Estación de lluvia, summa narrativa

Sobre Estación de lluvia

Por Horacio Vázquez Rial

Decía Unamuno que toda obra narrativa que ponga «novela» en la primera página, lo es. El género no era relevante para el rector de Salamanca. Si Javier Vásconez me hubiese enviado Estación de lluvia añadiendo el término «novela», yo lo hubiese aceptado sin titubeos. Sin embargo, me lo ha enviado con el agregado bajo el título de «cuentos selectos». Pero que no se engañe el lector: no tiene entre las manos un simple libro de cuentos al uso, es decir, una mezcla de temas, argumentos, climas y desenlaces de muy distinta valía y simpre cerrados sobre sí mismos. Tiene, en cambio, una serie de capítulos de la historia de una ciudad, que tal vez sea Quito (que lo es por algunas referencias puntuales, pero que jamás aparece nombrada explícitamente), que se relacionan de manera directa por algunos personajes o de manera oblicua por la mención recurrente de lugares, familias, historias de inmigración: los Ruy Barbosa, familia de potentados en decadencia con personajes de disímil pero próxima trayectoria; el doctor Kronz, médico checo, ajedrecista, alcohólico no confeso y hombre en procura de olvido; Eva, mujer fugaz donde las haya; el fotógrafo, alter ego del autor en muchos pasajes, pero un carácter evidentemente independiente las más veces.

Desde Manhattan Transfer hasta la fecha, he leído novelas más fragmentarias que Estación de lluvia. No obstante, creo que se trata también de un verdadero libro de cuentos, que existen del mismo modo en que existen libros de poesía y existen libros en los que el autor reúne poemas: esto nada tiene que ver con la calidad de la obra, sino con una concepción particular de la misma.

Javier Vásconez es novelista, y ha construido su particular universo literario. De ello están las pruebas en El viajero de Praga, La sombra del apostador, El retorno de las moscas o Jardín Capelo. Los volúmenes de cuentos Ciudad lejana, El hombre de la mirada oblícua, Un extraño en el puerto y El secreto, recogidos y completados en Estación de lluvia redondean ese universo. No ha ocultado el autor ese hecho, que creo que se ha ido dando a medida que avanzaba la escritura, y no como plan preconcebido. Precisamente en el cuento titulado «Billy», sobre una visita de William Faulkner a la ciudad andina, una muchacha presente en una disertación del escritor le pregunta: «¿Cuál es el origen del condado de Yoknapatawpha?». Y Faukner responde: «Descubrí que mi propio sello postal era algo sobre lo que valía la pena escribir, y que yo nunca viviría lo suficiente para agotar sus posibilidades. Me gusta pensar que el mundo que inventé es una especie de piedra angular en el universo.» Es una formulación elegante del proceso del propio Vázconez, que algo tiene que decir cuando la obra ya está allí. Por supuesto que ni Faulkner ni él empezaron por el plano de Yoknapatawpha, ni por el de la ciudad andina, sino que éste se fue dibujando solo a través de la experiencia de la escritura, que es como se dibujan las geografías literarias. Tampoco Onetti creó Santa María desde una guía de calles: ese Onetti aquí aparece como un fantasma protector invocado por Vásconez en «Billy» :

«Faulkner creyó ver a un hombre de ojos desvelados, muy alto, enjuto, vestido de oscuro, con gruesos anteojos con montura de carey, bebiendo con gesto ceñudo, al tiempo que daba unos golpes precisos en el vaso que sostenía entre las manos.

«Como si no tuviera que ver con nadie, ni siquiera con su propia forma de caminar, aquel hombre se acercó lento y fatigado hasta la mesa.

«—Señor Faulkner —le dijo esquivando su mirada y temiendo el rechazo—. ¿Me firma un autógrafo? Me llamo Juan Carlos. Soy un uruguayo que está de paso.»

En primer término, los territorios míticos no son más que la traducción literaria de espacios reales. En segundo, los espacios reales devienen míticos en cuanto se les impone la literatura. No hay nada que imaginar, nada que cartografiar: sólo hay que traducir la lengua de esa parte del inconsciente del escritor en la que yace todo lo que sabe, pero que no sabe que sabe. En cierta ocasión, me tocó por oficio entrevistar a un gran escritor europeo, Claudio Magris. Lo primero que me dijo fue: «No esperes mucho de esta conversación, porque mis libros son mucho más inteligentes que yo.» Al principio, no lo comprendí. Después me di cuenta de que eso nos pasaba a todos los que escribíamos: que la literatura era más grande que nosotros y que lo que la hacía salir de nuestro interior poco tenía que ver con la razón.

La escritura es también el resultado de un clima: la ciudad andina es melancólica, cuando se termina de leer Estación de lluvia, uno acaba convencido de que no hay otra, de que la estación seca es un ensueño, de que todo tiene que ocurrir en inviernos húmedos, que imponen prisa por pasar de un interior a otro, que generan ansiedades a veces próximas a la violencia. Y, en gran parte, el clima es el estilo.

