un torbellino. Algo totalmente incomprensible. Sin embargo, todo parece estar en su sitio, en medio de ese torbellino. La imaginación a veces me juega malas pasadas, a veces tengo que filtrar las sensaciones y emociones. Todo obedece a un orden enigmático, funciono por asociaciones. En mis primeros cuentos había tal cantidad de vivencias, de experiencias en algunos personajes que muchas veces se me estropeaban…
Pese a ello hay una estructura, una arquitectura hecha…
A pesar del caos y el desorden aparente existe la voluntad de una estructura. Pero ha sido un largo proceso ordenar todo eso porque mi cabeza siempre está en ebullición. Delinear personajes y ambientes, controlar sus sentimientos, otorgarle verosimilitud a una historia, afinar el estilo, seleccionar los escenarios, en fin… supongo que todo eso es parte del oficio.
De la epilepsia has dicho que muchas veces te salvó…
Toda enfermedad es una traición a la vida. Sin embargo, hoy día la epilepsia es mi gran compañera. No podría vivir sin ella. Así que he terminado por aceptarla, pese a haber sido una limitación frente a tantas cosas. Lo más angustioso durante una crisis es que las palabras pierden sentido, únicamente te queda el vacío y la ilusión de ellas. Son luces aleteando en la penumbra. El mundo ya no puede ser nombrado. Pese a la opinión de algunos médicos, la epilepsia puede destruirte, pero también te dota de antenas especiales para captar las zonas más invisibles de la realidad, te aproxima al lado oscuro de las cosas, aunque yo sería incapaz de expresar con palabras toda esa avalancha de sensaciones. Daría lo que sea por transmitir todo lo que percibo de la gente, pero jamás lo voy a conseguir. Ningún escritor sería capaz de hacerlo, pues nadie soportaría un libro así. Lo grave de la epilepsia no es la enfermedad en sí, sino el aspecto social de la misma, el espanto que produce en otras personas al ver un ataque o la impresión que causa en ellos. Las crisis suelen enviar mensajes anticipados, aparecen algunas señales, no llega al instante. Veo el anuncio de algo que es muy difícil de descifrar, entonces aparece un resplandor angustioso antes de que uno pierda el sentido de las cosas para luego quedarte sin palabras… ¡Imagínate lo que eso significa para un escritor…!
Tal vez por ello, sumado a toda tu experiencia vital, la epilepsia te ha dado sensibilidad frente a lo marginal y lo fronterizo…
No lo sé, María. Por el momento es mi aliada. Espero que no me traicione…
Quito. Agosto, 2006
