Un extraño llamado Josef Kronz

Sobre El viajero de Praga

Por Eugenio Marrón

Observador y desconfiado, así se descubre ante nosotros en algún momento de sus recordaciones el doctor que ha venido de Praga. Observador y desconfiado, dos maneras de ser que condicionan el andar de un hombre cuya seña más íntima, según él mismo se dice, radica en que siempre sería un extraño, dondequiera que fuera. Tal posibilidad es alfa y omega para uno de los personajes más elocuentes en la narrativa latinoamericana de los últimos tiempos, para quien observar y desconfiar es, precisamente, la raíz de su extrañeza. Criatura cuya presencia lacera en lo más inmediato, ser en peregrinaje que va cautivo de soledad en soledad por los horizontes más diversos, es el doctor Josef Kronz, hombre convencido de que la desdicha posee sus propias leyes, obedece a una lógica infalible…

Novela publicada hace diez años, El viajero de Praga, de Javier Vásconez, entronca con un linaje tan reservado en los entresijos de su protagonista como propiciatorio en los designios de su historia. En tal ascendencia de lo recóndito y lo auspicioso, el hombre que viene desde una ciudad emblemática del barroco centroeuropeo a otra pero del barroco andino, fija un derrotero existencial que mucho lo acerca a otros célebres galenos de la ficción, signados por el desplazamiento entre la vigilia de ásperas geografías y el sueño de infaustas quimeras. En ese orden, El viajero de Praga colinda con Viaje al fin de la noche, de Céline; La peste, de Camus; y El astillero, de Onetti; pero también con el prontuario de desasosiegos que en la Reseña de los hospitales de ultramar establece Álvaro Mutis en clave de poemas.

El doctor Josef Kronz se instala en la memoria del lector con aquellas posibilidades, inscritas en una trama que se mueve una y otra vez por escenarios de Praga, Barcelona y Quito, en un escape por partida doble que no cesa: de sí mismo y de quienes, en la sombra o en la luz, le hacen sentir un miedo atroz a que el mundo exterior penetrara como un virus en su conciencia. Así, la novela se convierte en el memorial de quien, acuciado por su existencia como una sucesión de dudas y requiebros, sabe inquirir sin el más remoto afán de contestación, sea en una taberna de Praga cuando avizora con Olga las razones del peligro, en un galpón de Barcelona a merced de los traficantes de pájaros tropicales, o en un pabellón de Quito donde Violeta, más que solicitud de lo anhelado, es confirmación de lo perdido.

Lejos de los empeños antediluvianos en que todo era posible, El viajero de Praga se instala en los límites de una alteridad, en la que tanto la existencia y sus azares como la fantasía y sus caprichos pueden permutar papeles: no en balde se apunta que el médico vivía en contacto directo con la duda, lo cual le lleva a contemplarlo todo tras un poderoso cristal de aumento. Duda en pie, los tiempos de Macondo en Cien años de soledad, cuando para José Arcadio Buendía encontrar un galeón en la espesura de la selva era ritual de fundación, se han convertido en las mañanas de Josef Kronz, para quien el hallazgo de un auto entre árboles –un Austin en medio del bosque-, mientras pasea con Violeta, no es más que el mejor lugar para poseerla. Entre aquel barco y este  automóvil, se levantan las querencias de un imaginario doliente.

Con prosa que afirma su andadura en una elegancia de sobriedad expresiva que sabe cautivar con creces, nada reñida con un impulso vital hiriente a la hora de requerir, Javier Vásconez ha entregado con esta novela un parentesco legítimo con la creación verbal más augusta. Crecidas desde la mirada de un kafkiano inclaudicable –cualidad advertida por Alejandro Querejeta en una larga entrevista con el autor-, las páginas de esta novela son la confirmación de un destino asumido hasta sus últimas consecuencias: el de alguien que puede ser cualquiera, ahora mismo, en cualquier parte, un extraño llamado Josef Kronz. El viajero de Praga no sólo es el retrato de un errante por antonomasia, más allá de ubicaciones temporales y sus aledaños, sino también la certidumbre de un desamparo que no cesa.