Una mariposa grande, de vuelo plano, negra y azulada con una franja blanca,
describió un arco sobrenatural, suave se posó en la tierra húmeda, plegó las alas, y desapareció.
V. Nabokov
Imaginemos la escena y el libreto. Javier Vásconez, personaje de sí mismo, rara mariposa en el bosque de sus propias palabras- el soberbio espécimen de Javier Vásconez, en suma-, abandona una tarde de primavera el Café Comercial, y de repente ve, como Nabokov, una mariposa negra y azulada con una franja blanca, tan real, tal vez, como la ficción sublime de las historias que pueden ser verdad. Años después, abandonado Madrid y el café Comercial, en una primavera andina, aparecerá tras su ventana otro espécimen: «un fogonazo, una mancha casi invisible (…) que levanta el vuelo dejando detrás una estela refulgente, amarilla o quizá turquesa, en el aire»: la Thecla Teresina protagonista de este cuento, que no es otro que Nikolai, que no es otro que Nabokov, que no es otro que el mismo Javier.
Así nace este cuento de escritores y de mariposas.
El escritor juega juegos alados, por eso puede trasladarse de Madrid a Praga, y de Praga a Quito, y volver adelante o atrás una y otra vez. Puede, en ese birlibirloque de intertextos que es la literatura – y sobre todo la literatura con alas, la buena literatura de altos vuelos, como la que Javier fatiga-, estar aquí o allí, en un tiempo sin tiempo y en un lugar sin lugar que son a la vez todos los tiempos y todos los lugares. Y como las mariposas, guardianas de las puertas y de las coordenadas, dioses Hermes con alas de delicado pigmento que anuncian al viajero mental la apertura de mundos paralelos, también los escritores abren puertas, o las ¡dejan apenas entreabiertas, como en los cuentos de Vásconez, dónde el lector, abandonado a la experiencia pura de los juegos de espejo «imago specular, imago mundi- deberá encontrar la línea tenue de Ariadna que lo conduzca sano y salvo a través de las veladuras, de una cortina apenas descorrida sobre una ventana, de la rasgadura del velo de una imagen, hasta el juego de vericuetos de la narratividad perfecta y circular de este cuento, y de los cuentos que conforman el volumen coherente de Invitados de honor.
Esta vez Vásconez ha tomado prestados los élitros de Nabokov, otras veces tomará los de Faulkner o Colette, o Le Carré. En ocasiones estará en Praga, otras en Madrid, la mayoría en un Quito que tiene tanto de paisaje fantasmal como la aparición repentina de una mariposa. Metamorfoseado así, desplegará unas alas donde la sencillez de la verdadera literatura no exige solecismos ni oxímorons, donde tras la sombra de cada palabra podamos ver un mundo elicoidal, de puertas que conducen a otras, de caminos que el autor ha explorado, pero remiso a concedernos la visión absoluta de su secreto, taimado y juguetón, entomólogo conocedor de la suprema maravilla que siente el que cree descubrir por primera vez la Thecla Teresina, nos dará sólo pistas, salivilla de plata abandonada por una mariposa sobre el anverso de una hoja.
El lector es el entomólogo en los cuentos de Javier Vásconez. Debe rastrear cada pista escondida tras cada lepidóptero-palabra, ávido de penetrar en un mundo que Javier deja entrever, susurrando sólo su mercancía de fábulas. Y eso es lo que convierte en fascinantes los cuentos y las novelas de Vásconez, su capacidad de connotar un lenguaje, una forma de narrar, donde lo que no ha dicho adquiere una proporción casi mítica porque todo parece a punto de desaparecer, de volver al mundo de donde surgió: desaparecerá la mariposa que viera Javier a la salida del Café Comercial de Madrid, desaparecerá la Thecla Teresina, desaparecerá Zulema, la protagonista delicuescente y ninfesca de este cuento, desaparecerá Nabokov, dormirán todos el sueño de las mariposas larva, para echar a volar de nuevo, en forma de palabras y en otros cuentos, alzándose sobre la palma de la mano de Javier.