Las ligazones entre los relatos de Estación de lluvia son misteriosas y opacas, como deben ser en un ambiente así, y se dan en la mayoría de los casos a través de menciones: así, la Eva de «Eva, la luna y la ciudad», reaparece inesperadamente en «Café Concert», tal vez para recordarnos que el narrador sigue siendo el mismo. En cambio, el vínculo entre «El diagnóstico» y «El baúl de Lowell» es diáfano: en los dos es protagonista el Dr. Kronz, y el segundo explica al primero, la actitud del hombre ante la enfermedad y el dolor, la expatriación por causa de una competencia amorosa, aunque se disfrace de política. De manera oblícua se relacionan «El jockey y el mar» y «Billy»: en el primero se narra la extraña desaparición de un jockey, Lagos, que juega al ajedrez con Kronz, y en el segundo su sustitución por William Faulkner en el hipódromo.

Lagos se ha ido a ver el mar. Muchos son los personajes de la ciudad andina que desaparecen para ir a ver el mar: en «Café Concert», Gipsy, la bailarina, quiere verse en una foto junto al mar, y el fotógrafo truca para ella la escena retratándola junto a una pintura, una marina. La fotografía es una constante en el libro. En «Eva, la luna y la ciudad», en «El hombre de la mirada oblicua», en «Café Concert», siempre hay un fotógrafo. En “El hombre de la mirada oblicua” hay un cadáver de mujer y una mujer viva que, en algún punto, pueden ser la misma: pero el cadáver pronto pasa a ser una serie de fotos del cadáver, muy alejadas de la mujer viva.

También quiere ver el mar la María de «Un extraño en el puerto», modelo de metanarrativa que yo obligaría a leer en todos los cursos de escritura creativa porque creo que nadie ha desarrollado con tanta precisión, en el curso de un relato, cómo se escribe ese relato.

Pero no voy a contar nada más sobre la trama de los cuentos, que apenas si he rozado en los párrafos anteriores. Baste decir que el entramado que los une, la red a la que están adheridos, tal vez a pesar del narrador, porque no faltan tristeza ni decadencia en la ciudad andina, sobre todo en estación de lluvia, compone el mundo, no se limita a la urbe, que es un simple espacio de convivencia, o de coincidencia, entre gentes que vienen, gentes que se marchan, gentes que están de paso, entre las cuales se anudan pasiones, sentimientos leves de cercanía o de rechazo, deseos oscuros, casi siempre terribles e irrealizables, culpas y amarguras, regresos del pasado, alcoholes, epilepsias y todo lo demás. Todo ello se resume de manera ejemplar en el segundo cuento de la selección, «Angelote, amor mío», muerte y vida del Ruy Barbosa homosexual, en tiempos en que eso era muy mal visto, la lacra de la familia, el alivio de una pérdida para los parientes, narrado con la voz de quien le amó y le odió, fue su cómplice y su admirador, y llora ahora su final pasoliniano, violento y sórdido.

Todo esto, escrito en un castellano impecable. Tengo que decir que hace mucho que no leo en escritores de mi generación un idioma de tal calidad. Entre los dos extremos de la perfección, el barroco de Alejo Carpentier y el modernismo lacónico de Borges, Vásconez hace un uso del lenguaje que no deja dudas ni resquicios, en el que no sobra ni falta una palabra: casi todo en literatura depende de la precisión con que se cuente una historia. Tal vez por eso, Vásconez sea el narrador ecuatoriano más reconocido fuera de su país, excepción hecha de los clásicos: estoy convencido de que tiene mérito para ello. Pero el hacer gran literatura tiene para el autor un precio que no pocas veces es excesivamente alto.

El mismo Vásconez lo expone en «La carta inconclusa», hablando al parecer de otra cosa, de la historia de otra persona, que no ha escrito, sino que ha contado en la radio su tragedia: «Si bien todas las historias parecen haber sido contadas, Anita. Si ya nadie cree en la ilusión de las novelas por entregas, le aseguro que su historia fue tan eficaz como la denuncia de un crimen. Miles de personas oyeron a través de la radio ese reclamo desgarrador, su voz trémula fue escuchada por las gentes más diversas, en las peluquerías, en los comercios, en los salones y en las oficinas.

«De hecho, hay una sola historia posible, Anita. La única que cuenta a la hora de hacer un balance definitivo. Pienso que es la historia de uno mismo, elaborada a partir de los retazos y las sobras de un sueño, el sufrimiento y toda la mierda más o menos visible de los otros que con el tiempo nos afecta por igual a todos.» No se podía pedir más exactitud.

Lea usted estos cuentos como se deben leer por primera vez: de un tirón. Pero prepárese para volver a empezar en cualquier momento, porque la literatura de verdad es la que se relee siempre.

Madrid, abril, 2008