Lees la última página en un estado de agitación y desasosiego. Debes restregarte los ojos, ponerte de pie y buscar alguna distracción que te libere de esa inquietud que crece como una madreselva dentro de tu pecho. Pero es inútil. Solo atinas a inclinarte sobre el cristal de la ventana para ver las plantas de tu patio, empalidecidas por la luna llena, enredadas en el viento áspero del verano. «Nunca volveré a ver un jardín de la misma manera», te dices en voz baja.La prosa electrizante de Jardín Capelo, la última novela de Javier Vásconez, es la que te ha provocado todo aquello. Te han impresionado la complejidad sicológica de sus personajes, el manejo sutil de los planos temporales y la perfecta ambientación de un mito imperecedero (la expulsión del hombre del paraíso) en escenarios tan locales como el valle de Los Chillos y el centro de Quito.En las páginas de Jardín Capelopudiste ver el trabajo de un verdadero estilista, del escritor que desnuda cada oración hasta dejarla con lo esencial, con lo único que debe tener para quedarse impregnada para siempre en la imaginación del lector. Te pareció que la novela de Vásconez ha sido tan bien escrita, que merece ser heredera de la tradición literaria de escritores tan insignes como Algernon Blackwood o H. R Lovecraft. «Dos personajes de la novela vivieron en Boston. Tal vez se trate de un homenaje a aquellos escritores», piensas mientras hojeas el libro que acabas de terminar.Te emociona que un escritor ecuatoriano haya logrado contar una historia tan universal con la materia de su experiencia personal y la de sus abundantes lecturas. «Esta novela podrá ser leída por gente de todas partes y en épocas muy variadas», concluyes con satisfacción. Piensas que Javier Vásconez es uno de los pocos escritores que se atrevieron a hacer una literatura alejada de los cánones estéticos y temáticos que, en determinada época, se impusieron en este país como si fueran dogmas de fe.
Estás convencido de que esa voluntad libérrima de Vásconez le ha permitido crear una novela que habla sobre obsesiones tan humanas como la locura y la razón, la naturaleza y la civilización; y la infelicidad y el desamor. Por eso crees que Jardín Capelo tiene personajes y situaciones que recuerdan inevitablemente a otras obras de la literatura universal. «Saturnino Collahuazo es un auténtico Smerdiakov, el hermano bastardo de los Karamazov. Él pasaje donde se narra el asesinato de Sorella es tan bueno como la escena con que inicia La condición humana, de Malraux», recuerdas con asombro.
Dejas Jardín Capelo en una de tus estanterías. Lo pones, a propósito, junto a The Garden of Eden, la novela póstuma de Hemingway que leíste con devoción cuando eras jovencito. También coges El jardín de las dudas, la novela sobre Voltaire escrita por Savater, y la pones en el mismo grupo. «Las tres merecen estar juntas», te dices mientras vuelves a tu habitación.
Quieres escribir sobre Jardín Capelo pero no sabes cómo hacerlo. Las emociones trepidantes que te ha provocado siguen todavía demasiado frescas en tu memoria. «Los buenos libros te incitan a escribir, así que alguna forma encontraré para hablar sobre ese libro», te dices mientras intentas dormir. Pero no puedes hacerlo porque presientes la sombra del ‘Gigante de Mataró’ atisbando desde una esquina de tu jardín.
Publicado en El Comercio, Domingo 8 de julio de 2007.