El secreto y otros cuentos

Sobre el libro de cuentos homónimo

Por Guido Tamayo

En “Eva, la luna y la ciudad”, relato incluido en el libro El secreto y otros cuentos, se lee:

«Ahora pienso que fue una audacia de mi parte seguirla, puesto que yo nací en la ciudad vieja, en la ciudad de los ángeles alucinados. Por eso cuando hablo de Eva, hablo de la ciudad vieja y de su actual descomposición, hablo de cosas sin importancia y de un pasado sin mayores relieves. De esa ciudad anterior a la abundancia, donde yo aprendí a soñar, amar y odiar a los hombres con la misma intensidad con que los locos suelen perseguir a sus demonios y fantasmas. Admito que para hablar del pasado, del amor por una mujer o de uno mismo hay que ser demente pero ¿qué otra alternativa me queda, si es lo único que tengo? Al menos trato de ser sincero, aunque no sea nada fácil…Confieso que vivo solo en una vieja casa del centro, rodeado de retratos y visiones cambiantes que durante la noche conspiran contra mi sueño».

Más que hacerle caso a la tentación corriente y vulgar que tenemos los lectores por encontrar retratado al autor o su obra en un fragmento, en una página iluminadora, sucede que en la literatura de Vásconez existe un manjar de frases y pasajes en los cuales sucumbimos a esa identificación. No seré la excepción. Creo que en este puñado de palabras no sólo se abrevia una posible autobiografía, sino que se señala una declaración de principios del autor en torno a la memoria, el pasado y su irrevocable destino por hacerse literatura.

Javier Vásconez pertenece a esa clase de escritores que privilegia la construcción de un universo narrativo compacto, sin fisuras, redondo en su trayectoria frente a la dispersión temática tan usual en estos tiempos. Sus temas pueden ser uno. Sus personajes, él mismo. Su trabajo minucioso con el lenguaje, su punto de vista introspectivo, pero distante, y la densidad en el tono de la escritura, desembocan en una voz desencantada y furiosa a la vez. No existen concesiones a la hora de exhibir sin estridencias ni patetismos una marginalidad radical. Su entronque con Pablo Palacio es evidente. Comparten la extrañeza ante el mundo, la peculiaridad de unos personajes «outsiders», una visión desmitificadora del mal y la misma urbe amodorrada e insensible. Son contemporáneos en la acepción que Borges da cuando se refiere a las filiaciones, a las afinidades electivas. La obra de Vásconez, además de poseer homenajes expresos los textos de Palacio, los celebra en su conjunto, en cuanto han contribuido a inventar un Ecuador más universal.

¿Cómo escribir sobre una línea imaginaria? Se pregunta Vásconez acerca del Ecuador. La respuesta la encontramos en este conjunto de relatos que imaginan una ciudad, unos habitantes, unas historias. La línea imaginaria cobra realidad al ser poblada por las ficciones de Vásconez. No es producto de un trivial juego de palabras sino del antiguo contrato establecido entre la escritura y la realidad que con tanta precisión señala Juan José Saer con estas palabras: «Tal vez la escritura sea sólo eso: un ejercicio solitario, que se ensaya sin mayores esperanzas, sobre algo que tuvo lugar en otra parte, si es que, en verdad, tuvo lugar, y que, de no haber sucedido, quizá empiece a suceder apenas la primera frase aparezca en la página».

Varios son los espacios recorridos y creados por el autor, algunos claramente identificados: Barcelona, en “La carta inconclusa”; una Quito andina y marítima, en “Un extraño en el puerto”; la dolorosa dualidad entre la Quito barroca, conventual y desvencijada y la moderna y deshumanizada de “Eva, la luna y la ciudad”, esa misma Quito represiva de “Angelote, amor mío” y “El secreto”. Estos espacios son cerrados, asfixiantes, claustrofóbicos como su prosa. En ellos discurre un personaje exiliado de todas partes: exiliado en el exterior (“La carta inconclusa”); exiliado en el interior, sitiado en las rígidas paredes de las cordilleras andinas, en “El secreto” y “Angelote, amor mío”. En estas dos últimas, la voz es un grito.

Sus temas y protagonistas rezuman una acidez similar. En “El secreto”, el desprecio por una cotidianidad insulsa e hipócrita es desenmascarado por ese héroe subvertido, por ese Mesías sin apóstoles, encarnado en un vendedor de utensilios de oficina, Rubén Camacho, colombiano en el exilio, perseguidor y fracasado. Su diatriba final, su mensaje a los mortales, reposa en las excrecencias de Quito.

La distancia, en “La carta inconclusa”, está mediada por la memoria. Es una carta de amor dirigida a Anita, una loca maravillosa autoproclamada reina de la ciudad, que festeja su valentía por haber denunciado por la radio las intimidades de la familia Ruy Barbosa y de otras encumbradas de la sociedad. A partir de ese momento, es estigmatizada como loca por ellos mismos. «Después de todo, Anita, usted sólo cometió el error de haber sido indiscreta, utilizó la radio para levantar una injuriosa plegaria contra las estatuas de una ciudad». La carta la escribe desde una Barcelona macarrónica, prostibularia mientras recuerda una ciudad de Quito intolerante y pacata. Pero todo quedará en el olvido: la carta del narrador, la vida de la loca Anita, el pasado, el mensaje final de Camacho en El secreto, la muerte de Angelote y, tal vez, la literatura misma. Esa conciencia del fracaso como fatalidad, esa insistencia en que todos los caminos conducen al olvido es una idea desoladora, pero contundente, en la obra de Vásconez. Sin embargo, como queda dicho, entretanto se hace literatura.

