El viajero de Praga

Sobre la novela homónina

Por Mercedes Serna

Como el protagonista princi­pal de esta novela -el doctor Kronz-, su autor es un viajero, en este caso ecuatoriano -naci­do en Quito- que ha vivido en Navarra y en París. Javier Vásconez ha recorrido los dos continentes en que «parece» ambientarse su última novela: Europa y América. Y digo que parece porque El viajero de Praga es la historia de un che­coslovaco, Josef Kronz, que realiza un viaje en principio concreto -Praga, Barcelona- que se difumina en un itinerario deliberadamente confuso. La historia se inicia en Praga, en un mundo enfermo que el doc­tor Kronz se encargara de soco­rrer.

Tras la decisión de unas merecidas vacaciones, se dirige a un pueblo de la sierra. De esas vacaciones quedará el recuerdo obsesivo de Violeta. Más tarde, el retorno a Praga y el viaje a Barcelona, con la excusa de dictar un seminario. Allí deambulará por el barrio chino, trabajará, olvidándose de su profesión, en una pajare­ría, y vivirá en una desolada pensión. El sentimiento que predomina en este viajero es el de extrañeza, donde quiera que vaya. Concluida su estancia en Barcelona -enturbiada por ciertos chantajes y engaños de los que es víctima, Kronz deci­de establecerse en Sudamérica. Consigue un puesto de médico en un páramo, en una región sin recursos, asolada por el cólera y el embrutecimiento moral de sus pobladores. Es un pueblo dominado por una do­cena de familias que practican el incesto para no mezclarse con los indios; una estirpe de­generada, en un ambiente de podredumbre, esperpéntico. Pero el involuntario apego al recuerdo sacude a Kronz quien, a veces, se siente incapaz de diferenciar entre lo real y lo ilu­sorio. Es un viaje sin retorno, antiépico por estar desprovisto de heroicidades y de sentido.

Como la vida y los personajes de su mundo, como la estructu­ra de la novela, el viaje es cícli­co. Toda esta epopeya gira en tomo a una idea central: al via­jero le parece que ya había estado antes y que ya había conocido a esa gente anteriormente. Es un sueño cíclico, repetitivo, obsesivo, en un tiempo circular, al estilo de las novelas míticas. El final y el principio se unen en un círculo que se cierra y que el personaje recorre obsesivamente. Del cír­culo jamás se sale. En realidad, lo único que permanece es la soledad, la profunda soledad.