En su novela más reciente, Jardín Capelo” (Orogenia, Quito, 2007), Javier Vásconez, uno de los narradores más lúcidos del Ecuador, vuelve sobre un tema que desarrolló con mucho éxito en sus primeros libros: la decadencia familiar, con todo lo que ésta implica, de caída social, de abandono, desolación y muerte.
A su poderosa capacidad para crear ambientes en plena descomposición, se suma su arte para construir personajes; algunos de los mejores que podemos hallar en su narrativa más reciente están aquí: Jordi Sorella, el catalán que viene a construir el paraíso terrenal –que no es metáfora de otra cosa este Jardín de siete hectáreas-; Saturnino, el misterioso guardián, que “expulsa” a la pareja, una vez cometido el pecado original de desafiar la autoridad suprema del juez Ruy Barbosa, uno de esos seres misteriosos, movidos por insólitos resortes en su actuar, que parecen venir al libro de las páginas de un Pérez Reverte; la maravillosa y sensual Lorena, revestida de lo indescifrable, como muchos de los seres que deambulan por el libro; Lucinda, Delia, y, en menor grado, Manuela, que pese a constituir uno de los personajes protagónicos, no llega a tener ni remotamente el atractivo de los otros, no alcanza a seducir al lector con su cotidianidad un tanto trunca.
Recurso fundamental en la construcción del relato es el paralelismo entre lo que ocurre al momento de la creación del jardín y su recorrido en la época de la destrucción final. Todo lo que en la época de la llegada de Jordi es crecimiento, belleza, esperanza; es caída, fealdad, destrucción, en el tiempo de la inútil visita de Manuela al fantasmal Capelo. Lo único que sobrevive en medio de los vestigios del pasado esplendor es la enigmática figura del ya decrépito ángel exterminador, Saturnino.
Un libro para leerlo con agrado, disfrutar del arte de la escritura en el país, y confirmar, pese a leves fallas formales, la indudable calidad de un gran relatista.