En un relato de Jorge Luis Borges, el laberinto donde estaba atrapado Asterión (como bautizó el escritor argentino al Minotauro) era el lugar más feliz del mundo. Un sitio en el que, a pesar de la soledad absoluta de este ser mitad toro y mitad humano, era feliz.
Cada día jugaba a las escondidas consigo mismo, e imaginaba que miles de otros minotauros estaban junto a él, ocultos en algún lugar desconocido.
Algunas veces, cuando levantaba la cabeza y observaba las estrellas, se enorgullecía aún más de su casa, pues esos diminutos brillos en el cielo no tenían comparación con la magnificencia de su hogar infinito.
De pequeño, Javier Vásconez vivió como este ser mítico en los laberintos del centro de Quito. La casa de sus abuelos, ubicada frente la Iglesia de la Compañía (García Moreno), fue el mundo de su infancia.
Rodeado de imágenes coloniales, el tañido de campanas, laberínticas escaleras, fuentes y pasadizos secretos, el casco de la vieja casona le fue susurrando historias al oído.
Muchos años después, Vásconez abandonó esa morada, pero solo para retratar nuevamente esas primeras instantáneas de la vida en sus novelas y cuentos.
Por eso aparecen en su obra personajes emblemáticos de Quito, como «La Torera», y barrios como La Tola, San Juan, Guápulo y La Floresta, y tantos otros, donde todo lo que sucede tiene el sino fatal e inescrutable del pasado.
Desde su primera obra, Ciudad lejana, su relación con la urbe fue un eje constante en su narrativa; una mezcla extraña de «amor-odio» se conjuga en su interior, una dualidad que finalmente encontró su resolución definitiva.
«He llegado a la convicción de que siento amor, pero un amor conflictivo, porque Quito es una ciudad difícil de entender. Es dispersa, fascinante, y el hecho de escribir sobre ella me ha ayudado a conocerla. Yo sostengo que las ciudades solo existen cuando un escritor escribe sobre ellas. De lo contrario, son apenas una mancha en un mapa».
Escribir es su pasión. La pasión es todo para él. Sin pasión no pasa nada, el trabajo cae en la modorra y la vida pasa de largo, colgada de las nubes: por eso escribe. Y lo hace a mano. La primera versión de todas sus novelas escribe en cuadernos de hojas cuadriculadas, flageladas con la punta de un estilógrafo de tinta negra. Jamás usa bolígrafos o lápices.
Esas versiones, que sucesivamente son procesadas en su computador personal, son aparentemente caóticas. Solo él es capaz de descifrar ese código complejísimo de anotaciones al margen y tachones.
Exigente consigo mismo, para publicar sus primeras obras esperó mucho tiempo. Es un escritor tardío, con una crítica interna poderosa, fulminante quizás. Diariamente dedica su esfuerzo tanto a la edición de textos, como a la creación literaria pura.
Para escribir prácticamente solo necesita tener una buena idea en la cabeza, que luego el minotauro de su corazón convertirá en letras, oraciones y párrafos.
En su hogar, ubicado en el barrio de la Mariscal, tiene su propio microcosmos. Estantes repletos de libros decoran las paredes de tonalidades ocres; unos cuantos rostros fotografía dos lo miran mientras reposa sobre una mece dora silenciosa como la tarde.
El tabaco quedó atrás hace mucho, a pesar de que durante años fue un fumador compulsivo Su hogar huele a frío, como una cava de vinos donde, en lugar de botellas, están libros. Cientos de ellos, ediciones de Samuel Becket, de Manuel Puig, Cavafis, Proust, Kafka, Vargas Llosa y, sobre todo, muchos ejemplares de William Faulkner y Jorge Luis Borges, dos de autores favoritos.
Asegura que William Faulkner (ríe) es uno de los grandes escritores latinoamericanos de todos los tiempos, pues ese mundo del sur de los Estados Unidos guarda similitudes asombrosas con Latinoamérica; en cambio de Borges dice que hay una literatura antes de él y otra después de él.
En su habitación hay una pequeña cocineta en la que, metódicamente, se prepara café negro (lo hace también antes de empezar esta entrevista), mientras que en el piso un decodificador de televisión extranjera descansa inútil sobre una alfombra.
Todo lo que necesita está aquí, en este estudio. Bueno, casi todo: faltan el cine y los hipódromos.
Admira la producción cinematográfica de Bill Wilder, Visconti, John Houston y Francis Ford Coppola, entre otros, pero lamenta que la calidad de los video clubes y salas de cine sea tan baja.
Claro que le hace falta un hipódromo a Quito «Los jockeys siempre están tensos. Por su energía y perseverancia son semejantes con los escritores, tal como mi personaje Aníbal Ibarra de La sombra del apostador«.
Esta novela quedó finalista en el concurso Rómulo Gallegos, y eso sin duda ha sido un espaldarazo muy fuerte, aunque en nada cambió su destino de escritor.
Ahora mismo se encuentra a la mitad de otra novela, de la que no se puede conocer más, ( por algún tipo de superstición o cuidado sino simplemente porque a Vásconez le gusta que las cosas se vayan perdiendo y encontrando en nuevos laberintos, de los que nunca desea salir por completo.