Javier Vásconez, atado a una máquina de escribir

Sobre su vida y obra

Por Javier Ponce

Yo lo volví a encontrar en la España franquista, atado a una máquina de escribir y a una silla, consumiendo pastillas que le quitaran el hambre en los días de pobreza; o, cuando le caía algún dinero, festejando con un plato de carne asada en un merendero cercano y refugiándose después en un hotel durante días.

Era él enormemente generoso, pero celoso de su soledad.

En su buhardilla de Madrid, de la calle Libertad, apenas cabíamos los dos. Y si alguna noche éramos tres, alguien tenía que irse a entretener el frío caminando por el barrio. De esas ocasiones en que me tocó  «ahuecar el ala», recuerdo a Beatriz Purroy, a la que Javier llamaba «la botas» y que era la auténtica cronopia cortazariana, insólita, hermosa, íntegra incluso en el modo de convivir con la droga, que asomaba intempestivamente por allí.

Javier Vásconez es un amigo al que me han atado siempre las nostalgias, desde que una mañana, debe haber sido en agosto de algún año sesenta, llegué a la hacienda en la que vivía, en una ala de la centenaria casa de Capelo. Nos habíamos conocido antes, de modo muy fortuito y hablando de nuestras primeras lecturas, pero desde esa mañana se sucederían innumerables visitas y diálogos tensos, críticos. Esa mañana fui acompañado de Un Iván Cruz que, para entonces, usaba chaleco y leontina y vivía con seriedad y dramatismo sus quince años, entre las páginas de Kierkegard.

Vásconez se fue al poco tiempo para Europa, dejándome el recuerdo de noches enteras de hablar de libros, de tantos libros, o de asistir a los fogosos debates del Café 77, que concluían generalmente con un cruce violento de razones y de botellas de cerveza.

Desde entonces, había en él un desacuerdo que le conducía a la literatura, una exclusión en la cual refugiarse. «Si no fuera escritor, tal vez hubiese acabado como asesino», me dijo alguna ocasión.

Pasados unos años de ausencia, Javier volvió a Quito con un long play de un cantante catalán (Raimon), cuyos recitales en Barcelona se cerraban siempre con una manifestación por las ramblas, pidiendo la muerte de Francisco Franco. Una de esas canciones fue el primer testimonio sobre el miedo a la represión que yo conocí, y que no he podido arrancarme del cuerpo: «Llegarán cualquier día, tomarán el ascensor y timbrarán en nuestra puerta…serán ellos, vendrán por nosotros», decía, más o menos, la canción de Raimon.

Javier Vásconez leía ávidamente a los latinoamericanos del boom y yo acaba de descubrir Rayuela. Sentí que era necesario tomar distancias para reconocerme como latinoamericano. Entonces decidí irme a Madrid y refugiarme en su buhardilla. El acuerdo de asilo era por unos pocos días, pero me fui quedando meses, a cambio de compartir el alquiler, las tarjetas de comedor cubano y el préstamo a perpetuidad de mi Olivetti portátil.

Vásconez tenía un canario que en una de las tantas escapadas de su dueño a un hotel, intentó seguirle y apareció muerto en el descanso de la grada, junto a la puerta de salida.

Los pecados y los hábitos secretos y bárbaros de una aristocracia andina, comenzaban desde entonces a habitar su literatura.

Cuando yo me cambié a la pensión «Esmeraldas», nos veíamos casi a diario. A veces encontrábamos amigos comunes. Recuero uno, un joven cineasta desolado por un fascismo que comenzaba en su casa. Crepo que acabó suicidándose.

Un día nos fatigó el fascismo y salimos a la carretera a hacer auto stop con dirección a París. La única escala fue Barcelona. Javier se adelantó y cuando yo llegué, horas más tarde, él había consumido incontables brandis en la calle Escudillers, y sólo nos restaba dinero para alquilar un cuarto en una pensión en las que las únicas aves diurnas éramos los dos. El resto de sus habitantes eran mujeres que ambulaban durante la noche en los cabaretes.

Cruzamos la frontera después de unas cuantas noches de recorrer el deslumbrante infierno de Barcelona, las mejores noches de bohemia que yo recuerdo haber vivido.

