Familias de escritores: fotocopistas del cosmos, legisladores del caos. Entre éstos y aquellos, decidirse.
Gesualdo Bufalino1
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Parece claro que para Javier Vásconez la literatura es un convite por el cual el escritor pide acompañamiento en su peripecia de escribir. Una de las imágenes que tal vez ilumine el proceso de la escritura es, precisamente, la de una fiesta que se organiza con y para los amigos, pues, ¿qué es la literatura sino un empeño permanente por agasajar al lector y festejar la lengua que nos otorga sentido? En esta comprensión, Vásconez practica el lema de que un escritor escribe porque ha leído lo que otros escribieron, lo cual es indispensable para seguir asumiendo la función esencial que ocupa la lectura en la escritura: un autor también es –debería ser– un lector voraz; un escritor se hace porque ha aprendido a escuchar las palabras de otro. Entonces, ¿a quiénes invita un escritor cuando escribe? Entre otros, sus convidados son los escritores, su familia de escritores.
En todo hecho de escritura se plasma una amalgama de voces que ha definido la trayectoria del autor: el escritor es alguien que actualiza la voz múltiple de una tradición; el escritor es un fondo de voces que se incrusta en la memoria del que aquí y ahora habla. Por eso los cuentos de Invitados de honor2 nos recuerdan, en primer lugar, la función de convite que tiene la literatura. Incluso en épocas en que la misión encomendada a las letras tenía que ver con proyectos claramente cívicos o sociales, la literatura siempre ha sido un acontecimiento festivo alternativo (en cambio, el poder estatal entiende la fiesta como lucro del mismo poder: para el Estado es una oportunidad de renovación del pan y circo). La fiesta de las letras exige una dimensión que instaura otro tiempo y otra potencia de la vida, y es una ocasión para sortear el peso de las estructuras que el poder con su univocidad impone.
En los cinco cuentos del libro varios escritores reconocidos se descubren como personajes que andan por las calles de Quito: la francesa Colette, el checo Franz Kafka, el ruso Vladimir Nabokov, el polaco Joseph Conrad y el norteamericano William Faulkner. Ellos no son únicamente autores admirados por Vásconez, y con quienes ha aprendido parte de su oficio, sino que son convertidos en personajes de literatura. Todos ellos, gracias a la magia de la ficción, arriban a Quito, y en esta ciudad viven experiencias sustantivas. Hasta la literatura “ecuatoriana” se verá afectada por la presencia de estos autores.
El de Vásconez es uno de los gestos más potentes en la historia del cuento ecuatoriano, pues no solamente pone nuestro escenario local en diálogo con lo que está más allá de nuestras fronteras –ya se sabe, el territorio que promete la literatura es más vasto que el de la nación y el Estado: la literatura es una institución pública, un discurso y un sistema transnacional con bordes elásticos– sino que grandes autores de varias lenguas se encarnan en el Ecuador gracias a la ficción. Así se confirma el afán transnacional de toda literatura, que tiene que ver más con el territorio de la lengua y de las lenguas (gracias a la traducción) que con los límites fijos de un solo país. Detrás de estas historias parecería dibujarse la convicción de que, metafóricamente, los grandes escritores deben revivir en el Ecuador. La literatura ecuatoriana también se alimenta, entonces, de tradiciones internacionales a la par que de los destinos que se han definido dentro del país.
¿Qué le produce, pues, a la literatura ecuatoriana un libro que abre sus aduanas de modo tan decidido? Invitados de honor supone el reconocimiento de que hoy, como nunca antes, las letras ecuatorianas deben ser medidas en una dimensión internacional o, para empezar, hispanoamericana, esto es, en el contexto de toda la lengua española y de la gran literatura mundial. Pero, ¿cómo llegan a las tierras del Ecuador los escritores ya nombrados? Gracias al hecho de que la literatura no se refiere a la realidad sino que construye símbolos que hubieran podido existir bajo otras circunstancias. La literatura es un poderoso instrumento que modifica lo que llamanos realidad.
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En el cuento “Madame”, Colette llega a los Andes ecuatorianos en 1943 huyendo de los horrores de la guerra. Gracias a las gestiones de un ingeniero español, de apellido Benet, consigue alquilar un local a precio razonable para montar un cabaret cerca del parque El Arbolito. El permiso para abrir el salón lo consigue con la ayuda del poeta Alfredo Gangotena y del escritor Gonzalo Zaldumbide. Este cuento trata de la persistencia de la memoria que no nos deja en paz. Colette debe lidiar con Mugget, un parroquiano atormentado por el recuerdo de Evangelina, una muchacha que baila en el cabaret y que es el cruce femenino entre el pecado y el amor.
Mugget cree haber hallado el amor, pero Colette le advierte: “el corazón es bastante acomodaticio, acepta cualquier cosa, y no es muy exigente. En cambio, el cuerpo siempre sabe lo que quiere” (15). Las mujeres cumplen un papel principal en la ilusión del amor. Ya en la Biblia o en Las mil y una noches las mujeres son agentes del deseo: ellas crean ese artificio llamado amor, por el cual, sin embargo, damos hasta la vida. Una de las características más fuertes de la prosa de Vásconez es que los personajes de Invitados de honor saben hablar. Sus palabras siempre traen una sapiencia propia.