En “Angelote, amor mío”, un homosexual es otra vez resucitado por la memoria amorosa. Julián recuerda su vida y tribulaciones con admiración. Pero lo importante no será simplemente subrayar la condición marginal de Angelote, ángel y demonio, sino su profunda indefensión ante la moral represiva, su condición de víctima por ejercer la libertad. Su soledad desarmada, impotente frente a la actitud represiva, recuerda en algo a la «Japonesita», personaje homosexual de El lugar sin límites, de José Donoso.

De nuevo planeará la memoria con su vuelo imperceptible sobre una ciudad que padece la peste de la desmemoria. Y el autor oportunamente reivindicará la creación literaria como una acción profiláctica aplicada al pasado, un desahogo contra la indiferencia.

Gutiérrez, fotógrafo protagonista del relato “Eva, la luna y la ciudad”, oscila conscientemente entre un doble fracaso: atrapar la ciudad vieja con la lente de su cámara para preservar su espíritu y convencer a su amada Eva de que no lo abandone marchándose hacia al norte, hacia la «deslumbrante» ciudad moderna. Pero Gutiérrez está sitiado por los recuerdos y el peso de los fantasmas de su propio pasado. Todo intento de movimiento será inútil. La decadencia de la casona lo obnubila y seduce hasta hacerlo acatar la decisión moral de derruirse con ella, así como hicieron el Gatopardo de Lampedusa, con sus valores innegociables, o el Lord Jim de Conrad. Todos ellos pertenecientes a una estirpe de héroes fracasados a los que se suman los personajes de Vásconez.

No hay relato de Vásconez en donde la reflexión sobre el proceso de la escritura no tenga cabida, bien por alegoría o por su manifestación literal —podría invocar en este momento múltiples ejemplos—, pero “Un extraño en el puerto” resulta ser un texto paradigmático en este sentido. Considero que es un relato que cuenta la construcción de un relato. Es su misma materia indisoluble. En él se radicaliza el poder de la ficción para crear realidad, y viceversa, en consecuencia con esa figura tan apreciada por el autor, que es lo cíclico. Vásconez confiesa que la idea del cuento le vino propiciada por la asfixia de vivir en una ciudad cercada por las montañas. Con el prurito de corregir la realidad, el autor inventa el mar para que ventile el frío y melancólico encierro andino. La imaginación oxigena lo real.

Pero el escritor Vásconez también crea al escritor J.Vásconez, doble, espía de sí mismo y alquimista de un prosaísmo que muta en rica ficción. No se trata exclusivamente del escritor que observa la realidad con esa condición voyerista, sino alguien que actúa transformándola en literatura. Así como inventa a su alter ego, de igual manera inventa otros personajes: Kronz que aparece y desaparece por el conjunto de su obra; la señora Maruja, relatora de las circunstancias que definen al otro personaje, María. Esta última comparte con otros personajes femeninos de Vásconez algunas particularidades, como la figura amada y huidiza de Eva, la postración en la locura con Anita, su condición enfermiza y marginal. Y el Siciliano, amante furtivo y definitivo en la historia sentimental de María.

La historia que se narra es extraña como el puerto. Un hombre aparece en el insomnio de J.Vásconez arribando por vía marítima, misteriosamente. Mientras el narrador caprichoso decide develarlo un poco más adelante, hace entrar a María en sus páginas para configurar su destino. Más adelante, el incógnito viajero se identificará como el doctor Kronz, que venía «arrastrando su infortunio desde Praga». Las hojas de su pasaporte están repletas de sellos de aduana, en contraste con las del escritor J. Vásconez, que están vacías, pero que se irán poblando poco a poco con esta historia. María aguarda una carta de New York, donde su padre reside desde que la abandonara, años antes. Ella también espera la muerte, como todos los mortales, pero con la acuciosa presencia de la epilepsia. Por su parte J. Vásconez observa y elabora desde su estudio la ficción que leemos.

El desenlace no es menos extraño: un ataque de epilepsia reúne a todos los personajes en torno a María en casa de sus abuelos. El doctor Kronz la revive y huye, no sin despejar antes la inquietud de que él no es el portador de la carta que espera María. Ella seguirá acompañada con fidelidad por su enfermedad y el escritor/autor regresará a su estudio al tiempo que comprueba así que la realidad se inventa y no lo contrario. Esta pieza literaria ratifica que nos hallamos ante un escritor que participa de la realidad con la impronta de inventarla, modificarla y amañarla de acuerdo a su antojo y con la fortaleza de quien sabe que lo que no existe, existirá gracias a la imaginación.

Javier Vásconez representa para la literatura ecuatoriana la instalación definitiva del hombre contemporáneo y su trasegar insomne por las deficiencias del mundo. Su escenario natural es la urbe universal, pero es evidente su ubicación dentro de una Quito que se debate entre un pasado amenazado por el olvido y la desidia, y un pálido presente signado por una modernidad enceguecedora, pero inquietantemente falsa como una moneda de lata con apariencia de oro. El futuro se encargará de dirimir tal desajuste. Entretanto, hay que leer a Javier Vásconez y gozar del secreto de su escritura.