En París, la dureza de la ciudad nos regresó a nosotros, nos devolvió a nuestros fantasmas.

Javier Vásconez tenía un cuarto abuhardillado pintado de verde, con un tragaluz que daba al cielo oscuro de la ciudad. Conservaba un pequeño hornillo para hacer café y un lavabo que usaba para todo.

En París trabajó un tiempo de guardián nocturno de un hotel de escasas estrellas y del que debió haber rescatado más de una historia de misterio, insospechada.

Recuerdo el día en que me leyó, emocionado, los primeros cuentos de Bryce Echenique, de ese librito insuperable: Huerto cerrado. Allí conocí también los primeros cuentos del propio Vásconez.

Vivía largos períodos de encierro, atado siempre a una máquina de escribir y a una silla y cruzándose un par de carta con Julio Cortázar en torno a la indomable libertad con que viven los gatos. Por las noches caminábamos por el barrio latino hasta refugiarnos en el café Dantón. Allí, en los primeros días en París, «cazamos» juntos a una cantante, creo que del norte de España. Menuda, con un corte de pelo masculino, rajaban todo el tiempo contra Franco y contra el sexismo, pero en la madrugada le invadía una enorme ternura que nos ponía en vilo. Con ella recorrimos todos los bares imaginables, hasta que un día se cansó de nosotros y desapareció.

Mis encuentros frecuentes con un Vásconez angustiado por la escritura y por la ansiedad por retener todo el aire posible de París, se fueron poco a poco desviando desde la literatura hacia la realidad de América latina, el ecuador, el marxismo, porque yo había trocado la escritura por una militancia política que aún no acabo de explicármela.

Vásconez era, entonces, un amigo tocado por los flujos y los reflujos. Asistía con rabia e impotencia a las noticias desalentadoras de un país desdibujado, el nuestro. Se sentía condenado a escribir, convencido de que sólo el ejercicio de la escritura, día y noche, podía salvarlo.

El próximo encuentro volvió a ser en Quito. Sus conocimientos sobre el hábito de los canarios eran ya sorprendentes. Mientras tanto, la revolución no llegaba y Vásconez se inquietaba, más que por su tardanza, por mi alejamiento de la literatura.

Llegaron en esos años sus primeros textos definitivos. Su primer libro Ciudad lejana, con dos o tres de sus mejores cuentos. Para finalmente desembocar en la novela El viajero de Praga, con su personaje –el doctor Kronz – que había tomando forma en su obra anterior, y que personifica, en cierto sentido, la propia aventura de Vásconez: el retorno a un país casi imposible, en el que cotidianamente se puede vivir el vacío.

Ocurrió por allí al borde los ochenta un nuevo encuentro en París, pero los dos ya estábamos de paso, sin noches infinitas.

Desde entonces, entre períodos de diálogos sin fin y largos tiempos de silencio, he sido testigo de su entrega sin precedentes a la literatura, convertido, por épocas, en un animal nocturno que dormía durante el día y tecleaba su máquina por la noche, para sorpresa de un pintor vecino que soportaba con paciencia cada palabra labrada a pico en el departamento de arriba, en el parque Santa Clara. Sin descanso siempre, embebido en un cuento o en el borrador de una novela.

Tuvo un período más o menos fugaz como librero en los años setentas y otro como editor. Fue también censor municipal de películas y comentarista de cine «censurado». Pero él es el único de nuestra generación que se ha entregado por entero a la literatura.

Toda la ciudad, los cafés, los amigos, las decenas de películas que ve cada semana, no tienen otro eje que no se la literatura, mientras mantiene con ecuador y con Quito una relación de amor y de odio. Quizá porque es el, espacio que comparte con sus personajes. Uno de ellos dive en uno de sus cuentos de Ciudad lejana: «¿Por qué volví a esta ciudad con sabor a muerte? Yo mismo no lo sabría explicar.»

Y mientras intenta explicaciones, está en una nueva novela.

Y en cada encuentro con él, vuelvo a sentir la nostalgia de la amistad y la literatura.

 

Domingo, suplemento del Diario Hoy No. 34, 19 de julio de 1988, pp.4-6