“El baúl de Lowell” narra un episodio de la vida de Josef Kronz, el médico protagonista de El viajero de Praga, a quien le encargan un baúl que ha pertenecido a un tal comisario Lowell, que ha muerto en un sanatorio de Quito. En el baúl hay documentos que le revelan a Kronz la verdad de acontecimientos pasados, vividos en Praga, cuando mantenía una relación amorosa con Olga. Esta narración plantea que la vida, a veces, funciona como un interrogatorio, pues es un camino que se hace, más que de respuestas, a base de preguntas. Interrogamos para conocer, para convencernos, para amar, para engañarnos, y, sin embargo, según se consigna en los diarios de Lowell, el interrogatorio conduce a descubrir “lo más abyecto que tienen los hombres” (41).
Kronz se entera de que el celoso comisario Lowell inventó una persecución a Lola sólo para cortar la relación entre ella y Kronz. Este comisario praguense, Franz Lowell, muere en un hospital en Quito, indocumentado, y de él sólo quedan su baúl y retazos de sus diarios. En la lejana Praga, Lowell consigue separar a Olga de Kronz; cuando al fin estos hombres se encuentran saben que ambos la han perdido y todo lo que hicieron no ha servido de nada más que para rumiar la soledad y el desamparo.
“Thecla teresina” ofrece las andanzas de Nikolai por los barrios de Quito en compañía de la colegiala Zulema. Nikolai consigue llevarla al campo en una excursión a la caza de mariposas y allí debe sentir el peso de su edad cuando un joven que los persigue se adueña del corazón, y probablemente del cuerpo, de Zulema. Por las calles empinadas de la capital ecuatoriana, el visitante ruso recorre los colegios femeninos y se solaza mirando a las niñas jugar en el patio. Pero en el campo, hacia el sur de Quito, Nikolai se descubre nuevamente solo sin una sola presa capturada: ni la mariposa ni Zulema. Esta trama que pone a Nabokov detrás de una lolita en los Andes es conmovedora, pues muestra la proyección de nuestras pasiones.
En “El enlace” topamos a un Conrad que se hace pasar por ciudadano paraguayo, que llega a Quito rodeado por el misterio de una misión secreta. El bibliotecario Raúl, que tiene en su despacho una gran fotografía de Conrad, es inquietado por Eugenia, que trabaja en un hotel en el sur de la ciudad, debido a la llegada de David Butler. Su pasaporte está lleno de sellos, pues el hombre ha recorrido muchos países. Su presencia enigmática deja intranquila a Eugenia. No se entiende muy bien por qué, pero el hombre genera una secuela de misterio y de ilusiones que, sin duda, afectan la vida de Eugenia asombrada de haber conocido a un hombre que ha viajado tanto. La causa escondida del viaje de Butler es la de dejarnos un motivo para la literatura, enlazar nuestra literatura de adentro con la de afuera.
Promovido por el Departamento de Estado norteamericano, en “Billy” vemos llegar a Quito, en visita oficial, al escritor William Faulkner. En el Hotel Majestic, donde se aloja, se cruza rápidamente con un escritor uruguayo, llamado Juan Carlos, quien le pide un autógrafo. En la conferencia de prensa hace una revelación que cuestiona una tendencia de nuestro relato ecuatoriano: “Escribir novelas es imponer una anomalía a los otros, pero escribir una novela indigenista, ¿eso qué es?” (112). Sus respuestas, escuetas y cortantes, parecen ahuyentar cualquier conversación posterior: “Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en silencio” (112), proclama, como si insistiera en el hecho de que la verdadera literatura se halla sólo en las páginas de los libros y no en los añadidos postizos de la burocracia ilustrada.
Aficionado a los caballos, Faulkner se escapa al hipódromo donde decide sustituir a un jinete en la carrera y se accidenta. Por este motivo deja plantado a don Benjamín Carrión, el presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, lo que crea tensión en el mundo cultural y diplomático. Pero, en realidad, Faulkner se alegra de este inconveniente que lo salva de representar un papel acartonado que no es natural en él.
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Como lector que lee en Ecuador, no puedo ocultar mi asombro al ver a estos escritores universales andando por los barrios que me son conocidos y entrañables: La Floresta, La Mariscal, El Dorado, el centro histórico de Quito, La Alameda… Con esto Vásconez ha conseguido acercar a nuestro suelo las tradiciones literarias que ellos representan. Estamos, entonces, ante una narrativa que visiblemente profundiza un proyecto ya existente en el país: a partir del surgimiento del Estado ecuatoriano nuestra literatura se armó gracias a un contacto con el exterior. Aunque se puede reprochar el carácter imitativo de nuestras literaturas de entonces, el afán de entender nuestras letras en un contexto mayor ya estaba allí (basta recordar el gesto de Juan León Mera de enmarcar su novela Cumandá en el conjunto de las letras españolas).
Con otros recursos, sin duda más expresivos, Vásconez logra actualizar en el siglo XXI lo que los primeros escritores ecuatorianos entendieron bien: que éramos parte de un mundo más amplio que se expandía gracias al inmenso mar de la lengua española. “Digamos que todavía existe un país aislado, pequeño, en donde por lo general no ocurre nada” (130), dice Vásconez: la frase es exagerada e incluso puede pecar de antihistórica, pues en nuestro país ha ocurrido y ocurre mucho, entre otras cosas, estas visitas imaginarias que el mismo Vásconez inventa para solaz de los buenos lectores.
Con esto, Vásconez nos ha presentado a la familia de escritores que ha hecho posible su interesante proyecto narrativo, que lo sitúa como uno de los cuentistas más hábiles y amenos de hoy.